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La Misa Solemne

La Misa Solemne

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10. ORACIÓN COLLECTA, DOMINUS VOBISCUM, AMEN[1]

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor ¡que vea!

Marcos 10, 51

RITO

Después del Dominus vobiscum! El Sacerdote y los ministros se dirigen hacia el lado de la Epístola con las manos juntas sobre el pecho. Allí se colocan de cara al altar, uno detrás de otro, en gradas ascendentes.

El Sacerdote canta: —Oremus! y, según canta, separa las manos, las eleva y las vuelve a juntar. Luego las separa nuevamente y, manteniéndolas en alto, recita una oración. Cuando ésta llega a su término, al decir por quién ha elevado las manos, al decir: Per Christum Dominum Nostrum, el Sacerdote las baja, las junta ante el pecho palma con palma, inclina brevemente la cabeza hacia la Cruz del altar, y luego permanece erguido, con las manos juntas, hasta el final de la oración que recita y hasta oír el Amén del pueblo, que la cumple.

I

LA COLECTA es la oración de la Misa. Congrega, junta, reúne al pueblo. Es el término de los actos de la reunión preparatoria. El término del Introito (pues entramos para orar) y el término de los Kyries y el Gloria. Preparada por los Kyries y el Gloria, producida por el Dominus vobiscum!, su nombre, Colecta, muestra a la Iglesia reunida y dice el misterio de esa unidad a la cual somos introducidos por la entrada de Cristo; en el Introito; tendemos como per ignem et aquam, en los Kyries; contemplamos in excelsis, en el Gloria, y nos es dada ¡oh Emmanuel! en el Dominus vobiscum. La Colecta nace del Dominus vobiscum como la unidad nace de la paz. Flor que nace de un beso, reúne a la iglesia en un Espíritu y le da acceso al Padre por el Hijo.

            Oración de la Misa. De ninguna manera es una oración privada, ni de uno, ni de muchos, sino oficial, pública, solemne, de todos y pronunciada por el Sacerdote con autoridad, como cabeza de la Iglesia, como presidente de la asamblea cristiana.

            Durante la liturgia el Sacerdote ora también algunas veces (asistido de sus ministros, en voz baja) como persona privada, pero, en este momento, término de la reunión preparatoria, y en este lugar, el cornu judaeorum[2] el Sacerdote asume el sentir de todos, y en ejercicio de su carácter sacerdotal, como quien ha sido tomado por Dios de entre los hombres y ‘ordenado’, dice la oración de la iglesia reunida.

            La Colecta, pues, supone la reunión del pueblo y la autoridad del Sacerdote. Supone al pueblo, como la Secreta supone la ofrenda, o la Postcommunio, la Communio. Y supone la autoridad que reúne al pueblo: los labios a quienes dio el Señor la ciencia y la elevación de las manos que tienen poder. Una Colecta sin pueblo reunido sería tan absurda como una Super Oblata sin oblata o una Postcommunio sin sacramento recibido. Y una Colecta sin Sacerdote sería tan monstruosa como una boca sin labios o un tronco sin cabeza. —Quita la cabeza del cuerpo, dice el gran Padre San Ambrosio, y mira el horror que queda… No puede existir el hombre sin el cuerpo, pero, en cuanto hombre, el hombre, todo el hombre, está en la cabeza.

Oración de la misa, oración oficial, orgánica, dicha por el pueblo, congrega, junta, reúne y supone y muestra, profundamente, el misterio de la Iglesia.

Sus palabras son simples. Con un ritmo claro y una sencillez y dignidad incomparables dice, plenamente, lo que quiere decir. La plenitud de expresión (que hace que las colectas no puedan ser traducidas) es una de sus características más esenciales. En este sentido la colecta es una verdadera oración, es decir, una oris ratio, una razón de la boca, equilibrada, justa, llena de juicio y de inteligencia.

            Y esta oración, palabra justa de la prudencia mística, expresión de los labios que meditan; esta oración breve, digna, noble, preparada profundamente por las purificaciones afectivas de los Kyries y el Gloria y prevenida por el Dominus vobiscum, brota de un rito sencillo y claro como ella, el cual, por el lugar, por la actitud del Sacerdote y los actos que realiza a medida que ora conforma a la estructura de la oración misma, le da la plenitud de su sentido y la grandeza sencilla, severamente humana y selladamente divina, de lo que ella es como acto de la Misa.

Y es de notarse el lugar

El Sacerdote, que dice —Dominus vobiscum!, en medio del altar y que hará todos los grandes actos sacerdotales (secreta, prefacio, canon, Pater, fracción) también en el medio, para esta oración y para su gemela, la Postcommunio (para las dos synaxis, para las dos oraciones del pueblo reunido: Colecta, reunido en un Espíritu, in ecclesia, y Postcommunio, reunido en uno, en Christo Jesu) va al extremo sur del altar, al lado de la Epístola, al lugar llamado cornu judaeorum. En el altar todo lo que es fuente (plenitud que no cesa) corresponde al centro, y lo que es anuncio y esperanza, el Evangelio y la oración in via, corresponde a los extremos.

            Orar es acercarse a Dios, dice Santo Tomás. La Iglesia, pues, se acerca a Dios por donde Dios se acerca a ella, por el lugar de los judíos. Ora acogiéndose al misterio de la preparación y del llamado, partiendo del origen y el secreto de las dispensaciones divinas, y la oración que congrega aquí, ahora, a este rebañito pequeño juntándolo, quia salus ex judaeis[3], al misterio de la raíz, santa, en la cual fuimos inseridos los ramos.

II

PERO VEAMOS cómo se desarrolla esta oración.

El Sacerdote empieza por un llamado al pueblo. Canta: —Oremus! Y acompaña esa palabra con un gesto de sus manos que se separan, se elevan y se vuelven a juntar. Su voz, pues, nos avisa, mientras sus manos, que extiende y recoge, juntan el sentir de todos.

            Luego el Sacerdote separa nuevamente las manos, las eleva y, teniéndolas extendidas, comienza a recitar la oración. Se dirige al Padre, a Dios, diciendo: Deus o Deus noster, o Omnipotens Deus, o Omnipotens sempiterne Deus. Y después de ese vocativo, brevísimo casi siempre, recuerda algo. Algún atributo de Dios, alguno de sus misterios, o alguno de sus actos, alguna de sus manifestaciones, o el día que celebramos, el Hodie, dedicación o conmemoración que nos reúne y, en orden a ese recuerdo, da a conocer a Dios nuestras peticiones.

            Ahora bien, durante todo este tiempo, mientras invoca, recuerda y pide, el Sacerdote mantiene las manos separadas. Actitud del orante, profundamente significativa: ¡no tiene nada y lo espera todo del cielo!  Pero después del pedido, el Sacerdote dice al Padre por quién eleva las manos, dice por quién pide, dice: Per Christum Dominum Nostrum, y este nombre le hace juntar las manos ante el pecho.

Esta conclusión muestra el gran misterio de la oración cristiana, su alcance como acto íntimo de la vida del hombre en Cristo dentro de la vida misma de Dios. Porque si el hombre se dirige al Padre en un Espíritu elevando manos puras, el secreto de su estar de pie y la razón que tiene, en Dios mismo, para ser oído, es Cristo, el Hijo, el Amado, el Mediador, Hijo de Dios e hijo del hombre, uno con el Padre y Señor nuestro. Nuestra cabeza, nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro ser, el espíritu de nuestra boca, el Cristo Señor, el que con el Padre vive y reina en la unidad del Espíritu Santo… Con la obsecración terminan las palabras que recita el sacerdote y el pueblo concluye, diciendo: Amén.

            La unidad, la claridad, la conexión lógica y hasta el cursus de la oración de la Misa es algo noble. Ningún sentimentalismo, ninguna efusión interior. Una invocación al Padre, sobria, grave, brevísima. Un recuerdo. Un pedido. Nuestra razón de orar (nuestra razón de ser), Cristo, Nuestro Señor y, como conclusión, el pueblo de pie, que llamado a orar en el Oremus, cumple la oración, su oración, con el Amén.

El Amén es un misterio.

Muchos Amén nos son pedidos y damos en la Misa. Unos son Amén de oración, otros de sacrificio. Unas veces, como en el Ofertorio, la Fracción o el Canon, decimos Amén a cosas que no vemos ni oímos. Actos sacerdotales, secretos, que el Sacerdote hace como sacerdote, por nosotros, pero no sin nosotros, pues no puede concluirlos sin el Amén del pueblo. Otras veces, como en la Colecta y la Postcommunio, decimos Amén a palabras que acabamos de oír distintamente, y estos Amén de oración (menos grandes ciertamente que aquellos que nos configuran al sacrificio), tienen sin embargo una belleza noble, serena y, en cierto modo, visible.

            Si orar es decir Amén, has dicho bien. Si orar es desear, Amén, y que así sea! Y si orar es acercarse a Dios, henos aquí, sacerdote nuestro, de pie y unánimes contigo, en Cristo, nuestro Dios Amén!

            Sello de oración y palabra sellada, nombre que contiene el Nombre de Dios, garantía de las cosas divinas y entrada de la criatura a ellas por entrega de sí misma cuando dice Amén, con tal fuerza usó de esta palabra el Señor en el evangelio y de tal manera fue oída en los cielos, que nadie osó traducirla. Pasó a la Iglesia en hebreo para expresar en ese lenguaje de la garganta, del deseo, lo que la Iglesia siente de los misterios divinos. Pasó “con velo de secreto idioma”, junto con el Alleluia y el Hosanna, para expresar el afecto y decir lo inefable. Para decir lo que no puede ser dicho: lo que la Iglesia siente del Padre en el divino Alleluia!, lo que la Iglesia siente del Hijo, en el Hosanna! victorioso, y lo que la Iglesia siente de sí misma en el Amén. Su entrega, su hambre, su sed, su fiat!, su exinanitio y su exaltatio[4], la estrechez de la agonía de su puerta angosta y su pascua, en este profundo, humilde, inconmovible y nunca retirado de sus labios, Amén!

III

LA ORACIÓN DE LA MISA es una maravillosa unidad. Sencillez, orden, precisión, conveniencia interna de las partes. Debajo de los gestos sencillísimos de la elevación de las manos y de la coincidencia de las palmas, la Colecta despliega sus seis partes lógicas que se corresponden, dos a dos, rigurosamente. En este serafín de dos alas velan el rostro de él: la invocación al Padre y la obsecración por el Hijo. Dos alas velan sus pies: la memoria con hacimiento de gracias y la petición final. Y dos alas vuelan: el Oremus y el Amén.

El Oremos avisa, el Amén cumple. Oremos y Amén son el espíritu de la oración. Espíritu que congrega y espíritu que consuma; espíritu que congrega en un Espíritu, y espíritu que sella la unidad en un fiat. Oremus y Amén pertenecen eminentemente al Espíritu Santo.

La invocación y la obsecración son el misterio del Nombre de Dios tal como ha sido dado a los cristianos. Pues no invocaríamos al Padre si no fuera por el Hijo, ni podríamos elevar las manos puras si no nos las hiciera juntar ante el pecho el Por Cristo Nuestro Señor.

            Y en cuanto a la memoria y la petición, en ellas está la oración misma como expresión de la criatura que ora. Orar es un acto tan íntimo que deja a la criatura en cruz. Queda nuda et aperta[5]. Podemos ver lo que es. Y, lo que es, es eso: memoria y esperanza, destierro y deseo, elevación de las manos al Padre y amén a la gloria de Dios.

            Pero hay tal pureza, tal sencillez, tal perfección en la colecta de la Misa que, cuando se vive de ella diariamente y se piensa cómo está ordenada y cómo brotan y se despliegan sus partes, se recuerda aquella palabra del Señor: Considerate lilia agri [6]… Ni Salomón en su gloria conoció la perfección de estos seis pétalos: los tres que llevan en esta perfecta azucena el santo Nombre de Dios (la invocación al Padre, la obsecración por el Hijo y el Amén del Espíritu Santo), y los tres con el anhelo de la criatura: en el Oremus que nos eleva a Dios, en la memoria que nos fija en su presencia y en la petitio que aguarda su rocío.

Y ahora podemos preguntarnos qué piden las colectas de la Misa, es decir, qué pide al Padre por el Hijo el Espíritu de unidad que congrega a la Iglesia. Lo más directo parece que sería abrir el Misal Romano y leer las colectas que están allí prescriptas.  Desgraciadamente (o feliz, muy felizmente) , el contenido intelectual de una oración apenas si es una dimensión del contenido de esa misma oración. Leer no es orar. Es así que el que lee no ora, luego, leer las colectas puede ser una de las mejores disciplinas para no saber qué piden. Degollamos analíticamente sin excepción ni perdón a todos los niños de Belén, sin caer en la cuenta, sin sospechar lo más mínimo que, antes de que nosotros empezáramos a leer, ya el ángel del Señor se le ha aparecido en sueños al Patriarca, y éste se ha levantado de noche, y nosotros estamos echando mano de inocentes, y leemos pero ni vemos ni oímos. No vemos que ha huida el Niño Dios y no oímos el grito de Raquel. Por camino que no es oración, buscamos inteligencia de oración: fuera del misterio queremos hallar gracia; donde no está el cuerpo pensamos que se juntarán las águilas.

            Yo soy el que soy, tú eres la que no es, decía Dios Padre a santa Catalina de Siena. La Iglesia, que contempla el Sér, ve en ese espejo del Sér perfecto, inmutable y eterno, lo que falta a estos hijos de su seno, que no son. Paralelo del Sér y del no-sér, de El que ES y de los que crecen, de la Trinidad beatísima por plenitud de todo bien y de la criatura redimida que muere cada día porque ya no tiene, en Cristo, vida eterna, tal es el contenido de las colectas.

            El no-ser dice, Padre!, la indigencia da gloria. La criatura de memoria y esperanza recuerda y pide. Lleva en la mente los años eternos, encuentra que ha sido reunida, halla in ecclesia que ha entrado, sabe que no es extraña a la dispensación del misterio escondido en Dios que lo creó todo, y pide lo que recuerda. Pide la dignidad israelítica del Hijo que ve a Dios, pide la dignidad mesiánica, la crismación perfecta del Amado príncipe de Dios. Que ventga la gracia y pase este mundo, que se cumpla el número y llegue el Esposo.

            Festina tempus et memento finis! La Iglesia no sabe pedir otra cosa. Es la virgen prudente. En su vigilia de paciencia perfecta oye constantemente el Sponsus venit! y adereza su lámpara.  Esta lámpara, cuya luz se enciende ya de noche en el oficio, luce y arde luego, y nos alegra a todos un momento con su luz cada mañana al entrar al sacrificio – y a ella la acompaña, la sigue acompañando en las Horas, durante todo el día.

IV

EN EL DESARROLLO de la Misa la Colecta es una cumbre. Una cumbre en un monte cuajado de muchas otras cumbres, donde el Evangelio y el Credo, y el Prefacio y el Pater, y la Postcommunio y el – Ite, missa est! Forman otras tantas cumbres, otros tantos montes, no dibujados y en hilera sino los unos dentro de los otros, pues el Monte es uno aunque su plenitud sea septiforme  y las riquezas de su comunicación infinitas.

            A la Colecta conducen como laderas de ese monto los actos de la reunión preparatoria: el Introito, los Kyries, el Gloria. Y a ella responden (como el que abre una puerta responde al que llama a esa puerta) todos los actos iluminativos de las lecciones divinas que la siguen: la Epístola, el Gradual, el Alleluia, el Tracto, el Evangelio.

            Mas considerada en sí misma, la Colecta tiene también esta nobleza de ser uno de los actos más visibles de la Iglesia. La Iglesia se muestra (es posible verla, por lo menos, y admirablemente) en misterios más altos de la Misa, como son, por ejemplo, el Ofertorio o la Fracción.

            Pero su inteligencia parece que está dada solamente a los que comunican, y acaso no siempre. En cambio, en la Colecta, cualquier hombre con algún discernimiento y cuya alma sea por l menos naturalmente cristiana, si es capaz de ver lo que tiene delante, es decir, al pueblo reunido y al Sacerdote, su cabeza, al oír esta palabra clara, recta y tan admirablemente firme de expresión, puede hacerse una idea de la dignidad de esta plebs sancta, de este sacerdocio real que se dirige a Dios como un hijo a su Padre, de pie, y que teniendo un inmenso sentido (un sentido como el que tuvo el mismo Señor Jesús) de la reverencia debida a la Majestad, habla sin embargo a la vez con un sentimiento desconcertantemente humilde y alto de la no investigable dignidad de su propia naturaleza humana, que, por un misterio que es toda la fe de los cristianos, el hombre que ora así, in ecclesia, ve unida a Dios y siendo objeto de la complacencia sin límites del Padre.

Y éste es sin duda el secreto de la serenidad inalterable de la divina liturgia y de la tan justamente celebrada nobleza de las colectas de la Misa. Lo que hace que la oración de la Iglesia no sea un grito desesperado de la criatura ante la grandeza inaccesible de Dios, ni un multiloquio explicativo y estúpido de la cabecita razonante o asustada ante un ídolo, sino una palabra formada, una oris ratio, dirigida a Dios, al Padre, por el hombre, con un equilibrio de expresión verdaderamente racional y humano y una libertad filial —casta, reverente, santa— inexplicable.

            Este equilibrio, ponderación de cosas extremas naturalmente inconciliables en el hombre, ha sido atribuido al genio romano. Lo recto era atribuido a Roma, es decir, a la asistencia inquebrantable prometida y dada a la roca de Pedro… Allí donde sea más perfecta la fe en la Encarnación, allí la pietas será más honda y serena y la oración más pura. Equilibrada en Aquél en quien omnia constant, tendrá el secreto del vuelo y ordenará sus palabras con juicio. Conocerá la inspiración y sabrá hablar a Dios en el misterio divino y humano (y no extraño al hombre, ciertamente) del Verbo hecho carne, y ni la verdad de Dios quedará disminuida como en el jadeo explicativo del necio que ora ni el hombre se verá aterrado ni por la grandeza inminente y demasiado real de la presencia de Dios, ni por el vacío trágico, de agujero sin fondo, de lo que hay en el interior del hombre.

V

UNA CUMBRE en el desarrollo de la Misa, uno de los momentos más bellos, más visibles de la Iglesia reunida, y como término de la Entrada, de los Kyries y del Gloria, una conclusión. La conclusión sencilla y sobria de esta unidad de alabanza que, con la antífona, el clamor y el himno da comienzo a la Misa.

            Es sabido que toda oración en la liturgia es una conclusión. Importa ver qué carácter tiene aquí esta conclusión y de qué manera esta palabra tan pura da término a un rito complejo.

El Introito, los Kyries y el Gloria son actos dobles. Son túnica forrada, libro escrito dentro y fuera: entrada y canto, clamor e incienso, himno y sesión… Hasta llegar al: Dominus vobiscum! es evidente que en la Misa rige el número dos. Este dos, diálogo de Hijo y el Padre que oye el Espíritu Santo, unión de Cristo y la Iglesia que da ser de Dios a los hijos, nos hace recibir simultáneamente lo que simultáneamente nos es dado.

 – Hijo de hombre, dice el Espíritu al profeta, hijo de hombre, mira con tus ojos, y oye con tus orejas, y aplica tu corazón a las cosas que yo te mostraré acerca de las ceremonias de mi Casa…[7].

Este ver y oír simultáneo de quien ha dado el corazón a entender, permite entrar en el misterio del dos y adelantar en los pasos de los dos que van juntos, que es mejor que vayan así, juntos, y que hemos visto ir yendo juntos hasta ahora, en el Introito, en el Kyries, en el Himno.

Melius est duo esse[8]. El afán de dos tiene mejor salario; si uno cayere el otro lo levantará; si dos duermen juntos se calentarán mutuamente; si alguien acomete a dos, pueden resistirle. En la acción (afán de dos), en la contemplación (dos que duermen), en la debilidad, para librar a la criatura del ¡ay! que nadie oye, (porque: ¡qué ¡ay! el ¡ay! de quien va solo!), en la hostilidad (para que dos resistan); sea que el espíritu progrese, sea que se repliegue, sea que se vea dividió, sea que se vea asediado; ley del dos, ley de Cristo, melius est duo esse simul![9].

Y ved que Dios ha creado así todas las cosas. Cada una completa en sí misma, pero una con otra valiéndose; y no porque le falte algo en sí a cada una, sino porque Dios es grande y su grandeza no falta a ninguna y a cada cosa le da testimonio y le muestra los bienes que ha puesto en la otra…

Al Introito le muestra la entrada del Sacerdote revestido; a los Kyries, el incienso que sube tantas veces del altar vacío; al Gloria, en claridad y sosiego, le muestra las manos sobre las rodillas de los que están sentados. Es preciso dejar, y no sólo dejar sino también recibir, las cosas que Dios hace en su perfección, en su anchura. La perfección exige que cada cosa sea completa en sí misma; la anchura que unas con otras confirmen sus bienes.

Estos elementos de inteligencia, paralelos y simultáneos, que van juntos pero no coinciden, que mutuamente concurren para entregar un misterio pero guardando cada uno su autonomía y su valor; que se mueven, pero no con dependencia explicativa sino cada uno por sí mismo y conforma a una ley altísima, de consonancia, de sabiduría, no son sino expresiones del misterio de Cristo que concretan a lo largo de la acción litúrgica la relación in re[10] que existe entre el santuario y la nave, entre el altar y el pueblo, entre el Padre y los hijos.

El rito, pues, progresa paralelamente, pero, al llegar a los pasajes en que la comunicación exige que cambie, al volverse a nosotros en el Dominus vobiscum! el rostro del Sacerdote, verdadero rostro de Cristo, los dos que van juntos se vuelven y se unen, y fundándose en ese Emmanuel, con-nosotros-Dios, florecen en la oración. Y así la serie doble, entrada del Sacerdote y canto del coro, en el Introito (afán de dos que halla mejor salario); y el clamor del pueblo y el incienso, en los Kyries (¡Ay! que no es el ¡ay! del solo y tiene quien lo levante), termina en la Colecta. En la Colecta cesan los elementos simultáneos. La reunión ya formada es una y la Iglesia, de pie, incorporada, habla al Padre. La ley del dos termina en uno. Pero este uno es – lo hemos visto – funículus triplex[11], es decir, el gran misterio revelado, el gran misterio cristiano, pues es uno y trino.

VI

TAL ES la oración de la Misa.

Una palabra pura. Ponderación sin esfuerzo (porque es ponderación en Dios) de cosas extremas, y exclusión sin violencia (porque estamos en Cristo) de la figura descompuesta del hombre y de sus gestos extremos. Ni grito de angustia, ni palabrería torpe; una oris ratio tranquila, llena de juicio y de inteligencia. Ni brazos en alto, ni manos enclavijadas: una elevación de las manos solamente, y palmas, luego, que coinciden. Y todo esto como conclusión de un espléndido rito, doble, profuso, lleno de sentido, riquísimo de elementos autónomos y concordantes, que comienza y progresa y pasa por diferentes fases, y aparentemente, precede la oración, pero en su substancia y realidad más íntima la trae, pues, en ella , sólo a ella tiende, y la prepara.


[1] Publicado en la revista ITINERARIUM 46(1945) Agosto-Diciembre págs. 49-62 bajo el título COLECTA y bajo los sobretítulos: “Meditación de la Liturgia” y “La liturgia y el ciego” como los artículos anteriores: 1) Introito, 2) Kyries, y el siguientes a éste:  4) Entrada y Reunión, que trata del rito de entrada en su conjunto: Introito, Kyries, Gloria y Oración Colecta

[2] Lado del altar, que significa el Antiguo Testamento, el ángulo de los judíos

[3] Juan 4, 22

[4] Su aceptación, su anonadamiento y su exaltación

[5] Desnuda y abierta

[6] Mirad los lirios del campo

[7] Ezequiel 44, 5

[8] “Es mejor que haya dos, que sean dos” la cita está tomada de Eclesiastés 4, 9 y remite a ese contexto

[9] Dimas Antuña parece aludir a las dos naturalezas, divina y humana, en Cristo; y parece ver en ella una suerte de Ley que dicta el misterio de la Encarnación y que gobierna sus obras, entre otras también la santa Misa.

[10] Relación “real”, objetiva, que está en las cosas y no es puramente subjetiva. En la filosofía escolástica se habla de relaciones reales y de relaciones de razón. El autor subraya que estas relaciones son objetivas, independientes de que alguien las perciba o no.

[11] Eclesiastés 4, 12, la cuerda de tres hilos.

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