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La Misa Solemne

La Misa Solemne

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6. INTROITO[1]

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor ¡que vea!

Marcos 10, 51

RITO 

En este momento el Sacerdote y los ministros entran en la iglesia y se dirigen al altar. Lo hacen en este orden: delante viene el turiferario, luego dos niños acólitos con luces, luego el subdiácono, luego el diácono, finalmente el celebrante. Pasan por medio del coro y cuando llegan al plano del presbiterio se detienen delante de las radas del altar, se descubren, saludan y se quedan de pie.

En el mismo momento de su entrada el pueblo se pone de rodillas y el coro canta el Introito. El pueblo de rodillas, ve y oye. Ve a los ministros de pie (el sacerdote en el medio, a su derecha el diácono, a su izquierda el subdiácono) y oye lo que canta el coro.

El canto del coro se desarrolla así: primero, todo el coro canta una antífona lenta, pausada, rica de sentido y de expresión; luego una voz canta un verso y a ese verso responde el coro; luego la misma voz canta: Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, y le responde de nuevo todo el coro; finalmente todo el coro canta, y con la misma música, aquella extensa y rica antífona del principio.

I

DICEN los Santos Padres que la antífona del Introito significa el deseo de los Santos Patriarcas; que su verso cifra el anuncio de los Profetas, que el Gloria denuncia la predicación de los Apóstoles, y que en la reiteración de la antífona se significa cómo la Iglesia actual, es decir, nosotros, los que estamos aquí reunidos, recibimos, ahora, aquello mismo que desearon los Patriarcas, anunciaron los Profetas y enseñaron los Apóstoles.

La forma alternada del canto lleva esa disposición mística, pero si atendemos, no a

enlaces sino al sentido de las palabras, hallaremos que el Introito tiene el carácter de un anuncio. Es una revelación, una proposición, un mensaje; tiene el color del tiempo, da la nota del día[2]. Resumen del oficio divino nace, cada día, de la profundidad de la noche y comunica al pueblo, cada día, un determinado misterio.

Este canto es como el porche de una catedral. Va de afuera hacia adentro con figuras enlazadas que dialogan, perfila en profundidad el espesor del muro y abre de par en par la puerta, una puerta de gloria, por donde se ve toda la iglesia, hasta el altar.

Pero ¿qué hacen allí de pie, precisamente ante las gradas del altar, el Sacerdote y los ministros? En su estación el Sacerdote y los ministros recitan, en voz baja, para ellos solos, primero el salmo cuarenta y dos: ¿por qué estás triste alma mía?[3]; luego, el Yo pecador; luego unas preces y, finalmente (en un momento que coincide con la reiteración de la antífona del Introito por el coro), suben las gradas.

Como término de su entrada a la Iglesia, pues, el Sacerdote y los ministros se detienen y se disponen para subir al altar. Hecha la señal de la cruz el Sacerdote dijo: Introibo ad altare Dei[4] y, al decir esto, halló que era hombre. El Salmo cuarenta y dos expresa la turbación del hombre delante de Dios. Pero no es hombre solamente, es también pecador. Hombre teme; pecador se acusa (Confiteor[5]). Pero no es pecador solamente, es también cristiano. Las preces son el diálogo de la piedad cristiana que espera en el Señor. En fin, el Sacerdote y los ministros purificándose en voz baja con el Aufer a nobis[6] suben las gradas y, al llegar al altar, el Sacerdote se inclina y lo besa. Es decir, se une a Cristo (Altare quidem Ecclesiae ipse est Christus[7]), se apoya en la comunión de los santos, pone sus manos sobre aquello mismo que está recibiendo el pueblo, en este momento, con la reiteración de la antífona.

Tal es la economía del Introito. En el santuario, procesión y estación de los ministros; en la nave, postración del pueblo y, entre ambos, el coro, de pie, que canta con una cierta progresión, con una cierta economía, con un cierto orden, primero la antífona, luego el verso, luego la doxología, (entre los ministros de pie y el pueblo de rodillas) y, finalmente, una segunda vez, la antífona mientras los ministros suben las gradas y el pueblo se sienta.

El canto del coro manifiesta la entrada del Sacerdote al altar y, conforme a la revelación que contiene esa entrada, el pueblo accede a los misterios.

II

AL ENCENDER el cirio el acólito, en la cera nacen a la vez la luz, la llama, el fuego. En este acto del Introito hay simultáneamente entrada, canto, postración: entrada del Sacerdote, canto del coro, postración del pueblo.

El sacrificio del altar empieza, pues, por una entrada, por un: —He aquí que vengo[8], y en esto hay un misterio de sabiduría. Como tal es oscuro y tiene que ser revelado. El sacerdote y los ministros en la procesión y estación y al subir al altar lo revelan; el coro, en las voces y enlaces de la profecía lo manifiesta y, el pueblo (que ve al Sacerdote y oye al coro), postrado, lo recibe.

Misterio de la sabiduría mira al Padre y su raíz está en el temor. De ahí la postración del pueblo. En el pueblo el Introito dice: —¡Señor, oí tu anuncio y temí! (porque el pueblo oye el coro que anuncia) y —¡Señor, tu obra, en medio de los días, dale vida![9] (porque el pueblo ve al Sacerdote que entra).

Esa entrada, verdadera entrada de Cristo, una forma, entre mil, del: —¡He aquí que vengo![10] de la Encarnación, provoca la profecía. Y por eso el coro, que afina con el cielo y guarda las vigilias de la noche, canta. Canta el misterio que revela el sacerdote al llegar revestido.

La posición del coro es intermedia entre el altar y la nave, entre Dios y el pueblo. Profeta de Dios y boca del pueblo, manifiesta al pueblo lo que revela el Sacerdote y expresa a Dios lo que padece la Iglesia.

El Introito de la misa, pues, está tanto en el Sacerdote que entra, como en el coro, que canta, como en el pueblo, que adora. Todos concurren. Todos llegan. El sacerdote viniendo de adentro; el pueblo, de afuera, y el coro (movido por el cielo) de lo alto.

Para el pueblo que viene de la ciudad, el Introito es el porche de la catedral: a través de las figuras y las profecías le da entrada al santuario y, por él, en admiración y temor, el pueblo entra. Para el coro, que viene de las vigilias de la noche, el Introito es la desembocadura del Oficio Divino: pasaje de la profundidad contemplativa al bocado de pan que alimenta, enlace de aquel dum medium silentium[11] con el día, del oficio con el sacrificio. Y para el Sacerdote y los ministros, que vienen de adentro, de la Sacristía (figura de la Sinagoga de donde sale el Señor), el Introito es ellos mismos, es decir, Cristo Encarnado. Revestidos, su entrada en la iglesia revela, y pide inteligencia.

Inteligencia simple porque el ojo sencillo de la fe tiene que ver en tal hombre al Sacerdote, y en el Sacerdote a Cristo, y en Cristo a Dios; e inteligencia múltiple (alas, multitud de ciencia), porque en esa entrada hay sabiduría y, en todo misterio de sabiduría (como de la Sabiduría misma) debemos preguntarnos: —Multiplicationem ingressus illius, quis intellexit?[12]

La multitud de sus entradas, las entradas muchas y muy multiplicadas del Introito ¿quién las entendió? Uno y el mismo por su estructura (entrada del Sacerdote que provoca al coro) uno y el mismo por su función (dar acceso), ¿quién dirá la riqueza de sus palabras, la novedad de sus mensajes, los enlaces de sus figuras, el alcance de sus noticias? La Sabiduría mira al Padre y juega[13]. Suavidad y fuerza y riquezas, rigor y vida hay en ese juego.

Y por eso el Introito, uno y el mismo, es una parte variable de la misa. Dice invariablemente al pie del altar cada día con el Sacerdote: —¡Entraré al altar de Dios![14], pero según el movimiento del año, varía. Del oficio tiene el carácter de los tiempos, el ambiente de las estaciones, sus momentos de paz o de drama, la distinción de luz: claridad, niebla, llanto o deseo, o angustia, o gozo…

            Hay Introitos solemnes y resplandecientes, inolvidables de esplendor y júbilo. ¿Qué cristiano no oye siempre, perennemente, en su alma, los introitos de Resurrección, Navidad, de Pentecostés o el Gaudeamus omnes in Domino[15] de la Asunción de María?

            Y los hay simples y comunes, con revelación al oído, en la intimidad antigua y siempre nueva de un Común de mártires o de vírgenes; canto por transparencia, común en la palabra pero único y de maravillosa novedad en la incidencia con que esa palabra común ilumina en tal día determinado a tal mártir, a tal virgen…

            Y los hay profundos de dolor, de gozo, de angustia, de intensidad de luz y afecto, de hondura de drama: introitos de las misas feriales de Cuaresma; introitos, dramáticos, del tiempo de Pasión; angustia y deseos, tierra ansiosa de Adviento, o intensos, pero de esplendor, como en Epifanía —oro purísimo, coruscante de la más alta doctrina, que nada podrá jamás oscurecer!

            Otros introitos son límpidos y cantan, simplemente. Como si sólo quisieran ajustar la voz al color y manifestar el sentido que tienen el blanco, el rojo, o el violeta, o el verde de las vestiduras. (La Sabiduría, que sale al encuentro como madre pero que tiene que ser recibida como esposa virgen, suele tener caricias, de madre, para velar un poco a nuestros ojos débiles, y a nuestro corazón, más débil, la terrible presencia de su belleza de esposa…).

            Y hay introitos profundamente humanos. Oigo el de la misa de bodas, aquel: —Deus Israel conjugat vos![16], que reduce todo el pueblo de Dios (como en el paraíso) a dos personas, y aun éstas son miradas como criaturas únicas, ¡como dos unigénitos!

Y profundamente divinos, como el Requiem, que, sobre el negro y oro de la muerte vencida, victoria de la fe, sueño que absorbe la multiplicidad, levanta esa voz tan pura, tan segura de sí, tan dulce, que pide (y más que pide, canta) el misterio del eterno descanso, es decir, el misterio de la paz en la fruición de la luz.

            Pero estas riquezas de la Sabiduría que da, se multiplican en las de la iglesia que recibe; y así el Introito, diverso por el mensaje (cada día una palabra diferente), difiere también por el alcance de esa palabra. El misterio de su comunicación aumenta, irradia y se vuelve inagotable al entrar en el misterio de la iglesia. Podemos decir lo general, indicar su dirección y su color, pues vemos el altar adonde lleva y nos guía el sentido del canto que lo manifiesta, pero este anuncio —que viene de la noche y que el Sacerdote provoca, al entrar— dado a todos, es recibido por cada uno, y, en este sentido su secreto, que sólo conoce aquél que lo recibe, de cada alma.

III

            EN LA MISA se resume el misterio de nuestra salud, dice Santo Tomás. Este misterio es temporal y eterno, divino y humano, y así, el Introito, puerta de la misa tiene ese doble carácter. Divino, es fuerza sin violencia que compele a entrar; humano, muestra un rostro y, con lazos de Adán (ternura humana, benignidad de nuestro Dios) atrae.

            “El cielo mueve el puente de los días” (Fijman[17]). La iglesia, unida a Dios, peregrina. Conforme a la condición de la pura criatura, y criatura humana (memoria y esperanza), va en el espacio en el tiempo.

            Pero su espacio reúne porque lleva un centro, el altar; y no está sometida al tiempo porque su oración, voz de esposa del Verbo, lo supera. Esta peregrina está en el Sér[18], anterior a todos los caminos y, desde ese punto (ese todo), su noche, noche del alma, profunda, en el Invitatorio llama, y su día, ya claro, en el Introito da lugar.

            Dum medium silentium[19] invita el Invitatorio; después de Tercia, llena la iglesia del Espíritu, el Introito hace entrar. A los que invita el Oficio prometiéndoles un cierto día, un Hoy, el Introito les muestra la mesa preparada.

El pasaje del oficio al sacrificio es visible: lo da la entrada del Sacerdote. Verdadera entrada de Cristo, suscita la profecía y hace cantar al coro. En los enlaces de la antífona, del verso, de la doxología (presencia con nosotros de los Padres, los Profetas, los Apóstoles), mientras los ministros se preparan en privado para subir al altar y consideran en voz baja que son hombres (tristeza, quare tristis es…? [20]: pecado, Confíteor, y esperanza, preces) el coro entrega su mensaje, hijo de la noche, desembocadura del oficio divino.

            El Sacerdote que entra revela; el coro, que canta, manifiesta; el pueblo, postrado, recibe. Y cuando los ministros suben al altar y el Sacerdote besa la piedra, su beso sella el Introito. Sella, secreta, íntimamente, este espléndido rito la de entrada que revela, de la profecía, que manifiesta; de la postración del pueblo que, en lo que ve y en lo que oye, recibe, y este beso es la iglesia, es decir, la reunión in osculo sancto. La iglesia que entra congregada de afuera, según llega el pueblo; movida de lo alto, conforma al coro, y saliendo de adentro (de la Sinagoga, del seno inescrutable de las dispensaciones divinas), según sale el Sacerdote para cumplir cada día en ése: – He aquí que vengo de la entrada de Cristo, el deseo de los Padres, la iluminación de los Profetas y el testimonio de fe de los Apóstoles, y darlo, aquí ahora, al pueblo: al pueblo que, deslumbrado (—¡Señor, oí tu anuncio y temí! ¡Señor, tu obra, en medio de los días, dale vida!), ve y oye, recibe la palabra y al integrarse, por ella, en el misterio, empieza así a oír su misa.


[1] Publicado en la revista ITINERARIUM 46(1945) Abril-Mayo págs. 71-79 bajo el sobretítulo “La liturgia y el ciego” como los siguientes tres artículos que publica en esta revista y se titulan 2) Kyries, 3) Colecta y 4) Entrada y Reunión, Introito, Kyries, Gloria, Colecta

[2] El tiempo litúrgico y la fiesta o solemnidad del día

[3] Salmo 42, 5

[4] Salmo 42, 4: “Subiré al altar de Dios”

[5] La oración que comienza en castellano: Yo pecador me confieso a Dios, etc.

[6] Oración que reza el sacerdote subiendo las gradas: Aufer a nobis Domine iniquitates, pidiendo a Dios que lo purifique de sus iniquidades

[7] Palabras del ritual de la ordenación del Subdiácono que dice a éste el obispo: “El altar de la Iglesia es el mismo Cristo”

[8] Salmo 39, 8-9 que la carta a los Hebreos 10, 5-7 aplica al Verbo Encarnado al entrar en el mundo

[9] Cita dos esticos de la profecía de Habacuc 3, 2:

[10] Salmo 39, 8-9 que la carta a los Hebreos 10, 5-7 aplica al Verbo Encarnado al entrar en el mundo

[11] “Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía” Sabiduría 18, 14ss.

[12] Traducen diversamente. Nácar Colunga: ¿Quién entendió sus planes? J. Straubinger: ¿Quién entendió la multiplicidad de sus designios? Eclesiástico 1,7b En hebreo el quehacer de alguien suele expresarse como “sus entradas y salidas”. Es en este sentido que lo toma Dimas Antuña para referir el Introito o rito de la Entrada de la Misa a las “Entradas de la Sabiduría divina”

[13] Alusión al juego de la Sabiduría niña con los seres humanos en Proverbios 8, 30-31

[14] Salmo 42, 4

[15] “Gocémonos todos en el Señor” Introito de la Misa de la Asunción de la Santísima Virgen

[16] “El Dios de Israel os unce” [os pone juntos bajo un mismo yugo]

[17] Jacobo Fijman, un miembro del grupo fundador de la revista Número, de la cual fue primer administrador y colaborador

[18] Nota del editor:así en el original

[19] Sabiduría 18,14

[20] Salmo 42, 5

 

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