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La Misa Solemne

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8. DOMINUS VOBISCUM - 1

LA SALUTACIÓN LITÚRGICA EN LA MISA

El tema de nuestra reunión esta tarde es el saludo litúrgico en la Misa.  Ya hemos hablado del proceso de entrada al altar de los ministros y el coro en la Misa Solemne. Hemos visto que el Introito, los Kyries y el Gloria son tres formas de entrada que culminan con un Dominus vobiscum. Hemos entrado, pero ¿por qué nos ha recibido? ¿por qué se nos recibió con el Dominus vobiscum?

            Consideremos los elementos concretos de este saludo, es decir, el rito que lo acompaña: 1º El sacerdote besa el altar, 2º se vuelve hacia el pueblo y se dirige a él, 3º le muestra las manos y 4º le dice: —Dominus vobiscum!, ‘¡El Señor con vosotros!’.

A esa palabra sigue una respuesta, una aclamación del pueblo que se pone de pie para recibir el saludo y dice: —Et cum spiritu tuo1![1]

 El Dominus vobiscum es un saludo. Pero en la sociedad de los hombres hay muchas clases de saludos. Los hay de bienvenida, de adiós, de alegría, de aclamación. Los hay de pura cortesía exterior —formas de indiferencia —, los hay extáticos – que hacen salir de sí, que provienen del más íntimo amor.

Este saludo del liturgo en la asamblea ¿qué clase de saludo es? Es un saludo de Paz. Sus elementos lo muestran. Comienza con un beso al altar, sigue con un volver el rostro del liturgo hacia nosotros, se produce con la ostentación de las manos (que es como un abrazo comenzado[2]), se cumple finalmente con una palabra de sumo bien, de presencia, de asistencia[3], de unión común.

Es un saludo trascendente y es un saludo de paz que viene del altar, es decir, viene de más allá de los que se saludan, y va más allá de los que se saludan: viene del altar que es Cristo y alcanza a todos los que pone en comunión con el altar. Beso comunicado, abrazo comenzado, ostensión de las manos, rostro vuelto a nosotros; y todo esto no es de ninguna persona particular o privada sino del liturgo, del sacerdote, es decir, de aquél que es cabeza de la Iglesia, que preside la comunidad y ha entrado al altar actuando in persona Christi, en lugar de Cristo.

Cristo mismo, pues, se vuelve a nosotros en la caridad de Dios (beso al altar) en la gloria de su Resurrección (ostensión de las manos), misterio de su presencia en la Iglesia, como apareció a los Apóstoles estando cerradas las puertas del cenáculo. Así se nos ofrece en la persona del Sacerdote y nos dice: paz a vosotros, el Señor está con vosotros.

El Dominus vobiscum, pues, no es un saludo cualquiera. Es un saludo de Paz pero es el saludo del liturgo a la comunidad.

            La liturgia es la comunicación de la vida divina mediante fórmulas sensibles. La realidad de la liturgia, su núcleo vivo, la ‘cosa’, la gracia, la comunicación que Cristo ha puesto en los actos sacramentales, corresponde y comunica los misterios de Dios.

Y así, este saludo que es un saludo de paz —y que es al mismo tiempo un saludo del liturgo, encuadrado dentro de las leyes ceremoniales de la iglesia y dentro de las correlaciones propias de la jerarquía de la comunidad— este saludo de paz, decía, comunica la Paz. Y la comunica por medio del sacerdote, pues sólo el sacerdote puede besar el altar y asumir en esta forma la presencia y la acción del Señor mismo; y sólo al sacerdote podemos corresponderle con la respuesta: —“y con tu espíritu”, pues sólo al Sacerdote le fue comunicado el Espíritu Santo de una manera especial mediante la imposición de las manos.

            Cuando él nos dice: “El Señor con vosotros”, nosotros le respondemos diciéndole que el Señor está también con su Espíritu, es decir con el Espíritu Santo, ad robur, ‘para fortaleza’, que le fue conferido en el Orden.

            El saludo del Sacerdote comunica la paz a la Iglesia. La respuesta activa de los fieles reverencia la dignidad del sacerdote, es decir, reverencia al Espíritu Santo que le ha sido comunicado por el Orden.

En resumen, es esto lo que podemos decir del Dominus vobiscum en cuanto a su estructura. Hemos visto el rito (beso y saludo), hemos visto a los actores del rito (Sacerdote y comunidad).

La eficacia del saludo

Pero digamos ahora una palabra más, en cuanto a la eficacia del saludo. Siendo un acto litúrgico, es decir, no de personas particulares, sino de la Jerarquía y la asamblea de Dios y su pueblo, de Cristo y de su Iglesia, es un acto infalible, es decir, eficaz por sí mismo.

            El sacerdote, pues, como tal, como Sacerdote, en ejercicio del sacerdocio de Cristo, dice a la comunidad: El Señor está con vosotros. Y nosotros le respondemos, in ecclesia, ‘como Iglesia’, es decir, no expresando deseos individuales sino dentro del nosotros supra personal de la comunidad reunida: —Et cum spiritu tuo.

            No cualquiera, pues, puede decir: —Dominus vobiscum, sino solamente el liturgo, es decir un ministro ordenado. Y no a cualquiera, sino solamente a un ministro ordenado podemos responder: —Y con tu espíritu.

El saludo litúrgico tiene una realidad que no es solamente psicológica o moral. Tiene una realidad, una eficacia y una verdad en sí mismo. Tiene una realidad sacramental: es un sacramental.

            Proclama una verdad de fe: Que el Señor está con nosotros. Produce una gracia: su asistencia para un determinado acto de la Iglesia. Y cuando el nosotros responde al liturgo con nuestra palabra, él recibe de la comunidad un estímulo, un aliento para conservar y acrecentar en sí la gracia sacramental que le es propia.

Los diversos saludos

Tal es el Dominus vobiscum en sí mismo. Su realidad mística (núcleo) es la paz. Su estructura sacramental o ritual (forma) y en su eficacia objetiva es un saludo. Ahora considerémoslo al producirse. Veamos cómo sucede, en qué momentos, cuántas veces, en qué situaciones de la Misa.

            Una misma palabra no es la misma en situaciones diferentes. Y una palabra de saludo como ésta, que comprueba y previene algo, siempre dirá que el Señor está con nosotros, siempre proclamará el misterio de la Iglesia, siempre será una expresión viva del Emmanuel[4], del Señor con nosotros. Pero en cada momento o fase del rito, siendo diferente la situación, será diferente la realidad concreta que sustenta, es decir, la presencia del Señor con nosotros[5]. Y será diferente el motivo, la razón, el objeto para el cual esa presencia del Señor, que ya está con nosotros, nos es especial y particularmente deseada[6].

El Dominus vobiscum nunca es raíz, siempre es flor

            Porque notemos esto: el saludo litúrgico de la Misa nunca se produce porque sí, espontáneamente, sino dentro del proceso o desenvolvimiento de un rito. Y tampoco se produce como una simple afirmación absoluta o abstracta, sino por una necesidad, por un anhelo o deseo de asistencia. Por esto digo que el Dominus vobiscum nunca es raíz sino es flor.

            Imaginemos lo que es la flor. En la flor no florece la flor, florece el árbol. La flor supone raíz, tallo, ramas, un proceso de crecimiento anterior. Y por otra parte, con ser tan bella, con ser un término perfecto de expresión, con florecer en ella el árbol, la flor no es lo definitivo sino un pasaje, es decir, la manifestación de la vida comunicada, pues en la flor está contenido y ofrecido el fruto; y en el fruto que nace de la flor, que no puede existir sin la flor, no sólo hay fruto (sabor y substancia) sino que está contenida la semilla, es decir, un nuevo proceso de vida que nace de la vida del árbol y la propaga independientemente de él.

El Dominus vobiscum en su situación

Miremos al Dominus vobiscum en función de la raíz y el tallo y la rama que en este fruto florecen, y en razón del fruto que nos es ofrecido en él, y de la simiente que germinará en nosotros por efecto de esta flor y de este fruto. Miremos al Dominus vobiscum en su situación concreta, en su ¿por qué? y en ¿su para qué?

            Cuando oímos esta palabra del altar: El Señor está con vosotros, esta palabra dada en el Espíritu Santo, en el beso y el rostro de Dios vuelto a nosotros, preguntémonos: ¿Por qué con nosotros? ¿Para qué con nosotros?

Hay dos respuestas generalísimas que subsisten a todas las situaciones. Primero: ¿Por qué con nosotros? Porque estamos en Cristo e in Ecclesia, en Iglesia, porque hemos entrado al altar, porque somos el pueblo de Dios. Luego: ¿Para qué con nosotros? Para orar, para oír, para ofrecer, para sacrificar y dar gracias y participar del altar. Para todo lo que es la Misa, pues la Misa, que es el sacrificio de Cristo ofrecido por la Iglesia, es un acto que ni es del Señor solo ni nuestro (mucho menos) solos. Y así, es necesario que esté con nosotros Aquél sin Quien nada podemos, y que está con presencia y asistencia y acción y operación. Aquél que por nosotros, por nuestras manos, se ofrece; y Aquél que es el Sacerdote principal y único de nuestro sacrificio.

Cristo es siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, pero tiene además muchos otros nombres. Así está dicho en el Apocalipsis que él lleva in capite ejus diademata multa, ‘sobre su cabeza muchas diademas’[7]. Este Señor,  pues, sin quien no podemos nada, este Señor Emmanuel, ‘Dios con nosotros’ sin quien nada podemos, es único, pero tiene muchos nombres y muchas diademas,  es decir, se manifiesta de diferentes maneras a su Iglesia en los actos propios de Cabeza y Gobierno.

Distintos actos y distintos nombres de Cristo

Y así es hermoso distinguir sus nombres según los actos diferentes de su acción y gobierno en la comunidad y ante el Padre con que nos previene y saluda en la persona del Liturgo. Notemos que cada Dominus vobiscum público y solemne, es decir, que oímos del Sacerdote y al cual respondemos, corresponde a un acto distinto de la Misa. De manera que no hay dos saludos con el Dominus vobiscum que supongan una misma situación ni sean dados para un mismo objeto.

En cada uno de estos actos al florecer el Dominus vobiscum, al volverse el Sacerdote a nosotros o al oír que se nos dice: ‘El Señor con vosotros’ hay un nombre diferente, hay rostro diferente de Cristo.

Y podemos preguntarnos cada vez: ¿qué Señor? y ¿por qué está con nosotros? y ¿para qué está con nosotros? Y en cada uno de estos actos con el Nombre diferente de Cristo. Y veremos brillar en él una corona, es decir, una función diferente, un acto diferente de dominio y autoridad, y una comunicación diferente de gracia.

Además, al preguntar ¿por qué con nosotros? advertiremos el proceso ritual que florece en este saludo. Y al preguntar ¿para qué?, tendremos el motivo actual del saludo y qué asistencia íntima del Señor necesitamos.

 Los ocho Dominus vobiscum

Pero aparte de eso la liturgia es una acción sagrada con movimientos dramáticos, es decir, una cosa que se hace con un proceso, un proceso que tiene diferentes fases y situaciones concretas. Y así, cada Dominus vobiscum, incide sobre una situación especial y brota de un proceso que no es el mismo en cada caso, y es dado para algo que no es lo mismo en cada momento.

Ocho Dominus vobiscum tiene comúnmente la Misa. Durante el curso de su desarrollo ocho veces es dicho este saludo y es hermoso notar sus particularidades.

            De estas ocho veces, cuatro veces es dicho con las solas palabras y sin rito. Y cuatro veces es dicho solemnemente, luego del beso al altar y con saludo al pueblo.

            Por otra parte, es de notar que seis veces solamente oímos este saludo, de modo que de estos ocho Dominus vobiscum seis son públicos y dos son secretos.

Enumeremos los ocho Dominus vobiscum de la Misa para poder luego contemplarlos y considerarlos. El primero es secreto. Lo dice el Sacerdote a solos sus ministros, Diácono y Subdiácono, antes de rezar la oración de la subida: Aufer a nobis, al momento de subir las gradas hacia el altar.

            El segundo es el primero público, solemne, cantado y es éste el que tomamos como punto de partida de nuestra exposición. Es el Dominus vobiscum que dice el Sacerdote después de los Kyries y del Gloria y nos previene para la oración de la oración Colecta.

            El tercero corresponde al Evangelio. Lo canta el Diácono antes de recitar su lección.

            El cuarto es público, solemne, cantado. Abre el Ofertorio. Determina el pasaje de la ante-misa a la Misa, es decir, el pasaje de la parte preparatoria de la comunidad a la parte formalmente sacrificial.

El quinto es gemelo del Dominus vobiscum del Evangelio. Lo dice el Sacerdote, cantando solamente sus palabras en el diálogo que abre el Prefacio.

            El sexto previene la oración Post Communio; es exactamente como el que precede la oración de la Colecta, es decir, el saludo que previene una oración.

            El séptimo es el último Dominus vobiscum solamente cantado. Es dado antes del Ite Missa est y de la bendición.

            El octavo, finalmente, es secreto como el primero. Lo dice el Sacerdote en silencio antes de recitar el prólogo del Evangelio de San Juan.

            Esta enumeración es prolija. Veamos ahora las características de estos saludos; veamos qué rostro nos ofrecen, qué fisonomía tienen.

Son pares, son gemelos, van de dos en dos. El primero y el último son secretos. El de la Colecta y el de la Postcommunio son dados a la iglesia para que pueda orar. El del Evangelio y el del Prefacio previenen una palabra; son dados para que podamos estar de pie[8]. Y el del Ofertorio y el del Ite Missa est, previenen un acto; son dados a la comunidad para que pueda hacer algo. Para ofrecer, para ir[9].

Primer Dominus vobiscum solemne

Primer Acto: Entrada y reunión

Introito, Kyries, Gloria y luego: Dominus vobiscum.

¿Qué Señor?[10] El sentido del acto es la entrada al altar. El Dominus que está con nosotros es aquí el Cristo Pastor que toma a la comunidad y la reúne.

¿Por qué con nosotros? Porque hemos entrado, gemido, contemplado. Porque hemos entrado al altar en el Introito, hemos entrado hombre adentro, a nuestra miseria, en los Kyries, y entrado en Dios en el Gloria. No lo buscaríamos si no lo hubiésemos hallado. No clamaríamos a él si él no estuviera con nosotros.

¿Para qué con nosotros? ¿Para qué, siendo la realidad viva que está con nosotros, su Iglesia, se nos desea[11] sin embargo en este momento su presencia, su paz, su comunicación, su asistencia? Para la Colecta, para orar.

            El proceso de la entrada ha terminado y vamos a formar la asamblea, la Iglesia, la reunión. Necesitamos pues esa asistencia del Señor con nosotros para poder orar. Es decir, para acceder al Padre por el Hijo y el Espíritu, para estar de pie y elevar manos puras y dar realmente el amén, el amén de la comunidad a la oración del Sacerdote, que es la oración de la ecclesia collecta, de la iglesia reunida.

Segundo Dominus vobiscum solemne

Segundo Acto: Lectio divina

            El Dominus vobiscum antes del Evangelio. Corresponde a las lecciones, corresponde a la instrucción del pueblo, a la revelación de la fe por la palabra.

            Lo dice el Diácono delante del Sacerdote que mira hacia él y antes de cantar la lección evangélica: —El Señor con vosotros.

¿Qué Señor? El Cristo, el Maestro único, el Doctor de la Iglesia, el Verbo iluminador, el que es Luz y Vida, el que es la Gloria y la Verdad.

¿Y por qué con nosotros? Porque hemos oído ya su palabra en la Epístola y la hemos gustado y deseado en el Gradual, porque acudimos a ella, de pie, con el canto del Alleluia. Y porque habiendo recibido ya su evangelio en esas partes menores de la economía, en la lección apostólica, dispositiva, y en la lección salmodial, que ama y anhela, ahora aguardamos la consumación de este misterio, es decir, el Evangelio, y la palabra del Hijo, la palabra que es palabra y presencia.

            Y apenas necesitamos preguntarnos ¿para qué? ¿Para qué? pues para estar en Cristo, pues en la iglesia, Cristo sólo predica a Cristo.

 Para permanecer en Él pues sólo permaneciendo nosotros en Él puede permanecer su palabra en nosotros.

Tercer Dominus vobiscum solemne

Tercer Acto: Ofertorio

            Y ahora llegamos al Dominus vobiscum del Ofertorio, desconcertante y aparentemente contradictorio con cuanto hemos dicho hasta ahora de este saludo de paz. Pues abre el Ofertorio y por ahí parece ser un comienzo de algo y no el florecer de algo; y luego de ser dicho solemnemente es seguido de esta sola palabra: Oremus, que se queda en el aire, sin oración formada que la siga.

            Y sin embargo este Dominus vobiscum es la confirmación de cuanto decimos, pues es, como los otros, término y pasaje. Término del proceso preparatorio de la comunidad y pasaje a la parte sacrificial del misterio.

Aquí también preguntamos: ¿Qué Señor? Y veremos a Cristo Sacerdote, al Señor que en la cena tomó el pan, tomó el vino e instituyó el sacramento y nos mandó hacer esto en su memoria.

            Este saludo es el pasaje de la fe al misterio de la fe, de la comunidad reunida a la comunidad oferente. Saludo del Orden al Bautismo, del sacerdocio jerárquico a sacerdocio real, saludo dentro de un mismo carácter, dentro de una misma participación (aunque diferente en grados) de un mismo sacerdocio de Cristo.

            ¿Por qué, pues, con nosotros? Por los actos anteriores de la Misa. Porque hemos entrado y oído. Por el proceso de incorporación a Cristo que es el proceso de la entrada al altar y el proceso de la iluminación divina que es el proceso de las lecciones. Con nosotros, pues, porque estamos en Cristo y hemos recibido su palabra.

            Y ¿para qué? Para que pasemos de la ante-misa a la Misa, de la palaba recibida al sacramento del altar.

Saludo dado para poder hacer

El Dominus vobiscum es dado a veces para poder orar (lo hemos visto en la Colecta), a veces para poder oír (Evangelio) ahora es dado para poder hacer. El Ofertorio no es ni oración ni lección, es el acto de la Iglesia que ofrece y se ofrece, que ofrece a Cristo y se ofrece en Cristo. Y necesita esa asistencia del Señor que está en todos y, en todos, de todas maneras se completa, a fin de no quedar extraña a la Pasión —que va a ser conmemorada y que en ella se completa—  del Salvador del Cuerpo.

            Este Dominus vobiscum del Ofertorio precede a la oración Secreta, y es reiterado en el orate fratres, ‘orad hermanos’. Necesitamos de asistencia para el Amén de la Secreta.

Cuarto Dominus vobiscum  

Cuarto Acto: Eucaristía

Y dando un paso más llegamos al Dominus vobiscum que precede al Prefacio. Es gemelo del Dominus vobiscum del Evangelio. Previene una palabra, no tiene beso al altar, es simplemente saludo y deseo. Previene la gran eucaristía, el sacrificio de acción de gracias.

            El Señor tiene que estar con nosotros para que podamos tener nuestro corazón levantado hacia el Señor: ad Dominum.

            Aquí el Cristo Pontífice, nos toma en su eucaristía, en su acción de gracias. Está ya con nosotros pues hemos preparado el altar y hemos ofrecido el pan y el vino del sacramento. Pero necesitamos su asistencia porque sólo la fe puede hacer este misterio, y sólo en el Espíritu del que es Testigo fiel y verídico del Padre y autor y consumador de nuestra fe, podemos responder, asistir y ofrecer este misterio.

            El Amen final del Canon, que es el Fiat[12] de la Iglesia al misterio ofrecido al Padre y su configuración a la muerte y resurrección de su Señor, necesita de este Dominus vobiscum, que esté con nosotros este Señor Jesús, el Pontífice eterno que vive intercediendo por nosotros.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

Quinto Dominus vobiscum

Quinto Acto: Comunión

Terminado el sacrificio tenemos el banquete sacrificial, consagrado el sacramento accedemos a su uso. Y en este acto —cuyas partes son: el Pater noster, la Fracción y la Comunión sacramental—  en el término de este proceso como pasaje para la Post communio, oración ad complendum[13], es decir, que concluye este acto de la Misa, florece el Dominus vobiscum. Como en la Colecta, es el que precede y previene una oración de la comunidad.

            ¡Belleza divina, evidencia de este Dominum vobiscum! ¡El Señor con vosotros! No preguntamos ¿qué Señor? Porque es el huésped recibido, el alimento, el pan vivo. Es el peregrino cuya presencia conoce la Iglesia; el Señor, hecho hermano, alimento, viajero, viático y que los discípulos reconocen al partir el pan…

            Y desde luego que está con nosotros, pues hemos invocado al Padre en el Pater noster, y hemos clamado en el Agnus Dei, y está en nosotros porque hemos recibido la comunión sacramental.

Pero ¿para qué ahora este saludo? Para plenitud; para alcanzar la virtud y gracia del misterio recibido; para que se dé también en nosotros la comunión.

Aquí, pues, el saludo previene la oración ad complendum, es decir, la oración que pide la gracia espiritual del sacramento recibido[14].

Este banquete del Padre que celebra las bodas de su Hijo no sólo es comida, es también unión, no sólo es manjar sino, por el manjar, por la comida y la bebida, es comunión, es decir, común unión entre las criaturas y con Cristo. Y a este misterio espiritual, a esta gracia propia de la Eucaristía recibida, es decir, a la Unidad y a la Paz y a la Fruición de Dios in mysterio, no se llega si Aquél a quien recibimos con la boca no está también con nosotros in mente.

            Notemos que, si en el Evangelio Cristo predica a Cristo, sin más, en la comunión el cuerpo de Cristo es recibido por el cuerpo de Cristo y porque ya somos, en Cristo, aquello mismo que recibimos. El sacramento de vida —si el Señor está con nosotros—  se consuma en el Padre, en la unidad[15].

Sexto Dominus vobiscum solemne

Y ahora llegamos al último Dominus vobiscum solemne de la Misa, al sexto saludo público del Liturgo a la asamblea, previo a la oración Post Communio, que cierra la celebración del misterio eucarístico.

                          

Séptimo Dominus vobiscum

Despedida de la Misa: Ite, missa est

El séptimo Dominus vobiscum que precede y previene al Ite, Missa est, ‘Id, la misa ha terminado’. Aquí, como en el Ofertorio, el saludo es dado a la comunidad no para orar (como en la Colecta y la Postcomunión) ni para oír (como en el Evangelio y en el Prefacio) sino para hacer, para hacer algo.

Nota: La misa ha terminado, Missa est, y somos enviados: Ite, id. Y para ese misterio, para este pasaje en que la comunidad de los misterios cesa en su acto, como sacrificadora, y pasa —en la victoria del sacrificio ofrecido (Missa est) y en la fortaleza del alimento recibido, pues el sacramento del altar ha pasado, por la comunión, del altar al Pueblo— pasa, decía, de su acción sagrada a su acción apostólica. Y el Sacerdote nos saluda —antes de que nos envíe el Diácono— y para prevenir ese envío.

Admirable saludo. Admirable envío. Somos enviados del altar al mundo, de la comunidad de los misterios a la esfera del testimonio. Somos enviados para que vean los hombres nuestras obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos[16].

            El Señor está con nosotros puesto que Missa est, puesto que el sacrificio nos une al Padre en la alianza viviente de la sangre y nos lo da Él mismo dándonos a Él en la comunión de su cuerpo. Está con nosotros puesto que ha terminado todo este proceso de la Misa que une la tierra al cielo y redime a los hijos y consagra al mundo. Pero es necesario que esté también con nosotros, pues nuestra salida de Misa no es para desligarnos del misterio sino para obrar la verdad en esas obras de la fe que nos son pedidas este día y que el Señor dispuso para que anduviéramos en ellas bajo especie de muerte cotidiana  —quotidie morimur[17]—  muerte de cruz que mata y vivifica.

Y apenas tenemos que preguntarnos qué Señor es éste que está aquí con nosotros y así se muestra a nosotros: el Ite missa est de la Misa está configurado en el misterio de la Ascensión del Señor.

El que comió y ascendió, el que convescens, elevatus est[18]; el que proclamó su victoria y dijo: Todo me ha sido dado en el cielo y en la tierra[19], y envió a sus discípulos diciéndoles: Id, me seréis testigos[20]; el que se elevó a los ojos de ellos, ése Jesús, glorificado, sentado a la derecha del Padre, es el que está con nosotros. Y es por dependencia de su admirable Ascensión, es decir, por la consumación del misterio obrado en la tierra y recogido en lo alto, en gloria, que nosotros salimos de la Misa y damos, en el mundo, el testimonio que pide la fe.

Después de este Dominus vobiscum, una vez más se dice esta palabra en la Misa, pero en secreto. La dice el Sacerdote antes de recitar, en voz baja, el último evangelio.

Resumiendo

Señores, hagamos la síntesis de nuestro estudio. Ocho Dominus vobiscum son dados en la Misa. Seis son públicos y solemnes. Seis son dados para mantener la comunicación necesaria al rito entre la asamblea y el altar.

Dos de ellos son de oración, previenen la Colecta y la Postcomunión, son dados para poder orar, en la oración de la Reunión y en la oración de la Comunión.

Dos de estos seis saludos previenen una palabra y son cantados solemnemente: el Dominus vobiscum del Evangelio que canta el Diácono, y el Dominus vobiscum del Prefacio que canta el Sacerdote. Y ambos corresponden a la fe. El primero prepara, previene, dispone para oír la palabra de la fe. El otro para entrar, por el sacrificio de alabanza, fruto de los labios que conocen su nombre, en la gran eucaristía, en el misterio de la fe.

Dos finalmente, de estos saludos públicos y solemnes son dados para prevenir una acción, para que podamos hacer algo, y son el del Ofertorio y el del Ite Missa est.

Dos para orar, dos para oír y estos dos para hacer. Y lo que hacemos en ambos casos es ofrecer. Hacemos la oblación sacramental en el Ofertorio y hacemos la otra oblación, la del testimonio, la que nos ofrece al Padre como hostias vivas en la actividad —silenciosa y sin descanso—  de la vida, en el Ite, Missa est que nos envía del altar al mundo.

Finalmente hay dos Dominus vobiscum secretos que no oímos, que el Sacerdote dice sólo a sus ministros. Uno al subir las gradas del altar, antes de la oración Aufer a nobis, y el otro en el receso antes del evangelio de San Juan.

Estos son los Dominus vobiscum más altos, más elevados, figuran y suponen la vida mística: son el acceso y el receso del altar. El acceso al altar a fin de ser allí configurados con Cristo. El receso del altar a fin de consumar esa inmolación en el quotidie morior, el ‘muero cada día’.

En el primero el Señor está con nosotros a fin de que no haya nada en nosotros sino Él: Aufer a nobis, ‘Quita, aparta de nosotros, nuestras iniquidades...”.

En el otro, el Señor está con nosotros porque el Verbo se hizo carne y hemos visto su gloria. Y ese misterio, al que sólo accedemos realmente por la Misa, nos hace vasos de su gloria y asegura en nosotros su presencia.

Y ahora, si después de considerar estos ocho Dominus vobiscum de la Misa, queremos resumir en una palabra el misterio mismo de este saludo, pensemos que esa palabra: Dominus vobiscum, ¡no es sino el plural, dado a la Iglesia, del Dominus tecum, ‘Dios está contigo’ con que el Ángel Gabriel saluda a María!

            Esto nos pone en el caso eminente, en el centro mismo del misterio de Cristo. El sacerdote, que también es Ángel, dice a la Iglesia, que también es Theotókos: Dominus tecum.

            María, nos dice el Evangelio, quedó suspensa, pensando qué salutación sería ésa; mas el Ángel le dijo: —No temas, María, has hallado gracia. Este es el misterio: —Hemos hallado gracia. Y no sólo hemos hallado gracia, sino que, en esa gracia, está con nosotros, con una presencia de gracia, (no de necesidad); con una presencia personal, de amistad, de caridad, de libertad (no simplemente virtual). Aquél que nos crea y nos redime y obra en nosotros nuestra santificación.

Dominus vobiscum, el Señor está con vosotros. Respondamos al Liturgo: —y con tu espíritu, ya que en ese Espíritu de santificación (que él ha recibido para saludarnos así) tenemos la eficacia objetiva y la gracia íntima de este saludo, de esta verdadera anunciación a la Iglesia.

            Respondamos: —Et cum spiritu tuo! Pero digamos, en nosotros mismos, gustando este saludo, sintiéndolo in ecclesia, sacudiéndonos, despertándonos, haciéndolo resonar en nuestro corazón; —¡El Señor está con nosotros, con nosotros Dios! Porque la traducción más honda del Dominus vobiscum y su verdad más íntima y más fiel, es ésa: Emmanuel, Imánu-El, con nosotros Dios.

            El Señor con nosotros. Digamos como Jacob el Patriarca: ‘El Señor estaba aquí, en esta palabra, en este saludo, en esta paz: ‘El Señor estaba aquí y yo no lo sabía’[21]. Jacob ungió la piedra y la levantó […][22]. Miremos nosotros el altar.


[1] Y con tu espíritu.

[2] Nota del editor: Es el saludo de Cristo resucitado mostrando en sus manos las heridas gloriosas y dando la paz. Es a ese Cristo al que el Sacerdote representa, personifica y anuncia.

[3] Nota del editor: Es la fórmula de asistencia de Dios a sus guerreros en las guerras santas del Antiguo Testamento: “el Señor está con nosotros”. Asegura el auxilio para la victoria por la presencia activa de Dios junto a los suyos. No es por lo tanto un desiderativo “esté con vosotros” sino un indicativo “está con vosotros”.

[4] Nota del editor: La palabra hebrea Imanu-El, significa literalmente Dios con nosotros. Im = con; anu = nostros, ‘El = Dios.  Véase Isaias 7, 14. Es la fórmula de asistencia en los contextos de guerra santa, cuando algún juez o profeta le asegura a los que van a la guerra que Dios estará con ellos en la batalla para darles la victoria sobre los enemigos del pueblo de Dios, como el primer general y combatiente

[5] Nota del editor: En referencia, cada vez, a cada acción litúrgica que reclama la asistencia divina activa.

[6] Nota del editor: deseada por reconocerla como necesaria para auxiliar nuestra insuficiencia propia para dicha acción o efecto. Se necesita cada vez una con-causalidad divina

[7] Apocalipsis 19, 2: y el texto continúa diciendo: “y lleva escrito un nombre que sólo él conoce…”

[8] Nota del Editor: Estar de pie, atentos para escuchar lo que se nos dice

[9] Nota del Editor: Este Ite Missa est, ‘Podéis ir en paz’ no es un mero permiso o invitación para retirarse, es un envío, un ser enviados al mundo y a la dispersión, como el Hijo fue enviado por el Padre, y ahora como el Resucitado nos comunica el mismo envío: “Así como el Padre me envió, yo os envío a vosotros” Juan 20, 21

[10] Nota del editor: Qualis Dominus? ¿Qué aspecto de su Señorío tiene aquí el Dios con nosotros?

[11] Nota del editor: Propiamente no se nos desea sino que se nos declara. No es una expresión optativa sino indicativa

[12] Hágase

[13] Para completar, consumar

[14] El autor anota a mano al margen: “Ojo: res y sacramento, explicar”. Cumpliendo el deseo del autor el editor lo hace en la presente nota: Santo Tomás de Aquino describe los sacramentos de la siguiente manera: 1º.- llama Sacramentum tantum “solamente sacramento”, al Sacramento visible y exterior, es decir a lo que constituye el sígno o significante. 2º.- Le llama “Res et Sacramentum”, “realidad y sacramento” al carácter que recoge a la vez la significación del signo exterior (Sacramentum), la justificación significada (Res Sacramenti), y la Gracia operada en la colación del sacramento como justificación interior. Por Sacramento se entiende lo que es signo de Gracia. Por Res se entiende la realidad operada por el signo en el espíritu, es decir, el efecto interior producido por el Sacramento válido. Sacramentum Tantum es el signo sacramental sensible, considerado en sí mismo. Res et Sacramentum contiene lo que es efecto del Sacramento (Res), y al mismo tiempo significa ulteriormente la colación de la Gracia (Sacramentum). Santo Tomás explica que: caracter sacramentalis est res respectu sacramenti exterioris, et est Sacramentum respectu ultimi effectus. O sea: “El carácter sacramental es cosa respecto del Sacramento exterior, y es Sacramento respecto al efecto último”, Summa Theologica IIIª Parte, q.63, a.3).

[15] Anotación a mano: “ver: Yo en ellos como Tú en mí” (referencia a Juan 17, 23)

[16] Ver Mateo: 5, 16

[17] Dicho de Séneca, retomado por creyentes para significar la centralidad de la cruz implicada por las renuncias bautismales. La muerte al pecado para vivir para Dios

[18] Ver Hechos, 1, 4 y 9.

[19] Ver Mateo 28, 18

[20] Ver Hechos 1, 8

[21] Génesis 28, 16

[22] Nota del editor: se trata de un texto a mano al margen y la palabra siguiente es ininteligible. Pero el autor se remite inequívocamente al texto de Génesis 28, 18 donde se dice que Jacob ungió la piedra y la erigió como estela recordatoria del lugar como lugar santo por la epifanía de Dios en él

 

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