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La Misa Solemne

La Misa Solemne

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7. KYRIES, GLORIA,

DOMINUS VOBISCUM[1]

 ¿Qué quieres que haga?

Señor ¡que vea!

Marcos 10, 51

RITO

El Introito es la puerta y conduce al altar. Sus grandes correspondencias están en la Colecta, en las Lecciones, en el Prefacio, pues entramos para orar, para oír, para ofrecer… Sin embargo después del Introito vienen los Kyries.

            En este segundo momento de la misa, el pueblo está sentado; el coro canta nueve veces Kyrie o Christe eleison, y el Sacerdote y los ministros rodean el altar de incienso.

I

SENTARSE es propio del que considera. Estar sentado significa contemplar, y la contemplación tiene dos polos: la gloria y la miseria. —Noverim me, noverim te, dice el santo[2].

            Este pueblo que se sienta, se sienta sobre sí mismo, sobre su propia miseria. Se sienta como Job, en la ceniza; como Jeremías, en la caverna y, de esa consideración de sí mismo, sale un grito de dolor. El coro es su boca; por el coro salen los Kyries.

            Los KYRIES no son otra cosa que el: —Memorare quae mea substantia![3] de la consideración. Somos miseria delante del Padre Omnipotente; tinieblas, para el Hijo, luz eterna; rechazo ante el Espíritu Paráclito santificador, y nuestro clamor es el clamor de los ciegos.

            El cristiano es un ciego que oye; ha oído el anuncio del Introito y, considerando su miseria, clama.

            Entretanto, el Sacerdote y los ministros rodean el altar de incienso. De modo que, la consideración de nuestra miseria que es contrición en el pueblo y clamor en el coro, ante la Cruz, y en el plano de la mesa que lleva las seis luces, y saliendo de la caída de los manteles, y elevándose de la base del altar, es nube y es perfume y, conforme a la obra de ese fuego, que transforma, es buen olor de Cristo para Dios[4].

II

EN LOS KYRIES hay conocimiento de sí. La luz de este conocimiento la da el anuncio del Introito, y este conocimiento es doloroso porque el cristiano se sabe miembro de Cristo. Aquí el “conócete a ti mismo” es —Fode parietem[5]. Nuestro pecado profana las paredes del templo. Mientras la Iglesia clama por las ignorancias del pueblo, la criatura ve su horror y su locura.

            Los Kyries son el clamor de los ciegos, y dicen: – ¡Señor! ¡Señor!, pero no en vano. Tenemos altar y Sacerdote. No estoy en mí, dentro de mí; estoy dentro de mí, in ecclesia.  —Peccavi! es sacrificio. Nuestro Dios es fuego. Del dolor, del clamor, de la vista interior de aquel: —Hiciste esto y callé[6]…, se levanta el incienso sobre el altar vacío.

Todo sacrificio destruye; todo sacrificio transforma, transfigura. El pueblo considera su miseria en silencio; el Sacerdote ofrece el incienso en silencio. Nueve veces clama el coro; veinticinco veces brota el incienso. La confusión trae gloria.

GLORIA, RITO

El Sacerdote está ahora en medio del altar. El pueblo se pone de pie. Han terminado los Kyries.

            El Sacerdote, de espaldas al pueblo, eleva la voz y canta estas solemnes palabras: —Gloria in excelsis Deo!  El Sacerdote obra aquí in persona Dei[7] para darnos revelación de la gloria, y luego entrega al coro ese himno que llamamos el Gloria de la misa. Mientras el coro lo canta el pueblo se sienta.

I

SENTARSE es propio de la consideración; estar sentado significa contemplar. Pero la contemplación ahora no es dolorosa sino gozosa. No estamos sentados con Job en la ceniza; estamos sentados con María, a los pies del Señor. Y el Señor también está sentado: está sentado allí, en majestad, figurado por los tres ministros.

            Los ángeles se alegran por la contrición del pecador[8]. El grito de los Kyries provoca a los ángeles. A la contrición responden los que anuncian la paz; a la noche de los ciegos sigue la Noche Buena. Era noche oscura y se ha hecho noche pacífica.

II

EL GLORIA es un himno. No emerge, como los Kyries, de la contrición del pueblo, ni sale, como el Introito, de la entrada de Cristo. Su primera palabra es una palabra dada, y dada de lo alto; una palabra que viene del cielo. Para elevarse hasta ella, para recibirla y mantenerla en el evangelio del gozo con que la dan los ángeles, el coro necesita el himno. Sólo en el himno hay un arranque de luz, de amor, de vida, suficientemente fuerte y activo como para poder llevar esa alabanza sin empañar la claridad de Dios que la envuelve, ni disminuir el gozo grande que trae.

            La palabra de los ángeles: —Gloria in excelsis Deo, es de una serenidad incomparable. El himno se tiende y acude a ella con invocaciones repetidas, llenas de pasión, de gozo: laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi!... y levanta luego (como quien llevara ramos) los nombres divinos: Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater Omnipotens, Domine Fili, Unigenite, Jesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris! En el Gloria está el canto de la distinción del Padre y del Hijo; el Gloria canta, pues, el secreto del cristiano, la fuente del gozo exultante. Tres veces nombra al Padre; tres, al Hijo; tres veces refiere el Hijo al Padre, y los nombres de las Personas se equilibran, Padre, Hijo, distintos pero iguales en poder, en majestad y gloria.

            El JESU CHRISTE, uno con el Padre, uno con la Iglesia; Señor, y Señor absoluto, Señor Dios, pero también propiciación, Agnus; gloria del Padre, en los cielos, paz de los hombres, en la tierra, llena de resplandores y da los grandes ritmos al Gloria.

            Su nombre de Cordero introduce la súplica (pues todo el himno es súplica), pero ésta es un miserere nobis breve, segurísimo, muy diferente del que gime en los Kyries. Y sobre el: Qui sedes ad dexteram Patris del final de la súplica, salta de nuevo el grito de amor extático. Otra vez los nombres divinos: Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus !

Y aquí el canto vacila ; se embriaga y se gloría; se gloría en su gloria, en el Jesu Christe, toda la realidad de la Iglesia. Y ese radiante, victorioso, casi lento Jesu Christe, cum Sancto Spiritu, in Gloria Dei Patris (velado un instante luego por el suspiro breve del Amen) desata la doxología.

III

LO MÁS ADMIRABLE del Gloria de la Misa es su sosiego. La paz, la luz, la certeza tranquila, segura para siempre, todo eso se manifiesta durante el canto en el misterio del altar desnudo y del pueblo sentado ante los ministros también sentados.

            Mientras los Kyries (clamor, dolor, aguas alrededor del altar) se resuelven en nube de perfume, el gloria se mueve en la luz. Los Kyries cubren el altar de incienso; el Gloria lo entrega, radioso. El altar muestra el brillo sereno de las seis luces, mientras los ministros están sentados con la cabeza cubierta y las manos extendidas sobre las rodillas.

            Sola la Trinidad se sienta, dice el divino San Bernardo. Sentado manifiesta el Señor su majestad; la cabeza cubierta permite el canto; las manos sobre las rodillas indican la clemencia. La Omnipotencia descansa en la clemencia; la majestad comunica de algún modo al hombre su gloria; la inmovilidad divina, por ministerio de los ángeles, desata el himno. El himno brota y canta, victorioso y sereno, triunfante y quieto. El himno se mueve en la luz. Tal es el Gloria.

DOMINUS VOBISCUM

RITO

AHORA LOS MINISTROS están en medio del altar, colocados uno detrás de otro, de espaldas al pueblo. Así los veremos muchas veces, unus post alium: el Sacerdote junto al altar; el Diácono detrás de él, un escalón más abajo; el Subdiácono detrás del Diácono, en el plano.

            El Sacerdote pone las manos extendidas sobre el altar, se inclina y lo besa en el medio. Luego se endereza, junta las manos y se vuelve al pueblo. El pueblo se pone pie. El Sacerdote de cara a la asamblea, separa la manos extendidas y canta: —Dominus vobiscum!, El Señor con vosotros. El pueblo recibe esa palabras y, por el coro, su boca, responde: —Et cum spiritu tuo! Y con tu espíritu! Oído esto, el Sacerdote y los ministros van hacia el lado de la Epístola.

I

EL DOMINUS VOBISCUM es un saludo. Aquí por primera vez vemos el rostro del Sacerdote; por primera vez oímos su voz; por primera vez nos dirige la palabra. Y su voz ya se ha oído cuando cantó: —Gloria in excelsis Deo, pero entonces hablaba, como dice Santo Tomás, in persona Dei, y al coro; en cambio aquí se dirige a nosotros, se vuelve a nosotros; nos muestra las manos nos dice: —Dominus vobiscum! Y todo esto grave, solemnemente, después de besar el altar.

            Ese beso es la raíz del saludo. Su gracia, su eficacia. Y ya otra vez besó el altar en el Introito, pero aquel beso, vínculo sacerdotal, secreto, del misterio de la entrada, nos unió, por su boca, al altar. Este, en cambio, del altar viene a nosotros.

            Todo saludo recibe al que llega y, si es saludo de paz, une. Hasta ahora, en la misa, nosotros no hemos hecho otra cosa sino entrar. Hemos entrado, en el Introito a los misterios; en los Kyries hombre adentro; en el Gloria hasta el Padre y hasta nuestro Adán en Dios, el Cordero! Hemos entrado, pero ¿quién nos ha recibido? Ved ahí, el Señor nos recibe: el Sacerdote besa la piedra y comunica ese beso; vuelve el Señor a nosotros el rostro y nos da su paz. Esto nos pone en pie; nos incorpora. Beso comunicado, abrazo comenzado, rostro vuelto a nosotros, manos que muestran sus palmas, el Dominus vobiscum es un saludo de paz y, el que entró a la Iglesia en el Introito, aquí es recibido; y el que entró en sí mismo en los Kyries, aquí es consolado; y el que alzó los ojos a lo alto en el Gloria, aquí le son mostradas las manos.

II

DOMINUS VOBISCUM. El Señor con vosotros. Hemos hallado gracia. Cuando el ángel saluda a la Virgen, María queda en suspenso pensando qué salutación será esa. Pero el ángel le dice: —No temas María, has hallado gracia.

            El Dominus Vobiscum, plural de Dominus tecum, Dominus tecum de la anunciación a la Iglesia, nos introduce en el mismo misterio. El Sacerdote, que también es ángel, dice a la Iglesia, que también es Theotokos: – Has hallado gracia, el Señor es contigo y, como en el Ave María, esto descubre en nosotros y en medio de nosotros, el misterio de una presencia, de un Dios-con-nosotros que es anterior al saludo mismo.

            Como Azarías al Rey y a su pueblo cuando les salió al encuentro, el Dominus vobiscum nos dice: – Oídme Asa y todo Judá y Benjamín: el Señor con vosotros porque vosotros con Él![9] No le buscaríais (en el Introito) si no le hubierais hallado; no clamaríais a Él (en los Kyries y el Gloria), si Él no estuviera ya con vosotros.

            El Sacerdote dice: —El Señor con vosotros. El pueblo le responde: —El Señor con tu espíritu. Él a nosotros en la caridad que se adelanta; nosotros a él, en la caridad que consuma. Mas, él y nosotros, in ecclesia, es decir, en el misterio del beso dado y recibido. Comunicado.

            Por eso el término del Dominus vobiscum no está en la palabra que dice el Sacerdote, ni en la de la respuesta del pueblo, sino en el encuentro de ambos; en el acto de la iglesia que se incorpora al ver que el Señor vuelve a nosotros su rostro.

            Mandó el Señor a Aarón —Ve al desierto al encuentro de Moisés. Y Aarón salió al encuentro de Moisés al monte de Dios, y lo besó[10]. Para la Iglesia la traducción más honda del Dominus vobiscum no sería, pues, ni “el Señor con vosotros” ni “el Señor con tu espíritu”, sino este beso de Aarón y Moisés, el encuentro de ambos en el desierto y en el monte; Emmanuel, con nosotros Dios.

III

VUELVE el Señor su rostro y recibe a su pueblo; muestra el Señor a los hijos las palmas de las manos y les da su paz. La iglesia que ha entrado, que rodea el altar, y canta, en este saludo es recibida, reunida, incorporada.

            Este saludo, un beso, el beso de su boca[11], procedente ex petra[12], vínculo de la unidad, a la que entró en el Introito, y clamó en los Kyries, y cantó himno en el Gloria, le dice que halló gracia.

            ¿Y qué hará ahora la Iglesia?

            Allegada al Señor, ha sido hecha a sus ojos como la que halla paz. Reunida in osculo sancto[13], la Iglesia encuentra ahora que ella también tiene boca y palabra.  El Dominus vobiscum comunica un beso. Es un beso. La Iglesia, en ese beso —el beso de la boca de Dios—  se dispone a orar. El Sacerdote y los ministros se dirigen hacia el ángulo de la Epístola con las manos juntas ante el Pecho. Colecta.


[1] Publicado en la revista ITINERARIUM 46(1945) Junio-Julio págs. 61-70 bajo el título KYRIES y bajo el sobretítulo “La liturgia y el ciego” como el artículo anterior 1) Introito, y los dos artículos siguientes a éste: 3) Colecta y 4) Entrada y Reunión, y trata del rito de entrada en su conjunto: Introito, Kyries, Gloria y Oración Colecta.

[2] San Agustín, “Conózcame a mí, conózcate a ti” Soliloquios 2.1.1.

[3] Salmo 88, 48

[4] Alude al dicho de San Pablo en 2ª Corintios 2, 15

[5] Alusión a Ezequiel 8, 8

[6] Alusión al Salmo 49, 21

[7] En nombre de Dios, como ministro de Dios con mandato y autoridad divina, y no en nombre propio.

[8] Alusión a Lucas 15, 7

[9] 2 Crónicas 15, 2

[10] Éxodo 4, 27

[11] Alusión al comienzo del Cantar de los Cantares 1, 2

[12] En el Salmo 80, 17 Dios nutre al pueblo con miel que sale de la roca, así, compara Dimas Antuña, la dulzura de este beso que ha dado el Sacerdote al mármol del altar y que luego, volviéndose al pueblo le da como alimento  del amor divino

[13] Alusión a Romanos 16:16 “Saludaos los unos a los otros con ósculo santo”

 

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