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La Misa Solemne

La Misa Solemne

Índice del artículo

ACTO III

13. LA LECCIÓN DIVINA[1]

INTRODUCCIÓN

LA LITURGIA Y EL CIEGO

 —¿Qué quieres que haga?

—Señor, ¡Que vea!

Marcos 10, 51

INTRODUCCIÓN

Multifariam… ‘De muchos modos’, con muchas voces habla el Señor a su pueblo[2]. Hay solemnidades especiales que tienen cuatro, siete y aún doce lecciones, pero, comúnmente, las lecciones de la Misa son tres: Epístola, Gradual y Evangelio.

            La Epístola no siempre es lectura de una epístola, ni el Gradual canto de un gradual. Pero todos sabemos que en la Misa hay primero una lección leída del lado de la Epístola, y que luego se oye un canto, un canto puro, cantado por sí mismo, que no acompaña nada, que todos, pueblo y ministros, oyen; un extenso canto del coro no motivado por otra cosa como el Introito o el Kyries, ni tampoco dado al coro desde el altar como el Gloria o el Credo, y que, cuando el Alleluia o el Tracto terminan ese canto admirable,  viene la tercera y en realidad la única lección, que es el Evangelio.

            Cualquiera que sea el texto de la primera lección la llamamos comúnmente Epístola (y lo es). Cualquiera que sea la economía de la segunda y aún cuando la alegría de Pascua, por ejemplo, haya diluido totalmente el Gradual en un doble y sublime Alleluia, la substancia de ese canto es siempre Gradual y por él pasamos siempre de la Epístola recibida al grande gozo anunciado a todo el pueblo, es decir, al misterio gozoso y glorioso del Evangelio que es, en realidad (así como el Señor es el maestro único) la única lección, solemne y manifiesta en su momento pero anunciada ya a su modo al pueblo desde la Epístola y gustada ya in ecclesia, interiormente, por el amor y el deseo y el júbilo, desde el Gradual.

Propio de una lección es que sea leída o cantada, y a esa lectura (lectura con autoridad) o a ese canto, corresponde en el pueblo un silencio. Propio de estas lecciones es que la palabra de Dios sea dada con cierto rito, y a esa expresión del Señor que habla así a su iglesia corresponde en el pueblo una actitud.

            El silencio es silencio del corazón. Contrito por los Kyries, levantado por el Gloria, congregado por la Oración, puesto en Dios, es decir, puesto en donde Dios lo ha puesto por la entrada al altar del Introito, el corazón, aquí, es llamado a entender. Y eso expresa la actitud del pueblo que ya descansa y ve (Epístola), ya gusta y descansa (Gradual), ya finalmente, se incorpora y oye (Evangelio), según el carácter de cada lección.

            Toda esta segunda parte de la misa está, pues, ordenada a la inteligencia. Es la respuesta que el Padre da por su Hijo a la iglesia reunida en un Espíritu, y de ahí que su estructura sea diferente de cuanto hemos venido viendo hasta ahora.

            Hasta ahora la asamblea sólo ha hecho acciones convergentes. En el Introito el Sacerdote que entra suscita al coro y, por él, lleva consigo al pueblo en su entrada. Y en los Kyries, el Gloria o la Colecta, ya el coro, nuestra boca, ya el Sacerdote, nuestra cabeza, cantan o dicen el sentir de todos.

            El Clamor es de todos en los Kyries; de todos el himno en el Gloria, y en la Colecta, aquel beso comunicado, aquel rostro de paz vuelto a nosotros, nos congregó a todos en la oración perfecta, común, de pie, eclesiástica; oración al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, oración del pueblo por el sacerdote, su cabeza, en el vivificante Amén que anima a todos.

            Y así podemos decir con el gran padre San Isidoro que “en la Iglesia cuando se canta, cantamos todos, y cuando se ora, oramos todos”. Oración y canto pertenecen a toda la asamblea; oración y canto son deseo, afecto, amén, amor de todos.

Pero en las lecciones el misterio tiene otra economía.

Cuando se habla, una es la persona que habla y otra la que escucha.

Hasta ahora el Sacerdote y los ministros han entrado y presidido la asamblea. Ahora el Sacerdote enviará a sus ministros como enviaba otrora el Señor profetas, sabios y escribas; los enviará para anunciar su palabra, y este acto de potestad, activo, iluminador, jerárquico, es un acto de Cristo, maestro único, que parte del altar solamente y se dirige al pueblo.

Tenemos, pues, en esta segunda parte de la misa una distinción marcada, una diferencia y también (y como quiera que en la Iglesia Cristo sólo predica a Cristo) hasta una cierta división entre el Sacerdote y el pueblo. En la primera el Sacerdote al entrar, ofrecer el incienso, cantar Gloria o elevar o juntar las manos, ha hecho algo; y en eso que ha hecho (Introito, Kyries, Himno o Colecta) nos ha tomado o llevado consigo como Pastor. Rodeado del pueblo, se ha ceñido del pueblo. Pero ahora, al enviarnos sus ministros, o al dar lugar al coro, nos habla, es decir, se dirige a nosotros, profiere una palabra, y conforme a los poderes de su autoridad, nos pone delante de sí como Maestro.

Ante el oficio jerárquico, pues, de la Iglesia que enseña, el resto de la comunidad se constituye como Iglesia que escucha. A la iglesia docens responde la iglesia discens, a la enseñanza, un corazón dispuesto, a la palabra una atención y un silencio.

La lección divina no solamente obra. Propone, enseña, llama. Ejerce un oficio, supone un diálogo, y así aquí el Orden se llega al Bautismo. Y el: Accipe librum et habete potestatem legendi in Ecclesia sancta Dei[3], de las ordenaciones sagradas, viene al encuentro de aquél: —Epheta, quod est, adaperire[4] de nuestro bautismo, que nos dio oídos en Cristo al nacer para Dios.

            Exiit qui seminat seminare…[5] La lección parte del altar y su salida supone una aptitud del pueblo, no inerte pero sí receptiva, que conforme a su capacidad de tierra buena, recibe, guarda, lleva, escucha, gusta, oye, advierte, ve, comprueba, asiente, experimenta. Experimur orantes, dice San Bernardo de este misterio de vida de la Iglesia que oye.

            Y como la palabra cumple todo aquello para lo que ha sido enviada, y germina en la tierra y la hace producir, de verdad en la boca del ministro se convierte en vida en el corazón del pueblo y pone a los fieles de pie.

            Una y otra vez sale del altar como lección y a él vuelve luego. Mas no vacía, y ni como simple palabra de hombres, sino en Cristo et in ecclesia, es decir, como acto de fe, como acto de la Vida en la comunidad y en cada alma.

Y así primero es confesión, en el Credo, y luego ofrenda (vitulos labiorum[6]), y finalmente en la eucaristía corazón levantado ad Dominum, ‘hacia el Señor’ y amén perfecto al misterio.

Lectio divina. Tal es en su conjunto esta segunda parte de la misa. Palabra del Padre que está en los cielos, lección del Hijo, maestro único.

            Ego Dominus, dice el Señor a este pueblo, Ego Dominus, ‘Yo soy el Señor’ que en el Introito y los Kyries y el Gloria y la Colecta te saqué de la tierra de Egipto: dilata os tuum et implebo illud[7].

            Pero esta comunicación de la palabra que parte del altar y viene al pueblo no pide capacidad solamente, sino también disposición, y en ésta, no solamente oídos sino también ojos. San Juan Bautista con ser profeta y más que profeta, pudo decir de sí mismo: —no soy profeta, soy voz[8]. Pero ¡ay de nosotros si no hubiéramos visto con los ojos de la cara, si solamente hubiéramos oído aquella voz de Juan! Porque la profecía, en él, era su dedo.

            Y así también estas lecciones de la misa, que contiene rito y palabra, tienen que ser oídas, (según el verso de Fijman[9]), A lo largo de muchas voces / y junto al dedo de San Juan Bautista, es decir, oídas con los ojos y con los oídos; oídas en las diferencias de lugar y ministro y rito, con que la palabra de Dios viene a nosotros, y en las diferencias de voz con que esa palabra viva, ya clara y distinta, ya sabrosa y oscura, ya simple, precisa / y divina y humana y filialmente luminosa) nos habla y nos hiere. Pues la palabra de Dios es espada[10].

Lecciones / Economía

Evangelio y epístola son lecciones correlativas, lecciones in cornu[11], de ministros con autoridad, dadas por cada uno según su orden, lecciones de dicción distinta, leídas, públicas; son un: ¡Sea notorio!, notificaciones incontestables de la economía.  

            Gradual y Credo son palabras correlativas. El Gradual es lectura afectiva, de tránsito. El Credo es confesión voluntaria, de término. El afecto en el Gradual canta y pasa. La voluntad en el Credo afirma y decide.

            Epístola y Evangelio se dirigen a la razón, a la inteligencia del hombre, para enseñarlo, ilustrarlo, persuadirlo; para revelarle el consejo escondido de Dios y llamarlo; son una luz, una revelación, un anuncio; dan una certeza, proponen una vida.

            Gradual y Credo son movimientos, decisiones. El Gradual nos mueve por afecto para ir de la Epístola al Evangelio, es decir, de la certeza recibida al Esposo que llega. El Credo, palabra de término, nos mueve a obedecer, nos pone de pie, ante Dios, ante el mundo, ante el altar.

En el Gradual vamos de la Epístola al Evangelio. En el Credo vamos del Evangelio al altar. En el Gradual, recibida la Epístola, vamos al Evangelio, como los pastores: —Vamos y veamos[12]. En el Gradual, abierta la Epístola, descubierto el secreto escondido de Dios, recibida la certeza, vamos a la Buena Nueva, nos alegramos y pasamos a la Buena Nueva. En el Gradual, abierta la Epístola, comunicado sin lugar a dudas el secreto escondido de Dios, pasamos al Evangelio, es decir, a la Buena Nueva. Conocido el secreto, el consejo, la economía, pasamos a la Buena Nueva; recibida la certeza, pasamos a la presencia.

            El Gradual supone la Epístola recibida. El Credo supone el Evangelio recibido. Recibido el Evangelio, es decir, teniendo la certeza de la Epístola y el Emmanuel del Evangelio, pasamos al altar.

            El Credo supone el Evangelio recibido; confesión de la fe, supone la fe anunciada en la Epístola y en el Evangelio, y recibida.

En el Credo, recibida la fe por el Evangelio, pasamos al misterio de la fe en el Ofertorio. En el Credo, recibida la fe —Epístola que anuncia la economía, Gradual que la desea y corre a ella, Evangelio que la  establece y la da— pasamos al misterio de la fe, por el Ofertorio que lo prepara, por la Eucaristía que lo consagra, por la Comunión que nos establece en él y nos lo da.

Por el Gradual, lección de tránsito, pasamos de la Epístola al Evangelio. Por el Credo, confesión de término, pasamos del Evangelio al altar. El Gradual es música, es canto, mueve el afecto, las pasiones del amor. El Credo es confesión, viene de la voluntad; canta y dice lo que quiero.


[1] Nota del editor; Esta carpeta contiene un artículo que es visiblemente el original de un artículo destinado a publicarse en la revista franciscana Itinerarium (Santa Fe) pero que quedó inédito. Se presenta con el título “II Acto / LA LECCIÓN DIVINA / Introducción” y bajo el subtítulo común a la serie de artículos antes publicados en Itinerarium: LA LITURGIA Y EL CIEGO. Debajo también el exergo común a la serie: —¿Qué quieres que haga? —Señor, ¡que vea!

[2] Alusión a Hebreos 1, 1

[3] “Recibe el libro y tened la potestad de leer en la Iglesia santa de Dios” es frase del ritual de la ordenación sacerdotal.

[4] “Epheta, que significa ábrete” es frase del ritual del bautismo.

[5] “Salió el sembrador a sembrar…” Marcos 4, 3

[6] “Terneros de los labios”, los labios ofrecen un sacrificio que equivale a los sacrificios de terneros; alusión al “sacrificio de alabanza”

[7] “Abre la boca y yo te la llenaré” Salmo 80, 11

[8] Ver Juan 1, 21-23

[9] Jacobo Fijman (1898 – 1970) poeta místico conocido en las letras argentinas, convertido al catolicismo en 1930. Después de su conversión colaboró en la revista Número de la que comenzó siendo Administrador.

[10] Ver Hebreos 4, 12

[11] Nota del editor: Cada una corresponde a un extremo del altar, el lado de la epístola a la derecha de sacerdote ante el altar y el lado del evangelio a su izquierda. En el templo orientado al oriente, con el lado norte la epístola y el lado sur el evangelio.

[12] Lucas 2, 15

 

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