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JESUCRISTO CON LA CRUZ: SUS TRES CAÍDAS
DIMAS ANTUÑA


Consideraciones sobre estaciones 2, 3 ,7 y 9 del Vía Crucis
Querida hermana :
Aquí va lo que puedo decirte de las Estaciones del Vía Crucis: segunda, tercera, séptima y novena, que me habías pedido. Pero antes quiero decirte lo que entiendo del Vía Crucis. Las catorce Estaciones son efectivamente catorce momentos de la Pasión del Señor, conforme Él fue desde el tribunal de Pilatos hasta el sepulcro. Pero el hecho de que la Iglesia nos proponga en ese número 14, aquellos momentos que podían muy bien ser 20, o 15 o 200, hace que las Estaciones no sean catorce episodios enhilados y escogidos así “au petit bonheur” y por fantasía, sino catorce puntos convergentes para entrar en una realidad única, que es la Pasión y muerte de Cristo, la cual por estas Estaciones nos detiene y nos llama. Catorce es un número de perfección cristiana: es la justicia =10, del evangelio =4 ya sea en esta composición de 10 y 4, ya sea como doble efusión del Espíritu Santo =7, que santifica nuestro ser: en cuerpo y alma. De manera que quien se entregue realmente a esta contemplación puede salir de sí, deshaciendo su vida baja y deforme, y estarse en Cristo en novedad de Espíritu, otro Cristo y tiene que ser hecho por obra del Espíritu Santo y conforme al modelo mostrado en el Monte , es decir, apasionado y crucificado. Los mismos números de las Estaciones parece que dan alguna luz, en novedad de Espíritu, sobre esto.
Así, en la Primera Estación, el Uno corresponde a Dios: y Cristo Nuestro Señor= 2 es condenado pues revestido de nuestro pecado se presenta hecho pecado. La condenación de Pilatos es moralmente injusta y criminal, según él mismo lo declara en su acto, pues dice que no halla mal en el justo y lo entrega .
Es decir, que el Padre entrega al Hijo porque el Hijo delante del Padre ha tomado sobre sí nuestros pecados, y no se trata del Hijo, el Amado, sino de nosotros, del pecado. De ahí el silencio de Jesús: Jesu autem tacebap . Jesús adoraba al Padre, se ofrecía a la justicia del Padre, y callaba. No tenía por qué ni para qué defenderse, porque había tomado el juicio del mundo sobre sí. Lo único que le interesaba era dejar bien claro que el juicio de Pilato no era de Pilato sino que le “era dado de lo alto” y que ningún poder tendría el mequetrefe ése, si no lo tuviera del Padre: y al poder del Padre se entregaba Jesús para reparar la obra del Padre y darle gloria redimiéndonos. Así, pues, la primera Estación es esto: Spíritus oris nostrae, Christus Dominus, captus est in peccatis nostris. El espíritu de nuestra boca, nuestra vida, nuestro aliento, ha sido preso en nuestros pecados. Los pecados son siempre y únicamente lo que ata. Caen sobre el pecador lazos; nos enredamos, nos atamos y enlazamos en las obras de nuestras manos. Si Cristo está preso y atado lo están nuestros pecados (que Él ha tomado libremente sobre sí y ha hecho suyos), y calla: calla ante la justicia del Padre. Su silencio delante del Padre y sus manos atadas por nuestros pecados son el misterio de la primera estación.
En la Segunda Estación ya no tenemos a Cristo delante del Padre, sino en sí mismo. Cristo es dos. El dos se llama número impuro y es el número del pecado porque es primer número, que se aparta de la Unidad. Precisamente para volvernos a la unidad, Cristo toma la naturaleza humana se hace dos, es decir, se hace pecado. Dos naturalezas en la Encarnación unidas por la persona del Verbo, y dos realidades en la Redención, unidas también y tomando todo su valor de la persona del Verbo: la víctima y la cruz.
Este es el misterio o gran sacramento de que habla San Pablo: la unión del hombre y la mujer, que es grande pero no en el hombre y en la mujer, sino en Cristo, y porque sirve para poner en luz esta unión fecunda.
Cristo se une a la humanidad caída por la cruz. Cristo se une a la Iglesia (que es la humanidad reunida) por la cruz. De ahí que cantemos en la misa: Nos autem gloriari oportet in Cruce Domini nostri Jesu Christi: in puo est salus, vita et resurrectio nostra: per quem salvati et liberati sumus, alleluia! A nosotros, pues, nos es necesario gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual está nuestra salud (pues nos sana del pecado) nuestra vida (pues es el árbol de la vida, cuyo fruto es comida gloriosa y nos da vida de la Trinidad) y nuestra resurrección (es decir, el ser en Cristo, el ser hijos con el Hijo, muertos al mundo transitorio y levantados a la vida deiforme); por lo cual somos salvados ( por Jesús) y liberados ( por el Espíritu Santo, que no pudo ser comunicado, hasta que Jesús no nos redimiera en la cruz) Alleluia! Es decir, alabad con fuerza a Iaveh, laudate Dominum. De ahí las palabras clarísimas de Nuestro Señor: Quien no toma su cruz a cuestas y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo, es decir, no puede entender ni aprender nada de mí.
Otra: Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Luego: es indigno de mí, y me es odioso y despreciable
Y otra: Quien quiera o, si alguno quiere, venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame.
Tres cosas: Niéguese a sí mismo (esto en homenaje al Padre), tome su cruz (conformándose al Hijo) y sígame (por moción del Espíritu Santo). Y mira que muchos se niegan, pero por virtudes particulares y para tales o cuales fines; y otros toman su cruz, pero con tal de no negarse; y otros se niegan y toman la cruz, pero no ceden al Espíritu de Dios, y luego lo dejan todo. De ahí lo de San Pablo: Multi enim ámbulant ,et flens dico, inimici crucis Christi. Muchos andan (y lo digo llorando) enemigos de la cruz de Cristo. Buscar a Cristo sin la cruz es de todos; pero es buscarlo como quien busca a Sócrates o al politicastro de la esquina, por ambición intelectual o ventajas sensibles. Buscadlo con la cruz, por la cruz y en la cruz: eso es de cristianos solamente, eso es buscarlo conforme a la fe, a la esperanza y a la caridad. De ahí que la caridad exclame: Ave, o crux, spes única! Salve, cruz, esperanza única! Única porque así como en el orden natural la unión del hombre y la mujer es la única esperanza y posibilidad de que nazca un hijo, así entre el hombre y Dios, la unión del hombre y la cruz, es la única esperanza de que nazca el Hijo de Dios en el alma, y el alma salga de sí y sea transferida a la vida divina.
En la Tercera Estación tenemos la primera caída.
Tres es el número del Espíritu Santo; las otras dos caídas la séptima, es correspondiente a la comunicación del Espíritu Santo, y la novena, corresponde a la gloria de Dios, al cielo, es decir, a la perfección de la obra del Espíritu Santo. Estar de pie corresponde al HIJO, corresponde a la igualdad, por eso estamos de pie en el evangelio, para atestiguar la libertad filial y la igualdad del amor dados por el evangelio y la fe (Credo). Estar de rodillas corresponde al siervo: es lo penitencial, el hombre se humilla para atestiguar su caída y ser de criatura. Sentarse sabes que es contemplar, es decir, recibir de Dios en el reposo: corresponde a la mesa y la cama, es decir, a los lugares en que se rehace la vida del desgaste y ejercicio de los sentidos, etc. El postrarse sobre el rostro, el caer sobre el rostro, el extenderse con todo el cuerpo sobre la tierra, quiere decir anonadarse, aniquilarse, volver a la nada original y pedir al Espíritu Santo que nos haga de nuevo.
En el hombre hay tres cosas: las vida sensible que corresponde a los sentidos; la racional, que corresponde a las potencias del alma, y la espiritual que corresponde a la raíz del alma, es decir, a aquel lugar en que Dios está presente al alma, y al cual el alma no puede entrar (salvo por gracia especial de Dios). La vida sensible lleva a la sensualidad por los apetitos o por el desorden del apetito. La vida racional lleva a la soberbia y dureza por el desorden de las facultades. La vida espiritual traiciona los bienes de Dios cuando el alma que los recibe los desvía del orden de los cielos y se “alza con el santo y la limosna” para caer en el vértigo de Lucifer.
Contemplando a Nuestro Señor en la primera caída, pedimos ser destruidos y rehechos: destruidos de nuestra lujuria y rehechos conforme a la semejanza para esto caemos en la tercera estación, es decir, en invocación del Espíritu Creador: Veni, Creator Spiritus. No se levantaría el hombre, dice San Juan de la Cruz, si no lo levantaras tú Señor, con la mano que lo creaste. La mano, la derecha de Dios, es Cristo y su Dedo es el Espíritu Santo. Para limpiar la imagen y rehacer las semejanzas, Cristo cae con nuestros pecados, es decir, cae sobre su rostro, y se levanta levantándonos. Todo esto en la tercera estación, es decir, en el Espíritu bueno de Dios que “renueva la faz de la tierra” y tiene ciencia hasta de una voz hasta del más mínimo gemido. Los más grandes santos del Antiguo Testamento han caído sobre su rostro para adorar, es decir, para volver a su nada en la Presencia de Dios y ser rehechos conforme a su rostro. Dice el inmenso Jeremías: Ponet in pulvere os suum , si forte sit spes! Pondrá en el polvo su boca, por si aún hay esperanza! Pondrá en el polvo, es decir, en la materia original de donde Dios hizo al hombre: volverá a su nada, y allí pondrá su boca, es decir, su palabra, su oración, su deseo, su aliento, por ver si (a pesar de tantos horrores como hay en el alma del hombre) aún hay esperanza de que le renueve el rostro el Espíritu. A esto mueve la tercera estación: la caída de Cristo nos da absoluta certeza de esta renovación. No por caer yo sobre mi rostro, sino porque mi rostro, que es Cristo, cayó, yo soy levantado y renovado. Bien para mí que me haya humillado. Humíllame en tu verdad. Enséñame a caer sobre mi rostro, porque tú eres mi Dios. Etc.
Toda la Escritura está llena de palabras breves, que penetran lo cielos, para decir brevemente, según corresponde a la enorme miseria humana y al inmenso amor de Dios, lo que necesitamos decir.
Caer sobre el rostro es declarar nuestra nada, es desear volver a la nada para ser rehechos, conforme a la verdad de la Imagen, que hemos deslucido por el pecado y a la santidad de la Semejanza que hemos perdido.
Caer sobre el rostro es caer delante del Padre Creador para pedirle que envíe a nosotros al Hijo que nos redima y nos dé su Espíritu de vida vivificador.
¿Por qué pecamos? Porque hemos entregado el cuerpo al pecado, para hacer, los deseos de nuestra carne.
Es necesario anonadar, aniquilar, el hombre animal, carnal, sensual, podrido: el hombre animal que no percibe las cosas de Dios.
Ponet in pulvere os suum si forte sit spes: pondrá su boca (su deseo, su palabra) en el polvo (no sólo sobre la tierra, sino sobre el polvo, sobre el elemento llevado a su mayor miseria y dispersión) por si aún hay esperanza (en el deseo angustiado, último, de que aún sea posible nacer de nuevo).
Recuerdo de los pecados: tomarlos, no negarlos, no olvidarlos; tomarlos y presentarlos a Dios diciendo: Bonum mihi quia humiliati me. Confige timore tuo carnes meas: de las inmundicias de mi corazón, de mis ignorancias no te acuerdes, Señor. Pero hacédmelas recordar a mí y tenerlas siempre presentes, no sea que me crea alguien.
He aquí que delante de ti soy polvo y ceniza. Heme aquí sobre mi rostro, configurado al polvo, con mi boca en el polvo. Polvo y ceniza (dispersión y residuo de muerte). Señor enseñadme a caer sobre mi rostro para destruir mi vida sensual. En el temor de tus juicios a estar pecho por tierra congie timore tuo carnes meas: ut non pecem tibi. Veni Creator Spiritus:
Estoy en Cristo
y caigo con Cristo en la caída de Cristo
y en su rostro caigo con mi rostro sobre la tierra
para rehacer en su rostro mi rostro
y para eso invoco al Espíritu.
Al Espíritu que invoca Ezechiel, al que viene de los cuatro vientos.
¿Podrá vivir esto?
Al que no teme entrar en el muerto de cuatro días.

Séptima Estación
En esta segunda caída caemos sobre el rostro.
En la primera caímos según el hombre animal y hediondo, aquí caemos según somos criaturas racional y soberbia para destrucción de nuestra soberbia y dureza de corazón. El Señor les reprochó su dureza de corazón y falta de fe.
En la primera, nos hemos anonadado para que sea destruido en nosotros todo ese desorden de los sentidos, de los apetitos, de las malas pasiones: todo eso que sale por la boca. Todo eso que sale del corazón del hombre hueco plein d´ordure: lleno de cosas.
Aquí, caemos para que sea destruida esa armazón de soberbia. Toda esa dureza de la razón humana que hace y deshace como si el hombre caído fuera algo. Toda esa fábrica del discurso llena de juicios inciertos y de evidencias falsas, y de verdades desviadas. Todo ese ejercicio de las tres potencias: memoria, entendimiento, voluntad, que se guían por un “querer de varón” por una voluntad de soberbia, y funcionan a sus anchas, desatinadamente, lejos del Espíritu de Dios. Siendo así que debían estar informadas por la fe y movidas (como está prometido a los hijos) por el Espíritu de Dios.
Anonadados, pues, en la séptima pediremos al Espíritu que mueve a los hijos, el espíritu septiforme, el espíritu de Adopción, de hijos, para que nos inspire y nos rija y nos mueva.
(En la tercera pedimos al Espíritu vivificante que crea; aquí pedimos el espíritu septiforme que rige, aguuntur: son guiados).
Y esto no puede ser dado sino en un silencio de fe y de amor: bonum est prestolari cum silentio salutari dei: es bueno aguardar con silencio del apetito y de la lengua, la salud, la salvación de Dios (con silencio)
Recuerdo de los pecados:
En la tercera dijimos: Bien para mí que me hayas humillado, así aprenderé tu ley.
Ahora, en orden a las potencias del alma, in veritate tua humiliaste me en tu verdad me humillaste, y haciendo de esto oración y deseo: ¡EN TU VERDAD HUMÍLLAME! En tu verdad, que es Cristo caído sobre su rostro por mí, conmigo y en mí; en tu verdad que es Cristo unido a la misericordia;
en tu verdad que es la justica, Cristo, invocando la paz.

Si fuera a considerar filosóficamente, racionalmente que soy pura nada, que sólo hay en mí inmundicia por mi carne. Necedad y soberbia, por el desvío de mi espíritu. Si fuera a considerar todo eso como los estoicos, en la verdad: en verdad sin misericordia que la redima, en verdad y justicia, sin paz que la sane! Haría un acto más de soberbia, me quedaría una vez más en mí mismo y caería, sí, sobre mi rostro; pero sobre el rostro mío, no sobre MI ROSTRO-CRISTO (pues Cristo en mi rostro).
No caería en Cristo ni en la fuerza de su pasión, ni en el secreto vivificante de sus humillaciones, ni sobre la certeza absoluta de su resurrección, ni sobre la participación en su ascensión; ni sobre la venida de su Espíritu sobre mí, ni sobre el sentarme a la derecha del Padre.
Deglutiens mortens , en una vida nueva – trinitaria-, oculta en Dios con Cristo; oculta a los hombres y aún a mí mismo, pero oculta en Dios con Cristo.
Novena Estación: El orden de los cielos: la corona de María
las potencias de Cristo
sicut en coelo et in terra

En la primera caímos según el hombre animal,
En la segunda caímos según la dureza del hombre racional,
En esta tercera caemos por la dureza de corazón y falta de fe, pues habiendo sido hechos hijos de Dios, nacidos del Espíritu Santo y del agua; habiendo recibido el Espíritu, sellados en la confirmación, y sentándonos el Señor a su mesa cada día, aún no sabemos orar y aún somos extraños al orden de los cielos.

En la primera, cae el hombre animal- que ha perdido su corona- y se levanta el Rey.
En la segunda, cae el hombre racional -que ha perdido la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo- y se levanta el profeta.
En la tercera, cae el hombre espiritual-que recibe las cosas de Dios bajando y se levanta el sacerdote con el cuchillo sacro; es decir, el hombre con sacrificio de alabanza con la víctima de sus labios. El hombre que tiene el fuego y el cuchillo para quien se han abierto los cielos y que al decir: Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto sacrifica deseo, pasiones, obras malas y obras buenas y entra puramente y libremente en la alabanza de los cielos.

Aquí estamos sobre el rostro= 9; pero, sobre nosotros está el cielo de la Trinidad.
En el primero, sobre el rostro: la Unidad y sobre nosotros el Paraíso del que fuimos expulsados.
En la segunda, sobre el rostro: el Reino advenius: adveniente; la descente: que desciende y sobre nosotros la venida del Espíritu Santo.

Recuerdo de los pecados: El hijo pródigo: Pecavi in coelo et coram te: pequé en los cielos y delante de ti ¿qué es esto de pecar en los cielos y delante de ti? Que el hombre racional peque, ya no es poco, pues deja caer su corona, tenía dignidad y honor, y no lo supo y se puso entre brutos animales. Que habiendo perdido la corona, es decir, el dominio racional sigamos pecando, se organice en el pecado, por caída, por endurecimiento, por precipitación de soberbia, es decir, de animal a demonio. Ya no es poco. Y NADIE ESCAPA A LOS ANGELES! Estamos bajo los rectores de este aire.
Pero pecar in coelo, es decir, pecar como cristianos, pecar en el ser que nos da el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía. Pecar por profanación de la Imagen y del Templo, pecar por desprecio, por la semejanza y de la inhabitación de la Trinidad que ha hecho en nosotros su morada. Destruir el orden de los cielos, que la sangre del Hijo había restablecido en nuestra alma. Porque pudo sanarnos y dejarnos en nuestro ser; como hombres y hombres sanos y buenos; pero hizo otra cosa, nos dio vida divina y ya no somos hombres, y el ser hombre ya es pecado en nosotros, como lo dice San Pablo, pues somos hijos, somos templos, y somos la Madre de Dios que lleva en sus entrañas al Verbo.
Opposuisti nubem tibi ne transeat oratio;
Pusiste una nube delante de ti no fuese que la transpusiera la oración.
Ad nihilium redactus sum et nescibit
Fui reducido a la nada y lo ignorará.
Esta nube de la fe que debía estar llena de inteligencia que es noche, pero noche que ilumina en delicias, esta nube la hemos hecho tinieblas. Pedimos aquí que se ilumine y ser vueltos a la nada y no saber: auméntanos la fe, enséñanos a orar, enséñanos a caer sobre el rostro, enséñanos a aniquilarnos y a reducirnos a la nada.
Cuando sepamos que somos LA MISMA NADA no soy nada, no sé nada, no tengo nada, no puedo nada, en esa nada que no se opone a la voluntad de Dios, tendremos capacidad de amor, para pasar de esta vida baja a la vida de unión.

CADA UNA DE LAS CAÍDAS TIENE UN LEVANTARSE. El levantarse de esta tercera caída es la Inmaculada Concepción.
Estar en los cielos, habitar en el sol, la luna debajo de los pies, la corona de señorío que ajusta a la cabeza las doce estrellas.
El fiat, fiat del pueblo, el amén, amén de Cristo, las dos manos que se juntan.
Acción inmaculada, como ropa que nos viste y contemplación perfecta, como manto que nos cubre,
Y en este juego perfecto de la luz, en esta manifestación completa de los cielos
el rostro moreno: Nigra sum por la visión del principio,
las manos se juntan sobre el corazón y de su vientre corren ríos de agua viva.

Segunda estación: Jesús con la cruz a cuestas

Responderunt PONTIFICES: Respondieron los Sumos Sacerdotes
Non habemus Regem nisi Caesarem: “No tenemos más rey que el César”

Tunc entonces

TRADIDIT EIS ILLUM Se los entregó
ut crucifigeretur: para que fuera crucificado.

SUSCEPERUNT AUTEM JESUM Tomaron pues a Jesús
et eduxerunt: y lo sacaron.

ET BAJULANS SIBI CRUCEM EXIVIT: Y cargando su cruz salió
exivit in eum qui dicitur Calvariae locum, hebraice autem Golgotha.
salió hacia el así llamado lugar de la Calavera , que en hebreo se dice Gólgota.

Segunda Estación
1° Ver lo que tenemos delante:
Jesús con la cruz a cuestas:
el Salvador(JESÚS) el Hijo del Hombre
ojos condenado a muerte por los hombres (por la justicia de los hombres)
claros con el instrumento de su muerte a cuestas.

El Salvador (JESÚS) Hijo de Dios,
corazón que muere porque quiere, a quien nadie le quita la vida
limpio con el instrumento con que Él libremente quiere salvarnos, que Él ha elegido
en su sabiduría.

Lo condenan
pero no va a la fuerza
va porque Él lo quiere así.

Él ha elegido la cruz, instrumento de muerte, para redimirnos, es decir, para
matar la muerte con ella.

Es inútil aquí emocionarnos, aquí lo importante es ver claro.

2° Recibir lo que Dios nos propone:
Lo tienes delante, alarga la mano:
recibirlo por inteligencia: Nos autem oportet gloriari
in cruci Domini nostri Jesu Christi.
Nosotros debemos gloriarnos
en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo.
recibirlo por la voluntad, inclinado el corazón a esta verdad:
el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.

Rechazar la cruz: es rechazar la sabiduría de Dios; es tenernos por más hábiles,
más capaces, más vivos, más prudentes que Él, para salvarnos de los males que nos rodean, en que hemos sido concebidos, hemos nacido y nos rodean y acabarán con nosotros.

En el cristiano es una insania.
Muchos andan (lo digo llorando)
Sin la cruz, falta peso y no se pueden recibir las verdades de la fe. El hombre es
demasiado liviano, demasiado vano para recibir doctrina de Dios, sin ese peso.

Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Caer sobre el rostro es declarar nuestra nada, nuestro deseo de volver a la nada y ser rehechos conforme a la Imagen, que es el Hijo.

Pondrá su boca en el polvo por si aún hay esperanza
Bonum mihi quia humilliati me
Un bien para mí que me hayan humillado.

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez
Bonus es prestolari cum silentio salutare Dei:
Bueno es esperar en silencio la salvación de Yahveh
Humíllame en tu verdad, que es acompañada de misericordia.
Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Opposuisti nubem tibi ne transeat oratio;
Pusiste una nube delante de ti no fuese que la transpusiera la oración.
Ad nihilium redactus sum et nescibit
Fui reducido a la nada y lo ignorará.

Auméntanos la fe
enséñanos a orar
redúcenos a nada
para que no sepamos
y en ese no saber pasemos de esta vida baja,
a la vida de unión.
Dimas Antuña

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