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Datos Biografícos

Datos Biografícos

Índice del artículo

JOSÉ LUIS (DIMAS) ANTUÑA GADEA
UN MÍSTICO URUGUAYO - ARGENTINO
POCO CONOCIDO
1894-1968

1. PRESENTACIÓN
Presentamos a Dimas Antuña y su obra por primera vez en 1978 en un artículo, titulado “Vida y obra de un autor uruguayo poco conocido” [Revista de la Biblioteca Nacional (Montevideo) Nº 18 (Mayo 1978) pp.159-175]

Por segunda vez volvió a publicarse una versión ampliada y en muchos aspectos rehecha de dicho artículo en 2011, [en la revista Gladius (Buenos Aires) Año 28 (Navidad 2011) Nº 82, Págs. 31-55]. En esa se amplió algo la bibliografía y se actualizó nuestra consideración del significado de la figura creyente y profética de Dimas Antuña .

Nuevos estudios se han ido sucediendo como es resultado de una nueva etapa de elaboración e incorporando los resultados de nuevas investigaciones sobre escritos de Dimas Antuña dispersos en publicaciones argentinas en vistas a la posible futura publicación como parte de un libro dedicado a presentar la figura de Dimas Antuña. Tengo que destacar la ayuda invalorable brindada por la Prof. Dra. Alejandra Niño Amieva [véase más abajo] que ha investigado al grupo Convivio, que integró Dimas, principalmente desde el punto de vista de la estética y la semántica.

La conveniencia de recordar con cierto detenimiento y detalle a este Dimas Antuña y sus escritos se funda en dos hechos.

El primero es que tanto él como sus escritos son prácticamente desconocidos y que, aunque es mencionado en la bibliografía académica más seria, como integrante del grupo de intelectuales católicos argentinos conocido como el Convivio, vinculado desde sus orígenes a la juventud universitaria católica fundadora más tarde de los Cursos de Cultura Católica y de varias revistas como: Ortodoxia, Número, Baluarte, Arx, Criterio y otras, no ha sido objeto, que sepamos, de una presentación monográfica de la vida y escritos de Dimas Antuña.

Roque Raúl Aragón, que lo considera ‘una personalidad descollante en el grupo de Número,” le dedica un recuerdo en su estudio sobre la Poesía religiosa argentina y reproduce su ‘Oda de Navidad a Buenos Aires’ y ‘Entréme donde no supe’, en su antología .

La Dra. Prof. Isabel De Ruschi Crespo, en su monografía sobre los orígenes de la revista Criterio, lo menciona entre los fundadores del Convivio:

“Así el Convivio, de tan flexible y ágil estructura, centro de expansión juvenil, y como el más espontáneo, fácil y eficaz instrumento de irradiación para las ideas, se constituye, a juicio de los que han pasado por los Cursos, en uno de sus elementos más memorables, acaso su corazón, y que si bien reúne desde el comienzo a figuras como Jijena Sánchez, Dondo, Bernárdez, Lara, Camino, Ballester Peña, Basaldúa, Anzoátegui, Antuña, Juan Antonio y otros, indudablemente se identificará posteriormente con la extraordinaria personalidad de César E. Pico, en quien todos reconocen un maestro incomparable” .

También mencionan a Dimas Antuña
1) Alberto Caturelli en su Historia de la Filosofía en Argentina (1600-2000), Coedición de Ciudad Argentina y Universidad del Salvador, Buenos Aires, 2001. Trata de él en las páginas 668-669, en el contexto del grupo Convivio. Y en particular eb conexión con Carlos Sáenz cuya amistad con Dimas duró toda la vida, y en relación también con el núcleo reunido alrededor de Luis G. Martínez Villada, en Córdoba. Dimas – relata Caturelli – colaboró con ellos en la efímera revista Arx. Dictó conferencias en el Instituto santo Tomás de Aquino, de los Padres Dominicos

2) Sebastián Sánchez; Diccionario de Autores Católicos de habla hispana desde 1850
Editorial Vórtice, Buenos Aires 2013, Dimas Antuña en la página 17. Dedica artículos a varios componentes del grupo Convivio: César E. Pico, Osvaldo H. Dondo, y otros: Nimio de Anquin, Luis Martínez Villada, Tomás D. Casares etc

3) Alejandra Niño Amieva; El Grupo Convivio en Número y la definición de un programa estético-artístico del catolicismo argentino (1930-1931)
El grupo Convivio http://www.adversus.org/indice/nro-28/articulos/XII2804.pdf

4) Susana Bianchi; La conformación de la Iglesia católica como actor político-social.
los laicos en la institución eclesiástica; las organizaciones de élite (1930-1950)
El grupo Convivio
http://www.unicen.edu.ar/iehs/files/007%20-%20Bianchi,%20Susana%20-%20La%20conformaci%C3%B3n%20de%20la%20iglesia%20cat%C3%B3lica%20como%20actor%20pol%C3%ADtico%20social..pdf

Un segundo motivo para ocuparnos de Dimas Antuña, es que ilustra un sector poco atendido de la Geistesgeschichte uruguaya. Podría considerárselo hasta cierto punto un desterrado. Primero porque encontró su patria eclesial fuera de su patria terrena, y luego porque tuvo que dejar su patria eclesial, la de sus amigos del Convivio cuando se volvió a vivir en su patria terrena.

1º) Que Dimas Antuña y sus obras sea desconocido en Uruguay, su patria terrena, es un hecho explicable por varios motivos. Este autor vivió buena parte de su vida en la Argentina, precisamente aquellos años que son más decisivos para la definición y maduración de su personalidad espiritual y social. Todos sus libros y escritos se publicaron fuera del Uruguay, a excepción de algunas colaboraciones menores en la década de 1920 en el diario católico El Bien Público.

La obra de Dimas Antuña es de contenido declaradamente religioso, como de creyente que escribe para creyentes. El núcleo principal y más valioso de sus escritos éditos pertenece por génesis y estilo al género oral de la conferencia, aunque también escribió poesía y muy buena.
La mayor parte de su vida estuvo absorbida por el trabajo y las solicitudes cotidianas de la subsistencia y dispuso de escaso tiempo para escribir y crear. La obra Inter Convivas que podía haber sido la de mayor aliento y envergadura, quedó por eso mismo inconclusa y sigue inédita.
Los pocos libros suyos que hay impresos vieron la luz gracias al generoso mecenazgo de algunos amigos, y sólo en ediciones privadas, es decir no comerciales y de reducido tiraje.
Dentro de las relativamente escasas obras de tema religioso que logran pasar los filtros del laicismo ambiental uruguayo, las de Antuña, que no calzaban en los moldes comunes, pasaron incomprendidas: para unos por parecerles demasiado obvias y poco novedosas; para otros, por parecerles todo lo contrario, fueron materia de extrañeza y de recelo. Y es realmente difícil, por no ser ni místicas ni devocionales, ubicarlas dentro de los géneros cultivados en esos años y en estas regiones.
Antuña, por ser un orador y (o pero) al mismo tiempo orante, tenía que padecer fatalmente la suerte que a tan rara raza de hombres les suelen deparar las colectividades humanas obsesionadas –o por lo menos demasiado distraídas-, como la del Uruguay laicista, por los imperativos de la acción eficaz e inmediata. Cultor de un género sapiencial (califiquémoslo así aunque sea provisoriamente) donde el saber no es divorciable de un determinado sabor, Antuña no pudo, no quiso, no le supo, hacer concesiones al gusto del público. Y éste, en su mayoría, preso en una constelación cultural naturalista, no fue capaz de apreciar la originalidad de un modo de pensar, de unos contenidos, de una temática y de unas formas de expresión que se nutrían en aquella perenne novedad de los orígenes, volviendo hacia lo que –por algo- nuestra cultura llamó fuentes.

A poco de aproximarse a la historia y a la obra de Antuña se descubre además, con sorpresa, un alma de ermitaño, una libertad interior que rehusó atarse, una vez vuelto al Uruguay, en la última mitad de su vida, al do ut des de los provincianismos intelectuales uruguayos. Antuña no se acogió a ningún grupo promocional y no fue promovido. No prodigó elogios con el secreto afán de buscar retribución de alabanza. Su labor de escritor, conferencista o poeta, no brotó del incentivo de la fama, ni siquiera la que se gana justamente. No persiguió más ganancia que la de crear libremente, la de contemplar gratuitamente y abrir la puerta –hospitalario- al banquete de la sabiduría. Tuvo bastante con su luz interior y no consideró oscuridad el quedar ignorado o incomprendido.
Hubo sin embargo excepciones. Los espíritus creyentes lo reconocieron. Testimonio de ello es una tarjeta de puño y letra de la poetisa uruguaya Esther de Cáceres al auto del libro Vida de San José que dice así:
“Día de la Festividad de San José 1963 - a Dimas Antuña – Muy estimado en Cristo: Anoche preparándonos para la fiesta de hoy, leímos con un grupo íntimo de cristianos su precioso libro sobre San José. ¡A todos conmovió la verdad esplendorosa del texto; el más profundo y original que hemos conocido sobre el tema! ¡El que más ahonda en el pan misterio y el que más lo aborda con unos medios estilísticos adecuados y valiosísimos en sí mismos! Hemos quedado soñando en la reedición, y desde ya rezamos para poder realizarla. Gracias, querido amigo, por esta dádiva. Saludos para su esposa y para Ud. Nuestra oración – los acompañará siempre – Esther de Cáceres (firma también Clotilde Barbé)”.

El reconocimiento de esta alma creyente y fina que fue Esther de Cáceres suena casi a un desagravio .

2º) Una ceguera espiritual fue la causa de que no se apreciara en su justa importancia la mirada profética de Dimas Antuña sobre los males espirituales del catolicismo en los años que le tocó vivir. Esa ceguera se ha ido acentuando con los años transcurridos desde su muerte y eso le da la razón al diagnóstico de Dimas Antuña que, en su época, pudo parecer exageradamente pesimista, pero hoy parece demuestra lo acertado de su precoz percepción.

Señalo –sin pretensión de ser exhaustivo- algunas pistas de interés que nos ofrecen sus escritos y justifican rescatarlos del olvido en que quedaron.
En primer lugar, nuestro autor se formó (y fue actor) como hemos dicho, en el teatro de la cultura rioplatense, sobre todo argentina, pero también brasileña. Allí tuvo sus grandes amistades, allí gestó y publicó la mayoría de sus obras. Testigo de su tiempo, registra el impacto de las corrientes espirituales locales y europeas. Sin ser dueño, tampoco fue mero inquilino de su ambiente. Fue un huésped y un anfitrión amable, atento sobre todo a las personas: viajeros ilustres, exiliados de guerra más o menos oscuros, autores y sus libros, pero también al fiel corriente, para el cual –preferentemente- habló y escribió, de igual a iguales.
En segundo lugar, su condición de huésped de una época no le impidió expresar diagnósticos, tomar posiciones, emitir apreciaciones críticas. Muy explícito a veces, otras trasuntando a través del silencio, de la reticencia, de la alusión velada lo que su delicadeza le aconsejaba dar a entender sólo al que tuviera oídos.
Un Dimas Antuña, por ejemplo, aún un joven veinteañero se confronta en su Israel contra el Angel, publicado en 1921, a los maestros que se disputaban el liderazgo espiritual de nuestros padres y abuelos. El mero título de su obra primogénita sugiere al buen entendedor que en ella se recoge la memoria de una lucha nocturna y decisiva para el destino espiritual de Antuña. Aunque años después –como suele suceder a tantos autores- haya mirado su primer libro con una mezcla de rubor y severidad, también lo dicho en él con el arrebato del ardor juvenil, sirve a la pintura de una época, de una generación y –no obstante las posibles retractaciones posteriores- guarda el registro de una historia del espíritu. La suya, la de muchos, y también parte de la nuestra.

En los años jóvenes de Dimas Antuña tiene lugar la condenación de las obras modernistas por san Pío X en la Encíclica Pascendi (1907). Esta enseñanza orientó a Dimas Antuña en su trato con el modernismo y en particular con la crítica iluminista a la fe, a las Sagradas Escrituras, a los Santos Evangelios y al mismo Jesucristo.
En una conferencia dictada en Buenos Aires en la que trata del canto del Evangelio se expresa así ante sus críticos ilustrados:
“cuando la soberbia del hombre, quiero decir, cuando la alta crítica inventada por los herejes del siglo de las luces, se digna a entrar en el Evangelio de Jesu-Cristo, Hijo de Dios, hace su entrada con hinchazón ―porque la ciencia hincha―, y no como quiera, sino armada de todas las armas. Harnack, Loisy, Sabatier, cuando entran al Evangelio, entran para juzgar al Hijo de Dios. Entran armados de arqueología, y epigrafía, y paleografía, y saben (lo que no supo Jesús, como dice Renan) saben griego y latín y hebreo y caldeo, y arameo, saben muchas otras cosas; aunque no saben distinguir la derecha de la izquierda del Hijo del Hombre.
Estos escribas, pues, hacen su lectura, y no para tomar lección sino para darla. Pero Dios ciega a los que quiere perder; el Evangelio se escurre de sus manos, y creyendo que leen el Evangelio, lo único que leen son las palabras del Evangelio. Esa es, pues, una entrada al Evangelio, la entrada de los escribas y los doctores, la entrada de los exegetas de la letra que mata” .

Pasados los años de juventud, su dolorida confrontación crítica lo enfrentó con sus amigos en la fe por desacuerdos de fondo acerca de la naturaleza del testimonio cristiano en el mundo. Ese doloroso conflicto se trasunta en el recuerdo que nos ha dejado un amigo anónimo que escribe una nota necrológica a raíz de la muerte de Dimas:

“Su muerte, acaecida en Montevideo, el 24 de agosto último (1968), cierra con el ejemplo de su fe profunda, una larga vida cuya mayor parte transcurrió entre nosotros.
Deja unos cuantos deliciosos libros y poemas de juventud, y dos opúsculos sobre San José, donde avezados críticos (entre ellos el ilustre profesor Schlesinger, desaparecido casi simultáneamente con él) habían advertido geniales atisbos en torno al misterio del Patriarca.
Su permanente, incansable actividad de estudioso y contemplativo estaba centrada en la Misa. Quedan innumerables notas, apuntes, borradores, redacciones y correcciones que esperan (con poca esperanza) una inteligencia gemela capaz de utilizarlos.
Pero no es menos cierto que esa tensión espiritual, por obra de su caridad desbordante y a veces violenta, se derramaba sobre sus amigos, a quienes iluminaba, contagiaba, acicateaba y dirigía sin proponérselo, sin querer ser maestro y en ocasiones aparentando no ser amigo. Los beneficiados (que son legión) lo saben… o lo ignoran, pero se lo deben.
Por supuesto que una apresurada nota necrológica no puede dar una semblanza digna de su grandeza. Por eso hemos considerado preferible ofrecer a nuestros lectores ciertas reflexiones suyas sobre el tema de la muerte, que, escritas al correr de la pluma, sin ningún propósito ni cuidado literario, integran una carta confidencial, cuyo destinatario nos ha autorizado para desgajarlas de su contexto íntimo. En ellas, que van a continuación, ser retrata y se caracteriza su recia espiritualidad ”.

Una tercera veta de la actualidad de Antuña y su obra reside precisamente en su mirada contemplativa que escruta la singularidad de lo individual, personas y objetos, en busca de sentidos ocultos en las cosas elementales. Pero –nótese bien- sin hacer de la naturaleza simbólica o metafórica un reservado de la sensibilidad poética, accesible sólo a la exquisitez, y coto donde la sofística modernista edificaba las torres de su aislamiento.
Para Antuña el símbolo no es sólo pretexto de fuga esteticista a la poesía. Es sobre todo vehículo de pensamiento como lo es en la más pura raíz platónica del pensamiento occidental, y como lo es también, en forma aún más elevada, en la raíz judeo-cristiana. Antuña le devuelve al hombre, al hombre común, el lenguaje del alma. Rescata la imagen y la intuición, del olvido hostil en que lo habían relegado tiempos más ocupados con la razón y con las ciencias.
Por sus propios caminos, nuestro autor transita en la dirección que la psicología, desde Freud pero sobre todo desde Jung, señala con insistencia. Antuña descubrió y proclamó –hieratra o hieragogo- la radical validez humana de los símbolos litúrgicos, y la grandeza litúrgica de la cotidianidad humana. Lo hizo sin concesiones a un intimismo individualista. Pero sólo gracias a una acogida íntima y personal de los símbolos objetivos –cuyas vicisitudes privadas él quiso mantener secretas - pudo señalarlos con firme convicción, al alma extraviada y olvidada de sí misma, de sus contemporáneos. Sobre todo de los creyentes laicizados.
Lo que José Enrique Rodó intentó rescatar en sus parábolas, joyas aisladas en un discurso racional y por él sometidas a una función instrumental que las humilla y opaca, eso lo perfecciona Antuña, haciendo de los símbolos (es decir de la dimensión simbólica de todas las cosas reales) el objeto final y directo de su contemplación. Lo que había olvidado hasta la teología; lo que algunos en la cura de almas y en la dirección espiritual están redescubriendo trabajosamente en los tiempos del counseling; lo que las costumbres poéticas vigentes habían arrebatado al hombre común; lo que un vendaval iconoclasta había aventado junto con los “excesos del barroco”; todo eso lo recoge amorosamente este hombre desconocido entre nosotros.

Lo mejor de la obra de Antuña lo constituye su presentación interpretativa de la simbología cultual: la liturgia, el templo, los ritos sacramentales, las imágenes. Sin concesiones intimistas sin concesiones al esteticismo. Aborda el misterio del culto como un mistagogo para generaciones que habían olvidado el idioma cultual y lo vivían unos sofocados por un ritualismo exterior sofocante y otros como ciegos sin monaguillos que los introdujeran en los misterios.

No hay que sorprenderse de que el primer encuentro –y encontronazo- con este estilo, que sólo puede parecer críptico y exótico para los hombres que han derivado lejos de su propia alma, o se han trans-culturizado de la cultura de la fe a la del mundo modernista, lo haya tenido Antuña en ocasión de su comentario al Cántico de las Creaturas de San Francisco. El hombre, cuando oye tratar en público de un tema psicológico, es decir de su alma, siempre espera: “otra cosa, la primera de todas, se espera a sí mismo en el tema. Espera sus recuerdos, sus pasiones, sus ideales, sus amores. Si es posible, algún trazo también –firme y rápido- de sus odios y rencores del momento. Y todo eso elaborado por el pensamiento y llevado en el calor, en la nobleza, en la elevación en cierto modo beatífica del sentimiento religioso, a su más alto grado de interés y de intensidad” .

Certero diagnóstico de una reacción a la que su público, aún el de los amigos, lo confrontó perennemente: “Hombre sincero y generoso, su hidalguía le obligó a decirme toda la verdad, y así cordial, confuso, apenado y sin rodeos, pasando con amplitud su mano de caballero antiguo sobre su noble barba rojiza, me dijo con un profundo suspiro y una gran voz resuelta: Mi amigo, yo esperaba otra cosa” .

3º) La obra escrita de Dimas Antuña ha tenido sólo dos breves ecos en escritores uruguayos.

Carlos Real De Azúa lo menciona de paso en la Introducción a la Antología del Ensayo uruguayo contemporáneo, entre “algunos nombres cuya ausencia (por lo menos hipotéticamente) pudiera extrañar”. Real de Azúa consigna acerca de Dimas Antuña los siguientes datos y rasgos:
“Dimas Antuña (1894), por fin, que ha llevado una vida virtualmente errabunda entre el Brasil, el Uruguay en que nació y la Argentina en la que aparecieron sus dos singulares libros: Israel contra el Angel (1921) y El testimonio (1947) y en donde logró sobre ciertos núcleos de intensa religiosidad un magisterio (un magisterio en hondura) que algunos recelaron.
Respecto a Falcao Espalter – prosigue Real de Azúa que acaba de referirse a él antes que a Antuña- bien podría representar la otra cara de la Fe: centrada en la intimidad y sus posibilidades de apertura, humildad y poética emoción ante el misterio y la maravilla de la vida” .

Domingo Luis Bordoli dedica a Antuña una nota en su Antología de la Poesía Uruguaya Contemporánea y recoge en ella un poema: La Elegía por la muerte de Wagner Antúnez Dutra. La nota bibliográfica que la precede es breve y se deja transcribir aquí:
“Merced a Real Azúa conocimos las dos obras Israel contra el Angel (1921) y El Testimonio (1947) de este uruguayo casi completamente desconocido en nuestras letras. Ha vivido en Brasil y Argentina, y ha publicado en esta última”.

Aquí Bordoli hace referencia en una nota a la cita de Real de Azúa en su Antología del Ensayo y prosigue:
“Ya desde joven, de una intensa espiritualidad católica muy pocas veces vista, mostró su fuerza y finura en el análisis de Rodó, Darío, Nervo, Reyles, de su primer libro. El segundo, reúne prosa y verso. De su prosa, nos parece altamente descollante su discurso sobre San Juan de la Cruz. Según un poeta brasileño, Schmidt, que él mismo cita, hay gentes que están en las letras por una fatalidad, pero fuera de la vida literaria. Antuña cuéntase entre ellas y aclara que esta fatalidad es tener que atestiguar cosas de Dios con prescindencia de la literatura, es decir, por memoria de la sola justicia. Visible es esta religiosidad absoluta en el poema que hemos elegido” .

A estas dos breves menciones se reduce –que sepamos- lo que se ha publicado en Uruguay sobre Antuña. Si bien le hacen la justicia del recuerdo, son en su brevedad forzosamente incompletas y, para nuestro gusto, injustas por insuficientes. El lector desprevenido, no sospechará a través de su lectura la verdadera magnitud de Antuña y su obra. A remediar en algo esta carencia, completando la semblanza que nuestros antólogos apenas esbozan, aspiraba la presentación que hicimos de él en la Revista de la Biblioteca Nacional en 1978, que retomamos ahora. Y con el mismo fin hemos publicado la correspondencia de Dimas con Juan Antonio y otros amigos del grupo Convivio.

 


 

 2.1 Infancia y juventud en Uruguay (1894-1913)

José Luis Antuña Gadea es conocido por todos como Dimas, hasta tal punto que tanto en la vida cotidiana como en las letras, el sobrenombre que se dio a sí mismo borró la memoria del José Luis de los documentos.
Tanto por los Antuña como por los Gadea, José Luis (Dimas) se vincula a dos troncos genealógicos de viejo cuño patrio y católico.
Nació en Dolores, Departamento de Soriano, Uruguay, el 27 de agosto de 1894 . Fueron sus padres: Don José Luis Antuña Barbot y Doña María Gadea Casas. El abuelo de Dimas, fue Don José Luis Antuña González, y se contó entre los fundadores de las Conferencias Vicentinas y del Club Católico, siendo el donante de la Imagen de la Dolorosa que se venera aún en la Capilla del Sacramento de la Catedral Metropolitana de Montevideo.
Recibió su primera enseñanza en la Escuela Pública de Dolores. Su madre era muy piadosa. Su madrina de bautismo Ventura Gadea lo preparó para su primera confesión y comunión que tomó a los siete años de edad, el ocho de diciembre de 1902.
A los trece años fue enviado como pupilo al Colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, en Montevideo, donde ingresó a los trece años en 1907 y donde permaneció como pupilo hasta los dieciocho. Cursó allí la escuela de Comercio que culminó en 1911, con las más altas calificaciones y como el mejor alumno de su promoción .
La inseguridad familiar creada por el mal estado de salud de su padre, aconsejó orientarlo hacia una capacitación profesional rápida que le abriera pronto acceso a un empleo. El tiempo desmintió –su padre gozó de extraordinaria longevidad- aquella opción familiar que le cerraba a este joven brillante las puertas de la Universidad y de una profesión más acorde con sus cualidades intelectuales y quizás también con su vocación íntima de estudioso. Poco después –1913- entraba empleado en el Banco de la Provincia de Buenos Aires.

Es interesante transcribir una página de Israel contra el Angel en la que Antuña pinta el retrato espiritual de la infancia y juventud de su generación. Bajo el título Herencia (Págs. 13-15) traza estos rasgos que reflejan parcialmente algo de su propia experiencia:

“La madre cristiana; el padre liberal. Mamá nos juntó las manos para el padrenuestro y el bendito; a papá nunca lo vimos en oración, pero nos hablaba de la patria y del progreso. Nuestra madre nos presentó al señor cura, para que fuésemos buenos cristianos y le ayudáramos a misa. Nuestro padre al maestro laico, diciéndole: Aquí tiene Ud. un ciudadano.
“El cura nos hablaba de la providencia del Padre que está en los cielos y de la fe que traslada las montañas. Y el maestro decía: -La naturaleza lo explica todo con sus leyes inmutables, fatales y constantes. Y para las fiestas patrias agregaba: Es preciso obedecer al Estado: obedecer a sus leyes, aun cuando sean injustas.
“Llegaron los quince años: el cura nos pasó del catecismo a la Congregación; el maestro nos transfirió de la clase al bachillerato. Nuestro pensamiento comenzaba a organizarse: tuvimos un cierto sentido de la ciencia, de sus métodos, de sus leyes... Dóciles, asombrados, felices y orgullosos, recibimos y repetimos –creyendo que era ciencia- el residuo materialista del positivismo.
“La Congregación, entretanto, no nos daba ideas. Todo eran reuniones piadosas, devociones, limosnas, vaguedades de beneficencia
social, y arranques apologéticos tan falsos como los cientificistas de la enseñanza secundaria.
“Madre, cura, congregación: padre, escuela, universidad. A los veinte años teníamos la cabeza poblada de dos engendros que se daban de puñetazos tan pronto un secreto instinto del alma, una intuición vaga, una esperanza, dejaba de mantener entre ambos un tabique. Tabique de separación y salvación.
“El dualismo era completo: aquí la certeza científica, allí las afirmaciones piadosas y sentimentales. La concepción del mundo era la de un engranaje perfectamente montado que, a su hora, nos iba a triturar con la más tranquila indiferencia. Mientras no llegaba esa hora, y una vez satisfechas las necesidades inferiores de comida y confort, podíamos enternecernos con alguna endecha pesimista, y hacer líricos llamados a la piedad.
“Por ese tiempo empezábamos a leer: Taine nos dio la fórmula inexorable del axioma eterno: Renan, la manera de guardar, sin los dogmas, un sentimiento religioso exquisito”.

El hogar intelectual católico que Dimas encontró, primero en el Colegio de la Sagrada Familia y en el elenco de Hermanos que lo gestionaba, entre los que se contaba el legendario Hermano Damasceno, en el presbítero capellán del Colegio NN, y más tarde, en la Argentina, en los grupos de jóvenes universitarios y profesionales católicos, lo salvó de esta esquizofrenia a la que tantos sucumbían en su patria terrena: el Uruguay laicista y dejó en él una impronta para toda su vida.

 


 2.2. En la Argentina (1913-1942)


Hasta su jubilación – por motivos de salud según algunos, por salud pero también por desilusiones con sus amigos y por considerar que ya no tenía campo de acción en Buenos Aires – , Dimas Antuña se desempeñó en su empleo del Banco de la Provincia y vivió en Buenos Aires. Por este camino, que parecía un desvío esterilizante de su vocación de estudioso, el destino aseguraba sin embargo dos rasgos fundamentales de su perfil interior.
En primer lugar lo ponía en contacto con las personas y los movimientos de la cultura católica argentina: allí se vinculó a la Tribuna Universitaria , a los Cursos de Cultura Católica; a los grupos de jóvenes que fundaron para desfogar sus inquietudes las revistas Criterio, Itinerarium , Número, Ortodoxia ,Signo , Sur, Arx. Se vinculó y trató sacerdotes que tuvieron influencia decisiva en su vida: el Padre Protain, religioso asuncionista, el Padre Maluenda, el Pbro. Edmundo Vannini, y los benedictinos P. Nicolás Rubin y Eleuterio González. A través del Convento Benedictino bonaerense se vinculó a la vasta familia benedictina, también en el Brasil, donde trató con Dom Keller el Abad del Monasterio de Río de Janeiro.
En segundo lugar, indirecta pero eficazmente, su condición de empleado sujeto a un horario y a un trabajo, marca desde dentro esa manera de acceder a las letras sin intención de literatura, y esa manera de pensar, sin intención de erigirse en maestro. Lejos de resentirse, Antuña da muestra de amar su condición de hombre del común.
Reconocido por lo que debe a su amistad, dedica en 1921 su primer libro Israel contra el Angel a seis de sus amigos, que integran el cuerpo de redacción de la revista Tribuna Universitaria . Cita el nombre de dos de ellos en el epílogo: Héctor de Basaldúa y Enrique Requena. Y ya en la plenitud y madurez, hacia 1947, los recordará aún.
Entre los que le estuvieron más unidos por amistad, hay que citar al que habría de ser hasta su muerte el amigo más fiel y más íntimo: Carlos Saenz . Un fatal accidente le quitó a Beltrán Morrough Bernard, otro gran amigo.
Es ese grupo inicial, recordado en su primer libro, el que funda junto con algunos nuevos integrantes, la revista Número que aparece mensualmente dos años enteros, desde 1930 a 1931. En los veinticuatro números publicados se encuentran colaboraciones de Dimas, excepto en el número trece, donde Rodolfo Martínez comenta su tercer libro titulado El que crece.

Por diversos motivos, hacia 1940 tomó distancia de algunos de ellos. Acerca del enfriamiento de su relación con Tomás Casares y César Pico da testimonio el borrador de una diatriba inédita contra el rumbo de los Cursos de Cultura Católica que se encuentra entre sus papeles y que hay que entender a la luz de un pasaje de su conferencia en el Cuarto Centenario de la muerte de san Juan de la Cruz.

Diagnóstico profético
Dimas sintió dolorosamente y expresó proféticamente en esa conferencia de 1942 el mal consistente en la reducción moralista, naturalista de la vida cristiana a ‘ideología cristiana’, es decir a pura ética para ser vivida en la dimensión puramente intramundana. Crisis latente entonces que estallaría en la maligna crisis psicologista y sociologista, politicista de las décadas del sesenta y setenta pero que, aunque cambiando de piel, no cesaría de seguir reptando y agravando su abrazo constrictor de las almas hasta hoy.

“Cuando se apaga esa lámpara – diagnostica Dimas - que significan las virtudes teologales, lo terrible es ver cómo el hombre bautizado, es decir, creado en Cristo para Dios, se organiza en sí mismo y empieza a construir su vida en la región de la desemejanza . No puede destruir la Imagen y lleva además su sello, un carácter filial que es indeleble, pero, el pecho ungido para las obras de la fe se ensancha en alientos de la propia afirmación, y la espalda, que había de llevar el yugo de Cristo, toma sobre sí el peso político del mundo. Las acometidas de la soberbia y la voluntad de poder, el ‘yo’ y el imperio, endurecen otra vez el rostro con el contenido que vuelve de los tres ‘Renuncio’. Este hombre bautizado toma un puesto en el mundo y del mundo recibe su porte, su aire, su importancia y su honra. Tiene el oído atento (aunque no a la Palabra) y la nariz, grave, que se reserva. Si no anda en olor de suavidad mantiene en cambio, sagaz, la husma. Porque no se trata aquí de apostasías alocadas ni de vicios que degraden. ¡Dios sabe si tenemos todas las aprobaciones de la prudencia y si somos los hombres del momento, los hombres responsables!
“El que se desentiende así de las virtudes teologales no tiene por qué ceder, por eso, en las virtudes morales y políticas. Estas virtudes son muchas, y duras, y saben entablar con lucidez su juego sin entrañas. Formaron el esplendor del mundo antiguo y aún pueden poner perfectamente de pie a un hombre en la Historia.
“¿Y para qué, Señores, ha muerto Cristo en la Cruz? ¿Para esto el Verbo se hizo carne? ¿Para esto la vida de la Iglesia y su Autoridad, y su Jerarquía, comunican al mundo ese misterio que asombra a los ángeles de DIOS CON NOSOTROS?
“Para que después del bautismo entre equilibrios y distingos vivamos como paganos, sin fe, sin esperanza, invocando tradiciones de hombres y con una estructura, un vocabulario, una especie de airón amenazante y hueco de pretendidas ‘ideas’ cristianas? No nos bastaba caer en el pecado y caemos en las virtudes. No nos bastaba la inmundicia y el desorden, y, para profanar la Encarnación de Cristo, hemos descubierto el orden. Creyentes sin fe, cristianos sin Cristo, Señores, ¿dónde está nuestro bautismo?”

En lo eclesial, Antuña se vio siempre –y no pierde ocasión de proclamarlo- como un simple fiel, sin misión de enseñar. Sometía sus escritos a previa autorización eclesiástica , e insiste a menudo en que habla sólo como cristiano a cristianos y de cosas que les son comunes. Cuando en cierta conferencia alguien le objetó que todo lo que había dicho no era más que mera repetición de ideas de los Santos Padres, respondió que jamás se le podía haber hecho mejor elogio.

Como ciudadano, Antuña se autocalifica de hombre privado, en contra distinción con la categoría del hombre público, es decir sin pretensiones de repercutir en el orden político o en el dominio de las ideas. Quizás es esta postura religiosa la que le atrajo objeciones. Tratamos de interpretar ese “recelo” al que alude Real de Azúa. Antuña es muy explícito: como hombre privado – glosamos sus palabras - se siente “inmerso en el orden exterior del mundo” y no siente necesidad de escapar de él; y dentro de ese mundo y de ese orden, justo o injusto, no quiere hacer otra cosa que callar, obedecer, y buscar el pan de cada día .
Pero desde esa condición de hombre del llano conscientemente abrazada, sin títulos de dignidad, sin rol de mando o representación, abocado a buscar cada día el sustento, es precisamente desde donde brota y desde donde se explica su capacidad para considerar con sencillez todas las cosas. Por esta condición cobra inmunidad contra todo alambicamiento mental, contra toda complacencia profesional en verbalismos vanidosos o esotéricos, tan comunes en parte de la ‘intelectualidad’ en el Uruguay contemporáneo de Antuña.

Dimas se mantiene siempre a un nivel de lenguaje que conjuga la hermosura y la elevación con la accesible sencillez. Es bien capaz de leer con plena comprensión y deleite un aristotélico tratado de lógica . Pero inmediatamente, como hombre del llano:

“… después de cerrar este libro, y vuelto al comercio de los hombres, una pregunta me persigue: ¿de qué modo, me digo con insistencia, de qué modo razonan los que no han leído nunca a Aristóteles? ¿Cómo se produce el discurso en la inteligencia de los simples? El paisano, el vendedor de feria, la señorita bien educada, y otros aún: el artista, el hombre de simple buen sentido, todos aquellos, en fin, cuyo trato me es agradable y seguro, y cuyo pensamiento es habitualmente espontáneo” . Antuña se contesta: “el hombre que no ha leído a Aristóteles –ni a Kant- se pone en contacto con las cosas del mismo modo que el filósofo más rancio. Las ve, las siente, las palpa” . Y su reflexión culmina con el descubrimiento: “Si el individuo –omne individuum ineffabile est- está en la base del conocimiento, también puede estarlo en el término. Y si la intuición da el contenido a la conciencia, el fruto pleno del trabajo intelectual, no debe ser un concepto precisamente, sino un conocimiento intuitivo: una vuelta a la intuición después de haber atravesado el concepto, para apreciar en el medio vivo inefable, el valor del trabajo discursivo. Nada suple el contacto con lo real” .

Este último párrafo nos parece programático y encierra el germen que regirá el estilo propio de Antuña: más contemplativo que discursivo, orientado más hacia las individualidades concretas que hacia los conceptos y razonamientos. Parece implicar que, superada una confrontación con el idealismo kantiano, Dimas Antuña, optó por el realismo de la fe.
Esto lo confirma un episodio que me narró el R. P. Dr. Miguel Antonio Barriola como testigo presencial:
“yo mismo viví en el seminario de Instrucciones y Propios, cuando nos contó el propio Dimas Antuña, cómo, al estudiar a Kant en la Universidad, se le planteó el problema de la incompatibilidad del "oscuro" pensador de Königsberg, con su fe cristiana. Y cómo se vio obligado a elegir entre ‘lo moderno’ y su fe. Entonces se dijo algo así: ‘Pero ¿conozco verdaderamente lo que voy a dejar?’ Decidió encerrarse en un monasterio de Rio de Janeiro, para estudiar Padres de la Iglesia y lo más que pudo y...abandonó a Kant”.

Es desde esta condición de hombre privado –que se complace y se siente seguro con el hombre de simple buen sentido- desde donde Antuña se pone en guardia contra una posible deformación idealista de la inteligencia, por la cual el hombre se fatiga sin término en el manejo de conceptos, sin llegar jamás al acto puro de conocer intuitivamente la realidad individual. Y, en el extremo paroxismo de esta deformación, llega a erigir la fatiga intelectual –que sólo puede ser un medio- en fin y medida del valor de sus frutos, con el consecuente desprecio por la inmediatez deleitosa de la contemplación que descansa en la evidencia de su objeto.

Los treinta años de residencia en la Argentina y sus viajes a Río de Janeiro y la conexión con los benedictinos de Buenos Aires y Río, marcan así decisiva y fuertemente su personalidad creyente y su obra.
En 1926, por la generosidad de otro amigo, aparece como libro y con el título de El Cántico su comentario al Canto de las Creaturas de San Francisco de Asís.
Dos años después, el 18 de abril de 1928 contrae matrimonio con María Angélica Valla en Buenos Aires, en la Iglesia del Santo Cristo, Belgrano. Asiste a la boda el P. Nicolás Rubin, benedictino.
En 1937, accediendo a una invitación, viaja a Córdoba a dictar algunas conferencias. Se inicia así una etapa de viajes y conferencias que dura unos seis años.


 2.3.–Los viajes (1937-1943) 

Entre 1938 y 1943, Antuña hace cuatro viajes a Brasil. En Río de Janeiro se aloja en casa de un amigo, Wagner Antúnez Dutra, que le brinda hospitalidad y el retiro necesario para escribir el libro que prepara y dejará inconcluso. En esa época traba amistad con Alceu Amoroso Lima (Tristán de Athayde) y otras figuras de la cultura del Brasil. Ya en el primer viaje a Río (1938) presenta su pensamiento a través de conferencias. Vuelve a Río en 1939 y es invitado a hablar en Juiz de Forá y en Belo Horizonte. En 1940 visita el Paraguay. En 1941 va a pronunciar sus conferencias en Salta y otros lugares de las Provincias Argentinas. Vuelve a Río de Janeiro en 1942 y desde julio a diciembre de 1943, siempre acompañado por su esposa.

En este período se sitúan dos de sus obras. Resultado de su primer encuentro con el Brasil es su poemario en francés titulado Mon Brésil (1938). Unas conferencias dictadas en Buenos Aires ante un público muy sencillo, las recoge en su libro La vida de San José (1941) en el que el desarrollo temático, basado sobre los viajes del Patriarca, decanta el reflejo espiritual de los propios.
No sería pues exacto imaginarse que Antuña llevó una vida trashumante, como pudiera interpretar algún lector a partir de la concisa presentación de Real de Azúa.


 4.-En Uruguay (1942 -1968)

El 28 de abril de 1942 Antuña vuelve al Uruguay para radicarse aquí. Su salud, que había contribuido a adelantar su jubilación, lo obliga a vivir un tiempo en Lezica . Tiene 48 años y piensa poderse dedicar tranquilo a completar su obra sobre la Misa que venía preparando desde hacía unos años, y cuyos capítulos eran la sustancia de sus conferencias.

Al retorno de Río en diciembre de 1943 se instala con su señora en una casa en Montevideo, en las calles Ciudadela y Paysandú. Tiene a un paso la Iglesia de Lourdes, de los PP. Palotinos, donde por ese entonces un sacerdote alemán exilado de guerra, el P. Agustín Born echa las bases de lo que será el Apostolado Litúrgico. Dimas Antuña será invitado a hablar allí con cierta frecuencia, así como en el Club Católico, donde funcionaba la Academia de Estudios Religiosos que dirigía Mons. Miguel Balaguer.
En 1947 se edita en Buenos Aires su último libro: El Testimonio precedido de un prólogo en el que se traduce un balance de experiencias del Antuña maduro. Una verdadera joya estilística y de profética penetración, por el diagnóstico del mal espiritual de su época, que consideramos válido también para la nuestra.
El Testimonio le da ocasión de reimprimir en un solo volumen El Cántico, Mon Brésil, El que Crece y buena parte de sus poesías y colaboraciones en la revista Número.
Pero en 1950, a la edad de 56 años, se ve obligado a buscar nuevamente un trabajo. Con él cesa forzosamente su actividad creadora. De ese año son las últimas conferencias que escribe. Una en relación con el Año Santo. La otra –única que no tiene carácter religioso- sobre Montevideo, fue propalada por el Sodre.
El Año Santo de 1950 pone punto final a sus escritos y se abre para él una etapa de silencio que será la última de su vida. En 1966, próximo a su muerte, se muda con su esposa al barrio Pocitos.

Su muerte

Dimas Antuña falleció con pleno conocimiento en su domicilio del barrio Pocitos asistido por el capuchino Fray Conrado, el 24 de agosto de 1968, víspera de la fecha patria, a los 74 años de edad.
Sus restos mortales descansan en el Panteón de la familia Antuña, en el Cementerio Central de Montevideo, contiguo al Panteón Nacional, apenas camino por medio, a mano izquierda. Ninguna inscripción lo recuerda. Algún día podrá señalarse su sepultura con una placa recordatoria.

Los sentimientos de Antuña hacia esta tierra en la que nació y reposa, nos los trasmite el estudio que dedica a Zorrilla de san Martín y su Tabaré en Israel contra el Ángel. Desde el alto mirador porteño de la torre Güemes, donde gustaba subir, en ciertos días muy claros, ve dibujarse a lo lejos la línea de la costa uruguaya: un reborde que todos pueden ver, una costa que muchos conocen, pero que, sin embargo, solamente los orientales reconocen. “Yo soy oriental: esa línea plomiza que subraya el horizonte es mi dulce tierra.” (17)


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