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PRÓLOGO - C A L I X

            Como el “Árbol” de la vida de Cristo, devotamente pensado por San Buenaventura[1], o la representación del “Monte Carmelo”, dibujada por san Juan de la Cruz, este CALIX es un poema gráfico[2]. Su argumento es la misa. La cinco partes de la misa: Preparación, Instrucción, Ofertorio, Acción y Participación están representadas en él con proporción correlativa. Todo lo que se oye de la misa ha sido escrito; lo que no se oye, cifrado; lo que se ve indicado. El CALIX debe empezarse a leer de abajo para arriba.

 I.PREPARACIÓN.  Está representada en los cuatro círculos del pie donde leemos Introito, Kiries, Gloria, según son cantados sucesivamente por el Coro, y luego Colecta, la oración solemne recitada por el pontífice y que cierra esta primera parte o Preparación.

II: INSTRUCCIÓN. Las lecciones de la Instrucción están figuradas en el pie, y, según éstas nos levantan a conocimiento de Dios, leemos en los espacios ascendentes: Epístola, esto es, lección de enviados (apóstol, profeta o sabio): Gradual, Alleluia, Prosa, que forman la lección del Coro y  Evangelio, es decir, la lección evangélica a la cual conducen las otras. Las tres lecciones, la de enviados, la del Coro y la evangélica, se ajustan en el anillo del Credo, porque el Credo de la misa es la respuesta del pueblo que recibe en la unidad y en la integridad de la fe la luz diversa de las tres lecciones variables.

   La colecta es la conclusión de la preparación; el Credo es la conclusión de las lecciones. La preparación es afectiva, es preparación del corazón que oye un anuncio en el Introito, y gime en los Kiries, y se goza en la Gloria, y se apacigua en la sencillez confiada de la súplica. La Instrucción se dirige a la inteligencia: primero con la voz que advierte y despierta, luego con la inspiración que ilumina y canta, luego con la voz del Hijo que nos habla “como el amigo habla con el amigo”. Y oídas todas estas voces, el Credo afirma la unidad de todas ellas y responde al Señor como garantía de la fidelidad.

            III.OFERTORIO El ofertorio está cifrado en la parte superior del pie, donde ase el cáliz la mano del que va a beber. El Ofertorio es la preparación inmediata;  el momento en que se toman con la mano y se disponen las cosas santas que van a ser ofrecidas.

            Leemos primero: Ofertorio, es decir, la antífona del Ofertorio que canta el Coro. Luego, como cuatro cascos llevan los números 1, 2, 3 ,4 y representan las cuatro creaciones que recita el sacerdote a medida que prepara y ofrece la materia del sacrificio:

1. Súscipe: ofrecimiento del pan.

2. Deus cui humanae substantiae: mezcla del vino y el agua.

3. Offerimus tibi: ofrecimiento del cáliz.

4. In spiritu humilitatis: ofrecimiento del pueblo.

               Los cuatro cascos se ajustan en un espacio en blanco que se vuelca sobre ellos representando el: Veni sanctificator omnipotens, que es una invocación al Espíritu Santo sobre la materia, antes dispuesta, del sacrificio.

            Luego hallamos un anillo con tres cifras correspondientes a los tres escrúpulos o temores del sacerdote:

1. Lavabo: teme estar sucio

2. el Súscipe que recapitula en Cristo porque teme haber olvidado algo,

3. Orate fratres: gesto vergonzante de quien teme estar solo.

            Finalmente las Secretas que determinan en cada misa una intención particular con arreglo a los misterios del día, cierra esta preparación del ofertorio. (Este anillo de las Secretas debiera estar en blanco, pues no se oyen estas oraciones).

Ha terminado la triple preparación (preparación afectiva, preparación de la inteligencia, preparación material) de la misa, y, en el CALIX, las tres partes del pie que sostiene la copa. Vamos a entrar al sacrificio.

            IV ACCIÓN. El Prefacio o prólogo de la misa está representado claramente en el arranque de la copa: sale del pie, que converge a él, y despliega tres hojas de las que radian otras dos. Estas representan el Sanctus y son dos por los dos tiempos en que se divide el canto del Sanctus.

            La Acción está contenida en la oración pontifical de la misa, representada en el CALIX por los números 1,2,3,4,5,6,7,8 y según interrumpen dicha oración los dos Mementos (blancos A y B) y la elevación de la hostia y del cáliz simbolizada por la vid y las espigas, podemos leer:

  1. Te igitur
  2. Memento de los vivos
  1. Comunicantes
  2. Hanc igitur
  3. Quam oblationem

      Espigas: Qui pridie: HOC EST ENIM CORPUS MEUM

      y Vid:      Simili modo : HIC EST ENIM CALIX SANGUINIS

  1. Unde et memores
  2. Supra quae propitio ae sereno vultu
  3. Supplices te rogamus
  4. Nobis quoque peccatoribus
  1. Memento de los difuntos

La Acción de la misa termina con la gran doxología: por Cristo Señor nuestro

por quien creas ( la oración se dirige al Padre) todos estos bienes , los santificas, los vivificas, los bendices y nos los repartes: por el mismo, con el mismo, en el mismo, a ti, Dios Padre todopoderoso en unidad del Espíritu Santo, toda honra y gloria: por los siglos de los siglos. Y como al decir por los siglos de los siglos el sacerdote ha elevado la voz, el pueblo responde, asintiendo al sacrificio: AMEN.

           

            V. PARTICIPACION. Esta última parte de la misa, conclusión natural de la Acción, empieza en el diálogo que precede el Padre Nuestro. Su punto de partida, pues, es padre nuestro que el pontífice recita los brazos en alto y su momento culminante la Comunión de los fieles que toman de la víctima del sacrificio. En el CALIX los dos momentos están representados por el motivo de las espigas.

            Entre los dos grandes momentos de la Participación se ordenan tres grupos de oraciones, interrumpidas por dos gestos (blancos A y B) y cruzados por el canto del Agnus Dei. Así leemos:

  1. Haec commixtio et consecratio
  2. Agnus Dei
  3. Domine qui dixisti
  4. el pontífice da la paz al diácono que transmite luego . . .
    1. Perceptio corporis tui
    2. Panem celestem accipiam
  5. el pontífice se golpea el pecho

-        Domine non sum dignus de lo que somos avisados por la campanilla.

  1. Corpus Domini nostri: comulga
  2. Qui retribuam . . .?
  3. Sanguis Domini nostri: comulga

Terminada con la comunión del pontífice, viene la de los fieles y, en el CALIX la faja de espigas que la representa: espigas solas y no vid y espigas pues el pueblo comulga bajo las solas especies de pan. Los anillos siguientes del CALIX tienen significación clara: primero el de la Communio, es decir, la antífona de la comunión que canta el coro; el segundo dice: Post Communio, corresponde a la oración solemne que recita el pontífice.

La conclusión de la misa se lee en el último círculo del CALIX: A, representa el:-Ite missa est. B, la bendición, y, cerrando el círculo se ha escrito el evangelio de San Juan: -In principio erat Verbum. Los labios que beben se apoyan en este círculo pues el Verbum caro factum nos hace posible beber de este cáliz.

La cinta que ondea sobre el CALIX lleva palabras de un salmo eucarístico que profetizan la misa. Son del versículo quinto del salmo 22 y dicen: Preparaste una mesa delante de mí. . . Mi cáliz que embriaga, qué excelente es!

Se ruega a las personas que deseen leer este poema gráfico con toda claridad y prescindiendo de las indicaciones demasiado prolijas de esta nota, quieran asistir a la misa cantada de la capilla benedictina del Santo Cristo, única iglesia de Buenos Aires donde florece con dignidad la divina liturgia[3].

                                                           Dimas Antuña

                                                           Ilustración de Juan Antonio                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         


[1] Véase N° del mes de julio de 1931

[2] Obra de Juan Antonio Spotorno

[3] Artículo ilustrado publicado en la revista NUMERO, Nº 23 - 24 Buenos Aires, Diciembre 1931 Págs. 82-83

 

1. VER LA MISA

LA MISA: UN MISTERIO

Conversaciones sobre la Misa 

Reverendos Padres, Señores, Señoras: Agradezco a la Academia de Estudios Religiosos la oportunidad que me ofrece para iniciar en este momento, con Ustedes, estas conversaciones sobre la Misa.

La Misa, —todos lo sabemos—es el centro mismo de la vida cristiana, el acto más eminente del culto, el único necesario y el único obligatorio para todos, [por su rito, depende esencialmente de la INSTITUCIÓN del Señor. Por su contenido, por lo que el rito produce, depende de toda la economía redentora] . [Destruida la Misa, queda destruida la Iglesia] .

Por otra parte, la Misa, en sí misma, es un “misterio” [o sacramento, es decir: una acción ritual, sagrada, de una naturaleza especial] . Una realidad riquísima, sobrenatural, insondable, un don de Dios a los hombres y un encuentro, una comunicación .  Y más: una “comunión” de los hombres y Dios —en Cristo [se ve, se hace, se ejecuta, asistimos a ella y asentimos] .

 Como misterio [instituido y revelado ofrece, además,]  infinidad de aspectos al conocimiento. De ahí que interese “formalmente” a muchas ciencias sagradas: Teología, Historia, Liturgia, Moral, etc.

Ahora bien, siendo así que yo soy ajeno a las disciplinas de esas ciencias, considero un deber concretar cuál es el objeto de estas reuniones, y qué propósito me guía —a mí, un laico— al atreverme a hablar sobre la Misa.

 Ver la Misa

Mi propósito es muy sencillo y es únicamente éste: Ver la Misa. Verla como puede verla un hombre y un cristiano, es decir, con la razón y con los cinco sentidos . Verla; ateniéndose a toda su realidad y percibiendo ésta tal como puede ser percibida, esto es humanamente (pues la Misa es un acto de este mundo) pero a la luz de la fe (porque la Misa es una institución divina).

 Desde mi lugar

Ver, pues, la Misa como puede verla un hombre, y, puesto que ese hombre soy yo, es decir, un simple bautizado, verla desde mi punto de vista…

Ahora bien, al decir “desde mi punto de vista” debo advertir que este punto de vista no es “mío” subjetivamente. No se trata ni de capricho ni de lirismo. Y no es mío, tampoco, porque yo lo haya elegido.

Mi punto de vista no depende de mi voluntad sino de mi “lugar”. Y mi lugar en la Misa no es otro sino aquél que la Iglesia me asigna en la celebración de este misterio.

Como miembro de la asamblea cristiana que ofrece el sacrificio yo tengo en él, un lugar. Este lugar resulta de mi fe y de acto decisivo, vital, de esa misma fe, es decir, mi bautismo. El bautismo, pues, al incorporarme a la Iglesia, al hacerme entrar, bajo la égida de Cristo, en el Templo Santo de Dios , me da la aptitud para participar del acto supremo de culto y me señala un lugar en la Misa.

Y ese lugar, —el lugar del pueblo, de la comunidad — determina por sí mismo, mi “punto de vista”. Ahora bien, un misterio que es el centro actual, activo, viviente del cristianismo como es la Misa, puede ser tratado no sólo “bajo diferentes razones” —como hemos dicho antes —  sino también con diferentes lenguajes.

Puede ser tratado, ante todo, por el Sacerdote que predica, es decir, que instruye al pueblo usando la palabra de Dios y enseñando en ejercicio jerárquico de la potestad (del munus) que ha recibido para ello. Luego  —en la línea ya de la simple trasmisión del conocimiento— puede ser tratado por el Teólogo, por ejemplo, que investiga especulativamente en sus razones y formula lo formulable: su doctrina. O por el Historiador, que indaga conforme a las disciplinas críticas y discierne los orígenes que ha tenido la Misa en el pasado (pues la Iglesia es “apostólica” y la Misa es un rito radicado en el tiempo). O por el Liturgista que escruta su ley, su rito, su alcance. O por el Moralista, que explica la obligación de justicia, que tiene todo cristiano de asistir a este acto esencial y único de la fe.

 Inter Convivas 

Pero eso no impide que la Misa pueda también ser objeto de una conversación entre cristianos, basada en la frecuencia sencilla, directa, que tenemos unos y otros de este misterio. 

A este ejercicio de interesarnos por “eso que tenemos delante”, es decir, por esa acción sagrada, esa cosa santa que la Iglesia celebra y de la cual, nosotros, por nuestro bautismo somos asistentes y participantes, es a lo que yo llamo ahora “ver la Misa”.

Incluidos en ella por nuestro bautismo la vemos como nos es dada: inter convivas, entre los comensales . 

 2.- ¿Qué Misa?

Determinado nuestro propósito y nuestro punto de vista conviene declarar ahora “lo que nos proponemos ver”, pues si bien la Misa, en su realidad intrínseca —como sacrificio y misterio de culto— es una sola, en su celebración puede estructurarse con diferentes ritos, y, se estructura así, en efecto, debido a las diferentes líneas que resultan de la tradición apostólica.

Y desde luego que, con este carácter de “testimonio de una cosa que vemos, yo no puedo hablar de la misa de rito griego o armenio, por ejemplo, que muy raras veces he visto, y que voy a referirme únicamente a nuestro conocido (y muy querido) Rito Romano.

 La Misa Solemne

Pero, como este Rito Romano tiene a su vez diferentes formas, debo decir cuáles dejo fuera de consideración. Primero: las dos formas mayores: La misa papal (que yo nunca he visto) y la misa pontifical (que raras veces puede verse). Y luego, las dos formas menores o ritualmente más simples, es decir, la misa “cantada” esto es, la misa sin diácono ni subdiácono en la cual actúa solamente el Sacerdote acompañado del coro y uno o más acólitos; y la misa “rezada”, que, como sabemos, se reduce a la sola acción del Sacerdote, sin diácono ni subdiácono ni coro, asistido solamente por uno o más acólitos.

Entre esas dos formas superiores, misa papal y misa pontifical, y esas dos formas de rito simplificado: misa cantada y misa rezada, en el Rito Romano existe lo que se llama La Misa Solemne. Esta Misa Solemne es una forma orgánica, ritualmente plena y compleja, que permite contemplar con gran nitidez el desarrollo del servicio divino, pues en ella actúan con funciones propias y bien diferenciadas el Sacerdote, los ministros mayores y menores y el coro.

Nuestro propósito, pues, es “ver la Misa” y la misa que nos proponemos ver (desde nuestro lugar, desde nuestro bautismo— y espero en Dios que sin salirme yo imprudentemente de ese lugar) es la Misa Solemne de Rito Romano. 

 Veamos cómo es esta Misa

El Sacerdote celebra asistido por dos ministros mayores, el Diácono y el Subdiácono, y por tres menores: dos acólitos y un turiferario. Y a esa acción del Sacerdote y los ministros responde el pueblo asistido por el coro.

 Actores: Sacerdotes, Ministros y Coro

Diácono y subdiácono, acólitos y turiferario, esto es, los cinco ministros de orden, están referidos inmediatamente al Sacerdote. Y el Coro, dentro de su misterio propio, que es ser la voz de la Iglesia, asiste a la comunidad.

Los ministros de orden dependen del altar. Ellos son los que actúan, los que hacen el sacrificio. Pero como esa acción no es una acción de ellos, (es decir que no hacen ellos allí nada como personas privadas, sino que actúan ‘revestidos’ y ‘oficialmente’, esto es, como ministros de la Iglesia) esa acción es de todos y referida a Dios únicamente, interesa, incluye a su vez, a toda la comunidad.

La comunidad, la Iglesia toda es quien la ofrece, mediante el poder, el munus, que el Señor ha conferido para ello a sus ministros de orden. Y por eso, porque la acción de los ministros es una acción ‘común’, según ésta se va produciendo y según vamos pasando en ella por las diferentes partes del rito, el coro —frente al altar pero formando parte ya de la casa (puesto que el salmistado no es de orden)— expresa lo que la Iglesia ‘padece’ a lo largo de la acción sagrada, es decir, ‘lo afectivo’.

 La voz del coro es canto, adhesión, sentimiento. La voz del coro es ‘asistencia’.  Su voz es ‘voz de enlace’ y, así, como voz de la Esposa y como boca del pueblo, podemos decir, verdaderamente, que la voz del coro es ‘nuestra voz’ ante el misterio del altar.

 3. El Espacio litúrgico: La Casa

Hemos ya enumerado los actores de la Misa: el Sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo. Demos ahora otro paso. “Vengamos ahora a la pregunta que hace el Señor cada día a mi querido amigo Juan Pablo Terra”  : “¿En dónde está el aposento en donde coma yo la Pascua con mis discípulos?” 

Respondamos a esta palabra del Señor. Coloquemos en el espacio a los actores de la acción sagrada. Está recomendado, cuando se medita, hacer una ‘composición de lugar’. Pero en este caso el lugar está compuesto y compuesto por la Misa misma. El lugar, en este caso, es la iglesia, como casa, la Casa de Dios.

Noten Ustedes que la Misa, así como por su misterio propio de impulso de vida crea la comunidad y la sustenta, así también, por exigencia de su rito, crea la casa y determina su estructura.

La iglesia-comunidad y la iglesia-casa resultan de la eucaristía y no habrían existido nunca en el mundo sin ella. No hagamos, pues, composición de lugar ya que el lugar está compuesto. Pero hagamos un reconocimiento que nos permita advertir las partes de este lugar y ver bien la correlación que guardan.

Esto nos dará inteligencia de cómo y por qué este lugar está compuesto así, es decir, en función de qué realidades tiene esa determinada estructura, y no otra.

 Dos espacios: El Santuario y la Nave

Si entramos en una iglesia cualquiera notaremos en seguida que ese interior nos presenta ‘dos partes’. La una es el santuario con el altar en el medio. La otra, la nave, el lugar del pueblo. Esas dos partes están siempre separadas por una grada y una baranda baja o cancel, y este límite es ‘precioso’.

De la baranda para allá se alza el altar y el espacio que lo circunda que corresponde a los ministros sagrados. Esa parte de la Iglesia, es lo que llamamos el santuario. De la grada para acá, se extiende la casa, la nave, el lugar destinado a la comunidad, es decir, el lugar donde NO actúan los que sirven al altar, sino que está ocupado por la multitud de los fieles.

El santuario es el lugar del altar. La nave el lugar del pueblo, y, —como lo veremos al contemplar nuestra Misa Solemne— en el decurso de toda la acción, entre el santuario y la nave, entre el altar y el pueblo, entre los ministros y la comunidad, entre los que hacen y los que asisten y participan, se produce un intercambio, un comercio, una comunicación ininterrumpida.

Tal comunicación termina en comunión, y, cuando ésta se realiza, es decir, cuando el pueblo accede a los dones del altar, su entrega, tiene lugar en esa grada que separa el santuario de la nave, esa grada, precisamente, de la que venimos hablando. Esa grada que separa el santuario de la nave y que, al distinguir, dentro de la unidad total de la Iglesia, al sacerdocio ordenado del sacerdocio común de los fieles, muestra el alcance orgánico que tienen estos dos sacramentos: el Orden y el Bautismo, y su referencia común al centro de toda la vida cristiana, es decir, al altar, a la Eucaristía . 

 Bautismo

El centro, pues, del santuario es el altar. Los ministros del Orden dependen de él y están referidos a él. Lo están en diferentes grados, según la proximidad mayor o menor que cada orden tiene, en su oficio, con la Eucaristía.

Pero el altar, a su vez, es el centro de toda la iglesia, y, si nos preguntamos por qué la comunidad forma ‘iglesia’, es decir, por qué la comunidad no es una simple multitud sino una asamblea, un cuerpo y tiene capacidad orgánica, como comunidad, para ofrecer y sustentarse de los dones del sacrificio que ofrece —hallaremos que eso depende del Bautismo.

El Bautismo es nuestro único título en la Misa. Sin él quedamos excluidos del altar. Ninguno de nosotros podría asistir a Misa si careciera del ‘carácter’ que le imprime el bautismo. 

Por eso, y parar recordárnoslo, junto a la puerta de la iglesia tenemos una pila de agua, y, nuestro primer acto individual, al entrar para asistir a Misa, consiste en signarnos tomando agua de esa pila. Esto quiere decir que los cristianos no somos tales ni entramos al altar, si no es en Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y por virtud de la Cruz. Es decir, de la muerte y resurrección de Cristo que nos da, a cada uno, en el agua del bautismo, ese ‘ser’ propio, nuestro ‘ser’ de cristianos.

La pila de agua bendita, pues, consecuencia, imagen, memoria de la Pila Bautismal está ahí en la puerta para recordarnos nuestro origen. Es un memento. Al memento de la Caída: Memento homo, quia pulvis es! el agua opone ahí —al dar nosotros el primer paso dentro  de la iglesia de Dios— el memento de nuestra regeneración, y, el nombre de esta ‘novedad de vida’ en nombre de ‘lo que somos’ en Cristo. Esa agua nos dice al presentarnos al altar: ‘¡Acuérdate, cristiano, que has nacido de nuevo; acuérdate de que eres hijo de la resurrección! Memento homo, y conoce tu dignidad’ .

Dos partes tiene pues la iglesia como casa: el santuario y la nave, y esas dos partes dependen de dos sacramentos: el Orden y el Bautismo.

El altar, que funda y da sentido al santuario, es el lugar de los ministros de Orden. La nave, que es el lugar propio del pueblo, se llena por obra del bautismo.

La grada que separa el santuario de la nave no puede ser franqueada por quien no haya recibido algún grado de orden (o tenga por lo menos aptitud para recibirlo), una mujer, en consecuencia, no puede traspasarla ni actuar de ningún modo, como ministro, en la Misa. 

 4. Presbiterio y Coro

Mi lenguaje hasta ahora ha sido bastante aceptable. Estoy hablando de cosas evidentes. La iglesia, el templo, la casa de Dios, la casa de Dios con los hombres, tiene dos partes y en ella en el santuario, por dependencia del altar, vemos a los ministros de orden, y en la nave, por obra del bautismo vemos al pueblo reunido.

 Bien. Pero ahora debo señalar algo que no es corriente ver en Montevideo y que es esencial para la inteligencia de la Misa. Me refiero a una doble zona, a dos cuadriláteros que existen el uno en el santuario, entre la baranda del comulgatorio y el altar ; y el otro en la nave, entre esa misma baranda y el lugar ocupado por el pueblo.

En las iglesias catedrales o abaciales el espacio que rodea el altar es muy amplio. Pasa holgadamente por detrás del altar  y se extiende, por delante, formando un cuadrilátero. En este espacio, pues, se ven, en la parte del fondo, a derecha e izquierda del altar, las dos credencias, es decir, las dos mesas de piedra subsidiarias de la mesa del sacrificio, una destinada a los vasos sagrados, la otra, a las luces de los niños acólitos. Y, en la parte de adelante, en este gran cuadrilátero espacioso a que me refiero, se ve, del lado de la Epístola, tres asientos destinados a los ministros mayores, y del lado del Evangelio, dos escabeles para los niños acólitos.

Este espacio tiene que ser tenido en cuenta por Ustedes de una manera clara y precisa pues en él van a moverse los ministros y esas acciones de que tendré que hablar parecerán confusas o imposibles si antes no realizamos bien, mentalmente, la capacidad y el aspecto de este lugar.

Pero he ahí que, para acá de la baranda que divide el santuario de la nave, en las iglesias donde se celebra diariamente la Misa Solemne tenemos otro espacio (correlativo al del cuadrilátero del santuario) el cual está ocupado por el coro.

Allí, respaldados por los estalos  vemos a los cantores de perfil. Están alineados frente a frente en dos filas que forman dos semi-coros y dejan en el medio un espacio vacío. A ese espacio veremos adelantarse en determinado momento (en uno de los momentos más bellos de la Misa) a los cuatro cantores que dirigen el coro, revestidos de capa, y, uno de ellos, el coreuta, con vara de plata en la mano.

Comprendo que estos dos espacios, el de los ministros en el santuario y el del coro en la nave, parezcan un poco extraños. Requieren un esfuerzo para ser vistos . Si yo tuviera que hablar de cómo es la disposición de un teatro a personas que sólo hubieran conocido las salas de los cines, tendría que explicar muy claramente estas dos cosas nunca vistas y ajenas por completo al ambiente de un cine, es decir, entre la sala y las candilejas el foso de la orquesta, y entre las candilejas y el telón de fondo, espacio y la capacidad del escenario.

La Misa Solemne, pues, requiere que los ministros de orden tengan un espacio proporcionado adonde moverse con dignidad, y requiere además que el coro, que no puede estar compuesto de menos de diez cantores y que es corriente ver, magníficamente, en una masa numerosa, alineada en tres filas, de cuarenta o sesenta (yo recuerdo haber visto coros hasta de cien) aparezca visiblemente y en la actitud que le es propia, es decir, de pie. 

 5. El argumento de la Misa

Los cinco actos   

Hemos enumerado los actores de la Misa Solemne, el sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo; y hemos registrado la casa, es decir, 1) la disposición del espacio litúrgico, 2) las partes de que se compone y 3) su correlación. Ahora, antes de empezar a ‘ver la misa’ conviene que digamos una palabra acerca de su ‘argumento’.

Recordar de antemano cuál es el objeto de esta acción, facilitará el ejercicio de lo que ‘vamos a ver’. Si tenemos presente la trama podremos percibir con nitidez la progresión y el desarrollo de las partes. Este conocimiento de una estructura completa, que es ‘normativa’, que es ‘fija’, nos dará, además, la perspectiva necesaria para poder saber ‘qué es lo que se hace’ a medida que ‘eso que se hace’ se va haciendo.

 La Misa es ‘una acción’. Ahora bien ¿qué es lo que se hace en la Misa? Esencialmente, la Iglesia no hace (ni puede hacer) en la Misa sino aquello que el Señor hizo, cuando, al instituir este misterio, dijo a sus Apóstoles: “Haced esto en memoria de mí”.

Es un hecho dogmático que la última Cena fue la primera Misa, y que el Señor instituyó nuestra eucaristía dentro de aquel cuadrado ritual de la Pascua de la Antigua Ley. En el curso de aquella cena, pues – que no era común, sino sagrada – el Señor introdujo un acto ritual nuevo, único, propio de él; no integrante de los ritos que allí se hacían y referido a ellos, pero, a su vez trascendente e inconmensurable con ellos. Y este acto, el Señor no lo hizo de una manera episódica o accidental, sino con carácter de ‘institución’, esto es, para que fuera ‘permanente y durable’, y, como tal, como ‘institución’, lo confió allí mismo a la autoridad de los Apóstoles en quienes fundaba su Iglesia, diciéndoles: “Haced ESTO, en memoria de mí”-

 ESTO  

Esto ¿qué? Todos lo sabemos: en la noche en que fue traidoramente entregado, el Señor Jesús tomó el pan y dando gracias, lo partió y dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo que por vosotros será entregado, haced esto en memoria de mí. Y de manera semejante con el Cáliz, (después de haber cenado) diciendo: Este es el cáliz del nuevo Testamento en mi Sangre, cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria de mí.

El Señor, pues, en aquel acto suyo, propio, que él instituyó en la Cena, y mandó expresamente reiterar en su memoria hasta su vuelta, hizo tres cosas: Primero: tomó el pan; Luego, dio gracias y finalmente lo partió y lo dio a comer a sus discípulos. Y de manera semejante hizo también esas tres cosas con el Cáliz.

Ahora bien, esas tres cosas, a) asir el pan, asir el cáliz, b) hacer la eucaristía del pan y del vino, c) y dar de comer esos elementos ‘eucaristiados’, es decir, consagrados, convertidos, por la ‘acción de gracias’, son hechas fielmente en nuestra Misa y a ellas corresponden las tres partes del santo sacrificio.

El Señor tomó el pan, tomó el Cáliz: tal es el acto de nuestro Ofertorio

El Señor dio gracias, es decir, hizo la eucaristía del pan, y la eucaristía del vino, esto es: hizo lo que él mismo hace ahora por mano de su ministro en la parte central de nuestra Misa.

El Señor dio a sus discípulos el Pan y el Vino diciéndoles: tomad comed; tomad bebed.  Entrega en comida y bebida de su cuerpo y su sangre es lo que constituye nuestra comunión.

 Nuestra Misa es, pues, en su acción específicamente sacrificial . Tiene tres partes: Ofertorio, Eucaristía, Comunión, las cuales corresponden a los tres gestos del Señor en la Cena. 

El Ofertorio es la presentación al altar del pan y del vino de la Eucaristía. La Eucaristía, su consagración, es decir, la acción de gracias que convierte aquella oblación de pan y vino hecha por la Iglesia en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y la Comunión, la participación del altar, mediante la entrega a los hombres de ese sacrificio ya ofrecido a Dios y que Dios, el Padre, ha recibido y que él nos da allí – en su mesa – a fin de recibirnos, a su vez en comunión, es decir, en común-unión con el misterio de su Hijo – hecho hombre por nosotros y muerto y resucitado por nosotros – para introducirnos a nosotros en Dios.

 6. Ante Misa, Reunión, Lección divina

Ahora bien, este acto, esta eucaristía del pan y del vino, pudo haber sido una simple bendición, una simple acción de gracias por la comida y la bebida (como tantas del Antiguo Testamento). Pero la intención y la palabra omnipotente del Señor quisieron que fuera la eucaristía de su cuerpo y de su sangre – de su cuerpo entregado por nosotros y de su sangre derramada – el Señor no la hizo con ‘cualquiera’ sino con sus discípulos, es decir con aquéllos que él mismo había llamado y elegido, que lo habían dejado todo por seguirle y que creían en su palabra.

Los discípulos eran hombres elegidos y ‘llamados’, ‘congregados’ y eran ‘discípulos’, es decir, reconocían al Señor por Maestro y habían recibido realmente su palabra: “¿A dónde iremos nosotros? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” . De ahí pues, que en nuestra Misa, a la parte específicamente sacrificial (Ofertorio, Eucaristía, Comunión) preceda una parte ‘dispositiva’. Y no preparatoria del sacrificio mismo sino dispositiva del pueblo de la comunidad que ofrece este sacrificio.

Esta parte preparatoria o ante-misa, consiste en ‘reunión’ y ‘palabra’, es decir, exactamente, en reunir ante el altar, mediante la entrada del Sacerdote revestido, a los que el Señor ha llamado. Y en anunciarles, enviada desde ese altar, por mano de los ministros de orden del altar, la ‘palabra’.

 Esta parte preparatoria tiene, pues, dos actos: uno de entrada y reunión y otro de lección divina. Y cuando el pueblo reunido da testimonio, en el Credo, de la palabra ‘recibida’, es decir, de la fe que lo reúne y lo constituye orgánicamente como ‘iglesia’, la parte preparatoria de la Misa termina. Y empieza el sacrificio propiamente dicho con sus tres partes sacrificiales: Ofertorio, Eucaristía y Comunión.

 7. El cuadro ritual y el momento

Pero he ahí que, así como el Señor no hizo la eucaristía del pan y del vino con ‘cualquiera’ sino con ‘los suyos’, así tampoco la hizo, aún con ellos, en ‘cualquier parte’ ni en ‘cualquier momento’ sino en la cena, esto es, dentro del cuadro ritual del sacrificio de la Pascua, y, en la noche en que fue entregado, es decir, cuando la realidad que anunciaba aquella Pascua iba a ser ‘cumplida’, manifestada y comunicada a los hombres con su muerte. 

Estos dos puntos: 1) el cuadro ritual, sagrado y 2) el momento: la noche de la Pasión, sitúan a nuestra eucaristía. Ésta no fue instituida ni será nunca celebrada como un acto común, sino sagrado. Y su cuadro sacrificial la fija como un misterio vinculado a todo el Antiguo Testamento cuyos sacrificios quedan recapitulados en ella y son a su vez superados. Y la fija también a la Pasión del Señor, cuyo misterio pascual de muerte y resurrección, -- es decir, de pasaje por la inmolación redentora de este mundo al Padre –, constituye su realidad única y trascendente. 

Referida a la Pascua figurativa, la cumple. Dependiente de la Pascua efectiva: la incluye. Y, como esa Pascua, como esa muerte y resurrección de Cristo está contenida en ella de una manera real, pero bajo signos ajenos al acaecer histórico, esta manera de contener una realidad y su eficacia bajo las especies de otra, esta manera de ofrecer a Dios y comunicar a los hombres la muerte y resurrección de Cristo – despojadas de sus accidentes históricos – bajo las especies de una oblación de pan y vino, le asigna, a su vez, una naturaleza que le es propia, y que es lo que, entre cristianos, llamamos un Sacramento.

 Sacramento

Notemos estos dos puntos que son esenciales para la inteligencia de la misa. La eucaristía es un acto sagrado que no puede hacerse sino dentro de un cuadro ritual, y este acto contiene y comunica una realidad divina y humana (la muerte y resurrección de Cristo) la cual es ‘hecha’ en ella mediante el uso de cosas naturales que se ven, se tocan, se manejan, se comen, se beben.

Cosas naturales y materiales que están ahí, que son usadas ahí en la plenitud de su ser; es decir, como ‘cosas’ con validez auténtica propia (verdadero pan, verdadero vino) y como ‘signos’, es decir, como     referidas a la inteligencia del hombre y destinadas a indicarle ‘otra cosa’; y que en determinado momento, además, insertadas en el acto mismo del sacramento, no sólo indican sino que se convierten en instrumentos o vehículos del misterio de Cristo, pues son despojadas, por la palabra del Sacerdote, del sostén natural que les es propio.

El sacrificio de la Pascua era, como todos los del Antiguo Testamento, un sacrificio natural. En él se inmolaba un cordero y se comían luego sus carnes asadas, dentro de un contexto ceremonial de acción de gracias por la liberación de Egipto, que estaba compuesto de oraciones, bendiciones e himnos.

Por su lado, la muerte del Señor en la Cruz fue constituida por Dios (y aceptada y padecida por el Señor) como un sacrificio propiamente dicho. En ella el Señor se ofreció a sí mismo por nosotros para obedecer a su Padre. 

Ahora bien, este sacrificio ofrecido una vez, fue realizado total y definitivamente en la Cruz de una manera natural y humana. Quiero decir: en un momento determinado del tiempo y del tiempo político: ‘bajo Poncio Pilatos’ y con la inmolación física del cuerpo de Cristo y derramamiento de su Sangre. Eso es lo que el Señor ha instituido in mysterio en la Eucaristía. Y al decir in mysterio entendemos decir que ese hecho total de la muerte redentora está allí, se hace allí, en una oblación de pan y vino. 

Ahora bien, re-presentar, re-iterar, re-actualizar, poner delante de una manera objetiva, con valor y consistencia propia un acto de Cristo, instituido por él, de cosas naturales, es lo que en la Iglesia llamamos un sacramento.

Y como este sacramento ‘tal como se realiza’, tiene un valor por sí mismo y un valor de sacrificio, a este sacramento lo llamamos ‘el sacramento del altar’, tal es el sacramento de la inmolación, el sacramento-sacrificio; confesando que él es la inmolación misma de la Cruz en toda su realidad y su eficacia.

Esa inmolación despojada de los accidentes históricos (que son irreversibles y que en la Cruz, además, supusieron un sacrilegio) está revestida aquí, mediante el sacramento, de accidentes naturales, es decir, de una materia que permite su uso y hace posible su entrega para sustento del pueblo. 

La inmolación de Cristo, en la Misa, pues, no es historia y no agrega nada a su Pasión y muerte en la Cruz. No es tampoco ‘teatral’, no es una representación imaginativa. La inmolación de Cristo en la Misa es un ‘sacramento’ que se produce ‘in mysterio’. Está fuera de las leyes naturales ya sean éstas históricas o psicológicas. Se hace conforme a las leyes (rituales y eficaces) que le son propias. 

Cuadro – Sacramentales

El cuadro ritual de la Cena estaba ajustado a la naturaleza de aquel sacrificio del cordero que era natural y figurativo.

El cuadro ritual de la Eucaristía está ajustado a la naturaleza de la Misa, que es un sacrificio verdadero —que es ‘la verdad misma’ de todos los sacrificios antiguos— pero realizado en un sacramento. Los de la Antigua Ley eran ‘especulativos’, es decir, anunciaban, mediante figuras, una realidad prometida que ellos no contenían y que había de venir. Los ritos de la Nueva Ley, entretanto, son conmemorativos. Contienen la realidad del misterio de Cristo ya dado y la comunican trasmitiendo verdaderamente a la criatura humana su eficacia y su acción.

 Creo que estas consideraciones son suficientes para que Ustedes adviertan el valor, el alcance, la importancia, ‘lo grave que son’ las ceremonias de la Misa; y para que no se equivoquen, sobre todo, acerca de su naturaleza.

La Misa Solemne bien celebrada ofrece un espectáculo augusto: ‘espectáculo hemos sido hechos’ dice el Apóstol. Pero su acción está fuera de las representaciones sensibles e imaginativas (la farsa, el teatro, el poema, representaciones figuradas o sentimentales) y su ‘memoria’ no consiste en que nosotros recordemos algo, sino en que, en memoria de Cristo, le es dado, le ha sido dado a la iglesia ‘hacer’ algo y que lo que hacemos es un sacramento , es decir, una acción en la cual, bajo las especies de pan y de vino Cristo mismo, nuestra Pascua, es inmolado. 

De ahí, pues, que el contexto ritual, es decir, el cuadro en que se desarrolla la Misa y que la efectúa, sea un contexto ‘sacramental’ y que el Sacrificio de la Misa que, por su naturaleza propia, es un sacramento y nada más que un sacramento, se vea estructurada por ritos que son, en sí mismos, ‘sacramentales’. ¡Los sacramentales! ¡Entendamos bien lo que son los sacramentales!

 Los sacramentales

Estos sacramentales dependen del sacramento y están ordenados exclusivamente a expresarlo. Y así, mediante acciones, símbolos, gestos, palabras, mediante cosas, movimientos, cantos… con una complejidad que desconcierta, a veces, pero, si se atiende a ellos, si se los descubre con una sencillez y un esplendor que verdaderamente deslumbra, miran 1) ya a la realidad esencial de la Misa, es decir al sacrificio de Cristo, al triunfo de la Cruz: a esa gloria de Dios y redención de los hombres lograda victoriosamente por la muerte y la resurrección del Señor; 2) ya a la forma en que esa realidad es ofrecida: el pan y el vino y la oblación de la Iglesia;  3) ya a la comunidad que la ofrece (y que en lo que ofrece es instruida de que debe, ella misma, ofrecerse), es decir, a la Iglesia unida a Cristo y obrando, en persona de Cristo, pero por sí misma , el sacrificio  de la Nueva y Eterna Alianza.  

La misa es un sacramento rodeado de sacramentales. La expresión orgánica de la Misa está dada por los sacramentales. Los sacramentales la hacen accesible, la proporcionan a nuestra inteligencia, a nuestra flaqueza, a nuestro ser de criatura.

 8. Los cinco ‘actos’

Y ahora que hemos visto que nuestra Misa: en el Ofertorio, en la Eucaristía, en la Comunión, no hace sino cumplir lo que el Señor hizo en la Cena y mandó que se hiciera, ininterrumpidamente hasta su vuelta, en su memoria… 

Ahora que hemos visto que, para hacer eso, antes de hacerlo, en la ‘entrada y reunión’ y en ‘las lecciones’ la Misa realiza con nosotros cada día lo que eso exige de nosotros, es decir, que seamos ‘Iglesia’ y recibamos ‘la Palabra’, de manera que como comunidad de fieles podamos acceder, por la fe, al ‘misterio de la fe’…

Ahora que sabemos que el modo de hacer eso es un modo sacramental, es decir, efectuando y comunicando vitalmente una realidad mediante el uso de cosas tomadas en su verdad más directa y en su significación más obvia; y algunas, como el pan y el vino, convertidas en determinado momento en ‘otra cosa’ notemos en qué consisten estos cinco actos que forman la trama, el ‘argumento’ de la Misa, y estructuran, en consecuencia, la celebración del sacramento.

 Primer acto

El primer acto va desde el Introito a la oración Colecta, y está ordenado a la reunión del pueblo.  Sus partes son: El Introito, los Kyries, el Gloria y la oración Colecta, y su objeto formal es ‘formar la asamblea’ que va a rendir culto.

 Segundo acto

El segundo acto va desde la Epístola al Evangelio y está orientado a la instrucción del pueblo. Sus partes son: La Epístola, el Gradual, el Evangelio, y su objeto es comunicar al pueblo reunido, al pueblo que ha ‘entrado’, la palabra de la fe. En las solemnidades, estas lecciones divinas, son coronadas por el Credo. Estos dos primeros actos constituyen el ante-misa. Son preparatorios del sacrificio propiamente dicho y no tienen otro objeto sino constituirnos ‘en Iglesia’ . 

 Tercer acto

Luego viene el Ofertorio, tercer acto de la Misa y primer acto del sacrificio propiamente dicho. Consiste en la ‘presentación al altar’ del pan y del vino de la eucaristía. Esta oblación es de inmensa importancia porque puede decirse que, intencionalmente, ya tenemos aquí toda la Misa, pues tenemos en el altar el sacrificio todo, en cuanto ‘sacrificio preparado’. Del Ofertorio pasamos a la Eucaristía con el Amén de la comunidad a la exfonésis de la oración Secreta.

 Cuarto acto

La Eucaristía constituye el cuarto acto de la Misa y el segundo acto del Sacrificio propiamente dicho y es ‘la misa misma’, pues ahí se hace la eucaristía del pan y del vino. Y esa eucaristía, al convertir el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, ofrece al Padre la totalidad del misterio de su Hijo encarnado por nosotros, es decir, el ‘Ecce, venio”  del sacrificio perfecto que le fue pedido.

 Quinto acto

Finalmente, con el Amén, —con el importantísimo Amén que da la comunidad a la exfónesis de la gran doxología del Canon— pasamos al acto quinto de la Misa, esto es, a la Comunión, y este acto, el tercero del sacrificio propiamente dicho, nos pone en posesión del misterio.

 9. Drama

Estos cinco actos tienen un orden y una progresión. Cada uno vale por sí mismo pero cada uno a su vez dispone para el siguiente y lo hace posible.

Ahora bien, al hablar de los cinco actos de la Misa estoy usando la palabra ‘acto’ de una manera analógica, y tomo esta analogía de la estructura del drama.

La Misa no es un drama, entendámoslo bien. No es una acción que ocurra y se resuelva en el juego encontrado de las pasiones de los personajes que actúan, que es lo propio del drama. Pero debido a la distinción indestructible que el Señor ha establecido entre el sacerdocio funcional y el pueblo, debido a la inter-acción continua que la liturgia establece entre el altar y la comunidad, sin ser drama, y, siendo solamente lo que es, es decir, una ‘actio’, una acción sacrificial, sagrada, y referida únicamente a Dios, se desarrolla en un auténtico movimiento dramático.

 ‘Acto’ en el drama

En el ‘drama’ se entiende por Acto ‘un conjunto organizado que corresponde a una división lógica de la acción total’. El Acto es una acción que plantea una situación ‘completa’ y permite la siguiente. Una acción que, cuando llega a su término, hace que la acción total (expresada en ella parcialmente) entre en una nueva ‘fase’,

Así, en los dramas clásicos, al planteo, que es lo propio del Acto primero, sigue ‘el encuentro’ en el segundo acto; el ‘nudo’ en el tercero, la ‘crisis’ en el cuarto, el ‘desenlace’ en el quinto. Y de este modo, a través de sus cinco actos, la acción total ha sido planteada, desarrollada, contrastada y concluida. 

A su vez, cada Acto, por su composición interna, como conjunto organizado de la acción total, no se desarrolla sin ‘por’ y ‘a través’ de las escenas.

 Ahora bien, si usando de esta analogía consideramos el movimiento dramático de la Misa, veremos que el Acto primero, por ejemplo, (que va del Introito a la oración Colecta y tiene por objeto la reunión del pueblo) es un conjunto organizado cuyas escenas (pero estas escenas no son propiamente ‘escenas’, sino ‘sacramentales’) responde a una división lógica de la Misa. Y veremos que su objeto, la reunión del pueblo, se realiza ‘por’ y ‘a través’ de esas partes que llamamos: Introito, Kyries, Gloria y su conclusión la oración Colecta.

Así, al Introito, o sea, a la entrada al altar del Sacerdote ‘revestido’ siguen la súplica y el himno. A esa entrada la pone de manifiesto la procesión y la revela el Coro. Es la entrada, en persona, de Cristo que suscita al Coro y hace que éste, dentro de la economía total, anuncie a la comunidad el misterio que la convoca ese día, ante el altar. A la entrada, pues, decía, la siguen los Kyries y el Gloria, esto es, la súplica y el himno. Es decir, dos entradas que hace el hombre, que le es dado unir al hombre, debido, precisamente, a aquella entrada objetiva del Sacerdote en el Introito. Una entrada en sí mismo por consideración de su miseria, en los Kyries. Y la otra, una entrada del hombre en Dios, por contemplación de la gloria, en el Himno.

 Y, a su vez, a esos tres momentos que nos vinculan al altar, a esos tres cantos de honda significación, y a los ritos que los integran, o que ellos integran, mejor dicho —ya que el Introito, los Kyries y el Gloria de la Misa están muy lejos de ser solamente ‘canto’— sigue el saludo del Sacerdote a la asamblea. Saludo que consiste en que el Sacerdote besa el Altar y se vuelve al pueblo, y comunica ese beso diciéndole, saludándolo, con ostensión de las manos (como saludó el Señor resucitado a sus Apóstoles): —‘El Señor con vosotros’.

Saludo de paz con gesto de paz, y con palabras que son una comprobación a la vez que un deseo.  Pues dicen: El Señor con vosotros comprobando, afirmando que el Señor está efectivamente con nosotros, los que hemos entrado en el Introito, y gemido los Kyries y creído al anuncio de los ángeles en el Gloria, y, porque comprueba eso, desea a su vez que el que está con nosotros —y que nosotros deseamos que esté también con el espíritu del Sacerdote— nos asista y esté con nosotros en la nueva acción que vamos a hacer y que es la conclusión de todas las anteriores: la oración Colecta.

La oración Colecta, conclusión de la ‘entrada y reunión’ es la oración común, eclesial. Es la oración de la ecclesia collecta es decir: de la iglesia reunida. Es la oración que nos congrega, como lo expresa el Sacerdote con un gesto de sus manos que parece abarcarnos y unirnos. Un gesto que nos expresa a todos, cada día, ante el misterio del altar.

Y así, esta oración, por la estructura de su rito, por el llamado del Sacerdote en el Oremus y por nuestro consentimiento en el Amén, muestra que hemos entrado verdaderamente al altar, y que la iglesia es iglesia, es decir, es la comunidad de culto que resulta de la entrada de Cristo a este mundo, y que está ahora en acto, esto es, reunida, congregada, collecta.

Ahora bien, así como en el Acto primero —conjunto organizado, división lógica y completa de una parte de la acción total— y todo es entrada, todo tiende a ‘la reunión’, así veremos que en el Acto segundo todo tendrá carácter de lección divina. Y en el tercero no habrá nada que no sea ‘preparación del sacrificio’. Y en el cuarto no se hará nada, sino hacer ese sacrificio ya preparado.

Y en el quinto acto todo estará orientado a comunicar su participación. 

El análisis, pues, del “orden” de la Misa tiene un interés real, y su movimiento dramático, (puesto que la Misa es una acción, una cosa ‘que se hace’) permite percibir y valorar su estructura.

 10. Conclusión

Señores: voy a terminar. Hemos presentado a los actores de la Misa Solemne. Hemos registrado la disposición de la Casa. Hemos expuesto la trama o argumento general de la acción sagrada.  Y hemos explicado la naturaleza especial de esa acción; su condición ritual y sacramental, es decir, su condición humana pero productora de una realidad sagrada.

Hemos visto también que su trama o argumento no hace sino dar un contexto adecuado a los tres gestos del Señor en la Cena. Esos augustos gestos que instituyen y fundan el misterio y que generan (dentro del cuadro propio de nuestra liturgia) los tres actos sacrificiales de la Misa.

Hemos visto también por qué esos tres actos sacrificiales: Ofertorio, Eucaristía, Comunión, conviene que sean precedidos —por lo que toca al Pueblo— de dos actos preparatorios: uno que ‘congrega’ y otro que ‘instruye’ a la comunidad.

 Esta conferencia de hoy, Señores, es preliminar. Ha sido larga, difícil (habrá resultado quizá enojosa) pero era necesaria. Era necesaria porque era necesario, al atreverme a aceptar un curso sobre la Misa, explicar claramente cuál es mi posición, mi punto de vista y el propósito de estas reuniones. En adelante entraremos en la Misa misma y atenderemos cuidadosamente a su rito.

Culturalmente hablando, por sus solos elementos inteligibles y sensibles una Misa Solemne debidamente celebrada es una de las cosas más admirables que sean dadas ver, todavía, en este mundo.

Y si al hablar de cosas tan nobles Dios nos da la gracia de poder decir ‘algo más’, si llegamos a intuir de algún modo ese misterio que anima todo esto (misterio que nos comprende y al cual estamos ‘invitados’) estimo que estas reuniones de la Academia de Estudios Religiosos puedan no ser del todo inútiles. 

He terminado.

Visto 332 veces Modificado por última vez en Martes, 20 Septiembre 2016 21:25
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