La Misa Solemne

PRÓLOGO - C A L I X

            Como el “Árbol” de la vida de Cristo, devotamente pensado por San Buenaventura[1], o la representación del “Monte Carmelo”, dibujada por san Juan de la Cruz, este CALIX es un poema gráfico[2]. Su argumento es la misa. La cinco partes de la misa: Preparación, Instrucción, Ofertorio, Acción y Participación están representadas en él con proporción correlativa. Todo lo que se oye de la misa ha sido escrito; lo que no se oye, cifrado; lo que se ve indicado. El CALIX debe empezarse a leer de abajo para arriba.

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 I.PREPARACIÓN.  Está representada en los cuatro círculos del pie donde leemos Introito, Kiries, Gloria, según son cantados sucesivamente por el Coro, y luego Colecta, la oración solemne recitada por el pontífice y que cierra esta primera parte o Preparación.

II: INSTRUCCIÓN. Las lecciones de la Instrucción están figuradas en el pie, y, según éstas nos levantan a conocimiento de Dios, leemos en los espacios ascendentes: Epístola, esto es, lección de enviados (apóstol, profeta o sabio): Gradual, Alleluia, Prosa, que forman la lección del Coro y  Evangelio, es decir, la lección evangélica a la cual conducen las otras. Las tres lecciones, la de enviados, la del Coro y la evangélica, se ajustan en el anillo del Credo, porque el Credo de la misa es la respuesta del pueblo que recibe en la unidad y en la integridad de la fe la luz diversa de las tres lecciones variables.

   La colecta es la conclusión de la preparación; el Credo es la conclusión de las lecciones. La preparación es afectiva, es preparación del corazón que oye un anuncio en el Introito, y gime en los Kiries, y se goza en la Gloria, y se apacigua en la sencillez confiada de la súplica. La Instrucción se dirige a la inteligencia: primero con la voz que advierte y despierta, luego con la inspiración que ilumina y canta, luego con la voz del Hijo que nos habla “como el amigo habla con el amigo”. Y oídas todas estas voces, el Credo afirma la unidad de todas ellas y responde al Señor como garantía de la fidelidad.

            III.OFERTORIO El ofertorio está cifrado en la parte superior del pie, donde ase el cáliz la mano del que va a beber. El Ofertorio es la preparación inmediata;  el momento en que se toman con la mano y se disponen las cosas santas que van a ser ofrecidas.

            Leemos primero: Ofertorio, es decir, la antífona del Ofertorio que canta el Coro. Luego, como cuatro cascos llevan los números 1, 2, 3 ,4 y representan las cuatro creaciones que recita el sacerdote a medida que prepara y ofrece la materia del sacrificio:

1. Súscipe: ofrecimiento del pan.

2. Deus cui humanae substantiae: mezcla del vino y el agua.

3. Offerimus tibi: ofrecimiento del cáliz.

4. In spiritu humilitatis: ofrecimiento del pueblo.

                Los cuatro cascos se ajustan en un espacio en blanco que se vuelca sobre ellos representando el: Veni sanctificator omnipotens, que es una invocación al Espíritu Santo sobre la materia, antes dispuesta, del sacrificio.

            Luego hallamos un anillo con tres cifras correspondientes a los tres escrúpulos o temores del sacerdote:

1. Lavabo: teme estar sucio

2. el Súscipe que recapitula en Cristo porque teme haber olvidado algo,

3. Orate fratres: gesto vergonzante de quien teme estar solo.

            Finalmente las Secretas que determinan en cada misa una intención particular con arreglo a los misterios del día, cierra esta preparación del ofertorio. (Este anillo de las Secretas debiera estar en blanco, pues no se oyen estas oraciones).

Ha terminado la triple preparación (preparación afectiva, preparación de la inteligencia, preparación material) de la misa, y, en el CALIX, las tres partes del pie que sostiene la copa. Vamos a entrar al sacrificio.

            IV ACCIÓN. El Prefacio o prólogo de la misa está representado claramente en el arranque de la copa: sale del pie, que converge a él, y despliega tres hojas de las que radian otras dos. Estas representan el Sanctus y son dos por los dos tiempos en que se divide el canto del Sanctus.

            La Acción está contenida en la oración pontifical de la misa, representada en el CALIX por los números 1,2,3,4,5,6,7,8 y según interrumpen dicha oración los dos Mementos (blancos A y B) y la elevación de la hostia y del cáliz simbolizada por la vid y las espigas, podemos leer:

  1. Te igitur
  2. Memento de los vivos
  1. Comunicantes
  2. Hanc igitur
  3. Quam oblationem

      Espigas: Qui pridie: HOC EST ENIM CORPUS MEUM

      y Vid:      Simili modo : HIC EST ENIM CALIX SANGUINIS

  1. Unde et memores
  2. Supra quae propitio ae sereno vultu
  3. Supplices te rogamus
  4. Nobis quoque peccatoribus
  1. Memento de los difuntos

La Acción de la misa termina con la gran doxología: por Cristo Señor nuestro

por quien creas ( la oración se dirige al Padre) todos estos bienes , los santificas, los vivificas, los bendices y nos los repartes: por el mismo, con el mismo, en el mismo, a ti, Dios Padre todopoderoso en unidad del Espíritu Santo, toda honra y gloria: por los siglos de los siglos. Y como al decir por los siglos de los siglos el sacerdote ha elevado la voz, el pueblo responde, asintiendo al sacrificio: AMEN.           

            V. PARTICIPACION. Esta última parte de la misa, conclusión natural de la Acción, empieza en el diálogo que precede el Padre Nuestro. Su punto de partida, pues, es padre nuestro que el pontífice recita los brazos en alto y su momento culminante la Comunión de los fieles que toman de la víctima del sacrificio. En el CALIX los dos momentos están representados por el motivo de las espigas.

            Entre los dos grandes momentos de la Participación se ordenan tres grupos de oraciones, interrumpidas por dos gestos (blancos A y B) y cruzados por el canto del Agnus Dei. Así leemos:

  1. Haec commixtio et consecratio
  2. Agnus Dei
  3. Domine qui dixisti
  4. el pontífice da la paz al diácono que transmite luego . . .
    1. Perceptio corporis tui
    2. Panem celestem accipiam
  5. el pontífice se golpea el pecho

-          Domine non sum dignus de lo que somos avisados por la campanilla.

  1. Corpus Domini nostri: comulga
  2. Qui retribuam . . .?
  3. Sanguis Domini nostri: comulga

Terminada con la comunión del pontífice, viene la de los fieles y, en el CALIX la faja de espigas que la representa: espigas solas y no vid y espigas pues el pueblo comulga bajo las solas especies de pan. Los anillos siguientes del CALIX tienen significación clara: primero el de la Communio, es decir, la antífona de la comunión que canta el coro; el segundo dice: Post Communio, corresponde a la oración solemne que recita el pontífice.

La conclusión de la misa se lee en el último círculo del CALIX: A, representa el:-Ite missa est. B, la bendición, y, cerrando el círculo se ha escrito el evangelio de San Juan: -In principio erat Verbum. Los labios que beben se apoyan en este círculo pues el Verbum caro factum nos hace posible beber de este cáliz.

La cinta que ondea sobre el CALIX lleva palabras de un salmo eucarístico que profetizan la misa. Son del versículo quinto del salmo 22 y dicen: Preparaste una mesa delante de mí. . . Mi cáliz que embriaga, qué excelente es!

Se ruega a las personas que deseen leer este poema gráfico con toda claridad y prescindiendo de las indicaciones demasiado prolijas de esta nota, quieran asistir a la misa cantada de la capilla benedictina del Santo Cristo, única iglesia de Buenos Aires donde florece con dignidad la divina liturgia[3].

                                                           Dimas Antuña

                                                           Ilustración de Juan Antonio                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

          

[1] Véase N° del mes de julio de 1931

[2] Obra de Juan Antonio Spotorno

[3] Artículo ilustrado publicado en la revista NUMERO, Nº 23 - 24 Buenos Aires, Diciembre 1931 Págs. 82-83


1. VER LA MISA

LA MISA: UN MISTERIO

Conversaciones sobre la Misa[1]

Reverendos Padres, Señores, Señoras: Agradezco a la Academia de Estudios Religiosos la oportunidad que me ofrece para iniciar en este momento, con Ustedes, estas conversaciones sobre la Misa.

            La Misa, —todos lo sabemos—es el centro mismo de la vida cristiana, el acto más eminente del culto, el único necesario y el único obligatorio para todos, [por su rito, depende esencialmente de la INSTITUCIÓN del Señor. Por su contenido, por lo que el rito produce, depende de toda la economía redentora][2]. [Destruida la Misa, queda destruida la Iglesia][3].

            Por otra parte, la Misa, en sí misma, es un “misterio” [o sacramento, es decir: una acción ritual, sagrada, de una naturaleza especial][4]. Una realidad riquísima, sobrenatural, insondable, un don de Dios a los hombres y un encuentro, una comunicación[5].  Y más: una “comunión” de los hombres y Dios —en Cristo [se ve, se hace, se ejecuta, asistimos a ella y asentimos][6].

            Como misterio [instituido y revelado ofrece, además,][7] infinidad de aspectos al conocimiento. De ahí que interese “formalmente” a muchas ciencias sagradas: Teología, Historia, Liturgia, Moral, etc.

            Ahora bien, siendo así que yo soy ajeno a las disciplinas de esas ciencias, considero un deber concretar cuál es el objeto de estas reuniones, y qué propósito me guía —a mí, un laico— al atreverme a hablar sobre la Misa.

Ver la Misa

Mi propósito es muy sencillo y es únicamente éste: Ver la Misa. Verla como puede verla un hombre y un cristiano, es decir, con la razón y con los cinco sentidos[8]. Verla; ateniéndose a toda su realidad y percibiendo ésta tal como puede ser percibida, esto es humanamente (pues la Misa es un acto de este mundo) pero a la luz de la fe (porque la Misa es una institución divina).

Desde mi lugar

Ver, pues, la Misa como puede verla un hombre, y, puesto que ese hombre soy yo, es decir, un simple bautizado, verla desde mi punto de vista…

            Ahora bien, al decir “desde mi punto de vista” debo advertir que este punto de vista no es “mío” subjetivamente. No se trata ni de capricho ni de lirismo. Y no es mío, tampoco, porque yo lo haya elegido.

Mi punto de vista no depende de mi voluntad sino de mi “lugar”. Y mi lugar en la Misa no es otro sino aquél que la Iglesia me asigna en la celebración de este misterio.          

            Como miembro de la asamblea cristiana que ofrece el sacrificio yo tengo en él, un lugar. Este lugar resulta de mi fe y de acto decisivo, vital, de esa misma fe, es decir, mi bautismo. El bautismo, pues, al incorporarme a la Iglesia, al hacerme entrar, bajo la égida de Cristo, en el Templo Santo de Dios[9], me da la aptitud para participar del acto supremo de culto y me señala un lugar en la Misa.

            Y ese lugar, —el lugar del pueblo, de la comunidad — determina por sí mismo, mi “punto de vista”. Ahora bien, un misterio que es el centro actual, activo, viviente del cristianismo como es la Misa, puede ser tratado no sólo “bajo diferentes razones” —como hemos dicho antes —  sino también con diferentes lenguajes.

            Puede ser tratado, ante todo, por el Sacerdote que predica, es decir, que instruye al pueblo usando la palabra de Dios y enseñando en ejercicio jerárquico de la potestad (del munus) que ha recibido para ello. Luego  —en la línea ya de la simple trasmisión del conocimiento— puede ser tratado por el Teólogo, por ejemplo, que investiga especulativamente en sus razones y formula lo formulable: su doctrina. O por el Historiador, que indaga conforme a las disciplinas críticas y discierne los orígenes que ha tenido la Misa en el pasado (pues la Iglesia es “apostólica” y la Misa es un rito radicado en el tiempo). O por el Liturgista que escruta su ley, su rito, su alcance. O por el Moralista, que explica la obligación de justicia, que tiene todo cristiano de asistir a este acto esencial y único de la fe.

Inter Convivas[10]

Pero eso no impide que la Misa pueda también ser objeto de una conversación entre cristianos, basada en la frecuencia sencilla, directa, que tenemos unos y otros de este misterio.

A este ejercicio de interesarnos por “eso que tenemos delante”, es decir, por esa acción sagrada, esa cosa santa que la Iglesia celebra y de la cual, nosotros, por nuestro bautismo somos asistentes y participantes, es a lo que yo llamo ahora “ver la Misa”.

Incluidos en ella por nuestro bautismo la vemos como nos es dada: inter convivas, entre los comensales[11].

2.- ¿Qué Misa?

Determinado nuestro propósito y nuestro punto de vista conviene declarar ahora “lo que nos proponemos ver”, pues si bien la Misa, en su realidad intrínseca —como sacrificio y misterio de culto— es una sola, en su celebración puede estructurarse con diferentes ritos, y, se estructura así, en efecto, debido a las diferentes líneas que resultan de la tradición apostólica.

            Y desde luego que, con este carácter de “testimonio de una cosa que vemos, yo no puedo hablar de la misa de rito griego o armenio, por ejemplo, que muy raras veces he visto, y que voy a referirme únicamente a nuestro conocido (y muy querido) Rito Romano.

La Misa Solemne

Pero, como este Rito Romano tiene a su vez diferentes formas, debo decir cuáles dejo fuera de consideración. Primero: las dos formas mayores: La misa papal (que yo nunca he visto) y la misa pontifical (que raras veces puede verse). Y luego, las dos formas menores o ritualmente más simples, es decir, la misa “cantada” esto es, la misa sin diácono ni subdiácono en la cual actúa solamente el Sacerdote acompañado del coro y uno o más acólitos; y la misa “rezada”, que, como sabemos, se reduce a la sola acción del Sacerdote, sin diácono ni subdiácono ni coro, asistido solamente por uno o más acólitos.

Entre esas dos formas superiores, misa papal y misa pontifical, y esas dos formas de rito simplificado: misa cantada y misa rezada, en el Rito Romano existe lo que se llama La Misa Solemne. Esta Misa Solemne es una forma orgánica, ritualmente plena y compleja, que permite contemplar con gran nitidez el desarrollo del servicio divino, pues en ella actúan con funciones propias y bien diferenciadas el Sacerdote, los ministros mayores y menores y el coro.

Nuestro propósito, pues, es “ver la Misa” y la misa que nos proponemos ver (desde nuestro lugar, desde nuestro bautismo— y espero en Dios que sin salirme yo imprudentemente de ese lugar) es la Misa Solemne de Rito Romano.

Veamos cómo es esta Misa

El Sacerdote celebra asistido por dos ministros mayores, el Diácono y el Subdiácono, y por tres menores: dos acólitos y un turiferario. Y a esa acción del Sacerdote y los ministros responde el pueblo asistido por el coro.

Actores: Sacerdotes, Ministros y Coro

Diácono y subdiácono, acólitos y turiferario, esto es, los cinco ministros de orden, están referidos inmediatamente al Sacerdote. Y el Coro, dentro de su misterio propio, que es ser la voz de la Iglesia, asiste a la comunidad.

            Los ministros de orden dependen del altar. Ellos son los que actúan, los que hacen el sacrificio. Pero como esa acción no es una acción de ellos, (es decir que no hacen ellos allí nada como personas privadas, sino que actúan ‘revestidos’ y ‘oficialmente’, esto es, como ministros de la Iglesia) esa acción es de todos y referida a Dios únicamente, interesa, incluye a su vez, a toda la comunidad.

            La comunidad, la Iglesia toda es quien la ofrece, mediante el poder, el munus, que el Señor ha conferido para ello a sus ministros de orden. Y por eso, porque la acción de los ministros es una acción ‘común’, según ésta se va produciendo y según vamos pasando en ella por las diferentes partes del rito, el coro —frente al altar pero formando parte ya de la casa (puesto que el salmistado no es de orden)— expresa lo que la Iglesia ‘padece’ a lo largo de la acción sagrada, es decir, ‘lo afectivo’.

La voz del coro es canto, adhesión, sentimiento. La voz del coro es ‘asistencia’.  Su voz es ‘voz de enlace’ y, así, como voz de la Esposa y como boca del pueblo, podemos decir, verdaderamente, que la voz del coro es ‘nuestra voz’ ante el misterio del altar.

3. El Espacio litúrgico: La Casa                                      

Hemos ya enumerado los actores de la Misa: el Sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo. Demos ahora otro paso. “Vengamos ahora a la pregunta que hace el Señor cada día a mi querido amigo Juan Pablo Terra” [12]: “¿En dónde está el aposento en donde coma yo la Pascua con mis discípulos?”[13]

            Respondamos a esta palabra del Señor. Coloquemos en el espacio a los actores de la acción sagrada. Está recomendado, cuando se medita, hacer una ‘composición de lugar’. Pero en este caso el lugar está compuesto y compuesto por la Misa misma. El lugar, en este caso, es la iglesia, como casa, la Casa de Dios.

Noten Ustedes que la Misa, así como por su misterio propio de impulso de vida crea la comunidad y la sustenta, así también, por exigencia de su rito, crea la casa y determina su estructura.

            La iglesia-comunidad y la iglesia-casa resultan de la eucaristía y no habrían existido nunca en el mundo sin ella. No hagamos, pues, composición de lugar ya que el lugar está compuesto. Pero hagamos un reconocimiento que nos permita advertir las partes de este lugar y ver bien la correlación que guardan.

            Esto nos dará inteligencia de cómo y por qué este lugar está compuesto así, es decir, en función de qué realidades tiene esa determinada estructura, y no otra.

Dos espacios: El Santuario y la Nave

Si entramos en una iglesia cualquiera notaremos en seguida que ese interior nos presenta ‘dos partes’. La una es el santuario con el altar en el medio. La otra, la nave, el lugar del pueblo. Esas dos partes están siempre separadas por una grada y una baranda baja o cancel, y este límite es ‘precioso’.

            De la baranda para allá se alza el altar y el espacio que lo circunda que corresponde a los ministros sagrados. Esa parte de la Iglesia, es lo que llamamos el santuario. De la grada para acá, se extiende la casa, la nave, el lugar destinado a la comunidad, es decir, el lugar donde NO actúan los que sirven al altar, sino que está ocupado por la multitud de los fieles.

            El santuario es el lugar del altar. La nave el lugar del pueblo, y, —como lo veremos al contemplar nuestra Misa Solemne— en el decurso de toda la acción, entre el santuario y la nave, entre el altar y el pueblo, entre los ministros y la comunidad, entre los que hacen y los que asisten y participan, se produce un intercambio, un comercio, una comunicación ininterrumpida.

            Tal comunicación termina en comunión, y, cuando ésta se realiza, es decir, cuando el pueblo accede a los dones del altar, su entrega, tiene lugar en esa grada que separa el santuario de la nave, esa grada, precisamente, de la que venimos hablando. Esa grada que separa el santuario de la nave y que, al distinguir, dentro de la unidad total de la Iglesia, al sacerdocio ordenado del sacerdocio común de los fieles, muestra el alcance orgánico que tienen estos dos sacramentos: el Orden y el Bautismo, y su referencia común al centro de toda la vida cristiana, es decir, al altar, a la Eucaristía[14].

Bautismo

El centro, pues, del santuario es el altar. Los ministros del Orden dependen de él y están referidos a él. Lo están en diferentes grados, según la proximidad mayor o menor que cada orden tiene, en su oficio, con la Eucaristía.

Pero el altar, a su vez, es el centro de toda la iglesia, y, si nos preguntamos por qué la comunidad forma ‘iglesia’, es decir, por qué la comunidad no es una simple multitud sino una asamblea, un cuerpo y tiene capacidad orgánica, como comunidad, para ofrecer y sustentarse de los dones del sacrificio que ofrece —hallaremos que eso depende del Bautismo.

El Bautismo es nuestro único título en la Misa. Sin él quedamos excluidos del altar. Ninguno de nosotros podría asistir a Misa si careciera del ‘carácter’ que le imprime el bautismo.

Por eso, y parar recordárnoslo, junto a la puerta de la iglesia tenemos una pila de agua, y, nuestro primer acto individual, al entrar para asistir a Misa, consiste en signarnos tomando agua de esa pila. Esto quiere decir que los cristianos no somos tales ni entramos al altar, si no es en Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y por virtud de la Cruz. Es decir, de la muerte y resurrección de Cristo que nos da, a cada uno, en el agua del bautismo, ese ‘ser’ propio, nuestro ‘ser’ de cristianos.

La pila de agua bendita, pues, consecuencia, imagen, memoria de la Pila Bautismal está ahí en la puerta para recordarnos nuestro origen. Es un memento. Al memento de la Caída: Memento homo, quia pulvis es! el agua opone ahí —al dar nosotros el primer paso dentro[15] de la iglesia de Dios— el memento de nuestra regeneración, y, el nombre de esta ‘novedad de vida’ en nombre de ‘lo que somos’ en Cristo. Esa agua nos dice al presentarnos al altar: ‘¡Acuérdate, cristiano, que has nacido de nuevo; acuérdate de que eres hijo de la resurrección! Memento homo, y conoce tu dignidad’[16].

Dos partes tiene pues la iglesia como casa: el santuario y la nave, y esas dos partes dependen de dos sacramentos: el Orden y el Bautismo.

El altar, que funda y da sentido al santuario, es el lugar de los ministros de Orden. La nave, que es el lugar propio del pueblo, se llena por obra del bautismo.

La grada que separa el santuario de la nave no puede ser franqueada por quien no haya recibido algún grado de orden (o tenga por lo menos aptitud para recibirlo), una mujer, en consecuencia, no puede traspasarla ni actuar de ningún modo, como ministro, en la Misa.

 4. Presbiterio y Coro

Mi lenguaje hasta ahora ha sido bastante aceptable. Estoy hablando de cosas evidentes. La iglesia, el templo, la casa de Dios, la casa de Dios con los hombres, tiene dos partes y en ella en el santuario, por dependencia del altar, vemos a los ministros de orden, y en la nave, por obra del bautismo vemos al pueblo reunido.

Bien. Pero ahora debo señalar algo que no es corriente ver en Montevideo y que es esencial para la inteligencia de la Misa. Me refiero a una doble zona, a dos cuadriláteros que existen el uno en el santuario, entre la baranda del comulgatorio y el altar[17]; y el otro en la nave, entre esa misma baranda y el lugar ocupado por el pueblo.

En las iglesias catedrales o abaciales el espacio que rodea el altar es muy amplio. Pasa holgadamente por detrás del altar[18] y se extiende, por delante, formando un cuadrilátero. En este espacio, pues, se ven, en la parte del fondo, a derecha e izquierda del altar, las dos credencias, es decir, las dos mesas de piedra subsidiarias de la mesa del sacrificio, una destinada a los vasos sagrados, la otra, a las luces de los niños acólitos. Y, en la parte de adelante, en este gran cuadrilátero espacioso a que me refiero, se ve, del lado de la Epístola, tres asientos destinados a los ministros mayores, y del lado del Evangelio, dos escabeles para los niños acólitos.

            Este espacio tiene que ser tenido en cuenta por Ustedes de una manera clara y precisa pues en él van a moverse los ministros y esas acciones de que tendré que hablar parecerán confusas o imposibles si antes no realizamos bien, mentalmente, la capacidad y el aspecto de este lugar.

            Pero he ahí que, para acá de la baranda que divide el santuario de la nave, en las iglesias donde se celebra diariamente la Misa Solemne tenemos otro espacio (correlativo al del cuadrilátero del santuario) el cual está ocupado por el coro.

            Allí, respaldados por los estalos[19] vemos a los cantores de perfil. Están alineados frente a frente en dos filas que forman dos semi-coros y dejan en el medio un espacio vacío. A ese espacio veremos adelantarse en determinado momento (en uno de los momentos más bellos de la Misa) a los cuatro cantores que dirigen el coro, revestidos de capa, y, uno de ellos, el coreuta, con vara de plata en la mano.

            Comprendo que estos dos espacios, el de los ministros en el santuario y el del coro en la nave, parezcan un poco extraños. Requieren un esfuerzo para ser vistos[20]. Si yo tuviera que hablar de cómo es la disposición de un teatro a personas que sólo hubieran conocido las salas de los cines, tendría que explicar muy claramente estas dos cosas nunca vistas y ajenas por completo al ambiente de un cine, es decir, entre la sala y las candilejas el foso de la orquesta, y entre las candilejas y el telón de fondo, espacio y la capacidad del escenario.

            La Misa Solemne, pues, requiere que los ministros de orden tengan un espacio proporcionado adonde moverse con dignidad, y requiere además que el coro, que no puede estar compuesto de menos de diez cantores y que es corriente ver, magníficamente, en una masa numerosa, alineada en tres filas, de cuarenta o sesenta (yo recuerdo haber visto coros hasta de cien) aparezca visiblemente y en la actitud que le es propia, es decir, de pie.

 5. El argumento de la Misa

Los cinco actos  

Hemos enumerado los actores de la Misa Solemne, el sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo; y hemos registrado la casa, es decir, 1) la disposición del espacio litúrgico, 2) las partes de que se compone y 3) su correlación. Ahora, antes de empezar a ‘ver la misa’ conviene que digamos una palabra acerca de su ‘argumento’.

Recordar de antemano cuál es el objeto de esta acción, facilitará el ejercicio de lo que ‘vamos a ver’. Si tenemos presente la trama podremos percibir con nitidez la progresión y el desarrollo de las partes. Este conocimiento de una estructura completa, que es ‘normativa’, que es ‘fija’, nos dará, además, la perspectiva necesaria para poder saber ‘qué es lo que se hace’ a medida que ‘eso que se hace’ se va haciendo.

La Misa es ‘una acción’. Ahora bien ¿qué es lo que se hace en la Misa? Esencialmente, la Iglesia no hace (ni puede hacer) en la Misa sino aquello que el Señor hizo, cuando, al instituir este misterio, dijo a sus Apóstoles: “Haced esto en memoria de mí”.

            Es un hecho dogmático que la última Cena fue la primera Misa, y que el Señor instituyó nuestra eucaristía dentro de aquel cuadrado ritual de la Pascua de la Antigua Ley. En el curso de aquella cena, pues – que no era común, sino sagrada – el Señor introdujo un acto ritual nuevo, único, propio de él; no integrante de los ritos que allí se hacían y referido a ellos, pero, a su vez trascendente e inconmensurable con ellos. Y este acto, el Señor no lo hizo de una manera episódica o accidental, sino con carácter de ‘institución’, esto es, para que fuera ‘permanente y durable’, y, como tal, como ‘institución’, lo confió allí mismo a la autoridad de los Apóstoles en quienes fundaba su Iglesia, diciéndoles: “Haced ESTO, en memoria de mí”-

ESTO 

Esto ¿qué? Todos lo sabemos: en la noche en que fue traidoramente entregado, el Señor Jesús tomó el pan y dando gracias, lo partió y dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo que por vosotros será entregado, haced esto en memoria de mí. Y de manera semejante con el Cáliz, (después de haber cenado) diciendo: Este es el cáliz del nuevo Testamento en mi Sangre, cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria de mí.

            El Señor, pues, en aquel acto suyo, propio, que él instituyó en la Cena, y mandó expresamente reiterar en su memoria hasta su vuelta, hizo tres cosas: Primero: tomó el pan; Luego, dio gracias y finalmente lo partió y lo dio a comer a sus discípulos. Y de manera semejante hizo también esas tres cosas con el Cáliz.

            Ahora bien, esas tres cosas, a) asir el pan, asir el cáliz, b) hacer la eucaristía del pan y del vino, c) y dar de comer esos elementos ‘eucaristiados’, es decir, consagrados, convertidos, por la ‘acción de gracias’, son hechas fielmente en nuestra Misa y a ellas corresponden las tres partes del santo sacrificio.

            El Señor tomó el pan, tomó el Cáliz: tal es el acto de nuestro Ofertorio

            El Señor dio gracias, es decir, hizo la eucaristía del pan, y la eucaristía del vino, esto es: hizo lo que él mismo hace ahora por mano de su ministro en la parte central de nuestra Misa.

            El Señor dio a sus discípulos el Pan y el Vino diciéndoles: tomad comed; tomad bebed.  Entrega en comida y bebida de su cuerpo y su sangre es lo que constituye nuestra comunión.

Nuestra Misa es, pues, en su acción específicamente sacrificial . Tiene tres partes: Ofertorio, Eucaristía, Comunión, las cuales corresponden a los tres gestos del Señor en la Cena.

El Ofertorio es la presentación al altar del pan y del vino de la Eucaristía. La Eucaristía, su consagración, es decir, la acción de gracias que convierte aquella oblación de pan y vino hecha por la Iglesia en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y la Comunión, la participación del altar, mediante la entrega a los hombres de ese sacrificio ya ofrecido a Dios y que Dios, el Padre, ha recibido y que él nos da allí – en su mesa – a fin de recibirnos, a su vez en comunión, es decir, en común-unión con el misterio de su Hijo – hecho hombre por nosotros y muerto y resucitado por nosotros – para introducirnos a nosotros en Dios.

6. Ante Misa, Reunión, Lección divina

Ahora bien, este acto, esta eucaristía del pan y del vino, pudo haber sido una simple bendición, una simple acción de gracias por la comida y la bebida (como tantas del Antiguo Testamento). Pero la intención y la palabra omnipotente del Señor quisieron que fuera la eucaristía de su cuerpo y de su sangre – de su cuerpo entregado por nosotros y de su sangre derramada – el Señor no la hizo con ‘cualquiera’ sino con sus discípulos, es decir con aquéllos que él mismo había llamado y elegido, que lo habían dejado todo por seguirle y que creían en su palabra.

            Los discípulos eran hombres elegidos y ‘llamados’, ‘congregados’ y eran ‘discípulos’, es decir, reconocían al Señor por Maestro y habían recibido realmente su palabra: “¿A dónde iremos nosotros? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”[21]. De ahí pues, que en nuestra Misa, a la parte específicamente sacrificial (Ofertorio, Eucaristía, Comunión) preceda una parte ‘dispositiva’. Y no preparatoria del sacrificio mismo sino dispositiva del pueblo de la comunidad que ofrece este sacrificio.

            Esta parte preparatoria o ante-misa, consiste en ‘reunión’ y ‘palabra’, es decir, exactamente, en reunir ante el altar, mediante la entrada del Sacerdote revestido, a los que el Señor ha llamado. Y en anunciarles, enviada desde ese altar, por mano de los ministros de orden del altar, la ‘palabra’.

Esta parte preparatoria tiene, pues, dos actos: uno de entrada y reunión y otro de lección divina. Y cuando el pueblo reunido da testimonio, en el Credo, de la palabra ‘recibida’, es decir, de la fe que lo reúne y lo constituye orgánicamente como ‘iglesia’, la parte preparatoria de la Misa termina. Y empieza el sacrificio propiamente dicho con sus tres partes sacrificiales: Ofertorio, Eucaristía y Comunión.

7. El cuadro ritual y el momento

Pero he ahí que, así como el Señor no hizo la eucaristía del pan y del vino con ‘cualquiera’ sino con ‘los suyos’, así tampoco la hizo, aún con ellos, en ‘cualquier parte’ ni en ‘cualquier momento’ sino en la cena, esto es, dentro del cuadro ritual del sacrificio de la Pascua, y, en la noche en que fue entregado, es decir, cuando la realidad que anunciaba aquella Pascua iba a ser ‘cumplida’, manifestada y comunicada a los hombres con su muerte.

            Estos dos puntos: 1) el cuadro ritual, sagrado y 2) el momento: la noche de la Pasión, sitúan a nuestra eucaristía. Ésta no fue instituida ni será nunca celebrada como un acto común, sino sagrado. Y su cuadro sacrificial la fija como un misterio vinculado a todo el Antiguo Testamento cuyos sacrificios quedan recapitulados en ella y son a su vez superados. Y la fija también a la Pasión del Señor, cuyo misterio pascual de muerte y resurrección, -- es decir, de pasaje por la inmolación redentora de este mundo al Padre –, constituye su realidad única y trascendente.

            Referida a la Pascua figurativa, la cumple. Dependiente de la Pascua efectiva: la incluye. Y, como esa Pascua, como esa muerte y resurrección de Cristo está contenida en ella de una manera real, pero bajo signos ajenos al acaecer histórico, esta manera de contener una realidad y su eficacia bajo las especies de otra, esta manera de ofrecer a Dios y comunicar a los hombres la muerte y resurrección de Cristo – despojadas de sus accidentes históricos – bajo las especies de una oblación de pan y vino, le asigna, a su vez, una naturaleza que le es propia, y que es lo que, entre cristianos, llamamos un Sacramento.

 Sacramento

Notemos estos dos puntos que son esenciales para la inteligencia de la misa. La eucaristía es un acto sagrado que no puede hacerse sino dentro de un cuadro ritual, y este acto contiene y comunica una realidad divina y humana (la muerte y resurrección de Cristo) la cual es ‘hecha’ en ella mediante el uso de cosas naturales que se ven, se tocan, se manejan, se comen, se beben.

Cosas naturales y materiales que están ahí, que son usadas ahí en la plenitud de su ser; es decir, como ‘cosas’ con validez auténtica propia (verdadero pan, verdadero vino) y como ‘signos’, es decir, como     referidas a la inteligencia del hombre y destinadas a indicarle ‘otra cosa’; y que en determinado momento, además, insertadas en el acto mismo del sacramento, no sólo indican sino que se convierten en instrumentos o vehículos del misterio de Cristo, pues son despojadas, por la palabra del Sacerdote, del sostén natural que les es propio.

El sacrificio de la Pascua era, como todos los del Antiguo Testamento, un sacrificio natural. En él se inmolaba un cordero y se comían luego sus carnes asadas, dentro de un contexto ceremonial de acción de gracias por la liberación de Egipto, que estaba compuesto de oraciones, bendiciones e himnos.

Por su lado, la muerte del Señor en la Cruz fue constituida por Dios (y aceptada y padecida por el Señor) como un sacrificio propiamente dicho. En ella el Señor se ofreció a sí mismo por nosotros para obedecer a su Padre.

Ahora bien, este sacrificio ofrecido una vez, fue realizado total y definitivamente en la Cruz de una manera natural y humana. Quiero decir: en un momento determinado del tiempo y del tiempo político: ‘bajo Poncio Pilatos’ y con la inmolación física del cuerpo de Cristo y derramamiento de su Sangre. Eso es lo que el Señor ha instituido in mysterio en la Eucaristía. Y al decir in mysterio entendemos decir que ese hecho total de la muerte redentora está allí, se hace allí, en una oblación de pan y vino.

Ahora bien, re-presentar, re-iterar, re-actualizar, poner delante de una manera objetiva, con valor y consistencia propia un acto de Cristo, instituido por él, de cosas naturales, es lo que en la Iglesia llamamos un sacramento.

Y como este sacramento ‘tal como se realiza’, tiene un valor por sí mismo y un valor de sacrificio, a este sacramento lo llamamos ‘el sacramento del altar’, tal es el sacramento de la inmolación, el sacramento-sacrificio; confesando que él es la inmolación misma de la Cruz en toda su realidad y su eficacia.

Esa inmolación despojada de los accidentes históricos (que son irreversibles y que en la Cruz, además, supusieron un sacrilegio) está revestida aquí, mediante el sacramento, de accidentes naturales, es decir, de una materia que permite su uso y hace posible su entrega para sustento del pueblo.

La inmolación de Cristo, en la Misa, pues, no es historia y no agrega nada a su Pasión y muerte en la Cruz. No es tampoco ‘teatral’, no es una representación imaginativa. La inmolación de Cristo en la Misa es un ‘sacramento’ que se produce ‘in mysterio’. Está fuera de las leyes naturales ya sean éstas históricas o psicológicas. Se hace conforme a las leyes (rituales y eficaces) que le son propias.

Cuadro – Sacramentales

El cuadro ritual de la Cena estaba ajustado a la naturaleza de aquel sacrificio del cordero que era natural y figurativo.

            El cuadro ritual de la Eucaristía está ajustado a la naturaleza de la Misa, que es un sacrificio verdadero —que es ‘la verdad misma’ de todos los sacrificios antiguos— pero realizado en un sacramento. Los de la Antigua Ley eran ‘especulativos’, es decir, anunciaban, mediante figuras, una realidad prometida que ellos no contenían y que había de venir. Los ritos de la Nueva Ley, entretanto, son conmemorativos. Contienen la realidad del misterio de Cristo ya dado y la comunican trasmitiendo verdaderamente a la criatura humana su eficacia y su acción.

Creo que estas consideraciones son suficientes para que Ustedes adviertan el valor, el alcance, la importancia, ‘lo grave que son’ las ceremonias de la Misa; y para que no se equivoquen, sobre todo, acerca de su naturaleza.

            La Misa Solemne bien celebrada ofrece un espectáculo augusto: ‘espectáculo hemos sido hechos’ dice el Apóstol. Pero su acción está fuera de las representaciones sensibles e imaginativas (la farsa, el teatro, el poema, representaciones figuradas o sentimentales) y su ‘memoria’ no consiste en que nosotros recordemos algo, sino en que, en memoria de Cristo, le es dado, le ha sido dado a la iglesia ‘hacer’ algo y que lo que hacemos es un sacramento[22], es decir, una acción en la cual, bajo las especies de pan y de vino Cristo mismo, nuestra Pascua, es inmolado.

            De ahí, pues, que el contexto ritual, es decir, el cuadro en que se desarrolla la Misa y que la efectúa, sea un contexto ‘sacramental’ y que el Sacrificio de la Misa que, por su naturaleza propia, es un sacramento y nada más que un sacramento, se vea estructurada por ritos que son, en sí mismos, ‘sacramentales’. ¡Los sacramentales! ¡Entendamos bien lo que son los sacramentales!

Los sacramentales

Estos sacramentales dependen del sacramento y están ordenados exclusivamente a expresarlo. Y así, mediante acciones, símbolos, gestos, palabras, mediante cosas, movimientos, cantos… con una complejidad que desconcierta, a veces, pero, si se atiende a ellos, si se los descubre con una sencillez y un esplendor que verdaderamente deslumbra, miran 1) ya a la realidad esencial de la Misa, es decir al sacrificio de Cristo, al triunfo de la Cruz: a esa gloria de Dios y redención de los hombres lograda victoriosamente por la muerte y la resurrección del Señor; 2) ya a la forma en que esa realidad es ofrecida: el pan y el vino y la oblación de la Iglesia;  3) ya a la comunidad que la ofrece (y que en lo que ofrece es instruida de que debe, ella misma, ofrecerse), es decir, a la Iglesia unida a Cristo y obrando, en persona de Cristo, pero por sí misma[23], el sacrificio[24] de la Nueva y Eterna Alianza. 

            La misa es un sacramento rodeado de sacramentales. La expresión orgánica de la Misa está dada por los sacramentales. Los sacramentales la hacen accesible, la proporcionan a nuestra inteligencia, a nuestra flaqueza, a nuestro ser de criatura.

 8. Los cinco ‘actos’

Y ahora que hemos visto que nuestra Misa: en el Ofertorio, en la Eucaristía, en la Comunión, no hace sino cumplir lo que el Señor hizo en la Cena y mandó que se hiciera, ininterrumpidamente hasta su vuelta, en su memoria…

            Ahora que hemos visto que, para hacer eso, antes de hacerlo, en la ‘entrada y reunión’ y en ‘las lecciones’ la Misa realiza con nosotros cada día lo que eso exige de nosotros, es decir, que seamos ‘Iglesia’ y recibamos ‘la Palabra’, de manera que como comunidad de fieles podamos acceder, por la fe, al ‘misterio de la fe’…

Ahora que sabemos que el modo de hacer eso es un modo sacramental, es decir, efectuando y comunicando vitalmente una realidad mediante el uso de cosas tomadas en su verdad más directa y en su significación más obvia; y algunas, como el pan y el vino, convertidas en determinado momento en ‘otra cosa’ notemos en qué consisten estos cinco actos que forman la trama, el ‘argumento’ de la Misa, y estructuran, en consecuencia, la celebración del sacramento.

Primer acto

El primer acto va desde el Introito a la oración Colecta, y está ordenado a la reunión del pueblo.  Sus partes son: El Introito, los Kyries, el Gloria y la oración Colecta, y su objeto formal es ‘formar la asamblea’ que va a rendir culto.

Segundo acto

El segundo acto va desde la Epístola al Evangelio y está orientado a la instrucción del pueblo. Sus partes son: La Epístola, el Gradual, el Evangelio, y su objeto es comunicar al pueblo reunido, al pueblo que ha ‘entrado’, la palabra de la fe. En las solemnidades, estas lecciones divinas, son coronadas por el Credo. Estos dos primeros actos constituyen el ante-misa. Son preparatorios del sacrificio propiamente dicho y no tienen otro objeto sino constituirnos ‘en Iglesia’[25].

 Tercer acto

Luego viene el Ofertorio, tercer acto de la Misa y primer acto del sacrificio propiamente dicho. Consiste en la ‘presentación al altar’ del pan y del vino de la eucaristía. Esta oblación es de inmensa importancia porque puede decirse que, intencionalmente, ya tenemos aquí toda la Misa, pues tenemos en el altar el sacrificio todo, en cuanto ‘sacrificio preparado’.         Del Ofertorio pasamos a la Eucaristía con el Amén de la comunidad a la exfonésis de la oración Secreta.

Cuarto acto

La Eucaristía constituye el cuarto acto de la Misa y el segundo acto del Sacrificio propiamente dicho y es ‘la misa misma’, pues ahí se hace la eucaristía del pan y del vino. Y esa eucaristía, al convertir el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, ofrece al Padre la totalidad del misterio de su Hijo encarnado por nosotros, es decir, el ‘Ecce, venio”[26] del sacrificio perfecto que le fue pedido.

Quinto acto

Finalmente, con el Amén, —con el importantísimo Amén que da la comunidad a la exfónesis de la gran doxología del Canon— pasamos al acto quinto de la Misa, esto es, a la Comunión, y este acto, el tercero del sacrificio propiamente dicho, nos pone en posesión del misterio.

9. Drama

Estos cinco actos tienen un orden y una progresión. Cada uno vale por sí mismo pero cada uno a su vez dispone para el siguiente y lo hace posible.

            Ahora bien, al hablar de los cinco actos de la Misa estoy usando la palabra ‘acto’ de una manera analógica, y tomo esta analogía de la estructura del drama.

            La Misa no es un drama, entendámoslo bien. No es una acción que ocurra y se resuelva en el juego encontrado de las pasiones de los personajes que actúan, que es lo propio del drama. Pero debido a la distinción indestructible que el Señor ha establecido entre el sacerdocio funcional y el pueblo, debido a la inter-acción continua que la liturgia establece entre el altar y la comunidad, sin ser drama, y, siendo solamente lo que es, es decir, una ‘actio’, una acción sacrificial, sagrada, y referida únicamente a Dios, se desarrolla en un auténtico movimiento dramático.

‘Acto’ en el drama

En el ‘drama’ se entiende por Acto ‘un conjunto organizado que corresponde a una división lógica de la acción total’. El Acto es una acción que plantea una situación ‘completa’ y permite la siguiente. Una acción que, cuando llega a su término, hace que la acción total (expresada en ella parcialmente) entre en una nueva ‘fase’,

            Así, en los dramas clásicos, al planteo, que es lo propio del Acto primero, sigue ‘el encuentro’ en el segundo acto; el ‘nudo’ en el tercero, la ‘crisis’ en el cuarto, el ‘desenlace’ en el quinto. Y de este modo, a través de sus cinco actos, la acción total ha sido planteada, desarrollada, contrastada y concluida.

            A su vez, cada Acto, por su composición interna, como conjunto organizado de la acción total, no se desarrolla sin ‘por’ y ‘a través’ de las escenas.

Ahora bien, si usando de esta analogía consideramos el movimiento dramático de la Misa, veremos que el Acto primero, por ejemplo, (que va del Introito a la oración Colecta y tiene por objeto la reunión del pueblo) es un conjunto organizado cuyas escenas (pero estas escenas no son propiamente ‘escenas’, sino ‘sacramentales’) responde a una división lógica de la Misa. Y veremos que su objeto, la reunión del pueblo, se realiza ‘por’ y ‘a través’ de esas partes que llamamos: Introito, Kyries, Gloria y su conclusión la oración Colecta.

Así, al Introito, o sea, a la entrada al altar del Sacerdote ‘revestido’ siguen la súplica y el himno. A esa entrada la pone de manifiesto la procesión y la revela el Coro. Es la entrada, en persona, de Cristo que suscita al Coro y hace que éste, dentro de la economía total, anuncie a la comunidad el misterio que la convoca ese día, ante el altar. A la entrada, pues, decía, la siguen los Kyries y el Gloria, esto es, la súplica y el himno. Es decir, dos entradas que hace el hombre, que le es dado unir al hombre, debido, precisamente, a aquella entrada objetiva del Sacerdote en el Introito. Una entrada en sí mismo por consideración de su miseria, en los Kyries. Y la otra, una entrada del hombre en Dios, por contemplación de la gloria, en el Himno.

Y, a su vez, a esos tres momentos que nos vinculan al altar, a esos tres cantos de honda significación, y a los ritos que los integran, o que ellos integran, mejor dicho —ya que el Introito, los Kyries y el Gloria de la Misa están muy lejos de ser solamente ‘canto’— sigue el saludo del Sacerdote a la asamblea. Saludo que consiste en que el Sacerdote besa el Altar y se vuelve al pueblo, y comunica ese beso diciéndole, saludándolo, con ostensión de las manos (como saludó el Señor resucitado a sus Apóstoles): —‘El Señor con vosotros’.

            Saludo de paz con gesto de paz, y con palabras que son una comprobación a la vez que un deseo.  Pues dicen: El Señor con vosotros comprobando, afirmando que el Señor está efectivamente con nosotros, los que hemos entrado en el Introito, y gemido los Kyries y creído al anuncio de los ángeles en el Gloria, y, porque comprueba eso, desea a su vez que el que está con nosotros —y que nosotros deseamos que esté también con el espíritu del Sacerdote— nos asista y esté con nosotros en la nueva acción que vamos a hacer y que es la conclusión de todas las anteriores: la oración Colecta.

            La oración Colecta, conclusión de la ‘entrada y reunión’ es la oración común, eclesial. Es la oración de la ecclesia collecta es decir: de la iglesia reunida. Es la oración que nos congrega, como lo expresa el Sacerdote con un gesto de sus manos que parece abarcarnos y unirnos. Un gesto que nos expresa a todos, cada día, ante el misterio del altar.

            Y así, esta oración, por la estructura de su rito, por el llamado del Sacerdote en el Oremus y por nuestro consentimiento en el Amén, muestra que hemos entrado verdaderamente al altar, y que la iglesia es iglesia, es decir, es la comunidad de culto que resulta de la entrada de Cristo a este mundo, y que está ahora en acto, esto es, reunida, congregada, collecta.

            Ahora bien, así como en el Acto primero —conjunto organizado, división lógica y completa de una parte de la acción total— y todo es entrada, todo tiende a ‘la reunión’, así veremos que en el Acto segundo todo tendrá carácter de lección divina. Y en el tercero no habrá nada que no sea ‘preparación del sacrificio’. Y en el cuarto no se hará nada, sino hacer ese sacrificio ya preparado.

Y en el quinto acto todo estará orientado a comunicar su participación.

            El análisis, pues, del “orden” de la Misa tiene un interés real, y su movimiento dramático, (puesto que la Misa es una acción, una cosa ‘que se hace’) permite percibir y valorar su estructura.

10. Conclusión

Señores: voy a terminar. Hemos presentado a los actores de la Misa Solemne. Hemos registrado la disposición de la Casa. Hemos expuesto la trama o argumento general de la acción sagrada.  Y hemos explicado la naturaleza especial de esa acción; su condición ritual y sacramental, es decir, su condición humana pero productora de una realidad sagrada.

            Hemos visto también que su trama o argumento no hace sino dar un contexto adecuado a los tres gestos del Señor en la Cena. Esos augustos gestos que instituyen y fundan el misterio y que generan (dentro del cuadro propio de nuestra liturgia) los tres actos sacrificiales de la Misa.

            Hemos visto también por qué esos tres actos sacrificiales: Ofertorio, Eucaristía, Comunión, conviene que sean precedidos —por lo que toca al Pueblo— de dos actos preparatorios: uno que ‘congrega’ y otro que ‘instruye’ a la comunidad.

Esta conferencia de hoy, Señores, es preliminar. Ha sido larga, difícil (habrá resultado quizá enojosa) pero era necesaria. Era necesaria porque era necesario, al atreverme a aceptar un curso sobre la Misa, explicar claramente cuál es mi posición, mi punto de vista y el propósito de estas reuniones. En adelante entraremos en la Misa misma y atenderemos cuidadosamente a su rito.

            Culturalmente hablando, por sus solos elementos inteligibles y sensibles una Misa Solemne debidamente celebrada es una de las cosas más admirables que sean dadas ver, todavía, en este mundo.

            Y si al hablar de cosas tan nobles Dios nos da la gracia de poder decir ‘algo más’, si llegamos a intuir de algún modo ese misterio que anima todo esto (misterio que nos comprende y al cual estamos ‘invitados’) estimo que estas reuniones de la Academia de Estudios Religiosos puedan no ser del todo inútiles.

He terminado.


[1] Notas del editor: Conferencia inaugural de un Cursillo sobre la Misa dictado en la Academia de Estudios Religiosos a invitación de su director  el entonces canónigo Monseñor Miguel Balaguer luego obispo de Tacuarembó. La Academia dictó sus cursos en locales del Club Católico, Cerrito 475. En el programa de 1948 se registran dos exposiciones de Dimas Antuña los miércoles 23 y 30 de junio. Ésta pudo ser la primera. Aunque es también posible que sea la primera de un cursillo más prolongado en fecha posterior.

[2] Los textos entre paréntesis rectos son notas a mano adicionados al texto. Éste pasaje ha sido escrito a lápiz en el margen superior.

[3] Agregado al margen derecho con lápiz de tinta rojo refiriéndolo a lo expresado en todo le párrafo.

[4] Agregado al margen derecho con lápiz común, y se le agrega ‘ritual’

[5] La frase va en cursiva porque está subrayada a mano con lápiz de tinta rojo

[6] Agregado al margen derecho con lápiz común.

[7] Interpolado con lápiz de tinta rojo

[8] Tachado: “con ojos limpios, que sepan mirar, y con el corazón dispuesto a entender”

[9] Anotación entre paréntesis (Ingrediens in templum Dei)

[10] Entre comensales invitados al banquete

[11] Agrega: “David, Mefiboshet: yo y la casa de mi padre no merecíamos sino la muerte, pero tú me pusiste a mí, tu siervo inter convivas, entre los comensales de tu mesa. Ver 2 Samuel 4, 4ss. Mefiboshet arquetipo bíblico con que Dimas Antuña quiere subrayar lo inmerecido de nuestro puesto en este banquete y la vergüenza o rubor con que tomamos puesto en él.

[12] Anotación al margen con lápiz de tinta roja: “Vengamos ahora a la pregunta que hace el Señor cada día a mi querido amigo Juan Pablo Terra”. En los años 1960 y siguientes este arquitecto y político uruguayo Juan Pablo Terra Gallinal, comenzaba su acción política y por lo visto asistía a la conferencia.

[13] Lucas 22, 11

[14] Tachada la descripción o definición de la Eucaristía: “al misterio humano y divino, visible e invisible, al misterio —de fe— del sagrado cuerpo de Cristo”

[15] Agregado al margen a lápiz: en esta ‘extraterritorialidad’ de lo divino en ese espacio que ha sido consagrado y como tal asimilado al cielo, y con capacidad sacramental para que ejerzamos en él nuestros derechos de civis superorum, de ciudadanos de lo alto, hijos de Dios, con-ciudadanos de los Ángeles’

[16] Agregado a mano con lápiz de color, ampliando la idea de la nota anterior, comenta así la “dignidad” del cristiano: “Derecho de extraterritorialidad. Un espacio en este mundo es santo: separado. Al entrar a la iglesia, al tomar agua bendita ejercemos un derecho. Confesamos que nuestra “república”, “polis” está en lo alto, que somos hijos de Dios conciudadanos de los Ángeles”.

[17] Nota marginal: “El altar es una mesa, un cubo sin valor por sí mismo”

[18] Nota marginal: “El altar no es una cosa absurda, cargada de porquerías y enchufada en un retablo”

[19] Asientos en el coro

[20] Tres líneas tachadas donde se lee: “Como acerca de tantas cosas preciosas no faltará quien diga: ut quid perditio ista [= ¿Para qué esta inutilidad?]”

[21] Juan 6, 68

[22] A mano al pie de la página esta explicación: “Un sacramento que contiene un sacrificio: Eucaristía. Un sacramento que contiene una regeneración, un ser engendrado y nacer de nuevo: Bautismo”.

[23] Tachado: “y conforme al modo sacramental”

[24] Tachado: “liberador, divinizante,”

[25] Tachado lo que sigue: “en comunidad que entra al altar mediante la entrada del Sacerdote revestido, su cabeza, y que, por la recepción de la palabra de la fe que le es anunciada, se pone en condiciones de pasar al ‘misterio de la fe’”

[26] Heme aquí, que vengo, aquí estoy


2. UNIDAD DE LA MISA

1. Unidad de la Misa – 2. La división lógica y la unidad continua –

3. Relaciones - 4. Dos palabras de sabiduría – Atender a los pares juntos – La ley del dos y del uno – No sé leer - Lo exterior y lo interior – Funiculus triplex - 5. Los siete pasos de la consideración - Las Correlaciones – La Misa construye la casa – Otras correspondencias – 6. Desarrollo del rito – 7. Conclusión – Actitud y pasión

1. La unidad de la misa  

Lo que tenemos delante en la misa no es la división lógica de sus partes que se estudia en los libros, sino la misa concreta: la unidad que comienza y se manifiesta y progresa y se cumple.

            Y así, si dentro de las dos grandes partes que tiene la misa, hallamos que caben sus cinco actos, dentro de esos cinco actos, conforme la misa comienza y sigue, concretamente hallamos ciertos momentos o escenas de las cuales vemos y oímos: vemos algo y, a la vez, oímos algo.

            Por ejemplo: vemos que el rito comienza con una estación de los Ministros ante las gradas del altar, mientras oímos que el coro canta el Introito: que sigue con el canto que oímos de los Kyries, mientras los ministros rodean el altar de incienso; vemos que el coro continúa con el canto del Gloria, sentado el pueblo ante los ministros sentados… y así sucesivamente.

Si atendemos a lo que tenemos delante y si queremos dar un testimonio de lo que nos es dado y mostrado, llegaremos, creo, a unas diecisiete escenas. Diecisiete escenas o momentos concretos que, ciertamente, nos están pidiendo ojos que vean y oídos que oigan y corazón que entienda. Porque en cada uno de ellos (como en toda la Misa, como en toda la Iglesia, como en todo lo que es de Cristo) tenemos aquel gran misterio o gran sacramento de que habla el Apóstol, que es grande aquí, precisamente, es decir, en Cristo y la Iglesia.

En este todo que distinguimos y que en un estudio podemos abstraer y dividir, la unidad es tan profunda y el movimiento concreto lleva tal unidad que, lo que empieza y lo que sigue y lo que llega parece que empezara para conducir a tal momento, que siguiera provocado por lo que hubo antes, exigido por lo que vendrá luego. Como que la sucesión de partes llevara tales razones de principio, medio y fin con enlaces de tal belleza que no es sino simple manifestación de la unidad.

La unidad de la misa tiene como un esplendor de profunda belleza y esta belleza es profundamente deleitable porque resulta de una profunda intuición de la unidad.

Todo corresponde, todo se responde: Le tout n’est qu’ordre et beauté![1] La conveniencia no es por accidente, los enlaces no son encuentros fortuitos. Como en el acorde que se resuelve o en la profecía que se cumple, parece que eternamente eso está bien así, que eternamente esas obviaverunt sibi [2] y que esa conveniencia llega a la perfección del beso.

            Y así como la Misa es unión de Dios y el Pueblo, de Cristo y su Iglesia, así en cada una de estas escenas no tenemos otra cosa sino misterios de esa unión, que pide inteligencia espiritual, pues el hombre animal no percibe sino cosas separadas, que no sabe cómo se juntan, ni si se juntan, no cómo puedan ser uno, ni cuál es el secreto o el lecho de esa unión[3].

2. La división lógica y la unidad continua

1. Cuando hago la división en diecisiete escenas, repitiendo a los que enseñan, mi alma es llevada por otro camino. Espero a Phares pero me había llamado Zara[4]. Y este oriente[5] con su mano atada de rojo[6] me lleva. Repito a los que enseñan[7], pero voy con el que me lleva[8].

2. “Mira con tus ojos, oye con tus oídos, aplica tu corazón”[9] el testimonio concreto consiste en las diecisiete escenas o actos. Pero ellas no son otra cosa sino misterios o pasos de la unión de Cristo y la Iglesia[10].

3. Dos personajes: el altar y la nave, Dios y el pueblo, Cristo y la Esposa. Dios en el altar, el pueblo en la nave.

4. La ley del Dos y Uno, o sea del encuentro y del beso[11]. No separemos en la consideración lo que se da simul, es decir, al mismo tiempo, juntamente, en la acción.

5. Mejor que sean dos: omnia duplicia[12]. Y aquí termina esta exposición.

3. Relaciones:

Las diecisiete escenas de que consta la misa no son cosas aisladas ni que se sigan porque sí, en hilera. Son misterios relacionados, trenzados. Son como la cuerda atercerada del Eclesiastés, que difícilmente se rompe.

            Cada escena tiene razón o de principio o de medio o de fin. Es necesario saber de qué cosa es principio, por qué es principio, a dónde conduce (la que es medio) y cómo conduce y qué concluye (la que es fin) y cómo es integrada.

            Donde hay razón de principio: de qué es principio y por qué es principio. Por ejemplo el Introito de toda la Misa porque padece el Oficio por razón del día, de los días, de que los días le sirven…[13]

            Donde hay razón de medio: conexión con lo anterior, y cómo prepara para lo siguiente, o para su fin propio. Conexión con lo anterior: por ejemplo, en los Kyries es el conocimiento de sí mismo que se sigue al anuncio (Introito), dolor que sigue al temor, etc. Cómo prepara a lo siguiente: los Kyries preparan para el Gloria, como el dolor que purifica para el gozo esperado. Cómo lleva a su fin propio: que es la oración Colecta. Los Kyries, por la contrición, preparan para la oración, y ése es su fin.

            Donde hay razón de fin: qué cosa concluye, cómo se integra, y esa conclusión, qué permite. Qué concluye: por ejemplo en la oración Colecta, la Synaxis preparatoria, concluye la purificación de las pasiones. Cómo se integra: El dolor en los Kyries y el gozo en el Gloria preparan el alma para la oración, excitan la esperanza y el estar de pie de la oración Colecta. ¿Y qué permite esa conclusión?: La Colecta llama las Lecciones y las Lecciones responden al llamado de la oración Colecta. La Synaxis permite las Lecciones. Y la oración profundamente preparada por temor y dolor y gozo y deseo ardiente de la esperanza, permite oír la voz de Dios.

4. Dos palabras de sabiduría

Consideremos dos palabras de la sabiduría. La primera es esta: Melius est duo esse simul quam unum[14]. La segunda: Omnia duplicia, unum contra unum[15].

            ¿Cómo juntar estos dos?: La estación y la antífona en el Introito. El estar sentados y el incienso en los Kyries, etc. para que juntos anden (en nuestra inteligencia de estos misterios) y juntos aprovechen (y tenga de ellos nuestra alma ‘mejor salario’), para que si uno cae su ¡ay! no sea vano, en nuestro corazón; y si uno falta, nuestro recuerdo lo cuente ¡para inteligencia y para que juntos duerman y en ese lecho de la consideración su sueño sea fecundo y haya calor en la palabra!

            En esta consideración de los misterios que el Padre nos da por el Hijo en el Espíritu Santo, uno ¿cómo se calentará? Y si estas escenas o momentos están dadas en Dos si no consideramos simul[16] lo que simul está dado, ya no estamos en la mesa, ya no damos testimonio de lo que tenemos delante. Ya no vemos ni oímos, ni damos el corazón a entender… del testimonio caemos en el estudio; de la mesa —de la mesa simple y filial— caemos en la literatura.

Atender a los pares juntos

Mirad bien cómo se dan esos dos: en el Introito la estación de los ministros y el canto de la antífona simultáneamente; el incienso sobre el altar vacío y los Kyries simultáneamente, el estar sentados y el Gloria. O cómo pasa en el ofertorio: nuestra limosna y la antífona que simultáneamente canta el coro. O las oraciones del sacerdote y la elevación de las ofrendas. O el incienso sobre el altar lleno y la oración Secreta. O esos misterios del Canon recubiertos por el canto del Sanctus. O, como en la Participación: la fracción del Pan y el silencio, el Agnus Dei y el beso de Paz, o la comunión y la antífona que es su melodía.

            Dice la Sabiduría melius est esse duo quam unum[17]: dos resisten mejor nuestra ceguera. Si acaso los ojos no ven por lo menos oirán los oídos. Conseguiremos aquel milagro que pedía el poeta: “que por lo menos el ciego oiga”. Y por eso, pues, en este gran misterio estos momentos son pareados: omnia duplicia unum contra unum… “todas las cosas son pareadas y la una opuesta a la outra. No permitió Dios que les faltase nada y de cada una confirmó los bienes” [18]. Confirma el incienso la sinceridad de la compunción que cantan los Kyries. El beso de paz al hermano confirma al Agnus Dei, al Cordero de Dios. No permite que le falte a nuestra limosna el gozo davídico de la Antífona; ni a la elevación de las ofrendas que en ese momento sólo son pan y vino, le falte la contemplación anticipada de su Sagrada Pasión. El incienso y la música sufren el acto que opera la oración Secreta. Y la adoración del Sanctus sufre la Eucaristía del pan y del vino.

            Una cosa está opuesta a la otra. Los bienes de cada una están como mirándose mutuamente cara a cara. El Sanctus mira a la Eucaristía y hasta se divide en dos para dejarnos entrever la muerte. ¿Quién se hartará pues de contemplar Su gloria?[19]

           

La ley del dos y del uno[20]

- Dos: Oídos y ojos. La fe entre por el oído y el amor por los ojos. Uno: Señor ¡que vea!

- Dos: Dios y el pueblo. Cristo y su Iglesia. Dos lugares: el santuario y la nave. Dos actores: el altar y el coro.

- Introito – simul[21]: procesión, entrada, subida y antífona y postración, etc.

- Kyries – simul: juntos, el incienso (ver) y los Kyries (oír) al mismo tiempo

- Gloria – simul: dos juntos, el estarse o estar sentado al mismo tiempo que la alabanza.

- Colecta – uno: reunión de la iglesia en la unidad de la Oración Colecta. Síntesis de todo lo anterior. Uno habla, no por sí sino por todos. Uno es cabeza de un cuerpo uno.

- Epístola – acción y pasión: uno habla, el subdiácono de espaldas. Uno escucha, el pueblo, sentado.

- Evangelio – acción pasión: uno habla, el diácono, circunstancias, uno escucha, el pueblo, de pie.

- Credo – uno: síntesis, reunión de la Iglesia en la confesión de una misma fe. La Iglesia toma del Sacerdote la fe y la confiesa. La confesión es una, y de un solo cuerpo (Creo y no: creemos)

- Ofertorio – simul: dos juntos. En la nave: ofrendas y antífona. En el altar: elevación de las ofrendas, purificación y secreta, música e incienso.

- Prefacio: Uno. Síntesis: La Iglesia ora de pie. Himno. Asociada activamente al que por ella ora de pie. Sacrificio de alabanza.

- Canon – simul: Sanctus etc. adoración. Canon, eucaristía.

- Pater – uno: Uno. Síntesis: La Iglesia ora, de pie, brazos en cruz. Ora con el que ora y cumple su oración.

- Fracción – simul: Fracción, silencio

- Paz – simul: Agnus Dei, beso.

- Comunión – uno: como en el prefacio, como en el Pater. Cristo es dado y recibido: es uno con sus miembros.

- Antífona de la Comunión – simul: adoración, antífona y levantan la mesa

- Post Communio – uno: Síntesis de la comunión de la adoración, uno ora por todos, todos cumplen su oración.

- Éxodo: Aquí hay una síntesis de todo. Aquí el Padre invita, el Hijo impulsa, el Espíritu Santo señala. Dios trino y uno nos llama a salir, no por la puerta de Occidente sino por el Oriente: salida hacia lo alto, salida en pos del Padre.

No sé leer

No sé leer, mi testimonio, inter convivas, considerar lo que tenemos delante, delante de los ojos. Ver, oír, atestiguar. ”Diste tu corazón a entender afligiéndote delante del Señor”[22], dolido del desprecio de su mesa[23].

            Y ¿qué tenemos delante? 1. Una mesa. 2. Un rito. 1. Lo que sería un estudio, 2. Lo que basta para un testimonio. 1. Lo que requiere un estudio, 2. Lo que está pedido al testigo.

            El desarrollo del rito muestra cada vez partes dobles y la unión de ellas. Es decir: el matrimonio y el beso. Omnia duplitia melius est duo esse.

            Para inteligencia de todo esto funiculus triplex, la cuerda es una pero atercerada, de tres hilos: Ver, oír, atestiguar.

            Y luego: lustrans universa in circuito pergit spiritus in círculos suos revertitur[24]. ‘Andando alrededor en círculo por todas partes el espíritu va y vuelve a sus rodeos’.

Lo exterior y lo interior

El Rito, lo que está afuera, está dado en Dos —ver y oír, sacerdote y pueblo, Cristo e Iglesia— en Cristo. La Inteligencia, lo que se advierte, se advierte en Tres, es decir, se advierte en Dios trino.

Todo lo de las escenas es dos. Todo lo del pensamiento es tres. O beata Trinitas![25]

            Para las escenas: Omnia duplicia, unum contra unum[26]. Pues, si no consideramos simultáneamente lo que simultáneamente está dado, no hay desposorio, no hay escena, no hay Cristo, no hay calor: unus, quomodo calefiet?[27]

            Por su lado el pensamiento es funiculus triplex[28]. Si las escenas corresponden a la Encarnación, a las Bodas, al Sacramento Grande de Cristo y de la Iglesia[29], en el pensamiento todo es uno porque todo es Tres. En el pensamiento hay que atender al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Sólo así habrá esplendor; sólo así habrá verdadera doxología y glorificación[30].

Funiculus triplex

Primer hilo: El Padre, la cosa, la escena, el misterio

Segundo hilo: El Verbo, su verdad que ilumina

Tercer hilo: El Espíritu Santo, el don que hay en la cosa

            Primer hilo: Poner la cosa que hace la Iglesia, que Dios da a su Iglesia (Origen)

Segundo hilo: Recibir su virtud, es decir, ver su verdad que ilumina (Verdad)

Tercer hilo: Hallar su operación en el alma, es decir, (el don que hay en ella)

Primer hilo: ver al Padre.

Segundo hilo: oír al Verbo.

Tercer hilo: Atestiguar su operación, es decir, dar testimonio al Espíritu del don recibido o que allí se da.

            En las fases de la escena o misterio de la misa, hay faces, rostros de Dios[31]: “Descubra Dios sus faces[32] sobre ti y haya piedad de ti. Vuelva Dios sus faces a ti y déte paz”.

5. Los siete pasos de la consideración

1. Padre: Unidad, Substancia – La Cosa (sacramento o misterio), lo que tenemos delante, lo que nos es propuesto, el artículo (bocado) cosa y riquísima.

2. Hijo: Verbo, Luz, Sabiduría – La Luz que engendra la cosa, su palabra, lo que dice, el orden que revela todas sus partes en la pura sencillez de la luz una.

3. Espíritu Santo: Don, Paráclito, Señor, Vivificador – El Don que contiene la cosa, su razón de bien, que atrae; la riqueza de frutos que comunica; su ‘consuelo’, su sabor; lo que da.

            Todo esto es intrínseco. Cuando se ha logrado viene la síntesis de todo esto que se expresa en:

4. Cristo: Verbo Encarnado, lo que vemos y tocamos. Actitud: lo visible, la figura, la asimilación.

5. Consolador: El aperti sunt coeli[33], lo que se manifiesta. Pasión: el soplo, la voz; lo que la figura ‘padece’ al comunicar el espíritu de Cristo.

            Ahora vienen las relaciones y las correspondencias, es decir, la cosa in medio Ecclesiae, la cruz en el círculo:

6. Relaciones: 1—con lo anterior: como saliendo de algo, o por qué existe. 2 – en sí: definiéndose; con razón de principio, medio, fin. 3 – con aquello a que conduce: porque a eso prepara o lleva; o porque con sus integrantes concluye y abre un nuevo ciclo.

7. Correspondencias: paralelas, antitéticas; los ritmos; el ‘juego’. La alusión recibida, el juego al que responde el juego.

Las Correlaciones

Consideremos cómo corresponden las partes ordenadas de este todo, profundamente rico y viviente.

            Dentro del mismo rito, por ejemplo: Los Kyries y el Agnus Dei se corresponden en su referencia al Dios eterno. Y el incienso del Introito y los Kyries como el beso de paz cerca del Agnus Dei se corresponden con Cristo y el prójimo.

            El Gloria y el Sanctus se corresponden así: El Gloria se corresponde con ángeles. El Sanctus con los Serafines. El Gloria con el Cristo Verbo Encarnado y el ‘paz a los hombres’. El Sanctus con los ‘niños hebreos y la asimilación al Ser.

            La Antífona del Ofertorio se corresponde con la Antífona de la Comunión. La del Ofertorio se refiere al don ofrecido para el sacrificio. La de la Comunión se refiere al don recibido y a la participación en el sacrificio.

            Hay también correspondencias entre los ritmos. Por ejemplo entre la incensación al tiempo de los Kyries y del Ofertorio; entre la del Evangelio y al tiempo de la Eucaristía[34]. La incensación en los Kyries es del altar lleno. La del Ofertorio es incensación del Altar lleno[35]. La del Evangelio es incensación de la Palabra del Verbo encarnado. La de la Eucaristía es incensación de la Presencia.

            Hay tres grandes Exfónesis[36]: El primer Amén es un Amén al Padre, de todas las Creaturas. El segundo Amén es un Amén al Hijo pronunciado por los Hijos. El tercer Amén es un Amén al Espíritu Santo dado por dioses[37].

Todo esto, hasta aquí, como correspondencias paralelas. Pero hay también correspondencias antitéticas. Por ejemplo: El Introito y el Saludo final: el primero es a la entrada, el segundo al final de la misa, con el Ite Missa est.

Hay también otras relaciones. Por ejemplo:

1. El Introito y el Credo: porque en el Introito entramos para vivir la fe proclamándola en el Credo.

2. El Credo y el Canon: porque vivimos de la fe para vivir del altar.

3. El Credo y el Padre Nuestro. El término[38] de las lecciones es la fe[39]. El término del sacrificio es el tener Padre[40] y el Padre nos da el Pan.

           

Otros ritmos: La función crea el órgano. El alma crea el cuerpo. El cuerpo está en el alma, no el alma en el cuerpo.

La Misa construye la Casa[41]

El Introito crea el Porche, el atrio. Los Kyries crean los primeros tramos (nartex). El Gloria la extensión[42]. La Colecta concluye la nave, perfecciona el lugar del Pueblo. La Epístola forma el lugar[43] de los judíos: Sur, Crucero, Sacristía. El Gradual es centro, intersección, es el beso del Este y del Oeste, espacio central del alma. El Evangelio forma el lugar de los gentiles: Norte, crucero, Púlpito. El Credo da toda la estructura: dinumeraverunt omnia ossa mea[44]. El Ofertorio crea el altar; el altar es la mesa para los dones. La Acción, santifica el altar: los siete ojos y las cinco unciones. La Participación[45] comunica los dones sagrados y hace que el altar sea una mesa. Éxodo: da el sentido del ábside, de las bóvedas, de esa necesidad de entrar para salir por el techo: como Noé.

Otras Correspondencias

Cada escena breve de la misa es justa, sucinta. Luego de su declaración, mirándose con la cosa; luego el don como procediendo, y listo.

            Terminado eso, dejar la consideración directa y general de la Synaxis todo lo demás: las correlaciones, lo movible, lo que viene del tiempo, lo que no es esquema y estructura.

            ¿A qué corresponde esto en el hombre? A purificar las pasiones: temor, dolor, gozo, esperanza.

            ¿A qué corresponde esto en el mundo? A los elementos: tierra, agua, aire, fuego.

            En este orden de consideraciones se dirá todo lo accesorio, lo movible, lo que no es estructura, lo que no es ‘caza de esencia’.

            Ejemplo: El Dominus Vobiscum es un beso. Nada más. Si es el saludo del que viene de Belén lo veremos cuando consideremos las conexiones. Si es participación del Ave María, si es plural del Dominus tecum, lo veremos cuando consideremos el Fuego.

6. Desarrollo del Rito: Ley del dos y el uno.

Admitido esto venimos ahora al desarrollo del drama, a la economía de la divina liturgia según nuestro rito romano; a los aspectos concretos que ofrece la Misa; a la realización que llevan aquellas dos partes y los cinco grandes actos que contienen; y al testimonio que lo que tenemos delante pide a los ojos y a los oídos y al corazón.

            Ahora bien, en esto tenemos lo que yo me atrevería a llamar la ley del dos y el uno, es decir: las partes pareadas, simultáneas y su término.

            Dios y el Pueblo; Cristo y la Iglesia; como el hombre y la mujer, como el cielo y la tierra, como el alma y el cuerpo. O, si queréis, Cristo y su Iglesia; o, más visiblemente, el altar y la nave.

            Simultáneamente, en los diferentes momentos del rito algo hacen, paralelamente, simultáneamente, pero correspondiéndose con suma correspondencia, con esa correspondencia purísima que tienen los estiquios del salmo, llevan con ese paralelismo[46] que a veces es sinónimo y a veces antitéticos, y a veces consonante. Algo pues, hacen, paralelamente, simultáneamente. Y esa acción paralela o esa acción y pasión paralelas, tienen su término en ciertos momentos que tienen carácter de conclusión. Algo pasa en el altar, algo pasa en el pueblo, paralelamente, simultáneamente durante el Introito y los Kyries y el Gloria, en estos actos paralelos —la túnica diploide, forrada de justicia, el libro escrito dentro y fuera, las porciones dobles de José— tiene su término en la Colecta, acto que totaliza todo lo anterior; acto en el cual florece todo lo anterior y que forma un solo acto del altar y la nave, como aquel beso de Moisés y Aarón[47].

            Luego las lecciones tienen su rito doble, uno habla y otro escucha. El pueblo sentado ve las espaldas del ministro de Dios y oye la voz de un rostro que no ve: en la Epístola. O el pueblo sentado ve a los ministros sentados, mientras el coro canta, y canta porque ama: en el Gradual. O el pueblo de pie, recibe la lección evangélica en medio del rito magnífico que no es ahora el momento de explicar.

            Hasta que todo eso queda consumado en la palabra de la fe, es decir, en el canto del Credo.

           

Luego, cuando empieza la Misa propiamente dicha —pues los dos actos anteriores sólo eran preparación de los comensales: la Synaxis para purgar las pasiones y las Lecciones para iluminar la inteligencia— otra vez tenemos la acción paralela: la limosna del pueblo y la antífona del coro paralelas a las ofrendas del sacerdote y las oraciones que las acompañan.

Y todo esto termina —cuando ya está preparado el sacrificio— con otro momento que totaliza y explica y saca a luz los misterios dobles que han precedido: el Prefacio. Del cual pasamos nuevamente al misterio del libro escrito dentro y fuera. Dentro, con el Canon, que es secreto y es el secreto de los misterios de Dios. Y fuera, con el Sanctus, el Sanctus de la Misa que es el velo del Canon. Hasta que el sacrificio florece en una nueva actitud de toda la Iglesia, en un nuevo momento semejante a la Colecta, al Credo y al Prefacio y que es el Pater noster. Del cual volvemos a los misterios dobles: la fracción y el silencio de la asamblea; el Agnus Dei acompañado del beso de paz; la comunión y la música; la adoración de lo recibido y del Coro que canta la antífona de la Communio. Y todo termina con una nueva oración: La Post Communio que pone a toda la Iglesia de pie en un solo acto rotundo.

Y así, cuando, acomodándome  a la designación común de estos momentos de la misa, digo yo ‘Introito’ o Kyries o Gloria, no entiendo lo que bajo esa rúbrica está escrito en el misal y que, en las misas privadas —que son un rito disminuido— el sacerdote y los fieles leen cada uno por su lado, sino esta cosa concreta: el canto de Introito, el canto que se oye, cantado por el coro, que se oye, y la procesión y estación de los ministros que ese canto acompaña; procesión y estación que vemos y que es el acto de la entrada, que determina ese canto (pues sin ello no sería Introito). Y entiendo lo que esa entrada y ese canto significan, ya dentro de la economía del rito de la misa, ya en orden a la entrada espiritual del alma en el misterio.

            De manera que, conforme a mi vocación, en el Introito veo con los ojos la procesión y la estación de los ministros; oigo con los oídos el canto de esa entrada cantado por el coro y doy el corazón a entender lo que veo y lo que oigo: el misterio de unidad de donde proceden esos dos actos[48] que nos son dados para inteligencia y que por ellos nos llama a su presencia.

            Veo al Hijo, oigo al Espíritu, voy al Padre de donde vienen a nosotros para llevarnos al Padre[49].

En el caso de los Kyries, yo no diré que los Kyries son una ‘aclamación’ ni menos que sean ‘el resto de una letanía’ ni otros desatinos así que ya sabemos. Para mí, los Kyries son esto: el pueblo sentado, el coro que canta Kyrie eleison, el Sacerdote y los ministros que rodean el altar de incienso. Todo eso que veo y oigo tiene un sentido; todo eso —el canto y el incienso, el estar sentado el pueblo y el rodear el altar vacío los ministros— tiene un sentido. Todo eso son los Kyries.

            Yo veo, oigo, sé. Pero no sé leer. Oigo Misa. Asisto a Misa. ¡Leer, leer, leer! ¡Esto me está mandado: Oír Misa!

7. Conclusión

¿En qué consiste mi testimonio? ¿En qué consiste mi libro? En ver, oír y hallar lo que tenemos delante. Y oír con los oídos, pero conforme me manda el sabio: con ejercicio del audi tacens y el audi quaerens[50].

Y hallar. Hallar en el corazón —en el corazón de Daniel— en el corazón contrito y dado a entender esos misterios que tenemos delante.

            Y esto muestra que mi libro no es un estudio y que yo no soy, ni me hago, ni permito que me hagan doctor. Y esto muestra el carácter de mi testimonio: digo lo que veo y oigo; busco y procuro hallar lo que nos ponen delante y acaso hallo.

            ¿Qué tenemos delante durante todo el tiempo de la misa? Tenemos delante diecisiete escenas: el introito, los Kyries, el Gloria, la Oración colecta, la epístola, el gradual, el evangelio, el credo, y así sucesivamente.

            Pero ¿qué es el Introito? El Introito es este acto de la entrada del sacerdote al altar, acto concreto que incluye la entrada del pueblo a los misterios; acto que, en el altar, es procesión y estación de los ministros; en la nave, es arrodillamiento del pueblo; entre ambos, es el coro que canta.

            Ese entrar y detenerse de los ministros, ese arrodillarse del pueblo, y ese canto de los que cantan de pie en el coro, todo eso, en sus relaciones concretas, en sus correspondencias, en sus sugestiones y alusiones, en lo que es y dice y en lo que da, eso es el Introito de la Misa.

¿Y los Kyries? ¿Qué serán los Kyries? Cualquiera sabe que los Kyries son esas aclamaciones que siguen al Introito en la misa. Pero eso es en abstracto. En concreto, la escena, el paso de los Kyries, el momento, el misterio de los Kyries es éste: Que terminado el Introito con la subida del sacerdote al altar y el sentarse del pueblo, el coro canta los Kyries que oímos sentados, mientras que vemos que el sacerdote rodea el altar vacío envolviéndolo de incienso.

            Los Kyries, pues, son esto: un estar sentados —un cierto modo de estar sentados— y un rodear los ministros de incienso el altar vacío. La aclamación y el incienso son simultáneos, van juntos. Oímos los Kyries mientras vemos elevarse el incienso. Nuestro testimonio ha de juntar lo que junto nos es dado: el alma contrita con el perfume del altar vacío. Y esto aquí y en cada una de las diecisiete escenas.

Actitud y pasión

Por medio de una asimilación, cada una de estas escenas puede darnos algo así como la “plástica moral”. Puede mostrarnos su rostro, y en esto habrá dos cosas, el rostro mismo y la expresión.

            El Cuerpo de Cristo: Encarnación del misterio; y el Espíritu de Cristo: Pentecostés del misterio.

            Las escenas pueden pues darse por una figura visible que padece algo. Por ejemplo:

+ En el Kyries. Actitud: Job en la ceniza, Jeremías en la caverna; Pasión: Estupor delante de sí mismo que engendra un clamor y contrición delante del pecado que engendra un clamor.

+ En el Gloria: Actitud: María sentada a los pies del Señor; Pasión: la alegría gratuita, el gozo de ver a Cristo.

+ Canon: Actitud: Noé desnudo y borracho; Pasión: sentido del misterio, adoración.


[1] El conjunto no es otra cosa que orden y belleza

[2] Se encontraron recíprocamente, convinieron entre sí

[3] Se nota en el pensamiento de Dimas Antuña la inspiración en el pasaje de Eclesiastés 4, 11-12.

[4] Fares y Zara (en hebreo Párets y Záraj, en la Vulgata Phares y Zara) son los hijos mellizos de Judas nacidos de Tamar. “Judas engendró a Farés y Zará, de Tamar” (Mateo 1,3). Los mellizos Fares y Zéraj, hijos de Judas se disputaron la primogenitura en el parto (Génesis 38, 27-29)

[5] Naciente, nombre de Cristo, su mano ensangrentada lo conduce por el sacrificio?

[6] Zéraj asomó primero la mano y la partera le ató una cinta roja, pero Fares se le adelantó a nacer. De ahí su nombre de la raíz parats: “abrir brecha”

[7] “Los que me enseñan” son las divisiones, los maestros, los manuales, el estudio del rito. “El que me lleva” es el Espíritu Santo que enseña interiormente. De nuevo aquí está subyacente la idea del uno contra uno, que se complementan y que apelan en su unión a un tercero.

[8] Esta frase es una anotación a lápiz al margen, al comienzo de esta hoja. Verosímilmente hay aquí el unum contra unum que fascina a Dimas Antuña. Por un lado la ciencia de los hombres y los maestros, por el otro la inspiración, la enseñanza interior del que conduce, el Espíritu Santo. Y ambos se complementan.

[9] Remite a Ezequiel 44, 5

[10] Y ésta es la unidad que se da en la Misa, la unión de los desposorios de Cristo con la Iglesia, que es la unión de dos, el uno contra el uno que se completan por el tercero, el amor, el Espíritu. El Espíritu y la Esposa dicen Ven (Apocalipsis 22, 17)

[11] Entre Cristo y su Iglesia. La Misa es un misterio de Alianza esponsal, un misterio nupcial de Dios y la comunidad creyente. Esta es la unidad de la Misa por encima de sus partes rituales. Y ésta es la cuerda terciada, de tres hilos, que no se rompe por la distracción y nos mantiene atados a Dios por el corazón.

[12] Referencia al Eclesiastés 4, 9-12

[13] El Introito varía con la fiesta o solemnidad del día e introduce a los asistentes, como una clave de entrada a la celebración, o al aspecto del misterio divino que se celebra ese día.

[14] Eclesiastés 4, 9: “Más vale dos juntos que uno solo”. Dimas glosará a continuación el texto de Eclesiastés 4, 9-12 aplicándolo a la consideración de lo que se ve y se oye y ha de ser entendido como una sola cosa en el corazón. El texto que aplica a su propósito es el siguiente: “Más vale dos que uno, pues obtienen mejor lucro de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará al otro; mas ¡ay! del solo que cae, sin tener segundo para levantarle! Asimismo, si se acuestan dos juntos, se calientan; mas uno solo ¿cómo se calentará? Y si alguien ataca al uno, los dos le harán frente, y el hilo triple no se rompe de prisa” Eclesiastés 4, 9-12

[15] Eclesiástico 42, 25: “Todas las cosas son dobles y opuesta la una a la otra”. Así como alto y bajo, día y noche, varón y mujer… El ver y el oír los ha de unir la consideración del corazón percibiéndolos juntos, en el sentido que ambos tienen juntos en la acción litúrgica. El análisis curioso destruiría la percepción espiritual

[16] Si no consideramos en conjunto lo que en conjunto nos es dado

[17] Eclesiastés 4, 9

[18] Eclesiástico 42, 25-26

[19] Alusión a Eclesiástico 42, 26: Et quis satiabitur videns gloriam suam? ”¿Quién se saciará de contemplar su gloria?”.

[20] El fundamento para el carácter binario de las escenas o actos, lo ve Dimas Antuña en Eclesiástico 42, 25: Omnia duplicia, unum contra unum, et non fecit quidquam deesse. Uniuscuiusque confirmavit bona, et quis satiabitur videns gloriam ejus?: “Todas las cosas son pareadas y la una opuesta a la otra, y no hizo que les faltase algo. De cada una confirmó los bienes y ¿quién se hartará viendo la gloria de Él?”. Y comenta Dimas Antuña: “De cada una confirmó los bienes” es decir: a cada una dio propiedades estables. El griego dice, manteniendo la oposición: “a una da testimonio de la excelencia de la otra”. Una está opuesta a la otra. A una da testimonio de la excelencia de la otra. Unum contra unum Cara a cara. Están como mirándose los bienes de cada una

[21] Juntamente, al mismo tiempo, en uno

[22] Daniel 10, 12 Hasta aquí la cita literal, pero agrega: “dolido del desprecio de su mesa”

[23] Parece reflejar un dolor del autor ante el menosprecio de la Misa

[24] Eclesiastés 1, 6 “gira el viento al mediodía , gira al norte, va siempre dando vueltas y vuelve a su giro”

[25] ¡Oh Bienaventurada Trinidad!

[26] Eclesiástico 42, 25: “Todas las cosas son dobles [pareadas], uno contra uno”

[27] Eclesiastés 4, 11: “Si durmieren dos juntos se darán calor uno al otro.  Uno solo ¿cómo se calentará?”

[28] El hilo o la cuerda triple difícilmente se rompe, Ver Eclesiastés 4, 12

[29] Efesios 5, 32. El autor alude fugazmente a una vinculación entre el misterio Eucarístico y el sacramento del Matrimonio presente en el texto de San Pablo

[30] Alusión al final del pasaje del Eclesiástico antes citado que culmina en el versículo 26: ¿Y quién se saciará contemplando su gloria? Para el autor la misa es el lugar por excelencia de la contemplación de la gloria de Dios.

[31] Dimas Antuña anota entre paréntesis lo que parece ser referencia a un autor: “(Ver Orozco)”

[32] Faces, en lugar de faz, manteniendo la analogía morfológica con el hebreo: Panim, que es una forma plural para referirse al Rostro divino singular, como Elohim, yamím, etc.

[33] El ‘se abrieron los cielos’ aludiendo a la escena evangélica del Bautismo: Mateo 3, 16 y paralelos

[34] A la Consagración

[35] Colmado con las ofrendas del Pan y el Vino

[36] El término se refiere a la ‘exclamación’ del Amén por parte de los fieles.

[37] Se refiere a los hijos divinizados por la participación en el Sacrificio

[38] El efecto, el resultado

[39] Es decir de las Lecturas: Epístola, Gradual, Evangelio

[40] Anotación a mano: hallar al (Padre)

[41] Es un caso concreto del principio antes enunciado: la función crea el órgano. La misa crea el edificio del templo, ‘La Casa’

[42] Extensión de lo anterior, de la entrada

[43] Se refiere a los lados o cuernos del altar. El lado de la Epístola es el de los judíos, del Antiguo Testamento. El del Evangelio es el de los Gentiles y el Nuevo Testamento.

[44] Salmo 21, 18: Contaron todos mis huesos:

[45] El rito de la comunión

[46] Aquí explicita Dimas Antuña la fuente bíblica de su inspiración para leer la Misa según la ley del uno y dos para, en un tercer paso, proceder a comprender. Dimas ve pues en el paralelismo un reflejo trinitario. El paralelismo es un reconocido carácter del pensamiento que se refleja en el estilo de la literatura bíblica. Como dice el autor, puede ser sinonímico, antitético, progresivo, etc.

[47] Éxodo 4, 27

[48] Analogía trinitario: los dos actor proceden de la unidad, como el Verbo y el Espíritu Santo proceden del Padre y con él son uno

[49] He aquí, más explícitamente, el sentido del “unum contra unum” que se resuelve en el “funiculum triplex”

[50] Escucha callando y escucha buscando


3. DIVISIÓN Y PARTES DE LA MISA

1. Las partes de la Misa - 2. Economía de la divina liturgia - Economía de este libro – Eclesiastés 11, 2 –  División del rito uno – La división lógica – 3. Los diecisiete actos o escenas concretas -- 4. Índice de los doce cuadernos de la Misa

1. Las partes de la Misa

Yo quisiera tener palabra de ciencia para decir con perfecta nitidez la conveniencia profunda de las partes de la misa. Pero, como he dicho, no me ha sido dada esa palabra, no tengo labios. Y este libro no es un estudio sino un simple testimonio.

            Ahora bien, un testimonio, un testimonio verídico, se le puede arrancar a cualquiera, aún al más ignorante. Para eso basta la tortura. Y el sufrir y el padecer tienen también su palabra. Una palabra que sale de todo el hombre, una palabra anhelante, que no perfeccionan los labios; que sale —porque así es la verdad— por la boca de la herida.

            Y así, pues, cuando ya he hecho cuidadosamente, repitiendo a los que enseñan, la división de la misa —como un estudiante juicioso que quiere hacer bien su deber y llevar prolijo y limpio su cuadro sinóptico y tener ágilmente en sus manos el esquema explicativo y los artejos del concepto— he aquí que mi alma es llevada por otro camino, como si un viento inesperado me hiciera volar las páginas de mi cuaderno de curso.

            Mientras oigo aquella palabra, aquella palabra del Señor, aquella palabra que no me ha  sido dicha a mí, pero que viene a mí como una mano que me ase con fuerza, diciéndome, como fue dicho al profeta, pero en mí como quien sacude a un dormido: “Hijo de hombre, mira con tus ojos y oye con tus oídos, y aplica el corazón a las cosas que yo te mostraré acerca de las ceremonias de mi casa y de todas las leyes de ella. Y pondrás tu corazón en los caminos del templo, por todas las salidas del santuario[1], porque éste es tu testimonio y para esto a ti mismo te he llamado: para ver, y oír y atestiguar y para que halles en tu corazón lo que tenéis todos delante”.

            Y si el hombre oye, entiende; y si atestigua, recuerda. Dichoso el que está libre de su imaginación de ojos turbios, del entusiasmo que es una forma del corazón sucio, y de la literatura, que es un testimonio tan falso que, aún cuando dice la verdad, la dice neciamente y con voz falsa.

2. Economía de la divina liturgia[2]

Economía de la divina liturgia: la misa está dividida en dos partes Ante-Misa y Misa.

            La Ante-Misa se divide en la Sinaxis y las Lecciones. La Sinaxis se divide en cuatro partes: Introito, Kyries, Gloria, Colecta. Las Lecciones en tres: Epístola, Gradual, Evangelio. El credo cierra la Ante-Misa y se abre a la Misa.

            La Misa se divide en tres partes: Ofertorio, Eucaristía, Participación. El Ofertorio consta de las Ofrendas y el Ofertorio. La Eucaristía consta del Prefacio y la Acción.

El Pater Noster introduce a la Participación. Ésta consta de: Fracción, Paz, Comunión. Y el todo, que empezó con el Introito se cierra con el Éxodo.

La Misa está dividida en dos partes que son: Ante-Misa y Misa. Estas dos partes tienen cinco actos que son: Sinaxis[3], Lecciones, Ofertorio, Eucaristía y Participación.

Estos cinco actos yo los veo reducidos a diecisiete escenas que en el libro irán precedidas o seguidas de diez temas subordinados, es decir, de temas que están ahí para iluminarlas.

i    INTROITO 1. Introito

ii Kyries

iii Gloria

iv Colecta

2. Oración

v Epístola

vi Gradual

vii Evangelio

3. Lecciones
viii CREDO 4. Credo

ix Ofrendas

x Ofertorio

xi Prefacio

xii Acción

       Ofertorio

5.<

       Eucaristía

xiii PATER 6. Pater

xiv Fracción

xv  Paz

xvi  Comunión

7. Comunión
xvii ÉXODO 8. Bendición

3. Eclesiastés 11, 2:

Da partem septem, necnon et octo, quia ignoras quid sit mali super terram.

Reparte a siete y aún a ocho, porque los males que pueden venirle a la tierra tú los ignoras.

            Da partem septem necnon et octo:

i 1. Introito Un entrar inter cleros[4]
ii 2. Oración Kyries y Gloria
iii 3. Lección Epíst. Gradual, Evangelio

iv

4. Credo Confesión de fe
v 1. Eucaristía Ofert. Prefacio, Canon
vi 2. Pater Misterio de la adopción
vii 3. Participación Fracción, Paz, Comunión
viii 4. Éxodo Que es volver a empezar: es una ascensión

División del rito uno

División lógica: en dos y tres son cinco. Consideración concreta: en diecisiete actos o escenas. División lógica en orden al estudio: anatomía. División concreta, en orden a la consideración: como la anatomía artística. El dos: Ante-Misa y Misa.

Ante-Misa o misa seca: es la misa de los catecúmenos, ordenada a la inteligencia, ordenada a recibir la fe, ordenada a la palabra que entra por el oído. Para que esto pueda ser: a) purificación de las pasiones; b) predicación: epístola; elevación interior: gradual; palabra ingerida: evangelio. El fruto de las lecturas es la fe: el Credo. La Ante-Misa está ordenada a iniciarnos: por el conocer pasamos al ser.

La palabra que entra por el oído prepara el corazón —por el conocer— para el misterio de la palabra que es pan y entra por la boca a la víctima de nuestros labios —para el ser.

La Misa: sacrificio y sacramento:

a) Ofrendas, obladas y ofrecidos y oblados: sacrificio de alabanza.

b) Fruto de los labios que pronuncian su nombre: sacrificio eucarístico

c) Fruto de los labios que ofrecen el Hijo al Padre

d) Finalmente sacramento: palabra que nos verbifica, palabra que entra por la boca, comida que nos come.

a) Criaturas ante el Creador; b y c) Hijos con el Hijo; d) Dioses e hijos del Altísimo todos. Santo Tomás: En este sacramento se comprende todo el misterio de nuestra salud.

La división lógica

Dividen comúnmente la misa en dos partes: Ante-Misa y Misa. La primera es de preparación del pueblo, y va del Introito al Credo. La segunda es el sacrificio propiamente dicho.

En la primera se distinguen como dos actos: la reunión o Sinaxis y su complemento, las Lecciones. En la segunda, tres: el Ofertorio o sea el sacrificio preparado, luego la Eucaristía del pan y del vino y finalmente la Participación del sacrificio o comunión.

Tenemos pues dos partes: Ante-Misa y Misa. Y este Dos contiene un Cinco, es decir, los cinco actos, que son: Sinaxis y Lecciones —como preparación del Pueblo— y Ofertorio, Eucaristía y Comunión, que constituyen precisamente la Misa.

Esta división es lógica, tiene profunda razón de ser, está en la realidad del rito que se hace. Pero eso no quita que esté ordenada a la inteligencia de un todo perfectamente uno. Y que, en concreto, los cinco actos se sucedan sin interrupciones y se enlace con la profunda conveniencia interna con que se enlazan los tiempos de una sinfonía y los miembros de un cuerpo vivo.

3. Los diecisiete actos o escenas concretas:

1º Ley del dos y el uno, o sea los pasos del gran sacramento. Dos: el omnia duplicia[5], el melius esse duo simul[6]. El uno: la síntesis, el fin, el objeto, el encuentro, el beso de los actos paralelos.

2º Inteligencia de las escenas: Funiculus triplex[7]: La cosa corresponde al Padre. La luz, que engendra la cosa, corresponde al Hijo: luz, verbo, sabiduría. El Don, que por la luz nos da la cosa: el Espíritu Santo, Don, Nexus.

3º Funcionamiento de la inteligencia que considera: ver, oír, atestiguar. Ver con los ojos, oír con los oídos: para poder —“alzad los ojos y ved[8]”— es decir, hallar en el corazón. “Mira con los ojos, oye con tus oídos y aplica tu corazón a las cosas que yo te mostraré”[9].

4º Conversión concreta y visible, plástica del proceso interior: esto da ‘la cosa’ (pero trasladada) como quien dice Cristo Encarnado; una pasión de la cosa que es como su sentido, en el fuego del Espíritu Santo; Redentor —Encarnación; Consolador— Descendimiento. Para que, conforme a esta naturaleza compuesta, por esta inteligencia de la ‘Escritura’, con el consuelo que ella da[10], aguardemos o pasemos, por el deseo, a la patria.

5º En cada escena el funiculus triplex[11] : la cosa y el Padre, el Hijo y la luz que engendra la cosa, y el don que hay en la cosa: el Espíritu.

6º Después de esta inteligencia: la conversión ad extra, hacia fuera, pero por inteligencia: la actitud visible[12], la pasión interior[13].

7º Por comodidad del lenguaje, usaré las designaciones corrientes: Introito, Kyries, etc. pero entendiendo la cosa en este orden, primero lo que se ve, segundo lo que se oye, tercero ver lo que se oye y cuarto: entender si es posible, en último lugar ‘lo que se lee’ como la cosa más subordinada que se pueda imaginar, subordinada al rito, al gesto, a la nota, a la voz. No está mandado leer misa, sino oír misa.

8º Como la función crea el órgano y el ejercicio el hábito, etc. la misa, único acto de la Iglesia ha creado el templo, la iglesia material. En todo esto, así como quien pinta un santo en oración, pinta de algún modo su ropa, entenderemos a la iglesia-casa, como a los pliegues de la ropa, como al último y más expresivo y exterior gesto del alma que ora. Y aquí, el alma de la Iglesia, es el Espíritu Santo.

4. Índice de los doce cuadernos de la Misa

1º Propósito: Propósito, Orden del libro, División del tema

2º Escenas: Objeto: rito, ceremonia. Sujeto: ver, oír, atestiguar. Misterio de las Bodas.

3º Actores I: Lugar: la iglesia vacía. Dios: Ministros superiores. Dios: ministros inferiores.

4ª Coro: boca del pueblo. Pueblo: corazón del coro. Criaturas: anhelo que espera.

5º Introito: Va a empezar la misa o la iglesia llena. Introito: multiplicationem ingressus illius[14], entrada en Cristo[15].

6º Reunión (Sinaxis): Los Kyries congregan por dentro y son una entrada del creyente en sí mismo, en su miseria. El Gloria congrega in excelsis, en las alturas, congrega arrebatando a lo alto a la asamblea. La Oración congrega en Cristo la oración de todos.

7º Lección: Preparada: la Epístola y el Gradual. Dada: el Evangelio. Recibida y confesada: El Credo.

8º Ofertorio: Ofrendas o el altar lleno. Incienso. Ofertorio o acto super oblatas, sobre las ofrendas.

9º Eucaristía: Prefacio, Sanctus, Canon. Es decir, sacrificio de alabanza, frutos de los labios, víctima de los labios.

10º Participación: Pater noster: el que da. Fracción y Agnus Dei o Cordero de Dios: que preparan a los que reciben la Comunión.

11º Éxodo: Bendición, es decir ascensión, la salida por el techo. Levantamos el techo de la colmena, del arca…

12º La vida y la Misa: ciertas misas, salida al juego de la vida, misas de difuntos y misas de bodas.


[1] Hasta aquí la cita es de Ezequiel 44, 5, coincidiendo la primera parte con 40, 4

[2] Es un esquema que reducimos a texto

[3] Reunión

[4] En la suerte, en el sentido de la grey, la reunión de los hijos, la parte de Dios

[5] Dimas Antuña alude a un pasaje del Eclesiástico 42, 15-26 en que se habla de las obras de Dios. Se refiere más precisamente a Eclesiástico 42, 25-26: Omnia duplicia, unum contra unum, en non fecit quidquam deesse. Uniuscuiusque confirmavit bona. Et ¿quis satiabitur videns gloriam eius? que podemos traducir así: Todas las cosas son dobles, pareadas, y contrarias la una a la otra, o enfrentadas la una a la otra, pero nada he hecho [Dios] en vano. La una completa lo bueno de la otra, o completa con su perfección lo que le falta a la otra. Y ¿Quién se hartará de contemplar su gloria? Es decir la perfección del conjunto de la obra divina.

[6] Eclesiastés 4, 11-12 El Eclesiastés y el Eclesiástico cumplen con lo dicho, porque parecen oponerse en la consideración del mismo hecho. El Eclesiastés pondera más bien la impenetrabilidad de los misterios de la obra divina para el pensamiento humano y declara vano el intento de agotarlas.

[7] Eclesiastés 4,12

[8] Juan 4, 35: He aquí os digo: “Alzad vuestros ojos y ved los campos, porque ya están blancos para la siega”.

[9] Ezequiel 44, 5

[10] Romanos 15, 4

[11] Eclesiastés 4, 12

[12] Los gestos, las posturas físicas del ritual, de sacerdotes y fieles

[13] Las pasiones espirituales o de los actos de las virtudes teologales que son infundidas, inducidas en el alma

[14] La frase remite a Eclesiástico 1, 7, meditación sobre la divina Sabiduría personificada: Disciplina sapientiae ¿cui revelata et manifesta est? Et multiplicationem ingressus illius ¿quis intellexit?. “El conocimiento [gr. Episteme] de la Sabiduría ¿a quién fue revelado y manifestado? Y la multiplicación [polypeirían] de sus entradas ¿quién la entendió?”

El eclesiástico llama ingressus sapientiae puertas de la sabiduría a los mandamientos eternos o “mandata eterna” (Versículo 5)

[15] Cristo pues es la puerta, el introito, la entrada en la sabiduría. Él mismo ha dicho “Yo soy la puerta” (Juan 10,9), “Esforzáos por entrar por la puerta estrecha” (Mateo 7, 13-14; Lucas 13, 24); “Nadie va al Padre si no es por mí” (Juan 14, 6)...


 

4. LA MISA SOLEMNE

Conferencia

Exordio[1]

Reverendos Padres, Señoras, Señores: Voy a hacer uso de la palabra en esta sala de estudios del Centro Dom Vital[2]. Permitidme que, antes de hacerlo, agradezca a vuestro Presidente el alto honor que me dispensa.

Vuestra Casa, que cuenta en su seno hombres de valor auténtico y que procura habitualmente a la juventud de Río la palabra de altos maestros, al invitarme a mí, ha querido ofreceros, por contraste, una palabra SENCILLA. La palabra de un fiel sin docencia, desprovista de las disciplinas de las ciencias y que habla entre vosotros no como quien enseña sino como quien RECUERDA.

No soy doctor, soy… poeta, mi intento es proferir una palabra que no estorbe la música[3].

Mi deseo es departir, fraternalmente, con vosotros de un tema eminentemente, exclusivamente RELIGIOSO; recordando en común cosas que todos sabemos y haciéndolo con aquella amable confianza que me dan vuestra cultura y vuestra fe.

Vuestra fe os hará inteligible, aún en mi castellano, que, fuera de la fe, y de la vida que produce la fe, no tiene ningún sentido. Y vuestra cultura os permitirá SUPLIR, y sea benévolamente, os lo ruego, las deficiencias de mis palabras.

Hablemos pues, (y en castellano ya que por desgracia no puedo hacerlo en vuestro hermoso idioma) hablemos del ORDEN y MOVIMIENTO que tienen las ceremonias de la MISA SOLEMNE en nuestro rito romano, tal como pueden ellas verse comúnmente en las celebraciones habituales de nuestras iglesias.

O, si queréis, para precisar más, tal como he tenido el íntimo placer de verlas aquí en Río de Janeiro en esa bellísima misa conventual de vuestra abadía de Sâo Bentos.

Intento

Señores: Mi intento en este momento es mostraros la estructura, es decir, el orden y movimiento, la composición orgánica y las relaciones internas de la Misa. Y al hacerlo me es forzoso tomar en cuenta la Misa Solemne de rito romano, es decir, la misa como se ofrece a nuestros ojos cuando es celebrada con ministros y coro.

Actores

Sabéis que en este drama hay dos personajes: Dios y el pueblo, y que ambos, diversificados maravillosamente, mantienen a lo largo de la acción litúrgica, una comunicación ininterrumpida. En la misa, como en la Encarnación, “Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios”. El pueblo, antes no-pueblo, pero ahora pueblo y reunión, es llamado a conocer y a padecer[4] los misterios divinos.

Propósito

“Hijo del Hombre[5], dice el Espíritu al profeta, Hijo del hombre, mira con tus ojos, y oye con tus orejas, y aplica tu corazón a las cosas que te mostraré acerca de las ceremonias de mi Casa”. Ver, oír, atestiguar: este es mi único propósito.

            La Misa es una cosa una, coherente y viva. Sus partes están en relación armoniosa, arquitectural, como las partes del Partenón o como puedan estarlo los miembros del cuerpo humano.

Lo que empieza y lo que sigue en ella, empieza porque conduce a tal momento, sigue provocado por lo que era antes, exigido por lo que vendrá luego, y así esa lógica de principio, medio y fin da a las sagradas ceremonias un movimiento dramático.

La Iglesia – Lugar, espacio litúrgico

Decían los antiguos que el escenario es el primer personaje de la tragedia. ¿En dónde está el aposento, en donde coma yo la Pascua con mis discípulos?[6]

Cualquier iglesia donde entremos presenta dos partes: el santuario y la nave. El santuario con el altar en medio, y la nave que es el lugar del pueblo. Y con esto, al mostrar las dos partes en que se divide el espacio litúrgico, designamos otra vez a los dos actores del drama: Dios y el pueblo, Cristo y su Iglesia.

El santuario con todo lo consagrado a Dios, con el altar, y las ofrendas y las luces, y el sacerdote y los ministros, y la nave con el pueblo que recibe la acción de Dios y sus dones.

El sacerdote celebra ordenadamente, asistido por los ministros: el diácono, el subdiácono, los dos acólitos, el turiferario, y la asamblea cristiana asiste y asiente a esos misterios. Pero ¿cómo?

            Mirad, Moisés, que era tartamudo, dice al Señor: —Señor, ¿cómo hablaré yo, pesado de lengua? El Señor le responde: —Toma a tu hermano contigo: Arón será tu boca. Moisés y Arón, es decir, el pueblo y el coro. Mirad, señores, cómo recibe el pueblo la acción de Dios en la Misa, y cómo, por el coro, que es su boca, responde. El coro canta, gime, clama, asiente; boca, expresa las pasiones.

            Así pues, al hablar del movimiento dramático de la liturgia, no imaginemos que el drama es aquello que ocurre en el altar y que nosotros somos espectadores del presbiterio.

No, el sacerdote y los ministros son acción de Dios sobre el pueblo, y, a esa acción recibida, el pueblo responde por medio del coro. En esta unión de Cristo y la Iglesia no hay espectadores. La novia no es espectadora de la boda; los comensales no son espectadores del banquete, y la sala misma adonde estamos reunidos, la iglesia material, es simplemente el palio del altar, algo así como la cifra del Nombre sobre la realidad de la Presencia.

Nosotros no somos espectadores; al contrario, espectáculo hemos sido hechos[7]. Cuando nos reunimos para el sacrificio el continuo anhelar de las creaturas nos rodea.

 División

Los expositores dividen comúnmente la misa en dos partes, una de preparación y otra que es el sacrificio propiamente dicho. Llaman a la primera la ante-misa o misa de los catecúmenos y a la segunda: Eucaristía.

Dentro de esas dos grandes divisiones que tienen profunda razón de ser, en la primera existen dos partes: la Synaxis o reunión preparatoria, y las Lecciones, y, en la segunda, tres: el Ofertorio, la Acción y la Participación. Podemos pues considerar el movimiento de la misa, —para decirlo de algún modo siguiendo mi comparación—, como un drama en cinco actos, y, en cada uno de estos actos hallaremos lo que me atrevo a llamar ‘escenas’ es decir, momentos en los cuales los dos personajes del drama sagrado tienen una acción, ya recíproca, ya coincidente, ya paralela o simultánea, pero una acción una, que expresa por sí misma una sola idea espiritual.

 

 Introito

Consideremos la primera de esta escenas, consideremos el Introito. Va a empezar la misa. El pueblo ocupa la nave de la iglesia; el coro acaba de cantar Tercia, está de pie, en su lugar, un lugar intermedio entre el santuario y la nave; se escuchan algunas notas del órgano, y, en el altar, ya han encendido los seis cirios, tres a la derecha y tres a la izquierda del crucifijo[8].

Y ved aquí que, en este momento, entran el sacerdote y los ministros, revestidos de los ornamentos sagrados. Vienen precedidos por dos niños acólitos con luces y por el turiferario. Cuando llegan delante de las gradas del altar, saludan, se descubren y quedan allí, de pie.

Cuando llegan al plano del presbiterio, delante de las gradas del altar, saludan, se descubren y quedan de pie.

En el mismo momento de su entrada, el pueblo se pone de rodillas y el coro empieza a cantar el Introito. El pueblo, de rodillas, ve y oye. Ve los que están de pie delante del altar, y oye lo que canta el coro.

            El canto del coro se desarrolla así: primero, todo el coro canta una antífona, lenta, pausada, llena de riquezas de sentido y expresión. Luego, una voz, sola (el hebdomadario), canta un verso, y a ese verso responde todo el coro. Luego la misma voz canta el Gloria Patri et Filio et Spiritu Sancto! y le responde de nuevo todo el coro. Finalmente todo el coro canta una segunda vez y con la misma música, aquella extensa antífona del principio.

            Dicen los Santos Padres que en la antífona del Introito se interpreta el deseo de los antiguos patriarcas; que su verso cifra el anuncio de los profetas; que el Gloria denuncia la predicación de los apóstoles, y que, en la reiteración de la antífona, se significa cómo la Iglesia actual, es decir, nosotros, los que estamos aquí de rodillas (y que en el momento de la reiteración nos sentamos), recibimos, ahora, aquello mismo que desearon los patriarcas anunciaron los profetas, enseñaron los apóstoles.

            La estructura del Introito tiene ciertamente esta disposición mística. Pero si atendemos, no a la forma alternada del canto sino al sentido de las palabras, hallamos que esta antífona tiene el carácter de anuncio[9]. Es una revelación, una proposición, un mensaje[10]. Tiene el color del tiempo [litúrgico]; da la nota del día. Resumen del Oficio Divino, nace cada día de la profundidad de la noche y comunica al pueblo, cada día, un determinado misterio.

            Este canto, el Introito, es como el porche de una catedral. Va de afuera hacia adentro con figuras enlazadas que dialogan; perfila en profundidad el espesor del muro y abre de par en par la puerta —una puerta de gloria— por donde se ve toda la iglesia, hasta el altar. Pero qué hacen allí de pie, precisamente ante las gradas del altar, el sacerdote y los ministros?

Mirad, primero recitan (en voz baja, para ellos solos) el salmo 42: “¿Por qué estás triste alma mía?”. Luego, el Yo pecador. Luego unas preces, y, finalmente (en un momento que coincide por lo general con la reiteración de la antífona que hace el coro) suben las gradas del altar.

Durante el canto del Introito, pues, el sacerdote y los ministros se estaban disponiendo a subir al altar. Hecha la señal de la cruz, el sacerdote dijo: —Subiré al altar de Dios, y, al decir eso, halló que era hombre.

El salmo 42 expresa la turbación del hombre delante de Dios. Pero no solo es hombre, es también pecador. Hombre, teme; pecador, se acusa. Pero no es pecador solamente, es también cristiano. Las preces son el diálogo de la humildad cristiana que espera en el Señor.

En fin, el sacerdote y los ministros (en un momento que coincide comúnmente con la reiteración de la antífona por el coro y el sentarse del pueblo) suben las gradas, purificándose en voz baja con el “Aufer a nobis”[11], suben las gradas y, al llegar al altar, el sacerdote se inclina y lo besa. Besa la piedra consagrada[12], la piedra que guarda las reliquias de los santos. Es decir, se une a Cristo (altare quidem Sanctae Ecclesiae, ipse est Christus)[13], y se apoya en la comunión de los santos, pone sus manos extendidas en aquello mismo que está recibiendo el pueblo, en este momento, con la reiteración de la antífona.

El canto del coro manifiesta la entrada del Sacerdote al altar, y, conforme a la revelación que contiene esa entrada y en cuanto esa entrada es la de Cristo, el pueblo accede al misterio.

            Tal es la economía del Introito. En el altar, en el santuario, procesión y estación de los ministros; en la nave, postración del pueblo, y, entre ambos, el coro, de pie, que canta con una cierta progresión, con una cierta economía, con un  cierto orden, primero la antífona, luego el verso, luego la doxología (entre los ministros de pie y el pueblo de rodillas) y finalmente, una segunda vez, la antífona, mientras los ministros suben las gradas del altar y el pueblo se sienta.

Es realmente un introito, una entrada, pero una triple entrada: entrada del sacerdote al altar; entrada del pueblo a los misterios; entrada, en fin, de los días, que salen cada día de la profundidad de la noche, y buscan cada día aquel descanso que —aun dentro de cada día— Dios ha llamado ‘hoy’[14].

Kyries

El Introito es puerta y conduce al altar. Sus grandes correspondencias están en la oración Colecta, en las Lecciones, en el Prefacio, pues entramos para orar, para oír, para ofrecer y dar gracias. Sin embargo, después del Introito, vienen los Kyries.

Al terminar el Introito el pueblo se sienta, y mientras el pueblo está sentado, el coro canta nueve veces Kyrie o Christe eleison[15]. Mientras tanto el sacerdote y los ministros rodean el altar con incienso.

Ved ahí que tenemos lo que yo me atrevo a llamar la segunda escena de la misa. Mirad: el pueblo que está sentado; el coro que canta los Kyries; el sacerdote y los ministros que rodean el altar de incienso.

            Sentarse es propio del que considera. Estar sentado significa contemplar, y la contemplación tiene dos objetos: la gloria y la miseria. Noverim me, noverim Te, dice el santo[16]. Este pueblo que se sienta, se sienta sobre sí mismo, sobre su propia miseria. Se sienta como Job, en la ceniza; como Jeremías, en la caverna, y, de esa consideración de sí mismo, sale un grito de dolor. El Coro es su boca. Por el Coro salen los Kyries.

Los Kyries no son otra cosa que el memorare quae mea substantia[17], de la consideración. Somos fragilidad, somos miseria, delante del Padre omnipotente; ignorancia, tinieblas, delante del Hijo, luz y verdad eterna; malicia, rechazo delante del Espíritu Santo santificador, y nuestro clamor es el clamor de los ciegos.

El cristiano —por la fe— es un ciego que oye. Ha oído el anuncio del Introito y, considerando su miseria, clama[18]. Entretanto, el sacerdote y los ministros rodean de incienso el altar. Es decir que la consideración de nuestra miseria – que es contrición en el pueblo y clamor en el coro ante la Cruz, y en el plano de la mesa que lleva las seis luces, y saliendo de la caída de los manteles, y elevándose de la base del altar —es nube y es perfume. Es decir, es presencia del Espíritu en medio de nosotros, y, conforme a la obra de ese fuego que transforma, conjuntamente con el incienso, rodea lentamente aquella piedra consagrada, y es allí, sobre el altar desnudo, buen olor de Cristo, para Dios.

            En los Kyries hay conocimiento de sí. La luz de este conocimiento la da el anuncio del Introito y este conocimiento es doloroso porque el cristiano se sabe miembro de Cristo. Aquí el ¡Conócete a ti mismo! es: fode parietem![19]. Nuestro pecado profana las paredes del templo. Mientras la Iglesia clama por las ignorancias del pueblo, la criatura ve su horror y su locura. Los Kyries son el clamor de los ciegos y dicen: ¡Señor! ¡Señor!, pero no en vano.

            Tenemos altar y Sacerdote; no estoy en mí, dentro de mí: estoy dentro de mí in Ecclesia. Peccavi!  ‘¡Pequé!’. Es sacrificio. Nuestro Dios es fuego. Desde el dolor, del clamor, de la vista interior de aquel: “¡Esto hiciste y callé!”[20] se levanta el incienso sobre el altar vacío.

            Todo sacrificio destruye; todo sacrificio transforma, transfigura. El pueblo considera su miseria en silencio. El sacerdote ofrece el incienso en silencio. Nueve veces clama el Coro, veinticinco veces brota el incienso… La confusión trae: Gloria.

Gloria

Terminados los Kyries, el pueblo se pone de pie, y el sacerdote en medio del altar —de espaldas al pueblo, teniendo a los ministros también a su espalda, uno detrás de otro, el diácono en la segunda grada, el subdiácono en la tercera— , el sacerdote, pues, en medio del altar, extendiendo y elevando las manos, eleva la voz y canta (en el tono correspondiente a la fiesta), estas solas palabras: Gloria in excelsis Deo…[21].

El sacerdote habla aquí in persona Dei[22], para darnos revelación de la gloria, y luego entrega al coro ese himno que llamamos el Gloria de la misa.

            Mientras el coro lo canta, el pueblo se sienta. Sentarse es propio de la consideración, dijimos. Pero la consideración de ahora no es dolorosa sino gozosa. No estamos sentados con Job en la ceniza; estamos sentados con María, a los pies del Señor, y el Señor también está sentado, está sentado allí, en majestad, figurado por los tres ministros[23].

            Sabéis que los ángeles se alegran de la contrición del pecador. El grito de los Kyries provoca a los ángeles. A la contrición responden los que anuncian la paz; a la noche de los ciegos sigue la Noche Buena. Era noche obscura y se ha hecho noche pacífica.

Vosotros sabéis lo que es el Gloria. El Gloria es un himno. Yo sólo busco aquí su significación. El Gloria no emerge, como los Kyries, de la contrición del pueblo, ni sale, como el Introito, de la entrada de Cristo. Su primera palabra es una palabra dada. Y dada de lo Alto: una palabra que viene del cielo. Para elevarse hasta ella, para recibirla y mantenerla en el “evangelio” de gozo con que la dan los ángeles, es necesario el himno. Solamente en el himno hay un arranque de luz, de amor, de vida, suficientemente fuerte y activo como para poder llevar esa alabanza sin empañar la claridad de Dios que la envuelve, ni disminuir el gozo grande que trae.

La palabra de los ángeles: Gloria in excelsis Deo![24] es de una serenidad incomparable.

El himno se tiende y acude a ella con invocaciones repetidas, llenas de pasión y de gozo… Laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi…![25]. Y levanta luego, como quien llevara ramos, los nombres divinos: Domine Deus, Rex coelestis, Deus Pater, Domine Fili, Unigenite, Jesu-Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris!

Este himno celeste (y de la tierra), angélico ciertamente, pero tan humano, es el canto de la distinción del Padre y del Hijo. El Gloria canta, pues, el secreto del cristiano, la fuente del gozo exultante. Tres veces nombra al Padre, tres al Hijo; tres veces refiere el Hijo al Padre.  Y los nombres de las Personas se equilibran, Padre, Hijo, distintos pero iguales en poder, majestad y gloria.

El Jesu Christe, uno con el Padre, uno con la Iglesia. Señor, y Señor absoluto, Señor Dios, pero también propiciación: Agnus, Cordero; gloria del Padre, en los cielos; paz de los hombres , en la tierra, llena de resplandores. Y da los grandes ritmos al Gloria.

Su nombre de Cordero introduce la súplica, salta de nuevo el grito del amor extático. Otra vez los nombres divinos: Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus![26].

Y aquí el canto vacila, se embriaga y se gloría, se gloría en su gloria, ¡en el Jesu-Christe, toda la realidad de la Iglesia!

Como si la Encarnación y el Nacimiento nos acabaran de descubrir a la vez al Padre y al Hijo, Cristo, que es gloria del Padre en los cielos y paz de los hombres en la tierra, llena de resplandores esta alabanza, y, en él, y por él, los dos temas alternados de aclamación y súplica (el angélico y el humano).

Y ese radiante, victorioso, casi lento: Jesu Christe cum Sancto Spiritu in Gloria Dei Patris con la mención final del Espíritu Santo, desata la doxología, (velando un instante por el suspiro breve del Amén).

Lo más admirable del Gloria de la misa es su sosiego. La paz, la luz, la certeza tranquila, segura para siempre. Todo eso que se manifiesta durante el canto en el misterio del altar desnudo y de pueblo sentado ante los ministros, también sentados.

Mientras los Kyries cubren el altar de incienso; el Gloria lo entrega, radioso. El altar muestra el brillo sereno de las seis luces mientras los ministros están sentado con la cabeza cubierta y las manos extendidas sobre las rodillas. “Sóla la Trinidad se sienta”, dice el divino san Bernardo.

Sentado manifiesta el Señor su majestad; la cabeza cubierta permite el canto; las manos sobre las rodillas indican la clemencia. La Omnipotencia descansa en la clemencia; la majestad comunica al hombre de algún modo su gloria; la inmovilidad divina, por ministerio de los ángeles, desata el himno. El himno brota y canta, victorioso y sereno, triunfante y quieto. El himno se mueve en la luz. Tal es el Gloria.

Dominus vobiscum

Pero ved ahí que, terminado el canto del Gloria, el pueblo se pone de pie. El Sacerdote y los ministros vienen al centro del altar y se colocan uno detrás del otro, de espaldas al pueblo.

El sacerdote pone las manos extendidas sobre el altar, se inclina y lo besa en el medio. Luego se endereza y, volviéndose al pueblo, comunica ese beso: abre los brazos en forma de saludo los eleva ligeramente, diciendo: —Dominus vobiscum[27]. Y el pueblo, por boca del coro, responde: —Et cum spiritu tuo.

El Dominus vobiscum es un saludo. Aquí por primera vez vemos el rostro del Sacerdote vuelto hacia nosotros. Por primera vez nos dirige la palabra, y todo esto grave, solemnemente, y después de besar el altar.

Este beso es la raíz del saludo. Es su gracia, su eficacia. Por este beso el saludo es un saludo de paz.

Cuatro veces más durante la misa el sacerdote besará así el altar y comunicará al pueblo la paz. Pero este primer saludo aquí, después del Introito, de los Kyries, del Gloria (después de esos tres cantos de profunda significación, que llegan al alma) tiene un carácter especial. Es como el ademán de quien calma, de quien detiene. Parece una palabra de maestro, una palabra que dice: Aquietaos, el Señor está con vosotros. No le buscaríais si no lo hubierais hallado; no clamaríais a él si él no estuviera ya con vosotros.

Notemos que hasta ahora, en la Misa, nosotros no hemos hecho otra cosa sino entrar. Hemos entrado en el Introito a los misterios; en los Kyries, hombre adentro; en el Gloria, hasta el Padre y hasta nuestro Adán en Dios, el Cordero. Hemos entrado, pero ¿quién nos ha recibido?

            Ved ahí: el Señor nos recibe. El sacerdote besa la piedra y comunica el beso: “Vuelve el Señor a nosotros su rostro y nos da su paz”[28]. Beso comunicado. Abrazo comenzado. Rostro vuelto a nosotros. Manos que muestran las palmas[29]. El Dominus vobiscum es un saludo de paz. Y el que entró en la Iglesia en el Introito, aquí es recibido. Y el que entró en sí mismo en los Kyries, aquí es consolado. Y el que alzó los ojos a lo alto, en el Gloria, aquí le son mostradas las manos.

Dominus vobiscum: El Señor con vosotros, habéis hallado gracia. Cuando el ángel saluda a la Vírgen, María queda en suspenso, pensando qué salutación será ésa. Pero el ángel le dice: —No temas, María, haz hallado gracia.

            El Dominus vobiscum a la Iglesia, plural del Dominus tecum de la anunciación a la Virgen, es una anunciación semejante a la Iglesia. Nos introduce en el misterio a los que entramos.

            El Sacerdote, que también es ángel, dice a la Iglesia, que también es Theotokos[30]: —Has hallado gracia, el Señor es contigo. Y, como en el Ave María esta palabra descubre en nosotros y en medio de nosotros el misterio de su presencia, de un Dios-con-nosotros que es anterior al saludo mismo.

            Como el Profeta al Rey y a su pueblo cuando les salió al encuentro, el Dominus vobiscum nos dice: —¡Oídme, Asa, y todo Judá y Benjamín, el Señor con vosotros porque vosotros con él![31]. No le buscarías en el Introito si no le hubierais hallado. No clamaríais a Él en los Kyries y el Gloria si Él no estuviera ya con vosotros.

            Vuelve el Señor su rostro y recibe a su pueblo. Muestra el Señor a los hijos las palmas de las manos y les da su paz. La Iglesia que ha entrado, rodea el altar y canta, en este saludo es recibida, reunida, incorporada.

            Y ¿qué hará ahora la Iglesia? Reunida y junta a Dios ha sido hecha a sus ojos “como la que halla paz”. Reunida in osculo sancto, la Iglesia encuentra ahora que ella también tiene boca y palabra. El Dominus vobiscum comunica un beso. Es un beso. La lglesia, en ese beso —el beso de la Boca de Dios— se dispone a orar.

 Colecta

Terminado este saludo, el sacerdote y los ministros van hacia el lado de la Epístola, y, el Sacerdote haciendo un ademán con las dos manos juntas ante el pecho como de quien junta algo elevado, como de quien recoge muchas cosas[32] canta: ‘Oremos’, y luego, teniendo las manos separadas con los brazos en alto, recita la oración llamada Colecta.

La Colecta es la primera oración solemne de la Misa, y es a la vez la oración de la misa: congrega, junta, reúne al pueblo. Es una oración pública, oficial, solemne, colectiva (por eso se llama colecta), no individual del sacerdote, sino del pueblo, de todo el pueblo reunido: el sacerdote la pronuncia en ejercicio de su carácter[33] como cabeza de la Iglesia, como presidente de la asamblea cristiana.

El Sacerdote asume aquí el sentir de todos y, en ejercicio de su carácter sacerdotal de los fieles, como quien está ordenado para ofrecer preces, se dirige a Dios considerado en su Ser, en su Eternidad, en su Omnipotencia; lo invoca en alguno de sus atributos, o recordando el misterio propio del tiempo, o la memoria del santo cuya fiesta nos reúne, y luego expone brevemente el pedido de todos.

Ahora bien, durante todo el tiempo mientras invoca, recuerda, pide, el Sacerdote mantiene las manos separadas y en alto: actitud del orante. ¡No tiene nada, y lo espera todo del Cielo! Pero después del pedido, el Sacerdote dice al Padre quién pide, dice por quién eleva las manos; dice: Per Christum Dominum nostrum. Y este nombre le hace juntar las manos ante el pecho

Esta conclusión muestra el gran misterio de la oración cristiana, como acto íntimo de la Iglesia dentro de la vida misma de Dios. Porque si el hombre, se dirige al Padre en un Espíritu y eleva manos puras, el secreto de su estar de pie y la razón que tiene, en Dios mismo, para ser oído es: ¡Cristo, el Hijo, el Amado, el Mediador! Hijo de Dios e Hijo del Hombre; uno con el Padre y Señor nuestro; nuestra cabeza, nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro ser, el espíritu de nuestra boca, el Cristo Señor, el que con el Padre vive y reina en la unidad del Espíritu Santo…

            Con la obsecración terminan las palabras recitadas por el Sacerdote y el pueblo concluye la oración diciendo: Amen.

La unidad, la claridad, la conexión lógica, el cursus de la oración de la misa es algo notable. Ningún sentimentalismo, ninguna efusión interior. Una invocación al Padre, sobria, brevísima. Un recuerdo, un pedido, nuestra razón de orar —(nuestra razón de ser— Cristo nuestro Señor. Y, como conclusión, el pueblo, que fue llamado a orar en el Oremus, cumple ahora la oración, que es “su” oración, en el Amén.

            La Colecta no es un anuncio como el Introito, no es un grito como los Kyries, no es un himno como el Gloria. La Colecta es la expresión razonable y justa de la prudencia mística. Palabra “eclesiástica”[34] por excelencia. La Iglesia; que contempla el Ser perfecto, inmutable y eterno, lo que falta a estos hijos de su seno ¡y que no son! Paralelo del Ser y del no-ser, de El que Es y de los que crecen[35]; de la Trinidad inmóvil por la plenitud de todo bien; y de la Iglesia reunida en un Espíritu y del tiempo, que aspira a ser eterno porque el Verbo hecho carne le ha dado eternidad. La Colecta es la Iglesia reunida que ora. Con esta oración termina la Synaxis o primer acto de la misa.

           

La Reunión preparatoria o Synaxis – Síntesis

Señores: Cuando el hombre baja al corazón del hombre encuentra allí las cuatro pasiones, las cuatro heridas que recibimos en Adán: temor, dolor, gozo y esperanza. A la purificación o escitación[36] de esas pasiones están ordenados estos cuatro actos de la reunión preparatoria.

El Introito dice: -- Señor, oí tu anuncio, y temí[37]: ¡Señor, tu obra, en medio de los días, dale vida![38]

Los Kyries reciben del Introito el temor, el temor que es intuitivo, y dicen (con la profundidad del dolor): Memorare quae mea substantia![39]

El Gloria es gozoso; halla conveniencia con ángeles y se goza santamente in gloria Dei Patris, en el Creador nacido[40].

La Colecta, por fin, es la palabra de la esperanza.

Sin temor (que es sentido del culto) no se puede oír el Introito.

Sin dolor (que es negación de sí) no se pueden cantar los Kyries.

Sin gozo (sin un gozo fundado en Cristo) no tiene sentido el Gloria.

Sin esperanza, finalmente, (ya que la esperanza es ‘teologal’) nadie puede estar de pie, ni pedir.

Dice la Escritura: “antes de la oración, prepara tu alma”[41]. Con dolor y gozo, con Kyries y Gloria. Y la fuerza de nuestra oración esté en la profundidad de aquellos dos afectos[42].

Dice también la Escritura: “Guarda tu pie al entra r—y acércate para oír[43]”. El Introito guarda nuestro pie al entrar, lo pone en los pasos peregrinos de los Padres, en las pisadas de los Profetas, en las huellas de los pies desnudos de los Apóstoles. Y la Oración nos acerca para oír. Nos acerca por dolor y gozo y esperanza.

Pero ¿qué hemos de oír?: Las Lecciones. En la Synaxis el hombre, la Iglesia, llama, en las Lecciones el Señor abre, y responde.

Lecciones

Multifariam[44]: de muchos modos, con muchas voces, habla el Señor a su pueblo; pero, comúnmente, sólo se dan tres lecciones en la misa: la primera es la Epístola o lección de los enviados (Apostólica); la segunda es el Gradual o lección del Coro; la tercera es el Evangelio, es decir: el Hijo.

            Vosotros sabéis, Señores, que la iglesia cristiana es un edificio orientado. Los cristianos oramos de cara al Oriente (Cristo que nos visita) en recuerdo del jardín, que perdimos; en deseo del relámpago que esperamos. Ahora bien, en esta Casa que tiene Oriente y Occidente el altar tiene Norte y Sur. Llaman al lado sur del altar cuerno de la Epístola o lugar de los judíos; y el lado norte, cuerno del Evangelio o lugar de las naciones.

            Estos dos cuernos o extremos del altar tienen su importancia pues, en las lecciones, cada lección tiene lugar y ministro propios y ceremonias propias, llenas de luz, y que no son sin intención ni por accidente.

—“Hijo de hombre —dice el Espíritu al profeta— Hijo de hombre, ve con tus ojos y oye con tus orejas”[45]. Lo primero pues, sea ver, ver con los ojos de la cara y ver ‘lo que tenemos delante’ (lo más difícil de ver).

Epístola

Consideremos el rito de la primera lección: Después del Amén de la Colecta el pueblo se sienta y el Subdiácono, de pie, en el lugar de los judíos, empieza a recitar la Epístola. Lee de espaldas al pueblo, colocado detrás del sacerdote que también está de espaldas al pueblo. Y el pueblo  —sentado—recibe esa palabra de un rostro que no ve. Este ministro está revestido de una túnica que se llama túnica estrecha, y se le exigió, al ordenarle, que tuviera una voz ‘castigada’.

Señores: es oficio del Subdiácono cuidar de los vasos sagrados —no de su contenido; eso corresponde al Diácono; ni del sacrificio que se ofrece en ellos; eso es del Sacerdote— sino de su limpieza. Él debe llevarlos, guardarlos y presentarlos al altar: vacíos.

Ahora bien, en estos vasos hay tres cosas: la materia, que ha de ser preciosa; la forma, que ha de ser sagrada y no de ignominia; y la limpieza, que exige que sean presentados al altar completamente vacíos y puros.

            Y ved ahí: lo que hará el Subdiácono en la misa con los vasos sagrados lo hace ya, en la Ante-misa, al recitar su lección, pues nosotros —todo el pueblo y cada alma— somos esos vasos, y esta primera lección nos dispone y nos limpia para recibir el vino del Evangelio.

Nos dispone en cuanto a la materia y en cuanto a la forma. En cuanto a la materia que es preciosa, los hijos de Sion no son vasijas de barro[46], dice el Profeta cuando nos revela con palabras de sabiduría el valor inestimable del alma. Nos dispone en cuanto a la forma que ha de ser conforme al Modelo mostrado en el Monte[47], cuando nos instruye acerca del misterio de Cristo, ya sea directamente, ya con figuras o profecías. Y nos dispone en cuanto a la limpieza cuando nos predica el despojo y la desnudez de Cristo.

La Epístola despierta a los que duermen, intima juicios de Dios, revela su consejo, su plan, su propósito. Su objeto es limpiar la Imagen, restablecer la semejanza, y, para eso, toma el alma y la ensaya como se ensaya el oro en el fuego. Ordenada al Evangelio, la Epístola de la misa es la primera palabra acerca del misterio otrora prometido, y anunciado, y propuesto, y luego realizado, y aquí, y ahora, y dado a nosotros, —en la institución que hizo de él el Señor mismo— y para cuya celebración, ahora, el Subdiácono, ministro de la mesa, ministro que mira solamente al altar; nos instruye conforme a su orden.

            Y así, la Epístola, desde el lugar de los judíos, lugar de origen y preparación, muestra espaldas de Dios, y, de espaldas nos habla: para que entendamos que no por persuasión de hombres sino por comunicación de la sabiduría que hay en Dios, que es oculta, hemos sido redimidos y nos integramos en Cristo.

Gradual

Señores: Cuando el Subdiácono termina de recitar la Epístola, el coro canta el Gradual. El Sacerdote y los ministros lo escuchan sentados. El pueblo también lo recibe sentado. He aquí pues, la segunda lección. Lección inspirada. Lección del Coro. Radicada en la música, entregada al canto. No tiene lugar propio en el Altar ni ministro propio. Y se mueve sobre el pueblo como el Espíritu sobre las aguas. El gradual, dice Santo Tomás, significa el adelanto en la vida espiritual.

            La Epístola dice al pueblo: —Levántate tú que duermes, y te iluminará Cristo[48]. El Gradual dice: —Abriré en el Salterio mi proposición[49], rebosaré misterios escondidos desde el principio[50].

El Gradual es una voz que canta, y canta porque ama. El Gradual es una palabra sabrosa, oscura, que, no en lo que dice solamente, ni mayormente, sino en lo que modula, comunica lo inefable. Sube de la abundancia del corazón y florece entre las dos lecciones de dicción distinta, y no es la palabra en la boca que los dientes dividen, sino voz, y voz en la garganta, la sede del deseo.

El Gradual como lectura no agrega nada a la Epístola, y si nos atuviéramos a sus palabras apenas sería su eco. Pero como lección, y como lección que canta, tiene carácter, autonomía, operación propia, y nos es dado gratuitamente, desinteresadamente por si alguno acaso hubiera ya gustado “que el Señor es suave”[51]. Por si alguno reconoce las joyas de la Esposa en la voz que canta.

Palabra de amor, tiene, como el amor, dos extremos: el gemido del deseo y el júbilo de la posesión —y así, halla su perfección de dos modos: ahora en el júbilo, y eso es el Alleluia; ahora en el gemido, y eso es el Tracto.

            Allelulia y Tracto, júbilo y gemido, son los dos modos que terminan el Gradual. El Alleluia llevando la palabra que canta hasta el exceso, hasta la voz inarticulada. El Tracto haciéndola más densa y dándole el tono grave del alma que conoce su herida.

Ya antes de ahora hemos encontrado en la misa el dolor y el gozo, en los Kyries y el Gloria, pero aquello era otra cosa, tenía otro carácter. Aquel dolor era dolor del hombre pecador; aquel gozo, gozo del hombre redimido. Pero aquí no es del hombre lo que se oye. El misterio propio de esta Lección es que nos da un eco del gemido inenarrable: es la voz de la Paloma oída en nuestra tierra[52].

“Hazme, Señor, gustar por amor —dice San Anselmo— lo que oigo por conocimiento; sienta por afecto lo que entiendo por inteligencia”.

            El Gradual da a sentir por amor lo que contiene la Epístola, y mueve por afecto, u por extremo afecto, cuando un movimiento en el altar anuncia el Evangelio que llega.

            Y de ahí sus dos movimientos: uno que depende de la Epístola recibida; el otro del Evangelio que llega. El primero canta, el segundo pone de pie y exulta.

Finalmente, en algunos días, aún después del júbilo o del gemido, se oye otra palabra: es la Prosa. La Prosa que significa el vuelo del espíritu corona en ciertas solemnidades esta admirable lección del Coro. Meditación del Alleluia; si es que el sublime Alleluia —entreme donde no supe— puede ser meditado.

La Prosa es como la danza de David, el Rey, alrededor del Arca del Señor: es la contemplación circular de un misterio.

Evangelio

Señores: Habitualmente los últimos neumas del Alleluia acompañan un movimiento en el altar. Los seis ministros que hemos visto moverse en el Introito, el Sacerdote, el Diácono, el Subdiácono, los dos acólitos, el turiferario, se mueven igualmente ahora y concurren de una manera precisa para el canto del Evangelio.

El Evangelio es el rito visible más solemne que tiene toda la Misa.

            El Sacerdote impone el incienso y luego bendice y envía a su ministro, el Diácono. Enseguida la procesión, con luces e incienso parte del medio del atar y se dirige al Norte, al lugar de las naciones y se preparan para anunciar el Evangelio.

El Subdiácono se pone de pie, mirando al Sur. A su derecha e izquierda se colocan los dos niños acólitos. El Subdiácono recibe el libro de los Evangelios y lo sostiene en alto, dándolo a leer: el libro abierto le tapa la cara. Los dos acólitos con los candeleros encendidos alumbran el libro; y frente a ellos se colocan: el Diácono —ministro propio de esta Lección— y el turiferario. Leamos en este rito.

Ese Subdiácono representa al pueblo judío: sostiene materialmente el Evangelio y lo entrega abierto a las naciones, pero el libro (la Letra) le tapa los ojos. Junto a él esos dos niños con luces son Moisés y Elías: son la Ley y los Profetas, que, como en la Transfiguración del Señor, dan testimonio del Evangelio. Esas dos luces son la Epístola y el Gradual, las dos lecciones preparatorias, las dos lecciones sin las cuales tenemos ojos y no vemos[53]. Y ved ahí que, frente al Subdiácono y a los niños, el Diácono, antes de cantar esta Lección, se persigna e inciensa el libro de los evangelios.

Señores: el Evangelio nos enseña a adorar al Padre en Espíritu y en Verdad; la verdad del Evangelio, (su verdad desnuda) es la Cruz, y su espíritu es espíritu de oración. El Evangelio es Verbum Crucis, es palabra de cruz. No puede recibirlo quien no esté tres veces señalado con este signo de la sabiduría de Dios, y no puede retenerlo quien no tenga en sí mismo, de algún modo, el fuego y la nube…

            Finalmente, notaréis que, mientras todo esto ocurre del lado del Norte, en el lugar de las naciones, el Sacerdote (a quien hemos visto de espaldas durante el tiempo de la Epístola) ahora, desde el lugar de los judíos, mira a los que anuncian la palabra con el rostro vuelto hacia ellos y a la Iglesia. Mira en figura de Aquél que vuelve el rostro a nosotros, en su Hijo, para darnos nueva vida.

            La Lección Evangélica no necesita comentarios; enunciar su rito es declarar su sentido. El Evangelio no es un comienzo, es perfección y cumplimiento. Es el término de la Ley y de los Profetas, el término de la Epístola y del Gradual, de la lección que intima y de la lección que canta.

Y los dos niños acólitos dan testimonio al Evangelio y lo iluminan, no porque el Evangelio necesite luz —¡es la Luz misma!— sino porque nosotros necesitamos de esas dos luces para poder alzar los ojos y para recibirlo de pie.

            Hijo de hombre, dice el Espíritu Santo al profeta: “Hijo de hombre, ponte sobre tus pies y hablaré contigo”[54]. “Ponte sobre tus pies”: así habla al pueblo la Epístola. “Y entró en mí el Espíritu después que me habló” [55]dice el profeta: Veis ahí el Gradual, el Alleluia, el Tracto, la Lección sin ministro, la palabra oscura infundida al alma: “Entró en mí el Espíritu después que me habló”; “y afirmome sobre mis pies y oí al que me hablaba”[56]. Epístola y Gradual, llamado y moción. Y luego: la Palabra misma, que dice, y se manifiesta, y es revelación y es presencia, para los que han sido afirmados sobre sus pies.

Credo 

Después del Evangelio el Sacerdote viene al centro del altar (como hizo cuando el Gloria) y canta estas palabras: Credo in unum Deum. Aquí el Sacerdote —in persona Dei — así como antes nos dio la revelación de la gloria, ahora se manifiesta autor de la fe. El Coro y el Pueblo toman el Credo de la boca del Sacerdote y lo cantan.

            Vosotros sabéis lo que es el Credo de la misa. No puede pedirse nada más noble, más fuerte, más simple. El pueblo cristiano se divide como en dos bandos que van alternando esos magníficos, esos gloriosos artículos de nuestra fe. El Credo de Nicea tiene una sublime adolescencia; es una cosa fuerte, serena y triunfal. Cuando se lo oye sentimos la enormidad de nuestra caída, sentimos ¡lo que hubiera sido el mundo! si hubiera recibido la fe.

Después de las tres lecciones, el Credo es una respuesta. Es el Amén de la inteligencia que ha recibido la doctrina; es la palabra de la fe que guarda las enseñanzas; es la afirmación orgánica, “total”, algo así como el “cuerpo del espíritu” que asimila, —en el sentido de la Tradición y de la Fidelidad— aquella admirable luz de las tres Lecciones divinas.

            Pero si por un lado el Credo recibe las lecciones, por el otro, protege los misterios. Con relación a la Ante-misa es el Amén de la inteligencia; con relación a la Misa es como la Espada de fuego.

            La Iglesia no puede entregar lo santo a los perros. Solamente los que confiesan la integridad de la fe pueden franquear este límite y llegarse, como hijos, hasta el árbol de la vida.

Síntesis de la Ante-Misa

Señores: ha terminado la primera parte de la misa, la parte ordenada a la preparación de los fieles. La Synaxis los redujo a la unidad de la oración. Las Lecciones los han llevado, por iluminaciones sucesivas, hasta la unidad de la fe.

Aquel Introito lleno de sentidos y misterios termina en este Credo. Y entre esos dos momentos perfectamente definidos el pueblo cristiano se ha puesto de pie dos veces: una vez para orar, la otra para oír. Y las dos veces, después de haberse preparado por dos modos diferentes de estar sentado.

            Sentados con dolor y gozo en los Kyries y el Gloria nos pusimos de pie para orar. Sentados con dolor y gozo en la Epístola y el Gradual nos pusimos de pie para oír. Kyries y Gloria, “integrantes” de la oración; Epístola y Evangelio “integrantes” del Evangelio. Entre el Introito y el Credo, pues, dos cosas solamente hemos hecho: hemos pedido y hemos recibido.

Transición de la Ante-Misa a la Misa[57]

Hemos pedido, y hemos recibido. Hemos llamado, y nos abren. ¡Bienaventurado el que comerá pan en el Reino de Dios![58]. He aquí la Misa. La Misa es el banquete preparado por el Rey para celebrar las Bodas de su Hijo.

            La Ante-Misa corresponde al deseo profundo de la criatura; está ordenada a lo que hay en el interior del hombre; se descubre y se explica por lo que hay en el interior del hombre. Pero la Misa es otra cosa. Para tener un presentimiento siquiera de lo que es la misa debiéramos estar en ella como el discípulo aquel, a quien Jesús amaba, y que estuvo en la Cena recostado sobre su pecho. No basta aquí saber lo que hay en el interior del hombre, aquí necesitamos conocer lo que hay en el interior de Dios.

Ofertorio

Señores: Así como en Dios hay Tres personas divinas así en la Misa, que es sacramento de unidad, hay tres misterios inmensos: el Ofertorio, la Eucaristía y la Participación.

Consideremos el rito del Ofertorio. Terminado el Credo todos nos ponemos de pie y el Sacerdote, después de besar el altar, se vuelve al pueblo y lo saluda:

—Dominus vobiscum. El pueblo responde: —Et cum spiritu tuo. Luego el Sacerdote, vuelto de cara al altar y elevando las manos, canta la única palabra: —Oremus. Este Oremus es el punto de partida de todo el Ofertorio, es decir, de dos series simultáneas de actos. Una que tiene lugar en el altar y la otra en la nave.

Después de este Oremus, en el altar, los ministros presentan al Sacerdote los vasos sagrados con el pan y el vino, y el Sacerdote los toma de sus manos, sucesivamente y los eleva delante del Señor y los pone sobre el altar.

            Entretanto, en la nave, los acólitos van de escaño en escaño presentando a los fieles la bolsa para la limosna, mientras el Coro canta la antífona del Ofertorio. Como veis, este rito es doble: es como aquel libro escrito dentro y fuera[59]. Dentro, en el altar, las ofrendas, Fuera, en el pueblo, el precio de las ofrendas.

            Pero no sólo son dos series paralelas de actos sino que cada una tiene su modo o espíritu, algo así como un ángel que la acompaña. El pueblo presenta la limosna depositándola en la bolsa que le es presentada, y la antífona que canta el Coro es el “espíritu, el afecto[60] de esa limosna”. La antífona del Ofertorio, dice santo Tomás, significa la alegría de los que ofrecen.

            Por su lado el Sacerdote, al disponer las ofrendas recita ciertas oraciones: Al ofrecer el pan, la oración Súscipe. Al mezclar el vino y el agua, la oración: Deus qui humanae substantiae. Al ofrecer el cáliz, la oración: Offérimus tibi. Al inclinarse, la oración: In spiritu humilitatis.

Y estas oraciones son el espíritu, la intención de las ofrendas. Acompañan el gesto de las manos pero exceden a esa presentación de pacíficos, a esa simple presentación del pan y del vino.

El ángel custodio que acompaña al niño, acompañándole “mira el rostro del Padre que está en los cielos”[61]. Estas oraciones que acompañan la presentación de las ofrendas, acompañándolas contemplan ya desde ahora la Pasión del Señor, es decir, el Sacrificio perfecto que vendrá después.

Pero ved ahí que, en seguida de la invocación: Veni Sanctificator el Sacerdote empieza el rito del incienso sobre el altar y las ofrendas.

Tenemos ahora la segunda parte del Ofertorio que también es doble y se desarrolla así: Fuera, en la nave, el coro ha terminado de cantar la antífona y da lugar al órgano. Y el pueblo, que ha terminado de dar la limosna, oye, por vez primera en la misa, la música sola. Y ve —algo así como a través del velo del incienso que sube allá en el altar, y del altar baja ordenadamente al Coro, y del Coro volverá de nuevo al altar, y le será ofrecido— ve lo que hace el sacerdote.

            Pero ¿qué hace allá dentro el Sacerdote? El Sacerdote ante las ofrendas preparadas va a recitar la oración Super Oblata, sobre las cosas ofrecidas, que es la oración del misterio, la oración misterial, es decir, determinante de todo este rito.  Pero antes de ese acto grave,— estrictamente sacerdotal, suyo, de él solo— , tiene algo así como tres escrúpulos:

Teme estar sucio: y se lava las manos (Lavabo). Teme por sus manos vacías: y las junta en medio del altar con memoria de los misterios de Cristo (Suscipe Sancta Trinitas). Teme estar solo, y volviéndose dice a los ministros, sólo a los ministros y con voz deprimida: Orate fratres. Y en este momento solemos ver su rostro a través del velo del incienso.

Los ministros le responden: Suscipiat… reciba el Señor el sacrificio de tus manos, etc. Y él, cuando ha terminado de oír toda esta respuesta, ofrece, es decir, recita la oración Super Oblata o Secreta; oración que es, podemos decir, la única de todo el Ofertorio, pues, todas las otras oraciones acompañan sus diferentes fases preparatorias, pero mirando a otra cosa, mientras que ésta lo especifica. Ésta, mira solamente al Ofertorio, y lo cumple.

Tan importante es la oración Super Oblata o Secreta, que, después de haberla recitado el Sacerdote en secreto —conformándose a la ley que hace que todo acto sacerdotal al ofrecer dones sea secreto— alza la voz, y con la exfónesis[62] del per omnia saecula saeculorum, pide el asentimiento del pueblo para el acto que acaba de realizar, él solo, por todos. El pueblo se pone de pie y da ese Amén.

            Así termina el Ofertorio. Este Amén responde al Oremus inicial, y, entre ambos, pasan las dos series simultáneas de actos, una dentro, la otra fuera.

Primero, en el altar (dentro) las ofrendas y la oraciones acompañantes; y en la nave (fuera), la limosna, precio de las ofrendas y la antífona acompañante.

Pasa luego el rito del incienso, que reitera a su modo aquel Oremus del principio y lo hace visible, y como él, se cierne, largamente, sobre el altar y el pueblo. Y con el incienso, la música. La música que es dada al pueblo para ayudarle a orar.

El Ofertorio nos dice, como el Señor a los discípulos en el huerto, Estaos aquí sentados mientras voy y hago oración allí. Y como el Señor en el huerto pide ser acompañado y no abandonado. El Ofertorio pide que el Sacerdote, que ofrece en el altar sea acompañado de la oración del pueblo.

Señores: El hombre es criatura con cuerpo y alma. Dos cosas hay en la Iglesia para ayudar al hombre en la oración según su cuerpo y su alma: los bancos y el órgano.

En los bancos dejamos el cuerpo para que no estorbe al alma. En la música dejamos el alma para que no estorbe al espíritu. Asientos y órgano están propter infirmos para ayudar nuestra debilidad.

Frente al Sacerdote que ofrece, frente a aquél que está delante del Cáliz, sólo dos actitudes son posibles al pueblo, sentado y distante. O tiene conciencia del sacrificio y entonces vigila y ora, y es para el Sacerdote como el ángel confortador de Jesús en la agonía, es decir, asiste y ofrece… O no sabe qué responder y duerme o divaga porque “sus ojos están cargados de sueño”[63].

           

Sentado —actitud de quien considera— el pueblo ve y oye: ve al Sacerdote y oye la música del órgano. Esta música mide la distancia de un tiro de piedra que separa al Señor de sus discípulos en el huerto y nos hace padecer el misterio sacerdotal.

            Por el Coro el pueblo responde. Por la música co-responde, y cuando el acólito le ofrece el incienso y cuando el Sacerdote, elevando la voz, le pide su Amén, el pueblo se pone de pie y se inclina al perfume y asiente a la oblación, con clara conciencia de lo que ha dado y de lo que le es pedido.

¿Qué ha dado? —Monedas. Pero ¿de lo superfluo o de lo necesario? —De lo necesario; puesto que en manos del Sacerdote esas monedas son pan y vino, son su pan y su vino, es decir, nuestro sustento y nuestra fortaleza.

            Y ¿cómo las dio? ¿Cómo quien paga el impuesto para librarse del fisco o como quien ofrece el fruto de sus manos, de su labor y vigilancia para quedar, para permanecer en medio de la vida, o como quien permanentemente está en la memoria de su pueblo?

Hemos dado y nos hemos dado. El Sacerdote que dice al Señor: Súscipe, recibe, es el mismo que dice Suscipiamur a te: seamos recibidos por Ti. El pueblo está unido al sacrificio como los vasos a las ofrendas, y más: como la gota de agua al vino, en el Cáliz.

El Ofertorio es un sacrificio inicial, abierto, ordenado por completo a la eucaristía que lo sigue. Aquí presentamos la materia del sacramento del sacrificio perfecto y no queremos quedar extraños a la Pasión del Señor. Nuestro Amén nos abre paso: y ved ahí la Eucaristía.

Acción – Prefacio 

Señores: la Acción sagrada o Eucaristía tiene dos partes. La primera es el Prefacio; la segunda el Canon. El Prefacio es público. El Canon es secreto.

            El Prefacio empieza con un diálogo solemne entre el sacerdote y el pueblo. Aquí, después del habitual Dominus vobiscum ya no se trata solamente de aquel Oremus que abre o preside el Ofertorio y que nos deja sentados, a lo lejos. Aquí el Sacerdote de pie dialoga con el pueblo también de pie y lo invita a entrar activamente en la alabanza. El corazón ha de estar ad Dominum[64] y el espíritu ha de tributar gracias: gratias ágere hallando en sí mismo y proclamando que ello es digno y justo, debido[65] y saludable.

            En el Prefacio el hombre ejerce con pleno discernimiento lo que en el hombre hay de más alto y noble: la razón, el juicio, la justicia. Reformado en su dignidad, coronado nuevamente con gloria y honor, el hombre está de pie, y toda la creación se une y se incorpora a él en Cristo, y él en Cristo y por Cristo, —pontífice único y eterno eleva las manos y ofrece al Padre Omnipotente el sacrificio de alabanza, fruto de los labios que conocen y pronuncian su Nombre.

En el Prefacio comienza, pues, la Eucaristía. La Iglesia se llega al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la compañía de millares de ángeles[66]. Se llega y pide que su voz sea admitida en los cielos.

            Pero, al llegar aquí, el rito se divide. Como tuvimos en el Ofertorio, como ocurrirá en la Participación, tenemos de nuevo un dentro y un fuera. Dentro, el Canon. Fuera, el Sanctus. Dentro, la entrada de nuestro Sacerdote al Tabernáculo perfecto, y fuera, el pueblo de rodillas, en el anonadamiento de la adoración.

Ciclo Sacrificial

Sanctus

El Canon es el Misterio de fe, es decir la conversión[67] del pan y del vino y el Sanctus es: como el velo que cubre ese Misterio. Es la adoración que clama, y se interrumpe, y vuelve a clamar, y se suspende, y queda en suspenso —como el abismo delante del abismo[68]— hasta que el Sacerdote alza la voz y pide finalmente al pueblo el Amén del sacrificio.

            Estamos en este momento central y esencial de la Misa como los israelitas delante del Tabernáculo de la Alianza: Cada uno mirando a la puerta de su pabellón, mirando las espaldas del Mediador y viendo todos cómo la columna de nube está parada a la puerta del Tabernáculo[69]. Ellos, leemos, por la puerta de sus tiendas, adoraban. Consideremos qué forma reviste esta adoración para nosotros.

Sanctus – Velo del Canon

Pidió la Iglesia en el Prefacio que su voz fuera admitida en los cielos, y ved ahí que los cielos dejan oír su voz en la Iglesia. El Sanctus comienza con el trisagio de los serafines. Los ángeles se asocian así a nosotros por causa de Cristo[70], nuestro jefe común, —más nuestro que de ellos— y adoran la divinidad con aquel clamor incesante de los que se dan voces, uno a otro, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de Sabaoth[71].

            Pero, de pronto, esta aclamación se interrumpe y la música solamente mantiene sus cuatro notas sublimes dando lugar así a que sea bien manifiesto al pueblo el gran misterio de la fe, es decir, la consagración, separada[72], de la Hostia y del Cáliz[73]. El Cuerpo y la Sangre son elevados sucesivamente[74] y ofrecidos a la adoración del pueblo.

            El pueblo, avisado por la campanilla, alza los ojos para mirar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es decir, ve: la primera vez la Hostia y la segunda vez el Cáliz, y, en ambas, la columna de nube del incienso a la izquierda del altar. Y dice, cada vez, en su corazón, aquel anonadante: ¡Señor mío y Dios mío! del reconocimiento del Apóstol[75].

            Y cuando termina la elevación, que nos ha mostrado distintamente esa separación[76] mística del cuerpo y de la sangre de Cristo, en la cual consiste y se consuma sacramentalmente el sacrificio, el Coro vuelve a tomar el canto del Sanctus, pero, ahora, no ya con el trisagio de los ángeles sino con la aclamación de los niños.

Los ángeles se callan —por reverencia a la Encarnación, diría, por reverencia a esa naturaleza humana y no angélica que tomó el Verbo— y el hombre, no hallando en sí mismo una voz más pura para adorar la humanidad de aquél que ha reparado su naturaleza, se llega a Cristo con la voz de los niños. El Coro canta: Benedictus qui venit in Nomine Domini.

            Y cuando, con el Hosanna in excelsis terminan las palabras de este Sanctus de la Misa, todavía seguimos oyendo sus notas un momento: el órgano fuga ese tema hasta que el Sacerdote llega al final del Canon, y, desde “los años eternos”, nos llama con el Per omnia saecula saeculorum, y pide al pueblo el Amen del sacrificio.

           

Tal es el ‘argumento’ del Sanctus de la misa. Ésa es la forma que toma nuestra adoración delante del Sacrificio del Altar. Ángeles alaban la divinidad de Cristo, Niños alaban su sagrada humanidad, y, entre las dos confesiones, la columna de nube —y la fe del pueblo que alza los ojos y ve el Cuerpo de Cristo primero y luego el Cáliz de la Alianza en su Sangre.

Canon 

Ahora, si me preguntáis qué hace el Sacerdote durante este tiempo, desde que dejamos de oír su voz en el Prefacio hasta la Consagración, y hasta que nos llamó en la exfónesis, os confesaré mi ignorancia[77].

            El Canon de la misa es el lugar terrible, “el Santo de los Santos” de nuestros misterios. El Canon de la misa es de aquellas cosas absolutamente sagradas y divinas, que piden suspensión y admiración y temor. Es como la zarza ardiendo, como el misterio de la Encarnación. Nadie puede entrar en ellas si ellas no descienden primero del cielo, de Dios.

Y ciertamente que yo también, como cualquiera, puedo leer el ‘texto’ del Canon, y poner el oído a las diez oraciones que van del Te igitur al Per ipsum. Y puedo trazar las figuras de esos signos, y mostrar cómo los dos enclaves[78] cortan aquí o allí, su línea: el Memento de los vivos, porque conviene que el recuerdo del hermano haga dejar un momento la ofrenda que se está ofreciendo; y el Memento de difuntos, porque ¡es grande el ardor de aquella llama![79].

Y podría también evocar los números sagrados que rigen en la enumeración de los santos: aquéllos veinte y cuatro del Comunicantes y los quince del Nobis quoque peccatoribus; los doce Apóstoles y los doce mártires; los ocho varones y las siete mujeres. Veinte y cuatro, quince y doce y ocho y siete —números místicos que denuncian misteriosamente al Israel de Dios y la peregrinación de nuestra vida, y el círculo del año, y el ciclo de la regeneración y las siete mujeres que echaron mano de Cristo y tomaron un varón para librarse del oprobio.

Y aun podría enumerar los siete órdenes de cruces que hace el Sacerdote sobre la hostia y el cáliz; y espiar cómo pone las manos en el Hanc igitur y cómo apoya lo codos en la Consagración. Pero todo esto, con ser tan alto, apenas si es balbuceo de niños.

El Amén del Canon

Para nosotros la entrada de este misterio está en aquel AMÉN que nos es pedido cada día. Amén que es como la puerta angosta del Evangelio: ¡pocos dan con ella![80]  El Amén del Canon es el Amén de los que han elegido la muerte para dar todo honor y gloria al Padre. Este Amén ‘configura’ y significa el Fiat, la exinanitio, o sea el aniquilamiento de la criatura por perfecta ‘con-formidad’ con el Hijo, y con el Hijo desamparado y crucificado.

            Mas, si la puerta de este misterio es Amén: su explicación tiene que ser conforme al Sanctus. El Sanctus tiene que darnos lo que el Sanctus nos vela. Hemos de ver el Canon a través del Sanctus por llama de fuego o balbuceo de niños. Es decir, por conocimiento inocente o trascendente[81].

Conocimiento “inocente”, balbuceo de niños, son esos círculos de la Sabiduría que he indicado antes, esos signos celestes que el Espíritu Santo a quien quiere cierra y a quien quiere abre.

Y en cuanto al otro conocimiento… Mirad: el profeta Isaías nos da testimonio del Sanctus cantado por los Serafines, que son llamas de fuego. El Apóstol San Juan nos lo revela en el Apocalipsis cantado por Querubines que están por dentro llenos de ojos. Esa transformación en inteligencia, de la llama de fuego en cuerpo llenos de ojos, es lo único que podría manifestar, realmente, el Canon[82].

            Todas las otras explicaciones desfallecen. Porque aquí, como en el Calvario: ténebrae factae sunt[83]. El Canon es misterio de fe. En el Canon, la Sangre ha oscurecido la luz.

Participación

Señores: el Amén del Canon termina la Eucaristía. Terminado el sacrificio, veamos ahora la Participación de la víctima a que somos admitidos.

La Participación o comunión, —último acto de la Misa— tiene una parte clara, el Padre Nuestro, y otra secreta.

Después del Pater el rito se divide y volvemos a la estrella doble, al libro escrito por dentro y por fuera[84], a las dos series gemelas, correspondientes:

el Silencio – y la Fracción

el Agnus Dei – y el Beso de Paz

la Música – y la distribución del Pan

la antífona de la Communio – y la adoración del pueblo.

Hasta que el sacerdote saluda por sexta vez a la asamblea con el Dominus vobiscum y tras de ese saludo recita la Post Communio        que es la conclusión de este rito y la última oración solemne de toda la Misa.

Pater

Consideremos el Padre Nuestro. Antes de recitarlo, en el prólogo del “Praeceptis salutaribus moniti” el Sacerdote se excusa en cierto modo de lo que va a hacer. ¡Se excusa de que va a llamar Padre a Dios! Luego eleva las manos con las palmas vueltas al altar, mostrando bien al Señor y al pueblo que no somos hijos sino en la medida de nuestra conformidad con el Hijo y con el Hijo crucificado. Y, con los ojos fijos en la Sagrada Hostia, se atreve a decir: Padre Nuestro que estás en los cielos…

            Entre las Lecciones y el Ofertorio, dijimos del Credo, que el Credo es con relación a las Lecciones el Amén de la inteligencia; con relación a los misterios es como la espada de fuego…

Luego, entre el Ofertorio y el Canon, entre la ofrenda del pan y el vino y la eucaristía del pan y el vino, hemos visto que el Prefacio, sacrificio de alabanza, nos une a la jerarquía[85] y junta a la tierra los cielos.

Este Padre Nuestro de ahora, entre el Canon y la Comunión, entre e sacrificio y la participación de sacrificio, es el primer fruto de la Misa. Los Dones piden las Bienaventuranzas. El Padre Nuestro nos da Padre en los Cielos y pan del cielo en la tierra. En el Padre Nuestro el Espíritu nos da testimonio de ser hijos, y nos hace elevar las manos diciendo: Abbá, Padre.

            Y el Padre, que ve en su Hijo Único al primogénito de muchos hermanos[86] dice a su Iglesia, a toda su Iglesia reunida: —Me llamarás Padre y no cesarás de ir en pos de Mí, no cesarás de santificar mi Nombre, no cesarás de recibir mi Reino, no cesarás de hacer mi Voluntad, en el Amor.

Pero, como sabéis, el Sacerdote no recita todo el Padre Nuestro. Cuando llega a la sexta petición, se detiene y el Coro canta: Sed libera nos a Malo![87] Y, a esa palabra, el Sacerdote responde Amén, en secreto. Amén misterioso, único en la Misa. Siempre es el pueblo quien dice Amén. El pueblo es quien asiente, quien desea. Pero en este momento, no el pueblo sino Dios mismo, dice: Amén.

            Este Amén es afirmativo: es la respuesta del Padre a su Hijo. El Padre no puede no oír al Hijo. Por eso el Sacerdote dice Amén, pero no es dado al hombre saber cómo lo oye, y por eso este Amén es dicho en secreto.

Fracción

Y he aquí, ahora, que el rito se divide. Después del Padre Nuestro un completo silencio, el único momento de completo silencio que tiene la liturgia, acompaña la fracción de la Hostia.

            Este rito de la Fracción reproduce la acción augusta del Señor en la Cena, al partir el pan. Gesto de amor y autoridad, al partir las dos especies nos recuerda[88] la Pasión. Aquí por primera vez se pone el Cuerpo sobre la patena, que significa el sepulcro.

            Pero como el Señor no es él solo sino él unido a toda su Iglesia —peregrinante, expectante y gloriosa— ved ahí ahora que el Sacerdote toma la Hostia, y teniéndola sobre el Cáliz, la parte en dos mitades: significando así la gran separación —de la muerte corporal— entre el pueblo cristiano que peregrina y el que ha pasado ya de este mundo.

            Luego, en una de las mitades parte un trocito que deja caer dentro del Cáliz diciendo (cantando): Pax Domini sit semper vobiscum[89]. Es decir que, en aquel gran pueblo que descansa sólo una partecita goza de la perfecta paz.  Este rito de la Fracción recuerda la triple unidad de la Iglesia y el alcance de la Misa: peregrinante, expectante y gloriosa, forma un solo cuerpo. La Eucaristía es el sacramento de su unidad y todas las almas beben de este único Cáliz cuya sangre pacifica todas las cosas[90], ya en el cielo, ya en la tierra.

Agnus Dei  

Enseguida del: Pax Domini sit semper vobiscum el Coro canta el Agnus Dei[91]. El Agnus Dei tiene algún parecido con los Kyries, pero no es el grito del pecador. El Agnus Dei es como el segundo mandamiento, el del amor al prójimo, que es semejante al primero, al amor de Dios. A los Kyries los acompaña el incienso sobre el altar desnudo porque la contrición mira a Dios. Al Agnus Dei lo acompaña el rito del beso de la paz, pues el amor del prójimo mira al hermano.

            Y la paz es dada de este modo: el Sacerdote besa el altar y abraza al Diácono que también le abraza a él, inclinándose uno y otro sobre su respectivo hombro izquierdo. El beso en realidad no es un beso. Es algo más significativo. Es un abrazo al hermano y un inclinarse sobre su hombro, es decir, sobre el lugar de la cruz a cuestas[92].

            Y esto denuncia claramente la caridad, pues al abrir los brazos al prójimo no se inclina ante lo que en el prójimo vale o atrae según la naturaleza, sino ante la carga que el Señor le ha impuesto. Alter alterius munera portate[93]. Amo si amo la cruz de mi hermano. Y si no, no amo a mi hermano sino a mí mismo en él.

            Pero oíd: al terminar el Coro el canto del Agnus Dei, cuando canta exactamente el: Dona nobis pacem![94] y en el momento en que el Subdiácono vuelve al altar después de haber dado la Paz al Coro, suena la campanilla. Es un aviso. Mientras la Iglesia se reconcilia el Sacerdote recibe la comunión sacramental.

Comunión del Pueblo

Y ahora, después de la Fracción y del Agnus Dei, después de anunciar la Unidad de la Iglesia y la Fraternidad de la Iglesia: he aquí la Comunión.

            El rito de la Comunión de los fieles es conocido. Oímos el órgano, que mantiene a su modo el tema del Agnus Dei que acaba de cantar el Coro. Vemos al Diácono inclinado, que recita el Yo Pecador. Luego el Sacerdote se vuelve y da la absolución. Luego toma el copón, y presentando una forma al pueblo, dice (como el Bautista): He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo…

            Este momento es admirable. El Sacerdote y los ministros están de pie, junto al altar, vueltos al pueblo. Detrás de ellos vemos la Cruz, los cirios. Están pues los tres debajo de aquel Árbol, como los tres ángeles que en los días del Génesis visitaron a Abraham para anunciarle que volverían acompañados de la Vida. Ahora cumplen la promesa. Ahora nos traen el bocado de pan. Nosotros, como el inmenso Patriarca, vemos tres y adoramos uno.

           

Y he aquí que el Sacerdote y los ministros bajan las gradas del altar y distribuyen el pan eucarístico. Podemos preguntar como Israel, ante el maná ¿Man – hu? ¿Qué es esto? Quid est hoc? Hoc est enim Corpus meum. Esto es mi Cuerpo. Esto es el Pan que el Señor te ha dado para comer en el desierto y para hacer prueba de ti, si andas en su Ley o no…

Ahora bien, distribuida la comunión cesa la música del órgano y el Coro entona la antífona de la Communio. En la nave, el pueblo está de rodillas, y adora. En el altar, los ministros retiran los vasos sagrados.

De la antífona del Ofertorio dijimos: es la alegría de los que ofrecen. Esta antífona de la Communio, gemela de aquélla, pero generalmente más breve y más tierna, es la alegría del bien recibido.

El Ofertorio, que recibió de nosotros el pan, dice a la Communio, que nos ve recibir este Pan:¡Oh admirabile commercium![95] Y la Communio en la unión, en la común unión con el Sumo Bien recibido, dice al Ofertorio: ¡Si supieras el don de Dios![96]

La antífona de la Communio, pues, acompaña la adoración del pueblo. Por su sentido es como la cera[97] del altar, es pura adoración y gozo. Por sus palabras es como la lámpara de aceite —brilla en lo más quieto y sosegado del alma. La antífona de la Communio es la voz de la presencia real.

Post Communio

Pero ved ahí que el Sacerdote se vuelve al pueblo. Una vez más besa el altar y nos da la paz, y, con igual rito que en la Colecta recita ahora la Post Communio.

La Post Communio es la última oración solemne de la Misa. Completa el rito de la Participación, del mismo modo que la Colecta completó la Synaxis. Es una oración breve, clara, precisa. Pide la virtud del sacramento recibido.

Missa est: Resumen y saludo

Señores: hemos llegado al final de la misa. Temo haberos fatigado excesivamente, pero permitidme decir una palabra aún. El Introito es el porche de la Catedral y los actos que consideramos de la Reunión preparatoria o Synaxis y las Lecciones, son como los tramos de la gran nave central. Todo aquello, sin embargo, era Ante-misa; deseos, preparación, instrucción del pueblo.

            Luego vimos la Misa propiamente dicha: el santuario y lo santo, el esplendor del crucero y del ábside.

El Ofertorio, el Canon y la Participación son los tres inmensos misterios en los que se quisiera vivir esta vida para gloria de la misericordiosísima Trinidad.

En el primero —el Ofertorio— al Padre Creador a quien, criaturus, ofrecemos dones de la tierra. En el segundo —el Canon— al Hijo Redentor con quien, hijos, ofrecemos al Padre su propio Hijo. En el tercero —la Participación— al Espíritu Santo santificador de las almas anunciado[98] del Esposo por quien recibimos al Padre y al Hijo.

Pero ved ahí que, en los tres misterios hemos hallado una parte clara y rotunda y otra obscura: el Credo, el Prefacio, el Padre Nuestro, son actos evidentes.

Pero, entre el Credo y el Prefacio, entre el Prefacio y el Padre Nuestro, entre el Padre nuestro y la Post communio, están los misterios dobles, los enigmas del libro escrito dentro y fuera, las series de actos simultáneos que se responden; los actos sacerdotales, secretos, y su pasión por el pueblo, y su expresión en la boca del Coro. Aquella Antífona del Ofertorio sobre las ofrendas; aquel canto del Sanctus sobre la Eucaristía; aquel suavísimo Agnus Dei y la Communio sobre la Fracción y la Participación.

En la Misa, pues, lo claro es de piedra, y canta. Y lo oscuro es espesura. Es espesura, es riqueza: mons coagulatus! Monte cuajado. Aquí le plugo al Señor habitar.

 Señores: Hemos llegado al final de la misa. Las tragedias antiguas tenían éxodo, nuestra liturgia tiene una despedida solemne y un saludo. Y, cosa misteriosa, la despedida y el saludo son una invitación.

Ite, missa est

Ved aquí que el Sacerdote y los ministros están de pie, uno detrás del otro, como los hemos visto tantas veces en mitad del altar. El Sacerdote dice al pueblo por última vez: Dominus vobiscum. Y luego el Diácono se vuelve al pueblo y canta solemnemente para todos, con neumas admirables: Ite, Missa est[99].

A esta palabra responde el Coro, con las mismas notas, con los mismos neumas: Deo gratias[100]. Luego el órgano toma el tema y lo fuga, y mientras la música mantiene así en el aire sonoro con todo el brillo imaginable, unum contra unum, la invitación misteriosa y el Deo gratias gemelo, el pueblo cae de rodillas y el Sacerdote, se vuelve, lo bendice, y, dirigiéndose al lado del norte, recita en silencio el prólogo de San Juan.

Tal es la despedida de la Misa. ¿Qué sentido tiene?

El Ite, missa est, quiere decir: Id, todo está concluido, vuestra ofrenda ha sido enviada. Luego, la bendición, nos dice: la Derecha del Padre os bendice. Y por fin, el último evangelio, como su Dedo, os señala el evangelio espiritual.

El Verbo se hizo carne y su sacrificio (por la comunión) ha pasado ahora del altar al pueblo. Id pues, y que vuestras obras glorifiquen al Padre. Habéis gustado del don de Dios. Habéis pasado de la vanidad a la verdad. Id pues, ahora, del altar al mundo. Es decir, de la esfera de los misterios a la esfera del testimonio.

            Ite, Missa est, quiere decir: todo está consumado, apresuraos a entrar en el reposo. El Verbo se hizo carne: es posible en el hombre algo que no nace del hombre.

            Missa est, podemos ser hijos, somos realmente hijos, nacidos de Dios y escondidos en Dios con Cristo.

            La despedida de la Misa proclama un cumplimiento e intima una misión. Da término a la acción sagrada y es el comienzo, el envío de nuestra acción en el mundo.

ANEXO I

En este anexo se reúnen los exordios de las distintas circunstancias en las que Dimas Antuña pronunció esta conferencia. El siguiente exordio es al parecer el más antiguo, el de 1932, pronunciado probablemente en el Instituto Santo Tomás de Aquino.

“Reverendo Padre, Reverendas Hermanas, Señoras, Señoritas:

He sido amablemente invitado a hacer una lectura en esta reunión. Al hacerlo —y muy complacido— me permito deciros que cuento en este momento con vuestra cultura y con vuestra fe. Vuestra fe os hará inteligible un tema que, fuera de la fe, y de la vida que produce la fe, no tiene ningún sentido. Y vuestra cultura suplirá (y os lo ruego que sea benévolamente) las deficiencias de mi palabra”.

ANEXO II

“Monseñor, Reverendos Padres, Señoras, Señores:

Es un gran honor para mí dirigiros la palabra. Es, además, un gran placer porque yo sé que Córdoba se interesa todavía por las cosas del espíritu, que vosotros os habéis congregado, no por mí, sino por el tema de que trato. Porque sabéis qué es la misa. Y yo os traigo confiadamente esa palabra porque no hablo ante vosotros con las exigencias del que enseña, sino con la libertad del que recuerda. No soy doctor; soy… poeta. Me avergüenza decir esto, pero mi deseo sería hallar una palabra “que no estorbe la música”.


[1] Se conservan en el archivo cuya custodia me confió su viuda Angélica Valla López de Antuña, tres versiones, mecanografiadas y anotadas a mano, de esta conferencia que pronunció en diversas ocasiones y que se fue perfeccionando a través de los años. La primera redacción es de 1932 y fue pronunciada en Córdoba. Una tercera redacción se conserva incompleta o se pronunció fragmentada en Río de Janeiro en 1943 desde el Kyries al Gloria. Algunas partes se publicaron en la revista Itinerarium, Santa Fe. Véase por ejemplo el Capítulo 11.

Entre los varios exordios que se conservan, he elegido el pronunciado en el Centro Dom Vital de Río de Janeiro en 1943. Nos muestra cómo se consideraba a sí mismo Dimas Antuña más como quien comparte que como quien enseña.

El presente texto es el resultante de la compulsa —no científica— y de la combinación de los tres manuscritos. Combinación que produjo un texto que sobrepasa bastante la posible duración de una conferencia y lo acerca a la categoría del ensayo y a las dimensiones de un librito. Bien puede considerarse como una síntesis de la obra que José Luis (Dimas) Antuña, dejó inconclusa.

[2] Centro que fue el precursor de la Universidad Católica de Río de Janeiro, análoga y contemporáneamente a los Cursos de Cultura Católica que en Buenos Aires fueron precursores de la UCA. La conexión era a través del apostolado intelectual de los PP. Benedictinos de ambas ciudades.

[3] La música litúrgica, el órgano, que suena en los momentos más solemnes de la liturgia, y de la que Dimas Antuña se ocupa especialmente tratando del rito de despedida, al final de la misa.

[4] Una anotación a mano sobre la palabra “padecer” la explica como “integrarse en”

[5] En nota a mano titula subrayado lo que sigue: Propósito

[6] Lucas 22, 11

[7] Cita implícita de 1ª Corintios 4, 9 Deus nos apostolos novissimos ostendit tamquam morti destinatos quia spectaculum facti sumus mundo et angelis et hominibus. “El Señor nos muestra como destinados a la muerte porque hemos sido hechos espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres” como los gladiadores en el circo.

[8] Dimas Antuña no se detiene aquí a explicarlo, pero se forma así el árbol de luz, el candelabro de siete brazos de la liturgia judía, donde la luminaria central es el Cristo Crucificado, Luz del mundo

[9] ANUNCIO con mayúsculas en el original.

[10] REVELACIÓN, PROPOSICIÓN, MENSAJE, están destacadas con mayúsculas en el original

[11] “Quita de nosotros” es el comienzo de una oración que en castellano: Quita de nosotros, te pedimos Señor, nuestras iniquidades para que merezcamos entrar con mentes puras al Santo de los Santos”

[12] Llamada ‘ara’ es decir ‘altar’.

[13] “Y que el altar de la santa Iglesia es el mismo Cristo”

[14] Al margen anota Dimas: “La suscepción; ejemplos concretos: Pentecostés, Pasua, Bodas, Asunción, Requiem.

[15] Señor, Cristo, ten misericordia de nosotros

[16] “Conózcame a mí, conózcate a ti” dice San Agustín. (Soliloquios II. I-II)

[17] “Acuérdate de lo qué estoy hecho”, que es como decir: “Acuérdate de lo que soy”

[18] CLAMA con mayúsculas en el original

[19] Ezequiel 8,8 “abre una brecha en la muralla”

[20] Salmo 49, 21, Vulgata: Hoc fecisti” et tacui

[21] Gloria en las alturas a Dios…

[22] En la persona o en el lugar de Dios, en nombre de Dios…

[23] Dios Trino evocado, figurado dice Dimas, por los tres ministros

[24] Lucas 2, 16

[25] Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias

[26] Tú solo Santo, tú solo Señor, tú solo Altisimo

[27] El Señor con vosotros. En los misales de los fieles se traducía “El Señor esté con vosotros”. Dimas interpreta “El Señor está con vosotros”

[28] Evoca la bendición que Dios dicta a Moisés y Arón para bendecir al pueblo en Números 6, 24-26. En la Misa se agrega el beso comunicado al pueblo, proclamado al pueblo de parte de Dios por boca del Sacerdote.

[29] Como el resucitado al mostrar sus llagas gloriosas a los discípulos en las apariciones

[30] Madre de Dios

[31] 2 Crónicas 15,2: Dominus vobiscum quoniam vos fuistis cum eo. Si quaesieritis eum invenietus: si autem derelinqueritis eum, derelinquet vos. El Señor está con vosotros porque estuvísteis con Él, si por el contrario lo abandonareis Él os abandonará. “El Señor con vosotros”, el Emmanuel, es lo que llaman los exégetas “La fórmula de asistencia” que asegura el auxilio de Dios en los contextos de Guerra Santa.

[32] Tachado: que están en el aire. Quizás como recogiendo, re-colecta-ndo, en uno la oración de todos los fieles a la que alude inmediatamente.

[33] Tachado: sacerdotal

[34] Aclaración a mano: “de la Iglesia”

[35] En boca de Dimas Antuña la expresión “los que crecen” encierra la evocación de sus escritos sobre San José, cuyo nombre hebreo Yosef significa “el que crece”, “el que recibe incremento”. Su libro sobre San José se titula así: “El que crece”.

[36] Así en el original.

[37] Alusión a la respuesta de Adán pecador interpelado por Dios en el Paraíso Génesis 3, 10

[38] Ver Vulgata Habacuc 3,2: Domine, audivi auditionem tuam et timui, Domine, opus tuum, in medio annorum vivifica illud; in medio annorum notum facies; cum iratus fueris, misericordiae recordaberis

[39] Salmo 88, 48 “Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida y lo caducos que has creado a los humanos”

[40] En el manuscrito otras opciones para “El Creador nacido”: 1) en el misterio manifestado y 2) tachada: ‘y canta la victoria de Xto’ in gloria Dei Patris.

[41]. “Antes de la oración prepara tu alma, y no seas como quien tienta a Dios”. En otras versiones “Antes de hacer tu voto…”Vulgata: Ante orationem praepara animam tuam, et noli esse tamquam homo qui tentat Deum,  Eclesiástico 18, 23

[42] Es decir: dolor y gozo.

[43] “Guarda tu pie al entrar en la casa de Dios”. Vulgata: Custodi pedem tuum ingrediens domum Dei et appropinqua ut audias, Eclesiastés 5, 1

[44] Vulgata: Ut ignotescant multifariam sapientiam Dei, Efesios 3, 10. Ver Hebreos 1, 1 “De muchas maneras habló Dios...”

[45] Ezequiel 44, 5

[46] Lamentaciones 4, 2, Ver Jeremías 19, 11

[47] Hebreos 8, 5 citando a Exodo 26, 30

[48] Efesios 5, 14

[49] Salmo 48, 5

[50] Ver Mateo 13, 35

[51] Ver Salmo 33, 9

[52] “Vox turturis audita est in terra nostra”, “El arrullo de la tórtola se deja oír en nuestros campos” Cantar de los Cantares 2, 12

[53] Salmo 115, 13; ver Juan 9, 41

[54] Ezequiel 2, 1

[55] Ezequiel 2, 2a

[56] Ezequiel 2, 2b

[57] Anotación a lápiz bajo el título Transición: OMNIA PARATA VENITE AD NUPTIAS (Todo está preparado, venid a las nupcias)

[58] Lucas 14, 15

[59] Apocalipsis 5, 1

[60] Dimas anota a lápiz como sinónimo: afecto. Y al margen también a lápiz: musica movet affectus: la música suscita el afecto

[61] Mateo 18, 10

[62] Pronunciación en voz alta, pregón

[63] Mateo 26, 43

[64] Vuelto al Señor

[65] En una de las versiones “equitativo”, en otra posterior: “debido”

[66] Hebreos 12, 22

[67] En las versiones anteriores se leía consagración.

[68] Salmo 41, 8

[69] Véase Exodo 33, 8ss

[70] En versiones anteriores: Jesús

[71] Isaías 6, 3 Tsebaot = de los ejércitos

[72] SEPARADA, con mayúsculas y subrayada a lápiz en el original, insistiendo en que la consagración es por separado. Como, por otra parte, fue por separado el ofrecimiento del pan y del vino.

[73] Tachado: en el cual consiste el sacrificio.

[74] SUCESIVAMENTE con mayúsculas y subrayado junto con lo que sigue.

[75] Juan 21, 28

[76] SEPARACIÓN resaltado de nuevo con mayúsculas y subrayado

[77] Al margen anota: “Lo que veo, Subdiácono à” y debajo “Lo que sé”

[78] Enclaves: Dimas Antuña nota cómo ambos mementos están como incrustados en el misterio del Canon, como oraciones de intercesión que en ambos momentos entrecortan la continuidad de la línea sacrificial. Se podría agregar al Memento de difuntos el subsiguiente Nobis quoque peccatoribus que es oración del sacerdote por el orden sacerdotal del que forma parte, y va unido al Sumo sacerdote como a su cabeza.

[79] Parece evocar la queja del rico condenado a las llamas en la parábola, Lucas 16, 24

[80] Mateo 7, 13

[81] Inocente o trascendente escrito a mano sobre las palabras tachadas: simple o por transporte

[82] Es decir la combinación de los atributos de los dos órdenes angélicos: Serafines y Querubines

[83] Cita de Lucas 23, 44 Sobrevinieron tinieblas

[84] Ezequiel 2, 9

[85] Angélica de los Serafines

[86] Romanos 8, 29

[87] Mas líbranos del Malo

[88] Despues de ‘nos recuerda’ el autor tacha la palabra ‘perpetuamente’

[89] La Paz del Señor esté siempre con vosotros

[90] Colosenses 1, 20

[91] Cordero de Dios

[92] Ver Gálatas 6, 2: Alter alterius onera pórtate, cada uno cargue con la carga del otro.

[93] Gálatas 6, 2: Alter alterius munera pórtate et sic adimplebitis legem Christi Lleve cada uno la carga del otro y así cumpliréis la ley de Cristo

[94] Danos la Paz

[95] Dimas evoca la exclamación de San Agustín ¡Oh admirable intercambio! ¡Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea hecho Dios! Esta frase, recogida por la Iglesia como antífona de la Communio ha sido objeto de las composiciones de los más afamados músicos de nuestra fe

[96] ¡Si conocieras el don de Dios! dice Jesús a la Samaritana en Juan 4, 10

[97] La cera que arde en el altar ilumina quemándose y de ese modo su ardor ilumina gozosamente el interior

[98] En el texto manuscrito esta palabra la leemos conjeturalmente: anunciado o anunciador

[99] Id, la Misa ha terminado

[100] Demos gracias a Dios


 

6. INTROITO[1]

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor ¡que vea!

Marcos 10, 51

RITO 

En este momento el Sacerdote y los ministros entran en la iglesia y se dirigen al altar. Lo hacen en este orden: delante viene el turiferario, luego dos niños acólitos con luces, luego el subdiácono, luego el diácono, finalmente el celebrante. Pasan por medio del coro y cuando llegan al plano del presbiterio se detienen delante de las radas del altar, se descubren, saludan y se quedan de pie.

En el mismo momento de su entrada el pueblo se pone de rodillas y el coro canta el Introito. El pueblo de rodillas, ve y oye. Ve a los ministros de pie (el sacerdote en el medio, a su derecha el diácono, a su izquierda el subdiácono) y oye lo que canta el coro.

El canto del coro se desarrolla así: primero, todo el coro canta una antífona lenta, pausada, rica de sentido y de expresión; luego una voz canta un verso y a ese verso responde el coro; luego la misma voz canta: Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, y le responde de nuevo todo el coro; finalmente todo el coro canta, y con la misma música, aquella extensa y rica antífona del principio.

I

DICEN los Santos Padres que la antífona del Introito significa el deseo de los Santos Patriarcas; que su verso cifra el anuncio de los Profetas, que el Gloria denuncia la predicación de los Apóstoles, y que en la reiteración de la antífona se significa cómo la Iglesia actual, es decir, nosotros, los que estamos aquí reunidos, recibimos, ahora, aquello mismo que desearon los Patriarcas, anunciaron los Profetas y enseñaron los Apóstoles.

La forma alternada del canto lleva esa disposición mística, pero si atendemos, no a

enlaces sino al sentido de las palabras, hallaremos que el Introito tiene el carácter de un anuncio. Es una revelación, una proposición, un mensaje; tiene el color del tiempo, da la nota del día[2]. Resumen del oficio divino nace, cada día, de la profundidad de la noche y comunica al pueblo, cada día, un determinado misterio.

Este canto es como el porche de una catedral. Va de afuera hacia adentro con figuras enlazadas que dialogan, perfila en profundidad el espesor del muro y abre de par en par la puerta, una puerta de gloria, por donde se ve toda la iglesia, hasta el altar.

Pero ¿qué hacen allí de pie, precisamente ante las gradas del altar, el Sacerdote y los ministros? En su estación el Sacerdote y los ministros recitan, en voz baja, para ellos solos, primero el salmo cuarenta y dos: ¿por qué estás triste alma mía?[3]; luego, el Yo pecador; luego unas preces y, finalmente (en un momento que coincide con la reiteración de la antífona del Introito por el coro), suben las gradas.

Como término de su entrada a la Iglesia, pues, el Sacerdote y los ministros se detienen y se disponen para subir al altar. Hecha la señal de la cruz el Sacerdote dijo: Introibo ad altare Dei[4] y, al decir esto, halló que era hombre. El Salmo cuarenta y dos expresa la turbación del hombre delante de Dios. Pero no es hombre solamente, es también pecador. Hombre teme; pecador se acusa (Confiteor[5]). Pero no es pecador solamente, es también cristiano. Las preces son el diálogo de la piedad cristiana que espera en el Señor. En fin, el Sacerdote y los ministros purificándose en voz baja con el Aufer a nobis[6] suben las gradas y, al llegar al altar, el Sacerdote se inclina y lo besa. Es decir, se une a Cristo (Altare quidem Ecclesiae ipse est Christus[7]), se apoya en la comunión de los santos, pone sus manos sobre aquello mismo que está recibiendo el pueblo, en este momento, con la reiteración de la antífona.

Tal es la economía del Introito. En el santuario, procesión y estación de los ministros; en la nave, postración del pueblo y, entre ambos, el coro, de pie, que canta con una cierta progresión, con una cierta economía, con un cierto orden, primero la antífona, luego el verso, luego la doxología, (entre los ministros de pie y el pueblo de rodillas) y, finalmente, una segunda vez, la antífona mientras los ministros suben las gradas y el pueblo se sienta.

El canto del coro manifiesta la entrada del Sacerdote al altar y, conforme a la revelación que contiene esa entrada, el pueblo accede a los misterios.

II

AL ENCENDER el cirio el acólito, en la cera nacen a la vez la luz, la llama, el fuego. En este acto del Introito hay simultáneamente entrada, canto, postración: entrada del Sacerdote, canto del coro, postración del pueblo.

El sacrificio del altar empieza, pues, por una entrada, por un: —He aquí que vengo[8], y en esto hay un misterio de sabiduría. Como tal es oscuro y tiene que ser revelado. El sacerdote y los ministros en la procesión y estación y al subir al altar lo revelan; el coro, en las voces y enlaces de la profecía lo manifiesta y, el pueblo (que ve al Sacerdote y oye al coro), postrado, lo recibe.

Misterio de la sabiduría mira al Padre y su raíz está en el temor. De ahí la postración del pueblo. En el pueblo el Introito dice: —¡Señor, oí tu anuncio y temí! (porque el pueblo oye el coro que anuncia) y —¡Señor, tu obra, en medio de los días, dale vida![9] (porque el pueblo ve al Sacerdote que entra).

Esa entrada, verdadera entrada de Cristo, una forma, entre mil, del: —¡He aquí que vengo![10] de la Encarnación, provoca la profecía. Y por eso el coro, que afina con el cielo y guarda las vigilias de la noche, canta. Canta el misterio que revela el sacerdote al llegar revestido.

La posición del coro es intermedia entre el altar y la nave, entre Dios y el pueblo. Profeta de Dios y boca del pueblo, manifiesta al pueblo lo que revela el Sacerdote y expresa a Dios lo que padece la Iglesia.

El Introito de la misa, pues, está tanto en el Sacerdote que entra, como en el coro, que canta, como en el pueblo, que adora. Todos concurren. Todos llegan. El sacerdote viniendo de adentro; el pueblo, de afuera, y el coro (movido por el cielo) de lo alto.

Para el pueblo que viene de la ciudad, el Introito es el porche de la catedral: a través de las figuras y las profecías le da entrada al santuario y, por él, en admiración y temor, el pueblo entra. Para el coro, que viene de las vigilias de la noche, el Introito es la desembocadura del Oficio Divino: pasaje de la profundidad contemplativa al bocado de pan que alimenta, enlace de aquel dum medium silentium[11] con el día, del oficio con el sacrificio. Y para el Sacerdote y los ministros, que vienen de adentro, de la Sacristía (figura de la Sinagoga de donde sale el Señor), el Introito es ellos mismos, es decir, Cristo Encarnado. Revestidos, su entrada en la iglesia revela, y pide inteligencia.

Inteligencia simple porque el ojo sencillo de la fe tiene que ver en tal hombre al Sacerdote, y en el Sacerdote a Cristo, y en Cristo a Dios; e inteligencia múltiple (alas, multitud de ciencia), porque en esa entrada hay sabiduría y, en todo misterio de sabiduría (como de la Sabiduría misma) debemos preguntarnos: —Multiplicationem ingressus illius, quis intellexit?[12]

La multitud de sus entradas, las entradas muchas y muy multiplicadas del Introito ¿quién las entendió? Uno y el mismo por su estructura (entrada del Sacerdote que provoca al coro) uno y el mismo por su función (dar acceso), ¿quién dirá la riqueza de sus palabras, la novedad de sus mensajes, los enlaces de sus figuras, el alcance de sus noticias? La Sabiduría mira al Padre y juega[13]. Suavidad y fuerza y riquezas, rigor y vida hay en ese juego.

Y por eso el Introito, uno y el mismo, es una parte variable de la misa. Dice invariablemente al pie del altar cada día con el Sacerdote: —¡Entraré al altar de Dios![14], pero según el movimiento del año, varía. Del oficio tiene el carácter de los tiempos, el ambiente de las estaciones, sus momentos de paz o de drama, la distinción de luz: claridad, niebla, llanto o deseo, o angustia, o gozo…

            Hay Introitos solemnes y resplandecientes, inolvidables de esplendor y júbilo. ¿Qué cristiano no oye siempre, perennemente, en su alma, los introitos de Resurrección, Navidad, de Pentecostés o el Gaudeamus omnes in Domino[15] de la Asunción de María?

            Y los hay simples y comunes, con revelación al oído, en la intimidad antigua y siempre nueva de un Común de mártires o de vírgenes; canto por transparencia, común en la palabra pero único y de maravillosa novedad en la incidencia con que esa palabra común ilumina en tal día determinado a tal mártir, a tal virgen…

            Y los hay profundos de dolor, de gozo, de angustia, de intensidad de luz y afecto, de hondura de drama: introitos de las misas feriales de Cuaresma; introitos, dramáticos, del tiempo de Pasión; angustia y deseos, tierra ansiosa de Adviento, o intensos, pero de esplendor, como en Epifanía —oro purísimo, coruscante de la más alta doctrina, que nada podrá jamás oscurecer!

            Otros introitos son límpidos y cantan, simplemente. Como si sólo quisieran ajustar la voz al color y manifestar el sentido que tienen el blanco, el rojo, o el violeta, o el verde de las vestiduras. (La Sabiduría, que sale al encuentro como madre pero que tiene que ser recibida como esposa virgen, suele tener caricias, de madre, para velar un poco a nuestros ojos débiles, y a nuestro corazón, más débil, la terrible presencia de su belleza de esposa…).

            Y hay introitos profundamente humanos. Oigo el de la misa de bodas, aquel: —Deus Israel conjugat vos![16], que reduce todo el pueblo de Dios (como en el paraíso) a dos personas, y aun éstas son miradas como criaturas únicas, ¡como dos unigénitos!

Y profundamente divinos, como el Requiem, que, sobre el negro y oro de la muerte vencida, victoria de la fe, sueño que absorbe la multiplicidad, levanta esa voz tan pura, tan segura de sí, tan dulce, que pide (y más que pide, canta) el misterio del eterno descanso, es decir, el misterio de la paz en la fruición de la luz.

            Pero estas riquezas de la Sabiduría que da, se multiplican en las de la iglesia que recibe; y así el Introito, diverso por el mensaje (cada día una palabra diferente), difiere también por el alcance de esa palabra. El misterio de su comunicación aumenta, irradia y se vuelve inagotable al entrar en el misterio de la iglesia. Podemos decir lo general, indicar su dirección y su color, pues vemos el altar adonde lleva y nos guía el sentido del canto que lo manifiesta, pero este anuncio —que viene de la noche y que el Sacerdote provoca, al entrar— dado a todos, es recibido por cada uno, y, en este sentido su secreto, que sólo conoce aquél que lo recibe, de cada alma.

III

            EN LA MISA se resume el misterio de nuestra salud, dice Santo Tomás. Este misterio es temporal y eterno, divino y humano, y así, el Introito, puerta de la misa tiene ese doble carácter. Divino, es fuerza sin violencia que compele a entrar; humano, muestra un rostro y, con lazos de Adán (ternura humana, benignidad de nuestro Dios) atrae.

            “El cielo mueve el puente de los días” (Fijman[17]). La iglesia, unida a Dios, peregrina. Conforme a la condición de la pura criatura, y criatura humana (memoria y esperanza), va en el espacio en el tiempo.

            Pero su espacio reúne porque lleva un centro, el altar; y no está sometida al tiempo porque su oración, voz de esposa del Verbo, lo supera. Esta peregrina está en el Sér[18], anterior a todos los caminos y, desde ese punto (ese todo), su noche, noche del alma, profunda, en el Invitatorio llama, y su día, ya claro, en el Introito da lugar.

            Dum medium silentium[19] invita el Invitatorio; después de Tercia, llena la iglesia del Espíritu, el Introito hace entrar. A los que invita el Oficio prometiéndoles un cierto día, un Hoy, el Introito les muestra la mesa preparada.

El pasaje del oficio al sacrificio es visible: lo da la entrada del Sacerdote. Verdadera entrada de Cristo, suscita la profecía y hace cantar al coro. En los enlaces de la antífona, del verso, de la doxología (presencia con nosotros de los Padres, los Profetas, los Apóstoles), mientras los ministros se preparan en privado para subir al altar y consideran en voz baja que son hombres (tristeza, quare tristis es…? [20]: pecado, Confíteor, y esperanza, preces) el coro entrega su mensaje, hijo de la noche, desembocadura del oficio divino.

            El Sacerdote que entra revela; el coro, que canta, manifiesta; el pueblo, postrado, recibe. Y cuando los ministros suben al altar y el Sacerdote besa la piedra, su beso sella el Introito. Sella, secreta, íntimamente, este espléndido rito la de entrada que revela, de la profecía, que manifiesta; de la postración del pueblo que, en lo que ve y en lo que oye, recibe, y este beso es la iglesia, es decir, la reunión in osculo sancto. La iglesia que entra congregada de afuera, según llega el pueblo; movida de lo alto, conforma al coro, y saliendo de adentro (de la Sinagoga, del seno inescrutable de las dispensaciones divinas), según sale el Sacerdote para cumplir cada día en ése: – He aquí que vengo de la entrada de Cristo, el deseo de los Padres, la iluminación de los Profetas y el testimonio de fe de los Apóstoles, y darlo, aquí ahora, al pueblo: al pueblo que, deslumbrado (—¡Señor, oí tu anuncio y temí! ¡Señor, tu obra, en medio de los días, dale vida!), ve y oye, recibe la palabra y al integrarse, por ella, en el misterio, empieza así a oír su misa.


[1] Publicado en la revista ITINERARIUM 46(1945) Abril-Mayo págs. 71-79 bajo el sobretítulo “La liturgia y el ciego” como los siguientes tres artículos que publica en esta revista y se titulan 2) Kyries, 3) Colecta y 4) Entrada y Reunión, Introito, Kyries, Gloria, Colecta

[2] El tiempo litúrgico y la fiesta o solemnidad del día

[3] Salmo 42, 5

[4] Salmo 42, 4: “Subiré al altar de Dios”

[5] La oración que comienza en castellano: Yo pecador me confieso a Dios, etc.

[6] Oración que reza el sacerdote subiendo las gradas: Aufer a nobis Domine iniquitates, pidiendo a Dios que lo purifique de sus iniquidades

[7] Palabras del ritual de la ordenación del Subdiácono que dice a éste el obispo: “El altar de la Iglesia es el mismo Cristo”

[8] Salmo 39, 8-9 que la carta a los Hebreos 10, 5-7 aplica al Verbo Encarnado al entrar en el mundo

[9] Cita dos esticos de la profecía de Habacuc 3, 2:

[10] Salmo 39, 8-9 que la carta a los Hebreos 10, 5-7 aplica al Verbo Encarnado al entrar en el mundo

[11] “Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía” Sabiduría 18, 14ss.

[12] Traducen diversamente. Nácar Colunga: ¿Quién entendió sus planes? J. Straubinger: ¿Quién entendió la multiplicidad de sus designios? Eclesiástico 1,7b En hebreo el quehacer de alguien suele expresarse como “sus entradas y salidas”. Es en este sentido que lo toma Dimas Antuña para referir el Introito o rito de la Entrada de la Misa a las “Entradas de la Sabiduría divina”

[13] Alusión al juego de la Sabiduría niña con los seres humanos en Proverbios 8, 30-31

[14] Salmo 42, 4

[15] “Gocémonos todos en el Señor” Introito de la Misa de la Asunción de la Santísima Virgen

[16] “El Dios de Israel os unce” [os pone juntos bajo un mismo yugo]

[17] Jacobo Fijman, un miembro del grupo fundador de la revista Número, de la cual fue primer administrador y colaborador

[18] Nota del editor:así en el original

[19] Sabiduría 18,14

[20] Salmo 42, 5

 



7. KYRIES, GLORIA,

DOMINUS VOBISCUM[1]

 ¿Qué quieres que haga?

Señor ¡que vea!

Marcos 10, 51

RITO

El Introito es la puerta y conduce al altar. Sus grandes correspondencias están en la Colecta, en las Lecciones, en el Prefacio, pues entramos para orar, para oír, para ofrecer… Sin embargo después del Introito vienen los Kyries.

            En este segundo momento de la misa, el pueblo está sentado; el coro canta nueve veces Kyrie o Christe eleison, y el Sacerdote y los ministros rodean el altar de incienso.

I

SENTARSE es propio del que considera. Estar sentado significa contemplar, y la contemplación tiene dos polos: la gloria y la miseria. —Noverim me, noverim te, dice el santo[2].

            Este pueblo que se sienta, se sienta sobre sí mismo, sobre su propia miseria. Se sienta como Job, en la ceniza; como Jeremías, en la caverna y, de esa consideración de sí mismo, sale un grito de dolor. El coro es su boca; por el coro salen los Kyries.

            Los KYRIES no son otra cosa que el: —Memorare quae mea substantia![3] de la consideración. Somos miseria delante del Padre Omnipotente; tinieblas, para el Hijo, luz eterna; rechazo ante el Espíritu Paráclito santificador, y nuestro clamor es el clamor de los ciegos.

            El cristiano es un ciego que oye; ha oído el anuncio del Introito y, considerando su miseria, clama.

            Entretanto, el Sacerdote y los ministros rodean el altar de incienso. De modo que, la consideración de nuestra miseria que es contrición en el pueblo y clamor en el coro, ante la Cruz, y en el plano de la mesa que lleva las seis luces, y saliendo de la caída de los manteles, y elevándose de la base del altar, es nube y es perfume y, conforme a la obra de ese fuego, que transforma, es buen olor de Cristo para Dios[4].

II

EN LOS KYRIES hay conocimiento de sí. La luz de este conocimiento la da el anuncio del Introito, y este conocimiento es doloroso porque el cristiano se sabe miembro de Cristo. Aquí el “conócete a ti mismo” es —Fode parietem[5]. Nuestro pecado profana las paredes del templo. Mientras la Iglesia clama por las ignorancias del pueblo, la criatura ve su horror y su locura.

            Los Kyries son el clamor de los ciegos, y dicen: – ¡Señor! ¡Señor!, pero no en vano. Tenemos altar y Sacerdote. No estoy en mí, dentro de mí; estoy dentro de mí, in ecclesia.  —Peccavi! es sacrificio. Nuestro Dios es fuego. Del dolor, del clamor, de la vista interior de aquel: —Hiciste esto y callé[6]…, se levanta el incienso sobre el altar vacío.

Todo sacrificio destruye; todo sacrificio transforma, transfigura. El pueblo considera su miseria en silencio; el Sacerdote ofrece el incienso en silencio. Nueve veces clama el coro; veinticinco veces brota el incienso. La confusión trae gloria.

GLORIA, RITO

El Sacerdote está ahora en medio del altar. El pueblo se pone de pie. Han terminado los Kyries.

            El Sacerdote, de espaldas al pueblo, eleva la voz y canta estas solemnes palabras: —Gloria in excelsis Deo!  El Sacerdote obra aquí in persona Dei[7] para darnos revelación de la gloria, y luego entrega al coro ese himno que llamamos el Gloria de la misa. Mientras el coro lo canta el pueblo se sienta.

I

SENTARSE es propio de la consideración; estar sentado significa contemplar. Pero la contemplación ahora no es dolorosa sino gozosa. No estamos sentados con Job en la ceniza; estamos sentados con María, a los pies del Señor. Y el Señor también está sentado: está sentado allí, en majestad, figurado por los tres ministros.

            Los ángeles se alegran por la contrición del pecador[8]. El grito de los Kyries provoca a los ángeles. A la contrición responden los que anuncian la paz; a la noche de los ciegos sigue la Noche Buena. Era noche oscura y se ha hecho noche pacífica.

II

EL GLORIA es un himno. No emerge, como los Kyries, de la contrición del pueblo, ni sale, como el Introito, de la entrada de Cristo. Su primera palabra es una palabra dada, y dada de lo alto; una palabra que viene del cielo. Para elevarse hasta ella, para recibirla y mantenerla en el evangelio del gozo con que la dan los ángeles, el coro necesita el himno. Sólo en el himno hay un arranque de luz, de amor, de vida, suficientemente fuerte y activo como para poder llevar esa alabanza sin empañar la claridad de Dios que la envuelve, ni disminuir el gozo grande que trae.

            La palabra de los ángeles: —Gloria in excelsis Deo, es de una serenidad incomparable. El himno se tiende y acude a ella con invocaciones repetidas, llenas de pasión, de gozo: laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi!... y levanta luego (como quien llevara ramos) los nombres divinos: Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater Omnipotens, Domine Fili, Unigenite, Jesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris! En el Gloria está el canto de la distinción del Padre y del Hijo; el Gloria canta, pues, el secreto del cristiano, la fuente del gozo exultante. Tres veces nombra al Padre; tres, al Hijo; tres veces refiere el Hijo al Padre, y los nombres de las Personas se equilibran, Padre, Hijo, distintos pero iguales en poder, en majestad y gloria.

            El JESU CHRISTE, uno con el Padre, uno con la Iglesia; Señor, y Señor absoluto, Señor Dios, pero también propiciación, Agnus; gloria del Padre, en los cielos, paz de los hombres, en la tierra, llena de resplandores y da los grandes ritmos al Gloria.

            Su nombre de Cordero introduce la súplica (pues todo el himno es súplica), pero ésta es un miserere nobis breve, segurísimo, muy diferente del que gime en los Kyries. Y sobre el: Qui sedes ad dexteram Patris del final de la súplica, salta de nuevo el grito de amor extático. Otra vez los nombres divinos: Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus !

Y aquí el canto vacila ; se embriaga y se gloría; se gloría en su gloria, en el Jesu Christe, toda la realidad de la Iglesia. Y ese radiante, victorioso, casi lento Jesu Christe, cum Sancto Spiritu, in Gloria Dei Patris (velado un instante luego por el suspiro breve del Amen) desata la doxología.

III

LO MÁS ADMIRABLE del Gloria de la Misa es su sosiego. La paz, la luz, la certeza tranquila, segura para siempre, todo eso se manifiesta durante el canto en el misterio del altar desnudo y del pueblo sentado ante los ministros también sentados.

            Mientras los Kyries (clamor, dolor, aguas alrededor del altar) se resuelven en nube de perfume, el gloria se mueve en la luz. Los Kyries cubren el altar de incienso; el Gloria lo entrega, radioso. El altar muestra el brillo sereno de las seis luces, mientras los ministros están sentados con la cabeza cubierta y las manos extendidas sobre las rodillas.

            Sola la Trinidad se sienta, dice el divino San Bernardo. Sentado manifiesta el Señor su majestad; la cabeza cubierta permite el canto; las manos sobre las rodillas indican la clemencia. La Omnipotencia descansa en la clemencia; la majestad comunica de algún modo al hombre su gloria; la inmovilidad divina, por ministerio de los ángeles, desata el himno. El himno brota y canta, victorioso y sereno, triunfante y quieto. El himno se mueve en la luz. Tal es el Gloria.

DOMINUS VOBISCUM

RITO

AHORA LOS MINISTROS están en medio del altar, colocados uno detrás de otro, de espaldas al pueblo. Así los veremos muchas veces, unus post alium: el Sacerdote junto al altar; el Diácono detrás de él, un escalón más abajo; el Subdiácono detrás del Diácono, en el plano.

            El Sacerdote pone las manos extendidas sobre el altar, se inclina y lo besa en el medio. Luego se endereza, junta las manos y se vuelve al pueblo. El pueblo se pone pie. El Sacerdote de cara a la asamblea, separa la manos extendidas y canta: —Dominus vobiscum!, El Señor con vosotros. El pueblo recibe esa palabras y, por el coro, su boca, responde: —Et cum spiritu tuo! Y con tu espíritu! Oído esto, el Sacerdote y los ministros van hacia el lado de la Epístola.

I

EL DOMINUS VOBISCUM es un saludo. Aquí por primera vez vemos el rostro del Sacerdote; por primera vez oímos su voz; por primera vez nos dirige la palabra. Y su voz ya se ha oído cuando cantó: —Gloria in excelsis Deo, pero entonces hablaba, como dice Santo Tomás, in persona Dei, y al coro; en cambio aquí se dirige a nosotros, se vuelve a nosotros; nos muestra las manos nos dice: —Dominus vobiscum! Y todo esto grave, solemnemente, después de besar el altar.

            Ese beso es la raíz del saludo. Su gracia, su eficacia. Y ya otra vez besó el altar en el Introito, pero aquel beso, vínculo sacerdotal, secreto, del misterio de la entrada, nos unió, por su boca, al altar. Este, en cambio, del altar viene a nosotros.

            Todo saludo recibe al que llega y, si es saludo de paz, une. Hasta ahora, en la misa, nosotros no hemos hecho otra cosa sino entrar. Hemos entrado, en el Introito a los misterios; en los Kyries hombre adentro; en el Gloria hasta el Padre y hasta nuestro Adán en Dios, el Cordero! Hemos entrado, pero ¿quién nos ha recibido? Ved ahí, el Señor nos recibe: el Sacerdote besa la piedra y comunica ese beso; vuelve el Señor a nosotros el rostro y nos da su paz. Esto nos pone en pie; nos incorpora. Beso comunicado, abrazo comenzado, rostro vuelto a nosotros, manos que muestran sus palmas, el Dominus vobiscum es un saludo de paz y, el que entró a la Iglesia en el Introito, aquí es recibido; y el que entró en sí mismo en los Kyries, aquí es consolado; y el que alzó los ojos a lo alto en el Gloria, aquí le son mostradas las manos.

II

DOMINUS VOBISCUM. El Señor con vosotros. Hemos hallado gracia. Cuando el ángel saluda a la Virgen, María queda en suspenso pensando qué salutación será esa. Pero el ángel le dice: —No temas María, has hallado gracia.

            El Dominus Vobiscum, plural de Dominus tecum, Dominus tecum de la anunciación a la Iglesia, nos introduce en el mismo misterio. El Sacerdote, que también es ángel, dice a la Iglesia, que también es Theotokos: – Has hallado gracia, el Señor es contigo y, como en el Ave María, esto descubre en nosotros y en medio de nosotros, el misterio de una presencia, de un Dios-con-nosotros que es anterior al saludo mismo.

            Como Azarías al Rey y a su pueblo cuando les salió al encuentro, el Dominus vobiscum nos dice: – Oídme Asa y todo Judá y Benjamín: el Señor con vosotros porque vosotros con Él![9] No le buscaríais (en el Introito) si no le hubierais hallado; no clamaríais a Él (en los Kyries y el Gloria), si Él no estuviera ya con vosotros.

            El Sacerdote dice: —El Señor con vosotros. El pueblo le responde: —El Señor con tu espíritu. Él a nosotros en la caridad que se adelanta; nosotros a él, en la caridad que consuma. Mas, él y nosotros, in ecclesia, es decir, en el misterio del beso dado y recibido. Comunicado.

            Por eso el término del Dominus vobiscum no está en la palabra que dice el Sacerdote, ni en la de la respuesta del pueblo, sino en el encuentro de ambos; en el acto de la iglesia que se incorpora al ver que el Señor vuelve a nosotros su rostro.

            Mandó el Señor a Aarón —Ve al desierto al encuentro de Moisés. Y Aarón salió al encuentro de Moisés al monte de Dios, y lo besó[10]. Para la Iglesia la traducción más honda del Dominus vobiscum no sería, pues, ni “el Señor con vosotros” ni “el Señor con tu espíritu”, sino este beso de Aarón y Moisés, el encuentro de ambos en el desierto y en el monte; Emmanuel, con nosotros Dios.

III

VUELVE el Señor su rostro y recibe a su pueblo; muestra el Señor a los hijos las palmas de las manos y les da su paz. La iglesia que ha entrado, que rodea el altar, y canta, en este saludo es recibida, reunida, incorporada.

            Este saludo, un beso, el beso de su boca[11], procedente ex petra[12], vínculo de la unidad, a la que entró en el Introito, y clamó en los Kyries, y cantó himno en el Gloria, le dice que halló gracia.

            ¿Y qué hará ahora la Iglesia?

            Allegada al Señor, ha sido hecha a sus ojos como la que halla paz. Reunida in osculo sancto[13], la Iglesia encuentra ahora que ella también tiene boca y palabra.  El Dominus vobiscum comunica un beso. Es un beso. La Iglesia, en ese beso —el beso de la boca de Dios—  se dispone a orar. El Sacerdote y los ministros se dirigen hacia el ángulo de la Epístola con las manos juntas ante el Pecho. Colecta.


[1] Publicado en la revista ITINERARIUM 46(1945) Junio-Julio págs. 61-70 bajo el título KYRIES y bajo el sobretítulo “La liturgia y el ciego” como el artículo anterior 1) Introito, y los dos artículos siguientes a éste: 3) Colecta y 4) Entrada y Reunión, y trata del rito de entrada en su conjunto: Introito, Kyries, Gloria y Oración Colecta.

[2] San Agustín, “Conózcame a mí, conózcate a ti” Soliloquios 2.1.1.

[3] Salmo 88, 48

[4] Alude al dicho de San Pablo en 2ª Corintios 2, 15

[5] Alusión a Ezequiel 8, 8

[6] Alusión al Salmo 49, 21

[7] En nombre de Dios, como ministro de Dios con mandato y autoridad divina, y no en nombre propio.

[8] Alusión a Lucas 15, 7

[9] 2 Crónicas 15, 2

[10] Éxodo 4, 27

[11] Alusión al comienzo del Cantar de los Cantares 1, 2

[12] En el Salmo 80, 17 Dios nutre al pueblo con miel que sale de la roca, así, compara Dimas Antuña, la dulzura de este beso que ha dado el Sacerdote al mármol del altar y que luego, volviéndose al pueblo le da como alimento  del amor divino

[13] Alusión a Romanos 16:16 “Saludaos los unos a los otros con ósculo santo”

 


8. DOMINUS VOBISCUM - 1

LA SALUTACIÓN LITÚRGICA EN LA MISA

El tema de nuestra reunión esta tarde es el saludo litúrgico en la Misa.  Ya hemos hablado del proceso de entrada al altar de los ministros y el coro en la Misa Solemne. Hemos visto que el Introito, los Kyries y el Gloria son tres formas de entrada que culminan con un Dominus vobiscum. Hemos entrado, pero ¿por qué nos ha recibido? ¿por qué se nos recibió con el Dominus vobiscum?

            Consideremos los elementos concretos de este saludo, es decir, el rito que lo acompaña: 1º El sacerdote besa el altar, 2º se vuelve hacia el pueblo y se dirige a él, 3º le muestra las manos y 4º le dice: —Dominus vobiscum!, ‘¡El Señor con vosotros!’.

A esa palabra sigue una respuesta, una aclamación del pueblo que se pone de pie para recibir el saludo y dice: —Et cum spiritu tuo1![1]

 El Dominus vobiscum es un saludo. Pero en la sociedad de los hombres hay muchas clases de saludos. Los hay de bienvenida, de adiós, de alegría, de aclamación. Los hay de pura cortesía exterior —formas de indiferencia —, los hay extáticos – que hacen salir de sí, que provienen del más íntimo amor.

Este saludo del liturgo en la asamblea ¿qué clase de saludo es? Es un saludo de Paz. Sus elementos lo muestran. Comienza con un beso al altar, sigue con un volver el rostro del liturgo hacia nosotros, se produce con la ostentación de las manos (que es como un abrazo comenzado[2]), se cumple finalmente con una palabra de sumo bien, de presencia, de asistencia[3], de unión común.

Es un saludo trascendente y es un saludo de paz que viene del altar, es decir, viene de más allá de los que se saludan, y va más allá de los que se saludan: viene del altar que es Cristo y alcanza a todos los que pone en comunión con el altar. Beso comunicado, abrazo comenzado, ostensión de las manos, rostro vuelto a nosotros; y todo esto no es de ninguna persona particular o privada sino del liturgo, del sacerdote, es decir, de aquél que es cabeza de la Iglesia, que preside la comunidad y ha entrado al altar actuando in persona Christi, en lugar de Cristo.

Cristo mismo, pues, se vuelve a nosotros en la caridad de Dios (beso al altar) en la gloria de su Resurrección (ostensión de las manos), misterio de su presencia en la Iglesia, como apareció a los Apóstoles estando cerradas las puertas del cenáculo. Así se nos ofrece en la persona del Sacerdote y nos dice: paz a vosotros, el Señor está con vosotros.

El Dominus vobiscum, pues, no es un saludo cualquiera. Es un saludo de Paz pero es el saludo del liturgo a la comunidad.

            La liturgia es la comunicación de la vida divina mediante fórmulas sensibles. La realidad de la liturgia, su núcleo vivo, la ‘cosa’, la gracia, la comunicación que Cristo ha puesto en los actos sacramentales, corresponde y comunica los misterios de Dios.

Y así, este saludo que es un saludo de paz —y que es al mismo tiempo un saludo del liturgo, encuadrado dentro de las leyes ceremoniales de la iglesia y dentro de las correlaciones propias de la jerarquía de la comunidad— este saludo de paz, decía, comunica la Paz. Y la comunica por medio del sacerdote, pues sólo el sacerdote puede besar el altar y asumir en esta forma la presencia y la acción del Señor mismo; y sólo al sacerdote podemos corresponderle con la respuesta: —“y con tu espíritu”, pues sólo al Sacerdote le fue comunicado el Espíritu Santo de una manera especial mediante la imposición de las manos.

            Cuando él nos dice: “El Señor con vosotros”, nosotros le respondemos diciéndole que el Señor está también con su Espíritu, es decir con el Espíritu Santo, ad robur, ‘para fortaleza’, que le fue conferido en el Orden.

            El saludo del Sacerdote comunica la paz a la Iglesia. La respuesta activa de los fieles reverencia la dignidad del sacerdote, es decir, reverencia al Espíritu Santo que le ha sido comunicado por el Orden.

En resumen, es esto lo que podemos decir del Dominus vobiscum en cuanto a su estructura. Hemos visto el rito (beso y saludo), hemos visto a los actores del rito (Sacerdote y comunidad).

La eficacia del saludo

Pero digamos ahora una palabra más, en cuanto a la eficacia del saludo. Siendo un acto litúrgico, es decir, no de personas particulares, sino de la Jerarquía y la asamblea de Dios y su pueblo, de Cristo y de su Iglesia, es un acto infalible, es decir, eficaz por sí mismo.

            El sacerdote, pues, como tal, como Sacerdote, en ejercicio del sacerdocio de Cristo, dice a la comunidad: El Señor está con vosotros. Y nosotros le respondemos, in ecclesia, ‘como Iglesia’, es decir, no expresando deseos individuales sino dentro del nosotros supra personal de la comunidad reunida: —Et cum spiritu tuo.

            No cualquiera, pues, puede decir: —Dominus vobiscum, sino solamente el liturgo, es decir un ministro ordenado. Y no a cualquiera, sino solamente a un ministro ordenado podemos responder: —Y con tu espíritu.

El saludo litúrgico tiene una realidad que no es solamente psicológica o moral. Tiene una realidad, una eficacia y una verdad en sí mismo. Tiene una realidad sacramental: es un sacramental.

            Proclama una verdad de fe: Que el Señor está con nosotros. Produce una gracia: su asistencia para un determinado acto de la Iglesia. Y cuando el nosotros responde al liturgo con nuestra palabra, él recibe de la comunidad un estímulo, un aliento para conservar y acrecentar en sí la gracia sacramental que le es propia.

Los diversos saludos

Tal es el Dominus vobiscum en sí mismo. Su realidad mística (núcleo) es la paz. Su estructura sacramental o ritual (forma) y en su eficacia objetiva es un saludo. Ahora considerémoslo al producirse. Veamos cómo sucede, en qué momentos, cuántas veces, en qué situaciones de la Misa.

            Una misma palabra no es la misma en situaciones diferentes. Y una palabra de saludo como ésta, que comprueba y previene algo, siempre dirá que el Señor está con nosotros, siempre proclamará el misterio de la Iglesia, siempre será una expresión viva del Emmanuel[4], del Señor con nosotros. Pero en cada momento o fase del rito, siendo diferente la situación, será diferente la realidad concreta que sustenta, es decir, la presencia del Señor con nosotros[5]. Y será diferente el motivo, la razón, el objeto para el cual esa presencia del Señor, que ya está con nosotros, nos es especial y particularmente deseada[6].

El Dominus vobiscum nunca es raíz, siempre es flor

            Porque notemos esto: el saludo litúrgico de la Misa nunca se produce porque sí, espontáneamente, sino dentro del proceso o desenvolvimiento de un rito. Y tampoco se produce como una simple afirmación absoluta o abstracta, sino por una necesidad, por un anhelo o deseo de asistencia. Por esto digo que el Dominus vobiscum nunca es raíz sino es flor.

            Imaginemos lo que es la flor. En la flor no florece la flor, florece el árbol. La flor supone raíz, tallo, ramas, un proceso de crecimiento anterior. Y por otra parte, con ser tan bella, con ser un término perfecto de expresión, con florecer en ella el árbol, la flor no es lo definitivo sino un pasaje, es decir, la manifestación de la vida comunicada, pues en la flor está contenido y ofrecido el fruto; y en el fruto que nace de la flor, que no puede existir sin la flor, no sólo hay fruto (sabor y substancia) sino que está contenida la semilla, es decir, un nuevo proceso de vida que nace de la vida del árbol y la propaga independientemente de él.

El Dominus vobiscum en su situación

Miremos al Dominus vobiscum en función de la raíz y el tallo y la rama que en este fruto florecen, y en razón del fruto que nos es ofrecido en él, y de la simiente que germinará en nosotros por efecto de esta flor y de este fruto. Miremos al Dominus vobiscum en su situación concreta, en su ¿por qué? y en ¿su para qué?

            Cuando oímos esta palabra del altar: El Señor está con vosotros, esta palabra dada en el Espíritu Santo, en el beso y el rostro de Dios vuelto a nosotros, preguntémonos: ¿Por qué con nosotros? ¿Para qué con nosotros?

Hay dos respuestas generalísimas que subsisten a todas las situaciones. Primero: ¿Por qué con nosotros? Porque estamos en Cristo e in Ecclesia, en Iglesia, porque hemos entrado al altar, porque somos el pueblo de Dios. Luego: ¿Para qué con nosotros? Para orar, para oír, para ofrecer, para sacrificar y dar gracias y participar del altar. Para todo lo que es la Misa, pues la Misa, que es el sacrificio de Cristo ofrecido por la Iglesia, es un acto que ni es del Señor solo ni nuestro (mucho menos) solos. Y así, es necesario que esté con nosotros Aquél sin Quien nada podemos, y que está con presencia y asistencia y acción y operación. Aquél que por nosotros, por nuestras manos, se ofrece; y Aquél que es el Sacerdote principal y único de nuestro sacrificio.

Cristo es siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, pero tiene además muchos otros nombres. Así está dicho en el Apocalipsis que él lleva in capite ejus diademata multa, ‘sobre su cabeza muchas diademas’[7]. Este Señor,  pues, sin quien no podemos nada, este Señor Emmanuel, ‘Dios con nosotros’ sin quien nada podemos, es único, pero tiene muchos nombres y muchas diademas,  es decir, se manifiesta de diferentes maneras a su Iglesia en los actos propios de Cabeza y Gobierno.

Distintos actos y distintos nombres de Cristo

Y así es hermoso distinguir sus nombres según los actos diferentes de su acción y gobierno en la comunidad y ante el Padre con que nos previene y saluda en la persona del Liturgo. Notemos que cada Dominus vobiscum público y solemne, es decir, que oímos del Sacerdote y al cual respondemos, corresponde a un acto distinto de la Misa. De manera que no hay dos saludos con el Dominus vobiscum que supongan una misma situación ni sean dados para un mismo objeto.

En cada uno de estos actos al florecer el Dominus vobiscum, al volverse el Sacerdote a nosotros o al oír que se nos dice: ‘El Señor con vosotros’ hay un nombre diferente, hay rostro diferente de Cristo.

Y podemos preguntarnos cada vez: ¿qué Señor? y ¿por qué está con nosotros? y ¿para qué está con nosotros? Y en cada uno de estos actos con el Nombre diferente de Cristo. Y veremos brillar en él una corona, es decir, una función diferente, un acto diferente de dominio y autoridad, y una comunicación diferente de gracia.

Además, al preguntar ¿por qué con nosotros? advertiremos el proceso ritual que florece en este saludo. Y al preguntar ¿para qué?, tendremos el motivo actual del saludo y qué asistencia íntima del Señor necesitamos.

 Los ocho Dominus vobiscum

Pero aparte de eso la liturgia es una acción sagrada con movimientos dramáticos, es decir, una cosa que se hace con un proceso, un proceso que tiene diferentes fases y situaciones concretas. Y así, cada Dominus vobiscum, incide sobre una situación especial y brota de un proceso que no es el mismo en cada caso, y es dado para algo que no es lo mismo en cada momento.

Ocho Dominus vobiscum tiene comúnmente la Misa. Durante el curso de su desarrollo ocho veces es dicho este saludo y es hermoso notar sus particularidades.

            De estas ocho veces, cuatro veces es dicho con las solas palabras y sin rito. Y cuatro veces es dicho solemnemente, luego del beso al altar y con saludo al pueblo.

            Por otra parte, es de notar que seis veces solamente oímos este saludo, de modo que de estos ocho Dominus vobiscum seis son públicos y dos son secretos.

Enumeremos los ocho Dominus vobiscum de la Misa para poder luego contemplarlos y considerarlos. El primero es secreto. Lo dice el Sacerdote a solos sus ministros, Diácono y Subdiácono, antes de rezar la oración de la subida: Aufer a nobis, al momento de subir las gradas hacia el altar.

            El segundo es el primero público, solemne, cantado y es éste el que tomamos como punto de partida de nuestra exposición. Es el Dominus vobiscum que dice el Sacerdote después de los Kyries y del Gloria y nos previene para la oración de la oración Colecta.

            El tercero corresponde al Evangelio. Lo canta el Diácono antes de recitar su lección.

            El cuarto es público, solemne, cantado. Abre el Ofertorio. Determina el pasaje de la ante-misa a la Misa, es decir, el pasaje de la parte preparatoria de la comunidad a la parte formalmente sacrificial.

El quinto es gemelo del Dominus vobiscum del Evangelio. Lo dice el Sacerdote, cantando solamente sus palabras en el diálogo que abre el Prefacio.

            El sexto previene la oración Post Communio; es exactamente como el que precede la oración de la Colecta, es decir, el saludo que previene una oración.

            El séptimo es el último Dominus vobiscum solamente cantado. Es dado antes del Ite Missa est y de la bendición.

            El octavo, finalmente, es secreto como el primero. Lo dice el Sacerdote en silencio antes de recitar el prólogo del Evangelio de San Juan.

            Esta enumeración es prolija. Veamos ahora las características de estos saludos; veamos qué rostro nos ofrecen, qué fisonomía tienen.

Son pares, son gemelos, van de dos en dos. El primero y el último son secretos. El de la Colecta y el de la Postcommunio son dados a la iglesia para que pueda orar. El del Evangelio y el del Prefacio previenen una palabra; son dados para que podamos estar de pie[8]. Y el del Ofertorio y el del Ite Missa est, previenen un acto; son dados a la comunidad para que pueda hacer algo. Para ofrecer, para ir[9].

Primer Dominus vobiscum solemne

Primer Acto: Entrada y reunión

Introito, Kyries, Gloria y luego: Dominus vobiscum.

¿Qué Señor?[10] El sentido del acto es la entrada al altar. El Dominus que está con nosotros es aquí el Cristo Pastor que toma a la comunidad y la reúne.

¿Por qué con nosotros? Porque hemos entrado, gemido, contemplado. Porque hemos entrado al altar en el Introito, hemos entrado hombre adentro, a nuestra miseria, en los Kyries, y entrado en Dios en el Gloria. No lo buscaríamos si no lo hubiésemos hallado. No clamaríamos a él si él no estuviera con nosotros.

¿Para qué con nosotros? ¿Para qué, siendo la realidad viva que está con nosotros, su Iglesia, se nos desea[11] sin embargo en este momento su presencia, su paz, su comunicación, su asistencia? Para la Colecta, para orar.

            El proceso de la entrada ha terminado y vamos a formar la asamblea, la Iglesia, la reunión. Necesitamos pues esa asistencia del Señor con nosotros para poder orar. Es decir, para acceder al Padre por el Hijo y el Espíritu, para estar de pie y elevar manos puras y dar realmente el amén, el amén de la comunidad a la oración del Sacerdote, que es la oración de la ecclesia collecta, de la iglesia reunida.

Segundo Dominus vobiscum solemne

Segundo Acto: Lectio divina

            El Dominus vobiscum antes del Evangelio. Corresponde a las lecciones, corresponde a la instrucción del pueblo, a la revelación de la fe por la palabra.

            Lo dice el Diácono delante del Sacerdote que mira hacia él y antes de cantar la lección evangélica: —El Señor con vosotros.

¿Qué Señor? El Cristo, el Maestro único, el Doctor de la Iglesia, el Verbo iluminador, el que es Luz y Vida, el que es la Gloria y la Verdad.

¿Y por qué con nosotros? Porque hemos oído ya su palabra en la Epístola y la hemos gustado y deseado en el Gradual, porque acudimos a ella, de pie, con el canto del Alleluia. Y porque habiendo recibido ya su evangelio en esas partes menores de la economía, en la lección apostólica, dispositiva, y en la lección salmodial, que ama y anhela, ahora aguardamos la consumación de este misterio, es decir, el Evangelio, y la palabra del Hijo, la palabra que es palabra y presencia.

            Y apenas necesitamos preguntarnos ¿para qué? ¿Para qué? pues para estar en Cristo, pues en la iglesia, Cristo sólo predica a Cristo.

 Para permanecer en Él pues sólo permaneciendo nosotros en Él puede permanecer su palabra en nosotros.

Tercer Dominus vobiscum solemne

Tercer Acto: Ofertorio

            Y ahora llegamos al Dominus vobiscum del Ofertorio, desconcertante y aparentemente contradictorio con cuanto hemos dicho hasta ahora de este saludo de paz. Pues abre el Ofertorio y por ahí parece ser un comienzo de algo y no el florecer de algo; y luego de ser dicho solemnemente es seguido de esta sola palabra: Oremus, que se queda en el aire, sin oración formada que la siga.

            Y sin embargo este Dominus vobiscum es la confirmación de cuanto decimos, pues es, como los otros, término y pasaje. Término del proceso preparatorio de la comunidad y pasaje a la parte sacrificial del misterio.

Aquí también preguntamos: ¿Qué Señor? Y veremos a Cristo Sacerdote, al Señor que en la cena tomó el pan, tomó el vino e instituyó el sacramento y nos mandó hacer esto en su memoria.

            Este saludo es el pasaje de la fe al misterio de la fe, de la comunidad reunida a la comunidad oferente. Saludo del Orden al Bautismo, del sacerdocio jerárquico a sacerdocio real, saludo dentro de un mismo carácter, dentro de una misma participación (aunque diferente en grados) de un mismo sacerdocio de Cristo.

            ¿Por qué, pues, con nosotros? Por los actos anteriores de la Misa. Porque hemos entrado y oído. Por el proceso de incorporación a Cristo que es el proceso de la entrada al altar y el proceso de la iluminación divina que es el proceso de las lecciones. Con nosotros, pues, porque estamos en Cristo y hemos recibido su palabra.

            Y ¿para qué? Para que pasemos de la ante-misa a la Misa, de la palaba recibida al sacramento del altar.

Saludo dado para poder hacer

El Dominus vobiscum es dado a veces para poder orar (lo hemos visto en la Colecta), a veces para poder oír (Evangelio) ahora es dado para poder hacer. El Ofertorio no es ni oración ni lección, es el acto de la Iglesia que ofrece y se ofrece, que ofrece a Cristo y se ofrece en Cristo. Y necesita esa asistencia del Señor que está en todos y, en todos, de todas maneras se completa, a fin de no quedar extraña a la Pasión —que va a ser conmemorada y que en ella se completa—  del Salvador del Cuerpo.

            Este Dominus vobiscum del Ofertorio precede a la oración Secreta, y es reiterado en el orate fratres, ‘orad hermanos’. Necesitamos de asistencia para el Amén de la Secreta.

Cuarto Dominus vobiscum  

Cuarto Acto: Eucaristía

Y dando un paso más llegamos al Dominus vobiscum que precede al Prefacio. Es gemelo del Dominus vobiscum del Evangelio. Previene una palabra, no tiene beso al altar, es simplemente saludo y deseo. Previene la gran eucaristía, el sacrificio de acción de gracias.

            El Señor tiene que estar con nosotros para que podamos tener nuestro corazón levantado hacia el Señor: ad Dominum.

            Aquí el Cristo Pontífice, nos toma en su eucaristía, en su acción de gracias. Está ya con nosotros pues hemos preparado el altar y hemos ofrecido el pan y el vino del sacramento. Pero necesitamos su asistencia porque sólo la fe puede hacer este misterio, y sólo en el Espíritu del que es Testigo fiel y verídico del Padre y autor y consumador de nuestra fe, podemos responder, asistir y ofrecer este misterio.

            El Amen final del Canon, que es el Fiat[12] de la Iglesia al misterio ofrecido al Padre y su configuración a la muerte y resurrección de su Señor, necesita de este Dominus vobiscum, que esté con nosotros este Señor Jesús, el Pontífice eterno que vive intercediendo por nosotros.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

Quinto Dominus vobiscum

Quinto Acto: Comunión

Terminado el sacrificio tenemos el banquete sacrificial, consagrado el sacramento accedemos a su uso. Y en este acto —cuyas partes son: el Pater noster, la Fracción y la Comunión sacramental—  en el término de este proceso como pasaje para la Post communio, oración ad complendum[13], es decir, que concluye este acto de la Misa, florece el Dominus vobiscum. Como en la Colecta, es el que precede y previene una oración de la comunidad.

            ¡Belleza divina, evidencia de este Dominum vobiscum! ¡El Señor con vosotros! No preguntamos ¿qué Señor? Porque es el huésped recibido, el alimento, el pan vivo. Es el peregrino cuya presencia conoce la Iglesia; el Señor, hecho hermano, alimento, viajero, viático y que los discípulos reconocen al partir el pan…

            Y desde luego que está con nosotros, pues hemos invocado al Padre en el Pater noster, y hemos clamado en el Agnus Dei, y está en nosotros porque hemos recibido la comunión sacramental.

Pero ¿para qué ahora este saludo? Para plenitud; para alcanzar la virtud y gracia del misterio recibido; para que se dé también en nosotros la comunión.

Aquí, pues, el saludo previene la oración ad complendum, es decir, la oración que pide la gracia espiritual del sacramento recibido[14].

Este banquete del Padre que celebra las bodas de su Hijo no sólo es comida, es también unión, no sólo es manjar sino, por el manjar, por la comida y la bebida, es comunión, es decir, común unión entre las criaturas y con Cristo. Y a este misterio espiritual, a esta gracia propia de la Eucaristía recibida, es decir, a la Unidad y a la Paz y a la Fruición de Dios in mysterio, no se llega si Aquél a quien recibimos con la boca no está también con nosotros in mente.

            Notemos que, si en el Evangelio Cristo predica a Cristo, sin más, en la comunión el cuerpo de Cristo es recibido por el cuerpo de Cristo y porque ya somos, en Cristo, aquello mismo que recibimos. El sacramento de vida —si el Señor está con nosotros—  se consuma en el Padre, en la unidad[15].

Sexto Dominus vobiscum solemne

Y ahora llegamos al último Dominus vobiscum solemne de la Misa, al sexto saludo público del Liturgo a la asamblea, previo a la oración Post Communio, que cierra la celebración del misterio eucarístico.

                          

Séptimo Dominus vobiscum

Despedida de la Misa: Ite, missa est

El séptimo Dominus vobiscum que precede y previene al Ite, Missa est, ‘Id, la misa ha terminado’. Aquí, como en el Ofertorio, el saludo es dado a la comunidad no para orar (como en la Colecta y la Postcomunión) ni para oír (como en el Evangelio y en el Prefacio) sino para hacer, para hacer algo.

Nota: La misa ha terminado, Missa est, y somos enviados: Ite, id. Y para ese misterio, para este pasaje en que la comunidad de los misterios cesa en su acto, como sacrificadora, y pasa —en la victoria del sacrificio ofrecido (Missa est) y en la fortaleza del alimento recibido, pues el sacramento del altar ha pasado, por la comunión, del altar al Pueblo— pasa, decía, de su acción sagrada a su acción apostólica. Y el Sacerdote nos saluda —antes de que nos envíe el Diácono— y para prevenir ese envío.

Admirable saludo. Admirable envío. Somos enviados del altar al mundo, de la comunidad de los misterios a la esfera del testimonio. Somos enviados para que vean los hombres nuestras obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos[16].

            El Señor está con nosotros puesto que Missa est, puesto que el sacrificio nos une al Padre en la alianza viviente de la sangre y nos lo da Él mismo dándonos a Él en la comunión de su cuerpo. Está con nosotros puesto que ha terminado todo este proceso de la Misa que une la tierra al cielo y redime a los hijos y consagra al mundo. Pero es necesario que esté también con nosotros, pues nuestra salida de Misa no es para desligarnos del misterio sino para obrar la verdad en esas obras de la fe que nos son pedidas este día y que el Señor dispuso para que anduviéramos en ellas bajo especie de muerte cotidiana  —quotidie morimur[17]—  muerte de cruz que mata y vivifica.

Y apenas tenemos que preguntarnos qué Señor es éste que está aquí con nosotros y así se muestra a nosotros: el Ite missa est de la Misa está configurado en el misterio de la Ascensión del Señor.

El que comió y ascendió, el que convescens, elevatus est[18]; el que proclamó su victoria y dijo: Todo me ha sido dado en el cielo y en la tierra[19], y envió a sus discípulos diciéndoles: Id, me seréis testigos[20]; el que se elevó a los ojos de ellos, ése Jesús, glorificado, sentado a la derecha del Padre, es el que está con nosotros. Y es por dependencia de su admirable Ascensión, es decir, por la consumación del misterio obrado en la tierra y recogido en lo alto, en gloria, que nosotros salimos de la Misa y damos, en el mundo, el testimonio que pide la fe.

Después de este Dominus vobiscum, una vez más se dice esta palabra en la Misa, pero en secreto. La dice el Sacerdote antes de recitar, en voz baja, el último evangelio.

Resumiendo

Señores, hagamos la síntesis de nuestro estudio. Ocho Dominus vobiscum son dados en la Misa. Seis son públicos y solemnes. Seis son dados para mantener la comunicación necesaria al rito entre la asamblea y el altar.

Dos de ellos son de oración, previenen la Colecta y la Postcomunión, son dados para poder orar, en la oración de la Reunión y en la oración de la Comunión.

Dos de estos seis saludos previenen una palabra y son cantados solemnemente: el Dominus vobiscum del Evangelio que canta el Diácono, y el Dominus vobiscum del Prefacio que canta el Sacerdote. Y ambos corresponden a la fe. El primero prepara, previene, dispone para oír la palabra de la fe. El otro para entrar, por el sacrificio de alabanza, fruto de los labios que conocen su nombre, en la gran eucaristía, en el misterio de la fe.

Dos finalmente, de estos saludos públicos y solemnes son dados para prevenir una acción, para que podamos hacer algo, y son el del Ofertorio y el del Ite Missa est.

Dos para orar, dos para oír y estos dos para hacer. Y lo que hacemos en ambos casos es ofrecer. Hacemos la oblación sacramental en el Ofertorio y hacemos la otra oblación, la del testimonio, la que nos ofrece al Padre como hostias vivas en la actividad —silenciosa y sin descanso—  de la vida, en el Ite, Missa est que nos envía del altar al mundo.

Finalmente hay dos Dominus vobiscum secretos que no oímos, que el Sacerdote dice sólo a sus ministros. Uno al subir las gradas del altar, antes de la oración Aufer a nobis, y el otro en el receso antes del evangelio de San Juan.

Estos son los Dominus vobiscum más altos, más elevados, figuran y suponen la vida mística: son el acceso y el receso del altar. El acceso al altar a fin de ser allí configurados con Cristo. El receso del altar a fin de consumar esa inmolación en el quotidie morior, el ‘muero cada día’.

En el primero el Señor está con nosotros a fin de que no haya nada en nosotros sino Él: Aufer a nobis, ‘Quita, aparta de nosotros, nuestras iniquidades...”.

En el otro, el Señor está con nosotros porque el Verbo se hizo carne y hemos visto su gloria. Y ese misterio, al que sólo accedemos realmente por la Misa, nos hace vasos de su gloria y asegura en nosotros su presencia.

Y ahora, si después de considerar estos ocho Dominus vobiscum de la Misa, queremos resumir en una palabra el misterio mismo de este saludo, pensemos que esa palabra: Dominus vobiscum, ¡no es sino el plural, dado a la Iglesia, del Dominus tecum, ‘Dios está contigo’ con que el Ángel Gabriel saluda a María!

            Esto nos pone en el caso eminente, en el centro mismo del misterio de Cristo. El sacerdote, que también es Ángel, dice a la Iglesia, que también es Theotókos: Dominus tecum.

            María, nos dice el Evangelio, quedó suspensa, pensando qué salutación sería ésa; mas el Ángel le dijo: —No temas, María, has hallado gracia. Este es el misterio: —Hemos hallado gracia. Y no sólo hemos hallado gracia, sino que, en esa gracia, está con nosotros, con una presencia de gracia, (no de necesidad); con una presencia personal, de amistad, de caridad, de libertad (no simplemente virtual). Aquél que nos crea y nos redime y obra en nosotros nuestra santificación.

Dominus vobiscum, el Señor está con vosotros. Respondamos al Liturgo: —y con tu espíritu, ya que en ese Espíritu de santificación (que él ha recibido para saludarnos así) tenemos la eficacia objetiva y la gracia íntima de este saludo, de esta verdadera anunciación a la Iglesia.

            Respondamos: —Et cum spiritu tuo! Pero digamos, en nosotros mismos, gustando este saludo, sintiéndolo in ecclesia, sacudiéndonos, despertándonos, haciéndolo resonar en nuestro corazón; —¡El Señor está con nosotros, con nosotros Dios! Porque la traducción más honda del Dominus vobiscum y su verdad más íntima y más fiel, es ésa: Emmanuel, Imánu-El, con nosotros Dios.

            El Señor con nosotros. Digamos como Jacob el Patriarca: ‘El Señor estaba aquí, en esta palabra, en este saludo, en esta paz: ‘El Señor estaba aquí y yo no lo sabía’[21]. Jacob ungió la piedra y la levantó […][22]. Miremos nosotros el altar.


[1] Y con tu espíritu.

[2] Nota del editor: Es el saludo de Cristo resucitado mostrando en sus manos las heridas gloriosas y dando la paz. Es a ese Cristo al que el Sacerdote representa, personifica y anuncia.

[3] Nota del editor: Es la fórmula de asistencia de Dios a sus guerreros en las guerras santas del Antiguo Testamento: “el Señor está con nosotros”. Asegura el auxilio para la victoria por la presencia activa de Dios junto a los suyos. No es por lo tanto un desiderativo “esté con vosotros” sino un indicativo “está con vosotros”.

[4] Nota del editor: La palabra hebrea Imanu-El, significa literalmente Dios con nosotros. Im = con; anu = nostros, ‘El = Dios.  Véase Isaias 7, 14. Es la fórmula de asistencia en los contextos de guerra santa, cuando algún juez o profeta le asegura a los que van a la guerra que Dios estará con ellos en la batalla para darles la victoria sobre los enemigos del pueblo de Dios, como el primer general y combatiente

[5] Nota del editor: En referencia, cada vez, a cada acción litúrgica que reclama la asistencia divina activa.

[6] Nota del editor: deseada por reconocerla como necesaria para auxiliar nuestra insuficiencia propia para dicha acción o efecto. Se necesita cada vez una con-causalidad divina

[7] Apocalipsis 19, 2: y el texto continúa diciendo: “y lleva escrito un nombre que sólo él conoce…”

[8] Nota del Editor: Estar de pie, atentos para escuchar lo que se nos dice

[9] Nota del Editor: Este Ite Missa est, ‘Podéis ir en paz’ no es un mero permiso o invitación para retirarse, es un envío, un ser enviados al mundo y a la dispersión, como el Hijo fue enviado por el Padre, y ahora como el Resucitado nos comunica el mismo envío: “Así como el Padre me envió, yo os envío a vosotros” Juan 20, 21

[10] Nota del editor: Qualis Dominus? ¿Qué aspecto de su Señorío tiene aquí el Dios con nosotros?

[11] Nota del editor: Propiamente no se nos desea sino que se nos declara. No es una expresión optativa sino indicativa

[12] Hágase

[13] Para completar, consumar

[14] El autor anota a mano al margen: “Ojo: res y sacramento, explicar”. Cumpliendo el deseo del autor el editor lo hace en la presente nota: Santo Tomás de Aquino describe los sacramentos de la siguiente manera: 1º.- llama Sacramentum tantum “solamente sacramento”, al Sacramento visible y exterior, es decir a lo que constituye el sígno o significante. 2º.- Le llama “Res et Sacramentum”, “realidad y sacramento” al carácter que recoge a la vez la significación del signo exterior (Sacramentum), la justificación significada (Res Sacramenti), y la Gracia operada en la colación del sacramento como justificación interior. Por Sacramento se entiende lo que es signo de Gracia. Por Res se entiende la realidad operada por el signo en el espíritu, es decir, el efecto interior producido por el Sacramento válido. Sacramentum Tantum es el signo sacramental sensible, considerado en sí mismo. Res et Sacramentum contiene lo que es efecto del Sacramento (Res), y al mismo tiempo significa ulteriormente la colación de la Gracia (Sacramentum). Santo Tomás explica que: caracter sacramentalis est res respectu sacramenti exterioris, et est Sacramentum respectu ultimi effectus. O sea: “El carácter sacramental es cosa respecto del Sacramento exterior, y es Sacramento respecto al efecto último”, Summa Theologica IIIª Parte, q.63, a.3).

[15] Anotación a mano: “ver: Yo en ellos como Tú en mí” (referencia a Juan 17, 23)

[16] Ver Mateo: 5, 16

[17] Dicho de Séneca, retomado por creyentes para significar la centralidad de la cruz implicada por las renuncias bautismales. La muerte al pecado para vivir para Dios

[18] Ver Hechos, 1, 4 y 9.

[19] Ver Mateo 28, 18

[20] Ver Hechos 1, 8

[21] Génesis 28, 16

[22] Nota del editor: se trata de un texto a mano al margen y la palabra siguiente es ininteligible. Pero el autor se remite inequívocamente al texto de Génesis 28, 18 donde se dice que Jacob ungió la piedra y la erigió como estela recordatoria del lugar como lugar santo por la epifanía de Dios en él

 


 

9. DOMINUS VOBISCUM – 2º

CATECISMO DEL DOMINUS VOBISCUM

¿Qué Señor? – El envío final – Qué Señor, para qué y para quiénes –

Efectos del saludo - Catecismo del Dominus vobiscum - Los Dominus vobiscum glosados - El Dominus vobiscum, abrazo comenzado y beso comunicado - Conclusión[1]

El Dominus vobiscum es el saludo del Liturgo a la Iglesia durante el servicio divino. Éste dice a la asamblea: Dominus vobiscum y la asamblea le responde: Et cum spiritu tuo.

Et cum spiritu tuo sería, según la letra, una paráfrasis semítica de la simple expresión: ‘y contigo’. Pero la Iglesia ha visto en ese Spiritu tuo, un alusión al Espíritu Santo comunicado al ministro por imposición de manos en el sacramento del Orden. Y de ahí la prescripción canónica según la cual no puede saludar con el: Dominus vobiscum y ser correspondido con el: et cum spiritu tuo quien no haya recibido el Espíritu Santo de una manera especial, mediante la imposición de manos del Obispo en la ordenación sagrada.

            Eficaz por sí mismo (como toda oración de la Iglesia) el Dominum vobiscum comunica gracia a la asamblea para su debida participación en el culto. Y la respuesta del pueblo, para el Liturgo es un estímulo a conservar y a  acrecentar incesantemente la gracia que le es propia, es decir, el Espíritu Santo ad robur[2] que le fue conferido por la imposición de las manos.

¿Qué Señor?

Dominus vobiscum, ‘el Señor está con vosotros’ ¿Qué Señor? ‘El que comió y ascendió’, el que convescens… elevatus est[3]. El que proclamó su victoria y nos envió a todos a serle testigos en Jerusalén y Judea y Samaria y hasta los últimos confines de la tierra[4]. El que dijo – a los que preguntaban: ¿en este tiempo restituirás el reino de Israel?: –No    os toca a vosotros saber los tiempos y los momentos que el Padre tiene reservados en su poder[5].

                                         

Admirable saludo, admirable envío, admirable bendición, admirable ascensión. Salimos de la misa en su paz, en su ite, en su bendición, en el misterio en nosotros de su admirable ascensión. Salimos para el testimonio, para serle testigos en Jerusalén  —por la contemplación—; y en toda Judea —por la confesión—; y en Samaria   —por custodia y resistência— y en los últimos extremos de la tierra —por padecimiento y asunción gozosa de su vituperio.

            Todas las formas de vida están insinuadas en su envío: para todas tenemos al Señor con nosotros; para todas su ite fiel y formal; para todas su bendición: para todas su palabra espiritual, su evangelio espiritual.

            El Señor con nosotros, la misa ha terminado, nos bendice Dios omnipotente. Su derecha nos bendice para ir y su dedo nos señala el evangelio espiritual. 

            En principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. El prólogo de San Juan canta como un himno: canta dentro de la música sonora, en el silencio de los versículos que se ciernen —de tres en tres— en grandes círculos, de tres en tres, en espirales que van y vuelven; y desenvuelven, cada vez con más amplitud, cada vez con seguridad más serena, con mayor fuerza sosegada, el misterio de Cristo.

El misterio total: —en el Padre; —en el Verbo eterno, —en la creación: palabra de luz y vida—, en el misterio redentor: et Verbum Caro factum est, —en el misterio santificador: y nos dio poder de ser hijos de Dios

El Envío final

En la Misa se resume todo el misterio de nuestra salud y por eso la misa termina con el Evangelio de San Juan, con el misterio de nuestra salud, con el himno sublime que recapitula, para gloria del Padre, el misterio de nuestra salud.

            Himno secreto (Tibi silentium laus[6]), himno que envuelve la música. Palabra de victoria que parece destruir el camino, de tal manera es alta, de tal manera se cierne.

            ¿Qué sería de nosotros si tuviéramos que ir solamente, ‘ir’ sin más, en el camino estrecho, en la agonía de la puerta angosta, en el horror de la agonía, en el aniquilamiento de la criatura, si no supiéramos que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros? ¿Si no supiéramos que el que está con nosotros y nos envía para testimonio es nuestro creador eterno, la Palabra del Padre, Cristo, nuestro hermano, el Rey victorioso, nuestra Pascua, el Hijo eterno, nuestra gloria?

Qué Señor, para qué, para quiénes

El Dominus vobiscum del Ofertorio: el Señor está con vosotros ¿qué Señor? El que en la cena tomó pan y vino gratias agens, ‘dando gracias’ y nos mandó hacer eso en memoria de Él. El que en la cena instituyó este sacramento.

El Señor con nosotros ¿para qué? Para que ofrezcamos al altar pan y vino a fin de que, en su memoria sean consagrados, a fin de que sean consagrados en su memoria de Él.

Este Dominus vobiscum es el saludo del Liturgo a la Iglesia secreta, separada. Es el saludo que abre la comunidad de los misterios. Lo da en Orden al Bautismo; solamente al bautismo. Quien no está incorporado no puede recibirlo porque no puede ofrecer ni participar.

Es el saludo del Señor a la Iglesia que ofrece. El saludo del carácter al carácter; el saludo del sacerdocio jerárquico al sacerdocio real; el saludo de Cristo al pueblo segregado, a la nación santa, a los que han sido hechos reino y sacerdocio y van a actuar como tales; el saludo del Sacerdote a la comunidad que ofrece; del altar a los oferentes; y para prevenir en esa paz (el beso comunicado) el acto de la ofrenda.

No puede recibirlo sino el que está bautizado. No puede ser dado sino a quien tiene ya el carácter, es decir, la participación del sacerdocio de Cristo. No puede contestar a ese saludo sino quien ya ha sido consagrado a Dios con una misma unción del Espíritu Santo.

El Dominus vobiscum de la oración Colecta asocia a la comunidad a la oración de Cristo. El del Evangelio es heraldo del Verbo: pone de pie para oír la palabra. En uno y otro caben todos los hombres de buena voluntad. Pueden ser dados al catecúmeno y al que comienza en la fe.

Este del ofertorio sólo puede ser dado al discípulo, al bautizado, a quien tiene el carácter, sólo al participante del sacerdocio de Cristo, sólo a quien puede ejercer de algún modo un acto sacerdotal.

Aquí estamos en la Eucaristía y la Eucaristía es el sacrificio de la Iglesia. Es sacramento de la fe, supone la incorporación y el carácter, es sacrificio de la Iglesia, no puede entrar en ella sino la Iglesia. Supone el pasaje por el Mar Rojo, ya en Cristo, por su Pasión, ya sea en nosotros, por nuestro Bautismo. Supone el sacramento pascual, supone la sacralidad porque está dado para un acto sacral. Abre el sacrificio in mysterio y supone la oración misterial, y ningún extraño puede comer de esta pascua. Inaugura el sacrificio y no pertenece sino al pueblo sacrificial.

El saludo eficaz

María saludó a Isabel e Isabel fue llena del Espíritu Santo. Un saludo del Sacerdote a la Iglesia no puede ser ineficaz. Si el Señor nos desea.

            Si el Sacerdote nos desea[7] que el Señor esté con nosotros, el Señor, como término eficaz de ese saludo, estará realmente con nosotros y con el espíritu del Sacerdote porque la comunidad reciproca ese deseo. Donde están dos o tres reunidos en mi nombre allí estaré, en medio de vosotros[8]. La Iglesia reunida en su nombre lo tiene en medio de ella. Cuando el Sacerdote nos dice: El Señor con vosotros, con nosotros realmente está el Señor. Y está con nosotros para lo que lo pide y desea su ministro.

El término eficaz del Dominus vobiscum es el Señor con nosotros. El Señor con nosotros ¿para qué? Para que podamos oír (Evangelio), para que podamos ofrecer (Ofertorio), para que demos gracias (Prefacio), para que recibamos realmente al que hemos recibido (Postcomunión) para que sepamos ir (Ite, missa est!). El Señor con nosotros, el Señor con tu espíritu: ¡saludo, comprobación, deseo, memoria, presencia, fuerza, paz! Comunicación sacerdotal que sólo el ministro puede dar, saludo del Señor a su Iglesia por comunicación de su paz (el beso). Y memoria de su presencia, que sólo el Sacerdote puede darnos, que solamente el Sacerdote puede recibir.

            Es un saludo de paz: el Señor manifiesta su presencia a la Iglesia, vuelve a ella su rostro y la previene para algún acto de la comunidad.

            Es un saludo jerárquico: solamente el sacerdote puede decir ‘Dominus vobiscum’. Sólo quien representa a toda la Iglesia tiene poder sobre toda la comunidad. Sólo quien tiene poder sobre el cuerpo de Cristo puede congregar a toda la asamblea.

 Efectos del saludo

             “Y saludó a Isabel”. “Y fue así como oyó el saludo de María  a) dio el infante saltos en el seno de ella y b) fue llena del Espíritu Santo Isabel”[9]. El Dominus vobiscum previene y suscita. Lo concebido (Introito, Kyries, Gloria) manifiesta vida y la Iglesia recibe su paz. Lo concebido (operación del Introito) en orden a la reunión: Colecta; operación de la Lección en orden al Ofertorio; operación de la Comunión en orden a la vida, al testimonio. Todo lo concebido: da señales de vida, tiende, da, destruye y atestigua.

            Da señales de vida y quien lo lleva (la Iglesia) es llena del Espíritu Santo. Espíritu de oración (Colecta y postcomunión); espíritu de oblación (Ofertorio e ite).

            Tiende a solo Dios (Colecta). Da todo para Dios (Ofertorio). Destruye todo lo que no es de Dios (Communio). Atestigua, antes de subir al altar en secreto, antes de la Colecta solemnemente, antes del Evangelio por boca del Diácono, antes del Ofertorio, antes del Prefacio, antes de la Postcomunión, antes del Ite, antes del último Evangelio. Seis de ellos atestiguan clara y solemnemente. Dos de ellos sólo audibles para los ministros.

 El Sacerdote dice: —Dominus vobiscum y el término de su palabra es ‘Dominus nobiscum’ el Señor con nosotros. Este Señor es Cristo, nuestro Señor, sin quien no podemos nada: Et in capite eius diademata multa[10], muchas diademas ciñen su cabeza. Este único Señor tiene muchos nombres, y tiene muchas diademas, y en cada uno de sus misterios se manifiesta de diferente modo y así, en cada ‘Dominus vobiscum’ uno es el Señor y el Señor es Señor nuestro, pero es hermoso distinguir sus nombres y según cada acción distinguir sus diferentes títulos y sus diferentes diademas.

Hay ocho Dominus vobiscum en la Misa: dos son secretos; dos van acompañados con palabra y con rito para prevenir una oración de la comunidad; dos cantados, con palabra y sin rito, para prevenir una palabra de la jerarquía; dos con palabra y con rito para prevenir una acción de la comunidad,

            El primero, secreto, queda dentro del Introito. Es dicho por el Sacerdote a solos sus ministros mientras sube las gradas del altar y antes de comenzar a orar el Aufer a nobis. Corresponde a la Encarnación: Cristo- Emmanuel, Dios con nosotros, le dice a solos sus ministros: María (el Diácono) y José (el Subdiácono): —El Señor con vosotros.

            El segundo —público, solemne y con rito— termina todo el proceso de la entrada (Introito, Kyries, Gloria) y previene la Oración (Colecta). Corresponde a Cristo-Pastor, reúne a sus ovejas y dice a los hijos de Dios que conocen su nombre: —El Señor con vosotros.

            El tercero —cantado, solemne, pero sin rito— precede al Evangelio. Es el pasaje de las lecciones a la palabra del Hijo, lo dice el Diácono, no el Sacerdote. Corresponde al Evangelio: Cristo-Doctor que ilumina a sus discípulos y dice a los que se arrepienten (metanoia: cambian su mente) y dejan todo para recibir su palabra: —El Señor con vosotros.

            El cuarto —público, solemne, con rito— abre el Ofertorio, es decir, es el saludo del Liturgo a la comunidad, que abre la misa propiamente dicha. Corresponde a la Pasión: Cristo-Pontífice dice a sus propios miembros incorporados a Él por el bautismo en su muerte, a quienes llevan son portadores de su carácter, al pueblo real y sacerdotal, adquirido con su sangre: —El Señor con vosotros.

            El quinto —solemne, cantado, sin rito— abre la Eucaristía, precede al Sursum corda, dispone, como el del Evangelio, para una palabra. Es dicho por el Sacerdote en el momento más solemne de la Misa. Corresponde a la Resurrección: Cristo-Resucitado, (Víctor Rex, ‘Vencedor, Rey’) con las llaves de la muerte y del infierno[11], y a quien todo ha sido dado en la tierra y en los cielos[12]; dice a su pueblo, como el águila que incita a volar a sus polluelos[13], para enseñarle a dar gracias: —El Señor con vosotros.

            El sexto —solemne, cantado, con rito— exactamente como el de la Colecta, precede la Post Communio, oración ad complendum[14], y es dicho por el Sacerdote después de la recepción del sacramento. Corresponde a la vida gloriosa en este mundo: Cristo-Peregrino se une a sus discípulos (a los testigos pre-ordenados de su Resurrección) caminando a la par de ellos, conforme a su humillación (pues van camino de Emaús[15], es decir, son gente despreciada) y les abre los ojos en la fracción del pan, y ellos le reconocen, pero él se hace invisible no dándoles otra certeza que ésta: —El Señor con vosotros.

El séptimo —solemne, cantado, con rito— exactamente como el del Ofertorio, para prevenir una acción de la comunidad, abre el Ite Missa est, consuma la misa y abre nuestro envío. Corresponde a la Ascensión del Señor: Cristo-Assumpto, en su gloria, elevado, sentado a la derecha del Padre, da paz a sus discípulos y los bendice y envía a serle testigos diciéndoles: —¡El Señor con vosotros!

            El octavo —secreto como el primero— es dicho por el Sacerdote a sólo sus ministros, precede la lectura del último Evangelio, corresponde a la vida nueva —del Verbo en nosotros, y de nosotros en el Verbo— producida por la comunión del Santo Sacrificio. Corresponde a la exaltación del Señor en la gloria. Es lo contrario del Emmanuel, es decir, del primer Dominus vobiscum. Aquél es ‘con nosotros – Dios’. Éste con Dios – nosotros, es decir, a la derecha del Padre: nosotros, Cristo-Hombre.

            A quien está muerto y cuya vida está oculta en Dios con Cristo[16], el Verbo le dice, en silencio, y no individualmente sino en el misterio de la comunidad, del Cuerpo: —El Señor con vosotros.

            No os he dejado huérfanos[17], he aquí que estoy con vosotros, deglutiens mortem[18], por dependencia de mi victoria indestructible en anticipación a mi parusía que viene.

¿Y por qué este Dominus vobiscum no es cantado ni dicho en alta voz a todo el pueblo? Porque en este estado de muerte al mundo y transformación de vida en Dios, el Verbo halla a los suyos adonde están con Él, en gloria, es decir, según le son dados por el Padre y le están unidos por el Espíritu Santo. Y así en figuración de las dos Personas es dicha la palabra a los dos ministros de quienes recibe sus miembros, como antes fue dicha en secreto su Emmanuel, según María y José —con prescindencia de todos—  solos le asistían.

Catecismo del Dominus vobiscum[19]

            ¿Qué es el Dominus vobiscum? —Un saludo.

            ¿Qué clase de saludo? ¿De aclamación, de bienvenida, de adiós? ¿Es un Ave, un Hosanna, etc.? —Es un saludo de paz, que recibe y previene.

            ¿De quién? —Del sacerdote al Pueblo.

            ¿Cómo sabemos eso? —Por el rito y las palabras y la oportunidad con que es dicho.

            ¿Cuál es el rito? —Primero el sacerdote extiende sus manos sobre el altar, se inclina y lo besa en el medio. Luego se yergue, se vuelve al pueblo, eleva las manos y dice, cantando: —Dominus vobiscum. El pueblo, de pie, por el coro que es su boca, le responde: —Et cum spiritu tuo. Luego el Sacerdote junta las manos ante el pecho y por el mismo lado por donde se volvió hacia el pueblo se vuelve nuevamente hacia el altar.

            ¿Qué hay pues en este rito? —Un beso comunicado: Una expresión de paz: un beso comunicado, un abrazo comenzado, un deseo[20] de que el Señor esté con nosotros, una memoria de que el Señor está con nosotros y con su Sacerdote; un deseo de que el Señor esté realmente con nosotros en este momento y con su Sacerdote para este acto que vamos a realizar.

¿Qué acto es? Un acto de religión diverso cada vez: unas veces es una oración, como en la colecta; otras, una recepción como antes del Evangelio; otras una oblación, como en el Ofertorio; para orar, para oír, para ofrecer, sea que pidamos, recibamos o demos.

            ¿Cuántas veces se dice Dominus vobiscum en la Misa? —Siete veces.

            ¿Todos los Dominus vobiscum son iguales? —En la palabra sí, en el rito no; en la oportunidad y en la intención tampoco.

            ¿Cuáles son estos siete Dominus vobiscum? —El primero es secreto y no lo oímos. Lo dice el Sacerdote a sus ministros al subir las gradas del altar, antes de la oración Aufer a nobis. El segundo y el sexto previenen la oración y son dichos solemnemente con beso al altar y ostensión del rostro y las manos del Sacerdote al pueblo. El segundo precede y previene la oración colecta, el sexto la oración después de la comunión, o Post communio. Ambos previenen la oración de la comunidad: la oración que congrega en la Colecta y la oración ad complendum, la oración super populum, ‘sobre el pueblo’ y la oración del sacramento recibido.

            Tres veces es dicho únicamente en sus palabras, sin rito, simple expresión de un deseo: —el primero en secreto (no lo oímos) lo dice el sacerdote a sus ministros al subir las gradas del altar, antes de la oración Aufer a nobis. Los otros dos son solemnemente cantados: una vez por el Diácono, la otra vez por el Sacerdote antes del Prefacio.

            Los otros cuatro tienen rito solemne, es decir, comunican el beso al altar, manifiestan el rostro del Sacerdote al pueblo y muestran las manos. Dos veces para prevenir la oración (Colecta y Postcomunión) y dos veces prevenir los actos más decisivos de la Iglesia (Ofertorio e Ite Missa est).

            La Colecta y la Postcomunión previenen la oración de la comunidad. La Colecta es la oración que congrega. La Postcomunión es la oración ad complendum, la que concluye o cierra la celebración, es también la oración sobre el pueblo y sobre el sacramento recibido.

            Los dos saludos solemnes antes del Ofertorio y antes del Ite Missa est, previenen los actos más decisivos, es decir, primero el Ofertorio, el acto de la Iglesia que ofrece la oblación, el otro es el acto de la Iglesia que atestigua; el primero antes de ofrecer en el altar y el segundo antes de irse para dar testimonio.

            ¿Quiénes son los actores, los interlocutores de este saludo? —Siempre son el sacerdote y el pueblo. El Sacerdote nos saluda en la caridad que se adelanta. Nosotros a él en la caridad que consuma. Pero en cada momento uno y otro manifiestan diferencia de carácter, expresan diferentes situaciones y tiene diferente contexto. Y así, deseo antes de subir al altar, antes del Evangelio, antes del Prefacio, el Dominus vobiscum es informado luego por el rito subsiguiente: a) antes de la oración de la comunidad (Colecta, Postcomunión); b) antes de sus dos grandes actos (Ofertorio y envío) cuando al ofrecer se ofrece y la ofrenda es ella misma puesta en el altar; y al ser enviados, en el Ite Missa est —trasladado ya el sacrificio desde el altar al pueblo por la comunión — es enviada la comunidad a dar testimonio ante, los hombres, de la vida divina que ha recibido y la nutre.

Los Dominus vobiscum glosados[21]

Secreto, antes del Aufer a nobis. Al subir las gradas del altar al comienzo de la Misa: El Señor con vosotros, ministros míos, que subís conmigo ahora al altar; el Señor con tu espíritu, Sacerdote nuestro que te llegas ahora al Altar.

Solemne antes de la colecta: El Señor con vosotros, pueblo reunido, que habéis entrado al altar. El Señor con tu espíritu, Sacerdote que vas a ofrecer nuestra oración. Es el saludo del presidente a la plebs collecta, a la asamblea cristiana. ¿Qué Señor? El que reúne a su Iglesia. El que dio su vida para que todos los hijos de Dios fueran reunidos in unum.

            Solemne antes del Ofertorio: El Señor con vosotros, sacerdocio real, pueblo de adquisición, nación santa, que vais a entregar la ofrenda al altar. El Señor contigo, Sacerdote de Dios, que vas a presentar y disponer nuestra ofrenda. Es el saludo del Liturgo a la ecclesia secreta, ‘la Iglesia separada del mundo’ a los sellados por el carácter sacerdotal de Cristo. ¿Qué Señor? El que nos separó del mundo y dio así a su Iglesia en el sacramento un sacrificio propio que sólo ella puede ofrecer.

            El de la colecta puede oírlo y recibirlo un infiel. El del Ofertorio sólo se dirige a los fieles. El de la Colecta corresponde a la missa catechumenorum, ‘la misa de los catecúmenos’. El del Ofertorio a la missa sacramentorum. Es proferido ya dentro de la economía del misterio.

            Simple deseo del Diácono al pueblo antes del Evangelio: El Señor con vosotros para que podáis oír. El Señor con tu espíritu para que puedas anunciar. ¿Qué Señor? El que dijo: arrepentíos y recibid el Evangelio. El que enseña que no de solo pan vive el hombre y nos alimenta de su palabra. Enutritus verbo fidei[22].

            Deseo del Pontífice a la asamblea al iniciar el Prefacio: El Señor con vosotros para que podáis dar gracias. El Señor con tu espíritu para que des gracias, para que sacrifiques. ¿Qué Señor? El que tomó el pan y el vino gratias agens, ’dando gracias’ y nos mandó hacer eso en su memoria.

            Post communio, saludo del Sacerdote, del que ha dado los dones sagrados al pueblo que los ha recibido. El Señor con vosotros, que habéis recibido el cuerpo del Señor. El Señor con tu espíritu, que vas a pedir el fruto del sacramento recibido. El Señor con tu espíritu, Sacerdote, que en la Colecta eres presidente de la asamblea, cabeza del pueblo; en el Ofertorio eres liturgo, sacerdote en sentido estricto y propio; que en el Prefacio eres el pontífice, sacrificador del sacrificio de alabanza; que en la postcomunión eres el sacerdote sacra dans, ‘que entregas los bienes sagrados’; que en el envío Ite Missa es, ‘Id, la Misa ha terminado’, eres el sacrificador, el jerarca, el que envía al martirio, el que hace un acto del gobierno sacro: agissant sur le monde[23].

El del Ite Missa est, envío final de la Misa: El Señor con vosotros. los que vais a dar testimonio de la vida divina en la vida cotidiana. El Señor con tu espíritu, tú que vas a permanecer coram domino, ‘en presencia del Señor’ para sacralizar jugiter, ‘continuamente’ nuestra vida.

El Dominus vobiscum, abrazo y beso

El que abraza anula la ausencia, destruye la distancia, incluye en sí mismo a aquél a quien abraza. La madre abraza al niño en el regazo materno, lo incluye de nuevo en su seno. El esposo abraza a la esposa, incorpora a su mujer, carne de su carne, huesos de sus huesos, parte integrante de su ser.

Abrazo comenzado

El Dominus vobiscum es un abrazo comenzado, es el saludo del Señor resucitado, el saludo de paz, que da su paz. Abrazo comenzado. Las primicias no son la siega. Cristo resucitado no es la resurrección total que esperamos. Abrazo comenzado, da la paz, su paz, vuelve el rostro del Padre a nosotros y nos muestra sus manos.

            No es todavía el abrazo completo. No toma todavía a la Iglesia, como toma el segador la gavilla contra su pecho. Todavía no le dice: Venid benditos de mi Padre a poseer el reino preparado desde el principio del mundo[24].

Beso comunicado

Cristo nos da su paz, el sacerdote besa el altar y comunica su beso, comunicado y recibido, no devuelto. No es el beso de la unión hipostática; no es el beso dado y retribuido, de los que participarán de la naturaleza divina y para quienes Dios será todo en todo. Es el beso de la caridad —que da.

Los cuatro Dominus vobiscum solemnes, con beso comunicado, abrazo comenzado y manifestación de rostro al pueblo corresponden a los momentos iniciales y finales de la Misa. Es decir, a las dos oraciones de la reunión (Colecta y Post Communio) que la comienzan y terminan; y a los dos actos (Ofertorio e Ite Missa est) que son también el comienzo y el término del Sacrificio.

            Antes de la Colecta, que es el fin del rito del Introito, esta paz previene el comienzo de la reunión. Antes de la Post comunión, que es la oración final, ad complendum, en este Señor con nosotros, guardamos su fruto.

            Luego, antes del Ofertorio, comienzo efectivo de la Misa propiamente dicha, nos previene, nos dispone como oferentes. Y antes del Ite, Missa est, la despedida y envío, y trasladado ya el misterio del altar al pueblo, nos es dado el envío hacia los hombres y el testimonio.

Al terminar el canto del Credo o, si no hay Credo en esa Misa, luego del rito del incienso con que termina el Evangelio, el Sacerdote y los ministros suben al altar y se colocan en el medio, en gradas descendentes, el uno detrás del otro. El Sacerdote besa el altar y se vuelve al pueblo y lo saluda cantando: Dominus vobiscum, ‘El Señor está con vosotros’. Y el pueblo, por el coro, su boca, le responde: et cum spiritu tuo.

            Este es el cuarto Dominus vobiscum en la Misa, pero el segundo solemne con beso al altar, rostro vuelto al pueblo y abrazo comenzado.

            Siete veces se dice Dominus vobiscum en la Misa[25], pero solamente cuatro veces esa palabra es dada acompañada del rito solemne, como comunicación de la paz, es decir, con beso al altar y manifestación del rostro y de las manos al pueblo.

            Las otras tres veces, una es secreta y dicha por el sacerdote a solos sus ministros mientras sube las gradas del altar al comenzar la misa. Las otras dos veces, una la pronuncia el Diácono, como prólogo del Evangelio y la segunda la pronuncia el Sacerdote al comienzo del Prefacio. Aunque cantadas ambas veces, las dos no son precisamente un saludo, sino la expresión de un deseo.

           

Conclusión

El Dominus vobiscum es una fórmula de paz, un saludo en cierto modo sacramental. Es dado siempre de la misma manera y siempre nos desea o advierte la presencia del Señor con nosotros. Pero, como todo saludo, adquiere su sentido cabal según el ámbito de significación en que se pronuncia, es decir, la situación en que se produce, según por qué y para qué nos saludan.

            Así, antes de la Colecta lo vimos llegar después del Gloria, como el Dominus vobiscum de Booz viniendo de Belén para decirnos: El Señor con vosotros[26], los que habéis entrado (Introito), los que habéis gemido (Kyries) los que habéis contemplado la gloria (Himno del Gloria). Con vosotros y con vuestro espíritu, para que, como término de esta preparación, la Iglesia, llamada, pueda orar.

            Y así nos previene y prepara la oración que congrega conforme al misterio de la entrada al altar. Ahora, reunidos por la Oración (rito del Introito) y purificados por la Palabra (conforma a la lección divina) aquí pasamos de la fe al sacramento, el Sacerdote nos saluda en el Prefacio, para dar comienzo al sacrificio. Este Dominus vobiscum del Prefacio ya no previene una oración como en la post communio, sino que, al igual que el saludo del final de la misa, previene un acto del pueblo.


[1] Nota del editor: Ese capítulo se compone de diversos fascículos unas veces distinguidos por títulos y otras veces no. Los subtítulos son del editor y se intercalan al comienzo del capítulo para orientación del lector

[2] Para vigor, fuerza, capacidad de acción

[3] Ver Hechos, 1, 4 y 9

[4] Hechos 1, 8

[5] Hechos 1, 6-7

[6] Salmo 64, 1 en el original hebreo, “El silencio es una alabanza para Ti”, aunque la Vulgata traduzca Te decet  hymnus.

[7] Nota del editor: Aquí Dimas Antuña interpreta el Dominus vobiscum como optativo (esté) y no como indicativo (está).

[8] Mateo 18,20

[9] Véase Lucas 1, 40-44

[10] Apocalipsis 19, 12: Y en su cabeza muchas diademas

[11] Apocalipsis 1, 18

[12] Mateo 28, 18, Ver Efesios 2, 9-11

[13] Deuteronomio 32, 11

[14] Para dar cumplimiento, para completar, culminar, hacer efectivo el efecto del sacramento mediante el fruto interior.

[15] Nota marginal a mano: “Emmaus = in spatio stadiorum sexaginta ab Jerusalem. Emaús, en el espacio, distante sesenta estadios de Jerusalén”

[16] Ver: Colosenses 3, 3

[17] ´Ver Juan 14, 18

[18] Devorando a la muerte. Palabras que se leen sólo en la Vulgata, y no en el texto griego, en 1ª Pedro 3,  22: deglutens mortem ut vitae aeternae heredes efficeremur: devorando a la muerte para que fuéramos constituidos en herederos de la vida eterna.

[19] Nota del editor: En este artículo, el autor procede como en los catecismos de preguntas y respuestas. Después de haber tratado del Dominus vobiscum, estas preguntas y respuestas sirven de repaso de lo expuesto.

[20] Nota del editor: es un deseo de presencia que sin embargo implica su presencia y no su ausencia, No es optativo sino indicativo, porque agrega, a continuación: “una memoria, etc.”.

[21] Subtítulo del editor. El autor interpreta los saludos según la intencionalidad prescrita al Sacerdote para cada uno de ellos.

[22] Alimentado con el verbo de la fe

[23] Que opera sobre el mundo

[24] Cita libre de Mateo 25, 34

[25] Nota del editor: La octava vez que lo pronuncia el sacerdote, es antes del Evangelio final, cuando ya la misa propiamente dicha ha terminado.

[26] Rut 2, 4


 

10. ORACIÓN COLLECTA, DOMINUS VOBISCUM, AMEN[1]

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor ¡que vea!

Marcos 10, 51

RITO

Después del Dominus vobiscum! El Sacerdote y los ministros se dirigen hacia el lado de la Epístola con las manos juntas sobre el pecho. Allí se colocan de cara al altar, uno detrás de otro, en gradas ascendentes.

El Sacerdote canta: —Oremus! y, según canta, separa las manos, las eleva y las vuelve a juntar. Luego las separa nuevamente y, manteniéndolas en alto, recita una oración. Cuando ésta llega a su término, al decir por quién ha elevado las manos, al decir: Per Christum Dominum Nostrum, el Sacerdote las baja, las junta ante el pecho palma con palma, inclina brevemente la cabeza hacia la Cruz del altar, y luego permanece erguido, con las manos juntas, hasta el final de la oración que recita y hasta oír el Amén del pueblo, que la cumple.

I

LA COLECTA es la oración de la Misa. Congrega, junta, reúne al pueblo. Es el término de los actos de la reunión preparatoria. El término del Introito (pues entramos para orar) y el término de los Kyries y el Gloria. Preparada por los Kyries y el Gloria, producida por el Dominus vobiscum!, su nombre, Colecta, muestra a la Iglesia reunida y dice el misterio de esa unidad a la cual somos introducidos por la entrada de Cristo; en el Introito; tendemos como per ignem et aquam, en los Kyries; contemplamos in excelsis, en el Gloria, y nos es dada ¡oh Emmanuel! en el Dominus vobiscum. La Colecta nace del Dominus vobiscum como la unidad nace de la paz. Flor que nace de un beso, reúne a la iglesia en un Espíritu y le da acceso al Padre por el Hijo.

            Oración de la Misa. De ninguna manera es una oración privada, ni de uno, ni de muchos, sino oficial, pública, solemne, de todos y pronunciada por el Sacerdote con autoridad, como cabeza de la Iglesia, como presidente de la asamblea cristiana.

            Durante la liturgia el Sacerdote ora también algunas veces (asistido de sus ministros, en voz baja) como persona privada, pero, en este momento, término de la reunión preparatoria, y en este lugar, el cornu judaeorum[2] el Sacerdote asume el sentir de todos, y en ejercicio de su carácter sacerdotal, como quien ha sido tomado por Dios de entre los hombres y ‘ordenado’, dice la oración de la iglesia reunida.

            La Colecta, pues, supone la reunión del pueblo y la autoridad del Sacerdote. Supone al pueblo, como la Secreta supone la ofrenda, o la Postcommunio, la Communio. Y supone la autoridad que reúne al pueblo: los labios a quienes dio el Señor la ciencia y la elevación de las manos que tienen poder. Una Colecta sin pueblo reunido sería tan absurda como una Super Oblata sin oblata o una Postcommunio sin sacramento recibido. Y una Colecta sin Sacerdote sería tan monstruosa como una boca sin labios o un tronco sin cabeza. —Quita la cabeza del cuerpo, dice el gran Padre San Ambrosio, y mira el horror que queda… No puede existir el hombre sin el cuerpo, pero, en cuanto hombre, el hombre, todo el hombre, está en la cabeza.

Oración de la misa, oración oficial, orgánica, dicha por el pueblo, congrega, junta, reúne y supone y muestra, profundamente, el misterio de la Iglesia.

Sus palabras son simples. Con un ritmo claro y una sencillez y dignidad incomparables dice, plenamente, lo que quiere decir. La plenitud de expresión (que hace que las colectas no puedan ser traducidas) es una de sus características más esenciales. En este sentido la colecta es una verdadera oración, es decir, una oris ratio, una razón de la boca, equilibrada, justa, llena de juicio y de inteligencia.

            Y esta oración, palabra justa de la prudencia mística, expresión de los labios que meditan; esta oración breve, digna, noble, preparada profundamente por las purificaciones afectivas de los Kyries y el Gloria y prevenida por el Dominus vobiscum, brota de un rito sencillo y claro como ella, el cual, por el lugar, por la actitud del Sacerdote y los actos que realiza a medida que ora conforma a la estructura de la oración misma, le da la plenitud de su sentido y la grandeza sencilla, severamente humana y selladamente divina, de lo que ella es como acto de la Misa.

Y es de notarse el lugar

El Sacerdote, que dice —Dominus vobiscum!, en medio del altar y que hará todos los grandes actos sacerdotales (secreta, prefacio, canon, Pater, fracción) también en el medio, para esta oración y para su gemela, la Postcommunio (para las dos synaxis, para las dos oraciones del pueblo reunido: Colecta, reunido en un Espíritu, in ecclesia, y Postcommunio, reunido en uno, en Christo Jesu) va al extremo sur del altar, al lado de la Epístola, al lugar llamado cornu judaeorum. En el altar todo lo que es fuente (plenitud que no cesa) corresponde al centro, y lo que es anuncio y esperanza, el Evangelio y la oración in via, corresponde a los extremos.

            Orar es acercarse a Dios, dice Santo Tomás. La Iglesia, pues, se acerca a Dios por donde Dios se acerca a ella, por el lugar de los judíos. Ora acogiéndose al misterio de la preparación y del llamado, partiendo del origen y el secreto de las dispensaciones divinas, y la oración que congrega aquí, ahora, a este rebañito pequeño juntándolo, quia salus ex judaeis[3], al misterio de la raíz, santa, en la cual fuimos inseridos los ramos.

II

PERO VEAMOS cómo se desarrolla esta oración.

El Sacerdote empieza por un llamado al pueblo. Canta: —Oremus! Y acompaña esa palabra con un gesto de sus manos que se separan, se elevan y se vuelven a juntar. Su voz, pues, nos avisa, mientras sus manos, que extiende y recoge, juntan el sentir de todos.

            Luego el Sacerdote separa nuevamente las manos, las eleva y, teniéndolas extendidas, comienza a recitar la oración. Se dirige al Padre, a Dios, diciendo: Deus o Deus noster, o Omnipotens Deus, o Omnipotens sempiterne Deus. Y después de ese vocativo, brevísimo casi siempre, recuerda algo. Algún atributo de Dios, alguno de sus misterios, o alguno de sus actos, alguna de sus manifestaciones, o el día que celebramos, el Hodie, dedicación o conmemoración que nos reúne y, en orden a ese recuerdo, da a conocer a Dios nuestras peticiones.

            Ahora bien, durante todo este tiempo, mientras invoca, recuerda y pide, el Sacerdote mantiene las manos separadas. Actitud del orante, profundamente significativa: ¡no tiene nada y lo espera todo del cielo!  Pero después del pedido, el Sacerdote dice al Padre por quién eleva las manos, dice por quién pide, dice: Per Christum Dominum Nostrum, y este nombre le hace juntar las manos ante el pecho.

Esta conclusión muestra el gran misterio de la oración cristiana, su alcance como acto íntimo de la vida del hombre en Cristo dentro de la vida misma de Dios. Porque si el hombre se dirige al Padre en un Espíritu elevando manos puras, el secreto de su estar de pie y la razón que tiene, en Dios mismo, para ser oído, es Cristo, el Hijo, el Amado, el Mediador, Hijo de Dios e hijo del hombre, uno con el Padre y Señor nuestro. Nuestra cabeza, nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro ser, el espíritu de nuestra boca, el Cristo Señor, el que con el Padre vive y reina en la unidad del Espíritu Santo… Con la obsecración terminan las palabras que recita el sacerdote y el pueblo concluye, diciendo: Amén.

            La unidad, la claridad, la conexión lógica y hasta el cursus de la oración de la Misa es algo noble. Ningún sentimentalismo, ninguna efusión interior. Una invocación al Padre, sobria, grave, brevísima. Un recuerdo. Un pedido. Nuestra razón de orar (nuestra razón de ser), Cristo, Nuestro Señor y, como conclusión, el pueblo de pie, que llamado a orar en el Oremus, cumple la oración, su oración, con el Amén.

El Amén es un misterio.

Muchos Amén nos son pedidos y damos en la Misa. Unos son Amén de oración, otros de sacrificio. Unas veces, como en el Ofertorio, la Fracción o el Canon, decimos Amén a cosas que no vemos ni oímos. Actos sacerdotales, secretos, que el Sacerdote hace como sacerdote, por nosotros, pero no sin nosotros, pues no puede concluirlos sin el Amén del pueblo. Otras veces, como en la Colecta y la Postcommunio, decimos Amén a palabras que acabamos de oír distintamente, y estos Amén de oración (menos grandes ciertamente que aquellos que nos configuran al sacrificio), tienen sin embargo una belleza noble, serena y, en cierto modo, visible.

            Si orar es decir Amén, has dicho bien. Si orar es desear, Amén, y que así sea! Y si orar es acercarse a Dios, henos aquí, sacerdote nuestro, de pie y unánimes contigo, en Cristo, nuestro Dios Amén!

            Sello de oración y palabra sellada, nombre que contiene el Nombre de Dios, garantía de las cosas divinas y entrada de la criatura a ellas por entrega de sí misma cuando dice Amén, con tal fuerza usó de esta palabra el Señor en el evangelio y de tal manera fue oída en los cielos, que nadie osó traducirla. Pasó a la Iglesia en hebreo para expresar en ese lenguaje de la garganta, del deseo, lo que la Iglesia siente de los misterios divinos. Pasó “con velo de secreto idioma”, junto con el Alleluia y el Hosanna, para expresar el afecto y decir lo inefable. Para decir lo que no puede ser dicho: lo que la Iglesia siente del Padre en el divino Alleluia!, lo que la Iglesia siente del Hijo, en el Hosanna! victorioso, y lo que la Iglesia siente de sí misma en el Amén. Su entrega, su hambre, su sed, su fiat!, su exinanitio y su exaltatio[4], la estrechez de la agonía de su puerta angosta y su pascua, en este profundo, humilde, inconmovible y nunca retirado de sus labios, Amén!

III

LA ORACIÓN DE LA MISA es una maravillosa unidad. Sencillez, orden, precisión, conveniencia interna de las partes. Debajo de los gestos sencillísimos de la elevación de las manos y de la coincidencia de las palmas, la Colecta despliega sus seis partes lógicas que se corresponden, dos a dos, rigurosamente. En este serafín de dos alas velan el rostro de él: la invocación al Padre y la obsecración por el Hijo. Dos alas velan sus pies: la memoria con hacimiento de gracias y la petición final. Y dos alas vuelan: el Oremus y el Amén.

El Oremos avisa, el Amén cumple. Oremos y Amén son el espíritu de la oración. Espíritu que congrega y espíritu que consuma; espíritu que congrega en un Espíritu, y espíritu que sella la unidad en un fiat. Oremus y Amén pertenecen eminentemente al Espíritu Santo.

La invocación y la obsecración son el misterio del Nombre de Dios tal como ha sido dado a los cristianos. Pues no invocaríamos al Padre si no fuera por el Hijo, ni podríamos elevar las manos puras si no nos las hiciera juntar ante el pecho el Por Cristo Nuestro Señor.

            Y en cuanto a la memoria y la petición, en ellas está la oración misma como expresión de la criatura que ora. Orar es un acto tan íntimo que deja a la criatura en cruz. Queda nuda et aperta[5]. Podemos ver lo que es. Y, lo que es, es eso: memoria y esperanza, destierro y deseo, elevación de las manos al Padre y amén a la gloria de Dios.

            Pero hay tal pureza, tal sencillez, tal perfección en la colecta de la Misa que, cuando se vive de ella diariamente y se piensa cómo está ordenada y cómo brotan y se despliegan sus partes, se recuerda aquella palabra del Señor: Considerate lilia agri [6]… Ni Salomón en su gloria conoció la perfección de estos seis pétalos: los tres que llevan en esta perfecta azucena el santo Nombre de Dios (la invocación al Padre, la obsecración por el Hijo y el Amén del Espíritu Santo), y los tres con el anhelo de la criatura: en el Oremus que nos eleva a Dios, en la memoria que nos fija en su presencia y en la petitio que aguarda su rocío.

Y ahora podemos preguntarnos qué piden las colectas de la Misa, es decir, qué pide al Padre por el Hijo el Espíritu de unidad que congrega a la Iglesia. Lo más directo parece que sería abrir el Misal Romano y leer las colectas que están allí prescriptas.  Desgraciadamente (o feliz, muy felizmente) , el contenido intelectual de una oración apenas si es una dimensión del contenido de esa misma oración. Leer no es orar. Es así que el que lee no ora, luego, leer las colectas puede ser una de las mejores disciplinas para no saber qué piden. Degollamos analíticamente sin excepción ni perdón a todos los niños de Belén, sin caer en la cuenta, sin sospechar lo más mínimo que, antes de que nosotros empezáramos a leer, ya el ángel del Señor se le ha aparecido en sueños al Patriarca, y éste se ha levantado de noche, y nosotros estamos echando mano de inocentes, y leemos pero ni vemos ni oímos. No vemos que ha huida el Niño Dios y no oímos el grito de Raquel. Por camino que no es oración, buscamos inteligencia de oración: fuera del misterio queremos hallar gracia; donde no está el cuerpo pensamos que se juntarán las águilas.

            Yo soy el que soy, tú eres la que no es, decía Dios Padre a santa Catalina de Siena. La Iglesia, que contempla el Sér, ve en ese espejo del Sér perfecto, inmutable y eterno, lo que falta a estos hijos de su seno, que no son. Paralelo del Sér y del no-sér, de El que ES y de los que crecen, de la Trinidad beatísima por plenitud de todo bien y de la criatura redimida que muere cada día porque ya no tiene, en Cristo, vida eterna, tal es el contenido de las colectas.

            El no-ser dice, Padre!, la indigencia da gloria. La criatura de memoria y esperanza recuerda y pide. Lleva en la mente los años eternos, encuentra que ha sido reunida, halla in ecclesia que ha entrado, sabe que no es extraña a la dispensación del misterio escondido en Dios que lo creó todo, y pide lo que recuerda. Pide la dignidad israelítica del Hijo que ve a Dios, pide la dignidad mesiánica, la crismación perfecta del Amado príncipe de Dios. Que ventga la gracia y pase este mundo, que se cumpla el número y llegue el Esposo.

            Festina tempus et memento finis! La Iglesia no sabe pedir otra cosa. Es la virgen prudente. En su vigilia de paciencia perfecta oye constantemente el Sponsus venit! y adereza su lámpara.  Esta lámpara, cuya luz se enciende ya de noche en el oficio, luce y arde luego, y nos alegra a todos un momento con su luz cada mañana al entrar al sacrificio – y a ella la acompaña, la sigue acompañando en las Horas, durante todo el día.

IV

EN EL DESARROLLO de la Misa la Colecta es una cumbre. Una cumbre en un monte cuajado de muchas otras cumbres, donde el Evangelio y el Credo, y el Prefacio y el Pater, y la Postcommunio y el – Ite, missa est! Forman otras tantas cumbres, otros tantos montes, no dibujados y en hilera sino los unos dentro de los otros, pues el Monte es uno aunque su plenitud sea septiforme  y las riquezas de su comunicación infinitas.

            A la Colecta conducen como laderas de ese monto los actos de la reunión preparatoria: el Introito, los Kyries, el Gloria. Y a ella responden (como el que abre una puerta responde al que llama a esa puerta) todos los actos iluminativos de las lecciones divinas que la siguen: la Epístola, el Gradual, el Alleluia, el Tracto, el Evangelio.

            Mas considerada en sí misma, la Colecta tiene también esta nobleza de ser uno de los actos más visibles de la Iglesia. La Iglesia se muestra (es posible verla, por lo menos, y admirablemente) en misterios más altos de la Misa, como son, por ejemplo, el Ofertorio o la Fracción.

            Pero su inteligencia parece que está dada solamente a los que comunican, y acaso no siempre. En cambio, en la Colecta, cualquier hombre con algún discernimiento y cuya alma sea por l menos naturalmente cristiana, si es capaz de ver lo que tiene delante, es decir, al pueblo reunido y al Sacerdote, su cabeza, al oír esta palabra clara, recta y tan admirablemente firme de expresión, puede hacerse una idea de la dignidad de esta plebs sancta, de este sacerdocio real que se dirige a Dios como un hijo a su Padre, de pie, y que teniendo un inmenso sentido (un sentido como el que tuvo el mismo Señor Jesús) de la reverencia debida a la Majestad, habla sin embargo a la vez con un sentimiento desconcertantemente humilde y alto de la no investigable dignidad de su propia naturaleza humana, que, por un misterio que es toda la fe de los cristianos, el hombre que ora así, in ecclesia, ve unida a Dios y siendo objeto de la complacencia sin límites del Padre.

Y éste es sin duda el secreto de la serenidad inalterable de la divina liturgia y de la tan justamente celebrada nobleza de las colectas de la Misa. Lo que hace que la oración de la Iglesia no sea un grito desesperado de la criatura ante la grandeza inaccesible de Dios, ni un multiloquio explicativo y estúpido de la cabecita razonante o asustada ante un ídolo, sino una palabra formada, una oris ratio, dirigida a Dios, al Padre, por el hombre, con un equilibrio de expresión verdaderamente racional y humano y una libertad filial —casta, reverente, santa— inexplicable.

            Este equilibrio, ponderación de cosas extremas naturalmente inconciliables en el hombre, ha sido atribuido al genio romano. Lo recto era atribuido a Roma, es decir, a la asistencia inquebrantable prometida y dada a la roca de Pedro… Allí donde sea más perfecta la fe en la Encarnación, allí la pietas será más honda y serena y la oración más pura. Equilibrada en Aquél en quien omnia constant, tendrá el secreto del vuelo y ordenará sus palabras con juicio. Conocerá la inspiración y sabrá hablar a Dios en el misterio divino y humano (y no extraño al hombre, ciertamente) del Verbo hecho carne, y ni la verdad de Dios quedará disminuida como en el jadeo explicativo del necio que ora ni el hombre se verá aterrado ni por la grandeza inminente y demasiado real de la presencia de Dios, ni por el vacío trágico, de agujero sin fondo, de lo que hay en el interior del hombre.

V

UNA CUMBRE en el desarrollo de la Misa, uno de los momentos más bellos, más visibles de la Iglesia reunida, y como término de la Entrada, de los Kyries y del Gloria, una conclusión. La conclusión sencilla y sobria de esta unidad de alabanza que, con la antífona, el clamor y el himno da comienzo a la Misa.

            Es sabido que toda oración en la liturgia es una conclusión. Importa ver qué carácter tiene aquí esta conclusión y de qué manera esta palabra tan pura da término a un rito complejo.

El Introito, los Kyries y el Gloria son actos dobles. Son túnica forrada, libro escrito dentro y fuera: entrada y canto, clamor e incienso, himno y sesión… Hasta llegar al: Dominus vobiscum! es evidente que en la Misa rige el número dos. Este dos, diálogo de Hijo y el Padre que oye el Espíritu Santo, unión de Cristo y la Iglesia que da ser de Dios a los hijos, nos hace recibir simultáneamente lo que simultáneamente nos es dado.

 – Hijo de hombre, dice el Espíritu al profeta, hijo de hombre, mira con tus ojos, y oye con tus orejas, y aplica tu corazón a las cosas que yo te mostraré acerca de las ceremonias de mi Casa…[7].

Este ver y oír simultáneo de quien ha dado el corazón a entender, permite entrar en el misterio del dos y adelantar en los pasos de los dos que van juntos, que es mejor que vayan así, juntos, y que hemos visto ir yendo juntos hasta ahora, en el Introito, en el Kyries, en el Himno.

Melius est duo esse[8]. El afán de dos tiene mejor salario; si uno cayere el otro lo levantará; si dos duermen juntos se calentarán mutuamente; si alguien acomete a dos, pueden resistirle. En la acción (afán de dos), en la contemplación (dos que duermen), en la debilidad, para librar a la criatura del ¡ay! que nadie oye, (porque: ¡qué ¡ay! el ¡ay! de quien va solo!), en la hostilidad (para que dos resistan); sea que el espíritu progrese, sea que se repliegue, sea que se vea dividió, sea que se vea asediado; ley del dos, ley de Cristo, melius est duo esse simul![9].

Y ved que Dios ha creado así todas las cosas. Cada una completa en sí misma, pero una con otra valiéndose; y no porque le falte algo en sí a cada una, sino porque Dios es grande y su grandeza no falta a ninguna y a cada cosa le da testimonio y le muestra los bienes que ha puesto en la otra…

Al Introito le muestra la entrada del Sacerdote revestido; a los Kyries, el incienso que sube tantas veces del altar vacío; al Gloria, en claridad y sosiego, le muestra las manos sobre las rodillas de los que están sentados. Es preciso dejar, y no sólo dejar sino también recibir, las cosas que Dios hace en su perfección, en su anchura. La perfección exige que cada cosa sea completa en sí misma; la anchura que unas con otras confirmen sus bienes.

Estos elementos de inteligencia, paralelos y simultáneos, que van juntos pero no coinciden, que mutuamente concurren para entregar un misterio pero guardando cada uno su autonomía y su valor; que se mueven, pero no con dependencia explicativa sino cada uno por sí mismo y conforma a una ley altísima, de consonancia, de sabiduría, no son sino expresiones del misterio de Cristo que concretan a lo largo de la acción litúrgica la relación in re[10] que existe entre el santuario y la nave, entre el altar y el pueblo, entre el Padre y los hijos.

El rito, pues, progresa paralelamente, pero, al llegar a los pasajes en que la comunicación exige que cambie, al volverse a nosotros en el Dominus vobiscum! el rostro del Sacerdote, verdadero rostro de Cristo, los dos que van juntos se vuelven y se unen, y fundándose en ese Emmanuel, con-nosotros-Dios, florecen en la oración. Y así la serie doble, entrada del Sacerdote y canto del coro, en el Introito (afán de dos que halla mejor salario); y el clamor del pueblo y el incienso, en los Kyries (¡Ay! que no es el ¡ay! del solo y tiene quien lo levante), termina en la Colecta. En la Colecta cesan los elementos simultáneos. La reunión ya formada es una y la Iglesia, de pie, incorporada, habla al Padre. La ley del dos termina en uno. Pero este uno es – lo hemos visto – funículus triplex[11], es decir, el gran misterio revelado, el gran misterio cristiano, pues es uno y trino.

VI

TAL ES la oración de la Misa.

Una palabra pura. Ponderación sin esfuerzo (porque es ponderación en Dios) de cosas extremas, y exclusión sin violencia (porque estamos en Cristo) de la figura descompuesta del hombre y de sus gestos extremos. Ni grito de angustia, ni palabrería torpe; una oris ratio tranquila, llena de juicio y de inteligencia. Ni brazos en alto, ni manos enclavijadas: una elevación de las manos solamente, y palmas, luego, que coinciden. Y todo esto como conclusión de un espléndido rito, doble, profuso, lleno de sentido, riquísimo de elementos autónomos y concordantes, que comienza y progresa y pasa por diferentes fases, y aparentemente, precede la oración, pero en su substancia y realidad más íntima la trae, pues, en ella , sólo a ella tiende, y la prepara.


[1] Publicado en la revista ITINERARIUM 46(1945) Agosto-Diciembre págs. 49-62 bajo el título COLECTA y bajo los sobretítulos: “Meditación de la Liturgia” y “La liturgia y el ciego” como los artículos anteriores: 1) Introito, 2) Kyries, y el siguientes a éste:  4) Entrada y Reunión, que trata del rito de entrada en su conjunto: Introito, Kyries, Gloria y Oración Colecta

[2] Lado del altar, que significa el Antiguo Testamento, el ángulo de los judíos

[3] Juan 4, 22

[4] Su aceptación, su anonadamiento y su exaltación

[5] Desnuda y abierta

[6] Mirad los lirios del campo

[7] Ezequiel 44, 5

[8] “Es mejor que haya dos, que sean dos” la cita está tomada de Eclesiastés 4, 9 y remite a ese contexto

[9] Dimas Antuña parece aludir a las dos naturalezas, divina y humana, en Cristo; y parece ver en ella una suerte de Ley que dicta el misterio de la Encarnación y que gobierna sus obras, entre otras también la santa Misa.

[10] Relación “real”, objetiva, que está en las cosas y no es puramente subjetiva. En la filosofía escolástica se habla de relaciones reales y de relaciones de razón. El autor subraya que estas relaciones son objetivas, independientes de que alguien las perciba o no.

[11] Eclesiastés 4, 12, la cuerda de tres hilos.


 

12. LAS LECTURAS y EL CREDO

Conferencia[1]

Permitidme que recuerde brevemente lo que hemos tratado en nuestra primera conversación el día de Pentecostés: Hemos convenido en que el objeto de estas conversaciones después de la Misa, no es otro que el ver esta misma Misa que acabamos de oír. Queremos verla con los ojos de la cara, y con inteligencia distinta.

Hemos dicho también que este estudio de lo que está ante nosotros, no tiene el carácter de lección enseñada al que no sabe, sino de una conversación de los que saben, hecha  por puro gusto de recordar, en común, una cosa admirable, que todos aman.

Hemos dicho que nuestro punto de vista ante la misa, no es de teólogos, ni de liturgistas, ni de historiadores, sino simplemente de hijos de la Iglesia: hijos sentados a la mesa de su Padre; convidados (incomprensiblemente, inmerecidamente) a la mesa del Señor. Nuestro punto de vista es el punto de vista de lo que somos: el punto de vista de los convidados, de los comensales, un punto de vista muy legítimo. 

Hemos dicho finalmente, que en la Misa hay orden y movimiento, y que todo lo que se hace en ella: actos, gestos, palabras, oraciones, bendiciones, luces, etc. es conveniente: y, precisamente, percibir esa conveniencia, es decir, la proporción, el sentido y la belleza de esos actos y cosas, es lo que intentamos en estas conversaciones. Como eso es de orden sensible y espiritual, sólo queremos para nuestro propósito ojos limpios y espíritu purificado.

Así hemos declarado indeseable a la imaginación, porque es una mala vista, y al sentimiento, porque el sentimiento de los imperfectos (aún de los muy piadosos y buenos), no es dócil al espíritu de Dios.

Y todo esto fue dicho en nuestra primera reunión para determinar el carácter de estas conversaciones. Luego, entrando en el asunto, dijimos estas cosas obvias:

Que la última Cena fue la primera Misa, y que nuestra Misa corresponde exactamente a la última Cena, pues tiene las tres partes o actos esenciales de la Cena: ofrenda, eucaristía y fracción; y a estos actos se llega por dos actos preparatorios, que corresponden a los invitados: pues los invitados a la Última Cena habían dejado todo por seguir al Señor y esto lo hacemos nosotros en la Synaxis; y habían oído sus palabras y para esto tenemos nosotros la Instrucción. 

De la Snaxis o Preparación dijimos que es Afectiva, es decir, que está destinada a purificar y excitar el corazón del hombre, y a despegarlo de sí y de todo.

Ahora pues, entremos a tratar la segunda parte: la Instrucción.           

1.¿Qué carácter tiene la Instrucción? La Instrucción no es afectiva; la Instrucción es para inteligencia. Pero notad que no digo para la inteligencia, porque eso sería pensar que la Instrucción es intelectual, o para intelectuales, y eso sería pésimo error.  El cristiano no es un intelectual: el cristiano es inteligente o es ignorante (y a veces Dios junta admirablemente las dos cosas en una misma alma), pero no es un intelectual, porque lo que hace la perfección de cristiano, es la caridad, y ésta no pide al hombre preparación intelectual, sino corazón inteligente. Así las lecciones son para inteligencia.

            ahora el argumento de esta segunda parte o Instrucción: tenemos tres lecciones: la primera: llamada comúnmente Epístola, y que es leída por el Sub-Diácono; la segunda: compuesta hoy del Gradual y el Aleluya, y que es cantada por el Coro; y la tercera: la Lección Evangélica que es cantada por el Diácono. Oídas estas tres lecciones y como respondiendo a ellas, el pueblo entona el Credo.

            Como veis, el argumento es simple: tres lecciones y el Credo, y a veces las solas tres lecciones.

Estas lecciones  vienen inmediatamente de la preparación o Synaxis de que hemos hablado, y están antes del Sacrificio, y nos disponen a él; pues la Eucaristía es misterio de fe, y la fe es una enseñanza,  un dogma: una palabra de Dios enseñada al hombre, que el hombre recibe en su corazón por el oído.

            Aquél, pues, que nos ha creado y que va a darnos una participación real de su propia vida divina, es el mismo que ahora nos instruye.

            Ahora bien, habiendo hablado Dios muchas veces, y de muchos modos, por boca de sus profetas y apóstoles y santos, y finalmente por su propio Hijo, estas lecciones tienen el carácter propio de cada una de aquellas palabras de Dios, y de cada uno de aquellos sus enviados: desde los siervos sus profetas, hasta sus amigos los santos y los apóstoles, y hasta su propio Hijo, que es la única Palabra de Dios y el único y definitivo Enviado.

            Y las lecciones nos hablan así con muchas voces; pero todas esas voces pasan, o quedan como en suspenso, disponiéndonos para el Evangelio, y todas ellas dicen como Moisés al ser llamado: Te ruego Señor: Al que has de enviar, envíalo.

            Del argumento  general de la Preparación dijimos que era algo así como un duelo entre Israel y el Ángel, entre el espíritu de Dios que solicita al hombre, y el espíritu del hombre que gime, desea, aclama, espera, pide, y, (ya en la contrición, ya en el entusiasmo, ya con voz de alabanza, ya con palabra distinta) este espíritu del hombre tocado por Dios, dice como el Patriarca al Ángel: Dime tu nombre, mira que ya sube el alba, no te dejaré mientras no me bendigas. Tal es la primera parte de la Misa.

De esta segunda parte o Lección diremos que es algo así como la instrucción que   da un padre a su hijo. Pero este padre es infinitamente Padre, pues es Dios mismo, y este hijo es nada menos que el hombre, es decir, una criatura compleja y mala , admirable, miserable, “celestial y terrena  por naturaleza, divina y humana por gracia,  menos que humana por el pecado, más que humana por la contemplación”. La hizo Dios un poco menor que los ángeles y el pecado la ha puesto debajo de los brutos.  De cuántos modos, pues, con cuántas voces, hablará Dios a esta criatura suya de la que dijo, herido del más íntimo dolor: Me arrepiento de haberlos criado, y ante la que clamó con un testimonio perenne: Este es mi Hijo, el Amado.

            Y así pues, en estas lecciones hay una gran riqueza de voces, porque Aquel que nos habla “sabe lo que hay en el hombre” que hizo, y nos ama. Y por eso sus palabras ya son fuertes, ya suaves e íntimas, ya son palabras al oído, ya son palabras de disciplina.

            Y así la primera lección, la lección de los enviados, es voz de Dios por el Apóstol, o por el Profeta, o por el Sabio. Y la segunda lección, la lección del Coro, es la voz de Dios confiada al canto, a la música. Y la tercera lección es el Evangelio, esto es la voz del Hijo, y, por esto,  porque es la voz del Hijo, en realidad no hay tres lecciones sino una sola y es ésta; y las otras dos sólo conducen  y preparan para ésta: ya con preparación que advierte , en la Epístola;  ya con preparación que exulta, en el gradual. Y esas lecciones son lecciones de Dios  que habla, para abrirnos al oído, para disponernos el corazón,  a fin de que podamos seguirle cuando nos hable por boca de su Hijo, en esa conversación precisa del Evangelio: palabra del amigo que habla con el amigo sin alzar la voz; palabra en que el amigo, que ha puesto ya su vida para salvar al amigo, tiene algo que decir en la igualdad  del amor, a los que ya no llama  siervos, sino amigos , porque les ha revelado lo que sabe de su Padre.

2.LA EPÍSTOLA

Examinemos la primera lección, llamada comúnmente Epístola (no siempre es Epístola, como veremos). Después de la Colecta, después de la oración solemne de la asamblea reunida en que nos hemos puesto de pie para pedir, nos sentamos, y, como dijimos, nos sentamos a la mesa pues empieza esta comida o grande cena: vamos a recibir la palabra de Dios por el oído.

            Ahora bien, sentados nosotros, el Sub-Diácono, que es el menor de los ministros lee la Epístola. Hoy hemos oído lección de la Primera Epístola de San Pedro. Nos ha dicho el Apóstol: “Carísimos: Estad todos unánimes en la oración, compasivos, misericordiosos, modestos, humildes, no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, antes bendiciendo, que para esto fuisteis llamados: para poseer bendición por herencia…”[2].

Como veis, tenemos aquí una exhortación moral: el Apóstol nos amonesta conforme al tiempo en que nos hallamos, nos dice cómo debemos andar en esta peregrinación temporal de la Iglesia, que es lo que representa el largo tiempo después de Pentecostés.

En la primera Domínica de Adviento, el Apóstol Pablo nos dice: “Hermanos, hora es ya de levantarnos del sueño, ahora está más cerca nuestra salud que cuando creíamos; la noche pasó y el día se acercó; desechemos pues las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz: caminemos como de día, honestamente, no en glotonerías ni embriagueces, no en sensualidades, y disoluciones, no en pendencias y envidia; mas vestíos de Nuestro Señor Jesu-Cristo y no hagáis caso de la carne en sus apetitos”[3].

De esta manera despierta al pueblo, el Apóstol, para que, levantándose del sueño animal, se disponga con vigilancia y deseos, al advenimiento de Nuestro Señor Jesu-Cristo.

El día miércoles de Ceniza, el profeta Joel nos dice: “Esto dice el Señor: Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno y con llanto, y con gemidos: Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor Dios vuestro. Sonad trompetas en Sión: Santificad un santo ayuno, convocad a junta: congregad al pueblo: santificad la Iglesia: congregad los ancianos: juntad los párvulos y los niños: salga el esposo fuera de su lecho: y la esposa de su tálamo: entre el atrio y el altar llorarán los sacerdotes, ministros del Señor, y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo, y no des tu heredad en oprobio para que les dominen las naciones”[4].

Aquí la gran voz del Profeta, anuncia toda la Cuaresma: la penitencia, la continencia, el ayuno, la frecuencia del templo, la oración constante y suplicante.

Con tres ejemplos, ya podemos ver suficientemente el primer modo de enseñanza que tiene esta lección: en ella un enviado de Dios al pueblo con voz directa, y su palabra es enseñanza, exhortación, disciplina: voz que despierta, voz que urge y reprende. Es decir que en todo esto hay una enseñanza moral conforme al tiempo. Y lo mismo ocurre más o menos con todas las Epístolas.

¿Queréis saber a qué nos obliga la Encarnación del Verbo? ¿Queréis saber a qué nos obliga el Sacramento del Matrimonio? Buscadlo en las Epístolas de las misas correspondientes.

Con voz clara y fuerte, el Apóstol nos dice en Noche Buena, que se ha manifestado la Gracia de Dios, Salvador nuestro, y que en adelante hemos de vivir sobria, justa, píamente, renunciando a la impiedad y a los deseos del mundo, para aguardar la esperanza bienaventurada, y el advenimiento glorioso de nuestro grande Dios y Salvador Jesús[5].

Y con respecto al matrimonio, el Apóstol declara que éste es un gran misterio , y se dirige primero a la mujer, y después al hombre y luego muestra cómo imitan a Cristo y a su Iglesia , este hombre y esta mujer unidos: Las mujeres están sujetas a sus maridos como al Señor porque el marido es cabeza de la mujer[6].

El Apóstol contempla en la luz de Dios a la mujer, y saluda a su belleza; virgen, desposada con el Señor y sin mancha, o esposa, incorporada a su marido. Y esta incorporación del cuerpo a la cabeza, ha de ser por obediencia y temor y reverencia.

Pero el Apóstol conoce también a los hombres, y sabe su dureza y egoísmo sin límites, y al hombre, no a la mujer, le impone el amor: a la que él debe amar como a su propio cuerpo porque el que ama a su mujer a sí mismo se ama, y nadie aborreció jamás su carne, antes la mantiene y abriga.

Por el sacramento, pues, el hombre y la mujer son uno: una sola cabeza: el hombre; un solo cuerpo: la mujer, la mujer sometida, incorporada al hombre, huesos de sus huesos y carne de su carne. Y un amor: un solo amor, espiritual y temporal a la vez como el que une a Cristo con su esposa la Iglesia.

Así, pues, amonestaciones conforme al tiempo, conforme al misterio del día, tal es el sentido y la función de la Epístola.

3.     Dos partes tenía el Templo, y ambas eran santas: el Sancta y el Sancta Sanctorum, y aunque la una era menos santa, la menos santa era camino para la más santa. La primera es el conocimiento de sí mismo, que es cosa por cierto santa y camino para el Sancta Sanctorum —que es el conocimiento de Dios, donde el Señor se muestra y responde a nuestras preguntas.

El Sancta y el Santa Sanctorum del Templo son figura clara de la Epístola y del Evangelio ―que guardan relación como el conocimiento de sí con el conocimiento de Dios: no se puede acceder al Evangelio sin pasar por la Epístola, ni se puede tener verdadero conocimiento de Dios sin tener antes verdadero conocimiento de sí.

El conocimiento de sí mismo es el pan nuestro de cada día, el pan con que han de comerse todos los manjares; y así no es posible tomar del Evangelio sin haber recibido antes la lección de la Epístola.

La Epístola le dice al hombre lo que hay en el interior del hombre, y lo despierta para que se levante y enderece a Dios. La Epístola dispone al Evangelio. Depende del Evangelio. Está subordinada al Evangelio como el conocimiento de sí al conocimiento de Dios.

El conocimiento de sí sin el conocimiento de Dios, es una complacencia cínica (Rousseau, Marcel Proust). El conocimiento de Dios sin el conocimiento de sí, es una ilusión del demonio: la ciencia que hincha de todos los desviados.

La Epístola sin el Evangelio, es psicología, es todo lo que se quiera y es nada.  Y es nada porque es vana, porque conocer nuestra miseria para salir de ella, es lo único recto; pero conocerla para amarla y poner en ella nuestra complacencia, es adorar la inmundicia y hundirse ―como lo hacen los freudianos― en las profundidades de Satanás.

La Epístola, pues, depende esencialmente del Evangelio, como el camino al término a donde lleva.

Y si es cierto, como dijimos, que en este misterio de la Misa se comprende todo el misterio de nuestra salud: justo es que, habiendo sido anunciados en el Introito, y habiendo llorado nuestra miseria en los Kyries, y habiéndonos gozado con entusiasmo en el Gloria, y habiendo pedido gracia reunidos todos y unánimes en la Colecta, justo es, digo, que, aquí, en esta primera lección, Dios nos envíe Palabra por sus siervos para encaminarnos a Él.

La Epístola, pues, es el despojo del hombre viejo, para que el Evangelio conforme a la criatura como hombre espiritual; es voz directa, voz de enviado, de profeta, de precursor; voz que clama: enderezad los caminos del Señor; voz que advierte, purifica y destruye, porque en Jesu-Cristo nada vale ni la naturaleza, ni el querer, ni el correr, sino la nueva criatura.  

4.Pero no siempre la primera lección está tomada de una Epístola, ni tiene el carácter de una exhortación con voz directa. Por ejemplo: en la feria VI después de la 2º Domínica de Cuaresma, la primera lección está tomada del Génesis.

José dice a sus hermanos: Oíd este sueño que he visto:… luego sigue toda la lección: los dos sueños, la envidia de los hermanos, el silencio del padre y finalmente dice Jacob a José: tus hermanos están en Siquem, ven, te enviaré a ellos: y ellos lo ven de lejos y deciden: ¡Venid, matémosle![7].

Primera lección, lección de enviados: ¿quién es el enviado aquí?

Aquí no tenemos una voz directa que nos reprenda o advierta, esta lección tiene otra economía: Aquí el enviado es José.

Enviado ¿de qué, de quién, para qué? ¿Cómo está enviado José?

La Epístola depende del evangelio como dijimos, está subordinada al Evangelio: Y el Evangelio de este día después de la 2ª Domínica de Cuaresma, dice cómo el Padre envió a sus siervos a los colonos de la viña  y como éstos hirieron a uno, mataron a otro, al otro apedrearon, y, cuando por último, les envió su propio Hijo (esperando que por lo menos tendrían respeto a su Hijo), aquellos lo vieron y se dijeron entre sí: Venid, matémosle![8].

Lección y Evangelio: Venid, matémosle. A José y a Jesús; al Siervo y al Hijo: Venid, matémosle.

Ahí tenéis, pues, la consonancia perfecta de las dos lecciones, eso explica qué hace José y cómo y porqué es enviado: José viene enviado en figura profética de Cristo. José es una figura, el Señor es el figurado en José.

La lección de enviados, con una figura profética, anuncia el Evangelio donde la figura se cumple y se consuma.

Todo el Antiguo Testamento es figurativo, todo anuncia al que había de venir. Y el que había de venir vino, y fue visto con los ojos y fueron oídas sus palabras; de manera que la lección no queda como un enigma indescifrable, antes toma todo su sentido y es plenamente manifestada por el Evangelio.

Es tan importante esta economía de las figuras que quien no la conoce, nunca podrá entender ningún rito de la Iglesia.

San Agustín nos enseña genialmente acerca de las figuras, refiriéndose al nacimiento de Jacob. Dice así:

Jacob, aun antes de nacer, sacó del seno de su madre una mano con la que traía asido del talón a Esaú, su hermano mellizo que nació primero.  Esa mano que sale antes de nacer el cuerpo, representa a los Justos del Antiguo Testamento: Jacob es Nuestro Señor Jesu-Cristo, es el hijo de Dios vivo que, aun antes de la encarnación, saca, por así decirlo, “del seno de la divinidad”, una mano, con la que tiene fuertemente asido al demonio.  Y esa mano son los Justos del Antiguo Testamento, esa mano tiene la fuerza de la promesa, tiene cinco dedos: los cinco primeros de la Ley, esa mano vive y su vida es expresión de un cuerpo que todavía no ha salido a luz. Luego el Verbo se hizo carne, y como en el nacimiento de Jacob, después de aquella mano sale la cabeza que es Cristo, cabeza de la Iglesia, y salen finalmente los otros miembros que son todos los Santos de la Iglesia.

Cristo, pues, cabeza de la Iglesia, antes de nacer según la carne, saca del seno de la divinidad una mano, que son los justos del Antiguo Testamento , y sale luego Él mismo, y sale luego todo su cuerpo que es la Iglesia, y en este cuerpo los santos del Nuevo Testamento que son también, como los del Antiguo, sus miembros.

Y todo esto hace mucho a nuestro propósito, porque si en las misas feriales una figura profética se adelanta a nacer y nos anuncia el Evangelio, en las fiestas de los santos de la Iglesia esta primera lección nos trae al santo del día, es decir, nos muestra la otra mano, los otros miembros del cuerpo de Cristo.

Oíd esta lección que tomo de la misa del día de San Francisco de Asís: “No me gloríe yo en nada sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesu-Cristo por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo. Porque en Jesu-Cristo nada vale sino la nueva criatura; y a todos los que sigan esta regla de la cruz, paz sobre ellos, y misericordia, y sobre el Israel de Dios; más de aquí en adelante nadie me sea molesto porque yo traigo en mi cuerpo las señales del Señor”[9].

¿Quién dice todo esto? ¿Quién habla así?: San Francisco de Asís. San Francisco es el enviado de esta lección de enviados y viene a nosotros con su verbum crucis con su palabra de cruz y con sus cinco Llagas. Una palabra de la Epístola de San Pablo a los Gálatas le ha sido apropiada, es decir, que San Francisco de Asís nos habla esa palabra y nos descubre con ella lo más íntimo de su alma y lo más sagrado de su cuerpo. Y así pues, por apropiación, el santo nos anuncia la verdad del Evangelio, no profetizando sino realizando: realizada en su alma y en su cuerpo, la lección del Evangelio, en acto, se adelanta a nosotros y nos dice:

Nadie me sea molesto que yo traigo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús![10].

5.Concretemos lo dicho acerca de las figuras: en las misas feriales, la mano que se adelanta a nacer es figura que profetiza de Cristo, es pre-figuración del Evangelio. Y en las fiestas de los santos vemos la otra mano y los otros miembros de ese Cristo total que es la Iglesia cuya cabeza es Cristo; y la lección está dada en figura, en figura conmemorativa, que renueva al mundo, en el tiempo, la vida de Cristo «en acto» y la verdad del Evangelio realizada.

Y consideremos la conveniencia de esta enseñanza por figuras.

De dos maneras es movida la voluntad del hombre a obrar: por persuasión racional, y eso es lo que hace el profeta o el Apóstol en la Epístola que habla al hombre por persuasión racional, con voz directa; y por ejemplos, por figuras, por imágenes. Un ejemplo contagia; una figura es una solicitación al acto, una figura tiene una especie de poder mágico, y muchos que no serían movidos por advertencia racional son «contagiados», digamos, por estas figuras espirituales de justos y santos que vinieron, mas no ellos, sino Cristo en ellos para ejemplo de todos.

6.Pero hay también una tercera forma en esta primera lección, y es la profecía que llamaré «pura», pues la profecía no consiste solamente en la voz del profeta que reprende y anuncia cosas futuras, sino también y principalmente, en «revelar», en hacer ver cosas eternas en esas mismas cosas presentes que tenemos delante.  Daré un ejemplo: En la misa de difuntos, ante el cadáver que está en medio de la Iglesia, la lección dice:

“Oí una voz del cielo, bienaventurados los muertos que mueren en el Señor; desde hoy más, dice el Espíritu, descansan de sus trabajos porque las obras de ellos los siguen”[11].

Como veis, esta lección niega lo que ven, lo que lloran los ojos: ante el horror de la muerte, canta bienaventuranza, y declara la paz donde el dolor oprime.  Esencialmente subordinada al Evangelio (como siempre) esta lección nos da un pre-gusto de la divina verdad, pues el Evangelio de esta Misa  de difuntos es más que paz, más que bienaventuranza: es la voz de la Verdad misma que dice: Yo soy la resurrección y la vida; es decir, que para los miembros de Cristo no hay muerte, sólo hay sueño, descanso, sólo hay un poco de tiempo (y el tiempo es ilusorio así sea de siglos), mientras llega la resurrección de la carne.

Este mismo caso de profecía pura, es decir, no de voz de profeta que habla, ni de figura profética que enseña, sino de revelación pura, de revelación que rasga el velo de las apariencias y muestra al espíritu cosas eternas que no pueden ver los ojos ni concebir la mente del hombre, nos ofrecen las lecciones sublimes de las fiestas de la Virgen.

¿Cómo profetizan de la Virgen? Profetizan en primera persona. La Sabiduría que recibió de María un cuerpo y se hizo carne, da su voz a la virgen, y es la Virgen misma quien nos habla, diciendo:

“Ab initio et ante saecula… Desde el principio y antes de los siglos fui creada y no faltaré yo en siglos futuros: afirmada estoy en Sión y reposé asimismo en la Ciudad santificada, y me arraigué en el pueblo y en la porción de Dios, mi heredad, y en la plenitud de los santos, mi mansión”[12].

Es decir, que la Lección, así como en la Misa de difuntos deja abolido el tiempo y nos enfrenta con la resurrección de la carne después del último día , en estas misas nos pone antes de la creación , antes del tiempo, antes del primer día, y nos descubre a la Virgen  en la mente Divina tal como es concebida en la mente Divina desde toda eternidad, a fin de que luego el Evangelio pueda afirmar (lo que no puede ser afirmado de ninguna criatura), que la Inmaculada, es decir, la Toda-Santa, realizó efectivamente en el tiempo lo que Dios se propuso al crearla , y por esa sola realización perfecta , dio razón de ser a la Creación entera y justificó (en unión con Cristo Nuestro Señor, naturalmente, y por su unión perfecta con él) a la Sabiduría  que creó todas las cosas. Nuestro Señor mismo lo dice: la Sabiduría sería justificada por sus hijos[13]; es decir, eminentemente, por el Hijo de Dios hecho carne y por la Virgen sin mancha, por el hombre y la mujer perfectos, el nuevo Adán y la nueva Eva. 

Mal o bien y más mal que bien, he dicho qué es esta primera lección. Lección de enviados: primero (en las Epístolas) de enviados con voz directa y enseñanza que amonesta; luego (en las misas feriales) enviados que vienen en figura profética  de Cristo Nuestro Señor; luego (en las misas que celebran a los santos) enviados que vienen por apropiación del Evangelio  como figuras conmemorativas que renuevan al mundo la vida de Nuestro Señor; y finalmente: profecías del Evangelio, profecías puras, visión que nos descubre la sabiduría para hacernos ver lo que no ven los ojos, lo que no puede concebir la mente de hombre, lo que no subió nunca al corazón del hombre, es decir, lo actual y eterno que, con abolición del tiempo, está en la mente de Dios.

7.LA LECCIÓN DEL CORO

Entre la Epístola y el Evangelio, el coro ha cantado hoy el Gradual y el Alleluia. Otras veces el coro canta: Gradual, Alleluia y Prosa; otras: Gradual y Tracto; a veces; solo el Alleluia; a veces Alleluia y Tracto juntos.

            ¿Qué quiere decir este canto? ¿Tenemos aquí algo como el Introito o antífonas como en el Ofertorio o la Communio?

            Mientras el coro canta el Introito el sacerdote entra, sube al altar; mientras el coro canta el Ofertorio el sacerdote ofrece el pan y el cáliz; mientras el coro canta la Communio el pueblo se recoge y adora lo que ha recibido. Mientras el coro canta el Gradual el sacerdote y los ministros se sientan para escuchar el Gradual, y el pueblo, ya acompaña al coro tomando y balbuceando algunas de sus alabanzas, ya lo escucha y lo sigue en silencio.

            Así pues, el Gradual no es una antífona; no acompaña ninguna peripecia, como las antífonas del Introito, del Ofertorio, de la Communio. El Gradual es una lección; una lección inspirada ―inspirada al Coro― una lección entregada al Salmo, es decir, al canto.

            ¿Por qué? ¿Por qué está entregada al canto esta lección? Porque es una lección para adelantados.  El Gradual, dice Santo Tomás, significa el adelanto en la vida espiritual.

            ¿Qué entendemos por adelantados o aprovechados en la vida espiritual?  Los fieles de la Iglesia (pero esto a los solos ojos de Dios y de sus Ángeles) se dividen en principiantes, adelantados y perfectos.  Los fieles de la Iglesia, aquí en la tierra, son viadores, criaturas en viaje, peregrinos en camino de la patria, pobres y peregrinos que suspiran por ella y la saludan de lejos. Algunos de ellos apenas se despiertan, apenas salen de sus pecados y de sus sentidos y toman el camino, y estos son los principiantes y para estos principiantes es la Epístola. Otros, ya han gustado la suavidad del Señor, y estos son los adelantados, porque los adelantados ya tienen oración. Los principiantes se despiertan, abren los ojos y empiezan a conocer a Dios.  Los adelantados, en cierto modo, cierran los ojos; cierran los ojos y se recogen porque han empezado a conocer por experiencia cuán suave es el Señor.

Recordemos que dijimos que la preparación de la misa es afectiva, es decir, que estaba ordenada a purificar el corazón del hombre. Ahora bien, el corazón purificado, libre de adherencias extrañas y de pasiones bajas, y no disipado sino recogido, y no puesto en las criaturas sino atento a su Creador, es un corazón inteligente.

            Beati mundo corde[14]. Bienaventurados los de corazón puro porque esos verán a Dios.  El que tiene corazón puro, ve a Dios, y el que ve con el corazón, contempla, y el que contempla es porque ama, porque la contemplación viene de la caridad, y el que ama canta, porque el lenguaje del amor es el canto.  Contemplar, dice San Bernardo es gustar y ver cuán suave es el Señor. Y esto es lo propio de los adelantados. Y por eso esta lección inspirada, esta lección del Coro, es para adelantados y está confiada al salmo, es decir al canto, porque el canto es el lenguaje del amor.

8.EL GRADUAL

El Gradual significa el adelanto en la vida espiritual; el adelanto en la vida espiritual significa contemplación, es decir, ver con el corazón puro.

            Ahora bien, una lección para adelantados, no puede ser como la Epístola, una exhortación que amonesta o una figura que profetiza o conmemora; una lección para adelantados tiene que ser una alusión inefable, no conceptual, sino trascendente, un dicho de inteligencia mística que excita en el contemplativo por modo de canto, lo que el contemplativo ya conoce por experiencia interior.

            Y por eso el Gradual no es una lección dada por el ministro sino un canto complejo, inspirado al Coro, inspirado a la Iglesia; una lección que el pueblo acompaña en parte balbuceando  algunas palabras de amor, y que todos oyen como pregusto de un misterio en el cual no todos han sido introducidos.

            Por eso también lo que constituye el Gradual es el Salmo; porque el Salmo habla por modo de canto y contiene toda la Escritura no en Sentencias, ni en relatos, ni en testimonios, sino al modo lírico.  El Génesis es un testimonio de la creación; en el salmo 103 están los días del Génesis pero por modo de canto.  El Éxodo es un libro histórico; el Salmo 113 contiene el Éxodo por modo de canto. De la Pasión del Señor atestiguan los cuatro Evangelios, pero el Salmo 21 contiene toda la Pasión del Señor y la contiene por modo de canto.

El Gradual, pues, lección de adelantados, es decir, de contemplativos, es una lección confiada al Salmo, es decir, al canto; porque el adelantado ama y cantar es propio del que ama. El Gradual dice: Aperiam in Psalterio  propositionem meam[15]  ―Abriré en el Salterio mi proposición― lo cual es sinónimo de decir: Eructavit cor meum verbum bonum[16]:  rebosó mi corazón una palabra buena.     Eructavit cor meum verbum bonum: rebosó mi corazón una palabra buena.

Ahora ¿qué constituye el Gradual?: ¿La música del Gradual o las palabras del Gradual?

Ni lo uno ni lo otro; la música tiene su lugar en la misa (ya lo veremos), y las palabras tienen también su lugar en la misa (lo estamos viendo), pero lo propio del Gradual no está ni en las palabras ni en la música sino en la fusión de ambas: lo propio del Gradual es el canto. Ahora bien, el amor tiene dos extremos: el gemido del deseo porque el amor nunca dice basta, y la embriaguez de la posesión porque el amor se goza en el amado. Y el canto tiene también dos notas extremas: y una es el gemido, porque el canto nace del amor y el amor no es extraño al dolor, y la otra es el júbilo, el grito del júbilo, porque el amor es desmedido, es loco,  y grita y salta y exulta. Y por eso el Gradual, que es canto porque es expresión del amor, halla su perfección de dos modos: y unas veces florece en júbilo, y eso es el Alleluia, y otras veces termina en un gemido y eso constituye el Tracto.

            El Alleluia y el Tracto, el júbilo y el gemido, son los dos modos que perfeccionan y concluyen el Gradual.

9.  EL TRACTO

El Tracto, dice Santo Tomás, significa el gemido espiritual; San Bernardo diría con una imagen de los Cantares que el gemido de la Paloma se ha oído en nuestra tierra.

De dos cosas tiene que dolerse el hombre cuando está en presencia de Dios: la primera de ser hombre pecador, la segunda de no ser nada más que hombre. Cuando Dios da luz a un alma para conocerse, el alma comprende que es inmensa miseria estar cubierta de pecado y de las infinitas consecuencias del pecado, y este reconocimiento de nuestra miseria es lo que produce el llanto de los Kyries. Pero cuando un alma empieza a conocer el amor de Dios, cuando Dios le hace sentir su presencia y la suavidad de su amor, el alma, aun purificada, aun vestida con los dones que Dios le da como a esposa, no puede menos que dolerse y sufrir intensamente al ver que Dios la ama inmensamente, pues es Dios, y que ella no puede amar como es amada, porque el alma no es inmensa, el alma no es Dios. La distancia que hay entre el ser y la nada a quien el Ser ha puesto en igualdad de amor, es lo que engendra el gemido espiritual. El gemido de la paloma se ha oído en nuestra tierra, dice la Esposa de los Cantares; es decir que en nuestra tierra, en nuestra carne mortal, se ha oído ese gemido de la paloma que es el Espíritu Santo, el cual gime con gemidos inenarrables en el fondo de las almas santas a quienes Dios ha recibido en matrimonio espiritual.

El Tracto dice a Dios como la Esposa de los Cantares: ¿porqué no eres para mí un hermano?, es decir, ¿porqué Señor, si me has herido, si me has puesto en este fuego del amor impaciente, por qué si me has puesto igual a Ti, en amor, porqué no eres para mí un hermano? Todo esto parece disparate, es una locura, porque proviene de ese disparate enorme de la Encarnación del Verbo y de esa locura de la Cruz de Cristo que no todos conocen.  El Tracto dice también a Dios, como el Apóstol: Cupio disolvi et esse tecum[17]. Por eso el Tracto es tan hondo, tan grave; por eso la música del Tracto sólo conoce dos modos: el modo segundo, que tiene una cierta rudeza, que es como expresión de celos, y el modo octavo, cuya belleza tranquila traduce admirablemente un gemido no penoso, ciertamente, sino pacífico.

Y frente al Tracto de los días de penitencia, en contraposición está el Alleluia.

10.EL ALLELUIA

Alleluia es una voz hebrea que quiere decir: Alabad con júbilo a Iaveh. El Alleluia es un grito de júbilo; es un exceso de alegría, que corta en el hombre la palabra distinta y le hace expresar en una voz inarticulada lo que rebosa de su corazón gozoso.

El Gradual dice: Abriré en el Salterio mi proposición. Pero el Alleluia no tiene proposición; en el Alleluia habla el corazón del lenguaje. El Alleluia no es un tema de salmodia; corresponde más bien a la himnodia. Así el Alleluia de Pascua, ese Alleluia que va aumentando, como una llama de fuego, en la misa del Sábado de Gloria; o ese Alleluia de la misa de la Asunción de la Virgen. Eso no es alegría de hombres, eso es la alegría de los Ángeles.

La alegría espiritual está en el Alleluia como está la embriaguez en el vino. El Alleluia dice, como el himno que cantan los monjes: Laeti bibamus sobriam ebrietatem Spiritus[18]. Bebamos alegres la sobria embriaguez del espíritu.

El Alleluia es simple, fuerte, ingenuo, tiene una ingenuidad virginal que difícilmente podamos entender los que hemos sido heridos. En el Alleluia canta la libertad del amor. En el Alleluia está lo inesperado, el asombro del éxtasis; el Alleluia tiene también algo de juvenil. Ibi Benjamin adolescentulus, in mentis excesu…[19]

Y yo no sé, realmente, cómo me atrevo a hablar del Alleluia y del Tracto; porque yo sé lo que es el llanto de los Kyries, pero yo no sé lo que es el gemido del Tracto; y yo sé lo que es el entusiasmo del Gloria, pero yo no sé lo que es la alegría del Alleluia. Aunque no por eso dejo de contemplar, con lágrimas, este misterioso Alleluia de la Iglesia,  este Alleluia Pascual, tan grande, tan puro, tan fuerte que, durante el tiempo de Pascua, invade toda esta lección y hasta devora al Gradual. La alegría de Pascua inunda a la Iglesia, y ante la gloria del Resucitado, la Iglesia, sólo sabe alabar con júbilo a Jehovah.

Y no dejaré de señalar ese otro misterio: el de los dos grandes sábados, el de las dos vigilias: el Sábado de Gloria y el sábado anterior a Pentecostés, esos dos sábados que tienen el Alleluia y Tracto juntos: ¡juntos el júbilo y el gemido! Hay cosas que sólo pueden ser vistas por los santos.  Maldito, dice la Escritura, quien se burla del parto de su madre.

11.LA PROSA

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Pero hay más en esta lección de adelantados, es decir, de contemplativos, porque contemplar no es gustar solamente sino gustar y ver. Gradual, Alleluia, Tracto, todo eso es amor, es gusto obscuro de Dios que canta y gime y exulta. Pero contemplar es gustar y ver, y la expresión de lo que el corazón ve, es algo inspirado, que, algunas veces, pocas veces, corona esta lección. Lo que el corazón ve está dado por la Prosa. Más allá del canto, más allá del gemido, más allá del júbilo, la Prosa es el vuelo del espíritu; la Prosa es la contemplación circular del misterio, es como la danza del Rey David alrededor del Arca.

Nosotros no podemos hablar decentemente de esos misterios. Pero podemos observar que la Prosa o Secuencia tiene palabras que si no fueran dichos de amor serían actos de presunción. Así, la Prosa de la Misa de los Dolores de la Virgen no pide que la Virgen nos reciba como lo que somos, como lo que ella es como madre, como refugio de pecadores; esa prosa pide que no sea celosa, que no guarde para sí los Dolores, que nos dé parte de esos Dolores. Eso puede pedirlo la Iglesia, yo no puedo decir eso, yo, individualmente. Y en el Veni Sancte Spiritus[21], cuando dice la Prosa: Ven padre de los pobres ¿invocamos a este Señor que toca a los montes y humean, como quien tiene riqueza y nos puede sacar de pobres? De ninguna manera: ahí la Iglesia lo llama para que venga como padre que engendra, como padre que engendra pobres, a despojarnos, a desnudarnos, a hacernos pobres. Pues nadie es pobre si Dios no lo hace pobre, el Espíritu Santo, así como formó a Cristo en las entrañas de la Virgen, así forma al Pobre en las entrañas de la Iglesia. La Iglesia concibe por obra y gracia del Espíritu Santo.

12.Resumamos en pocas palabras lo que hemos dicho de esta Segunda Lección. Lección inspirada, lección para adelantados, es decir, para los que ya conocen el amor de Dios, está confiada al Salmo, es decir, al canto, porque el canto es el lenguaje del amor.  Este amor, pues, este amor de Dios que se expresa en canto, canta el Gradual, y como el amor tiene dos extremos: uno de júbilo y otro de dolor, el Gradual se perfecciona a veces con el Alleluia que es un grito de júbilo, y a veces en el Tracto que es el gemido espiritual. Pero como amar a Dios es contemplar, y como contemplar a Dios no es sólo gustar sino también gustar y ver, a veces, raras veces,  lo que el amor ve, corona aquel gusto obscuro de Dios que canta en el Gradual y en el Alleluia, y esa división inspirada de un misterio, nos da la Secuencia o Prosa. Tal es la segunda lección.

Y si se me dijera que yo vengo hablando de canto y de grito y de gemido y que vosotros jamás habéis oído un grito en la Iglesia y menos un gemido, os recuerdo que estamos hablando con lenguaje espiritual de cosas espirituales, y que las cosas que llamo canto y grito y gemido, son efectivamente, canto y grito y gemido, pero lo son en su esencia, no en su expresión física; lo son en cuanto la música imita los movimientos del alma y en cuanto el canto de la Iglesia imita el ritmo de los Ángeles.

Aquí correspondería decir algo del canto gregoriano, pero vosotros sabéis más que yo del canto gregoriano. De cualquier modo, haya sido o no el canto gregoriano enseñado por los Ángeles; ―y yo personalmente, y no por capricho sino puesto en la tradición, creo que ha sido enseñado por los Ángeles― lo cierto es que el canto gregoriano transpone en su más íntima pureza todos los movimientos del alma, y canto o grito o gemido, nos da su esencia rítmica, despojada de todo aliento físico y traspuesta a imitación del cielo.

Ahora bien, la verificación, la contra-prueba, no sólo de que este canto del Gradual es una lección sino, principalmente, de que es lección para adelantados, la tenemos todos los días en estas admirables misas de nuestra capilla del Santo Cristo; pues todos podemos observar el fastidio, el cansancio y hasta a veces, la falta de educación con que personas muy bien educadas socialmente soportan este canto tan largo, tan obscuro, que no se entiende, que no dice nada, que no es serio, que sólo sabe hacer aaa hasta cansarnos. Y en fin, con la esperanza de que eso termine de una vez, muchos hacen ruido con un rosario o con cualquier cosa y se ponen de pie antes de tiempo ¡impacientes por escuchar el Evangelio!, «porque el Evangelio es claro», dicen. ¡Creen que el Evangelio es claro! Pero no nos molestemos sin embargo; tenemos en eso una cosa en común entre los católicos, es decir, que tenemos a principiantes que juzgan de lo que no entienden y, peor que a principiantes, tenemos a dormidos que argumentan y razonan rigurosamente contra un soplo, contra un airecillo, contra aquel silbo que el profeta Elías, atónito de temor y de amor, sintió pasar delante de su rostro. Pero Elías no hizo ruido ―antes se cubrió el rostro con el manto.

13.EL EVANGELIO

Lleguemos al Evangelio.

He dicho antes que no hay tres lecciones sino una sola, y que esa sola lección es ésta: la evangélica ¿De dónde he sacado yo esto? Lo saco de lo que tenemos delante.

            Para recitar la Epístola, el Sub-diácono, que estaba de pie, sentados nosotros, recitó la Epístola. Terminada esa lección, el Coro, sentados nosotros y sin ninguna preparación previa, empezó su lección que acabamos de ver. Terminada la lección del Coro, el Diácono no entona directamente el Evangelio; antes nos ponemos todos de pie, y todos los ministros se mueven y toman una actitud determinada. ¿Qué significa esto? ¿Qué hace ese grupo que tenemos a la vista? Ese grupo que tenemos a la vista antes de leerse el Evangelio representa la Transfiguración del Señor. Los ministros nos dan una enseñanza, plástica diría, que muestra la unidad de las tres lecciones en la Misa. Estamos en el Tabor, estamos en una de las cumbres de la Misa.

            Veamos con claridad lo que ven los ojos: el Sub-diácono está de pie y sostiene el libro de los Evangelios con sus manos; lo sostiene en alto; el libro le tapa la cara, el Sub-diácono sostiene el Evangelio pero no puede leerlo.  El Sub-diácono, pues, representa al pueblo judío que entrega al mundo el Evangelio y para quien el Evangelio es un velo que le impide ver. Pero adviértase que junto al Sub-diácono, a su derecha y a su izquierda, se han colocado dos niños: son los acólitos que llevan luces; cada uno de ellos tiene un cirio encendido.

¿Qué significa esto? Ese es el testimonio de la Transfiguración: esos dos niños son Moisés y Elías que dan testimonio al Evangelio. Y como sabéis, Moisés y Elías son dos gigantes, pero, y por eso mismo, al lado del Hijo de Dios, sólo son dos niños que traen esas dos luces: la Ley y los Profetas. Es decir, que el Evangelio no puede ser leído sino a la luz de la Ley y los Profetas; pues el Evangelio no es una anécdota suelta, ni un principio, ni un rudimento, sino la perfección, la consumación de todo: la criatura nueva que consuma la Ley y los Profetas. Luego el Diácono ofrece el incienso al Libro de los Evangelios. Ahí tenéis pues, la nube de la Transfiguración; esa es la nube del buen olor de Cristo, la nube luminosa de la Divinidad, la nube de donde parte la voz del Padre que dice: Este es mi hijo, el amado, escuchadle[22].

            Si, escuchemos al Hijo, escuchemos esa lección divina después de haber oído las otras dos, que sólo nos prepararon para ésta. El Evangelio no es una anécdota dislocada; el Evangelio es un cumplimiento: cumple la Ley y cumple los Profetas. Y sólo a la luz de esas dos lecciones: la lección de los enviados, que contiene espíritu de la Ley, la Lección del Coro, que nos da espíritu de los Profetas, puede entrarse realmente al Evangelio.

            Ahí tenéis pues el Evangelio de la Misa; la gran lección, la única lección, la Lección que tiene que ser leída a la luz de las otras dos lecciones que le están subordinadas; y esto, no porque el Evangelio necesite luz sino porque nuestros ojos necesitan menos luz.

            La Epístola es ascética: es la cruz de la necesidad hecha virtud, la cruz del Buen Ladrón —la cruz de todos― que nos sostiene en alto y nos pone de cara al Evangelio, es decir, a la otra Cruz.

            El Gradual, el Alleluia, el Tracto corresponden a la vida mística, están en la vía iluminativa , sirven para dirigir el ojo simple de la contemplación a fin de que la criatura pueda leer en el Libro abierto que tiene delante, la lección de los perfectos.

            La Epístola es lección de principiantes. El Gradual es lección de los adelantados. El Evangelio es lección de los perfectos.

Del Evangelio sólo pueden hablar: el Sacerdote —que ha recibido potestad de leer el Evangelio a los vivos y a los muertos―, y el Santo a quien la unción interior del Espíritu le sugiere toda la verdad y le da ciencia de voz. Yo no hablaré del Evangelio pues. Yo sólo hablaré de dos entradas que hace el hombre al Evangelio.

14.

Y la primera entrada es así: cuando la soberbia del hombre, quiero decir, cuando la alta crítica inventada por los herejes del siglo de las luces, se digna a entrar en el Evangelio de Jesu-Cristo, Hijo de Dios, hace su entrada con hinchazón ―porque la ciencia hincha―, y no como quiera, sino armada de todas las armas. Harnack, Loisy, Sabatier, cuando entran al Evangelio, entran para juzgar al Hijo de Dios. Entran armados de arqueología, y epigrafía, y paleografía, y saben (lo que no supo Jesús, como dice Renán) saben griego y latín y hebreo y caldeo, y arameo, saben muchas otras cosas; aunque no saben distinguir la derecha de la izquierda del Hijo del Hombre.

Estos escribas, pues, hacen su lectura, y no para tomar lección sino para darla. Pero Dios ciega a los que quiere perder; el Evangelio se escurre de sus manos, y creyendo que leen el Evangelio, lo único que leen son las palabras del Evangelio. Esa es, pues, una entrada al Evangelio, la entrada de los escribas y los doctores, la entrada de los exégetas de la letra que mata.

La otra entrada es la entrada de los hijos, es la entrada de los hijos de la Iglesia, a quienes la Iglesia, como madre que los dio a luz en el bautismo, y los fortificó en la confirmación, y los purifica en la penitencia, y los alimenta en la Eucaristía, les abre esa puerta del Evangelio para que no los pierdan las palabras[23]; antes, superando las palabras del Evangelio, tengan la inteligencia del Evangelio.

Esta entrada de los hijos es la entrada que nos es abierta en la Misa. Es ésta de la que venimos hablando.

 

Porque el Evangelio es la palabra de Dios, y para entender palabra de Dios es necesario de algún modo ser igual a Dios. Ahora bien, el hombre no puede ser igual a Dios si no es por gracia y para recibir esta primera gracia y despertarnos y movernos hacia Dios, la Iglesia nos da la Epístola. Pero aún por gracia el hombre no puede tener inteligencia de Dios si la gracia no lo ha llevado a perfección e igualdad del amor, y para eso está la lección inspirada: el Gradual, el Alleluia, el Tracto. El hombre, pues, que entra al Evangelio no como ladrón para destrozar por esa puerta falsa de la crítica, sino como hijo, por la puerta que le abre quien tiene las llaves para abrirla; el hombre que entra al Evangelio con conocimiento y desprecio de sí, según la Epístola, y con olvido de sí y de todo, por perfección de amor, según el Gradual, ese sí,  entra realmente al Evangelio ―y oyendo las palabras del Evangelio con los oídos, halla en su corazón la palabra del Evangelio y es transformado en su vida por la virtud del Evangelio. Porque en el Evangelio hay palabras, hay muchas palabras si queréis, y unas son griegas y otras latinas; pero el Evangelio no está en las palabras, porque el Evangelio es palabra, es la sola palabra del Padre, y es virtud, es decir, es la virtud, la fuerza del Espíritu Santo.

Los hijos, pues, no entran al Evangelio armados sino protegidos; no entran para destrozarlo como el ladrón que entra armado por una puerta falsa, antes, entran por la puerta que les es abierta de par en par por quien tiene las llaves, ―y las dos hojas de esta puerta abierta de par en par son la Epístola y el Gradual.  La Epístola es una palabra que se enuncia, es una lección dada en extensión. El Gradual es una palabra que brota, es lección dada en profundidad. Una y otra, las dos lecciones, son extensión y profundidad del Evangelio; porque la extensión del Evangelio es la predicación de la palabra, y eso comienza en la Epístola, y la profundidad del Evangelio es el peso del amor, y eso rebosa en el Gradual.

15.El Salmo dice: la misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron. Ahora bien, mirad ese encuentro del hombre caído con el Evangelio; en el Evangelio está la verdad, en el hombre, la miseria; la miseria y la verdad se encuentran y la soberbia y la blasfemia se besan.  Pero ved en cambio a los hijos de la Iglesia  que llegan al Evangelio viniendo de las dos lecciones , viniendo de la Epístola y del Gradual, es decir traídos por la misericordia, que es maternal, pues es la Iglesia misma, que es como la Virgen, Reina y Madre de misericordia. Ahí sí podemos decir de los hijos que entran al Evangelio: la misericordia y la verdad se encontraron; porque en esta forma, el hombre no se disipa en las palabras, antes, oye la palabra del Evangelio. Y podemos decir también que la justicia y la paz se besan porque el hombre que viene de la lección inspirada no sólo oye la palabra del Evangelio, sino que también recibe la Virtud del Evangelio. Virtud operativa, transformante, misterio, superior al Fiat de la creación, comparable al Fiat de la Encarnación.

San Benito, San Francisco de Asís, Santa Teresa, todos los santos en una palabra, han entrado así al Evangelio y por entrar así, han sido santos. A su lado, nosotros somos unas pobres criaturas deformes que apenas oímos la palabra del Evangelio y apenas recibimos algo de su Virtud; pero eso no quita que el Evangelio, el Evangelio de la Misa, contenga la palabra y la virtud de Dios para salvar al mundo y hacer cesar el gemido universal  de todas las criaturas que gimen sometidas por fuerza al pecado en espera de la manifestación de los hijos.

Imaginaos que después de la Consagración la Hostia consagrada hablara al pueblo. ¿Tendríamos un milagro? Ciertamente. Y una novedad. Y sin embargo el milagro y la novedad sólo estarían en la forma en que esa voz se manifestara, pero no en las palabras que dijera, porque si el Santísimo hablara no diría otras palabras que las que ha dicho el Evangelio ese día.  Digamos esto y concluyamos diciendo: Preparado por todas las lecciones, el Evangelio, cada día, es la voz de la presencia real.

16.EL CREDO

Lección de enviados, lección inspirada, lección evangélica: después de las tres lecciones el pueblo entona el Credo. El Credo es una respuesta.

Las cosas que sabemos no valen por su aprehensión sino por la inteligencia que tenemos de ellas; lo importante no es saber una cosa, lo importante es saber cómo la sabemos, lo importante es saber cómo está la cosa sabida en la inteligencia de quien la sabe.

La Epístola de nada sirve sin el Evangelio; el Gradual de nada sirve sin la Cruz de Cristo, y ni el conocimiento de sí ni el amor de Dios valen nada si no están ordenados y arraigados en la tierra firmísima de la fe.

Ved, pues, lo que significa el Credo después de las lecciones: el Credo es una respuesta, es el Amén de la inteligencia, es profesión de fe,  garantía de fidelidad,  respuesta del pueblo fiel que recibe no en el capricho del sentido individual, sino en la integridad orgánica de la fe, la luz de las tres lecciones divinas. De los judíos está escrito que la Luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron: los judíos pecaron porque rechazaron la fe. El Credo, el Credo que cantan los cristianos, este Credo de los padres, este Credo de la Misa, es la garantía de que la luz brilla en las tinieblas y que las tinieblas la han recibido.  Las tinieblas de la fe reciben esa luz de las tres lecciones divinas, las tinieblas fecundas de la tierra fértil reciben esa semilla que ha salido a sembrar el sembrador, y la reciben para dar los doce frutos del Espíritu Santo.

El término de las lecciones no es la especulación individual, ni el capricho, ni la fantasía del hombre librado a su sentido. El término de las lecciones es el Credo, es decir, una profesión de fe que permite acceder a los misterios. Y por eso el Credo está en la mitad de la Misa, entre las Lecciones y el comienzo del Sacrificio. Por un lado recibe las Lecciones, por otro avisa los misterios. Porque la Misa propiamente dicha, los misterios de la Misa, están después del Credo, y no se puede participar de los misterios de la Misa si no es pasando por la integridad de la fe.

Con relación a las lecciones, el Credo es el Amén de la inteligencia; con relación al Canon, el Credo (que manifiesta el mismo orden del Canon y de la Creación del mundo), es como un ángel, como un velo. Digamos que el Credo con relación al Canon es como la espada versátil que rodea el paraíso, rodea el árbol de la vida, protege los misterios. La Iglesia no puede entregar las cosas santas a los perros, y nadie puede comer pan de la mesa del padre, sino el hijo.  Ahora bien, hijos son los que profesan la fe de los Padres, los que cantan el Credo: este símbolo sublime cuya integridad, cuya fuerza, cuyo esplendor de vida, todavía no ha podido entrar en la cabeza del mundo decrépito y cruel que padecemos.


[1] Versión de una conferencia pronunciada el 5º Domingo, después de Pentecostés, por iniciativa de la Acción Católica, en el salón parroquial de la iglesia de los Padres Benedictinos, en Buenos Aires. Publicada luego como «Lectura sobre la misa», en la revista ARX (Instituto Santo Tomás de Aquino, Córdoba, RA), 1933, pp. 47-82.

[2] 1ª Pedro 3, 8-9

[3] Romanos 11, 14

[4] Joel 2, 12-17

[5] Tito 2, 11-14

[6] Efesios 5, 21-33

[7] Génesis 37, 2-36 Comienzo de la historia del Patriarca José y sus hermanos

[8] Marcos 12, 1-12; Mateo 21 33-46; Lucas 20, 9-19

[9] Gálatas 6, 14-17

[10] Gálatas 6, 17

[11] Apocalipsis 14, 13

[12]Eclesiástico 24, 9-12

[13] Lucas 7, 35

[14] Mateo 5, 8

[15] Salmo 48, 4-5

[16] Salmo 44, 2

[17] Ver Filipenses 1, 23

[18] Verso del Himno Splendor Paternae Gloriae (Esplendor de la gloria del Padre) escrito por San Ambrosio y que se canta en Laudes de la Feria II.

[19] Salmo 67, 28: Allí Benjamín adolescente alocadamente… El salmo evoca una procesión festiva de las tribus en ocasión de la Pascua de Ezequías, 2 Crónicas 30, en la que tomaron parte las tribus del Norte. Benjamín, el más pequeño va delante en un entusiasmo juvenil

[20] La Secuencia

[21] Ven Espíritu Santo, Himno y Secuencia de Pentecostés

[22] Marcos 9, 7

[23] Como les sucede a la escuela de los maestros citados por Dimas Antuña anteriormente (nota del editor). Dimas Antuña expresa con otras palabras la convicción de que la letra de las Sagradas Escrituras, sin el Espíritu Santo, mata como dice San Pablo: “la letra [sola] mata, el Espíritu vivifica” (2ª Corintios 3, 6). El demonio puede citar las Escrituras para tentar a Cristo.


ACTO III

13. LA LECCIÓN DIVINA[1]

INTRODUCCIÓN

LA LITURGIA Y EL CIEGO

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor, ¡Que vea!

Marcos 10, 51

INTRODUCCIÓN

Multifariam… ‘De muchos modos’, con muchas voces habla el Señor a su pueblo[2]. Hay solemnidades especiales que tienen cuatro, siete y aún doce lecciones, pero, comúnmente, las lecciones de la Misa son tres: Epístola, Gradual y Evangelio.

            La Epístola no siempre es lectura de una epístola, ni el Gradual canto de un gradual. Pero todos sabemos que en la Misa hay primero una lección leída del lado de la Epístola, y que luego se oye un canto, un canto puro, cantado por sí mismo, que no acompaña nada, que todos, pueblo y ministros, oyen; un extenso canto del coro no motivado por otra cosa como el Introito o el Kyries, ni tampoco dado al coro desde el altar como el Gloria o el Credo, y que, cuando el Alleluia o el Tracto terminan ese canto admirable,  viene la tercera y en realidad la única lección, que es el Evangelio.

            Cualquiera que sea el texto de la primera lección la llamamos comúnmente Epístola (y lo es). Cualquiera que sea la economía de la segunda y aún cuando la alegría de Pascua, por ejemplo, haya diluido totalmente el Gradual en un doble y sublime Alleluia, la substancia de ese canto es siempre Gradual y por él pasamos siempre de la Epístola recibida al grande gozo anunciado a todo el pueblo, es decir, al misterio gozoso y glorioso del Evangelio que es, en realidad (así como el Señor es el maestro único) la única lección, solemne y manifiesta en su momento pero anunciada ya a su modo al pueblo desde la Epístola y gustada ya in ecclesia, interiormente, por el amor y el deseo y el júbilo, desde el Gradual.

Propio de una lección es que sea leída o cantada, y a esa lectura (lectura con autoridad) o a ese canto, corresponde en el pueblo un silencio. Propio de estas lecciones es que la palabra de Dios sea dada con cierto rito, y a esa expresión del Señor que habla así a su iglesia corresponde en el pueblo una actitud.

            El silencio es silencio del corazón. Contrito por los Kyries, levantado por el Gloria, congregado por la Oración, puesto en Dios, es decir, puesto en donde Dios lo ha puesto por la entrada al altar del Introito, el corazón, aquí, es llamado a entender. Y eso expresa la actitud del pueblo que ya descansa y ve (Epístola), ya gusta y descansa (Gradual), ya finalmente, se incorpora y oye (Evangelio), según el carácter de cada lección.

            Toda esta segunda parte de la misa está, pues, ordenada a la inteligencia. Es la respuesta que el Padre da por su Hijo a la iglesia reunida en un Espíritu, y de ahí que su estructura sea diferente de cuanto hemos venido viendo hasta ahora.

            Hasta ahora la asamblea sólo ha hecho acciones convergentes. En el Introito el Sacerdote que entra suscita al coro y, por él, lleva consigo al pueblo en su entrada. Y en los Kyries, el Gloria o la Colecta, ya el coro, nuestra boca, ya el Sacerdote, nuestra cabeza, cantan o dicen el sentir de todos.

            El Clamor es de todos en los Kyries; de todos el himno en el Gloria, y en la Colecta, aquel beso comunicado, aquel rostro de paz vuelto a nosotros, nos congregó a todos en la oración perfecta, común, de pie, eclesiástica; oración al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, oración del pueblo por el sacerdote, su cabeza, en el vivificante Amén que anima a todos.

            Y así podemos decir con el gran padre San Isidoro que “en la Iglesia cuando se canta, cantamos todos, y cuando se ora, oramos todos”. Oración y canto pertenecen a toda la asamblea; oración y canto son deseo, afecto, amén, amor de todos.

Pero en las lecciones el misterio tiene otra economía.

Cuando se habla, una es la persona que habla y otra la que escucha.

Hasta ahora el Sacerdote y los ministros han entrado y presidido la asamblea. Ahora el Sacerdote enviará a sus ministros como enviaba otrora el Señor profetas, sabios y escribas; los enviará para anunciar su palabra, y este acto de potestad, activo, iluminador, jerárquico, es un acto de Cristo, maestro único, que parte del altar solamente y se dirige al pueblo.

Tenemos, pues, en esta segunda parte de la misa una distinción marcada, una diferencia y también (y como quiera que en la Iglesia Cristo sólo predica a Cristo) hasta una cierta división entre el Sacerdote y el pueblo. En la primera el Sacerdote al entrar, ofrecer el incienso, cantar Gloria o elevar o juntar las manos, ha hecho algo; y en eso que ha hecho (Introito, Kyries, Himno o Colecta) nos ha tomado o llevado consigo como Pastor. Rodeado del pueblo, se ha ceñido del pueblo. Pero ahora, al enviarnos sus ministros, o al dar lugar al coro, nos habla, es decir, se dirige a nosotros, profiere una palabra, y conforme a los poderes de su autoridad, nos pone delante de sí como Maestro.

Ante el oficio jerárquico, pues, de la Iglesia que enseña, el resto de la comunidad se constituye como Iglesia que escucha. A la iglesia docens responde la iglesia discens, a la enseñanza, un corazón dispuesto, a la palabra una atención y un silencio.

La lección divina no solamente obra. Propone, enseña, llama. Ejerce un oficio, supone un diálogo, y así aquí el Orden se llega al Bautismo. Y el: Accipe librum et habete potestatem legendi in Ecclesia sancta Dei[3], de las ordenaciones sagradas, viene al encuentro de aquél: —Epheta, quod est, adaperire[4] de nuestro bautismo, que nos dio oídos en Cristo al nacer para Dios.

            Exiit qui seminat seminare…[5] La lección parte del altar y su salida supone una aptitud del pueblo, no inerte pero sí receptiva, que conforme a su capacidad de tierra buena, recibe, guarda, lleva, escucha, gusta, oye, advierte, ve, comprueba, asiente, experimenta. Experimur orantes, dice San Bernardo de este misterio de vida de la Iglesia que oye.

            Y como la palabra cumple todo aquello para lo que ha sido enviada, y germina en la tierra y la hace producir, de verdad en la boca del ministro se convierte en vida en el corazón del pueblo y pone a los fieles de pie.

            Una y otra vez sale del altar como lección y a él vuelve luego. Mas no vacía, y ni como simple palabra de hombres, sino en Cristo et in ecclesia, es decir, como acto de fe, como acto de la Vida en la comunidad y en cada alma.

Y así primero es confesión, en el Credo, y luego ofrenda (vitulos labiorum[6]), y finalmente en la eucaristía corazón levantado ad Dominum, ‘hacia el Señor’ y amén perfecto al misterio.

Lectio divina. Tal es en su conjunto esta segunda parte de la misa. Palabra del Padre que está en los cielos, lección del Hijo, maestro único.

            Ego Dominus, dice el Señor a este pueblo, Ego Dominus, ‘Yo soy el Señor’ que en el Introito y los Kyries y el Gloria y la Colecta te saqué de la tierra de Egipto: dilata os tuum et implebo illud[7].

            Pero esta comunicación de la palabra que parte del altar y viene al pueblo no pide capacidad solamente, sino también disposición, y en ésta, no solamente oídos sino también ojos. San Juan Bautista con ser profeta y más que profeta, pudo decir de sí mismo: —no soy profeta, soy voz[8]. Pero ¡ay de nosotros si no hubiéramos visto con los ojos de la cara, si solamente hubiéramos oído aquella voz de Juan! Porque la profecía, en él, era su dedo.

            Y así también estas lecciones de la misa, que contiene rito y palabra, tienen que ser oídas, (según el verso de Fijman[9]), A lo largo de muchas voces / y junto al dedo de San Juan Bautista, es decir, oídas con los ojos y con los oídos; oídas en las diferencias de lugar y ministro y rito, con que la palabra de Dios viene a nosotros, y en las diferencias de voz con que esa palabra viva, ya clara y distinta, ya sabrosa y oscura, ya simple, precisa / y divina y humana y filialmente luminosa) nos habla y nos hiere. Pues la palabra de Dios es espada[10].

Lecciones / Economía

Evangelio y epístola son lecciones correlativas, lecciones in cornu[11], de ministros con autoridad, dadas por cada uno según su orden, lecciones de dicción distinta, leídas, públicas; son un: ¡Sea notorio!, notificaciones incontestables de la economía.  

            Gradual y Credo son palabras correlativas. El Gradual es lectura afectiva, de tránsito. El Credo es confesión voluntaria, de término. El afecto en el Gradual canta y pasa. La voluntad en el Credo afirma y decide.

            Epístola y Evangelio se dirigen a la razón, a la inteligencia del hombre, para enseñarlo, ilustrarlo, persuadirlo; para revelarle el consejo escondido de Dios y llamarlo; son una luz, una revelación, un anuncio; dan una certeza, proponen una vida.

            Gradual y Credo son movimientos, decisiones. El Gradual nos mueve por afecto para ir de la Epístola al Evangelio, es decir, de la certeza recibida al Esposo que llega. El Credo, palabra de término, nos mueve a obedecer, nos pone de pie, ante Dios, ante el mundo, ante el altar.

En el Gradual vamos de la Epístola al Evangelio. En el Credo vamos del Evangelio al altar. En el Gradual, recibida la Epístola, vamos al Evangelio, como los pastores: —Vamos y veamos[12]. En el Gradual, abierta la Epístola, descubierto el secreto escondido de Dios, recibida la certeza, vamos a la Buena Nueva, nos alegramos y pasamos a la Buena Nueva. En el Gradual, abierta la Epístola, comunicado sin lugar a dudas el secreto escondido de Dios, pasamos al Evangelio, es decir, a la Buena Nueva. Conocido el secreto, el consejo, la economía, pasamos a la Buena Nueva; recibida la certeza, pasamos a la presencia.

            El Gradual supone la Epístola recibida. El Credo supone el Evangelio recibido. Recibido el Evangelio, es decir, teniendo la certeza de la Epístola y el Emmanuel del Evangelio, pasamos al altar.

            El Credo supone el Evangelio recibido; confesión de la fe, supone la fe anunciada en la Epístola y en el Evangelio, y recibida.

En el Credo, recibida la fe por el Evangelio, pasamos al misterio de la fe en el Ofertorio. En el Credo, recibida la fe —Epístola que anuncia la economía, Gradual que la desea y corre a ella, Evangelio que la  establece y la da— pasamos al misterio de la fe, por el Ofertorio que lo prepara, por la Eucaristía que lo consagra, por la Comunión que nos establece en él y nos lo da.

Por el Gradual, lección de tránsito, pasamos de la Epístola al Evangelio. Por el Credo, confesión de término, pasamos del Evangelio al altar. El Gradual es música, es canto, mueve el afecto, las pasiones del amor. El Credo es confesión, viene de la voluntad; canta y dice lo que quiero.


[1] Nota del editor; Esta carpeta contiene un artículo que es visiblemente el original de un artículo destinado a publicarse en la revista franciscana Itinerarium (Santa Fe) pero que quedó inédito. Se presenta con el título “II Acto / LA LECCIÓN DIVINA / Introducción” y bajo el subtítulo común a la serie de artículos antes publicados en Itinerarium: LA LITURGIA Y EL CIEGO. Debajo también el exergo común a la serie: —¿Qué quieres que haga? —Señor, ¡que vea!

[2] Alusión a Hebreos 1, 1

[3] “Recibe el libro y tened la potestad de leer en la Iglesia santa de Dios” es frase del ritual de la ordenación sacerdotal.

[4] “Epheta, que significa ábrete” es frase del ritual del bautismo.

[5] “Salió el sembrador a sembrar…” Marcos 4, 3

[6] “Terneros de los labios”, los labios ofrecen un sacrificio que equivale a los sacrificios de terneros; alusión al “sacrificio de alabanza”

[7] “Abre la boca y yo te la llenaré” Salmo 80, 11

[8] Ver Juan 1, 21-23

[9] Jacobo Fijman (1898 – 1970) poeta místico conocido en las letras argentinas, convertido al catolicismo en 1930. Después de su conversión colaboró en la revista Número de la que comenzó siendo Administrador.

[10] Ver Hebreos 4, 12

[11] Nota del editor: Cada una corresponde a un extremo del altar, el lado de la epístola a la derecha de sacerdote ante el altar y el lado del evangelio a su izquierda. En el templo orientado al oriente, con el lado norte la epístola y el lado sur el evangelio.

[12] Lucas 2, 15

 


 

 

14. LA EPÍSTOLA[1]

I El Ministro – II La Lección – III Discurso del Subdiácono –

IV Deo Gratias! – V Final: el silencio desnudo

 

LA LITURGIA Y EL CIEGO

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor, ¡Que vea!

Marcos 10, 51

Rito de la Epístola

Después del Amen de la Colecta el pueblo se sienta y el Subdiácono, de pie, en el cornal de los judíos, lee con clara y distinta voz la Epístola. Lee de espaldas al pueblo, colocado detrás del Sacerdote y del Diácono quienes también están de espaldas al pueblo, y el pueblo, sentado, recibe esa voz de un rostro que no ve.

            Aquí el Subdiácono hace por primera vez un acto propio de su ministerio. Podemos decir que aquí lo vemos por primera vez. ¿Por qué habla así, de espaldas? ¿Por qué en el cornu judaeorum[2]? Y ¿qué lección es ésta y qué ministro éste cuya voz oímos y cuyo rostro no se vuelve a nosotros?

I El Ministro

El Subdiácono es el ministro de los vasos sagrados. No se ocupa de su contenido, eso es del Diácono, ni del sacrificio que se ofrece en ellos, eso es del Sacerdote. Su oficio consiste solamente en guardarlos, llevarlos y presentarlos al altar.

            In sacrario, el Señor lo ha constituido en centinela pronto y solícito. Suyo es, antes de la Misa, todo lo que sea preparar, prevenir, disponer, y después retirar, purificar y aún lavar. Ejerce, pues, su función principalmente cuando se prepara o se levanta esta mesa, y así en el comienzo del Ofertorio vemos que lleva los vasos sagrados desde la credencia de la izquierda al altar, y al final de la Misa, que los cubre y los retira. Y esto es todo cuanto hace por sí mismo, él solo.

            En lo demás subministra, es decir, obra como sub-Diácono, como ministro del Diácono, ministro de otro ministro, y así (también en el comienzo del Ofertorio) cuando el Diácono prepara el cáliz para el Sacerdote, vemos que él vierte una gota de agua en el vino, y después del Pater noster, en la Fracción, cuando el Diácono recibe la paz, él recibe del Diácono ese beso y (dentro de las misas mayores) baja a comunicarlo al coro.

            Ministro inferior, de la mesa más que del convite, de lo que es necesario disponer o retirar, más bien que de lo que allí se hace o dispensa, prepara y custodia in sacrario, antes o después de la Misa, y sirve en el altar pero antes o después del sacrificio propiamente dicho. Durante éste el Subdiácono no hace nada.

            Permanece de pie, en el plano del presbiterio, de cara al altar, de espaldas al pueblo, envuelto y teniendo cubierta y en alto (casi a la altura del rostro) la patena… No hay actitud más inmóvil, más atenta al misterio, que la de este ministro que dispone la mesa y se retira, bajo las gradas del altar, y mientras los otros celebran, permanece cubierto y teniendo siempre en alto, debajo del mismo velo que a él lo cubre, uno de los vasos sagrados.

            Si estos vasos son algo, si (como todo lo que toca sacramentalmente al Señor) tienen alguna utilidad y algún significado, ¿qué quiere decir esta ostentación de una cosa encubierta, esta elevación de la patena,  vaso que sólo sirve en la oblación y la fracción  (es decir, antes y después del sacrificio mismo, en su preparación y en su uso), y este ministro de la mesa que el Señor pone así de pie, en el plano, cubierto y atento altar durante todo el sacrificio?

            Lo que constituye a cada ministro en su orden con respecto al altar se manifiesta igualmente en su acto con relación al pueblo, pues el altar es Cristo, es decir, el Señor y su Iglesia. Altare quidem Sanctae Ecclesiae ipse est Christus[3] dice el Obispo en las sagradas Órdenes y al Subdiácono precisamente.

            Ver, pues, a un ministro en el altar, es decir, en el acto primero que lo constituye, es verlo simplemente y con inteligencia completa para cualquier otro acto de su función litúrgica, pues el Señor es uno y a él, sólo a él (pero, a todo él) está ordenado su ministro. Y así, tal será el ministro en el altar, tal  será ante el pueblo; tal en lo que haga, tal en lo que diga, tal en el sacrificio, tal en la lección.

            El mismo orden que permite al Subdiácono llevar los vasos sagrados y le impone castidad para ello, le da potestad para leer la lección que le es propia y le exige en ella una voz castigada. Cuando el Subdiácono usa del libro que le ha sido dado y abre su boca y lee en la iglesia santa de Dios, su lección es tan conforme a su oficio que podemos decir que resulta verdaderamente de él.

            Y si este oficio es cuidar de los vasos sagrados ¿qué es la Epístola? Y si su orden lo constituye centinela solícito in sacrario, y su función es presentar los vasos del altar al altar y ser luego en todo ministro del Diácono, ¿qué sentido tiene esta lección, qué estructura, qué objeto, y qué Epístola es ésta que así viene a nosotros por mano de tal ministro, dentro de tal rito?

II La Lección  

En los vasos sagrados hay tres cosas: la materia, preciosa; la forma, sagrada y no de ignominia, y la limpieza, que exige que sean presentados al altar completamente vacíos y puros.

            Ahora bien, lo que hace el Subdiácono en el altar con los vasos sagrados, eso mismo hace en el pueblo al leer su lección, pues nosotros, todo el pueblo y cada alma, somos esos vasos, y esta lección nos dispone para el sacrificio.     

            La Epístola es de la misa, es decir, es una lección ordenada al altar. Entre las lecciones es la primera. Santo Tomás la llama lección dispositiva. Dispone pues el vaso sagrado en su materia, en su forma, en su limpieza, a fin de que apurado, conforme y vacío pueda ser presentado al vino nuevo del Evangelio.

            Todos sabemos lo que son las epístolas. Cualquiera, aún el infiel o el hereje, puede leer la letra de esos libros. Pero inter convivas, ‘entre los invitados al banquete’ lo que importa es la mesa del Rey, es decir, ver la epístola de la Misa como tal, como lección que, por el Gradual nos llevará al Evangelio, y como lección de la Misa, es decir, como lección que nos instruye para la oblación, la eucaristía y la comunión.

            Vista así, como nos es dada, como viene a nosotros, en su lugar dentro de las otras lecciones y en su orden con relación al misterio, la Epístola es indudablemente la primera notificación solemne que nos da la Iglesia (y por mano del ministro vigilante in sacrario) de ese mismo misterio escondido desde los siglos en Dios, que lo creó todo, y otrora lo dio ya de algún  modo en promesas y ceremonias para que, por aquella preparación del Antiguo Testamento, prefigurado en la Ley, anunciado en los profetas y propuesto en enigmas por los sabios, fuera reconocido al manifestarse en la carne y pudiera ser recibido del mundo en la predicación de los Apóstoles.

            Y si la Misa no es otra cosa que la celebración de ese misterio, si ese misterio de piedad realizado en la historia es presentado por Dios a los hombres en la Misa, ¿qué sentido tiene, qué alcance, qué profunda y admirable verdad no tiene esta primera lección, esta verdadera Epístola?

            Quid est Scriptura Sacra, pregunta el noble padre San Gregorio, nisi quaedam epistola Omnipotentis Dei ad creaturam suam?[4].

Esta epístola, esta carta escrita por el dedo de Dios en Cristo y presentada de tantos modos a los hombres (a los patriarcas en promesa, al pueblo con voces, a la casa mesiánica con juramento,  y a pobres y a ricos, a una; y a rebeldes, y a simples, y a sabios: en tipos, en figuras, en sacrificios, en ceremonias; con visiones, con proverbios, con cantos, con sueños, con enigmas) es abierta finalmente y dada a leer a la Iglesia por los Apóstoles de Jesucristo —de ahí que la Epístola es llamada formalmente la lección profética— y en especial por el que es, a este respecto,  el mayor de todos ellos y de todos y entre todos por excelencia para nosotros Apóstol, por Pablo, Apóstol de Jesucristo, el doctor de las naciones.

Y por eso su voz se oye mayormente en esta lección (—Y sí, mi voz, mas no mi voz —diría él— sino la voz del Señor Jesús en mí), y es recibida de generación en generación, de siglo en siglo, y lo será, permanentemente, hasta que el Señor venga.

Y así, en esta Epístola de la Misa, dentro de la economía sacramental de este Nuevo y eterno Testamento, cada día viene a nosotros, para instruirnos del misterio prefigurado otrora y luego realizado, y en orden a su celebración actual y a la integración, por voluntad de Dios, de todos los hombres en él. Y todo esto por mano de ministro idóneo que toma aquí la palabra conforme a su orden.

Como lección, pues, la Epístola es la primera y está ordenada al Evangelio, como la patena al pan, como el cáliz al vino, como un vaso sagrado cualquiera (y entre ellos el más sagrado de todos, el hombre, capaz Dei[5]) a su contenido.

Como Epístola de la misa, tiene cuadro y lugar propios y está ordenada al altar, como acto del custodio solícito ‘in sacrario’, como acción sobre el pueblo de aquél cuyo oportet [6] lo obliga a cuidar de los vasos que llevarán la eucaristía.

Como palabra, finalmente, es palabra de Dios clara y distinta, pero palabra abierta en Cristo y en la Iglesia.

Vinculada a la economía, preparatoria de la inteligencia del misterio, se lee del lado de los judíos, y según contiene comunicación de sabiduría, para significar al pueblo que no por persuasión de humano saber, sino por espíritu y virtud esta palabra es obradora y eficaz, para comunicarnos que en línea Apostólica y dada con autoridad, en el ángulo de la preparación, muestra espaldas de Dios y, de espaldas —porque la sabiduría de Dios es encubierta— es dada al pueblo sentado.

Si el Subdiácono no presentara el cáliz al altar no tendría el Diácono dónde verter el vino. Si la Epístola no instruyera de su condición sagrada al pueblo reunido, disipado el pueblo, el Evangelio caería (como en un infiel o en un hereje) en un vaso de ignominia.

            Quita la escoria a la plata y saldrá un vaso muy puro; limpia de adherencias la imagen y resplandecerá la semejanza. Estamos ante la primera lección, su sacramental es oscuro, todo principio, si es fecundo, es oscuro. La Epístola, pues, muestra espaldas de Dios y el pueblo está sentado. El hombre: sedendo fit sapiens[7].

            Si oyes sentado se imprimirá en ti la voz del rostro que no ves; si oyes sentado merecerás hallar al que oyes (Gradual, Alleluia), y al crecer la palabra serás puesto de pie, verás el rostro del Padre, sabrás qué es evangelio y qué es gracia…

Nuestra alma es preciosa. Es oro. Oro puro, purísimo, inestimable. Pero según caminamos por fe y no por aspecto, recubierto de plata. Pide, pues, la obra del ministro que entiende en los vasos para que ensayada en el Fuego y conforme al Modelo pueda ser presentada al altar. Y tal es el misterio, la comunicación en Cristo el encuentro sacramental de Dios y la criatura de la Epístola, lo que enseña el Subdiácono por serlo, es decir, por haber sido constituido ministro de los vasos y ministro de esta lección.

            Ministro de los vasos nos dice con sólo presentarse y aun antes de hablar: —Los vasos sagrados sois vosotros. Y, ministro de la Epístola, aun sin vernos, aun sin volver a nosotros su rostro, con solo ocupar su lugar para leer, nos dice: La Epístola sois vosotros.

III Discurso del Subdiácono

—Vosotros sois los vasos sagrados y yo, Subdiácono, ministro que el Señor ha constituido para entender en ellos, os digo en mi lección el valor inestimable del alma, que es oro, y su misterio en Cristo, que es plata, y su forma, sagrada y ordenada realmente al altar, y su limpieza, que, no admitiendo sino negando, llega a aquella perfección de la imagen que restablece la semejanza.

            Y todo esto os lo digo de espaldas a vosotros y atento al altar, por palabra de fe y en comunicación de sabiduría, sabiendo bien que yo leo y que, ceñido y revestido, soy el ministro idóneo de esta lección (ministro del manípulo y la túnica estrecha, ministro del amito y la voz castigada), pero que la epístola sois vosotros.

            Porque vosotros sois epístola de Cristo hecha por nuestro ministerio y escrita no con tinta sino con espíritu de Dios[8].  Y por eso de dondequiera que sea tomada mi lección siempre es palabra de Dios y siempre palabra nueva, porque siempre es epístola de la misa y siempre la primera palabra de un mismo y único misterio, otrora prometido y prefigurado y anunciado, y luego realizado, y aquí, y ahora, y a vosotros dado en la institución que hizo de él el Señor, y para cuya celebración yo os instruyo leyendo cada día en las páginas de uno y otro Testamento.

            Mas ved que no lo hago por persuasión de humano saber sino por sabiduría de Dios; no como pedagogo, sino como ministro,  pues mi oficio es leer in ecclesia, es decir, dentro de la economía, con inteligencia del misterio, según el grado de mi orden y lo que pide mi lugar.

Pues tampoco me es lícito llevaros a la sala de los vasos sagrados como hizo con los profanos el Rey imprudente, antes, como custodio y vigilante, ante el altar y porque habéis entrado al altar para el altar os instruyo. Y así me veis en dependencia de ese mismo altar, en el extremo de la Epístola, en el lugar de los judíos. Lugar del origen y la preparación.

Lugar donde Eliseo pide: —Afferte mihi vas novum![9]. Lugar donde Jeremías enseña: —Los hijos de Sion no son vasijas de barro[10]. Lugar donde ya no por profecía sino en dispensación (y para que sepamos ver y temer) el Apóstol declara “que en toda gran casa hay vasos de oro y de plata, y también de madera y barro; mas los unos a la verdad para honor, en tanto que los otros son para usos de ignominia”[11].

            Y así cada vez que de espaldas a vosotros y atento solamente al altar, ajustándome a mi orden y dentro de mi lección abro este libro, la Epístola es abierta, entrega su mensaje manifestándoos el secreto escondido en Dios que lo creó todo, y mi palabra obra conforme a su virtud refiriéndose al altar.

            Porque ¿quién hace un vaso si no ha de levar algo? O ¿quién ordena un ministro para que lo guarde y purifique si ha de estar vacío? La Epístola es de la misa. Mi lección os dispone para la lección mayor, para la única lección, el Evangelio. No sería yo Subdiácono si no previniera al Diácono. No habría una preparación si no hubiera una plenitud. Poco sería mi mensaje y no realmente nuevo y eterno, si no anunciaras una presencia.

            Hermanos, sabéis que todas las cosas hechas han sido rehechas y lo creado recapitulado. Las espaldas anuncian el rostro vuelto a nosotros y vuestro oír de ahora, sentados, anuncian un poder ser puestos de pie. Mi palabra es de Dios. Palabra de virtud, obrador y eficaz, penetras las partes inferiores de la tierra, visita a los que duermen, ilumina a los que esperan. Y así a veces os dice: —Hora est jam de somno surgere![12] ¡Levántate tú que duermes, y te iluminará Cristo![13] Y otras, directamente revela: —Que se manifestó a todos los hombres la gracia de Dios, salvador nuestro, a fin de que renunciando a la impiedad y a los deseos de este mundo, podamos vivir en el siglo sobria, justa y píamente, aguardando la bienaventurada esperanza y el advenimiento glorioso del grande Dios y salvador nuestro Jesucristo[14].

            Y ahora exhorta para que veamos, hermanos, nuestra vocación y andemos en ella según hemos sido llamados[15]. Y ahora amenaza, porque de Dios nadie se burla[16] y el escándalo de la Cruz[17] nunca será evacuado[18]. Y ahora suscita aquella gracia del bautismo, la simiente, la palabra ingerida que nos puede hacer salvos. Y ya consuela: porque el Señor viene y no se tardará[19]. Y ya alienta: porque el misterio de la iniquidad[20] nos asedia y los días son malos[21]. Y ya sostiene: porque la sabiduría de Dios no zahiere[22], y sabemos en quién hemos creído[23]

Y dice cosas eternas e instruye de cosas contemporáneas. Dice O Altitudo! O Bonitas! Dice: Deus Caritas est. Y también avisa de que en los últimos días vendrán tiempos duros y serán los hombres egoístas, codiciosos, altivos, soberbios, blasfemos, desobedientes, malvados, impíos, sin amor, sin paz, implacables, calumniadores, incontinentes, despiadados, crueles, desagradecidos, enemigos del bien, traidores, protervos, repletos de odios y dados a mentiras, con apariencias de piedad pero sin la substancia de ella, aprendiendo siempre y dándose maestros a montones, pero sin llegar nunca y sin importarles tampoco llegar al conocimiento de la verdad[24].

            Pero oíd, y que a todos vosotros sea esto manifiesto: Nuestro Dios es Dios de paz[25]; nuestro Dios es amor[26]. Y ésta es la voluntad de Dios: la santificación vuestra[27]. Que cada uno posea su vaso con limpieza, pues no nos ha creado el Señor para inmundicia sino para santificarnos[28] para llevar su nombre[29] y vivir en su Hijo[30] y ser capaces de la comunicación del Espíritu[31].

            Mas como esta lección es inmensa y no es cosa de un día formar a Cristo en vosotros[32], ved ahí que cada día mi operación en la misa es la misma pero mi lección varía, y la palabra de Dios a vosotros es la misma pero la riqueza de sus caminos y la obra de su misericordia es infinita.

            Y para que sepáis que siendo uno mismo el sol, los días son diferentes, según el misterio de la Iglesia, mi lección va recorriendo el círculo del año, y llamando, formando, iluminando, os introduce ahora en el Señor por persuasión directa de sus misterios salvadores, ahora, también él, pero según él está y se manifiesta y es admirable en sus santos[33]. Y así unas veces os entrega la palabra recibida, y otras, acomodando lo espiritual al Espíritu, lee como por transparencia, en espíritu de revelación[34].

            Pero, como quiera que sea, ya en la palabra que anuncia y exhorta y enseña, o ya en traslación de figuras, manifestación de profecías o iluminación de proverbios y enigmas y muchos otros misterios (dados otrora a los antiguos pero cuya inteligencia estaba reservada a la fe) uno solo es el mensaje, y es que se ha manifestado el misterio, y una la operación, que es conformaros a él, a fin de que, redimiendo el tiempo[35] y libres por la palabra recibida de la vana conversación de este siglo[36], leyendo yo la Epístola seáis vosotros por ella lo que desde siempre habéis sido en la presciencia del Padre, en santificación del Espíritu, es decir, Epístola de Cristo, conocida y leída de todos los hombres[37], y Vasos de Honor, santificados y útiles, y aparejados para toda buena obra[38].

IV Deo Gratias!

Terminada la Epístola el pueblo responde: —Deo gratias.

Oído esto el Subdiácono cierra el libro se llega al Sacerdote (que está de pie en el ángulo de la Epístola) y se arrodilla en el plano delante de él.

            El Sacerdote, teniendo su mano izquierda sobre el altar, pone su derecha sobre el borde superior del libro que le presenta el Subdiácono. El Subdiácono besa entonces la mano que el Sacerdote ha puesto así sobre el libro cerrado de las epístolas. Luego el Sacerdote (teniendo siempre la mano izquierda sobre el altar) levanta la derecha del libro y bendice al ministro en silencio.

            Este rito significa la restitución del libro a quien lo dio a leer, la restitución Apostólica de la palabra del Padre en el Espíritu Santo (el beso), al Señor maestro único.

Cerremos la Epístola según somos epístola; besemos la mano según guardamos la palabra; crezca en nosotros la Epístola según nos bendice la mano: en silencio.

Deo gratias!

El ministro de la voz castigada castiga[39], el ministro que entiende en los vasos los limpia. No me ha sido dada la Epístola para hacerme doctor sino hijo; no soy epístola de Cristo para erigirme en maestro sino para ser cáliz capaz del contener el misterio.

Escuche lo que oigo y guarde lo que recibo. Entienda (según me conviene a mí entender) sobriamente. Y en lo que entienda conozca, y en lo que no entienda abrace, y en una y otra cosa, guarde.

Y conforme al amor con que guarde esta palabra en parte conocida pero toda y de todos modos y en todo recibida, bendígame la mano y crezca en mí la Epístola. Crezca según la he recibido. Sentado, para asentarla en mi corazón, y sosegado, para lograr por ella desnudez y vacío, y callado, para alcanzar en su palabra silencio.

Y según soy epístola de aquella mano poderosa que me puso en Cristo y escribe en cada alma en la Iglesia este misterio, cierre yo la Epístola y lleve en mí, dentro de mí, su testimonio. Porque verdaderamente se manifestó la gracia de Dios salvador nuestro[40], y verdaderamente se ha manifestado el amor de Dios en nosotros[41].  Y esto es lo que estaba escondido en Dios por siglos[42]: Que Dios es amor y que ha enviado al mundo a su Hijo para que vivamos todos por él[43], in ecclesia.

Una vez que el Subdiácono ha devuelto el libro de su lección se junta a los otros ministros. No volveremos a oír su voz en la misa. Su beso en la mano del Sacerdote lo reintegra al altar. Desligado del pueblo entra in potentias Domini[44]. Cuando vuelva a nosotros, en el Evangelio, será conforme a su ley, dentro de esas obras del poder del Señor, y no como ministro nuestro sino del Diácono, es decir, como columna de una palabra que él sostiene y oye, que él recibe y lleva, pero no puede leer.

Y nosotros tampoco volveremos al silencio desnudo que corresponde a la Epístola. La próxima lección nos introduce en el canto y allí el silencio desea. Y, por las dos lecciones, por el silencio y el canto, por desnudez y deseo, llegaremos al Evangelio, es decir, la palaba del Padre que se oye de pie, en un silencio, casto, filial, gozoso, un silencio que dice como el filius acrescens Joseph, ‘el hijo-que-crece, José’: Presto sum!, ‘¡Heme aquí, estoy pronto!’

            Porque este silencio de los que han entrado al altar y sobre Epístola y Gradual oyen el Evangelio, es un silencio activo, que inter convivas se llama: obediencia a la fe.


[1] Nota del editor: Artículo fechado: “Redacción 1944”

[2] Costado, lado o ángulo del altar “de los judíos”

[3] El altar de la Iglesia es el mismo Cristo

[4] ¿Qué es la Sagrada Escritura, pregunta el noble padre San Gregorio, sino una carta (epístola) del Dios Omnipotente a su creatura?

[5] Capaz de recibir en sí, de contener a Dios…

[6] “Le conviene, le es necesario”, a quien le es debido, le corresponde cuidar …

[7] Sentándose es enseñado (y por lo tanto hecho sabio)

[8] Alude al pasaje de 2ª Corintios 3, 2-12

[9] Ver 2 Reyes 2, 20  (vaso, vasija)

[10] Ver Lamentaciones 4, 2

[11] Ver Romanos 20, 20-21

[12] Romanos 13, 11: Ya es hora de despertar del sueño

[13] Efesios 5, 14

[14] Tito 2, 12-13

[15] Efesios 4, 1

[16] Gálatas 6, 7

[17] 1ª Corintios 1, 23; Gálatas 5, 11

[18] 1ª Corintios 1, 7

[19] 2ª Pedro 3, 9

[20] 2ª Tesalonicenses 2, 7

[21] Efesios 5, 16

[22] Santiago 1, 5

[23] Ver 2ª Timoteo 1, 12

[24] 2ª Timoteo 3, 1-7

[25] Ver 1ª Tesalonicenses 5, 23

[26] 1ª Juan 4, 16

[27] 1ª Tesalonicenses 4, 3

[28] 1ª Tesalonicenses 4, 7

[29] Hechos 9, 15 Pablo es “vaso” elegido para “llevar” su nombre a las naciones

[30] Ver Juan 10, 10; Filipenses 1, 21-26

[31] Romanos 8 todo el capítulo

[32] Gálatas 4, 19

[33] Salmo 67, 36 (Vulgata)

[34] Efesios 1, 17

[35] Efesios 5, 16

[36] Ver Mateo 13, 22

[37] 2ª Corintios 3, 2-12

[38] 2ª Timoteo 2, 20-21

[39] Nota del editor: La voz castigada es decir: corregida, enmendada, ordenada. Él, a su vez, ordena, enmienda, corrige, endereza al que oye. Los oyentes son considerados como vasos en los que se vuelcan palabras purificadoras.

[40] Tito 3, 4

[41] 1ª Juan 4, 9

[42] Colosenses 1, 26

[43] 1ª Juan 4, 8-9

[44] En los dominios del Señor