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Recuerdame
Isabel Antuña

Isabel Antuña

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12 Agosto 2016
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Isabel M. Antuña, 2015

José Luis Antuña Gadea

Dimas

(1894 ------1968)

En los primeros meses de este 2015, me sorprendió una llamada con una invitación bien diferente: era Inés Cibils Antuña para invitarme a participar de un encuentro amistoso familiar con el sacerdote Horacio Bojorge S.J. a los efectos de intercambiar experiencias y conocimientos sobre la vida de José Luis Antuña Gadea -Dimas- (1894 – 1968) como quiso que se lo llamara.

La sorpresa, el impacto, el amontonamiento de imágenes, recuerdos, sensaciones fue tan fuerte e intenso que por momentos el pasado, sus vivencias y las percepciones se me imponían y amontonaban casi en cataratas, como cuando bajamos documentos de la memoria electrónica.

El Padre Horacio Bojorge deseaba tener de primera mano algún testimonio de alguien que hubiera conocido a Dimas en forma directa.

Así es que surge lo que paso a relatar.

Conocí a Dimas siendo muy pequeña, allá por el ¨43 recién llegada a Montevideo (desde Santa Fe) con mis padres, que se instalaban en Montevideo.

Mi abuelo paterno Enrique Marcos Antuña Gadea, periodista e historiador era hermano del padre de Dimas, José Luis Antuña Gadea, escribano, que se instaló en Dolores, Dep. de Soriano. Mi abuelo vivió en Montevideo hasta 1904, año en el que por razones políticas debió trasladarse a Buenos Aires con su esposa e hijos. Su esposa Dolores Gadea Casco oriunda de Soriano y descendiente del Gadea de la gesta de “Los 33 Orientales” era hermana de la madre de Dimas. Ambas familias pertenecían a lo que se conoció como el patriciado de la etapa fundacional (en las primeras décadas del 1700) de la futura sociedad uruguaya.

Esta pertenencia familiar tan fuerte, hizo que mi padre y Dimas mantuvieran una relación estrecha, intensa y por momentos con cierta cotidianidad. Por tanto yo conocí a Dimas y Queca - su querida y admirada esposa - desde muy pequeña.

Conocer a Dimas, escucharlo, oír sus parlamentos era necesariamente impregnarse de un sentir religioso marcado por lo grandioso de la solemnidad de la liturgia, -siempre en latín- con todo el esplendor de aquellos años cuarenta, cincuenta, y algo más. La llamada misa de Gallo a las 0h. en punto el 24 de diciembre con el esplendor de

Gloria Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, anunciando y confirmando el nacimiento de Cristo, la culminación del adviento y la inauguración de la vida con Cristo entre nosotros.

Luego la inauguración de la cuaresma que culminaba con el ritual del domingo de Ramos y los oficios de Tinieblas que anunciaban y preparaban las liturgias centrales de la Semana Santa: las misas solemnes del Jueves Santo, la liturgia del Viernes Santo y la Misa de Gloria del Sábado Santo precedida por el oficio de la bendición del fuego, del agua, de los santos óleos, las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, que preparaban el momento del canto del Gloria y la luz de la Resurrección.

Dimas aportaba sus conocimientos litúrgicos y sus convicciones de fe a esta liturgia amada por él, hombre convencido del mensaje de amor que había traído Cristo a la tierra.

Y es así que también recuerdo a Dimas y a su esposa Queca, muy presentes en mi familia cuando mamá se agravó y se aproximaba el momento de recibir los santos sacramentos que la prepararían para un buen morir. En toda esa instancia Dimas estuvo muy presente, acompañó a la familia y presentó al Padre Livio, sacerdote capuchino que fue el ministro de Cristo en esa tan dolorosa circunstancia.

Dimas orientó y agregó palabra de sabiduría cristiana para la preparación de mi Primera Comunión, -y por tanto de la primera confesión-. Si bien la preparación fue en el Colegio al cual concurría (Clara Jackson de Heber) las lecturas y charlas en mi casa le sumaron profundidad y un apego más personal, sentido y vivencial.

Quisiera recordar ahora la importancia que tenía para Dimas la liturgia como un ritual cargado de sentido y que debía ser respetado en sus formas y presentación, sin desviaciones que le restaran impacto a la puesta en escena de un acto que debía ser solemne, sobrio e impactante y acorde a la celebración litúrgica en juego.

El Concilio Vaticano ll, convocado por Juan XXlll, en 1959 reunido por primera vez 1962 y que concluyó en 1965 bajo el pontificado de Pablo Vll, propuso cambios significativos en las políticas de la Iglesia, entre otros, en relación al lugar de los laicos tanto en la pastoral como en las litúrgicas. En la celebración de la Santa Misa fue donde se hizo particularmente visible.

Algunos cambios a destacar:

>>> el giro en la visibilidad del sacerdote oficiante: tradicionalmente de espalda a los fieles, ahora de frente a ellos.

>>> el paso del latín, lengua oficial y única del culto cristiano romano a las lenguas vernáculas propias de cada comunidad católica.

>>> los cánticos litúrgicos pasaron lentamente del órgano a la guitarra, lo que fue modificando también el uso y destino del espacio sagrado.

>>> el lugar de los laicos en la celebración, desde ese momento lectores habilitados en la transición de la palabra en epístolas y otras lecturas, involucrándose activamente en el acto litúrgico. La lectura del evangelio y la homilía siguieron a cargo del sacerdote oficiante.

>>> Otro aspecto a señalar es el lugar que fueron tomando las mujeres en las celebraciones litúrgicas, tradicionalmente sólo protagonizadas por figuras masculinas de distinta jerarquía y donde niños y adolescentes se desempeñaban como monaguillos lo que muchas veces significaba un privilegio para ellos.

Dimas atravesó una crisis de fe muy importante en los años de su juventud durante su estadía en Buenos Aires. Sin embargo pudo más su más primitiva adhesión a la fe en Cristo. Pudo superar sus dudas y conflictos lo que lo condujo a adoptar el nombre de Dimas, el buen ladrón, arrepentido, que se sentía no merecedor del perdón que recibió de Cristo crucificado y agonizante registrado en aquella frase:

Hoy estarás conmigo en el paraíso.

El Concilio Vaticano ll terminó en 1965. La situación política internacional y muy en particular en el Río de la Plata, lugar que él conocía ya que había vivido en las dos orillas del mismo, era de los comienzos de la guerrilla y cambios muy importante y significativos en las concepciones políticas. La Iglesia en nuestro medio, había consagrado a Mons. Partelli como obispo. A su vez un fuerte desarrollo de la teología de la liberación se repartía entre los que adherían a las nuevas propuestas políticas ideológicas y aquellos que las repudiaban.

A partir del Concilio Vaticano ll, Dimas sentía una desviación en el plano de la recta lectura de la doctrina que él entendía se hacía visible en el plano de la liturgia, donde las nuevas prácticas introducidas parecían responder a lo que él llamaba el instinto de profanación que dominaba a buena parte de los responsables eclesiásticos.

Para Dimas fue un momento de mucho dolor, tensión, sufrimiento entre su adhesión a la fe y los lineamentos jerárquicos de la Iglesia, con los nuevos discursos que proponían y se adherían a ideas consideradas por él en el límite de lo satánico y condenable.

Dimas nos dejó un firme testimonio de pensamiento y vida cristiana.

Montevideo, invierno del 2015.    

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