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La Misa Solemne

La Misa Solemne

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12. LAS LECTURAS y EL CREDO

Conferencia[1]

Permitidme que recuerde brevemente lo que hemos tratado en nuestra primera conversación el día de Pentecostés: Hemos convenido en que el objeto de estas conversaciones después de la Misa, no es otro que el ver esta misma Misa que acabamos de oír. Queremos verla con los ojos de la cara, y con inteligencia distinta.

Hemos dicho también que este estudio de lo que está ante nosotros, no tiene el carácter de lección enseñada al que no sabe, sino de una conversación de los que saben, hecha  por puro gusto de recordar, en común, una cosa admirable, que todos aman.

Hemos dicho que nuestro punto de vista ante la misa, no es de teólogos, ni de liturgistas, ni de historiadores, sino simplemente de hijos de la Iglesia: hijos sentados a la mesa de su Padre; convidados (incomprensiblemente, inmerecidamente) a la mesa del Señor. Nuestro punto de vista es el punto de vista de lo que somos: el punto de vista de los convidados, de los comensales, un punto de vista muy legítimo. 

Hemos dicho finalmente, que en la Misa hay orden y movimiento, y que todo lo que se hace en ella: actos, gestos, palabras, oraciones, bendiciones, luces, etc. es conveniente: y, precisamente, percibir esa conveniencia, es decir, la proporción, el sentido y la belleza de esos actos y cosas, es lo que intentamos en estas conversaciones. Como eso es de orden sensible y espiritual, sólo queremos para nuestro propósito ojos limpios y espíritu purificado.

Así hemos declarado indeseable a la imaginación, porque es una mala vista, y al sentimiento, porque el sentimiento de los imperfectos (aún de los muy piadosos y buenos), no es dócil al espíritu de Dios.

Y todo esto fue dicho en nuestra primera reunión para determinar el carácter de estas conversaciones. Luego, entrando en el asunto, dijimos estas cosas obvias:

Que la última Cena fue la primera Misa, y que nuestra Misa corresponde exactamente a la última Cena, pues tiene las tres partes o actos esenciales de la Cena: ofrenda, eucaristía y fracción; y a estos actos se llega por dos actos preparatorios, que corresponden a los invitados: pues los invitados a la Última Cena habían dejado todo por seguir al Señor y esto lo hacemos nosotros en la Synaxis; y habían oído sus palabras y para esto tenemos nosotros la Instrucción. 

De la Snaxis o Preparación dijimos que es Afectiva, es decir, que está destinada a purificar y excitar el corazón del hombre, y a despegarlo de sí y de todo.

Ahora pues, entremos a tratar la segunda parte: la Instrucción.           

1.¿Qué carácter tiene la Instrucción? La Instrucción no es afectiva; la Instrucción es para inteligencia. Pero notad que no digo para la inteligencia, porque eso sería pensar que la Instrucción es intelectual, o para intelectuales, y eso sería pésimo error.  El cristiano no es un intelectual: el cristiano es inteligente o es ignorante (y a veces Dios junta admirablemente las dos cosas en una misma alma), pero no es un intelectual, porque lo que hace la perfección de cristiano, es la caridad, y ésta no pide al hombre preparación intelectual, sino corazón inteligente. Así las lecciones son para inteligencia.

            ahora el argumento de esta segunda parte o Instrucción: tenemos tres lecciones: la primera: llamada comúnmente Epístola, y que es leída por el Sub-Diácono; la segunda: compuesta hoy del Gradual y el Aleluya, y que es cantada por el Coro; y la tercera: la Lección Evangélica que es cantada por el Diácono. Oídas estas tres lecciones y como respondiendo a ellas, el pueblo entona el Credo.

            Como veis, el argumento es simple: tres lecciones y el Credo, y a veces las solas tres lecciones.

Estas lecciones  vienen inmediatamente de la preparación o Synaxis de que hemos hablado, y están antes del Sacrificio, y nos disponen a él; pues la Eucaristía es misterio de fe, y la fe es una enseñanza,  un dogma: una palabra de Dios enseñada al hombre, que el hombre recibe en su corazón por el oído.

            Aquél, pues, que nos ha creado y que va a darnos una participación real de su propia vida divina, es el mismo que ahora nos instruye.

            Ahora bien, habiendo hablado Dios muchas veces, y de muchos modos, por boca de sus profetas y apóstoles y santos, y finalmente por su propio Hijo, estas lecciones tienen el carácter propio de cada una de aquellas palabras de Dios, y de cada uno de aquellos sus enviados: desde los siervos sus profetas, hasta sus amigos los santos y los apóstoles, y hasta su propio Hijo, que es la única Palabra de Dios y el único y definitivo Enviado.

            Y las lecciones nos hablan así con muchas voces; pero todas esas voces pasan, o quedan como en suspenso, disponiéndonos para el Evangelio, y todas ellas dicen como Moisés al ser llamado: Te ruego Señor: Al que has de enviar, envíalo.

            Del argumento  general de la Preparación dijimos que era algo así como un duelo entre Israel y el Ángel, entre el espíritu de Dios que solicita al hombre, y el espíritu del hombre que gime, desea, aclama, espera, pide, y, (ya en la contrición, ya en el entusiasmo, ya con voz de alabanza, ya con palabra distinta) este espíritu del hombre tocado por Dios, dice como el Patriarca al Ángel: Dime tu nombre, mira que ya sube el alba, no te dejaré mientras no me bendigas. Tal es la primera parte de la Misa.

De esta segunda parte o Lección diremos que es algo así como la instrucción que   da un padre a su hijo. Pero este padre es infinitamente Padre, pues es Dios mismo, y este hijo es nada menos que el hombre, es decir, una criatura compleja y mala , admirable, miserable, “celestial y terrena  por naturaleza, divina y humana por gracia,  menos que humana por el pecado, más que humana por la contemplación”. La hizo Dios un poco menor que los ángeles y el pecado la ha puesto debajo de los brutos.  De cuántos modos, pues, con cuántas voces, hablará Dios a esta criatura suya de la que dijo, herido del más íntimo dolor: Me arrepiento de haberlos criado, y ante la que clamó con un testimonio perenne: Este es mi Hijo, el Amado.

            Y así pues, en estas lecciones hay una gran riqueza de voces, porque Aquel que nos habla “sabe lo que hay en el hombre” que hizo, y nos ama. Y por eso sus palabras ya son fuertes, ya suaves e íntimas, ya son palabras al oído, ya son palabras de disciplina.

            Y así la primera lección, la lección de los enviados, es voz de Dios por el Apóstol, o por el Profeta, o por el Sabio. Y la segunda lección, la lección del Coro, es la voz de Dios confiada al canto, a la música. Y la tercera lección es el Evangelio, esto es la voz del Hijo, y, por esto,  porque es la voz del Hijo, en realidad no hay tres lecciones sino una sola y es ésta; y las otras dos sólo conducen  y preparan para ésta: ya con preparación que advierte , en la Epístola;  ya con preparación que exulta, en el gradual. Y esas lecciones son lecciones de Dios  que habla, para abrirnos al oído, para disponernos el corazón,  a fin de que podamos seguirle cuando nos hable por boca de su Hijo, en esa conversación precisa del Evangelio: palabra del amigo que habla con el amigo sin alzar la voz; palabra en que el amigo, que ha puesto ya su vida para salvar al amigo, tiene algo que decir en la igualdad  del amor, a los que ya no llama  siervos, sino amigos , porque les ha revelado lo que sabe de su Padre.

2.LA EPÍSTOLA

Examinemos la primera lección, llamada comúnmente Epístola (no siempre es Epístola, como veremos). Después de la Colecta, después de la oración solemne de la asamblea reunida en que nos hemos puesto de pie para pedir, nos sentamos, y, como dijimos, nos sentamos a la mesa pues empieza esta comida o grande cena: vamos a recibir la palabra de Dios por el oído.

            Ahora bien, sentados nosotros, el Sub-Diácono, que es el menor de los ministros lee la Epístola. Hoy hemos oído lección de la Primera Epístola de San Pedro. Nos ha dicho el Apóstol: “Carísimos: Estad todos unánimes en la oración, compasivos, misericordiosos, modestos, humildes, no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, antes bendiciendo, que para esto fuisteis llamados: para poseer bendición por herencia…”[2].

Como veis, tenemos aquí una exhortación moral: el Apóstol nos amonesta conforme al tiempo en que nos hallamos, nos dice cómo debemos andar en esta peregrinación temporal de la Iglesia, que es lo que representa el largo tiempo después de Pentecostés.

En la primera Domínica de Adviento, el Apóstol Pablo nos dice: “Hermanos, hora es ya de levantarnos del sueño, ahora está más cerca nuestra salud que cuando creíamos; la noche pasó y el día se acercó; desechemos pues las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz: caminemos como de día, honestamente, no en glotonerías ni embriagueces, no en sensualidades, y disoluciones, no en pendencias y envidia; mas vestíos de Nuestro Señor Jesu-Cristo y no hagáis caso de la carne en sus apetitos”[3].

De esta manera despierta al pueblo, el Apóstol, para que, levantándose del sueño animal, se disponga con vigilancia y deseos, al advenimiento de Nuestro Señor Jesu-Cristo.

El día miércoles de Ceniza, el profeta Joel nos dice: “Esto dice el Señor: Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno y con llanto, y con gemidos: Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor Dios vuestro. Sonad trompetas en Sión: Santificad un santo ayuno, convocad a junta: congregad al pueblo: santificad la Iglesia: congregad los ancianos: juntad los párvulos y los niños: salga el esposo fuera de su lecho: y la esposa de su tálamo: entre el atrio y el altar llorarán los sacerdotes, ministros del Señor, y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo, y no des tu heredad en oprobio para que les dominen las naciones”[4].

Aquí la gran voz del Profeta, anuncia toda la Cuaresma: la penitencia, la continencia, el ayuno, la frecuencia del templo, la oración constante y suplicante.

Con tres ejemplos, ya podemos ver suficientemente el primer modo de enseñanza que tiene esta lección: en ella un enviado de Dios al pueblo con voz directa, y su palabra es enseñanza, exhortación, disciplina: voz que despierta, voz que urge y reprende. Es decir que en todo esto hay una enseñanza moral conforme al tiempo. Y lo mismo ocurre más o menos con todas las Epístolas.

¿Queréis saber a qué nos obliga la Encarnación del Verbo? ¿Queréis saber a qué nos obliga el Sacramento del Matrimonio? Buscadlo en las Epístolas de las misas correspondientes.

Con voz clara y fuerte, el Apóstol nos dice en Noche Buena, que se ha manifestado la Gracia de Dios, Salvador nuestro, y que en adelante hemos de vivir sobria, justa, píamente, renunciando a la impiedad y a los deseos del mundo, para aguardar la esperanza bienaventurada, y el advenimiento glorioso de nuestro grande Dios y Salvador Jesús[5].

Y con respecto al matrimonio, el Apóstol declara que éste es un gran misterio , y se dirige primero a la mujer, y después al hombre y luego muestra cómo imitan a Cristo y a su Iglesia , este hombre y esta mujer unidos: Las mujeres están sujetas a sus maridos como al Señor porque el marido es cabeza de la mujer[6].

El Apóstol contempla en la luz de Dios a la mujer, y saluda a su belleza; virgen, desposada con el Señor y sin mancha, o esposa, incorporada a su marido. Y esta incorporación del cuerpo a la cabeza, ha de ser por obediencia y temor y reverencia.

Pero el Apóstol conoce también a los hombres, y sabe su dureza y egoísmo sin límites, y al hombre, no a la mujer, le impone el amor: a la que él debe amar como a su propio cuerpo porque el que ama a su mujer a sí mismo se ama, y nadie aborreció jamás su carne, antes la mantiene y abriga.

Por el sacramento, pues, el hombre y la mujer son uno: una sola cabeza: el hombre; un solo cuerpo: la mujer, la mujer sometida, incorporada al hombre, huesos de sus huesos y carne de su carne. Y un amor: un solo amor, espiritual y temporal a la vez como el que une a Cristo con su esposa la Iglesia.

Así, pues, amonestaciones conforme al tiempo, conforme al misterio del día, tal es el sentido y la función de la Epístola.

3.     Dos partes tenía el Templo, y ambas eran santas: el Sancta y el Sancta Sanctorum, y aunque la una era menos santa, la menos santa era camino para la más santa. La primera es el conocimiento de sí mismo, que es cosa por cierto santa y camino para el Sancta Sanctorum —que es el conocimiento de Dios, donde el Señor se muestra y responde a nuestras preguntas.

El Sancta y el Santa Sanctorum del Templo son figura clara de la Epístola y del Evangelio ―que guardan relación como el conocimiento de sí con el conocimiento de Dios: no se puede acceder al Evangelio sin pasar por la Epístola, ni se puede tener verdadero conocimiento de Dios sin tener antes verdadero conocimiento de sí.

El conocimiento de sí mismo es el pan nuestro de cada día, el pan con que han de comerse todos los manjares; y así no es posible tomar del Evangelio sin haber recibido antes la lección de la Epístola.

La Epístola le dice al hombre lo que hay en el interior del hombre, y lo despierta para que se levante y enderece a Dios. La Epístola dispone al Evangelio. Depende del Evangelio. Está subordinada al Evangelio como el conocimiento de sí al conocimiento de Dios.

El conocimiento de sí sin el conocimiento de Dios, es una complacencia cínica (Rousseau, Marcel Proust). El conocimiento de Dios sin el conocimiento de sí, es una ilusión del demonio: la ciencia que hincha de todos los desviados.

La Epístola sin el Evangelio, es psicología, es todo lo que se quiera y es nada.  Y es nada porque es vana, porque conocer nuestra miseria para salir de ella, es lo único recto; pero conocerla para amarla y poner en ella nuestra complacencia, es adorar la inmundicia y hundirse ―como lo hacen los freudianos― en las profundidades de Satanás.

La Epístola, pues, depende esencialmente del Evangelio, como el camino al término a donde lleva.

Y si es cierto, como dijimos, que en este misterio de la Misa se comprende todo el misterio de nuestra salud: justo es que, habiendo sido anunciados en el Introito, y habiendo llorado nuestra miseria en los Kyries, y habiéndonos gozado con entusiasmo en el Gloria, y habiendo pedido gracia reunidos todos y unánimes en la Colecta, justo es, digo, que, aquí, en esta primera lección, Dios nos envíe Palabra por sus siervos para encaminarnos a Él.

La Epístola, pues, es el despojo del hombre viejo, para que el Evangelio conforme a la criatura como hombre espiritual; es voz directa, voz de enviado, de profeta, de precursor; voz que clama: enderezad los caminos del Señor; voz que advierte, purifica y destruye, porque en Jesu-Cristo nada vale ni la naturaleza, ni el querer, ni el correr, sino la nueva criatura.  

4.Pero no siempre la primera lección está tomada de una Epístola, ni tiene el carácter de una exhortación con voz directa. Por ejemplo: en la feria VI después de la 2º Domínica de Cuaresma, la primera lección está tomada del Génesis.

José dice a sus hermanos: Oíd este sueño que he visto:… luego sigue toda la lección: los dos sueños, la envidia de los hermanos, el silencio del padre y finalmente dice Jacob a José: tus hermanos están en Siquem, ven, te enviaré a ellos: y ellos lo ven de lejos y deciden: ¡Venid, matémosle![7].

Primera lección, lección de enviados: ¿quién es el enviado aquí?

Aquí no tenemos una voz directa que nos reprenda o advierta, esta lección tiene otra economía: Aquí el enviado es José.

Enviado ¿de qué, de quién, para qué? ¿Cómo está enviado José?

La Epístola depende del evangelio como dijimos, está subordinada al Evangelio: Y el Evangelio de este día después de la 2ª Domínica de Cuaresma, dice cómo el Padre envió a sus siervos a los colonos de la viña  y como éstos hirieron a uno, mataron a otro, al otro apedrearon, y, cuando por último, les envió su propio Hijo (esperando que por lo menos tendrían respeto a su Hijo), aquellos lo vieron y se dijeron entre sí: Venid, matémosle![8].

Lección y Evangelio: Venid, matémosle. A José y a Jesús; al Siervo y al Hijo: Venid, matémosle.

Ahí tenéis, pues, la consonancia perfecta de las dos lecciones, eso explica qué hace José y cómo y porqué es enviado: José viene enviado en figura profética de Cristo. José es una figura, el Señor es el figurado en José.

La lección de enviados, con una figura profética, anuncia el Evangelio donde la figura se cumple y se consuma.

Todo el Antiguo Testamento es figurativo, todo anuncia al que había de venir. Y el que había de venir vino, y fue visto con los ojos y fueron oídas sus palabras; de manera que la lección no queda como un enigma indescifrable, antes toma todo su sentido y es plenamente manifestada por el Evangelio.

Es tan importante esta economía de las figuras que quien no la conoce, nunca podrá entender ningún rito de la Iglesia.

San Agustín nos enseña genialmente acerca de las figuras, refiriéndose al nacimiento de Jacob. Dice así:

Jacob, aun antes de nacer, sacó del seno de su madre una mano con la que traía asido del talón a Esaú, su hermano mellizo que nació primero.  Esa mano que sale antes de nacer el cuerpo, representa a los Justos del Antiguo Testamento: Jacob es Nuestro Señor Jesu-Cristo, es el hijo de Dios vivo que, aun antes de la encarnación, saca, por así decirlo, “del seno de la divinidad”, una mano, con la que tiene fuertemente asido al demonio.  Y esa mano son los Justos del Antiguo Testamento, esa mano tiene la fuerza de la promesa, tiene cinco dedos: los cinco primeros de la Ley, esa mano vive y su vida es expresión de un cuerpo que todavía no ha salido a luz. Luego el Verbo se hizo carne, y como en el nacimiento de Jacob, después de aquella mano sale la cabeza que es Cristo, cabeza de la Iglesia, y salen finalmente los otros miembros que son todos los Santos de la Iglesia.

Cristo, pues, cabeza de la Iglesia, antes de nacer según la carne, saca del seno de la divinidad una mano, que son los justos del Antiguo Testamento , y sale luego Él mismo, y sale luego todo su cuerpo que es la Iglesia, y en este cuerpo los santos del Nuevo Testamento que son también, como los del Antiguo, sus miembros.

Y todo esto hace mucho a nuestro propósito, porque si en las misas feriales una figura profética se adelanta a nacer y nos anuncia el Evangelio, en las fiestas de los santos de la Iglesia esta primera lección nos trae al santo del día, es decir, nos muestra la otra mano, los otros miembros del cuerpo de Cristo.

Oíd esta lección que tomo de la misa del día de San Francisco de Asís: “No me gloríe yo en nada sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesu-Cristo por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo. Porque en Jesu-Cristo nada vale sino la nueva criatura; y a todos los que sigan esta regla de la cruz, paz sobre ellos, y misericordia, y sobre el Israel de Dios; más de aquí en adelante nadie me sea molesto porque yo traigo en mi cuerpo las señales del Señor”[9].

¿Quién dice todo esto? ¿Quién habla así?: San Francisco de Asís. San Francisco es el enviado de esta lección de enviados y viene a nosotros con su verbum crucis con su palabra de cruz y con sus cinco Llagas. Una palabra de la Epístola de San Pablo a los Gálatas le ha sido apropiada, es decir, que San Francisco de Asís nos habla esa palabra y nos descubre con ella lo más íntimo de su alma y lo más sagrado de su cuerpo. Y así pues, por apropiación, el santo nos anuncia la verdad del Evangelio, no profetizando sino realizando: realizada en su alma y en su cuerpo, la lección del Evangelio, en acto, se adelanta a nosotros y nos dice:

Nadie me sea molesto que yo traigo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús![10].

5.Concretemos lo dicho acerca de las figuras: en las misas feriales, la mano que se adelanta a nacer es figura que profetiza de Cristo, es pre-figuración del Evangelio. Y en las fiestas de los santos vemos la otra mano y los otros miembros de ese Cristo total que es la Iglesia cuya cabeza es Cristo; y la lección está dada en figura, en figura conmemorativa, que renueva al mundo, en el tiempo, la vida de Cristo «en acto» y la verdad del Evangelio realizada.

Y consideremos la conveniencia de esta enseñanza por figuras.

De dos maneras es movida la voluntad del hombre a obrar: por persuasión racional, y eso es lo que hace el profeta o el Apóstol en la Epístola que habla al hombre por persuasión racional, con voz directa; y por ejemplos, por figuras, por imágenes. Un ejemplo contagia; una figura es una solicitación al acto, una figura tiene una especie de poder mágico, y muchos que no serían movidos por advertencia racional son «contagiados», digamos, por estas figuras espirituales de justos y santos que vinieron, mas no ellos, sino Cristo en ellos para ejemplo de todos.

6.Pero hay también una tercera forma en esta primera lección, y es la profecía que llamaré «pura», pues la profecía no consiste solamente en la voz del profeta que reprende y anuncia cosas futuras, sino también y principalmente, en «revelar», en hacer ver cosas eternas en esas mismas cosas presentes que tenemos delante.  Daré un ejemplo: En la misa de difuntos, ante el cadáver que está en medio de la Iglesia, la lección dice:

“Oí una voz del cielo, bienaventurados los muertos que mueren en el Señor; desde hoy más, dice el Espíritu, descansan de sus trabajos porque las obras de ellos los siguen”[11].

Como veis, esta lección niega lo que ven, lo que lloran los ojos: ante el horror de la muerte, canta bienaventuranza, y declara la paz donde el dolor oprime.  Esencialmente subordinada al Evangelio (como siempre) esta lección nos da un pre-gusto de la divina verdad, pues el Evangelio de esta Misa  de difuntos es más que paz, más que bienaventuranza: es la voz de la Verdad misma que dice: Yo soy la resurrección y la vida; es decir, que para los miembros de Cristo no hay muerte, sólo hay sueño, descanso, sólo hay un poco de tiempo (y el tiempo es ilusorio así sea de siglos), mientras llega la resurrección de la carne.

Este mismo caso de profecía pura, es decir, no de voz de profeta que habla, ni de figura profética que enseña, sino de revelación pura, de revelación que rasga el velo de las apariencias y muestra al espíritu cosas eternas que no pueden ver los ojos ni concebir la mente del hombre, nos ofrecen las lecciones sublimes de las fiestas de la Virgen.

¿Cómo profetizan de la Virgen? Profetizan en primera persona. La Sabiduría que recibió de María un cuerpo y se hizo carne, da su voz a la virgen, y es la Virgen misma quien nos habla, diciendo:

“Ab initio et ante saecula… Desde el principio y antes de los siglos fui creada y no faltaré yo en siglos futuros: afirmada estoy en Sión y reposé asimismo en la Ciudad santificada, y me arraigué en el pueblo y en la porción de Dios, mi heredad, y en la plenitud de los santos, mi mansión”[12].

Es decir, que la Lección, así como en la Misa de difuntos deja abolido el tiempo y nos enfrenta con la resurrección de la carne después del último día , en estas misas nos pone antes de la creación , antes del tiempo, antes del primer día, y nos descubre a la Virgen  en la mente Divina tal como es concebida en la mente Divina desde toda eternidad, a fin de que luego el Evangelio pueda afirmar (lo que no puede ser afirmado de ninguna criatura), que la Inmaculada, es decir, la Toda-Santa, realizó efectivamente en el tiempo lo que Dios se propuso al crearla , y por esa sola realización perfecta , dio razón de ser a la Creación entera y justificó (en unión con Cristo Nuestro Señor, naturalmente, y por su unión perfecta con él) a la Sabiduría  que creó todas las cosas. Nuestro Señor mismo lo dice: la Sabiduría sería justificada por sus hijos[13]; es decir, eminentemente, por el Hijo de Dios hecho carne y por la Virgen sin mancha, por el hombre y la mujer perfectos, el nuevo Adán y la nueva Eva. 

Mal o bien y más mal que bien, he dicho qué es esta primera lección. Lección de enviados: primero (en las Epístolas) de enviados con voz directa y enseñanza que amonesta; luego (en las misas feriales) enviados que vienen en figura profética  de Cristo Nuestro Señor; luego (en las misas que celebran a los santos) enviados que vienen por apropiación del Evangelio  como figuras conmemorativas que renuevan al mundo la vida de Nuestro Señor; y finalmente: profecías del Evangelio, profecías puras, visión que nos descubre la sabiduría para hacernos ver lo que no ven los ojos, lo que no puede concebir la mente de hombre, lo que no subió nunca al corazón del hombre, es decir, lo actual y eterno que, con abolición del tiempo, está en la mente de Dios.

7.LA LECCIÓN DEL CORO

Entre la Epístola y el Evangelio, el coro ha cantado hoy el Gradual y el Alleluia. Otras veces el coro canta: Gradual, Alleluia y Prosa; otras: Gradual y Tracto; a veces; solo el Alleluia; a veces Alleluia y Tracto juntos.

            ¿Qué quiere decir este canto? ¿Tenemos aquí algo como el Introito o antífonas como en el Ofertorio o la Communio?

            Mientras el coro canta el Introito el sacerdote entra, sube al altar; mientras el coro canta el Ofertorio el sacerdote ofrece el pan y el cáliz; mientras el coro canta la Communio el pueblo se recoge y adora lo que ha recibido. Mientras el coro canta el Gradual el sacerdote y los ministros se sientan para escuchar el Gradual, y el pueblo, ya acompaña al coro tomando y balbuceando algunas de sus alabanzas, ya lo escucha y lo sigue en silencio.

            Así pues, el Gradual no es una antífona; no acompaña ninguna peripecia, como las antífonas del Introito, del Ofertorio, de la Communio. El Gradual es una lección; una lección inspirada ―inspirada al Coro― una lección entregada al Salmo, es decir, al canto.

            ¿Por qué? ¿Por qué está entregada al canto esta lección? Porque es una lección para adelantados.  El Gradual, dice Santo Tomás, significa el adelanto en la vida espiritual.

            ¿Qué entendemos por adelantados o aprovechados en la vida espiritual?  Los fieles de la Iglesia (pero esto a los solos ojos de Dios y de sus Ángeles) se dividen en principiantes, adelantados y perfectos.  Los fieles de la Iglesia, aquí en la tierra, son viadores, criaturas en viaje, peregrinos en camino de la patria, pobres y peregrinos que suspiran por ella y la saludan de lejos. Algunos de ellos apenas se despiertan, apenas salen de sus pecados y de sus sentidos y toman el camino, y estos son los principiantes y para estos principiantes es la Epístola. Otros, ya han gustado la suavidad del Señor, y estos son los adelantados, porque los adelantados ya tienen oración. Los principiantes se despiertan, abren los ojos y empiezan a conocer a Dios.  Los adelantados, en cierto modo, cierran los ojos; cierran los ojos y se recogen porque han empezado a conocer por experiencia cuán suave es el Señor.

Recordemos que dijimos que la preparación de la misa es afectiva, es decir, que estaba ordenada a purificar el corazón del hombre. Ahora bien, el corazón purificado, libre de adherencias extrañas y de pasiones bajas, y no disipado sino recogido, y no puesto en las criaturas sino atento a su Creador, es un corazón inteligente.

            Beati mundo corde[14]. Bienaventurados los de corazón puro porque esos verán a Dios.  El que tiene corazón puro, ve a Dios, y el que ve con el corazón, contempla, y el que contempla es porque ama, porque la contemplación viene de la caridad, y el que ama canta, porque el lenguaje del amor es el canto.  Contemplar, dice San Bernardo es gustar y ver cuán suave es el Señor. Y esto es lo propio de los adelantados. Y por eso esta lección inspirada, esta lección del Coro, es para adelantados y está confiada al salmo, es decir al canto, porque el canto es el lenguaje del amor.

8.EL GRADUAL

El Gradual significa el adelanto en la vida espiritual; el adelanto en la vida espiritual significa contemplación, es decir, ver con el corazón puro.

            Ahora bien, una lección para adelantados, no puede ser como la Epístola, una exhortación que amonesta o una figura que profetiza o conmemora; una lección para adelantados tiene que ser una alusión inefable, no conceptual, sino trascendente, un dicho de inteligencia mística que excita en el contemplativo por modo de canto, lo que el contemplativo ya conoce por experiencia interior.

            Y por eso el Gradual no es una lección dada por el ministro sino un canto complejo, inspirado al Coro, inspirado a la Iglesia; una lección que el pueblo acompaña en parte balbuceando  algunas palabras de amor, y que todos oyen como pregusto de un misterio en el cual no todos han sido introducidos.

            Por eso también lo que constituye el Gradual es el Salmo; porque el Salmo habla por modo de canto y contiene toda la Escritura no en Sentencias, ni en relatos, ni en testimonios, sino al modo lírico.  El Génesis es un testimonio de la creación; en el salmo 103 están los días del Génesis pero por modo de canto.  El Éxodo es un libro histórico; el Salmo 113 contiene el Éxodo por modo de canto. De la Pasión del Señor atestiguan los cuatro Evangelios, pero el Salmo 21 contiene toda la Pasión del Señor y la contiene por modo de canto.

El Gradual, pues, lección de adelantados, es decir, de contemplativos, es una lección confiada al Salmo, es decir, al canto; porque el adelantado ama y cantar es propio del que ama. El Gradual dice: Aperiam in Psalterio  propositionem meam[15]  ―Abriré en el Salterio mi proposición― lo cual es sinónimo de decir: Eructavit cor meum verbum bonum[16]:  rebosó mi corazón una palabra buena.     Eructavit cor meum verbum bonum: rebosó mi corazón una palabra buena.

Ahora ¿qué constituye el Gradual?: ¿La música del Gradual o las palabras del Gradual?

Ni lo uno ni lo otro; la música tiene su lugar en la misa (ya lo veremos), y las palabras tienen también su lugar en la misa (lo estamos viendo), pero lo propio del Gradual no está ni en las palabras ni en la música sino en la fusión de ambas: lo propio del Gradual es el canto. Ahora bien, el amor tiene dos extremos: el gemido del deseo porque el amor nunca dice basta, y la embriaguez de la posesión porque el amor se goza en el amado. Y el canto tiene también dos notas extremas: y una es el gemido, porque el canto nace del amor y el amor no es extraño al dolor, y la otra es el júbilo, el grito del júbilo, porque el amor es desmedido, es loco,  y grita y salta y exulta. Y por eso el Gradual, que es canto porque es expresión del amor, halla su perfección de dos modos: y unas veces florece en júbilo, y eso es el Alleluia, y otras veces termina en un gemido y eso constituye el Tracto.

            El Alleluia y el Tracto, el júbilo y el gemido, son los dos modos que perfeccionan y concluyen el Gradual.

9.  EL TRACTO

El Tracto, dice Santo Tomás, significa el gemido espiritual; San Bernardo diría con una imagen de los Cantares que el gemido de la Paloma se ha oído en nuestra tierra.

De dos cosas tiene que dolerse el hombre cuando está en presencia de Dios: la primera de ser hombre pecador, la segunda de no ser nada más que hombre. Cuando Dios da luz a un alma para conocerse, el alma comprende que es inmensa miseria estar cubierta de pecado y de las infinitas consecuencias del pecado, y este reconocimiento de nuestra miseria es lo que produce el llanto de los Kyries. Pero cuando un alma empieza a conocer el amor de Dios, cuando Dios le hace sentir su presencia y la suavidad de su amor, el alma, aun purificada, aun vestida con los dones que Dios le da como a esposa, no puede menos que dolerse y sufrir intensamente al ver que Dios la ama inmensamente, pues es Dios, y que ella no puede amar como es amada, porque el alma no es inmensa, el alma no es Dios. La distancia que hay entre el ser y la nada a quien el Ser ha puesto en igualdad de amor, es lo que engendra el gemido espiritual. El gemido de la paloma se ha oído en nuestra tierra, dice la Esposa de los Cantares; es decir que en nuestra tierra, en nuestra carne mortal, se ha oído ese gemido de la paloma que es el Espíritu Santo, el cual gime con gemidos inenarrables en el fondo de las almas santas a quienes Dios ha recibido en matrimonio espiritual.

El Tracto dice a Dios como la Esposa de los Cantares: ¿porqué no eres para mí un hermano?, es decir, ¿porqué Señor, si me has herido, si me has puesto en este fuego del amor impaciente, por qué si me has puesto igual a Ti, en amor, porqué no eres para mí un hermano? Todo esto parece disparate, es una locura, porque proviene de ese disparate enorme de la Encarnación del Verbo y de esa locura de la Cruz de Cristo que no todos conocen.  El Tracto dice también a Dios, como el Apóstol: Cupio disolvi et esse tecum[17]. Por eso el Tracto es tan hondo, tan grave; por eso la música del Tracto sólo conoce dos modos: el modo segundo, que tiene una cierta rudeza, que es como expresión de celos, y el modo octavo, cuya belleza tranquila traduce admirablemente un gemido no penoso, ciertamente, sino pacífico.

Y frente al Tracto de los días de penitencia, en contraposición está el Alleluia.

10.EL ALLELUIA

Alleluia es una voz hebrea que quiere decir: Alabad con júbilo a Iaveh. El Alleluia es un grito de júbilo; es un exceso de alegría, que corta en el hombre la palabra distinta y le hace expresar en una voz inarticulada lo que rebosa de su corazón gozoso.

El Gradual dice: Abriré en el Salterio mi proposición. Pero el Alleluia no tiene proposición; en el Alleluia habla el corazón del lenguaje. El Alleluia no es un tema de salmodia; corresponde más bien a la himnodia. Así el Alleluia de Pascua, ese Alleluia que va aumentando, como una llama de fuego, en la misa del Sábado de Gloria; o ese Alleluia de la misa de la Asunción de la Virgen. Eso no es alegría de hombres, eso es la alegría de los Ángeles.

La alegría espiritual está en el Alleluia como está la embriaguez en el vino. El Alleluia dice, como el himno que cantan los monjes: Laeti bibamus sobriam ebrietatem Spiritus[18]. Bebamos alegres la sobria embriaguez del espíritu.

El Alleluia es simple, fuerte, ingenuo, tiene una ingenuidad virginal que difícilmente podamos entender los que hemos sido heridos. En el Alleluia canta la libertad del amor. En el Alleluia está lo inesperado, el asombro del éxtasis; el Alleluia tiene también algo de juvenil. Ibi Benjamin adolescentulus, in mentis excesu…[19]

Y yo no sé, realmente, cómo me atrevo a hablar del Alleluia y del Tracto; porque yo sé lo que es el llanto de los Kyries, pero yo no sé lo que es el gemido del Tracto; y yo sé lo que es el entusiasmo del Gloria, pero yo no sé lo que es la alegría del Alleluia. Aunque no por eso dejo de contemplar, con lágrimas, este misterioso Alleluia de la Iglesia,  este Alleluia Pascual, tan grande, tan puro, tan fuerte que, durante el tiempo de Pascua, invade toda esta lección y hasta devora al Gradual. La alegría de Pascua inunda a la Iglesia, y ante la gloria del Resucitado, la Iglesia, sólo sabe alabar con júbilo a Jehovah.

Y no dejaré de señalar ese otro misterio: el de los dos grandes sábados, el de las dos vigilias: el Sábado de Gloria y el sábado anterior a Pentecostés, esos dos sábados que tienen el Alleluia y Tracto juntos: ¡juntos el júbilo y el gemido! Hay cosas que sólo pueden ser vistas por los santos.  Maldito, dice la Escritura, quien se burla del parto de su madre.

11.LA PROSA

[20]

Pero hay más en esta lección de adelantados, es decir, de contemplativos, porque contemplar no es gustar solamente sino gustar y ver. Gradual, Alleluia, Tracto, todo eso es amor, es gusto obscuro de Dios que canta y gime y exulta. Pero contemplar es gustar y ver, y la expresión de lo que el corazón ve, es algo inspirado, que, algunas veces, pocas veces, corona esta lección. Lo que el corazón ve está dado por la Prosa. Más allá del canto, más allá del gemido, más allá del júbilo, la Prosa es el vuelo del espíritu; la Prosa es la contemplación circular del misterio, es como la danza del Rey David alrededor del Arca.

Nosotros no podemos hablar decentemente de esos misterios. Pero podemos observar que la Prosa o Secuencia tiene palabras que si no fueran dichos de amor serían actos de presunción. Así, la Prosa de la Misa de los Dolores de la Virgen no pide que la Virgen nos reciba como lo que somos, como lo que ella es como madre, como refugio de pecadores; esa prosa pide que no sea celosa, que no guarde para sí los Dolores, que nos dé parte de esos Dolores. Eso puede pedirlo la Iglesia, yo no puedo decir eso, yo, individualmente. Y en el Veni Sancte Spiritus[21], cuando dice la Prosa: Ven padre de los pobres ¿invocamos a este Señor que toca a los montes y humean, como quien tiene riqueza y nos puede sacar de pobres? De ninguna manera: ahí la Iglesia lo llama para que venga como padre que engendra, como padre que engendra pobres, a despojarnos, a desnudarnos, a hacernos pobres. Pues nadie es pobre si Dios no lo hace pobre, el Espíritu Santo, así como formó a Cristo en las entrañas de la Virgen, así forma al Pobre en las entrañas de la Iglesia. La Iglesia concibe por obra y gracia del Espíritu Santo.

12.Resumamos en pocas palabras lo que hemos dicho de esta Segunda Lección. Lección inspirada, lección para adelantados, es decir, para los que ya conocen el amor de Dios, está confiada al Salmo, es decir, al canto, porque el canto es el lenguaje del amor.  Este amor, pues, este amor de Dios que se expresa en canto, canta el Gradual, y como el amor tiene dos extremos: uno de júbilo y otro de dolor, el Gradual se perfecciona a veces con el Alleluia que es un grito de júbilo, y a veces en el Tracto que es el gemido espiritual. Pero como amar a Dios es contemplar, y como contemplar a Dios no es sólo gustar sino también gustar y ver, a veces, raras veces,  lo que el amor ve, corona aquel gusto obscuro de Dios que canta en el Gradual y en el Alleluia, y esa división inspirada de un misterio, nos da la Secuencia o Prosa. Tal es la segunda lección.

Y si se me dijera que yo vengo hablando de canto y de grito y de gemido y que vosotros jamás habéis oído un grito en la Iglesia y menos un gemido, os recuerdo que estamos hablando con lenguaje espiritual de cosas espirituales, y que las cosas que llamo canto y grito y gemido, son efectivamente, canto y grito y gemido, pero lo son en su esencia, no en su expresión física; lo son en cuanto la música imita los movimientos del alma y en cuanto el canto de la Iglesia imita el ritmo de los Ángeles.

Aquí correspondería decir algo del canto gregoriano, pero vosotros sabéis más que yo del canto gregoriano. De cualquier modo, haya sido o no el canto gregoriano enseñado por los Ángeles; ―y yo personalmente, y no por capricho sino puesto en la tradición, creo que ha sido enseñado por los Ángeles― lo cierto es que el canto gregoriano transpone en su más íntima pureza todos los movimientos del alma, y canto o grito o gemido, nos da su esencia rítmica, despojada de todo aliento físico y traspuesta a imitación del cielo.

Ahora bien, la verificación, la contra-prueba, no sólo de que este canto del Gradual es una lección sino, principalmente, de que es lección para adelantados, la tenemos todos los días en estas admirables misas de nuestra capilla del Santo Cristo; pues todos podemos observar el fastidio, el cansancio y hasta a veces, la falta de educación con que personas muy bien educadas socialmente soportan este canto tan largo, tan obscuro, que no se entiende, que no dice nada, que no es serio, que sólo sabe hacer aaa hasta cansarnos. Y en fin, con la esperanza de que eso termine de una vez, muchos hacen ruido con un rosario o con cualquier cosa y se ponen de pie antes de tiempo ¡impacientes por escuchar el Evangelio!, «porque el Evangelio es claro», dicen. ¡Creen que el Evangelio es claro! Pero no nos molestemos sin embargo; tenemos en eso una cosa en común entre los católicos, es decir, que tenemos a principiantes que juzgan de lo que no entienden y, peor que a principiantes, tenemos a dormidos que argumentan y razonan rigurosamente contra un soplo, contra un airecillo, contra aquel silbo que el profeta Elías, atónito de temor y de amor, sintió pasar delante de su rostro. Pero Elías no hizo ruido ―antes se cubrió el rostro con el manto.

13.EL EVANGELIO

Lleguemos al Evangelio.

He dicho antes que no hay tres lecciones sino una sola, y que esa sola lección es ésta: la evangélica ¿De dónde he sacado yo esto? Lo saco de lo que tenemos delante.

            Para recitar la Epístola, el Sub-diácono, que estaba de pie, sentados nosotros, recitó la Epístola. Terminada esa lección, el Coro, sentados nosotros y sin ninguna preparación previa, empezó su lección que acabamos de ver. Terminada la lección del Coro, el Diácono no entona directamente el Evangelio; antes nos ponemos todos de pie, y todos los ministros se mueven y toman una actitud determinada. ¿Qué significa esto? ¿Qué hace ese grupo que tenemos a la vista? Ese grupo que tenemos a la vista antes de leerse el Evangelio representa la Transfiguración del Señor. Los ministros nos dan una enseñanza, plástica diría, que muestra la unidad de las tres lecciones en la Misa. Estamos en el Tabor, estamos en una de las cumbres de la Misa.

            Veamos con claridad lo que ven los ojos: el Sub-diácono está de pie y sostiene el libro de los Evangelios con sus manos; lo sostiene en alto; el libro le tapa la cara, el Sub-diácono sostiene el Evangelio pero no puede leerlo.  El Sub-diácono, pues, representa al pueblo judío que entrega al mundo el Evangelio y para quien el Evangelio es un velo que le impide ver. Pero adviértase que junto al Sub-diácono, a su derecha y a su izquierda, se han colocado dos niños: son los acólitos que llevan luces; cada uno de ellos tiene un cirio encendido.

¿Qué significa esto? Ese es el testimonio de la Transfiguración: esos dos niños son Moisés y Elías que dan testimonio al Evangelio. Y como sabéis, Moisés y Elías son dos gigantes, pero, y por eso mismo, al lado del Hijo de Dios, sólo son dos niños que traen esas dos luces: la Ley y los Profetas. Es decir, que el Evangelio no puede ser leído sino a la luz de la Ley y los Profetas; pues el Evangelio no es una anécdota suelta, ni un principio, ni un rudimento, sino la perfección, la consumación de todo: la criatura nueva que consuma la Ley y los Profetas. Luego el Diácono ofrece el incienso al Libro de los Evangelios. Ahí tenéis pues, la nube de la Transfiguración; esa es la nube del buen olor de Cristo, la nube luminosa de la Divinidad, la nube de donde parte la voz del Padre que dice: Este es mi hijo, el amado, escuchadle[22].

            Si, escuchemos al Hijo, escuchemos esa lección divina después de haber oído las otras dos, que sólo nos prepararon para ésta. El Evangelio no es una anécdota dislocada; el Evangelio es un cumplimiento: cumple la Ley y cumple los Profetas. Y sólo a la luz de esas dos lecciones: la lección de los enviados, que contiene espíritu de la Ley, la Lección del Coro, que nos da espíritu de los Profetas, puede entrarse realmente al Evangelio.

            Ahí tenéis pues el Evangelio de la Misa; la gran lección, la única lección, la Lección que tiene que ser leída a la luz de las otras dos lecciones que le están subordinadas; y esto, no porque el Evangelio necesite luz sino porque nuestros ojos necesitan menos luz.

            La Epístola es ascética: es la cruz de la necesidad hecha virtud, la cruz del Buen Ladrón —la cruz de todos― que nos sostiene en alto y nos pone de cara al Evangelio, es decir, a la otra Cruz.

            El Gradual, el Alleluia, el Tracto corresponden a la vida mística, están en la vía iluminativa , sirven para dirigir el ojo simple de la contemplación a fin de que la criatura pueda leer en el Libro abierto que tiene delante, la lección de los perfectos.

            La Epístola es lección de principiantes. El Gradual es lección de los adelantados. El Evangelio es lección de los perfectos.

Del Evangelio sólo pueden hablar: el Sacerdote —que ha recibido potestad de leer el Evangelio a los vivos y a los muertos―, y el Santo a quien la unción interior del Espíritu le sugiere toda la verdad y le da ciencia de voz. Yo no hablaré del Evangelio pues. Yo sólo hablaré de dos entradas que hace el hombre al Evangelio.

14.

Y la primera entrada es así: cuando la soberbia del hombre, quiero decir, cuando la alta crítica inventada por los herejes del siglo de las luces, se digna a entrar en el Evangelio de Jesu-Cristo, Hijo de Dios, hace su entrada con hinchazón ―porque la ciencia hincha―, y no como quiera, sino armada de todas las armas. Harnack, Loisy, Sabatier, cuando entran al Evangelio, entran para juzgar al Hijo de Dios. Entran armados de arqueología, y epigrafía, y paleografía, y saben (lo que no supo Jesús, como dice Renán) saben griego y latín y hebreo y caldeo, y arameo, saben muchas otras cosas; aunque no saben distinguir la derecha de la izquierda del Hijo del Hombre.

Estos escribas, pues, hacen su lectura, y no para tomar lección sino para darla. Pero Dios ciega a los que quiere perder; el Evangelio se escurre de sus manos, y creyendo que leen el Evangelio, lo único que leen son las palabras del Evangelio. Esa es, pues, una entrada al Evangelio, la entrada de los escribas y los doctores, la entrada de los exégetas de la letra que mata.

La otra entrada es la entrada de los hijos, es la entrada de los hijos de la Iglesia, a quienes la Iglesia, como madre que los dio a luz en el bautismo, y los fortificó en la confirmación, y los purifica en la penitencia, y los alimenta en la Eucaristía, les abre esa puerta del Evangelio para que no los pierdan las palabras[23]; antes, superando las palabras del Evangelio, tengan la inteligencia del Evangelio.

Esta entrada de los hijos es la entrada que nos es abierta en la Misa. Es ésta de la que venimos hablando.

 

Porque el Evangelio es la palabra de Dios, y para entender palabra de Dios es necesario de algún modo ser igual a Dios. Ahora bien, el hombre no puede ser igual a Dios si no es por gracia y para recibir esta primera gracia y despertarnos y movernos hacia Dios, la Iglesia nos da la Epístola. Pero aún por gracia el hombre no puede tener inteligencia de Dios si la gracia no lo ha llevado a perfección e igualdad del amor, y para eso está la lección inspirada: el Gradual, el Alleluia, el Tracto. El hombre, pues, que entra al Evangelio no como ladrón para destrozar por esa puerta falsa de la crítica, sino como hijo, por la puerta que le abre quien tiene las llaves para abrirla; el hombre que entra al Evangelio con conocimiento y desprecio de sí, según la Epístola, y con olvido de sí y de todo, por perfección de amor, según el Gradual, ese sí,  entra realmente al Evangelio ―y oyendo las palabras del Evangelio con los oídos, halla en su corazón la palabra del Evangelio y es transformado en su vida por la virtud del Evangelio. Porque en el Evangelio hay palabras, hay muchas palabras si queréis, y unas son griegas y otras latinas; pero el Evangelio no está en las palabras, porque el Evangelio es palabra, es la sola palabra del Padre, y es virtud, es decir, es la virtud, la fuerza del Espíritu Santo.

Los hijos, pues, no entran al Evangelio armados sino protegidos; no entran para destrozarlo como el ladrón que entra armado por una puerta falsa, antes, entran por la puerta que les es abierta de par en par por quien tiene las llaves, ―y las dos hojas de esta puerta abierta de par en par son la Epístola y el Gradual.  La Epístola es una palabra que se enuncia, es una lección dada en extensión. El Gradual es una palabra que brota, es lección dada en profundidad. Una y otra, las dos lecciones, son extensión y profundidad del Evangelio; porque la extensión del Evangelio es la predicación de la palabra, y eso comienza en la Epístola, y la profundidad del Evangelio es el peso del amor, y eso rebosa en el Gradual.

15.El Salmo dice: la misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron. Ahora bien, mirad ese encuentro del hombre caído con el Evangelio; en el Evangelio está la verdad, en el hombre, la miseria; la miseria y la verdad se encuentran y la soberbia y la blasfemia se besan.  Pero ved en cambio a los hijos de la Iglesia  que llegan al Evangelio viniendo de las dos lecciones , viniendo de la Epístola y del Gradual, es decir traídos por la misericordia, que es maternal, pues es la Iglesia misma, que es como la Virgen, Reina y Madre de misericordia. Ahí sí podemos decir de los hijos que entran al Evangelio: la misericordia y la verdad se encontraron; porque en esta forma, el hombre no se disipa en las palabras, antes, oye la palabra del Evangelio. Y podemos decir también que la justicia y la paz se besan porque el hombre que viene de la lección inspirada no sólo oye la palabra del Evangelio, sino que también recibe la Virtud del Evangelio. Virtud operativa, transformante, misterio, superior al Fiat de la creación, comparable al Fiat de la Encarnación.

San Benito, San Francisco de Asís, Santa Teresa, todos los santos en una palabra, han entrado así al Evangelio y por entrar así, han sido santos. A su lado, nosotros somos unas pobres criaturas deformes que apenas oímos la palabra del Evangelio y apenas recibimos algo de su Virtud; pero eso no quita que el Evangelio, el Evangelio de la Misa, contenga la palabra y la virtud de Dios para salvar al mundo y hacer cesar el gemido universal  de todas las criaturas que gimen sometidas por fuerza al pecado en espera de la manifestación de los hijos.

Imaginaos que después de la Consagración la Hostia consagrada hablara al pueblo. ¿Tendríamos un milagro? Ciertamente. Y una novedad. Y sin embargo el milagro y la novedad sólo estarían en la forma en que esa voz se manifestara, pero no en las palabras que dijera, porque si el Santísimo hablara no diría otras palabras que las que ha dicho el Evangelio ese día.  Digamos esto y concluyamos diciendo: Preparado por todas las lecciones, el Evangelio, cada día, es la voz de la presencia real.

16.EL CREDO

Lección de enviados, lección inspirada, lección evangélica: después de las tres lecciones el pueblo entona el Credo. El Credo es una respuesta.

Las cosas que sabemos no valen por su aprehensión sino por la inteligencia que tenemos de ellas; lo importante no es saber una cosa, lo importante es saber cómo la sabemos, lo importante es saber cómo está la cosa sabida en la inteligencia de quien la sabe.

La Epístola de nada sirve sin el Evangelio; el Gradual de nada sirve sin la Cruz de Cristo, y ni el conocimiento de sí ni el amor de Dios valen nada si no están ordenados y arraigados en la tierra firmísima de la fe.

Ved, pues, lo que significa el Credo después de las lecciones: el Credo es una respuesta, es el Amén de la inteligencia, es profesión de fe,  garantía de fidelidad,  respuesta del pueblo fiel que recibe no en el capricho del sentido individual, sino en la integridad orgánica de la fe, la luz de las tres lecciones divinas. De los judíos está escrito que la Luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron: los judíos pecaron porque rechazaron la fe. El Credo, el Credo que cantan los cristianos, este Credo de los padres, este Credo de la Misa, es la garantía de que la luz brilla en las tinieblas y que las tinieblas la han recibido.  Las tinieblas de la fe reciben esa luz de las tres lecciones divinas, las tinieblas fecundas de la tierra fértil reciben esa semilla que ha salido a sembrar el sembrador, y la reciben para dar los doce frutos del Espíritu Santo.

El término de las lecciones no es la especulación individual, ni el capricho, ni la fantasía del hombre librado a su sentido. El término de las lecciones es el Credo, es decir, una profesión de fe que permite acceder a los misterios. Y por eso el Credo está en la mitad de la Misa, entre las Lecciones y el comienzo del Sacrificio. Por un lado recibe las Lecciones, por otro avisa los misterios. Porque la Misa propiamente dicha, los misterios de la Misa, están después del Credo, y no se puede participar de los misterios de la Misa si no es pasando por la integridad de la fe.

Con relación a las lecciones, el Credo es el Amén de la inteligencia; con relación al Canon, el Credo (que manifiesta el mismo orden del Canon y de la Creación del mundo), es como un ángel, como un velo. Digamos que el Credo con relación al Canon es como la espada versátil que rodea el paraíso, rodea el árbol de la vida, protege los misterios. La Iglesia no puede entregar las cosas santas a los perros, y nadie puede comer pan de la mesa del padre, sino el hijo.  Ahora bien, hijos son los que profesan la fe de los Padres, los que cantan el Credo: este símbolo sublime cuya integridad, cuya fuerza, cuyo esplendor de vida, todavía no ha podido entrar en la cabeza del mundo decrépito y cruel que padecemos.


[1] Versión de una conferencia pronunciada el 5º Domingo, después de Pentecostés, por iniciativa de la Acción Católica, en el salón parroquial de la iglesia de los Padres Benedictinos, en Buenos Aires. Publicada luego como «Lectura sobre la misa», en la revista ARX (Instituto Santo Tomás de Aquino, Córdoba, RA), 1933, pp. 47-82.

[2] 1ª Pedro 3, 8-9

[3] Romanos 11, 14

[4] Joel 2, 12-17

[5] Tito 2, 11-14

[6] Efesios 5, 21-33

[7] Génesis 37, 2-36 Comienzo de la historia del Patriarca José y sus hermanos

[8] Marcos 12, 1-12; Mateo 21 33-46; Lucas 20, 9-19

[9] Gálatas 6, 14-17

[10] Gálatas 6, 17

[11] Apocalipsis 14, 13

[12]Eclesiástico 24, 9-12

[13] Lucas 7, 35

[14] Mateo 5, 8

[15] Salmo 48, 4-5

[16] Salmo 44, 2

[17] Ver Filipenses 1, 23

[18] Verso del Himno Splendor Paternae Gloriae (Esplendor de la gloria del Padre) escrito por San Ambrosio y que se canta en Laudes de la Feria II.

[19] Salmo 67, 28: Allí Benjamín adolescente alocadamente… El salmo evoca una procesión festiva de las tribus en ocasión de la Pascua de Ezequías, 2 Crónicas 30, en la que tomaron parte las tribus del Norte. Benjamín, el más pequeño va delante en un entusiasmo juvenil

[20] La Secuencia

[21] Ven Espíritu Santo, Himno y Secuencia de Pentecostés

[22] Marcos 9, 7

[23] Como les sucede a la escuela de los maestros citados por Dimas Antuña anteriormente (nota del editor). Dimas Antuña expresa con otras palabras la convicción de que la letra de las Sagradas Escrituras, sin el Espíritu Santo, mata como dice San Pablo: “la letra [sola] mata, el Espíritu vivifica” (2ª Corintios 3, 6). El demonio puede citar las Escrituras para tentar a Cristo.

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