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Dimas por otros

Dimas por otros

 Recuerdos familiares de Isabel Marta Antuña (Primera parte)

Memoria testimonial de Isabel Marta Antuña, 2015

            En los primeros meses de este 2015 me sorprendió una llamada con una propuesta bien diferente: era Inés Cibils Antuña para invitarme a participar de un encuentro amistoso familiar con el sacerdote Horacio Bojorge S.J.  a los efectos de intercambiar experiencias y conocimientos sobre la vida de José Luis Antuña Gadea -Dimas- como él quiso ser llamado.

            La sorpresa, el impacto, el amontonamiento de imágenes, recuerdos, sensaciones fue tan fuerte e intenso que por momentos el pasado, sus vivencias y las percepciones se me imponían y amontonaban casi en cataratas, como cuando bajamos documentos de la memoria electrónica.

            El Padre Horacio Bojorge deseaba tener un testimonio vivo de alguien que hubiera conocido a Dimas en forma directa.

            Así surge lo que paso a relatar.

            Conocí a Dimas siendo muy pequeña, allá por el 1943 recién llegada a Montevideo (desde Santa Fe) con mis padres, quienes se instalaban en Montevideo.

            Mi abuelo paterno Enrique  Marcos Antuña  Gadea, periodista e historiador, era hermano del padre de Dimas, José Luis Antuña Gadea, escribano, quien se instaló en Dolores, Dep. de Soriano. Mi abuelo vivió en Montevideo hasta 1904, cuando por razones políticas debió trasladarse a Buenos Aires con su esposa e hijos. Su esposa Dolores Gadea Casco, oriunda de Soriano y descendiente del Gadea de la gesta de “Los  33 Orientales”, era hermana de la madre de Dimas. Ambas familias pertenecían a lo que se conoció como el patriciado de la etapa fundacional de la futura sociedad uruguaya, allá por el 1700.

            Esta pertenencia familiar tan fuerte, hizo que mi padre y Dimas mantuvieran una relación estrecha, intensa y por momentos con cierta cotidianidad.  Es así que yo conocí a Dimas y a Queca - su querida y admirada esposa - desde muy pequeña.

La presencia de Dimas en mi casa, - a través de su esposa y de breves contactos personales en su casa, eran vividos por mí como algo importante y que, desde muy niña, me generaban algo de lo misterioso. Hoy podría decir que la presencia de Dios se hacía sentir a través de ese hombre de fe.

            Conocer a Dimas, escucharlo, oír sus parlamentos, era necesariamente impregnarse de un sentir religioso marcado por lo grandioso de la solemnidad de la liturgia -siempre en latín-,  con todo el esplendor de aquellos años cuarenta, cincuenta, y algo más.

La llamada misa de Gallo a las 0h. en  punto del 24 de diciembre con el esplendor de:

Gloria Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad,

anunciando y confirmando el nacimiento de Cristo, la culminación del adviento y la inauguración de la vida con Cristo entre nosotros. 

            Luego la inauguración de la cuaresma el miércoles de ceniza con la imposición de la misma que signaba el comienzo de un tiempo de penitencia y reflexión que se continúa el domingo de Ramos y los oficios de Tinieblas que anunciaban y preparaban las liturgias centrales de la Semana Santa: las misas solemnes del Jueves Santo, la liturgia del Viernes Santo y la Misa de Gloria del Sábado Santo, precedida por el oficio de la bendición del fuego, del agua, de los santos óleos,  y las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, que preparaban el momento del canto del Gloria y la luz de la Resurrección.

            Dimas aportaba sus conocimientos litúrgicos y sus convicciones de fe a esta liturgia amada por él, hombre convencido del mensaje de amor que había traído Cristo a la tierra.

            Asimismo recuerdo a Dimas y a su esposa Queca, muy presentes en mi familia cuando mamá se agravó y  se aproximaba el momento de recibir los santos sacramentos que la prepararían para un buen morir. En toda esa circunstancia Dimas estuvo muy presente, nos acompañó y presentó al Padre Livio, sacerdote capuchino que fue el ministro de Cristo en esa tan dolorosa circunstancia.

            Dimas orientó y agregó palabra de sabiduría cristiana para la preparación de mi Primera Comunión - y por tanto de mi primera confesión -.  Si bien la preparación fue en el Colegio Clara Jackson de Heber al cual yo concurría, las lecturas y charlas en mi casa le sumaron  profundidad y una impronta  personal y vivencial.

            Ponerme en contacto con mis recuerdos sobre Dimas y su legados me han hecho sentir  lo valioso e enriquecedor de haberlo conocido personalmente y desde lo familiar percibir  el cariño y respecto que le tenía mi tía paterna NN prima de Dimas, ya que lo consideraba un referente imprescindible como cristiano centrado en el acto esencial de la liturgia: la Santa Misa.

Recordar a Dimas es instalarnos en la liturgia como un ritual cargado de sentido, que debía ser respetado en sus formas y presentación, sin desviaciones que le restaran impacto a la puesta en escena de un acto que debía ser solemne, sobrio e impactante y acorde a la celebración  litúrgica  en juego.

            Dimas ordenaba su día y jornada laboral desde un eje inamovible: la hora de concurrencia a la Santa Misa.

            Hubo un acontecimiento histórico que sacudió fuertemente a la Iglesia Católica de los años sesenta. Me refiero al Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII en 1959  y reunido por primera vez 1962, y que concluyó en 1965 bajo el pontificado de Pablo Vl. Este Concilio fue en sí mismo un fuerte impacto ya que propuso cambios significativos en las políticas de la Iglesia, entre otros, el lugar de participación de los laicos tanto en la pastoral como en la litúrgica. En  la celebración de la Santa Misa fue donde se hicieron particularmente visibles  estos cambios,  a destacar:

>>>  el giro en la visibilidad del sacerdote oficiante: tradicionalmente de espaldas a los fieles, ahora de frente a ellos. Esto exigió reubicar el altar y generar dos espacios: el de la celebración y el de la reserva del Santísimo Sacramento.

>>> el paso del latín, lengua oficial y única del culto cristiano romano, a las lenguas vernáculas propias de cada comunidad católica.

>>> Los cánticos litúrgicos pasaron lentamente del órgano a la guitarra, lo que fue modificando también el uso y destino del espacio sagrado.

>>> El lugar de los laicos en la celebración, desde ese momento lectores habilitados en la transición de la palabra en epístolas y otras lecturas, involucrándose activamente en el  acto litúrgico. La lectura del evangelio y la homilía siguieron a cargo del sacerdote oficiante.

>>>  Otro aspecto a señalar es el lugar que fueron tomando las mujeres en las celebraciones litúrgicas, tradicionalmente sólo protagonizadas por figuras masculinas de distinta jerarquía, y donde niños y adolescentes se desempeñaban como monaguillos, lo que muchas veces significaba un privilegio para ellos.

            Supe por el relato familiar que Dimas  había atravesado una crisis de fe muy importante en los años de su juventud durante su estadía en Buenos Aires.  También recuerdo del relato familiar que la liturgia y en particular el oficio de la Santa Misa fue desde donde se reavivó su más primitiva adhesión a la fe en Cristo. Pudo superar sus dudas  y conflictos  y adoptar el nombre de Dimas, el buen ladrón arrepentido, quien se sentía no merecedor del perdón que recibió de Cristo crucificado y agonizante registrado en aquella frase: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

            La misa se constituyó para Dimas en su espacio-tiempo-dinámica preferencial, tanto desde lo vivencial profundo como desde la necesidad de profundizar y analizar cada momento del ceremonial del acto litúrgico:

>>> lugar de la lectura y la palabra,

>>> espacio de convocatoria de la entrega y sacrificio generoso de Cristo a los hombres,

>>> participación activa e involucrada del sacerdote y el laico en el acto central de la  liturgia cristiana  de la Iglesia Católica.

            Recuerdo con nitidez y fuerza cómo los cambios en la liturgia de la misa  fueron un tránsito doloroso muy importante para él, hombre de fe, profundamente cristiano y que había recuperado su fe profundizando y vivenciando cada día su participación en la Santa Misa. 

            El Concilio Vaticano II terminó en 1965. La situación política internacional y muy en particular en el Río de la Plata, lugar que él conocía ya que había vivido en las dos orillas del mismo, era de los comienzos de la guerrilla y cambios muy importantes y significativos en las concepciones políticas. La Iglesia en nuestro medio había consagrado a Mons. Partelli como obispo. A su vez un fuerte desarrollo de la teología de la liberación se repartía entre los que adherían a las nuevas propuestas pastorales  en diálogo con las políticas e ideologías del momento y aquellos que las repudiaban.

            El nuevo discurso eclesial a partir del Concilio Vaticano II impactó mucho en Dimas, quien lo sentía como una desviación en el plano de la recta lectura de la doctrina que él  vivenciaba con intensidad en el plano de la liturgia. Las nuevas prácticas introducidas le parecían responder a lo que él llamaba  el instinto de profanación que dominaba a buena parte de los responsables eclesiásticos.

            Para Dimas fue un momento de mucho dolor, tensión, sufrimiento entre su adhesión a la fe y los lineamentos jerárquicos de la Iglesia, y los nuevos discursos que se adherían a ideas consideradas por él en el límite de lo satánico y condenable.

            Quisiera ahora recordar a Dimas en su vida familiar, cuando con su esposa Queca se vienen a vivir a Montevideo allá por 1943. Ya instalados en Montevideo se va creando  una fuerte relación con sus primos hermanos Antuña - Gadea.

            A los pocos años se muda a vivir  con ellos Nora, la hermana menor –muy menor- de Queca. Nora trasmitía cariño, alegría y mucha vitalidad. Dimas siempre reservado, más bien callado, con apariciones breves y pocas y ajustadas palabras, trasmitiendo implicancia y  afecto a esta niña con su presencia y mirada.

            Dimas fallece en agosto de 1968, año de múltiples convulsiones y desasosiegos en nuestro continente, y en particular en la región que incluía a Uruguay, Argentina y Brasil,  sus países de origen, residencia y tránsito.

            Dimas y su sentir religioso. Dimas en el ámbito familiar. Y ahora, Dimas en el ámbito intelectual, recordado desde las palabras y vivencias  de un intelectual importante  de nuestro medio de la década de los ´60,  quien apoya y confirma desde lo público-social cómo Dimas nos dejó un firme testimonio de pensamiento y vida cristiana.

            Escribe Carlos Real de Azúa (1916-1977) en “La Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo” (Montevideo, UDELAR, 2012, segunda edición. Pág, 23):  

“…o el de Dimas Antuña (1894), por fin, que ha llevado una vida virtualmente errabunda entre el Brasil, el Uruguay en que nació y la Argentina en la que aparecieron sus dos singulares libros:”Israel contra el Ángel” (1921) y”El testimonio” (1947) y en donde logró sobre ciertos núcleos de intensa religiosidad un magisterio (un magisterio en hondura) que algunos recelaron. Respecto a Falcao bien podría representar la «otra cara» de la fe: centrada en la intimidad y sus posibilidades de apertura, vertida hacia la libertad, hecha de disponibilidad, humildad y poética emoción ante el misterio y la maravilla de la vida.”

            Antes de finalizar esta breve reseña, cuya única fuente han sido mis recuerdos y vivencias, deseo manifestar mi agradecimiento al Padre Horacio Bojorge por la oportunidad del encuentro con él y el lugar de privilegio que le otorgó a la circunstancia de ser yo quien  había conocido a Dimas, y haberme reforzado así la importancia de la fe a través de vivencias y recuerdos de momentos intensos, que me permiten hoy volver sentir el impacto de la liturgia…

Montevideo, noviembre del 2015.

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