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Datos Biografícos

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 2.2. En la Argentina (1913-1942)


Hasta su jubilación – por motivos de salud según algunos, por salud pero también por desilusiones con sus amigos y por considerar que ya no tenía campo de acción en Buenos Aires – , Dimas Antuña se desempeñó en su empleo del Banco de la Provincia y vivió en Buenos Aires. Por este camino, que parecía un desvío esterilizante de su vocación de estudioso, el destino aseguraba sin embargo dos rasgos fundamentales de su perfil interior.
En primer lugar lo ponía en contacto con las personas y los movimientos de la cultura católica argentina: allí se vinculó a la Tribuna Universitaria , a los Cursos de Cultura Católica; a los grupos de jóvenes que fundaron para desfogar sus inquietudes las revistas Criterio, Itinerarium , Número, Ortodoxia ,Signo , Sur, Arx. Se vinculó y trató sacerdotes que tuvieron influencia decisiva en su vida: el Padre Protain, religioso asuncionista, el Padre Maluenda, el Pbro. Edmundo Vannini, y los benedictinos P. Nicolás Rubin y Eleuterio González. A través del Convento Benedictino bonaerense se vinculó a la vasta familia benedictina, también en el Brasil, donde trató con Dom Keller el Abad del Monasterio de Río de Janeiro.
En segundo lugar, indirecta pero eficazmente, su condición de empleado sujeto a un horario y a un trabajo, marca desde dentro esa manera de acceder a las letras sin intención de literatura, y esa manera de pensar, sin intención de erigirse en maestro. Lejos de resentirse, Antuña da muestra de amar su condición de hombre del común.
Reconocido por lo que debe a su amistad, dedica en 1921 su primer libro Israel contra el Angel a seis de sus amigos, que integran el cuerpo de redacción de la revista Tribuna Universitaria . Cita el nombre de dos de ellos en el epílogo: Héctor de Basaldúa y Enrique Requena. Y ya en la plenitud y madurez, hacia 1947, los recordará aún.
Entre los que le estuvieron más unidos por amistad, hay que citar al que habría de ser hasta su muerte el amigo más fiel y más íntimo: Carlos Saenz . Un fatal accidente le quitó a Beltrán Morrough Bernard, otro gran amigo.
Es ese grupo inicial, recordado en su primer libro, el que funda junto con algunos nuevos integrantes, la revista Número que aparece mensualmente dos años enteros, desde 1930 a 1931. En los veinticuatro números publicados se encuentran colaboraciones de Dimas, excepto en el número trece, donde Rodolfo Martínez comenta su tercer libro titulado El que crece.

Por diversos motivos, hacia 1940 tomó distancia de algunos de ellos. Acerca del enfriamiento de su relación con Tomás Casares y César Pico da testimonio el borrador de una diatriba inédita contra el rumbo de los Cursos de Cultura Católica que se encuentra entre sus papeles y que hay que entender a la luz de un pasaje de su conferencia en el Cuarto Centenario de la muerte de san Juan de la Cruz.

Diagnóstico profético
Dimas sintió dolorosamente y expresó proféticamente en esa conferencia de 1942 el mal consistente en la reducción moralista, naturalista de la vida cristiana a ‘ideología cristiana’, es decir a pura ética para ser vivida en la dimensión puramente intramundana. Crisis latente entonces que estallaría en la maligna crisis psicologista y sociologista, politicista de las décadas del sesenta y setenta pero que, aunque cambiando de piel, no cesaría de seguir reptando y agravando su abrazo constrictor de las almas hasta hoy.

“Cuando se apaga esa lámpara – diagnostica Dimas - que significan las virtudes teologales, lo terrible es ver cómo el hombre bautizado, es decir, creado en Cristo para Dios, se organiza en sí mismo y empieza a construir su vida en la región de la desemejanza . No puede destruir la Imagen y lleva además su sello, un carácter filial que es indeleble, pero, el pecho ungido para las obras de la fe se ensancha en alientos de la propia afirmación, y la espalda, que había de llevar el yugo de Cristo, toma sobre sí el peso político del mundo. Las acometidas de la soberbia y la voluntad de poder, el ‘yo’ y el imperio, endurecen otra vez el rostro con el contenido que vuelve de los tres ‘Renuncio’. Este hombre bautizado toma un puesto en el mundo y del mundo recibe su porte, su aire, su importancia y su honra. Tiene el oído atento (aunque no a la Palabra) y la nariz, grave, que se reserva. Si no anda en olor de suavidad mantiene en cambio, sagaz, la husma. Porque no se trata aquí de apostasías alocadas ni de vicios que degraden. ¡Dios sabe si tenemos todas las aprobaciones de la prudencia y si somos los hombres del momento, los hombres responsables!
“El que se desentiende así de las virtudes teologales no tiene por qué ceder, por eso, en las virtudes morales y políticas. Estas virtudes son muchas, y duras, y saben entablar con lucidez su juego sin entrañas. Formaron el esplendor del mundo antiguo y aún pueden poner perfectamente de pie a un hombre en la Historia.
“¿Y para qué, Señores, ha muerto Cristo en la Cruz? ¿Para esto el Verbo se hizo carne? ¿Para esto la vida de la Iglesia y su Autoridad, y su Jerarquía, comunican al mundo ese misterio que asombra a los ángeles de DIOS CON NOSOTROS?
“Para que después del bautismo entre equilibrios y distingos vivamos como paganos, sin fe, sin esperanza, invocando tradiciones de hombres y con una estructura, un vocabulario, una especie de airón amenazante y hueco de pretendidas ‘ideas’ cristianas? No nos bastaba caer en el pecado y caemos en las virtudes. No nos bastaba la inmundicia y el desorden, y, para profanar la Encarnación de Cristo, hemos descubierto el orden. Creyentes sin fe, cristianos sin Cristo, Señores, ¿dónde está nuestro bautismo?”

En lo eclesial, Antuña se vio siempre –y no pierde ocasión de proclamarlo- como un simple fiel, sin misión de enseñar. Sometía sus escritos a previa autorización eclesiástica , e insiste a menudo en que habla sólo como cristiano a cristianos y de cosas que les son comunes. Cuando en cierta conferencia alguien le objetó que todo lo que había dicho no era más que mera repetición de ideas de los Santos Padres, respondió que jamás se le podía haber hecho mejor elogio.

Como ciudadano, Antuña se autocalifica de hombre privado, en contra distinción con la categoría del hombre público, es decir sin pretensiones de repercutir en el orden político o en el dominio de las ideas. Quizás es esta postura religiosa la que le atrajo objeciones. Tratamos de interpretar ese “recelo” al que alude Real de Azúa. Antuña es muy explícito: como hombre privado – glosamos sus palabras - se siente “inmerso en el orden exterior del mundo” y no siente necesidad de escapar de él; y dentro de ese mundo y de ese orden, justo o injusto, no quiere hacer otra cosa que callar, obedecer, y buscar el pan de cada día .
Pero desde esa condición de hombre del llano conscientemente abrazada, sin títulos de dignidad, sin rol de mando o representación, abocado a buscar cada día el sustento, es precisamente desde donde brota y desde donde se explica su capacidad para considerar con sencillez todas las cosas. Por esta condición cobra inmunidad contra todo alambicamiento mental, contra toda complacencia profesional en verbalismos vanidosos o esotéricos, tan comunes en parte de la ‘intelectualidad’ en el Uruguay contemporáneo de Antuña.

Dimas se mantiene siempre a un nivel de lenguaje que conjuga la hermosura y la elevación con la accesible sencillez. Es bien capaz de leer con plena comprensión y deleite un aristotélico tratado de lógica . Pero inmediatamente, como hombre del llano:

“… después de cerrar este libro, y vuelto al comercio de los hombres, una pregunta me persigue: ¿de qué modo, me digo con insistencia, de qué modo razonan los que no han leído nunca a Aristóteles? ¿Cómo se produce el discurso en la inteligencia de los simples? El paisano, el vendedor de feria, la señorita bien educada, y otros aún: el artista, el hombre de simple buen sentido, todos aquellos, en fin, cuyo trato me es agradable y seguro, y cuyo pensamiento es habitualmente espontáneo” . Antuña se contesta: “el hombre que no ha leído a Aristóteles –ni a Kant- se pone en contacto con las cosas del mismo modo que el filósofo más rancio. Las ve, las siente, las palpa” . Y su reflexión culmina con el descubrimiento: “Si el individuo –omne individuum ineffabile est- está en la base del conocimiento, también puede estarlo en el término. Y si la intuición da el contenido a la conciencia, el fruto pleno del trabajo intelectual, no debe ser un concepto precisamente, sino un conocimiento intuitivo: una vuelta a la intuición después de haber atravesado el concepto, para apreciar en el medio vivo inefable, el valor del trabajo discursivo. Nada suple el contacto con lo real” .

Este último párrafo nos parece programático y encierra el germen que regirá el estilo propio de Antuña: más contemplativo que discursivo, orientado más hacia las individualidades concretas que hacia los conceptos y razonamientos. Parece implicar que, superada una confrontación con el idealismo kantiano, Dimas Antuña, optó por el realismo de la fe.
Esto lo confirma un episodio que me narró el R. P. Dr. Miguel Antonio Barriola como testigo presencial:
“yo mismo viví en el seminario de Instrucciones y Propios, cuando nos contó el propio Dimas Antuña, cómo, al estudiar a Kant en la Universidad, se le planteó el problema de la incompatibilidad del "oscuro" pensador de Königsberg, con su fe cristiana. Y cómo se vio obligado a elegir entre ‘lo moderno’ y su fe. Entonces se dijo algo así: ‘Pero ¿conozco verdaderamente lo que voy a dejar?’ Decidió encerrarse en un monasterio de Rio de Janeiro, para estudiar Padres de la Iglesia y lo más que pudo y...abandonó a Kant”.

Es desde esta condición de hombre privado –que se complace y se siente seguro con el hombre de simple buen sentido- desde donde Antuña se pone en guardia contra una posible deformación idealista de la inteligencia, por la cual el hombre se fatiga sin término en el manejo de conceptos, sin llegar jamás al acto puro de conocer intuitivamente la realidad individual. Y, en el extremo paroxismo de esta deformación, llega a erigir la fatiga intelectual –que sólo puede ser un medio- en fin y medida del valor de sus frutos, con el consecuente desprecio por la inmediatez deleitosa de la contemplación que descansa en la evidencia de su objeto.

Los treinta años de residencia en la Argentina y sus viajes a Río de Janeiro y la conexión con los benedictinos de Buenos Aires y Río, marcan así decisiva y fuertemente su personalidad creyente y su obra.
En 1926, por la generosidad de otro amigo, aparece como libro y con el título de El Cántico su comentario al Canto de las Creaturas de San Francisco de Asís.
Dos años después, el 18 de abril de 1928 contrae matrimonio con María Angélica Valla en Buenos Aires, en la Iglesia del Santo Cristo, Belgrano. Asiste a la boda el P. Nicolás Rubin, benedictino.
En 1937, accediendo a una invitación, viaja a Córdoba a dictar algunas conferencias. Se inicia así una etapa de viajes y conferencias que dura unos seis años.


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