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La Misa Solemne

La Misa Solemne

Índice del artículo

 

 

14. LA EPÍSTOLA[1]

I El Ministro – II La Lección – III Discurso del Subdiácono –

IV Deo Gratias! – V Final: el silencio desnudo

 

LA LITURGIA Y EL CIEGO

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor, ¡Que vea!

Marcos 10, 51

Rito de la Epístola

Después del Amen de la Colecta el pueblo se sienta y el Subdiácono, de pie, en el cornal de los judíos, lee con clara y distinta voz la Epístola. Lee de espaldas al pueblo, colocado detrás del Sacerdote y del Diácono quienes también están de espaldas al pueblo, y el pueblo, sentado, recibe esa voz de un rostro que no ve.

            Aquí el Subdiácono hace por primera vez un acto propio de su ministerio. Podemos decir que aquí lo vemos por primera vez. ¿Por qué habla así, de espaldas? ¿Por qué en el cornu judaeorum[2]? Y ¿qué lección es ésta y qué ministro éste cuya voz oímos y cuyo rostro no se vuelve a nosotros?

I El Ministro

El Subdiácono es el ministro de los vasos sagrados. No se ocupa de su contenido, eso es del Diácono, ni del sacrificio que se ofrece en ellos, eso es del Sacerdote. Su oficio consiste solamente en guardarlos, llevarlos y presentarlos al altar.

            In sacrario, el Señor lo ha constituido en centinela pronto y solícito. Suyo es, antes de la Misa, todo lo que sea preparar, prevenir, disponer, y después retirar, purificar y aún lavar. Ejerce, pues, su función principalmente cuando se prepara o se levanta esta mesa, y así en el comienzo del Ofertorio vemos que lleva los vasos sagrados desde la credencia de la izquierda al altar, y al final de la Misa, que los cubre y los retira. Y esto es todo cuanto hace por sí mismo, él solo.

            En lo demás subministra, es decir, obra como sub-Diácono, como ministro del Diácono, ministro de otro ministro, y así (también en el comienzo del Ofertorio) cuando el Diácono prepara el cáliz para el Sacerdote, vemos que él vierte una gota de agua en el vino, y después del Pater noster, en la Fracción, cuando el Diácono recibe la paz, él recibe del Diácono ese beso y (dentro de las misas mayores) baja a comunicarlo al coro.

            Ministro inferior, de la mesa más que del convite, de lo que es necesario disponer o retirar, más bien que de lo que allí se hace o dispensa, prepara y custodia in sacrario, antes o después de la Misa, y sirve en el altar pero antes o después del sacrificio propiamente dicho. Durante éste el Subdiácono no hace nada.

            Permanece de pie, en el plano del presbiterio, de cara al altar, de espaldas al pueblo, envuelto y teniendo cubierta y en alto (casi a la altura del rostro) la patena… No hay actitud más inmóvil, más atenta al misterio, que la de este ministro que dispone la mesa y se retira, bajo las gradas del altar, y mientras los otros celebran, permanece cubierto y teniendo siempre en alto, debajo del mismo velo que a él lo cubre, uno de los vasos sagrados.

            Si estos vasos son algo, si (como todo lo que toca sacramentalmente al Señor) tienen alguna utilidad y algún significado, ¿qué quiere decir esta ostentación de una cosa encubierta, esta elevación de la patena,  vaso que sólo sirve en la oblación y la fracción  (es decir, antes y después del sacrificio mismo, en su preparación y en su uso), y este ministro de la mesa que el Señor pone así de pie, en el plano, cubierto y atento altar durante todo el sacrificio?

            Lo que constituye a cada ministro en su orden con respecto al altar se manifiesta igualmente en su acto con relación al pueblo, pues el altar es Cristo, es decir, el Señor y su Iglesia. Altare quidem Sanctae Ecclesiae ipse est Christus[3] dice el Obispo en las sagradas Órdenes y al Subdiácono precisamente.

            Ver, pues, a un ministro en el altar, es decir, en el acto primero que lo constituye, es verlo simplemente y con inteligencia completa para cualquier otro acto de su función litúrgica, pues el Señor es uno y a él, sólo a él (pero, a todo él) está ordenado su ministro. Y así, tal será el ministro en el altar, tal  será ante el pueblo; tal en lo que haga, tal en lo que diga, tal en el sacrificio, tal en la lección.

            El mismo orden que permite al Subdiácono llevar los vasos sagrados y le impone castidad para ello, le da potestad para leer la lección que le es propia y le exige en ella una voz castigada. Cuando el Subdiácono usa del libro que le ha sido dado y abre su boca y lee en la iglesia santa de Dios, su lección es tan conforme a su oficio que podemos decir que resulta verdaderamente de él.

            Y si este oficio es cuidar de los vasos sagrados ¿qué es la Epístola? Y si su orden lo constituye centinela solícito in sacrario, y su función es presentar los vasos del altar al altar y ser luego en todo ministro del Diácono, ¿qué sentido tiene esta lección, qué estructura, qué objeto, y qué Epístola es ésta que así viene a nosotros por mano de tal ministro, dentro de tal rito?

II La Lección  

En los vasos sagrados hay tres cosas: la materia, preciosa; la forma, sagrada y no de ignominia, y la limpieza, que exige que sean presentados al altar completamente vacíos y puros.

            Ahora bien, lo que hace el Subdiácono en el altar con los vasos sagrados, eso mismo hace en el pueblo al leer su lección, pues nosotros, todo el pueblo y cada alma, somos esos vasos, y esta lección nos dispone para el sacrificio.     

            La Epístola es de la misa, es decir, es una lección ordenada al altar. Entre las lecciones es la primera. Santo Tomás la llama lección dispositiva. Dispone pues el vaso sagrado en su materia, en su forma, en su limpieza, a fin de que apurado, conforme y vacío pueda ser presentado al vino nuevo del Evangelio.

            Todos sabemos lo que son las epístolas. Cualquiera, aún el infiel o el hereje, puede leer la letra de esos libros. Pero inter convivas, ‘entre los invitados al banquete’ lo que importa es la mesa del Rey, es decir, ver la epístola de la Misa como tal, como lección que, por el Gradual nos llevará al Evangelio, y como lección de la Misa, es decir, como lección que nos instruye para la oblación, la eucaristía y la comunión.

            Vista así, como nos es dada, como viene a nosotros, en su lugar dentro de las otras lecciones y en su orden con relación al misterio, la Epístola es indudablemente la primera notificación solemne que nos da la Iglesia (y por mano del ministro vigilante in sacrario) de ese mismo misterio escondido desde los siglos en Dios, que lo creó todo, y otrora lo dio ya de algún  modo en promesas y ceremonias para que, por aquella preparación del Antiguo Testamento, prefigurado en la Ley, anunciado en los profetas y propuesto en enigmas por los sabios, fuera reconocido al manifestarse en la carne y pudiera ser recibido del mundo en la predicación de los Apóstoles.

            Y si la Misa no es otra cosa que la celebración de ese misterio, si ese misterio de piedad realizado en la historia es presentado por Dios a los hombres en la Misa, ¿qué sentido tiene, qué alcance, qué profunda y admirable verdad no tiene esta primera lección, esta verdadera Epístola?

            Quid est Scriptura Sacra, pregunta el noble padre San Gregorio, nisi quaedam epistola Omnipotentis Dei ad creaturam suam?[4].

Esta epístola, esta carta escrita por el dedo de Dios en Cristo y presentada de tantos modos a los hombres (a los patriarcas en promesa, al pueblo con voces, a la casa mesiánica con juramento,  y a pobres y a ricos, a una; y a rebeldes, y a simples, y a sabios: en tipos, en figuras, en sacrificios, en ceremonias; con visiones, con proverbios, con cantos, con sueños, con enigmas) es abierta finalmente y dada a leer a la Iglesia por los Apóstoles de Jesucristo —de ahí que la Epístola es llamada formalmente la lección profética— y en especial por el que es, a este respecto,  el mayor de todos ellos y de todos y entre todos por excelencia para nosotros Apóstol, por Pablo, Apóstol de Jesucristo, el doctor de las naciones.

Y por eso su voz se oye mayormente en esta lección (—Y sí, mi voz, mas no mi voz —diría él— sino la voz del Señor Jesús en mí), y es recibida de generación en generación, de siglo en siglo, y lo será, permanentemente, hasta que el Señor venga.

Y así, en esta Epístola de la Misa, dentro de la economía sacramental de este Nuevo y eterno Testamento, cada día viene a nosotros, para instruirnos del misterio prefigurado otrora y luego realizado, y en orden a su celebración actual y a la integración, por voluntad de Dios, de todos los hombres en él. Y todo esto por mano de ministro idóneo que toma aquí la palabra conforme a su orden.

Como lección, pues, la Epístola es la primera y está ordenada al Evangelio, como la patena al pan, como el cáliz al vino, como un vaso sagrado cualquiera (y entre ellos el más sagrado de todos, el hombre, capaz Dei[5]) a su contenido.

Como Epístola de la misa, tiene cuadro y lugar propios y está ordenada al altar, como acto del custodio solícito ‘in sacrario’, como acción sobre el pueblo de aquél cuyo oportet [6] lo obliga a cuidar de los vasos que llevarán la eucaristía.

Como palabra, finalmente, es palabra de Dios clara y distinta, pero palabra abierta en Cristo y en la Iglesia.

Vinculada a la economía, preparatoria de la inteligencia del misterio, se lee del lado de los judíos, y según contiene comunicación de sabiduría, para significar al pueblo que no por persuasión de humano saber, sino por espíritu y virtud esta palabra es obradora y eficaz, para comunicarnos que en línea Apostólica y dada con autoridad, en el ángulo de la preparación, muestra espaldas de Dios y, de espaldas —porque la sabiduría de Dios es encubierta— es dada al pueblo sentado.

Si el Subdiácono no presentara el cáliz al altar no tendría el Diácono dónde verter el vino. Si la Epístola no instruyera de su condición sagrada al pueblo reunido, disipado el pueblo, el Evangelio caería (como en un infiel o en un hereje) en un vaso de ignominia.

            Quita la escoria a la plata y saldrá un vaso muy puro; limpia de adherencias la imagen y resplandecerá la semejanza. Estamos ante la primera lección, su sacramental es oscuro, todo principio, si es fecundo, es oscuro. La Epístola, pues, muestra espaldas de Dios y el pueblo está sentado. El hombre: sedendo fit sapiens[7].

            Si oyes sentado se imprimirá en ti la voz del rostro que no ves; si oyes sentado merecerás hallar al que oyes (Gradual, Alleluia), y al crecer la palabra serás puesto de pie, verás el rostro del Padre, sabrás qué es evangelio y qué es gracia…

Nuestra alma es preciosa. Es oro. Oro puro, purísimo, inestimable. Pero según caminamos por fe y no por aspecto, recubierto de plata. Pide, pues, la obra del ministro que entiende en los vasos para que ensayada en el Fuego y conforme al Modelo pueda ser presentada al altar. Y tal es el misterio, la comunicación en Cristo el encuentro sacramental de Dios y la criatura de la Epístola, lo que enseña el Subdiácono por serlo, es decir, por haber sido constituido ministro de los vasos y ministro de esta lección.

            Ministro de los vasos nos dice con sólo presentarse y aun antes de hablar: —Los vasos sagrados sois vosotros. Y, ministro de la Epístola, aun sin vernos, aun sin volver a nosotros su rostro, con solo ocupar su lugar para leer, nos dice: La Epístola sois vosotros.

III Discurso del Subdiácono

—Vosotros sois los vasos sagrados y yo, Subdiácono, ministro que el Señor ha constituido para entender en ellos, os digo en mi lección el valor inestimable del alma, que es oro, y su misterio en Cristo, que es plata, y su forma, sagrada y ordenada realmente al altar, y su limpieza, que, no admitiendo sino negando, llega a aquella perfección de la imagen que restablece la semejanza.

            Y todo esto os lo digo de espaldas a vosotros y atento al altar, por palabra de fe y en comunicación de sabiduría, sabiendo bien que yo leo y que, ceñido y revestido, soy el ministro idóneo de esta lección (ministro del manípulo y la túnica estrecha, ministro del amito y la voz castigada), pero que la epístola sois vosotros.

            Porque vosotros sois epístola de Cristo hecha por nuestro ministerio y escrita no con tinta sino con espíritu de Dios[8].  Y por eso de dondequiera que sea tomada mi lección siempre es palabra de Dios y siempre palabra nueva, porque siempre es epístola de la misa y siempre la primera palabra de un mismo y único misterio, otrora prometido y prefigurado y anunciado, y luego realizado, y aquí, y ahora, y a vosotros dado en la institución que hizo de él el Señor, y para cuya celebración yo os instruyo leyendo cada día en las páginas de uno y otro Testamento.

            Mas ved que no lo hago por persuasión de humano saber sino por sabiduría de Dios; no como pedagogo, sino como ministro,  pues mi oficio es leer in ecclesia, es decir, dentro de la economía, con inteligencia del misterio, según el grado de mi orden y lo que pide mi lugar.

Pues tampoco me es lícito llevaros a la sala de los vasos sagrados como hizo con los profanos el Rey imprudente, antes, como custodio y vigilante, ante el altar y porque habéis entrado al altar para el altar os instruyo. Y así me veis en dependencia de ese mismo altar, en el extremo de la Epístola, en el lugar de los judíos. Lugar del origen y la preparación.

Lugar donde Eliseo pide: —Afferte mihi vas novum![9]. Lugar donde Jeremías enseña: —Los hijos de Sion no son vasijas de barro[10]. Lugar donde ya no por profecía sino en dispensación (y para que sepamos ver y temer) el Apóstol declara “que en toda gran casa hay vasos de oro y de plata, y también de madera y barro; mas los unos a la verdad para honor, en tanto que los otros son para usos de ignominia”[11].

            Y así cada vez que de espaldas a vosotros y atento solamente al altar, ajustándome a mi orden y dentro de mi lección abro este libro, la Epístola es abierta, entrega su mensaje manifestándoos el secreto escondido en Dios que lo creó todo, y mi palabra obra conforme a su virtud refiriéndose al altar.

            Porque ¿quién hace un vaso si no ha de levar algo? O ¿quién ordena un ministro para que lo guarde y purifique si ha de estar vacío? La Epístola es de la misa. Mi lección os dispone para la lección mayor, para la única lección, el Evangelio. No sería yo Subdiácono si no previniera al Diácono. No habría una preparación si no hubiera una plenitud. Poco sería mi mensaje y no realmente nuevo y eterno, si no anunciaras una presencia.

            Hermanos, sabéis que todas las cosas hechas han sido rehechas y lo creado recapitulado. Las espaldas anuncian el rostro vuelto a nosotros y vuestro oír de ahora, sentados, anuncian un poder ser puestos de pie. Mi palabra es de Dios. Palabra de virtud, obrador y eficaz, penetras las partes inferiores de la tierra, visita a los que duermen, ilumina a los que esperan. Y así a veces os dice: —Hora est jam de somno surgere![12] ¡Levántate tú que duermes, y te iluminará Cristo![13] Y otras, directamente revela: —Que se manifestó a todos los hombres la gracia de Dios, salvador nuestro, a fin de que renunciando a la impiedad y a los deseos de este mundo, podamos vivir en el siglo sobria, justa y píamente, aguardando la bienaventurada esperanza y el advenimiento glorioso del grande Dios y salvador nuestro Jesucristo[14].

            Y ahora exhorta para que veamos, hermanos, nuestra vocación y andemos en ella según hemos sido llamados[15]. Y ahora amenaza, porque de Dios nadie se burla[16] y el escándalo de la Cruz[17] nunca será evacuado[18]. Y ahora suscita aquella gracia del bautismo, la simiente, la palabra ingerida que nos puede hacer salvos. Y ya consuela: porque el Señor viene y no se tardará[19]. Y ya alienta: porque el misterio de la iniquidad[20] nos asedia y los días son malos[21]. Y ya sostiene: porque la sabiduría de Dios no zahiere[22], y sabemos en quién hemos creído[23]

Y dice cosas eternas e instruye de cosas contemporáneas. Dice O Altitudo! O Bonitas! Dice: Deus Caritas est. Y también avisa de que en los últimos días vendrán tiempos duros y serán los hombres egoístas, codiciosos, altivos, soberbios, blasfemos, desobedientes, malvados, impíos, sin amor, sin paz, implacables, calumniadores, incontinentes, despiadados, crueles, desagradecidos, enemigos del bien, traidores, protervos, repletos de odios y dados a mentiras, con apariencias de piedad pero sin la substancia de ella, aprendiendo siempre y dándose maestros a montones, pero sin llegar nunca y sin importarles tampoco llegar al conocimiento de la verdad[24].

            Pero oíd, y que a todos vosotros sea esto manifiesto: Nuestro Dios es Dios de paz[25]; nuestro Dios es amor[26]. Y ésta es la voluntad de Dios: la santificación vuestra[27]. Que cada uno posea su vaso con limpieza, pues no nos ha creado el Señor para inmundicia sino para santificarnos[28] para llevar su nombre[29] y vivir en su Hijo[30] y ser capaces de la comunicación del Espíritu[31].

            Mas como esta lección es inmensa y no es cosa de un día formar a Cristo en vosotros[32], ved ahí que cada día mi operación en la misa es la misma pero mi lección varía, y la palabra de Dios a vosotros es la misma pero la riqueza de sus caminos y la obra de su misericordia es infinita.

            Y para que sepáis que siendo uno mismo el sol, los días son diferentes, según el misterio de la Iglesia, mi lección va recorriendo el círculo del año, y llamando, formando, iluminando, os introduce ahora en el Señor por persuasión directa de sus misterios salvadores, ahora, también él, pero según él está y se manifiesta y es admirable en sus santos[33]. Y así unas veces os entrega la palabra recibida, y otras, acomodando lo espiritual al Espíritu, lee como por transparencia, en espíritu de revelación[34].

            Pero, como quiera que sea, ya en la palabra que anuncia y exhorta y enseña, o ya en traslación de figuras, manifestación de profecías o iluminación de proverbios y enigmas y muchos otros misterios (dados otrora a los antiguos pero cuya inteligencia estaba reservada a la fe) uno solo es el mensaje, y es que se ha manifestado el misterio, y una la operación, que es conformaros a él, a fin de que, redimiendo el tiempo[35] y libres por la palabra recibida de la vana conversación de este siglo[36], leyendo yo la Epístola seáis vosotros por ella lo que desde siempre habéis sido en la presciencia del Padre, en santificación del Espíritu, es decir, Epístola de Cristo, conocida y leída de todos los hombres[37], y Vasos de Honor, santificados y útiles, y aparejados para toda buena obra[38].

IV Deo Gratias!

Terminada la Epístola el pueblo responde: —Deo gratias.

Oído esto el Subdiácono cierra el libro se llega al Sacerdote (que está de pie en el ángulo de la Epístola) y se arrodilla en el plano delante de él.

            El Sacerdote, teniendo su mano izquierda sobre el altar, pone su derecha sobre el borde superior del libro que le presenta el Subdiácono. El Subdiácono besa entonces la mano que el Sacerdote ha puesto así sobre el libro cerrado de las epístolas. Luego el Sacerdote (teniendo siempre la mano izquierda sobre el altar) levanta la derecha del libro y bendice al ministro en silencio.

            Este rito significa la restitución del libro a quien lo dio a leer, la restitución Apostólica de la palabra del Padre en el Espíritu Santo (el beso), al Señor maestro único.

Cerremos la Epístola según somos epístola; besemos la mano según guardamos la palabra; crezca en nosotros la Epístola según nos bendice la mano: en silencio.

Deo gratias!

El ministro de la voz castigada castiga[39], el ministro que entiende en los vasos los limpia. No me ha sido dada la Epístola para hacerme doctor sino hijo; no soy epístola de Cristo para erigirme en maestro sino para ser cáliz capaz del contener el misterio.

Escuche lo que oigo y guarde lo que recibo. Entienda (según me conviene a mí entender) sobriamente. Y en lo que entienda conozca, y en lo que no entienda abrace, y en una y otra cosa, guarde.

Y conforme al amor con que guarde esta palabra en parte conocida pero toda y de todos modos y en todo recibida, bendígame la mano y crezca en mí la Epístola. Crezca según la he recibido. Sentado, para asentarla en mi corazón, y sosegado, para lograr por ella desnudez y vacío, y callado, para alcanzar en su palabra silencio.

Y según soy epístola de aquella mano poderosa que me puso en Cristo y escribe en cada alma en la Iglesia este misterio, cierre yo la Epístola y lleve en mí, dentro de mí, su testimonio. Porque verdaderamente se manifestó la gracia de Dios salvador nuestro[40], y verdaderamente se ha manifestado el amor de Dios en nosotros[41].  Y esto es lo que estaba escondido en Dios por siglos[42]: Que Dios es amor y que ha enviado al mundo a su Hijo para que vivamos todos por él[43], in ecclesia.

Una vez que el Subdiácono ha devuelto el libro de su lección se junta a los otros ministros. No volveremos a oír su voz en la misa. Su beso en la mano del Sacerdote lo reintegra al altar. Desligado del pueblo entra in potentias Domini[44]. Cuando vuelva a nosotros, en el Evangelio, será conforme a su ley, dentro de esas obras del poder del Señor, y no como ministro nuestro sino del Diácono, es decir, como columna de una palabra que él sostiene y oye, que él recibe y lleva, pero no puede leer.

Y nosotros tampoco volveremos al silencio desnudo que corresponde a la Epístola. La próxima lección nos introduce en el canto y allí el silencio desea. Y, por las dos lecciones, por el silencio y el canto, por desnudez y deseo, llegaremos al Evangelio, es decir, la palaba del Padre que se oye de pie, en un silencio, casto, filial, gozoso, un silencio que dice como el filius acrescens Joseph, ‘el hijo-que-crece, José’: Presto sum!, ‘¡Heme aquí, estoy pronto!’

            Porque este silencio de los que han entrado al altar y sobre Epístola y Gradual oyen el Evangelio, es un silencio activo, que inter convivas se llama: obediencia a la fe.


[1] Nota del editor: Artículo fechado: “Redacción 1944”

[2] Costado, lado o ángulo del altar “de los judíos”

[3] El altar de la Iglesia es el mismo Cristo

[4] ¿Qué es la Sagrada Escritura, pregunta el noble padre San Gregorio, sino una carta (epístola) del Dios Omnipotente a su creatura?

[5] Capaz de recibir en sí, de contener a Dios…

[6] “Le conviene, le es necesario”, a quien le es debido, le corresponde cuidar …

[7] Sentándose es enseñado (y por lo tanto hecho sabio)

[8] Alude al pasaje de 2ª Corintios 3, 2-12

[9] Ver 2 Reyes 2, 20  (vaso, vasija)

[10] Ver Lamentaciones 4, 2

[11] Ver Romanos 20, 20-21

[12] Romanos 13, 11: Ya es hora de despertar del sueño

[13] Efesios 5, 14

[14] Tito 2, 12-13

[15] Efesios 4, 1

[16] Gálatas 6, 7

[17] 1ª Corintios 1, 23; Gálatas 5, 11

[18] 1ª Corintios 1, 7

[19] 2ª Pedro 3, 9

[20] 2ª Tesalonicenses 2, 7

[21] Efesios 5, 16

[22] Santiago 1, 5

[23] Ver 2ª Timoteo 1, 12

[24] 2ª Timoteo 3, 1-7

[25] Ver 1ª Tesalonicenses 5, 23

[26] 1ª Juan 4, 16

[27] 1ª Tesalonicenses 4, 3

[28] 1ª Tesalonicenses 4, 7

[29] Hechos 9, 15 Pablo es “vaso” elegido para “llevar” su nombre a las naciones

[30] Ver Juan 10, 10; Filipenses 1, 21-26

[31] Romanos 8 todo el capítulo

[32] Gálatas 4, 19

[33] Salmo 67, 36 (Vulgata)

[34] Efesios 1, 17

[35] Efesios 5, 16

[36] Ver Mateo 13, 22

[37] 2ª Corintios 3, 2-12

[38] 2ª Timoteo 2, 20-21

[39] Nota del editor: La voz castigada es decir: corregida, enmendada, ordenada. Él, a su vez, ordena, enmienda, corrige, endereza al que oye. Los oyentes son considerados como vasos en los que se vuelcan palabras purificadoras.

[40] Tito 3, 4

[41] 1ª Juan 4, 9

[42] Colosenses 1, 26

[43] 1ª Juan 4, 8-9

[44] En los dominios del Señor

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