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Señor San José

San José

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Tres misterios de Señor San José

Número 21-22, Octubre 1931, pág. 73

La presentación del  Niño

En el Templo de Jerusalem, cuando los misterios de la purificación de Nuestra Señora, pobre, ofrece dos palomas “porque su mano no encuentra”, y, padre, paga los cinco siclos para rescatar al Hijo, San José rescata para sí y para nosotros, de mano de los sacerdotes, la víctima que Judas habrá de venderles más tarde – pues este momento del ofertorio anuncia el sacrificio, pero considera la víctima, el “ecce venio”[1], del que ha recibido un cuerpo y no le es llegada todavía su hora.

                ¡Admirable entrada de los padres con el Niño para hacer según la costumbre de la ley con él! Es evidente que todos los profetas darían sus profecías por el consonante “Nunc dimittis”[2] que pronuncia el Anciano, y es evidente que todas las hijas fecundas de Israel tomaron sus maridos y les dieron multitud de hijos porque no les fue concedido la vejez de Ana: no tuvieron la viudez de muchos días de esta viuda que está diciendo a todos alabanzas del glorioso Niño Dios!

                Como el ofertorio de la misa, la presentación del Niño es un sacrificio anticipado, una misa concedida a la Sinagoga para consuelo de las reliquias de Israel que esperaron el reino de Dios en la fidelidad de la oración. María, que asistirá a su Hijo en  la cruz, lo trae ahora en sus manos, y es a ella, sólo a ella, a quien se dirige la palabra del anciano Simeón. San José contempla todo esto de pie, en silencio. Su actitud es semejante a la del Subdiácono durante el ofertorio de la misa.

                En otros pasos de su vida el silencio de San José es penos, es el silencio de agonía de los santos. Aquí su silencio es pacífico. Está más allá de la agonía, más allá, también, del éxtasis.

                Simeón tenía respuesta dada del Espíritu Santo que él no vería la muerte sin ver antes al Cristo del Señor. Y vino por espíritu al Templo, y vio con los ojos de la cara al Cristo de Dios bendito, y pidió ser llamado de esta vida – porque se puede morir en el éxtasis, pero no se puede vivir en él si no  es muriendo.

                Simeón es de la tribu sacerdotal. Puede ver con sus ojos pero no puede guardar consigo la hostia del nuevo rito, y por eso es despedido. San José es de la Casa y familia de David. Su  alma está más allá del éxtasis; Dios la ha puesto en la abundancia de todo bien de otras moradas más interiores, y, por una elección más alta, le ha sido dado algo que consuma el Templo y lo destruye: Nazareth.

La huida a Egipto

La peregrinación de Jacob y el éxodo de Israel de Egipto profetizan misterios que sólo se cumplen en Jesús, y, así, cuando san José toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto (dejando atrás el grito de Raquel y esa alegría de los Niños que se escapan del lazo de esta vida a jugar con sus coronas), el Salmo los ve alejarse poquísimos en número, extranjeros, y pasando de gente en gente y de un reino a otro pueblo, protegidos, nolite tángere Christos meos[3], no queráis tocar a mis ungidos, por aquél que castiga y no permite que nadie  les haga daño.

                Y luego cuando vuelven de Egipto donde pasó “como pasa la mañana”, dice el profeta[4], pobres, desconocidos, peregrinos, traen el misterio de los que volvieron con Moisés bebiendo de una piedra espiritual, la cual piedra era Cristo! Por cuanto Israel era niño, dice el Señor, y yo lo amé, y de Egipto llamé a mi Hijo. Por cuanto, ni la peregrinación de Jacob termina con la vuelta de Moisés, ni la profecía que llama al Hijo de Egipto se cumple con Israel. Todo eso queda en promesa aguardando a san José. Y por eso  la huida a Egipto no es un episodio sino un cumplimiento, algo tan sagrado como la entrada mesiánica del Señor en Jerusalem.

No quiero hermanos, que ignoréis, dice el Apóstol, que nuestro padres estuvieron todos debajo de la nube, y todos pasaron la mar, y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y la mar… Si quedamos desconcertados cuando el Apóstol nos abre así el Éxodo (pues mientras el Apóstol se mueve en los misterios del Éxodo, nuestra lectura sigue el itinerario de los de corazón errante, y no llega…) atónitos quedaríamos siguiendo al hijo de David con el Niño y la Madre.

Dios da a san José como gracia mística en la huida a Egipto, la peregrinación que la Promesa le hizo hacer a Jacob y el éxodo que la Ley le impuso a  Moisés. Y así como Moisés recién nacido cumple la vida de Noé salvado de las aguas, así san José, en la sola huida a Egipto, cumple el camino de aquellos inmensos patriarcas que, con ser tan grandes, le son inferiores. Ellos caminaron delante de Dios en esperanza de éste que ahora lo lleva consigo en sus brazos, ellos, cierto, con prodigios y grandiosidades caminaron, pero sólo en figura de san José.

- Levántate, le dice el ángel, toma al Niño y a su Madre, y huye a Egipto.De los ángeles sabemos que descansan y vuelan. Algo de vuelo y descanso, el movimiento circular del espíritu sería necesario para seguir los misterios de la huida a Egipto, pero ¿quién es sabio y tiene en cuenta estas cosas?

El Niño perdido

                Los santos blasfeman por amor. La altura de los misterios divinos que padecen está más allá de la confesión distinta de los fieles y es más profunda que el balbuceo filial de los pobres.

                Puestos a confesar misterios de san José no podemos callar la dos noches que nos han sido reveladas de su alma: la de su agonía, cuando creyó haber perdido a la Virgen y la de su desamparo cuando creyó haber perdido al Hijo de Dios. San José anduvo camino de un día buscándolo, pero la noche de su desamparo duró tres días: –Tu padre y yo angustiados te buscábamos, dice la Virgen.

                Lo buscaron angustiados. Los padres del Niño Dios habían perdido al Hijo de Dios. ¿No vamos a denunciar denunciando una imprudencia? La imprudencia es un  pecado. ¿Imprudencia de quién? ¿de la Madre? ¿del Niño que se quedó calladamente sin que  los padres lo advirtiesen? Denunciemos por compasión de estos dolores la imprudencia de san José.

                Ahora san José no es el salvador que huye a Egipto sino el hombre de quien Dios se retira “porque ha sido hallado justo”. Podemos seguir a san José en la huida a Egipto porque aquel es un camino: va y vuelve y se cumple, y cumple muchas escrituras. Pero ¿cómo seguirle mientras busca al Niño? Esto es un andar sin camino, un preguntar sin hallarlo, un padecer en  la noche. De nada vale aquí correr ni querer; aquí el alma debe ser crucificada hasta que Dios haga misericordia.

                En aquella primera noche de su agonía, cuando creyó haber perdido a la Virgen, como el Señor en la agonía del huerto, san José fue confortado por un ángel. En esta noche más dura, cuando encuentra que Dios no  está con él, no lo conforta ningún ángel, sólo está a su lado la Virgen,  pero la Virgen Dolorosa, y, como el  Señor en la cruz (también a su lado la Virgen, pero la Virgen Dolorosa), dice: – Dios, Dios mío, mírame, ¿por qué me has desamparado? Clamaré durante el día y no  me oirás, y durante la noche, y no por necedad mía!

                Altura de este misterio: no es más culpable san José de la pérdida del Niño  que el Hijo de Dios crucificado del abandono que hace de él su Padre. El salmo agrega (pero les indica en vano el camino porque  la luz no está con ellos): ¡Y tú habitas en el lugar santo, oh gloria de Israel!

                Estaba, sí, en el lugar santo, oyendo y preguntando a los Doctores, y ellos cuando le vieron se maravillaron, y le dijo su  madre: – Hijo ¿por qué has hecho así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo angustiados te buscábamos. Y él les respondió: – ¿Por qué me buscabais? ¿no sabéis que en las cosas que son  de mi Padre me corresponde estar? Mas ellos no entendieron la palaba que les habló. No recordaron en su angustia la palara del profeta: – Vendrá a su  Templo el Señor a quien buscáis.

                Jesús, dice el  evangelista, descendió con ellos a Nazareth, y les estaba sujeto. Este “descendit cum eis” del Evangelio, renueva (sobre la respuesta del nIño que es viva llamarada de la Trinidad) el “descendit de coelis” de la Encarnación. Quien pueda entender, entienda.


[1] “Mira que aquí vengo, heme aquí que vengo” (Hebreos 10, 7, citando el salmo 39, 8 como cumplido por Jesucristo sumo y eterno sacerdote)

[2] Lucas 2, 29 “Ahora dejas ir a tu siervo en paz”

[3] Salmo 104, 15, 1º Crónicas 16, 2

[4] Probablemente remite a Oseas 13, 3

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