Redes Sociales

Recuerdame
Business

PRÓLOGO - C A L I X

            Como el “Árbol” de la vida de Cristo, devotamente pensado por San Buenaventura[1], o la representación del “Monte Carmelo”, dibujada por san Juan de la Cruz, este CALIX es un poema gráfico[2]. Su argumento es la misa. La cinco partes de la misa: Preparación, Instrucción, Ofertorio, Acción y Participación están representadas en él con proporción correlativa. Todo lo que se oye de la misa ha sido escrito; lo que no se oye, cifrado; lo que se ve indicado. El CALIX debe empezarse a leer de abajo para arriba.

 I.PREPARACIÓN.  Está representada en los cuatro círculos del pie donde leemos Introito, Kiries, Gloria, según son cantados sucesivamente por el Coro, y luego Colecta, la oración solemne recitada por el pontífice y que cierra esta primera parte o Preparación.

II: INSTRUCCIÓN. Las lecciones de la Instrucción están figuradas en el pie, y, según éstas nos levantan a conocimiento de Dios, leemos en los espacios ascendentes: Epístola, esto es, lección de enviados (apóstol, profeta o sabio): Gradual, Alleluia, Prosa, que forman la lección del Coro y  Evangelio, es decir, la lección evangélica a la cual conducen las otras. Las tres lecciones, la de enviados, la del Coro y la evangélica, se ajustan en el anillo del Credo, porque el Credo de la misa es la respuesta del pueblo que recibe en la unidad y en la integridad de la fe la luz diversa de las tres lecciones variables.

   La colecta es la conclusión de la preparación; el Credo es la conclusión de las lecciones. La preparación es afectiva, es preparación del corazón que oye un anuncio en el Introito, y gime en los Kiries, y se goza en la Gloria, y se apacigua en la sencillez confiada de la súplica. La Instrucción se dirige a la inteligencia: primero con la voz que advierte y despierta, luego con la inspiración que ilumina y canta, luego con la voz del Hijo que nos habla “como el amigo habla con el amigo”. Y oídas todas estas voces, el Credo afirma la unidad de todas ellas y responde al Señor como garantía de la fidelidad.

            III.OFERTORIO El ofertorio está cifrado en la parte superior del pie, donde ase el cáliz la mano del que va a beber. El Ofertorio es la preparación inmediata;  el momento en que se toman con la mano y se disponen las cosas santas que van a ser ofrecidas.

            Leemos primero: Ofertorio, es decir, la antífona del Ofertorio que canta el Coro. Luego, como cuatro cascos llevan los números 1, 2, 3 ,4 y representan las cuatro creaciones que recita el sacerdote a medida que prepara y ofrece la materia del sacrificio:

1. Súscipe: ofrecimiento del pan.

2. Deus cui humanae substantiae: mezcla del vino y el agua.

3. Offerimus tibi: ofrecimiento del cáliz.

4. In spiritu humilitatis: ofrecimiento del pueblo.

               Los cuatro cascos se ajustan en un espacio en blanco que se vuelca sobre ellos representando el: Veni sanctificator omnipotens, que es una invocación al Espíritu Santo sobre la materia, antes dispuesta, del sacrificio.

            Luego hallamos un anillo con tres cifras correspondientes a los tres escrúpulos o temores del sacerdote:

1. Lavabo: teme estar sucio

2. el Súscipe que recapitula en Cristo porque teme haber olvidado algo,

3. Orate fratres: gesto vergonzante de quien teme estar solo.

            Finalmente las Secretas que determinan en cada misa una intención particular con arreglo a los misterios del día, cierra esta preparación del ofertorio. (Este anillo de las Secretas debiera estar en blanco, pues no se oyen estas oraciones).

Ha terminado la triple preparación (preparación afectiva, preparación de la inteligencia, preparación material) de la misa, y, en el CALIX, las tres partes del pie que sostiene la copa. Vamos a entrar al sacrificio.

            IV ACCIÓN. El Prefacio o prólogo de la misa está representado claramente en el arranque de la copa: sale del pie, que converge a él, y despliega tres hojas de las que radian otras dos. Estas representan el Sanctus y son dos por los dos tiempos en que se divide el canto del Sanctus.

            La Acción está contenida en la oración pontifical de la misa, representada en el CALIX por los números 1,2,3,4,5,6,7,8 y según interrumpen dicha oración los dos Mementos (blancos A y B) y la elevación de la hostia y del cáliz simbolizada por la vid y las espigas, podemos leer:

  1. Te igitur
  2. Memento de los vivos
  1. Comunicantes
  2. Hanc igitur
  3. Quam oblationem

      Espigas: Qui pridie: HOC EST ENIM CORPUS MEUM

      y Vid:      Simili modo : HIC EST ENIM CALIX SANGUINIS

  1. Unde et memores
  2. Supra quae propitio ae sereno vultu
  3. Supplices te rogamus
  4. Nobis quoque peccatoribus
  1. Memento de los difuntos

La Acción de la misa termina con la gran doxología: por Cristo Señor nuestro

por quien creas ( la oración se dirige al Padre) todos estos bienes , los santificas, los vivificas, los bendices y nos los repartes: por el mismo, con el mismo, en el mismo, a ti, Dios Padre todopoderoso en unidad del Espíritu Santo, toda honra y gloria: por los siglos de los siglos. Y como al decir por los siglos de los siglos el sacerdote ha elevado la voz, el pueblo responde, asintiendo al sacrificio: AMEN.

           

            V. PARTICIPACION. Esta última parte de la misa, conclusión natural de la Acción, empieza en el diálogo que precede el Padre Nuestro. Su punto de partida, pues, es padre nuestro que el pontífice recita los brazos en alto y su momento culminante la Comunión de los fieles que toman de la víctima del sacrificio. En el CALIX los dos momentos están representados por el motivo de las espigas.

            Entre los dos grandes momentos de la Participación se ordenan tres grupos de oraciones, interrumpidas por dos gestos (blancos A y B) y cruzados por el canto del Agnus Dei. Así leemos:

  1. Haec commixtio et consecratio
  2. Agnus Dei
  3. Domine qui dixisti
  4. el pontífice da la paz al diácono que transmite luego . . .
    1. Perceptio corporis tui
    2. Panem celestem accipiam
  5. el pontífice se golpea el pecho

-        Domine non sum dignus de lo que somos avisados por la campanilla.

  1. Corpus Domini nostri: comulga
  2. Qui retribuam . . .?
  3. Sanguis Domini nostri: comulga

Terminada con la comunión del pontífice, viene la de los fieles y, en el CALIX la faja de espigas que la representa: espigas solas y no vid y espigas pues el pueblo comulga bajo las solas especies de pan. Los anillos siguientes del CALIX tienen significación clara: primero el de la Communio, es decir, la antífona de la comunión que canta el coro; el segundo dice: Post Communio, corresponde a la oración solemne que recita el pontífice.

La conclusión de la misa se lee en el último círculo del CALIX: A, representa el:-Ite missa est. B, la bendición, y, cerrando el círculo se ha escrito el evangelio de San Juan: -In principio erat Verbum. Los labios que beben se apoyan en este círculo pues el Verbum caro factum nos hace posible beber de este cáliz.

La cinta que ondea sobre el CALIX lleva palabras de un salmo eucarístico que profetizan la misa. Son del versículo quinto del salmo 22 y dicen: Preparaste una mesa delante de mí. . . Mi cáliz que embriaga, qué excelente es!

Se ruega a las personas que deseen leer este poema gráfico con toda claridad y prescindiendo de las indicaciones demasiado prolijas de esta nota, quieran asistir a la misa cantada de la capilla benedictina del Santo Cristo, única iglesia de Buenos Aires donde florece con dignidad la divina liturgia[3].

                                                           Dimas Antuña

                                                           Ilustración de Juan Antonio                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         


[1] Véase N° del mes de julio de 1931

[2] Obra de Juan Antonio Spotorno

[3] Artículo ilustrado publicado en la revista NUMERO, Nº 23 - 24 Buenos Aires, Diciembre 1931 Págs. 82-83

 

1. VER LA MISA

LA MISA: UN MISTERIO

Conversaciones sobre la Misa 

Reverendos Padres, Señores, Señoras: Agradezco a la Academia de Estudios Religiosos la oportunidad que me ofrece para iniciar en este momento, con Ustedes, estas conversaciones sobre la Misa.

La Misa, —todos lo sabemos—es el centro mismo de la vida cristiana, el acto más eminente del culto, el único necesario y el único obligatorio para todos, [por su rito, depende esencialmente de la INSTITUCIÓN del Señor. Por su contenido, por lo que el rito produce, depende de toda la economía redentora] . [Destruida la Misa, queda destruida la Iglesia] .

Por otra parte, la Misa, en sí misma, es un “misterio” [o sacramento, es decir: una acción ritual, sagrada, de una naturaleza especial] . Una realidad riquísima, sobrenatural, insondable, un don de Dios a los hombres y un encuentro, una comunicación .  Y más: una “comunión” de los hombres y Dios —en Cristo [se ve, se hace, se ejecuta, asistimos a ella y asentimos] .

 Como misterio [instituido y revelado ofrece, además,]  infinidad de aspectos al conocimiento. De ahí que interese “formalmente” a muchas ciencias sagradas: Teología, Historia, Liturgia, Moral, etc.

Ahora bien, siendo así que yo soy ajeno a las disciplinas de esas ciencias, considero un deber concretar cuál es el objeto de estas reuniones, y qué propósito me guía —a mí, un laico— al atreverme a hablar sobre la Misa.

 Ver la Misa

Mi propósito es muy sencillo y es únicamente éste: Ver la Misa. Verla como puede verla un hombre y un cristiano, es decir, con la razón y con los cinco sentidos . Verla; ateniéndose a toda su realidad y percibiendo ésta tal como puede ser percibida, esto es humanamente (pues la Misa es un acto de este mundo) pero a la luz de la fe (porque la Misa es una institución divina).

 Desde mi lugar

Ver, pues, la Misa como puede verla un hombre, y, puesto que ese hombre soy yo, es decir, un simple bautizado, verla desde mi punto de vista…

Ahora bien, al decir “desde mi punto de vista” debo advertir que este punto de vista no es “mío” subjetivamente. No se trata ni de capricho ni de lirismo. Y no es mío, tampoco, porque yo lo haya elegido.

Mi punto de vista no depende de mi voluntad sino de mi “lugar”. Y mi lugar en la Misa no es otro sino aquél que la Iglesia me asigna en la celebración de este misterio.

Como miembro de la asamblea cristiana que ofrece el sacrificio yo tengo en él, un lugar. Este lugar resulta de mi fe y de acto decisivo, vital, de esa misma fe, es decir, mi bautismo. El bautismo, pues, al incorporarme a la Iglesia, al hacerme entrar, bajo la égida de Cristo, en el Templo Santo de Dios , me da la aptitud para participar del acto supremo de culto y me señala un lugar en la Misa.

Y ese lugar, —el lugar del pueblo, de la comunidad — determina por sí mismo, mi “punto de vista”. Ahora bien, un misterio que es el centro actual, activo, viviente del cristianismo como es la Misa, puede ser tratado no sólo “bajo diferentes razones” —como hemos dicho antes —  sino también con diferentes lenguajes.

Puede ser tratado, ante todo, por el Sacerdote que predica, es decir, que instruye al pueblo usando la palabra de Dios y enseñando en ejercicio jerárquico de la potestad (del munus) que ha recibido para ello. Luego  —en la línea ya de la simple trasmisión del conocimiento— puede ser tratado por el Teólogo, por ejemplo, que investiga especulativamente en sus razones y formula lo formulable: su doctrina. O por el Historiador, que indaga conforme a las disciplinas críticas y discierne los orígenes que ha tenido la Misa en el pasado (pues la Iglesia es “apostólica” y la Misa es un rito radicado en el tiempo). O por el Liturgista que escruta su ley, su rito, su alcance. O por el Moralista, que explica la obligación de justicia, que tiene todo cristiano de asistir a este acto esencial y único de la fe.

 Inter Convivas 

Pero eso no impide que la Misa pueda también ser objeto de una conversación entre cristianos, basada en la frecuencia sencilla, directa, que tenemos unos y otros de este misterio. 

A este ejercicio de interesarnos por “eso que tenemos delante”, es decir, por esa acción sagrada, esa cosa santa que la Iglesia celebra y de la cual, nosotros, por nuestro bautismo somos asistentes y participantes, es a lo que yo llamo ahora “ver la Misa”.

Incluidos en ella por nuestro bautismo la vemos como nos es dada: inter convivas, entre los comensales . 

 2.- ¿Qué Misa?

Determinado nuestro propósito y nuestro punto de vista conviene declarar ahora “lo que nos proponemos ver”, pues si bien la Misa, en su realidad intrínseca —como sacrificio y misterio de culto— es una sola, en su celebración puede estructurarse con diferentes ritos, y, se estructura así, en efecto, debido a las diferentes líneas que resultan de la tradición apostólica.

Y desde luego que, con este carácter de “testimonio de una cosa que vemos, yo no puedo hablar de la misa de rito griego o armenio, por ejemplo, que muy raras veces he visto, y que voy a referirme únicamente a nuestro conocido (y muy querido) Rito Romano.

 La Misa Solemne

Pero, como este Rito Romano tiene a su vez diferentes formas, debo decir cuáles dejo fuera de consideración. Primero: las dos formas mayores: La misa papal (que yo nunca he visto) y la misa pontifical (que raras veces puede verse). Y luego, las dos formas menores o ritualmente más simples, es decir, la misa “cantada” esto es, la misa sin diácono ni subdiácono en la cual actúa solamente el Sacerdote acompañado del coro y uno o más acólitos; y la misa “rezada”, que, como sabemos, se reduce a la sola acción del Sacerdote, sin diácono ni subdiácono ni coro, asistido solamente por uno o más acólitos.

Entre esas dos formas superiores, misa papal y misa pontifical, y esas dos formas de rito simplificado: misa cantada y misa rezada, en el Rito Romano existe lo que se llama La Misa Solemne. Esta Misa Solemne es una forma orgánica, ritualmente plena y compleja, que permite contemplar con gran nitidez el desarrollo del servicio divino, pues en ella actúan con funciones propias y bien diferenciadas el Sacerdote, los ministros mayores y menores y el coro.

Nuestro propósito, pues, es “ver la Misa” y la misa que nos proponemos ver (desde nuestro lugar, desde nuestro bautismo— y espero en Dios que sin salirme yo imprudentemente de ese lugar) es la Misa Solemne de Rito Romano. 

 Veamos cómo es esta Misa

El Sacerdote celebra asistido por dos ministros mayores, el Diácono y el Subdiácono, y por tres menores: dos acólitos y un turiferario. Y a esa acción del Sacerdote y los ministros responde el pueblo asistido por el coro.

 Actores: Sacerdotes, Ministros y Coro

Diácono y subdiácono, acólitos y turiferario, esto es, los cinco ministros de orden, están referidos inmediatamente al Sacerdote. Y el Coro, dentro de su misterio propio, que es ser la voz de la Iglesia, asiste a la comunidad.

Los ministros de orden dependen del altar. Ellos son los que actúan, los que hacen el sacrificio. Pero como esa acción no es una acción de ellos, (es decir que no hacen ellos allí nada como personas privadas, sino que actúan ‘revestidos’ y ‘oficialmente’, esto es, como ministros de la Iglesia) esa acción es de todos y referida a Dios únicamente, interesa, incluye a su vez, a toda la comunidad.

La comunidad, la Iglesia toda es quien la ofrece, mediante el poder, el munus, que el Señor ha conferido para ello a sus ministros de orden. Y por eso, porque la acción de los ministros es una acción ‘común’, según ésta se va produciendo y según vamos pasando en ella por las diferentes partes del rito, el coro —frente al altar pero formando parte ya de la casa (puesto que el salmistado no es de orden)— expresa lo que la Iglesia ‘padece’ a lo largo de la acción sagrada, es decir, ‘lo afectivo’.

 La voz del coro es canto, adhesión, sentimiento. La voz del coro es ‘asistencia’.  Su voz es ‘voz de enlace’ y, así, como voz de la Esposa y como boca del pueblo, podemos decir, verdaderamente, que la voz del coro es ‘nuestra voz’ ante el misterio del altar.

 3. El Espacio litúrgico: La Casa

Hemos ya enumerado los actores de la Misa: el Sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo. Demos ahora otro paso. “Vengamos ahora a la pregunta que hace el Señor cada día a mi querido amigo Juan Pablo Terra”  : “¿En dónde está el aposento en donde coma yo la Pascua con mis discípulos?” 

Respondamos a esta palabra del Señor. Coloquemos en el espacio a los actores de la acción sagrada. Está recomendado, cuando se medita, hacer una ‘composición de lugar’. Pero en este caso el lugar está compuesto y compuesto por la Misa misma. El lugar, en este caso, es la iglesia, como casa, la Casa de Dios.

Noten Ustedes que la Misa, así como por su misterio propio de impulso de vida crea la comunidad y la sustenta, así también, por exigencia de su rito, crea la casa y determina su estructura.

La iglesia-comunidad y la iglesia-casa resultan de la eucaristía y no habrían existido nunca en el mundo sin ella. No hagamos, pues, composición de lugar ya que el lugar está compuesto. Pero hagamos un reconocimiento que nos permita advertir las partes de este lugar y ver bien la correlación que guardan.

Esto nos dará inteligencia de cómo y por qué este lugar está compuesto así, es decir, en función de qué realidades tiene esa determinada estructura, y no otra.

 Dos espacios: El Santuario y la Nave

Si entramos en una iglesia cualquiera notaremos en seguida que ese interior nos presenta ‘dos partes’. La una es el santuario con el altar en el medio. La otra, la nave, el lugar del pueblo. Esas dos partes están siempre separadas por una grada y una baranda baja o cancel, y este límite es ‘precioso’.

De la baranda para allá se alza el altar y el espacio que lo circunda que corresponde a los ministros sagrados. Esa parte de la Iglesia, es lo que llamamos el santuario. De la grada para acá, se extiende la casa, la nave, el lugar destinado a la comunidad, es decir, el lugar donde NO actúan los que sirven al altar, sino que está ocupado por la multitud de los fieles.

El santuario es el lugar del altar. La nave el lugar del pueblo, y, —como lo veremos al contemplar nuestra Misa Solemne— en el decurso de toda la acción, entre el santuario y la nave, entre el altar y el pueblo, entre los ministros y la comunidad, entre los que hacen y los que asisten y participan, se produce un intercambio, un comercio, una comunicación ininterrumpida.

Tal comunicación termina en comunión, y, cuando ésta se realiza, es decir, cuando el pueblo accede a los dones del altar, su entrega, tiene lugar en esa grada que separa el santuario de la nave, esa grada, precisamente, de la que venimos hablando. Esa grada que separa el santuario de la nave y que, al distinguir, dentro de la unidad total de la Iglesia, al sacerdocio ordenado del sacerdocio común de los fieles, muestra el alcance orgánico que tienen estos dos sacramentos: el Orden y el Bautismo, y su referencia común al centro de toda la vida cristiana, es decir, al altar, a la Eucaristía . 

 Bautismo

El centro, pues, del santuario es el altar. Los ministros del Orden dependen de él y están referidos a él. Lo están en diferentes grados, según la proximidad mayor o menor que cada orden tiene, en su oficio, con la Eucaristía.

Pero el altar, a su vez, es el centro de toda la iglesia, y, si nos preguntamos por qué la comunidad forma ‘iglesia’, es decir, por qué la comunidad no es una simple multitud sino una asamblea, un cuerpo y tiene capacidad orgánica, como comunidad, para ofrecer y sustentarse de los dones del sacrificio que ofrece —hallaremos que eso depende del Bautismo.

El Bautismo es nuestro único título en la Misa. Sin él quedamos excluidos del altar. Ninguno de nosotros podría asistir a Misa si careciera del ‘carácter’ que le imprime el bautismo. 

Por eso, y parar recordárnoslo, junto a la puerta de la iglesia tenemos una pila de agua, y, nuestro primer acto individual, al entrar para asistir a Misa, consiste en signarnos tomando agua de esa pila. Esto quiere decir que los cristianos no somos tales ni entramos al altar, si no es en Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y por virtud de la Cruz. Es decir, de la muerte y resurrección de Cristo que nos da, a cada uno, en el agua del bautismo, ese ‘ser’ propio, nuestro ‘ser’ de cristianos.

La pila de agua bendita, pues, consecuencia, imagen, memoria de la Pila Bautismal está ahí en la puerta para recordarnos nuestro origen. Es un memento. Al memento de la Caída: Memento homo, quia pulvis es! el agua opone ahí —al dar nosotros el primer paso dentro  de la iglesia de Dios— el memento de nuestra regeneración, y, el nombre de esta ‘novedad de vida’ en nombre de ‘lo que somos’ en Cristo. Esa agua nos dice al presentarnos al altar: ‘¡Acuérdate, cristiano, que has nacido de nuevo; acuérdate de que eres hijo de la resurrección! Memento homo, y conoce tu dignidad’ .

Dos partes tiene pues la iglesia como casa: el santuario y la nave, y esas dos partes dependen de dos sacramentos: el Orden y el Bautismo.

El altar, que funda y da sentido al santuario, es el lugar de los ministros de Orden. La nave, que es el lugar propio del pueblo, se llena por obra del bautismo.

La grada que separa el santuario de la nave no puede ser franqueada por quien no haya recibido algún grado de orden (o tenga por lo menos aptitud para recibirlo), una mujer, en consecuencia, no puede traspasarla ni actuar de ningún modo, como ministro, en la Misa. 

 4. Presbiterio y Coro

Mi lenguaje hasta ahora ha sido bastante aceptable. Estoy hablando de cosas evidentes. La iglesia, el templo, la casa de Dios, la casa de Dios con los hombres, tiene dos partes y en ella en el santuario, por dependencia del altar, vemos a los ministros de orden, y en la nave, por obra del bautismo vemos al pueblo reunido.

 Bien. Pero ahora debo señalar algo que no es corriente ver en Montevideo y que es esencial para la inteligencia de la Misa. Me refiero a una doble zona, a dos cuadriláteros que existen el uno en el santuario, entre la baranda del comulgatorio y el altar ; y el otro en la nave, entre esa misma baranda y el lugar ocupado por el pueblo.

En las iglesias catedrales o abaciales el espacio que rodea el altar es muy amplio. Pasa holgadamente por detrás del altar  y se extiende, por delante, formando un cuadrilátero. En este espacio, pues, se ven, en la parte del fondo, a derecha e izquierda del altar, las dos credencias, es decir, las dos mesas de piedra subsidiarias de la mesa del sacrificio, una destinada a los vasos sagrados, la otra, a las luces de los niños acólitos. Y, en la parte de adelante, en este gran cuadrilátero espacioso a que me refiero, se ve, del lado de la Epístola, tres asientos destinados a los ministros mayores, y del lado del Evangelio, dos escabeles para los niños acólitos.

Este espacio tiene que ser tenido en cuenta por Ustedes de una manera clara y precisa pues en él van a moverse los ministros y esas acciones de que tendré que hablar parecerán confusas o imposibles si antes no realizamos bien, mentalmente, la capacidad y el aspecto de este lugar.

Pero he ahí que, para acá de la baranda que divide el santuario de la nave, en las iglesias donde se celebra diariamente la Misa Solemne tenemos otro espacio (correlativo al del cuadrilátero del santuario) el cual está ocupado por el coro.

Allí, respaldados por los estalos  vemos a los cantores de perfil. Están alineados frente a frente en dos filas que forman dos semi-coros y dejan en el medio un espacio vacío. A ese espacio veremos adelantarse en determinado momento (en uno de los momentos más bellos de la Misa) a los cuatro cantores que dirigen el coro, revestidos de capa, y, uno de ellos, el coreuta, con vara de plata en la mano.

Comprendo que estos dos espacios, el de los ministros en el santuario y el del coro en la nave, parezcan un poco extraños. Requieren un esfuerzo para ser vistos . Si yo tuviera que hablar de cómo es la disposición de un teatro a personas que sólo hubieran conocido las salas de los cines, tendría que explicar muy claramente estas dos cosas nunca vistas y ajenas por completo al ambiente de un cine, es decir, entre la sala y las candilejas el foso de la orquesta, y entre las candilejas y el telón de fondo, espacio y la capacidad del escenario.

La Misa Solemne, pues, requiere que los ministros de orden tengan un espacio proporcionado adonde moverse con dignidad, y requiere además que el coro, que no puede estar compuesto de menos de diez cantores y que es corriente ver, magníficamente, en una masa numerosa, alineada en tres filas, de cuarenta o sesenta (yo recuerdo haber visto coros hasta de cien) aparezca visiblemente y en la actitud que le es propia, es decir, de pie. 

 5. El argumento de la Misa

Los cinco actos   

Hemos enumerado los actores de la Misa Solemne, el sacerdote, los ministros, el coro y el pueblo; y hemos registrado la casa, es decir, 1) la disposición del espacio litúrgico, 2) las partes de que se compone y 3) su correlación. Ahora, antes de empezar a ‘ver la misa’ conviene que digamos una palabra acerca de su ‘argumento’.

Recordar de antemano cuál es el objeto de esta acción, facilitará el ejercicio de lo que ‘vamos a ver’. Si tenemos presente la trama podremos percibir con nitidez la progresión y el desarrollo de las partes. Este conocimiento de una estructura completa, que es ‘normativa’, que es ‘fija’, nos dará, además, la perspectiva necesaria para poder saber ‘qué es lo que se hace’ a medida que ‘eso que se hace’ se va haciendo.

 La Misa es ‘una acción’. Ahora bien ¿qué es lo que se hace en la Misa? Esencialmente, la Iglesia no hace (ni puede hacer) en la Misa sino aquello que el Señor hizo, cuando, al instituir este misterio, dijo a sus Apóstoles: “Haced esto en memoria de mí”.

Es un hecho dogmático que la última Cena fue la primera Misa, y que el Señor instituyó nuestra eucaristía dentro de aquel cuadrado ritual de la Pascua de la Antigua Ley. En el curso de aquella cena, pues – que no era común, sino sagrada – el Señor introdujo un acto ritual nuevo, único, propio de él; no integrante de los ritos que allí se hacían y referido a ellos, pero, a su vez trascendente e inconmensurable con ellos. Y este acto, el Señor no lo hizo de una manera episódica o accidental, sino con carácter de ‘institución’, esto es, para que fuera ‘permanente y durable’, y, como tal, como ‘institución’, lo confió allí mismo a la autoridad de los Apóstoles en quienes fundaba su Iglesia, diciéndoles: “Haced ESTO, en memoria de mí”-

 ESTO  

Esto ¿qué? Todos lo sabemos: en la noche en que fue traidoramente entregado, el Señor Jesús tomó el pan y dando gracias, lo partió y dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo que por vosotros será entregado, haced esto en memoria de mí. Y de manera semejante con el Cáliz, (después de haber cenado) diciendo: Este es el cáliz del nuevo Testamento en mi Sangre, cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria de mí.

El Señor, pues, en aquel acto suyo, propio, que él instituyó en la Cena, y mandó expresamente reiterar en su memoria hasta su vuelta, hizo tres cosas: Primero: tomó el pan; Luego, dio gracias y finalmente lo partió y lo dio a comer a sus discípulos. Y de manera semejante hizo también esas tres cosas con el Cáliz.

Ahora bien, esas tres cosas, a) asir el pan, asir el cáliz, b) hacer la eucaristía del pan y del vino, c) y dar de comer esos elementos ‘eucaristiados’, es decir, consagrados, convertidos, por la ‘acción de gracias’, son hechas fielmente en nuestra Misa y a ellas corresponden las tres partes del santo sacrificio.

El Señor tomó el pan, tomó el Cáliz: tal es el acto de nuestro Ofertorio

El Señor dio gracias, es decir, hizo la eucaristía del pan, y la eucaristía del vino, esto es: hizo lo que él mismo hace ahora por mano de su ministro en la parte central de nuestra Misa.

El Señor dio a sus discípulos el Pan y el Vino diciéndoles: tomad comed; tomad bebed.  Entrega en comida y bebida de su cuerpo y su sangre es lo que constituye nuestra comunión.

 Nuestra Misa es, pues, en su acción específicamente sacrificial . Tiene tres partes: Ofertorio, Eucaristía, Comunión, las cuales corresponden a los tres gestos del Señor en la Cena. 

El Ofertorio es la presentación al altar del pan y del vino de la Eucaristía. La Eucaristía, su consagración, es decir, la acción de gracias que convierte aquella oblación de pan y vino hecha por la Iglesia en el cuerpo y la sangre de Cristo. Y la Comunión, la participación del altar, mediante la entrega a los hombres de ese sacrificio ya ofrecido a Dios y que Dios, el Padre, ha recibido y que él nos da allí – en su mesa – a fin de recibirnos, a su vez en comunión, es decir, en común-unión con el misterio de su Hijo – hecho hombre por nosotros y muerto y resucitado por nosotros – para introducirnos a nosotros en Dios.

 6. Ante Misa, Reunión, Lección divina

Ahora bien, este acto, esta eucaristía del pan y del vino, pudo haber sido una simple bendición, una simple acción de gracias por la comida y la bebida (como tantas del Antiguo Testamento). Pero la intención y la palabra omnipotente del Señor quisieron que fuera la eucaristía de su cuerpo y de su sangre – de su cuerpo entregado por nosotros y de su sangre derramada – el Señor no la hizo con ‘cualquiera’ sino con sus discípulos, es decir con aquéllos que él mismo había llamado y elegido, que lo habían dejado todo por seguirle y que creían en su palabra.

Los discípulos eran hombres elegidos y ‘llamados’, ‘congregados’ y eran ‘discípulos’, es decir, reconocían al Señor por Maestro y habían recibido realmente su palabra: “¿A dónde iremos nosotros? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” . De ahí pues, que en nuestra Misa, a la parte específicamente sacrificial (Ofertorio, Eucaristía, Comunión) preceda una parte ‘dispositiva’. Y no preparatoria del sacrificio mismo sino dispositiva del pueblo de la comunidad que ofrece este sacrificio.

Esta parte preparatoria o ante-misa, consiste en ‘reunión’ y ‘palabra’, es decir, exactamente, en reunir ante el altar, mediante la entrada del Sacerdote revestido, a los que el Señor ha llamado. Y en anunciarles, enviada desde ese altar, por mano de los ministros de orden del altar, la ‘palabra’.

 Esta parte preparatoria tiene, pues, dos actos: uno de entrada y reunión y otro de lección divina. Y cuando el pueblo reunido da testimonio, en el Credo, de la palabra ‘recibida’, es decir, de la fe que lo reúne y lo constituye orgánicamente como ‘iglesia’, la parte preparatoria de la Misa termina. Y empieza el sacrificio propiamente dicho con sus tres partes sacrificiales: Ofertorio, Eucaristía y Comunión.

 7. El cuadro ritual y el momento

Pero he ahí que, así como el Señor no hizo la eucaristía del pan y del vino con ‘cualquiera’ sino con ‘los suyos’, así tampoco la hizo, aún con ellos, en ‘cualquier parte’ ni en ‘cualquier momento’ sino en la cena, esto es, dentro del cuadro ritual del sacrificio de la Pascua, y, en la noche en que fue entregado, es decir, cuando la realidad que anunciaba aquella Pascua iba a ser ‘cumplida’, manifestada y comunicada a los hombres con su muerte. 

Estos dos puntos: 1) el cuadro ritual, sagrado y 2) el momento: la noche de la Pasión, sitúan a nuestra eucaristía. Ésta no fue instituida ni será nunca celebrada como un acto común, sino sagrado. Y su cuadro sacrificial la fija como un misterio vinculado a todo el Antiguo Testamento cuyos sacrificios quedan recapitulados en ella y son a su vez superados. Y la fija también a la Pasión del Señor, cuyo misterio pascual de muerte y resurrección, -- es decir, de pasaje por la inmolación redentora de este mundo al Padre –, constituye su realidad única y trascendente. 

Referida a la Pascua figurativa, la cumple. Dependiente de la Pascua efectiva: la incluye. Y, como esa Pascua, como esa muerte y resurrección de Cristo está contenida en ella de una manera real, pero bajo signos ajenos al acaecer histórico, esta manera de contener una realidad y su eficacia bajo las especies de otra, esta manera de ofrecer a Dios y comunicar a los hombres la muerte y resurrección de Cristo – despojadas de sus accidentes históricos – bajo las especies de una oblación de pan y vino, le asigna, a su vez, una naturaleza que le es propia, y que es lo que, entre cristianos, llamamos un Sacramento.

 Sacramento

Notemos estos dos puntos que son esenciales para la inteligencia de la misa. La eucaristía es un acto sagrado que no puede hacerse sino dentro de un cuadro ritual, y este acto contiene y comunica una realidad divina y humana (la muerte y resurrección de Cristo) la cual es ‘hecha’ en ella mediante el uso de cosas naturales que se ven, se tocan, se manejan, se comen, se beben.

Cosas naturales y materiales que están ahí, que son usadas ahí en la plenitud de su ser; es decir, como ‘cosas’ con validez auténtica propia (verdadero pan, verdadero vino) y como ‘signos’, es decir, como     referidas a la inteligencia del hombre y destinadas a indicarle ‘otra cosa’; y que en determinado momento, además, insertadas en el acto mismo del sacramento, no sólo indican sino que se convierten en instrumentos o vehículos del misterio de Cristo, pues son despojadas, por la palabra del Sacerdote, del sostén natural que les es propio.

El sacrificio de la Pascua era, como todos los del Antiguo Testamento, un sacrificio natural. En él se inmolaba un cordero y se comían luego sus carnes asadas, dentro de un contexto ceremonial de acción de gracias por la liberación de Egipto, que estaba compuesto de oraciones, bendiciones e himnos.

Por su lado, la muerte del Señor en la Cruz fue constituida por Dios (y aceptada y padecida por el Señor) como un sacrificio propiamente dicho. En ella el Señor se ofreció a sí mismo por nosotros para obedecer a su Padre. 

Ahora bien, este sacrificio ofrecido una vez, fue realizado total y definitivamente en la Cruz de una manera natural y humana. Quiero decir: en un momento determinado del tiempo y del tiempo político: ‘bajo Poncio Pilatos’ y con la inmolación física del cuerpo de Cristo y derramamiento de su Sangre. Eso es lo que el Señor ha instituido in mysterio en la Eucaristía. Y al decir in mysterio entendemos decir que ese hecho total de la muerte redentora está allí, se hace allí, en una oblación de pan y vino. 

Ahora bien, re-presentar, re-iterar, re-actualizar, poner delante de una manera objetiva, con valor y consistencia propia un acto de Cristo, instituido por él, de cosas naturales, es lo que en la Iglesia llamamos un sacramento.

Y como este sacramento ‘tal como se realiza’, tiene un valor por sí mismo y un valor de sacrificio, a este sacramento lo llamamos ‘el sacramento del altar’, tal es el sacramento de la inmolación, el sacramento-sacrificio; confesando que él es la inmolación misma de la Cruz en toda su realidad y su eficacia.

Esa inmolación despojada de los accidentes históricos (que son irreversibles y que en la Cruz, además, supusieron un sacrilegio) está revestida aquí, mediante el sacramento, de accidentes naturales, es decir, de una materia que permite su uso y hace posible su entrega para sustento del pueblo. 

La inmolación de Cristo, en la Misa, pues, no es historia y no agrega nada a su Pasión y muerte en la Cruz. No es tampoco ‘teatral’, no es una representación imaginativa. La inmolación de Cristo en la Misa es un ‘sacramento’ que se produce ‘in mysterio’. Está fuera de las leyes naturales ya sean éstas históricas o psicológicas. Se hace conforme a las leyes (rituales y eficaces) que le son propias. 

Cuadro – Sacramentales

El cuadro ritual de la Cena estaba ajustado a la naturaleza de aquel sacrificio del cordero que era natural y figurativo.

El cuadro ritual de la Eucaristía está ajustado a la naturaleza de la Misa, que es un sacrificio verdadero —que es ‘la verdad misma’ de todos los sacrificios antiguos— pero realizado en un sacramento. Los de la Antigua Ley eran ‘especulativos’, es decir, anunciaban, mediante figuras, una realidad prometida que ellos no contenían y que había de venir. Los ritos de la Nueva Ley, entretanto, son conmemorativos. Contienen la realidad del misterio de Cristo ya dado y la comunican trasmitiendo verdaderamente a la criatura humana su eficacia y su acción.

 Creo que estas consideraciones son suficientes para que Ustedes adviertan el valor, el alcance, la importancia, ‘lo grave que son’ las ceremonias de la Misa; y para que no se equivoquen, sobre todo, acerca de su naturaleza.

La Misa Solemne bien celebrada ofrece un espectáculo augusto: ‘espectáculo hemos sido hechos’ dice el Apóstol. Pero su acción está fuera de las representaciones sensibles e imaginativas (la farsa, el teatro, el poema, representaciones figuradas o sentimentales) y su ‘memoria’ no consiste en que nosotros recordemos algo, sino en que, en memoria de Cristo, le es dado, le ha sido dado a la iglesia ‘hacer’ algo y que lo que hacemos es un sacramento , es decir, una acción en la cual, bajo las especies de pan y de vino Cristo mismo, nuestra Pascua, es inmolado. 

De ahí, pues, que el contexto ritual, es decir, el cuadro en que se desarrolla la Misa y que la efectúa, sea un contexto ‘sacramental’ y que el Sacrificio de la Misa que, por su naturaleza propia, es un sacramento y nada más que un sacramento, se vea estructurada por ritos que son, en sí mismos, ‘sacramentales’. ¡Los sacramentales! ¡Entendamos bien lo que son los sacramentales!

 Los sacramentales

Estos sacramentales dependen del sacramento y están ordenados exclusivamente a expresarlo. Y así, mediante acciones, símbolos, gestos, palabras, mediante cosas, movimientos, cantos… con una complejidad que desconcierta, a veces, pero, si se atiende a ellos, si se los descubre con una sencillez y un esplendor que verdaderamente deslumbra, miran 1) ya a la realidad esencial de la Misa, es decir al sacrificio de Cristo, al triunfo de la Cruz: a esa gloria de Dios y redención de los hombres lograda victoriosamente por la muerte y la resurrección del Señor; 2) ya a la forma en que esa realidad es ofrecida: el pan y el vino y la oblación de la Iglesia;  3) ya a la comunidad que la ofrece (y que en lo que ofrece es instruida de que debe, ella misma, ofrecerse), es decir, a la Iglesia unida a Cristo y obrando, en persona de Cristo, pero por sí misma , el sacrificio  de la Nueva y Eterna Alianza.  

La misa es un sacramento rodeado de sacramentales. La expresión orgánica de la Misa está dada por los sacramentales. Los sacramentales la hacen accesible, la proporcionan a nuestra inteligencia, a nuestra flaqueza, a nuestro ser de criatura.

 8. Los cinco ‘actos’

Y ahora que hemos visto que nuestra Misa: en el Ofertorio, en la Eucaristía, en la Comunión, no hace sino cumplir lo que el Señor hizo en la Cena y mandó que se hiciera, ininterrumpidamente hasta su vuelta, en su memoria… 

Ahora que hemos visto que, para hacer eso, antes de hacerlo, en la ‘entrada y reunión’ y en ‘las lecciones’ la Misa realiza con nosotros cada día lo que eso exige de nosotros, es decir, que seamos ‘Iglesia’ y recibamos ‘la Palabra’, de manera que como comunidad de fieles podamos acceder, por la fe, al ‘misterio de la fe’…

Ahora que sabemos que el modo de hacer eso es un modo sacramental, es decir, efectuando y comunicando vitalmente una realidad mediante el uso de cosas tomadas en su verdad más directa y en su significación más obvia; y algunas, como el pan y el vino, convertidas en determinado momento en ‘otra cosa’ notemos en qué consisten estos cinco actos que forman la trama, el ‘argumento’ de la Misa, y estructuran, en consecuencia, la celebración del sacramento.

 Primer acto

El primer acto va desde el Introito a la oración Colecta, y está ordenado a la reunión del pueblo.  Sus partes son: El Introito, los Kyries, el Gloria y la oración Colecta, y su objeto formal es ‘formar la asamblea’ que va a rendir culto.

 Segundo acto

El segundo acto va desde la Epístola al Evangelio y está orientado a la instrucción del pueblo. Sus partes son: La Epístola, el Gradual, el Evangelio, y su objeto es comunicar al pueblo reunido, al pueblo que ha ‘entrado’, la palabra de la fe. En las solemnidades, estas lecciones divinas, son coronadas por el Credo. Estos dos primeros actos constituyen el ante-misa. Son preparatorios del sacrificio propiamente dicho y no tienen otro objeto sino constituirnos ‘en Iglesia’ . 

 Tercer acto

Luego viene el Ofertorio, tercer acto de la Misa y primer acto del sacrificio propiamente dicho. Consiste en la ‘presentación al altar’ del pan y del vino de la eucaristía. Esta oblación es de inmensa importancia porque puede decirse que, intencionalmente, ya tenemos aquí toda la Misa, pues tenemos en el altar el sacrificio todo, en cuanto ‘sacrificio preparado’. Del Ofertorio pasamos a la Eucaristía con el Amén de la comunidad a la exfonésis de la oración Secreta.

 Cuarto acto

La Eucaristía constituye el cuarto acto de la Misa y el segundo acto del Sacrificio propiamente dicho y es ‘la misa misma’, pues ahí se hace la eucaristía del pan y del vino. Y esa eucaristía, al convertir el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, ofrece al Padre la totalidad del misterio de su Hijo encarnado por nosotros, es decir, el ‘Ecce, venio”  del sacrificio perfecto que le fue pedido.

 Quinto acto

Finalmente, con el Amén, —con el importantísimo Amén que da la comunidad a la exfónesis de la gran doxología del Canon— pasamos al acto quinto de la Misa, esto es, a la Comunión, y este acto, el tercero del sacrificio propiamente dicho, nos pone en posesión del misterio.

 9. Drama

Estos cinco actos tienen un orden y una progresión. Cada uno vale por sí mismo pero cada uno a su vez dispone para el siguiente y lo hace posible.

Ahora bien, al hablar de los cinco actos de la Misa estoy usando la palabra ‘acto’ de una manera analógica, y tomo esta analogía de la estructura del drama.

La Misa no es un drama, entendámoslo bien. No es una acción que ocurra y se resuelva en el juego encontrado de las pasiones de los personajes que actúan, que es lo propio del drama. Pero debido a la distinción indestructible que el Señor ha establecido entre el sacerdocio funcional y el pueblo, debido a la inter-acción continua que la liturgia establece entre el altar y la comunidad, sin ser drama, y, siendo solamente lo que es, es decir, una ‘actio’, una acción sacrificial, sagrada, y referida únicamente a Dios, se desarrolla en un auténtico movimiento dramático.

 ‘Acto’ en el drama

En el ‘drama’ se entiende por Acto ‘un conjunto organizado que corresponde a una división lógica de la acción total’. El Acto es una acción que plantea una situación ‘completa’ y permite la siguiente. Una acción que, cuando llega a su término, hace que la acción total (expresada en ella parcialmente) entre en una nueva ‘fase’,

Así, en los dramas clásicos, al planteo, que es lo propio del Acto primero, sigue ‘el encuentro’ en el segundo acto; el ‘nudo’ en el tercero, la ‘crisis’ en el cuarto, el ‘desenlace’ en el quinto. Y de este modo, a través de sus cinco actos, la acción total ha sido planteada, desarrollada, contrastada y concluida. 

A su vez, cada Acto, por su composición interna, como conjunto organizado de la acción total, no se desarrolla sin ‘por’ y ‘a través’ de las escenas.

 Ahora bien, si usando de esta analogía consideramos el movimiento dramático de la Misa, veremos que el Acto primero, por ejemplo, (que va del Introito a la oración Colecta y tiene por objeto la reunión del pueblo) es un conjunto organizado cuyas escenas (pero estas escenas no son propiamente ‘escenas’, sino ‘sacramentales’) responde a una división lógica de la Misa. Y veremos que su objeto, la reunión del pueblo, se realiza ‘por’ y ‘a través’ de esas partes que llamamos: Introito, Kyries, Gloria y su conclusión la oración Colecta.

Así, al Introito, o sea, a la entrada al altar del Sacerdote ‘revestido’ siguen la súplica y el himno. A esa entrada la pone de manifiesto la procesión y la revela el Coro. Es la entrada, en persona, de Cristo que suscita al Coro y hace que éste, dentro de la economía total, anuncie a la comunidad el misterio que la convoca ese día, ante el altar. A la entrada, pues, decía, la siguen los Kyries y el Gloria, esto es, la súplica y el himno. Es decir, dos entradas que hace el hombre, que le es dado unir al hombre, debido, precisamente, a aquella entrada objetiva del Sacerdote en el Introito. Una entrada en sí mismo por consideración de su miseria, en los Kyries. Y la otra, una entrada del hombre en Dios, por contemplación de la gloria, en el Himno.

 Y, a su vez, a esos tres momentos que nos vinculan al altar, a esos tres cantos de honda significación, y a los ritos que los integran, o que ellos integran, mejor dicho —ya que el Introito, los Kyries y el Gloria de la Misa están muy lejos de ser solamente ‘canto’— sigue el saludo del Sacerdote a la asamblea. Saludo que consiste en que el Sacerdote besa el Altar y se vuelve al pueblo, y comunica ese beso diciéndole, saludándolo, con ostensión de las manos (como saludó el Señor resucitado a sus Apóstoles): —‘El Señor con vosotros’.

Saludo de paz con gesto de paz, y con palabras que son una comprobación a la vez que un deseo.  Pues dicen: El Señor con vosotros comprobando, afirmando que el Señor está efectivamente con nosotros, los que hemos entrado en el Introito, y gemido los Kyries y creído al anuncio de los ángeles en el Gloria, y, porque comprueba eso, desea a su vez que el que está con nosotros —y que nosotros deseamos que esté también con el espíritu del Sacerdote— nos asista y esté con nosotros en la nueva acción que vamos a hacer y que es la conclusión de todas las anteriores: la oración Colecta.

La oración Colecta, conclusión de la ‘entrada y reunión’ es la oración común, eclesial. Es la oración de la ecclesia collecta es decir: de la iglesia reunida. Es la oración que nos congrega, como lo expresa el Sacerdote con un gesto de sus manos que parece abarcarnos y unirnos. Un gesto que nos expresa a todos, cada día, ante el misterio del altar.

Y así, esta oración, por la estructura de su rito, por el llamado del Sacerdote en el Oremus y por nuestro consentimiento en el Amén, muestra que hemos entrado verdaderamente al altar, y que la iglesia es iglesia, es decir, es la comunidad de culto que resulta de la entrada de Cristo a este mundo, y que está ahora en acto, esto es, reunida, congregada, collecta.

Ahora bien, así como en el Acto primero —conjunto organizado, división lógica y completa de una parte de la acción total— y todo es entrada, todo tiende a ‘la reunión’, así veremos que en el Acto segundo todo tendrá carácter de lección divina. Y en el tercero no habrá nada que no sea ‘preparación del sacrificio’. Y en el cuarto no se hará nada, sino hacer ese sacrificio ya preparado.

Y en el quinto acto todo estará orientado a comunicar su participación. 

El análisis, pues, del “orden” de la Misa tiene un interés real, y su movimiento dramático, (puesto que la Misa es una acción, una cosa ‘que se hace’) permite percibir y valorar su estructura.

 10. Conclusión

Señores: voy a terminar. Hemos presentado a los actores de la Misa Solemne. Hemos registrado la disposición de la Casa. Hemos expuesto la trama o argumento general de la acción sagrada.  Y hemos explicado la naturaleza especial de esa acción; su condición ritual y sacramental, es decir, su condición humana pero productora de una realidad sagrada.

Hemos visto también que su trama o argumento no hace sino dar un contexto adecuado a los tres gestos del Señor en la Cena. Esos augustos gestos que instituyen y fundan el misterio y que generan (dentro del cuadro propio de nuestra liturgia) los tres actos sacrificiales de la Misa.

Hemos visto también por qué esos tres actos sacrificiales: Ofertorio, Eucaristía, Comunión, conviene que sean precedidos —por lo que toca al Pueblo— de dos actos preparatorios: uno que ‘congrega’ y otro que ‘instruye’ a la comunidad.

 Esta conferencia de hoy, Señores, es preliminar. Ha sido larga, difícil (habrá resultado quizá enojosa) pero era necesaria. Era necesaria porque era necesario, al atreverme a aceptar un curso sobre la Misa, explicar claramente cuál es mi posición, mi punto de vista y el propósito de estas reuniones. En adelante entraremos en la Misa misma y atenderemos cuidadosamente a su rito.

Culturalmente hablando, por sus solos elementos inteligibles y sensibles una Misa Solemne debidamente celebrada es una de las cosas más admirables que sean dadas ver, todavía, en este mundo.

Y si al hablar de cosas tan nobles Dios nos da la gracia de poder decir ‘algo más’, si llegamos a intuir de algún modo ese misterio que anima todo esto (misterio que nos comprende y al cual estamos ‘invitados’) estimo que estas reuniones de la Academia de Estudios Religiosos puedan no ser del todo inútiles. 

He terminado.

EL QUE CRECE

PRÓLOGO[1]

UN LIBRO

Propio de la figura de San José ha sido el casi universal desconocimiento de que estuvo rodeado durante muchos siglos. Materialmente ello se justificaría por la reserva de los Evangelios a su respecto; reserva de textos por cierto, que no de sentido. Leclercq anota que “en tanto san Juan Bautista y los Príncipes de los Apóstoles eran magnífica y universalmente celebrados, san José atraía apenas la atención de las muchedumbres cristianas”. Situación que subsiste hasta el siglo IX, aproximadamente, en que hay mención de un culto celebrado por la iglesia griega.

                Con san Jerónimo, empero, los Padres comienzan a definir los atributos del Patriarca fundados en la dignidad eminente de su misión cerca de Nuestro Señor. Les retiene en particular el dictado de JUSTO. Así el Crisóstomo: “Justum hic, in omni virtute dicit esse perfectum”. Pero el desarrollo expreso de las condiciones de la justificación de san José parece reservado a los doctores medievales, singularmente a san Bernardo.

                En virtud de la regla de adecuación de las gracias o carismas al estado en que la Providencia coloca a una criatura, disciernen aquéllos el excelso grado de santidad conferido al que “padre nutricio de N. S. Jesucristo y verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, fue designado por el Eterno Padre, fiel custodio de sus mayores tesoros, a saber, su Hijo y su Esposa”.

                No obstante, la preeminencia litúrgica concedida por la Iglesia a san Juan Bautista, san Bernardo afirma ya que, después de la Virgen Madre, la santa Iglesia debe a san José singular gratitud y reverencia, pues él es “la clave del Antiguo Testamento en quien la dignidad patriarcal y profética obtuvo el prometido fruto, pues fue el único que poseyó corporalmente a aquél que la divina dignación prometió a los santos de la Ley Antigua”. Del “voracísimo” matrimonio de José con María deduce san Bernardino de Siena  que el Espíritu Santo dotó a aquél de virtudes muy semejantes a las de su Esposa; y el abad de Claraval le ve participando en la ciencia de los más secretos designios del  Señor a causa de su familiaridad celestial con el mismo Verbo Encarnado.

                Así, progresivamente, va revelándose a la Iglesia esa figura del invisible Padre. Con todo, la declaración del Patrocinio aparece desproporcionada a la tradición y sólo se la comprende como dictada por una noción profética. Es que, al mediar el siglo  XIX la Iglesia gusta el sabor de amarguras hasta entonces nunca conocidas. El triunfo de la Bestia vislúmbrase inminente. Las almas se preguntan si el sacrificio de la Cruz no ha sido hecho vano por el exceso de la desobediencia. Entonces el Espíritu inspira a la Iglesia el Patrocinio de san José sobre la Iglesia Universal.

                Este misterio lo celebra la Iglesia en la solemnidad de san José, cuyos oficio y misa proclaman el Patrocinio y permiten recibir como verdad común para estos tiempos lo que antes  pudo  no ser sino un vislumbre profético o la certeza íntima de la oración de algún  santo sobre la misión reservada a san José. Se comprende, pues, la tentación vertiginosa que puede tener para un cristiano de ahora el deseo de recoger en pensamiento distinto y formular con razones (así sean tan ingenuas como el  balbuceo de un niño) lo que la Esposa dice de san José al Esposo en el esplendor callado  de la divina liturgia.

                Las grandes líneas del misterio se ofrecen bajo los símbolos de la Historia de José. Leer en esos símbolos la exaltación de san José sobre un Egipto no menor que el mundo; el hambre de la Iglesia oprimida por la apostasía universal de las naciones, y tantos otros misterios que sobre la autoridad de la oración de  la Iglesia pueden ser declarados de san José, es hallar la materia de un libro sublime. ¿Qué hubieran hecho Hello, con aquella intuición que tuvo de la santidad singularísima de san José, o Bloy con su sentido tan hondo de la reprobación del  mundo moderno, si una inspiración los hubiera puesto frente al Patrocinio de San José? Tenemos como un presentimiento del libro que nos hubieran dado. Ahora bien, un libro así, un libro como para regocijar a León Bloy, un libro que enfrenta la misteriosa, la tardía, la terriblemente crepuscular misión de san  José, ha sido escrito. Ha sido escrito entre nosotros, por uno de nosotros. Lo ha escrito Dimas Antuña y el libro se llama “EL QUE CRECE”.

Rodolfo Martínez Espinosa

EL  QUE  CRECE

                                                                                                                            Filius  accrescens  Ioseph[2]

                                                                                                                                       

Argumento.” El que crece” es una meditación acerca del misterio del patrocinio de San José sobre la Iglesia universal[3]. Tiene cinco capítulos. El primero trata de los sueños del Faraón refiriéndolos a la Iglesia. El segundo, de la voz y el silencio con relación al Verbo. El tercero, del heraldo y el mayordomo[4]. Este proceso termina con el patrocinio actual del Patriarca, es decir, con la exaltación de José como misterio de San José (capítulo cuarto), y luego de anunciar el reconocimiento, muestra (capítulo quinto), en los sueños de José, la gloria de San José en Cristo y en la Iglesia.

DURANTE el Oficio, en la Solemnidad de San José, un pobre halló en su corazón estos pensamientos de hambre[5]:

            Venite exsultemus Domino! -¡Venid aclamemos al Señor! [Salmo 94, 1]

Porque Israel amaba a José sobre todos sus hijos por haberlo engendrado en la vejez; porque el Padre sobre todos los Patriarcas ama al último de la Antigua Alianza, hijo de su vejez.

            Jubilemus Deo salutari nostro, demos vítores a Dios nuestro salvador, que guardó esto en silencio; jubilemus ei, vitoriémoslo, por esta gloria que su Dedo nos muestra en la exaltación del antiguo José. Venite, adoremus! ¡Venid, adorémoslo!

            Et procidamus ante Deum, y prosternémonos ante Dios, que declara en figuras cosas nuevas, y lloremos! Porque no puede ser elevado José si no es en Egipto, ni puede haber Egipto que no sea angustia!

            Ploremus coram Domino, lloremos en la presencia del Señor, lloremos el precio enorme de esta gloria…

1

Los sueños del Faraón referidos a la Iglesia

PORQUE vio Faraón este sueño:

Me parecía la ribera del río y que del río subían siete vacas gruesas, de hermosa vista; que despuntaban la hierba. Y subían también del río otras siete vacas, pero feas (nunca vi peores en todo Egipto), las cuales, habiendo devorado a las primeras, quedaron tan escuálidas como antes.

Y me desperté. [6]

            Del tiempo suben las naciones que formaron la Cristiandad, lucias, de hermosa vista; y suben después de ellas las vacas áridas que no comen pasto[7], y destrozan a la  Cristiandad.

            Pero oprimido otra vez del sueño, vi este sueño:

Siete espigas brotaban de una misma caña, llenas y hermosas; otras siete, vacías  y quemadas del solano, nacían después de aquéllas. Y las espigas vacías tragaron a las  llenas.

    

Y vi la plenitud del alma en los siglos de fe; la vi reflorecer al Soplo septiforme, en un solo tallo. Mas hoy la enflaquecen las espigas vacías[8].

He contado a los magos estos sueños y no hay quien los declare[9].

            Pero José dijo a Faraón:

            Los dos sueños son uno. Vienen siete años de grande hartura en la tierra de Egipto... (en la

noche pagana  la mesa puesta del Reino)... y levantarse han tras ellos siete años de hambre, y

será echada en olvido la abundancia pasada, pues, ¿quién recuerda hoy que el hombre ha conocido la plenitud de Cristo, con abundancia y riqueza, cuando los Pastores compelían el mundo a entrar en el convite?

            Y aquella abundancia no se echará de ver a causa del hambre siguiente, la cual será

grandísima . La grandeza de la carestía acabará con la grandeza de la abundancia.

        

            La grandeza de la carestía ha disipado hasta el sabor de aquella abundancia; nuestras almas ignoran qué pan rompieron al mundo los Padres.

         Provea, pues, el Rey, de un hombre industrioso, y hágalo gobernador de la tierra de Egipto. Y la quinta parte de los frutos de los siete años de fertilidad, que  van ya luego a empezar, recójala en graneros. Y enciérrese todo el trigo a  disposición de Faraón, y esté preparado para el hambre venidera que ha de oprimir a Egipto, y no se tajará la tierra con el hambre.

        

       Y no se ha tajado la tierra, pero vivimos, ay, de cosechas pasadas; de una mies  que sembraron con lágrimas  y segaron con gritos de júbilo nuestros santos... Hoy   no desbordan los manípulos. Gracias que esta quinta parte ha sido puesta en  manos de un hombre industrioso, porque Faraón dijo:

            ¿Dónde encontraremos un hombre como éste que tenga en sí el Espíritu de Dios?...Puesto que Dios te ha hecho conocer tales cosas, no hay nadie tan inteligente como tú. Serás sobre mi Casa. Te establezco sobre el país de Egipto.

            Puesto que el Padre te ha hecho conocer al Hijo despojado de su forma de Dios, semejante a un esclavo, no hay nadie tan inteligente como tú. Serás sobre mi Casa. Te establezco sobre la potente Iglesia que asumió las naciones y se ve ahora, cuerpo de Cristo en forma de esclavo, despojada!

            Te establezco sobre la Iglesia Universal, dijo Pio IX[10].

  

Y puso Faraón el anillo en la mano de José, y le hizo subir en su segundo carro, -el primero, hiperdulía.

            Y salió José (el patriarca) para recorrer todo Egipto, -y San José (patrono de la Iglesia) para recorrer una época fangosa.

            Y decían de José: Todo prospera en sus manos.

               “Hace Dios cuanto él le pide como si aún  le estuviera sujeto, revelaba santa Teresa cuando subió del norte la primera  vaca hedionda[11], - “a otros santos parece les dio gracia para socorrer en una necesidad, mas, de éste, tengo experiencia que socorre en todas” [12].

Todo prospera en sus manos.

José guardó en el interior lo que producían los campos.

San José, [guardó] en la oración, obras y pensamientos.

            Porque se hace tarde y está inclinado ya el día.

Puede abrir las  Escrituras el  mismo Cristo, a esta hora los ojos están detenidos[13]. Algunos sienten, es cierto, que les arde el pecho, y hacen fuerza al Viajero[14], pero la muchedumbre ignora su propia miseria: glorifica el trabajo de las manos[15] o desvía el pensamiento, no sea que llegue a oración. Los obreros falsean un instrumento de penitencia; los sabios, uno de contemplación. Nada se guarda en el interior, antes se huelgan todos viendo venir la noche en la que nadie podrá obrar[16].

            Faraón, sin embargo:   -Id a José, haced lo que os diga [Génesis 41, 55].

            Id a San José, haced lo que os dice callando[17].

            Junto al Hijo de Dios y de María, San José contempla y trabaja (y sueña), todo envuelto en silencio.

Id a José:

-Dispensador del pan.

-Maestro de oración.

-Exemplar  opificum, modelo de artesanos[18]

            Nombres que explican el patrocinio porque se ha hecho  tarde[19]. Que si una cosa sola es necesaria[20], no se ha de proteger dos, ni tres… Pero, a esta hora, sin el pan[21] no se descubre a Cristo, y aun viéndole partirlo, es duro entender que desde Moisés y los Profetas se revela, sufriendo[22]. Sólo cuando Él propone su oportuit pati Christum, convenía que el Mesías padeciese,  al pan nuestro de cada día, la Vida reaparece.

            Comer para entender:

            ¡José dispensador del pan, ora pro nobis!

            Entender para obrar:

            ¡José, maestro de oración, ora pro nobis!

            Obrar para comer:

            ¡José, exemplar opificum, ora pro nobis! ¡Modelo de obreros[23], ruega por nosotros!

  

            Este orden esconde a la criatura con Dios en Cristo, y trueca la maldición antigua en bendición: Con el sudor de tu rostro, comerás el pan. [Génesis 3,19]

            Y serán abiertos tus ojos al romperlo[24]. Y si vienes a él amorosamente del pensamiento o del trabajo, te dará paz colmada y el deleite que encierra.

            Cuando Pío X abrió el sagrario[25], las almas recordaron a Pío IX. Había empezado el patrocinio de José en medio del  hambre[26].

2

La voz y el silencio con relación al Verbo

EL HAMBRE y la angustia. Egipto. La Asamblea cristiana acude al Cielo. La Deípara precede a Miguel, Gabriel, Rafael, a todos los ángeles y arcángeles, a todos los órdenes de espíritus. Llegan en seguida todos los santos de la tierra[27], y, delante de todos:

            Sancte Ioannes Baptista

            Sancte Ioseph.

            ¿Son los mayores? 

            Si el Padre los mide en relación a su Palabra, éstos son quienes más se le acercan[28]: el uno es la Voz delante del Verbo, el otro, el Silencio, a su lado.

            Juan es missus a Deo, enviado por Dios, es decir, ángel[29].

            Aparece armado para el mensaje: tiene la pureza que lo da nítida, íntegramente; la voz, clamante quasi tuba, clamorosa casi como una trompeta; el fuego como cauterio; la luz... Brilla de tal manera que algunos lo confunden con la Luz, pero no es él la Luz. Él es pedernal y los corazones todavía son de piedra. Chocan. Prende, arde, salta el espíritu de Elías…

            Mas, al ver a Jesús, aspereza, amenaza y grito se rinden: Juan oye al Esposo, siente abrírsele el pecho y le llama cordero. ¡Qué ternura!

            Juan es mayor que Abraham, mayor que Moisés. Juan es un gigante. Jesús elogió inmensamente a Juan, ¿quién puede ir a su lado? Nadie. Pero va San José. Así los invoca la Iglesia:

            Sancte Ioannes Baptista

            Sancte Ioseph.

            San José no es un enviado, es un olvidado. (Los símbolos de un misterio desentrañan otro). No tiene misión pública; no trae ademán, ni voz, ni fuego. Nadie lo confunde con el que ha de venir. San José es un silencio que espera, tan invisible que algunos lo toman por el invisible Padre: et ipse Iesus putabatur filius Ioseph, y Jesús era tenido por hijo de José…

            San Juan corre y anuncia.

            San José huye, esconde.

            Juan reta.

            José crece…

            Cuando exaltan a Jesús sobre el madero ya han disminuido  a Juan por el hacha, pero, de José, no se ocupan los hombres. No lo conocen. Una sola vez le negaron hospedaje, y no por rechazarlo a él precisamente [Lucas 2, 4-7].

            San Juan y San José van juntos, pero no binos[30].

            Están en relación como la Promesa y la Ley: San Juan en una perspectiva de montañas, San José en la corriente de un río.

            No se oponen.

            Pero no coinciden.

            La cadena de Juan viene del Sinaí, por el Carmelo, hasta el monte Sion; hasta Juan la Ley y los Profetas, es decir, Moisés, el Arca, el Templo, las sinagogas… De repente una garganta parte los montes que la Luz perfila con dureza extraordinaria, y, frente a Juan, Pedro, es decir, La Iglesia, el Reino, la Gracia; montañas hasta el valle del Juicio.

            Juan y Pedro se afrontan al abrir paso públicamente a Jesucristo. Y Juan lo señala:- Ved ahí el Cordero de Dios, mientras Pedro lo entrega desnudo, sin imagen: - Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo [Mateo 16,16].

            Iacob autem genuit Ioseph, Ioseph filium David. Y Jacob engendró a José, a José hijo de David.[Mateo 1, 16].

            Un río de sangre sale de Abraham que en David es torbellino, en María pureza edénica: desemboca por las Llagas, y el Espíritu regula sus corrientes renovando la faz de la tierra.

            En este río está el Patriarca.

            Hasta San José los patriarcas de la Encarnación; después nos ha nacido un Niño, un Niño nos es dado que se ocupa de las cosas de su Padre. Sed perfectos, dice, como el Padre celestial es perfecto [Mateo 5,28]: sed padres, entienden los patriarcas, como es padre el que está en los cielos. Ya el reino de los cielos no es cuestión de observancias, ni la paternidad simple querer de hombre [Juan 1, 13]: el Padre, revelado, libera a los patriarcas de la carne.

(Lía era de ojos débiles; Raquel, decora facie et venusto aspecto, hermosa de rostro y de aspecto encantador, fue la esposa más amada [Génesis 29, 17-18]. Cuando, después de tener a Dan en sus rodillas, conoció ella misma la gloria de ser madre, exclamó: ¡José! ¿Voz de alusión a “quitó” [31],  “añadió” [32],- quitó mi oprobio de estéril, añadió mi honra?...)

            José en la línea de los patriarcas dice: Quitó la servidumbre de la carne, añadió  fecundidad al espíritu, y por eso es Lumen patriarcharum, Luz de los patriarcas.

            Los de la Antigua Alianza suben hacia él como la savia al fruto santo que él protege.

¡O delicem virum, beatum Ioseph! ¡Oh, varón deleitoso, bienaventurado José! porque Abraham e Isaac y Jacob quisieron ver y no vieron, porque el rey David y muchos reyes quisieron  oír y no oyeron a ese Niño! [Lucas 10, 24].

            Y los patriarcas de la Nueva Alianza, Benito, Domingo, Francisco , (vírgenes todos, custodios de vírgenes) saben también de este santo a quien no sólo fue dado ver y oír al Niño, y vestirlo, y guardarlo, sino hasta besarlo, porque la vida de éstos fue oración, es decir, el beso de su boca.

            ¡Besad al Hijo[33], dicen a sus Órdenes, no sea que perezcáis del camino justo! Cuando se enardezca su ira, cuando vuelva, bienaventurados los que hayan recibido su paz…

            ¡Bienaventurados los patriarcas que huyeron (de Sodoma, y de Herodes, y del Mundo) para besar al Hijo! ¡Bienaventurados los patriarcas de la Encarnación, hasta San José!

            ¡Bienaventurados los patriarcas del Advenimiento, después de San José!

            “Que es una cosa sobrenatural, es un ponerse el alma en paz o ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir, como hizo al justo Simeón, porque todas las potencias sosiegan; entiende el alma que está ya junto, cabe su Dios, que, con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con él, esto no porque lo vea con los ojos! Tampoco no veía el justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito que, en lo que llevaba envuelto y la poca gente con él que iba en la procesión, pudiera tomarlo por hijo de gente pobre y no del Padre celestial. Más dióselo el mismo Niño a entender [Lucas 2, 25-35]…”[34].

            Ahora bien, de cómo San José tenga el carácter de los patriarcas del Nuevo Testamento cuando recibe en sus brazos al que desearon los del Antiguo, sólo el glorioso Niño pobrecito puede darlo a entender cuando el alma está ya junto, cabe su Dios, que, con poquito más… Pero esto ni lo ven los ojos, ni lo razona el discurso.

  Y así nos alejamos del Bautista, en cierto modo, y el ministerio de la Voz decrece a medida que progresa en el alma el Verbo: esta sola Palabra que habló el Padre habla siempre en eterno silencio, y  en silencio ha de ser oída del alma[35].

            San Juan prepara los caminos; se afana, Marta, solícita.

            San José es el guardián de María.

            No se oponen.

            Pero no coinciden.

            Y van juntos el Patriarca y el Bautista.

            Pero como la Promesa y la Ley.

Y cuando entran al misterio de la Iglesia, Juan es heraldo que anuncia las conquistas; José, mayordomo, salvador de la Casa que perece[36].

                                            

3

El heraldo y el mayordomo

Y oí que uno de los cuatro decía con voz de trueno:

            _Ven, y verás.

            Y miré.

            Y vi un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él tenía un arco, y le fue dado una  

corona , y salió victorioso para vencer nuevamente [Apocalipsis 6, 1-2].

         Su Padre le  había dicho: Pídeme y te daré las naciones [Salmo 2,8].

            La Iglesia, de piedra[37], exclusiva, lograba crearle un mundo que no contristara su Espíritu.

            ¡Oh Edad  sublime! No había nacido aún la raza prudente; no se pecaba, como ahora, contra el discernimiento[38]...  Celebraban entonces dos Noches Buenas: una, la del Niño, otra para San Juan Bautista. Pues al Fiel y Verídico, al que venía sentado sobre el caballo blanco, el Señor le había dicho, de Juan: - He ahí que lo envío delante  de ti como un ángel.

            Y la Voz iba delante del Verbo, y  el Verbo crecía de muchos modos en aquel mundo ordenado. Ya era el pensamiento que buscaba imprimir el Logos  en el alma, ya la contemplación que moría de inteligencia amorosa ante las hermosuras de santidad en que se oye:-Eres mi Hijo, hoy te engendro [Salmo 2,7].

            De la matriz del alba venía rocío de juventud para aquellos pueblos nacidos del agua y del Espíritu [Juan 3, 5], cuyo movimiento hacia Dios enlazaba la liturgia a la corona del año.

            Y cuando fue más patética la victoria del Verbo de Dios sobre los dioses y los hombres, cuando Rey de los Reyes y Señor de los Señores [1ª Timoteo 6, 15] veía que San Gregorio VII ponía a sus enemigos por escabel de sus pies [Salmo 110, 1], una gran voz proclamaba:

            -¡Ahora se ha cumplido la salud y la fuerza, ahora ha sido establecido el Reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo! [Apocalipsis 12, 10]

            Y esa voz era Juan.

            Pero se hizo luego en el cielo un silencio, casi por media hora [Apocalipsis 8,1].

  

            Y llegó el Renacimiento.

            Y en esa orgía la vida moderna danzó y agradó, y, prevenida por la vieja ramera pagana su madre, le exigió al que acababa de ser desatado: Domine mi rex, da mihi in disco caput Ioannis,  Señor mi rey, dame en una bandeja la cabeza de Juan[39].

            Desde entonces nadie oye a nadie pero todos hablan. A los clamores de la Desobediencia, a quien fue dado una boca grandilocuente, han sucedido ruidos de usina, chirriar de máquinas. Ya no queda desierto para  la Voz clamante: sólo hay lugares áridos que habitan los rectores hujus mundi, los príncipes de este mundo, ¡y con qué precisión cruel, con qué lucidez terrible, con qué eficacia de engaño lo conducen!...Han organizado contra el alma toda la naturaleza  y toda la materia. Rayan esta hora con un ritmo estridente. ¡A ellos el Poder (por un poco de tiempo), a ellos la plaza de la gran ciudad llamada en espíritu Sodoma y Egipto![40]

            Pero José guardó en el interior lo que producían los campos, y san José, en el silencio, la voz antigua de Juan.

            La impureza y el hambre oprimen  a la Iglesia, y Faraón dice: -Id a José.

            Porque la fe entra por el oído [Romanos 10,17] y sólo en el silencio interior del Patriarca se puede oír, a esta hora, la Palabra.

            La derrota ladeó al Heraldo[41].

            El hambre trajo al Mayordomo[42].

            Es explicable que la liturgia victoriosa del Bautista haya cedido a la del salvador José. Es explicable también que el Silencio, (que para  Santa Teresa o  San Juan de la Cruz era una cima, un progresar del alma en el Verbo), en el barullo rechinante que nos lleva, resulta cosa diferente. Hoy es un pre-requisito de la vida, un extremo de la Misericordia que asiste al nacimiento doloroso como asistió, en Belén, al gozoso.

            ¡Sancte Ioseph, terror daemonum! ¡San José, terror de los demonios! murmura en los dolores por parir, la madre Iglesia, cercada brutalmente del dragón cuya cola barre, desde Lutero, a la tercera parte de la Cristiandad [Apocalipsis 12,4].

4

El patrocinio actual del Patriarca,

La exaltación de José como misterio de San José

YAMABA Israel a José sobre todos sus hijos por haberlo engendrado en la vejez, y le hizo una túnica de zarzahán.

            José era hermoso de rostro y de aspecto bello.

            Sus hermanos decían:- Mirad, el soñador…, con ahogos de odio, y, aunque Rubén los calmaba, llegó a ellos y le desnudaron de la túnica talar, y de la de varios colores, y le echaron en una cisterna vieja.

            En esta venganza tan baja hay un ¡Eli, Eli! Que gime. Sofocado por la satisfacción de los bellacos: ¡A ver si los sueños lo salvan!...

Más tarde, Faraón de Egipto puso su anillo en la mano de José. Y le vistió una túnica de lino, finísima. Y le puso, alrededor del cuello, un collar de oro.

            Guardémonos, sin embargo, de manosear estos símbolos, no sea que huya el Espíritu.

            Es lícito, a los hijos, sacar del tesoro del Padre cosas viejas y nuevas.

            Pero guardémonos de manosear estos símbolos que son luz del alma.

            No sea que huya, el Espíritu.

            La aljuba[43] de José manchada (o purificada) con sangre, se trocó en estola. Tenía lizos[44] de una elección contra la cual no pueden los hombres[45].

            Todo esto encubre realidades para las que falta, comúnmente, el lenguaje.

            Aun cuando San José, hermoso de belleza pura y predilecto del Padre, lleve la túnica polymita[46]; aun cuando en el matrimonio espiritual, por ministerio del silencio, el alma lo vea con la stola byssina [1º Crónicas 15, 27], como ve, a la Reina, in vestito deaurato, vestida de dorado; aun cuando el mundo moderno cayendo sicut fulgur, como rayo[47] del cielo de este Oficio[48] explique el Patrocinio ( pues su prodigioso brillo sensible enmascara tinieblas, como Egipto, y da en sombras de muerte) ninguna de estas luces trae el día.

            José queda en su noche prefigurando a San José.

            ¿Qué significa el anillo? ¿Qué verá mañana algún santo en el collar de oro? ¿A qué corresponde en el esposo de María la copa en que bebe el Soñador y en la que suele adivinar?...

            El ángel (que ve el rostro del Padre mientras nuestra miseria gime en la salmodia) recibe de ese Rostro, como inteligibles, lo que el Espíritu nos muestra como símbolos [Mt18,10]. ¡Niños de poca esperanza, dice el ángel, a qué tanta impaciencia? ¿queréis entrar en la Sabiduría y saber de su juego riguroso sin morir?

            ¡Ah, pongámonos de acecho en los postigos de su puerta![49]

            Ludens in orbe terrarum, jugando por el orbe de la tierra, distiende o comprime los siglos: mil años, para Ella, son un día.

            Mas no rechaza a los hijos de los hombres.

            Ella es la consonancia del Abismo que asiste a los pensamientos justos: pongámonos de acecho.

            Como los Padres que abrieron con indecible pureza los Textos santos, postigos de su puerta.

            Los Padres sabían distinguir en estas Letras el hecho del relato[50] que de él hace el Espíritu, percibiendo en ambos el estilo de la Sabiduría. Y entendían así que si dos realidades concuerdan, es lícito a la razón humana, porque es digno de la Razón divina, concluir en el dominio espiritual lo que el Espíritu enseña en la figura.

            Y si lo que culmina en la historia de José (para discurrir como aquellos hombres divinos) no es el ¡Abrech![51] (como en el triunfo de Mardoqueo el Hoc honore condignus est…, digno es de este honor, reservando a Esther lo más  alto [Ester 8]), Faraón sólo estuvo en el consejo para cimentar un designio.

            Y si no fue la crisis de ese drama la humildad de José levantada sobre el carro, sino sus lágrimas y aquel momento sublime cuando alzó la voz con llanto[52], predicar del esposo de María un encuentro parecido – que corone esta gloria en aquel excesivo terror y aquel suave ¡Llegaos a mí! del Reconocimiento[53] – será justo.

            Tomemos, pues, libremente, del tesoro del Padre.

            Mi delicia, dice la Sabiduría, es con los hijos [Proverbios 8, 31), y no los llamaré sirvientes, sino amigos, porque les doy a conocer lo que oigo de mi Padre. [Juan15, 15]

            El padre guardó aquello en silencio.

            Mas, es lícito a los hijos de la libre [Gálatas 4,31], tomar del silencio del Padre cosas nuevas [Mateo 13, 52].

            Pues como sus hermanos morasen en Siquem, el Padre les envió a su Hijo, Israel les envió a José[54]. Y sus hermanos luego que lo vieron de lejos, antes de que se acercase a ellos, pensaron en matarle.

            Y José dijo en Siquem: Busco a mis hermanos. Y agregó, más tarde, en Siquem: Mi Padre busca adoradores [Juan 4,23-24].

            Esto lo dijo a la hora meridiana, cansado del camino[55] porque habían caminado en pos de sus hermanos que se preguntaban con ira: ¿quedaremos sujetos a su vara? ¿será él acaso, nuestro Rey? [Génesis 37, 8] ¡Matémoslo, y así lo salven sus sueños!

            Pero Judá los aquietaba: ¿Qué provecho sacaremos con matarlo? Mejor será venderlo.

            Y lo vendió Judá por veinte monedas, y Judas logró venderlo por treinta, para que no dominara sobre ellos.

            Esta figura, de Siquem a Egipto, consumará los siglos al realizarse por entero. Mitad de ella ha sido cumplida, pues la entrega de Judas es riqueza del mundo. Mitad llega oscuramente.

            Y como Josué reproduce a José antes de que llegue San José; como Juan renueva a Elías antes de señalar a Jesús… O como la carrera del Precursor anuncia al Verbo de Dios victorioso en la noche pagana, la Exaltación repercute en el Patrocinio, y San José es manifestado José.

            No José vendido, que la Pasión agotó esa figura, sino exaltado: San José toma la historia del Génesis donde la dejó el beso de Judas.

            Y así crece.

            Sus hermanos que viven sin rey y sin jefe, sin ephod y sin teraphines, sin sacrificio y sin altar[56], no saben nada de él, y él es señor de la Casa adonde ellos vendrán buscando trigo.

            Porque los hijos de Israel se convertirán, y buscarán de nuevo al Señor su Dios, y a David su Rey, y se acercarán con temor al Señor y a su Bondad, según vaticina el Espíritu por Oseas profeta, para ese día que ni los ángeles conocen, día que, lejos, cerca, Dios sabe, será el fin de los tiempos[57].

  

            ¿Pero no decís vosotros que aún hay cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: ¡Alzad los ojos! [Juan 4, 35]

            Esto decía Jesús, cansado del camino, en el campo que dio Jacob a José su hijo, cerca de la fuente donde bebió el Patriarca.

            ¡Alzad los ojos y mirad el campo, vosotros que decís: ¡Hay aún cuatro meses! Porque os digo que está para segarse.

            Alzad los ojos que cuando vuelva Israel de su deicidio, y se convierta al Señor, y busque de nuevo su Bondad, no será Faraón solamente quien diga a su pueblo: ¡Id a José!, porque Jacob increpará a las tribus: ¿qué os estáis mirando unos a otros? ¿no sabéis que se vende trigo en Egipto?

            Y aquel que ha sido hecho como Padre de Faraón y señor de su Casa, preguntará a sus hermanos, con lágrimas: ¿Vive mi padre todavía?

            Vive. Porque la palabra del Señor permanece eternamente [1ª Pedro 1, 25] y son sin arrepentimiento sus promesas.

            Y dirá el Patriarca: Anunciad a Israel toda mi gloria, apresuraos que ya el fin de los tiempos está cerca, y traédmelo. Venga todo mi pueblo que yo le daré los bienes de la Iglesia, el meollo olvidado y la sustancia mística del Monte.

            Y como despertando de un  profundo sueño romperá Israel la venda que lo ciega.

            Y conducido por San José lo verán asentarse a la mesa de sus padres Abraham e Isaac y Jacob.

            Y dirá este Mayordomo justo, para cumplir las Escrituras: - Poned panes…[58]

            Y comiendo, y bebiendo, embriagados todos, caerá sobre ellos el Espíritu.

                                                         

5

La gloria de San José en Cristo y en la Iglesia

prefigurados en los sueños de José

CAERÁ, sobre ellos, el Espíritu.

            Aquí expira el pensamiento.

            Se ve el Iris resplandeciente, rodeado de relámpagos, ni lejos, ni cerca[59]. Se ve el Iris. Los ángeles mismos no saben la hora [Mateo 24, 36].

            ¡Feliz Adán que arrojaba palabras de inteligencia a los vivientes! ¡Feliz quién pudiera decir José fuera de todo lenguaje, en el éxtasis de lo que esperamos!

            La correspondencia esencial entre el Nombre  el Patriarca haría caer los símbolos: El pobre hallaría en su corazón, no ya estos pensamientos de hambre, sino de Reino.

            Pero después de la Caída del hombre se ha dormido tan grosera, tan pesadamente, que, para hacerle entender el misterio de su amado, el Pastor (que guía  velut ovem, Ioseph; como José a la oveja), le hace ver estos sueños:

            Parecíame que estábamos atando gavillas y como que mi gavilla se levantaba y se tenía derecha, y que vuestras gavillas (que estaban alrededor) adoraban a mi gavilla. [Génesis 37, 7]

            Es el triunfo en Egipto.

            Dominó así, por el trigo.

Y luego:

            He visto en el sueño como que el sol, la luna y once estrellas me adoraban. [Génesis 37, 9-10]

            Es el  misterio espiritual.

            Cuando Jacob lo bendijo se inclinaron ante José, desde la plenitud de los tiempos, el Sol, la Luna, los Once. Dependieron de José, Jesús, María, la Iglesia, y la posteridad prometida a Abraham (apartando para otros su muchedumbre de polvo árido y arenas) echó sobre este justo su porción estelar.

            Pero el Salvador no recibe su gloria sin haber conocido, antes, la Cruz.

            Así, Israel bendijo a Efraím que estaba a su izquierda, y a Manassés  que estaba a su derecha, trocadas las manos, presentando la cruz a José [Génesis 48].

            Y  José no dijo al verla: Padre, traspasa de mí este cáliz, pero intentó alzar la mano derecha de Israel, rogándole: Padre, no conviene así…

            Lo sé, hijo mío, lo sé, respondía Jacob. Pero estos niños simbolizan a los pueblos que la Cruz  divide, y yo no puedo  deshacer este misterio. Los millares de Manassés van a olvidarse obstinadamente  de su Dios mientras las muchedumbres de Efraím serán enriquecidas…. ¡Oh Efraím, casco de su cabeza, fuerza militante del que saldrá de mi muslo! Déjame hacer, hijo mío, ya ves que estoy muriéndome...  nadie  quitará las primicias a Israel, pero, la plenitud, irá a las Gentes.

            ¡Oh fuerza de la Cruz! Sin su distensión divina el crecimiento del Patriarca habría llegado a la posesión de unas tierras conquistadas por Jacob al Amorreo con la espada en el arca. Mas, no consiguió José levantar la derecha de su padre, la Cruz le fue impuesta, y por ella podemos decir José fuera de todo lenguaje, José en espíritu de inteligencia: consonancia esencial entre el Nombre y el Patriarca que traslada, misteriosamente, los dos sueños.

            Pues reaparece  José, hijo de Jacob, hijo ya de David, con todos los símbolos de su Nombre:

Le obedecen el Sol y la Luna; las estrellas le avisan de una siega repentina, antes de que caigan las gavillas nuevas en Belén, porque está escrito que él debe salvar la suya, que es de trigo eucarístico, y tenerla derecha para que  tus Inocentes, oh Israel, la adoren [Mateo 2, 13-15].

            Pero mientras en Egipto el cielo y la tierra estaban separados, y una era la promesa y otro el ministerio, aquí los astros y el trigo van en manos del Patriarca, y promesa y ministerio coinciden.

            ¡Contraste de la luz y la noche! Como a los pastores de Belén, la claridad de Dios cerca de resplandores a José, y vemos en ellos que era hermoso porque lucía en la cara la paz de su silencio; que su aspecto era bello por algo tan callado como el pudor de sus lágrimas, y hasta penetramos lo que pensó, desnudo, en la cisterna.

            No obstante, con traer la agonía de San José (porque ésa fue su agonía), el evangelista no consigna su muerte.

            Ya estaba escrito, del justo: Entrarás con abundancia en el sepulcro, como se encierra el montón de trigo a su tiempo. [Job 5, 26]

            Y  ya había sido revelado, de José, que sus huesos profetizan. [Ezequiel 37, 4]

            Ahora profetizan. Cuando los clamores de la Desobediencia ahogan la voz de Juan, el Espíritu, que los visita, inspira esta manifestación a la Iglesia.

            En pleno triunfo de Pascua se oye la voz distinta del Maestro…

  

            -¿Habéis oído que José dijo a Faraón los dos sueños son uno? Pues yo os digo que los dos patriarcas son uno, y       que yo soy José. Yo soy el que crece en mi abuelo, yo soy el que salva en mi padre. Decidme, ¿cómo leéis las Escrituras que ya no os hablan de Mí? ¡Pobre descendencia de los santos Patriarcas!  Yo os di a Simón convertido en piedra para que tuvierais donde reclinar la cabeza, para que el verdadero Israel  viera en sueños la escala; pero vosotros halláis duro ese regazo, preferís otras almohadas…Ciegos, que no veis a mi siervo José  que os da el pan de cada día al inclinarse el día, ni veis a mi siervo Josué que ha parado el Sol y la Luna! Mi madre y yo estamos suspensos, sujetos a José una vez más, inclinados en un deseo ardiente de iluminar  vuestra lucha, pero, dentro de vosotros, el reino de los cielos ya no sufre violencia. ¡Prudentes,  ay de vosotros! Porque llega el día en que todas las figuras quedarán consumadas y entonces me veréis in brachio extento pediros cuenta de esta hora.[Mateo 25, 31} Sabréis entonces (pero ya no habrá Tiempo, sino Fuego), que Efraím  es mío y mío Manasés[Salmo 60, 9]  ; que la gloria de José mi abuelo es haberme dado esos innumerables dos hijos que mi cruz divide todavía y la gloria de José mi padre haberlos reunidos con gran misericordia…

            ¡Abrech!, gritaba el pregonero.

            ¡De rodillas! ¡Doblemos las rodillas! [Salmo 95, 6]

           

            Digamos Su nombre en espíritu de inteligencia:

   IOSEPH, id est, IESUS. JOSÉ, es decir, Jesús.

DE LA BENDICIÓN  de Jacob, de la bendición de Moisés, del Niño que llamó padre a San José, del Espíritu que lo llama justo:

            ¡Oh San José, hijo que crece, retoño de árbol fértil, sus ramos se lanzan por arriba del muro, su lozanía católica va más allá del tiempo: a su sombra los frutos que producen el Sol y la Luna…

            Para  ti, que  le devolverás a Israel, las bendiciones del Padre: para ti las bendiciones de la Iglesia, bendiciones “de vulva materna”[60], de seno materno; bendiciones de pechos que alimentan el mundo.

            ¡Oh San José, hijo que crece!

            ¡Retoño de árbol fértil!

UN POBRE halló en su corazón estos pensamientos de hambre, durante el Oficio, en la Solemnidad de San José, el año santo de 1925.


[1]Anteponemos a modo de prólogo la nota bibliográfica que le dedica a El que crece Rodolfo Martínez Espinosa, en la revista Número Nº 13, Enero 1931 p. 8. Un aviso en la misma página publicita la obra en estos términos: EL QUE CRECE - Por Dimas Antuña - Precio: diez pesos - Impresión en París bajo la dirección artística de Héctor Basaldúa - Editado por “Número” Pedidos a esta revista. Sobre Rodolfo Martínez  Espinosa ofrecemos una breve información en el Anexo final.

[2] Hijo que crece es José: Génesis 49, 22 traducido así por la vulgata. Según otra traducción del hebreo: Ramo, brote, retoño fecundo es José. Dimas encabeza su obra con este texto porque lo encuentra, probablemente, como antífona del primer salmo de los Laudes en el Oficio de la Solemnidad del 19 de marzo de 1925.

[3] José Luis – Dimas – Antuña escribe estas cinco meditaciones en la Solemnidad de San José, a los treinta y un años de edad. Le fueron inspiradas durante la celebración de los oficios litúrgicos de esa solemnidad. Las hace imprimir en 1929 en París como libro en una edición limitada fuera de comercio con ilustraciones de Héctor Basaldúa; y presentado por Rodolfo Martínez Espinosa en la revista Número. Dimas lo re-publica en El Testimonio (1947) que es la antología de sus escritos más queridos. El que crece, está sembrado de reminiscencias bíblicas y citas bíblicas en latín. Al republicarlo hoy, pareció aconsejable munirlo de notas para hacerlo más accesible a un público más amplio y para facilitar su lectura, que de otro modo puede resultar demasiado densa y quizás críptica o enigmática. Con ese mismo fin, junto a los textos que el autor cita en latín hemos agregado, inmediatamente a continuación la traducción en castellano con el fin de reducir el número de las ya numerosas notas al pie que esta edición exige.

[4]San Juan Bautista y San José respectivamente

[5] Hambre por escasez eucarística como se verá.

[6] Véase la historia del patriarca José en Génesis capítulos 37 al 50 inclusive. Dimas Antuña medita la historia del patriarca José como un arquetipo de la historia de San José. La aplica al estado de la Iglesia que ve ante sí como paralela a los siete años de escasez y hambre en Egipto. Esos son los “pensamientos de hambre” que Dimas “un pobre” encuentra en sí, sugeridos por los siete años de hambre en la historia del Patriarca José.

[7]Se abstienen de la Eucaristía. Ya sea las denominaciones que tienen su origen en la Reforma ya sea, en el mundo católico de la época, una apostasía eucarística numéricamente creciente que Dimas percibe y deplora.

[8]Compara los dos períodos de siete años en Egipto con el pasado eclesial de abundancia y un hoy en que Dimas ya percibe la escasez que no dejará de agudizarse hasta su muerte.Va quedando claro el sentido de la frase inicial: Pensamientos de hambre: El patriarca José salvó a Egipto de siete años de hambre. Dimas Antuña lee esa historia, y la aplica a la misión de San José en el Nuevo Testamento y en la Iglesia. Dimas detecta en su época, una escasez del pan eucarístico bien celebrado y bien  recibido. Enuncia así desde el principio de estas meditaciones – y en este caso de esta primera – una clave rectora para entenderlas. Su significado surge del paralelismo entre el patriarca José como ministro en Egipto y San José como patrono de la Iglesia Universal. Nos da acceso al pensamiento de Dimas un breve artículo de 1931 titulado Calix en el que luego de explicar la arquitectura de la Misa solemne, le recomienda a quien quiera entenderla y vivirla cabalmente, que asista “diariamente a la misa cantada de la Capilla benedictina del Santo Cristo, única – la cursiva es nuestra – iglesia de Buenos Aires donde florece la dignidad de la divina liturgia” (Revista Número Nº 23 y 24 [Diciembre 1931] cita en pág. 83).

Los pensamientos de hambre se los sugiere a Dimas este “tiempo de escasez” de celebraciones eucarísticas plenamente acordes con la dignidad del Pan divino. Dimas deplora este mal. Y a esta luz, Dimas se vuelve a san José Patrono de la Iglesia Universal como al responsable de esta tarea ante la decadencia de la fe eucarística y basa su esperanza en la relación de entre el san José Patrono de la Iglesia y el Patriarca José, abocado a los siete años de escasez de trigo en Egipto.

[9]José Luis – Dimas – Antuña se ve a sí mismo en relación con el Patriarca José y con San José, en virtud del patronazgo que le une a ellos, puesto que ha recibido ese mismo nombre en la pila bautismal. Nomen est omen = El nombre es un designio, un destino. Él se implica en el relato bíblico mediante sus pensamientos de hambre. En otro breve escrito se considera feliz por haber descubierto a San José: “Feliz el hombre que encontró a San José”.

[10] Pío IX declaró a San José Patrono de la Iglesia Universal, Decreto Quemadmodum Deus, 8-XII-1870; Carta Apostólica Inclytum Patriarcam, 7-VII-1871

[11]Alusión a la Reforma protestante

[12]Resume el pensamiento de la Santa: “quiere el Señor darnos a entender, que así como le estuvo sometido en la tierra, pues como tenía nombre de padre, siendo custodio, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide” (Vida, cap. 6).

[13] Es el ocaso, la caída del día, la venida de la noche. Ya puede venir Cristo mismo a explicarnos las Escrituras a nosotros hoy, en “esta hora” de la Iglesia a la que se refiere Dimas y experimenta como hora de ceguera y sordera de muchos. Los discípulos de Emaús, percibieron. Los católicos hoy no perciben. Volverá a referirse al tiempo en que escribe como “esta hora” esta noche.

[14] Sigue aludiendo a la historia de los discípulos de Emaús Lucas 24, 30-32

[15]No a Dios en sus obras, sino a sí mismos en las propias

[16]Es el dictamen que le merece a Dimas el estado del pueblo católico que ve a su alrededor, sumido en la insensibilidad y la tibieza tanto en la acción como en el pensamiento

[17]El “pobre” – Dimas – medita cómo San José habla con su silencio, pues el Nuevo Testamento no contiene ninguna palabra suya sino sólo sus hechos.

[18]Tres cosas que San José hace en silencio, hablándonos con sus obras y que prescribe a los que acudan a Él obedientes el “Id a José”

[19]Lucas 24, 29 “quédate con nosotros porque anochece” El patrocinio de San José sobre la Iglesia se debe a que Pío IX lo invocó en la noche de la Iglesia, en la caída del sol y el  advenimiento de la noche sobre los  tiempos de la Iglesia y necesitaba la presencia y asistencia del Resucitado y que les partiese el pan.

[20]Lucas 10, 42

[21]Esta hora, de nuevo, es decir la hora  de la Iglesia en la que “el pobre” ve caer la tarde y oscurecer y en la que la Eucaristía, la Misa es más necesaria que nunca

[22] No se entiende, lamenta, que para ellos y para ahora, el principal hacer es el padecer. Pero eso es lo que “a esta hora” no  entiende “la muchedumbre”

[23]Alusión a los obreros llamados a trabajar en la vid en esta hora que el pobre interpreta como la última hora de la tarde  Mateo 20, 1-6

[24] Así como a los discípulos de Emaús así también en la celebración de la Misa

[25] San Pío X, por el decreto Quam Singulari del 8 de agosto de 1910 urgió y allanó el camino para dar la comunión a los niños antes de una catequesis extensa, bastando la sola capacidad de distinguir un pan de otro y la presencia de Jesucristo en la Hostia consagrada. En la noche espiritual y del hambre espiritual, San José obra su patrocinio dando el pan eucarístico a los niños

[26] Hambre y angustia de los fieles que acuden a la Eucaristía en una situación egipcíaca, a pedir pan y paz. Los fieles invocan a los santos mediante las letanías que se recitan en tiempos de hambres, pestes, guerras, angustias.

[27]Alusión descriptiva a las rogativas con las Letanías. Los fieles invocan a los santos mediante las letanías que se recitan en tiempos de hambres, pestes, guerras, angustias. Aquí se presentan como acudiendo en un desfile ordenado.

[28]La Jerarquía de los santos la establece la relación con el Hijo, el Verbo, su cercanía, su semejanza, etc.

[29]Ángel – en hebreo maláq – significa eso: enviado.

[30]No son un par, son dispares. Dimas procede a contemplar la identidad de José por comparación con la de san Juan Bautista. De hecho, la misión de San Juan Bautista fue “ocasional”, histórica puntual. La de San José, no tiene fin. Continúa acompañando al Verbo como un silencio pero que da crecimiento, da pan, alimenta.

[31] Génesis 30, 22-24. Quitó: en hebreo ‘asaf, recogió, retiró, quitó mi oprobio

[32] Yosef: Derivado de raíz hebrea yasáf, que encierra la idea de aumentar, agregar, desplegar, crecer. La forma verbal causativa (hifil) yosef significa: acreciente, aumente, agregue, haga crecer. Raquel lo llama así a su hijo, como diciendo: añáda él, es decir el Señor, otro hijo. Se relaciona así con la raíz latina “augere”, aumentar, de donde proviene la “auctoritas” cualidad del padre cuya misión es hacer crecer a los hijos y hacerlos hombres.

[33]Salmo 2, 12

[34]Sta. Teresa de Ávila, Camino de Perfección, Cap. 31, 1.

[35] Alusión a un comentario de san Juan de la Cruz a Hebreos 1, 1-2, “Da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él [en el Hijo Jesucristo] todo, dándonos al Todo, que es su Hijo” [Subida al Monte Carmelo, Libro 2, cap. 22, 3]. Así pues, Dimas, considera que el silencio de José acompaña el hablar del Hijo. San José a sí mismo en Jesús, de manera análoga a como Dios Padre a sí mismo en su Hijo.

[36]Aquí culmina el razonamiento de este segundo número, conciliando el silencio y la acción de José Patrono de la Iglesia, invocado en los tiempos de hambres y angustias de la Iglesia, de la que es Patrono universal y Protector silencioso.

[37]La Iglesia medieval, de las catedrales, previa al Renacimiento.

[38]Dimas intercala, como se ve, este tipo de lamentaciones proféticas sobre el estado del ambiente católico en el que vive y por el  que sufre. Pero no son invención suya. Dimas mira el mundo en que vive con los ojos de la encíclica Pascendi de san Pío X, el Papa de su niñez en el colegio de la Sagrada Familia. Pero también con los ojos de Pío XI que en diciembre de 1922, en su Encíclica Ubi Arcano sobre La Paz en el Reino de Cristo, comprueba que muchos “que profesan seguir las doctrinas católicas en todo lo que se refiere a la autoridad en la ley civil y el respeto que merecen […] sin embargo esos mismos en sus conversaciones y en sus escritos […] prescinden de las enseñanzas de León XIII, Pío X y Benedicto XV como si hubieran perdido su fuerza primitiva o hubiesen caído en desuso […] en lo cual es preciso reconocer una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos con toda energía a una con aquel modernismo dogmático” (Ubi Arcano 19). En diciembre de 1925, como una confirmación de lo escrito por Dimas en marzo de ese mismo año, Pío XI publica su Encíclica Quas Primas sobre la realeza de Jesucristo mediante la que se opone a ese modernismo moral, jurídico y social, interno a la Iglesia, mientras se agigantan fuera de ella, entre dos guerras, las tormentas de la revolución soviética, la persecución mexicana y se avizora la española, surgen estados totalitarios etc. etc. Como una confirmación de la doctrina expuesta en Quas Primas, “Viva Cristo Rey” es el grito que el Espíritu Santo pone en la boca de muchísimos mártires de esos años, notoriamente los mexicanos y españoles.

[39] Marcos 6,21-28

[40]Dimas se expresa, como los profetas bíblicos, con palabras restallantes como látigos contra los males de su tiempo. Pero, como queda dicho, el suyo es el mismo lenguaje de los Papas León XIII, Pío X, Pío XI. La encíclica Quas Primas de Pío XI promulgada en diciembre de 1925, nueve meses después El que crece, corrobora la visión de Dimas y se expresa en términos aún más directos y fuertes.

[41]San Juan Bautista

[42]San José

[43] Túnica enteriza ceñida en la cintura, abotonada, con mangas y con falda por lo general hasta las rodillas

[44] Hilo fuerte que sirve de urdimbre para algunas telas.

[45]Es decir, la tela de esta túnica estaba entretejida en un telar misterioso de la divina Providencia.

[46]Tejida con hilos de varios colores

[47]Así es como se precipita Satanás desde las alturas celestiales según Jesucristo lo ve y exclama (Lucas 10, 18).

[48] Del cielo de este Oficio: se refiere al origen de estos pensamiento en el Oficio litúrgico de la Solemnidad del Patrocinio de San José, como de una fuente celestial de su inspiración. El mundo no puede explicar estos misteriosas significaciones de los hechos de la vida del Patriarca José, como tipo de San José protector de la Iglesia.

[49] En este pasaje Dimas alude a dichos de la Sabiduría en el poema sapiencial de Proverbios 8. En la traducción de Scio de San Miguel se lee: “Bienaventurado el hombre que me oye, y que vela a mis puertas cada día, y está de acecho en los postigos de mi puerta” (Proverbios 8, 34).

[50]Distinguir el hecho del relato: en la Sagrada Escritura los hechos mismos tienen significados que los exceden. Así lo enseña San Pablo, por ejemplo, en 1ª Corintios 10, 6: Estas cosas sucedieron en figura de nosotros.

[51]Palabra egipcia que expresa la dignidad, autoridad y plenos poderes que el Faraón le confiere al patriarca José para su misión en Egipto (Génesis 41,43)

[52]Cuando se da a reconocer a sus hermanos en Génesis 45, 1-15 y les explica el sentido providencial de lo que antes hicieran con él, eximiéndolos de culpa y perdonándolos.

[53]Del darse a conocer a sus hermanos y ser reconocido por ellos en pasaje citado.

[54]Dimas aplica esta norma de interpretación bíblica. De acuerdo a ella ve el envío de José por su padre a sus hermanos – que pastoreaban en Siquem (Génesis 37, 12-14) – como prefiguración del envío al mundo del Unigénito por su Padre (Juan 3, 16).

Todo el pasaje siguiente se va a construir sobre esta tipología de José – Jesús.

[55] Alusión a Jesús en Juan 4,6 razonando desde el Antitipo e infiriendo lo que debió suceder con el Tipo.

[56]Así lo había profetizado Oseas 3, 4. Ephod es una vestidura sacerdotal. Teraphim: imágenes que representaban a los antiguos dioses familiares de los semitas y el antiguo Israel conoció. Véase Génesis 31, 34, en la historia de Raquel.

[57]Ver Romanos 9, 26-27 y Oseas 3, 4-5

[58]San José, el Mayordomo, Patrono de la Iglesia Universal servirá el Pan eucarístico en la Mesa del Banquete final.

[59] Génesis 9, 9-17

[60] Alusión a Génesis 49, 25-26 y paralelos bíblicos como Lucas 11, 27

Vida de San José Reseña del Prof. Eilhard Schlesinger

Ortodoxia, Revista de los Cursos de Cultura Católica Nº 1 pp. 161-164

Sección: Bibliografía

LA VIDA DE SAN JOSÉ, por Dimas Antuña. Ediciones San Rafael, Buenos Aires 1941

Esta conferencia sobre san José, pronunciada por el autor en La Fraternidad de la Asunción, el día 9 de junio de 1940, difiere mucho de las cosas que comúnmente se leen sobre el Patriarca. La vida de  un santo no puede ser un simple tema del género literario de la biografía, pues semejante biografía, que puede escribir hasta un ateo, vendría a presentarnos esa vida precisamente en los aspectos que menos interesan. La biografía de un santo debe ser la ilustración de la palabra del Salmo: Mirabilis Deus in sanctis suis, es decir que debe mostrar los misterios de Dios que se revelan en el santo, y vistos con los ojos de la fe. Así en la vida de San José, un biógrafo común, por ejemplo, y aunque sea creyente, llega pronto a la conclusión de que es muy escaso el material aprovechable, y falto de datos positivos y a fin de dar entero cumplimiento a las reglas del género,  llena los vacíos con inducciones de su imaginación o con afirmaciones más o menos plausibles o edificantes. En el libo de Dimas Antuña que comentamos, el pensamiento va por otro camino; no se trata de una biografía precisamente, sino de la inteligencia que procura a un cristiano contemplar los misterios de la vida del Patriarca en función de la parte importantísima que tuvo san José en la economía de la Encarnación. Anteriores escritos del autor atestiguan en él esta preocupación espiritual; de éstos debemos señalar especialmente su libro El que crece (París, 1929) porque él constituye en cierto modo la base de la presente obra.

            En El que crece Antuña consideraba el misterio del patrocinio de San José sobre la Iglesia universal, guiado principalmente por el oficio divino de la festividad, y allí al comparar a san José con san Juan Bautista y estudiar paralelamente a estos dos grandes santos, que en su relación íntima y directa con el misterio de la Encarnación no se oponen, pero no coinciden, descubrió la esencia de la santidad del Patriarca. Ambos santos son el cumplimiento de diferentes figuras de la Antigua Alianza, ambos tienen un  ministerio propio en la Encarnación y en la vida del Verbo Encarnado, y a ambos finalmente, y como consecuencia de lo anterior, les corresponde una misión peculiar en la Iglesia, es decir, en el Cuerpo místico, continuación y complemento de la Encarnación. San Juan Bautista, voz del Verbo,  como lo llama san Agustín, es la plenitud de los profetas y más que profeta, porque no anuncia solamente lo que ha de venir, sino que lo señala con el dedo; manifiesta al Verbo públicamente y sufre luego el martirio. San José, en cambio, es la plenitud de los patriarcas y el Patriarca por excelencia, pues no trasmite la esperanza de Israel, sino que la lleva en sus brazos y la guarda. Así, san Juan Bautista viene a ser la figura del apostolado de la Iglesia y le corresponden, en la historia de la Iglesia, los siete años de grande hartura; mientras que san José es la más perfecta expresión de la vida oculta, de la vida de negación espiritual contemplativa y, en  su silencio, guarda el pan para los siete años de hambre.

            Esta inteligencia, ahondada y llevada a mayor madurez en el transcurso de los años (El que crece es un  libro de juventud), le ha permitido a Antuña darnos en La Vida de san José un croquis – dice él – que manifiesta al santo con una claridad y una sencillez maravillosas. En él aparece san José como el prototipo de la vida espiritual cristiana, tal como la describen, por ejemplo, santa Teresa o san Juan de la Cruz. La firmeza del dibujo y la armonía de sus partes revelan una gran unidad de concepción. Los datos positivos, es decir, lo que la fe nos enseña sobre la vida de san José, permiten distinguir dos partes principales en ella: una es su vida hasta la Encarnación; la otra su ministerio como Patriarca y cabeza de la Sagrada Familia. Cada una de estas partes se compone de tres elementos; la primera comprende, 40 años de apartamiento en Nazareth, el día de los Desposorios y su noche, es decir, la agonía del santo cuando creyó que debía dejar a la Virgen; la segunda está formada por tres viajes. Y en efecto, el Evangelio atestigua tres viajes de San José: el primero de Nazareth a Belén, para empadronarse, y de allí a Jerusalén, para la presentación del (p. 163) Niño. Es el viaje real; el autor expone luminosamente ahí una cosa que está a la vista de todos pero que generalmente no se ve: queremos decir,  la realeza, la condición davídica de San José. El segundo viaje es la huida a Egipto, llamado el viaje profético, por los misterios que en él se cumplen y en él a su vez se prefiguran. Y, el tercero, la subida a Jerusalén para inmolar la Pascua, viaje que el dolor de los tres días, por la pérdida del Niño y las palabras del Niño a la Madre al hallarlo en el Templo, hacen que sea llamado el viaje sacerdotal, por la inmolación y perfecta unión con Dios que estos actos se descubre. Estos viajes presentan los estados del camino espiritual en sus tres vías purgativa, iluminativa y unitiva. Pero es interesante advertir que también los tres elementos de que se compone la primera parte de la vida del santo (el apartamiento de Nazareth, los Desposorios y la agonía) tienen relación con estos tres estados espirituales y con los tres viajes, de manera que todo este libro está concebido algo así como una espiral que va desenvolviéndose y reitera, en diferentes alturas y cada vez con mayor amplitud, un mismo ritmo ternario.

            De las dos afirmaciones de la Escritura que atestiguan para siempre la grandeza de san José: varón de la casa y familia de David y justo, se ve que el autor concede prioridad a la primera, al Nombre, a lo que el santo es. San José es Hijo de David. Pero lo es plenamente, sin restricciones. Por el nombre y la sangre en espíritu y en verdad. Es Hijo de David como nosotros somos cristianos, es decir, que está en el misterio espiritual de David y espera, como nosotros esperamos las promesas de Cristo. La justicia viene luego, y expresa su perfección moral, pero es perfección moral de un hombre que tiene conciencia davídica, es decir, que es una participación del vituperio de Cristo. Finalmente estos dos conceptos llevan al autor a una lectura del Evangelio en la cual la determinación del santo de apartarse de la Virgen, lo que se llama comúnmente la tentación del Patriarca, es un acto específicamente espiritual, ajeno a sugestiones bajas, y determinado a la vez  por su justicia y por su conciencia davídica. No es una duda, dice, es una agonía.

            La precisión y sencillez de expresión que el autor ha logrado en esta obra, ponen La vida de San José al alcance de todos. Si su contenido invita a meditar los admirables juicios y profundos misterios de Dios en sus santos, la claridad de su prosa (realzada por una impresión muy nítida) y el equilibrio de la composición, hacen que esa meditación se produzca sin esfuerzo y dentro del deleite4 que proporciona el comercio de toda obra de arte.

EILHARD SCHLESINGER

Nota sobre el reseñista

Eilhard Schlesinger (* 28-12-1909 en Klausenburg; † 13-08-1968 en Elz in Hessen)

Profesor alemán de Filología clásica. Hijo del Prof. de Matemáticas Ludwig Schlesinger (1864–1933), Creció hasta 1911 en Gießen. Allí cursó el Landgraf-Ludwigs-Gymnasium. Estudió desde 1928 Filosofía e Historia Clásica en la Ludwigs-Universität. Durante tres semestres en la Univ. de Berlín frecuentó las cátedras de Werner Jaeger, Ludwig Deubner y Eduard Norden. En Gießen se formó en particular con Karl Kalbfleisch y Rudolf Herzog, con el que fue promovido en 1933. Poco después rindió su examen y fue a Marburg, donde ingresó en el Gymnasium Philippinum.

En la época del Nacionalsocialismo fue clasificado como no ario y excluido del acceso a la enseñanza superior debido a su origen judío. Hacia el final de la década de 1930 emigró a Argentina. Desde 1938 fue Prof. adjunto de Filología Clásica en la Univ. de Buenos Aires. En 1944 pasó a la Univ. de Tucumán, desde allí a la de La Plata, y volvió a Buenos Aires en 1960. Volvió a Alemania y en 1966 obtuvo una cátedra honoraria en la Univ. de Mainz, donde se radicó con su familia. En 1968 falleció con toda su familia en accidente de auto cerca de Elz (Westerwald).

En sus enseñanzas e investigaciones Schlesinger se centró en la Filosofía griega, en  particular en  Platón y Aristóteles, así como en la poesía griega antigua (Hesíodo y Píndaro). Fueron pocas sus publicaciones durante su vida en Argentina. Las principales fueron traducciones  al castellano de obras de Sófocles y de la Poética de Aristóteles. En sus últimos años en Alemania, publicó numerosas conferencias y artículos, especialmente sobre Píndaro y sobre la Tragedia Griega.

SEÑORES:

AGRADEZCO    a  la   Reverenda Madre  Superiora

La  invitación  que  me  ha  hecho

Para  dirigiros  la  palabra.

Voy   a  hablaros  invitado  por  ella

y  el  tema   de  mi  conferencia será   LA  VIDA   DE   SAN    JOSÉ.

Este   tema   os  parecerá  un  poco   extraño.

Se  comprende  que  la  vida   de  san José.

pueda  ser   objeto  de  un  sermón,   de  una  homilía,

 de  una  meditación piadosa,

Es  decir,   un  tema   ele   predicación

Reservado por su  naturaleza  misma   al  sacerdote.

Un  simple  fiel,

¿qué   puede  decir  de  san   José?

Ha  habido  santos,   por  ejemplo,

un  san  Pablo  o  un   san  Juan  Bautista,

de  los  cuales   parece  que   cualquiera

 podría  decir  una   palabra  con   acierto.

San   Pablo  viajó,   escribió,   predicó,

 influyó  en  las  ideas  de  su   tiempo;

tuvo   discusiones  doctrinales   con   los  judíos,

 los  paganos  y aun los  propios  cristianos ...

Y  por su  lado  san  Juan Bautista

es  el  autor  de  aquel   bautismo  de  penitencia predicado  a  todo   el  pueblo

el  cual   le  atrajo  terribles   luchas con  las  autoridades  de  su   época.

Los  dos  san tos  tu vieron   eso  que   se  llama

vida  pública.   Y  así,

sin  entrar   en  la  santidad   misma  de  ellos, sin  entrar  en  el  secreto  de  sus  almas,   que,

para san  Pablo   está,   todo   él, en  el misterio del  rapto,

y  para  san  Juan Bautista  en  aquel  hecho

le  haber  estado  en  el  desierto

hasta   el  día  de  su   manifestación  a  Israel, sus  ideas,  sus  actos,  sus  luchas,

pueden ser   motivo  de  un  estudio  histórico y en  cierto  modo   profano.

Esos santos  fueron enviados.

Tuvieron  una  misión.

Pero  el  caso  de  san  José  es  muy  diferente.

2

Y,  para   empezar,   ele   san  José   no  tenernos

ni  una  sola   palabra  en  la  Escritura.

San  José  no  tuvo  ninguna  acción visible

 en  los  acontecimientos  de  su   época.

No  tuvo  que   afrontar   al  rey  Herodes

como  san  Juan  Bautista,

ni  se  presentó  a  los  hombres  con  una  palabra nueva

 como  san   Pablo.

No  tenernos  nada   que   hacer  con   él

ni en el  orden  político

ni en  el dominio de  las  ideas.

Su   vida  está  completamente  fuera

de  eso  que   se  llama   la  vida  pública;

fué   una vida  como  la  nuestra,

 una  vida  privada.

San  José   tuvo  que   soportar  el  orden  exterior  del  mundo

y;  dentro de  ese  orden,  justo  o  injusto,

 no  hizo  otra  cosa  sino  callar,   obedecer,

y  buscar  el  pan de  cada  día.

3

Ahora  bien,  si  en  la  vida  privada ele  este  hombre

 hay  algo  más,

ese  algo  más  es de  un  orden  enteramente  espiritual.

Es, como  nuestra  vida   religiosa,

 un  secreto   del  alma;

algo  que  pasa  en  lo  escondido,

lejos  ele  la  mirada ele  los  hombres.

La  vida  exterior  ele  san  José,  pues,

pertenece  a  lo  que   se  llama   la  vida   privada,

y el misterio que  pueda haber en  esa vida

es  algo  religioso,   algo  invisible,

algo  que   pasa  delante  del  Padre

y que  corresponde  a  lo  que  se  llama   la  vicia  oculta.

4

Y   esta   semejanza   entre   la   vicia  ele   san   José

y  nuestra  vida,

es  lo  que  me  alienta  a  hablaros  del  santo.

¿No  somos todos personas privadas?

Ciertamente  que   no  estamos  constituidos   en  dignidad.

Nos  movemos   fuera  de  toda   actuación.

No  pertenecemos  al  número  ele  los  que   mandan

 ni  al  número  de  los  que   enseñan:

somos mandados  y - somos  enseñados

y no  tenemos otra  cosa  que  hacer,  cada  día,

 sino  callar   y  obedecer,

buscar el sustento

y  padecer  todas   las  leyes

divinas,  humanas,   justas   o  injustas,

que  quieran ponernos  sobre  el  hombro.

Y si  hay  algo  más  en  nuestra  vida,

eso  no  deriva  de  nuestra posición   social  exterior.

Ni de  nuestros  estudios

que   no  hemos  hecho,

ni  de nuestra  capacidad  intelectual,

aunque la tengamos,

sino  de  nuestra  situación   interior.

Proviene  de que somos  cristianos.

Proviene  de  nuestro  bautismo,

de  la confirmación,  de  la  eucaristía,

de  la  penitencia:

en  una  palabra,   proviene  ele   la  vida  divina

 que  Dios  nos  comunica  por su   Hijo

y del  hecho   que,   espiritualmente,

pertenecemos  a  ese  cuerpo divino  y   humano  ele  la  Iglesia

que  está  animado  por el  Espíritu  ele  Dios.

5

Esta  doble   condición,

ser obreros  y ser  cristianos,

y  este  hecho   felicísimo

de  movernos  en  la   vida   privada

y  tener una   vida   oculta   en  Dios   con   Cristo,

creo  que   nos  da  ojos

y acaso  nos  permita ver  algo

 en  la  vida  de  san  José.

Pero  como  dispongo  de  poco  tiempo

abreviaré  cuanto tengo que deciros

en  algo así como un dibujo o un croquis.

Cualquier  obrero  que   conoce  su   oficio

ve  con claridad  lo que  se le pide que  haga,

supongamos que un mueble, una  silla,

en  el croquis que se le presenta.

Las  patas,  el  asiento,  el  respaldo,   etc.

y la correlación  de  las  partes,

y el  material  y la  solidez  requerida,

todo  eso lo  ve  rápidamente  en  cuatro  rayas

porque  lo mira, no con  los ojos  de la cara

y como está  en el  papel,

sino con la  experiencia práctica

de  quien conoce la forma, los  materiales,

el  destino  del mueble.

Y  lo  mismo   aquí:

yo  voy a  claros  el  croquis,  el  esquema

de la vida de san José, y,

vuestra atención y vuestra experiencia,

como  hombres  ele   trabajo

que   saben  lo  que  es ganar  el  pan   ele  cada  día,

y como  cristianos

que   saben   qué  es  vida  ele  oración  y  unión  con  Dios,

os  dará  alguna inteligencia

de  lo que fué aquel santo.

6

Y el  esquema  que  os propongo de  la  vida  de  san  José

 es éste:

Cuarenta años,

un día,  una  noche,

y  tres  viajes.

Sí,   cuarenta   años   de   apartamiento  en  Nazareth.

Un día,  un día  luminoso:

la  mañana  ele  los  Desposorios --

y  su   noche:

aquella  agonía   del  Patriarca

cuando  creyó  que  debía   dejar  a  la  Virgen.

Y   tres  viajes:

el  viaje  real,  el  viaje  profético  y  el  Viaje

sacerdotal.

Una vez que  declare  cada  uno de  estos  puntos

vosotros  podréis  ver   la  vida  del  santo

de  un  modo   imperfecto,   naturalmente,

pero   con   alguna  claridad,

y sobre  todo

con  esa  claridad  que   es  propia  de  un  plano   o  de  un  croquis,

 es decir,  percibiendo  bien la  proporción

y aquella unidad  que   parece  como   que   brota

de  la  economía  de  todas  las  partes.

CUARENTA    AÑOS

1

En   aquel   tiempo

(digamos  que   el  año  40  antes  de  Cristo)

un hombre de la casa y familia de David

llamado Jacob, engendró  un hijo.

Nació  el   niño,  y,

cuando  se   cumplieron  los   ocho  días,

conforme a la ley de Moisés fué circuncidado

y le  pusieron el  nombre de José.

En  la  Antigua  Ley  la  circuncisión

era un acto  en cierto modo sacramental.

Por  este rito el niño nacido

renunciaba  a  la  vida   profana

y entraba  en  alianza  con  Dios.

La  circuncisión quitaba  al  niño judío

 la  inmundicia  de  la  carne

y  le  daba un nombre entre los  hijos de Israel.

A  san  José,  pues,  lo  circuncidaron,

 y  le  pusieron José,

un nombre muy antiguo,

pues el primero que lo llevó fué aquel Patriarca,

 aquel antiguo José, el de Egipto, hijo de Raquel,

y fué  llamado así

porque  su madre al tenerlo exclamó:

Quitó  Dios, Añádame  el  Señor.

José,  pues,   quiere decir:   Quitó,   añadió, y  por eso  este   nombre  se   traduce  por aumento   o  crecimiento,

y es  tanto como  decir:  el que crece,

o Hijo  que  crece, o

Hijo   a  quien  Dios  hace  crecer.

San  José,  pues, hijo de Abraham

como todos los judíos

y, como hijo de Abraham, circuncidado,

entra en la alianza con Dios

y  recibe un nombre que quiere decir en  Israel:

Quitó  Dios, Añádame el Señor.

2

Pero él no es solamente hijo de Abraham

como todos los judíos,

sino que también es Hijo de David.

San  José pertenece a la casa y familia de  David,

desciende en línea recta del Rey,

es el heredero de muchos  Reyes,

y este  hecho,  civil  y religioso,

exterior e interior,

es la razón de ser de toda su  vida.

No  sería  él  quién es

si no  fuera  Hijo de David.

3

Y  ¿quién  era  David?

 Ya  lo  sabéis.

Todas las promesas que Dios había hecho a  Abraham

y a su descendencia,

y  todos  los  misterios  que   estaban  figurados  en  la  Ley,

 Dios  los  había  puesto

como  ligados  a un nombre  y a  una  familia:

ligados  a  David,   el  Rey,

y a  su familia,  la  Casa  de  David.

Lo  que  estaba  prometido

en David  tenía que cumplirse,

 y  lo  que  estaba  figurado

en  la  Casa  de  David  tenía  que   hallar  su  realidad.

4

Y ¿qué  estaba  prometido?

El  Mesías  Señor.

Un Hijo de  David  que  sería hijo  del Altísimo,

 a  quién Dios  daría  el trono  de  David,   su  padre,

que  reinaría sobre  la  casa  de  Jacob, por los siglos,

 y cuyo reino no tendría fin.

5

Así,   pues,   la  Casa  de  David

era el nudo de las  promesas  divinas.

Todo lo  que  esperaron  los  Patriarcas

y  todo  lo  que  anunciaban los  Profetas,

todo  lo  había ligado   Dios,  con  juramento,

 a  David,  el  Rey,  y a su descendencia.

Y de  esto se seguían consecuencias

 no  solamente  políticas  -

lo político,  aun cuando  entonces   (como  ahora)

excitara todas  las pasiones  y removiera  los apetitos,

ero  lo inferior de aquellas  promesas -

sino  consecuencias  religiosas,  sagradas,

cosas  de  vida  o muerte en  el orden espiritual  y eterno,

pues la venida del Mesías, del Hijo de David,

 era  considerada,

no  solamente como el  advenimiento de un gran  príncipe,

sino como  una poderosa  intervención  de  Dios  en  su   pueblo

 y  como el acto supremo  con que  el Señor

iba a manifestarse a las naciones.

Así como nosotros  recitamos el  Credo

y según esos artículos de nuestra fe

decimos claramente  lo que creemos y esperamos,

así  un judío  podía  decir  de  sí  mismo  y  de  su  pueblo

 lo  que   creía  y esperaba.

Podía   decir:   -Creo   que   estoy   en   alianza  de  fe

con  el  Dios  de  mis  padres,  el  Dios  vivo,

Dios  de  Abraham, e Isaac, y Jacob,

el  cual ha hablado por los profetas

y  ha  dicho   que  la  Casa  de  David

permanecerá eternamente,

y  que  de  su  linaje  ha  de  venir  el dominador   de  las  naciones,

el Mesías  Señor.

6

Ahora  bien,   exteriormente,

en  el orden social y político,

cuando nació  san  José

David  y los  Reyes  hijos  de David

habían pasado hacía  ya  muchísimo  tiempo.

En  esos días  la  Judea

era un país tributario de  los Romanos

y  sobre el pueblo de Dios reinaba Herodes,

un  intruso,  criminal y astuto.

Pero  delante de  Dios  y  en  las  conciencias,

dentro  ele  ese  orden  religioso

adonde  no  puede  llegar la  mano   de  los  hombres

y que   apenas  si  es  tocado

por  los  acontecimientos  exteriores,

el  juramento   dado   por  Dios  a  David   permanecía,

y  nadie  dudaba  que   las  profecías  habían   de  realizarse.

Aquello era sagrado, era  divino,

tenía una  fuerza terrible:

estaba  en todos los corazones, se  llamaba,

(aun  hoy  se  llama)  la esperanza de Israel.

7

Según  esto,  pues,

notemos   cuál   era  la   posición  de  san  José.

Llamado  en Abraham  a  la  fe

como  todos  los  judíos,

y  escogido  en David

como  varón  de  su  linaje,

llevaba   el  nombre  y  los  derechos   de  la  Casa,

era  el  heredero  de  los  Reyes,

en  él  venían  como  a  descansar,   en   cierto  modo,

en  aquel  momento,  las  promesas.

Y su situación era desconcertante. Porque

era  príncipe

y  no   llevaba  vida  de  príncipe;

era  Hijo de  David

(Hijo   de  David   era  su   nombre  de  familia,

            lo  que   nosotros  diríamos  su  apellido),

pero,  desconocido,

ni siquiera era llamado por su nombre.

En  la  Sagrada  Escritura

los ángeles lo Llaman:  José  Hijo de  David.

Pero  los  hombres  no.  Los  hombres,

todos  los  hombres,  aun sus  mismos   parientes,

 lo  llaman:  José el Artesano.

Entramos,  pues,  en  uno de  los  misterios  de  su  vida.

8

El  hijo de  los  Reyes

es un artesano:

el  descendiente  en  línea recta de  David

es  un  obrero:

el  depositario  en un  momento  dado

de los derechos mesiánicos,

Dios  ha  querido  que   sea  faber  lignarius,

un carpintero.

Y mirad que  san  José  sabe  quién es.

San  José  tiene  conciencia davídica,

lleva en su corazón las promesas de su Casa,

guarda  fidelidad a  David,

guarda fidelidad religiosa a la palabra firme,

a  la palabra que Dios dió con juramento,  a  David,

pero  apartado,  desconocido,

tenido  en  nada,

vive  en  Nazareth

(una   aldehuela  desacreditada

de  la  que  nada  bueno  podía  esperarse),

y  trabaja  cada  día,

como  trabajan todos  los  obreros  de  este  mundo.

9

San  José,   pues,  es  un obrero.

Pero   hay  obrero y  obrero.

Porque vamos  a  ver,

si  yo  soy  carpintero  hijo de carpintero

¿qué agravio hay en esto?

Con  alegría,   con  paz,

con  la  alegría de  mi  oficio    (que   es  un  buen oficio)

tomaré  cada  mañana mis  herramientas.

Pero  si  soy  carpintero  hijo  de  los Reyes,

si soy, en línea  recta,  hijo de David,  el  Rey,

¡qué  misterio!  ¡qué  humillación!  ¡qué  castigo!

Notemos,  pues,  que  san  José

 lleva  el  castigo  de  su  Casa.

Los  hijos   de  David,  los  Reyes,

casi  todos  fueron rebeldes al  Señor.

Impíos,   idólatras,   sensuales,

-¡Oíd,   pues,  Casa  de  David!,   clama  el  profeta,

¿por  ventura  os parece  poco ser  molestos a  los  hombres

 sino  que  también lo  sois  a  mi  Dios?

10

Así,  pues,  si  san  José  es un obrero  (y  sí,  lo  es),

entre   los  obreros  habrá  que   ponerlo  aparte.

Y ved  ahí,  eso  es  precisamente

lo  que  hace   el  Señor:

lo pone  aparte, pues san José vive-

no en  Bethleem

que era la ciudad de David,

 ni en Jerusalem

que  es la  sede  del  Rey,

sino  en  Nazareth.

San  José  es

José  el  Artesano, el de Nazareth:

no José el Artesano, solamente,

sino José el  Artesano, el de Nazareth,

y el  de Nazareth o Nazareno

es tanto como  decir A parlado.

11

En esto de Nazareth,

como en  José, como en David,

como en todas las palabras hebreas,

 hay una significación profética,

es decir, algo que  ha sido  dado a la palabra misma

para  inteligencia,

pues todo aquel  Antiguo Testamento les pasó a ellos

en figuras  y anuncios  de misterios venideros.

y así,  todo  en  él,

los  nombres,  los  actos,  los  lugares,   las  personas,

son  como  letras  o  palabras  significantes  del  Mesías

y  de  la  vida  nueva

que  por el  Mesías  nos  habría de  venir.

Nazareth,  pues, quiere decir: flor,

y Nazareno,  apartado,

de manera que la flor, lo mejor, lo excelente

es apartado,  y

¿para  qué?

Para  Dios.

Para  ofrecerlo y sacrificarlo.

Nazareno,  pues,  es tanto como  decir:

puesto aparte para Dios,

y por esto Nazareth es algo así como la clave

 de la vida de san  José,

12

En  Nazareth se juntan y se explican

 su  nombre y su  sobrenombre:

José Hijo de  David  y José el Artesano.

Si solamente fuera príncipe

y solamente artesano,

como las dos cosas puestas en  la  misma   línea

 son contrarias,

la una  con la otra  se destruirían

y no sería nada.

Pero  ved  que  es José

y que  es el de Nazareth,

y, como  José,  crece,

y,  como  Nazareno,  está  apartado.

Hijo de  David   es José

y crece:

Artesano  es el de Nazareth,

y está apartado para Dios.

¿Qué hace,  pues,  san José en Nazareth?

-Crece  apartado, y,

dentro de ese misterio, de  su  sobrenombre,

 desempeña su nombre.

¿No  dijimos  que  es el  que crece?

Y  ¿qué  es crecer  si  no  es  precisamente

quitó  Dios,  añádame  el  Señor?

Crecer  es  deshacerse  de  algo  para   asumir  algo:

es despojarse o  ser  despojado  de  algo  inferior

y recibir,  en  ese despojo,

lo  que el  Señor añade.

13

Veamos,  pues,  qué  quitó Dios  a este  Hijo   de  David

 para hacerlo crecer,

y qué  le añadió el Señor

(el  Espíritu Santo,  Señor y vivificador)

para que su crecimiento fuera alcanzado.

En el heredero de los Reyes,

en el varón de  la Casa y familia de David,

quitó Dios el cetro, la diadema,

 la situación  visible de su grado,

el poder, las  riquezas y la  gloria.

14

Ahora bien,   ¿qué  queda  en el  príncipe

 a  quién  Dios  despoja  de  este  modo?

Si  su nobleza fuera puramente humana

 y nacida  de  la  carne,

en verdad que no le quedaría  nada

o  casi nada.

Pero su nobleza es una  elección,

 es una unción  de Dios,

una palabra permanente:

¡Juré  a David,  y no  me  arrepentiré!

y ved ahí lo que le queda a este Hijo de David

que Dios despoja  y  desnuda

de la grandeza de este mundo:

Le queda el nombre,

le quedan las promesas de su  Casa;

le quedan las profecías,

le quedan los derechos mesiánicos,

le  quedan la  Ley  y  los  Profetas   (y  los  Salmos)

que  están en  su  mano   como  una escritura

firmada  por  Dios:

como  pudiera estar  en  la  mano   de  un mendigo

un  pagaré o una letra,

es  decir,  un documento válido,

 extendido  a  su  nombre,

con  fecha  cierta

y firma   auténtica,  y  solvente.

15

San  José,  despojado,

Puede oír la palabra del ángel que  le  dice:

-¡Ten lo que  tienes!  ¡que nadie tome  tu  corona!

Guarda  tu  fe,

guarda tu nombre.

Y así  él  calla, pues, y aguarda,

y pone su corazón  en la presencia de Dios,

y; lejos de ir a perder su  vida

en disputarle a Herodes  el gobierno,

se ve a sí mismo

y pronuncia su propio nombre.

Dice:   -Quitó  Dios,  fiat!

Añádame el Señor.

16

Y ¿qué  le añade   el Señor?

Sobre  el  nombre  y  los  derechos  mesiánicos,

sobre la fe  y la  fidelidad,

sobre la desnudez del príncipe

(despojado de su forma de príncipe

 pero no de su  alma de príncipe)

el Señor añade:  pobreza, trabajo,

 afanes y desprecio.

Le da el Señor las herramientas de un oficio  servil:

el  martillo, las tenazas,  los  clavos

(le da los instrumentos de la Pasión de Cristo)

y al hacer esto lo toma para sí,

lo  aparta

y  hace de él un  pobre.

17

¡Ah, Dios  es uno,  Dios ama  la  unidad!

 Ved cómo junta Dios en este santo

el nombre y el  sobrenombre,

cómo junta en lo más profundo y secreto de  su  alma

 la conciencia  davídica

y el  corazón  nazareno.

Los dos nombres que  parecían

el uno con el  otro destruirse,

 en realidad  son  como  las  raíces

que  alimentan en él una vida más  alta.

El  en  orden  social,  exterior,

príncipe y artesano son contrarios.

No  puede un hombre a la vez y en la misma línea

mandar y ser mandado,  regir y humillar la  cabeza.

Por otra parte el Quitó Dios,

el despojo de la  forma de príncipe,

se reduciría a una simple privación

si san José fuera un  obrero y  nada  más que un obrero,

y no habría entonces crecimiento.

Pero lo que  el  Señor añade,

la condición de obrero,

es la forma externa de una dignidad espiritual,

y así, el ser obrero, en él,  es vestidura

18

Los de Nazareth  miran con  los  ojos  de  la  cara,

y ven al santo, y dicen:

-Lo conocernos, éste es José  el  Artesano.

Pero  el Señor desde el cielo

interroga con los párpados,  y  dice:

-¿Cómo  dicen: Lo conocernos,  éste  es José  el Artesano?

 Yo o le he dado  oficio,  sino  cruz.

19

La  dignidad de  pobre,  pues,

que san José recibe  al  ser hecho  obrero

 es algo real, efectivo, positivo.

No   es una privación,

y  tan  no  es una privación, que,

por esta dignidad de pobre  el  Hijo de  David   crece,

es decir, llega a ser realmente José,

y el Artesano es tomado por Dios,

es decir,  llega a ser realmente Nazareno.

20

Quede, pues, declarado

este misterio de los cuarenta años.

Cuarenta es número de  penitencia

y a la justicia o santidad no se llega sino por ella.

Aquel niño  circuncidado

y a  quien no en vano  se le pone  el nombre de  José,

ved  ahí que crece, que  adelanta en  edad,

y no llega a la perfección

sino por haber aceptado en lo más íntimo  de  su  alma,

 aquel terrible  Quitó Dios de su nombre

y  aquel desconcertante Añádame el  Señor de su aumento.

Este José  crece cuarenta  años

y llega a estatura perfecta

por aceptación  íntegra,  crucificante,

de su nombre de Hijode David,

al cual no renuncia (no  puede renunciar)

y de su sobrenombre  de  Artesano cuyo  misterio  respeta.

Y el término de todo  esto  es su  justicia,

 es decir, su santidad,

el  término de todo esto  es Nazareth,

es decir, una vida de soledad y oración

una  participación tan  grande del desprecio y vituperio  de Cristo,

que Dios lo oculta a los hombres

y lo toma para  sí.

Veamos  ahora el día

que sigue a este  apartamiento,

y que pondrá en claro  la luz de su   justicia.

UN    DIA

I

San José, varón  justo

llega a la perfección de la justicia.

¿En qué consiste la perfección de la justicia?

Si  alguno  de  nosotros  desea  ser  perfecto

¿qué  hace?  Tenemos  una respuesta  a  la  vista.

¿Qué  han   hecho   las  hermanitas  ele  los  Pobres

para entrar  en  la  perfección  que   profesan?

Han  dejado casa  y familia

y  se  han  consagrado  a  Dios

y  a  aquellos a  quienes  Dios  ama,  que  son  los  pobres,

 todo  ello  mediante  esos  votos  que  sabemos

de  pobreza,  obediencia y  castidad.

2

Pues  bien,  en  tiempo de  san  José

la  perfección   (a  lo  menos   exteriormente)   pedía   otra  cosa.

El  israelita  para   ser  perfecto

y salvo  alguna rarísima inspiración  de  Dios,

 lo  que   debía   de  hacer  era  casarse.

En  aquella  dispensación  de  la  Antigua Ley

lo  perfecto  era  el  matrimonio,

y  el  matrimonio  tenía   en  sí  mismo  esa  perfección

espiritual,   por una   razón   muy  simple:

porque  de  los  hijos   de  Israel

debía   de  nacer  el  Mesías.

En  el  pueblo de  Dios

el  matrimonio  entrañaba   nada   menos

 que  el  advenimiento del  Mesías,  y así

fundar  Casa  y familia  era   cumplir  un  deseo

 temporal y espiritual  a  la  vez,  un deseo

moral y religioso  a  la  vez ...

El  matrimonio  tenía   algo  de  teologal.

En  el  deseo  de  los  hijos   se  deseaba  al  Hijo,

se  deseaba  a  aquel   Hijo  prometido,

 hijo   de  David,   hijo   de  Abraham, nacido  de  nosotros,

pero   cuya  generación  era   tan alta

 que  nadie   podía intentar  narrarla,

pues  el  mismo  Dios  altísimo  en  los  cielos  le  decía:

-Tú  eres  mi  hijo,   hoy   te  engendro.

3

Para   nosotros,   hoy,   el  matrimonio

es  una  cosa  buena;

para  los  judíos,  entonces,   el  matrimonio

era  una  cosa  perfecta,   santa,

¡y  cuánto  más  en  el caso  de  un  hombre  como  san  José

que  por su  casa  y  familia era  Hijo de  David,

y  por la  limpieza  de  su  alma

Dios  mismo   nos  dice  que   era  justo!

El  matrimonio  fué  para él  algo  enteramente  sagrado.

Digamos,   pues,   que   sus  Desposorios  con  la  Santísima  Virgen

 fueron  el  día  de  su  vida,

la  mañana gozosa  y luminosa  de  su  perfección.

4

Ahora bien,  dentro  de  esa  perfección  de  alma

con  que  llega  san  José  al  matrimonio,

¿qué   trae   para fundar la  Casa?

Trae  lo  que   tiene:

Hijo   de  David,   trae  su  nombre;

Artesano,  su   pobreza,

y  estas  dos  cosas,  su  nombre y  su  pobreza,

 no  se  oponen

sino  que   la  una   con  la  otra se  perfeccionan.

5

Es  muy   importante   ver

que  san  José  trae  a  los  desposorios un  nombre.

No  es un  nombre que  él  haya  conquistado

 o  hecho   célebre  o  ilustre,

sino  un nombre que  él  ha  recibido

y guardado.

Notadlo bien:   san  José  se  casa  con  la  Virgen

 porque  san  José  es Hijo de  David,   y,

de  no  haber  sido  Hijo   de  David

no  lo  hubiera  destinado Dios  a  este   matrimonio ni  a  esta  esposa.

El  título,  el  derecho  (diría)   de  san  José

para  recibir la  mano   de  la  Virgen

es su  nombre.

Y  no  sólo   su   nombre

sino  la  línea  de  su  nombre,   su  genealogía.

6

El  santo  Evangelio   (que  no  tiene  palabras  de  más)

 nos  refiere  la  genealogía  de  san  José  desde  Abraham,

 y así  nos  dice:

Abraham  engendró  a  Isaac,

e Isaac egendró a Jacob

 y Jacob engendró a Judá y sus hermanos.

y sigue   enumerando   todo    los padres

 hasta  David,   el  Rey,

y  todo    lo    reyes hasta San  José

el  esposo  de  María,  de  la  cual  nació   Cristo.

De  padres a  hijos,   pues,

desde  Abraham  hasta  san  José,

el  esposo  de  María,  de  la  cual   nació   Cristo,

siguiendo  una   línea  que   entre  muchos   hermanos

a  uno elige  y a  los  otros  los  excluye,

aquellos  padres van   transmitiéndose  la  sangre  y la  fe,

la  conciencia  de  una  alianza  positiva  con  Dios,

y las  bendiciones que  los hacen   depositarios

 de  aquel  gran   misterio que  habrá de  venir.

7

San  José,  pues,  en  su   nombre  de  Hijo  de  David,

 tiene   las  bendiciones  ele  los  padres.

Su   nombre  no  es  una  mera  designación  verbal,

su  nombre  es  algo  más  que   un apellido,

algo  más  también  que   un  derecho.

¿Qué   significa  para  él  al  tomar  esposa,

y,  cómo  lo  trae  al  fundar  su   casa?

8

Desde  luego  vemos  que  lo  trae  oculto,

ya  que   viene   debajo  de  su  sobrenombre

y que  a  nadie  interesa  como  hijo  de  David

este  hombre  sin  importancia

herrero o carpintero,

que   todos   conocen   y  a  quién  todos  llaman,

 diciendo:  -Ah,  sí,   ése  es  José  el  Artesano,

el  de  N azareth ...

9

Pero   no  solamente   lo  trae  oculto

 sino  que   también  lo  trae   linipio.

Sí,   en  él,  el  nombre  de  los  Reyes

viene   limpio  de  apetitos,   de  ambiciones,

de  pasiones  políticas,   de  cuidados  temporales ...

 Y de  toda   sensualidad,  de  toda  vanagloria.

Mientras  en  Israel  este   nombre  es  una   bandera,

un incentivo carnal:

una rabia  política llena   de  pasiones

y de  apetitos   de  dominación  y  de  venganza,

para él,  por el  apartamiento de  su  vida

y  la  pureza  de  su   alma,

este  nombre  es  una   cosa  quieta,   firme,  sosegada.

Es  una realidad  como  puede  ser  para nosotros

el  bautismo,  el  Padre   nuestro  o  el  Credo.

Pues   a  nosotros,   decidme,

¿de  qué  nos  sirve  nuestro bautismo?

Delante  de  los  hombres

y en  esta  ciudad,

de  nada  (o  de  estorbo).

Pero  delante de  Dios

¡qué   abismo   de  bienes!

y en  nuestra  propia  alma

¡qué  nobleza,  qué  luz,

qué   clase  de  vida   nos  da!

Y lo  mismo   era  el  ser  Hijo de  David para   san  José.

De  nada le  servía  en  el  orden  (o  desorden)  político

conforme  a  los  intereses  y pasiones  de  aquel  momento,

pero,  delante  de  Dios,  era  su  elección

desde  el  principio,

desde  el Padre,  desde  los  padres,

era  su  elección  y su  entrada

en  un  orden de  realidades  superiores.

Pues  por este  nombre entraba  él

en  el  juramento  hecho  por Dios a  David,

por este  nombre  entraba  en  las  promesas  de  su  Casa,

por este  nombre a  él,  y  no  a otros,

eran  dados   los  signos

y  dichas   las  profecías.

Y  así  como  nuestros  artículos  ele  la  fe

 no  son  para   nosotros

proposicioses racionales  y  circunscriptas

sino  palabras  vivas  y  eficaces

y  que   contienen  la  substancia  de  las  cosas  que   esperamos,

así  su  nombre y  las  promesas  de  su  Casa

 eran  para   él  palabras fieles:

algo  permanente,  consistente,

un juramento  de  Dios:

¡Juré  a David,  y  no  me  arrepentiré},

una palabra de  vida

en  la  cual  Dios  había  consignado  abismos.

10

Pero   notad lo  más  extraordinario  de  todo   esto,

y es que  a  esta  persuasión  no  había llegado   el  santo

por estudio  de  la  Escritura  a  manera  de  los  escribas,

ni  por especulación  de  la  mente

conforme  a  los  maestros  de  Israel,

sino  por soledad  y apartamiento,

y  por perfección  de  pobreza.

Y así  podemos decir  que  su  despojo,   es decir,

el  haber sido  hecho   artesano,

el  haber sido  hecho  obrero,.

era  lo  que  lo  había  llevado a  esta  dignidad

de  ser  Hijo  de  David   no  solamente  por la  sangre

sino  también  en  espíritu  y  en  verdad.

El  ser  obrero

no  implica  necesariamente  ser  un pobre

ni  significa  tampoco una  perfección espiritual.

Pero  es indudable  que  en  el  obrero

Dios  ha  puesto una  invitación  a  la  pobreza

y  una ocasión   próxima

de  ser  pobre y despreciado,  y,

habiendo  aceptado san  José  su  despojo, habiéndolo  aceptado él

que   podía sin  ambición  ninguna

y acaso  con  algún fundamento  moral

salir  a  perder su  vida  en  un lance   político

yendo   a  disputarle   a  Herodes   el  gobierno

levantando  al  pueblo  contra  la  dominación

inícua,   ciertamente,   ele  los  Romanos,

habiendo  aceptado,   digo,   el  quitó  Dios

como  un  llamamiento a  la  pobreza  espiritual,

y  habiendo  entrado  en  esa  pobreza

 por  su   condición   de  obrero,

en  esa  condición  había  hallado su   crecimiento)

es decir:

la  purificación  de  su   alma,

el  trato viviente   (y  no  ilusorio)  con  Dios,

y  el  sentido  verdaderamente   desnudo  y  divino,

 (el  sentido  evangélico)

de  su  nombre de  Hijo  de  David.

Y  por eso  he  dicho   que   su  nombre  y  su  pobreza

no  eran  cosas  contrarias.

Porque su  pobreza  era  como  la  lima

con  que  Dios había  limpiado  de  adherencias  impuras

 aquel   nombre  de  Hijo   de  David)

aquel   nombre que  los  reyes,  hijos   de  David,

habían  profanado.

Y si  ese nombre contenía  algo

si  ese  nombre  era  como  la  semilla  de  las  promesas  divinas,

convenía  que   alguno  lo  llevara

con  entera  purificación de  los  apetitos  bajos,

y que  ese nombre  fuera en  lo  vivo  de  su  alma

(como  lo  es en  la  nuestra  una  verdad  de  fe), un principio de  vida,

un objeto  de  contemplación,

un símbolo  o  sacramento  de  algo  firmísimo:

una  manera de  velar   delante  de  Dios

y algo  así  como  un apoyo  para  esperar esperando

aquellos  bienes   que   no  pasan y que  no  son  de  este  mundo.

11

Mirad,   pues,   qué   claridad

tiene  este día  de  los  Desposorios.

Dentro de  la  justicia  o  santidad  de  su  alma

san  José  trae  al  matrimonio su  nombre  y su   pobreza,

o,  mejor,

su  nombre  ensayado  en  su  pobreza.

Y como  la  pobreza es  siempre  lo  más  visible,

los  ojos  de  la  cara,  esos  ojos

que   tenemos para  equivocarnos  siempre,   y  no  ver,

en  los  Desposorios  del  santo  no  ven

sino  el  matrimonio  de  un  obrero con  una joven,

 es  decir,  una   cosa

en  la  cual  no  hay  nada que  ver.

Y por cierto que  en  esto

no  hay  nada   brillante,  nada  emocionante ...

Pero  si  consideramos,

ved  ahí  que  el  artesano  es  un Hijo  de  David

y la  joven una virgen  de  Nazareth:

y  esto  ya  es algo, esto  hace  pensar.

Y,  si  alzamos  los  ojos,

es  decir,   si   somos   capaces   de  contemplación   espiritual,

ved  ahí   que   en  esa  entera   sencillez

en  que  se  mueve   la  Iglesia,

san  José  y la  Virgen  aparecen

como  la  expresión  más  pura  de  un  altísimo  misterio,

 pues   sus  desposorios  son  los  Desposorios  místicos,

es, decir,  los  desposorios  del  Justo con  la  Sabiduría.

San  José  es el  justo,

el varón  perfecto que   tiene   en  sí  la  justicia,

y a  quien  (según  la  palabra admirable  de  la  Sagrada  Escritura)

la  Sabiduría  le  sale  al  encuentro  y  lo  recibe

 como  una  esposa  virgen.

UNA     NOCHE

1

Ahora  bien,   después   de  los  Desposorios,

 el  ángel   del  Señor  anunció  a  María

y la  virgen  concibió  por obra

del  Espíritu  Santo.

Cuanto  hemos   venido   admitiendo  en  san  José

 creo  que  nos  pone   en  condiciones

de  recibir  con  sencillez  este  evangelio.

San  Mateo  para   referirnos  la  Encarnación

comienza   con   el

"Libro de  la  generación  de  J esu-Cristo,

hijo  de  David,   hijo   de  Abraharn",

y  dice:

Abraham engendró  a  Isaac, e Isaac  engendró  a Jacob,

y  Jacob engendró  a  Judá y  sus  hermanos

y  así  sigue  relatando las generaciones

 de  los  patriarcas  y los  reyes,

hasta  llegar  a  san  José

"el  esposo  de  María,

de  la  cual  nació   Cristo".

Luego,   él  mismo   resume   todo   este  libro

de  la  genealogía de  Cristo,  diciendo:

Así  que   todas   las  generaciones  son:

desde  Abraham  hasta  David,

14  generaciones:

y  desde   David  hasta   la  Transmigración  de   Babilonia,

14  generaciones:

y  desde  la  Transmigración  de  Babilonia hasta  Cristo,

14  generaciones.

Y después   de  este  resumen dice:

"Y  la  generación  de  Cristo  fué  así:

Que   estando  María  desposada  con  José,   su   esposo,

y antes de  ellos  juntarse,

se  halló,   fué  manifiesto,

que   María  había  concebido   por  obra   del  Espíritu  Santo".

2

En   oposición,  pues,   a  todas   aquellas   generaciones

en  las cuales  los padres engendran  a sus  hijos

conforme  al  orden natural,

la  generación de  Cristo  fué  sobrenatural,

fué  extraordinaria,  milagrosa;

fué  obra  del  Espíritu  Santo

y  no  hubo en  ella  concurso  de  varón.

3

Ahora  bien,   cuando   esto  se   produjo,

 el  misterio obrado  en  la  Virgen

fué  manifiesto a  san  José.

No  le  fué  manifiesto  solamente

que  la  Virgen había  concebido:

le  fué  manifiesto,  como  dice  el Evangelio,

que  había concebido  por obra del Espíritu  Santo.

Comprendió  el  justo  que   se  cumplía  en  su   esposa

aquel  signo  de  lo  alto  del cielo,

aquella  señal   tan   extraordinaria

que  había sido  anunciada como  con  amenazas  a  su  Casa:

-Oíd,  pues,   Casa  de  David,

(casa  rebelde,   incrédula,  molesta)

oíd  que   el  mismo  Dios

os da  una señal:

y la  señal  es ésta:

concebirá  una  virgen.

4

Concebirá una virgen,

una  virgen  llevará  fruto  en  el  vientre.

San  José,

que  era  Hijo de  David,  es decir,

que  tenía inteligencia  de  estas  cosas,

y  que  era  justo,  es decir,

que  tenía  un sentido  seguro  de  los misterios  de  Dios,

quedó  delante  de  este  hecho   tan   extraordinario

 como  estaba  Moisés  delante de  la  zarza  ardiendo:

maravillado  de  admiración

y sobrecogido  de  terror.

5

¿Que  debía   hacer? Y ¿quién  era  él?

Mirábase  a  sí  mismo,  y,

reputándose  indigno  de  estar  junto  a  su  esposa

 se  determinó a  dejarla.

Pero  considerando,  por otra parte,

las  circunstancias  de  aquel  misterio

y para que  un hecho   tan  santo  no  fuera conocido,

 a  fin  de  salvar  en  todo  el  honor de  la  Virgen

se  determinó  a  dejarla secretamente.

San José quería separarse

porque la misma   Encarnación  del  Verbo

en  cieno   modo   separado  a  la  Virgen e  to   a-  la-  criatura    de  e te  mundo .

La Madre  de  Dios   estaba  en  Dios

de  una  manera  inefable,

y  el  santo  no  sabía  qué  podía  hacer él,  indigno,

delante  de  aquel   caso  que  excedía  a  todas  las  cosas  creadas

Y    aun  a  todas  las  manifestaciones  divinas.

6

Y estando  él  así  en  estos  pensamientos

 de  admiración  del misterio,

de  confusión  de  sí,  y de  temor:

y  padeciendo  en  su   alma   una   lucha   terrible

 porque  el  temor de  Dios

le  obligaba  a retirarse,

pero   el  amor  de  la  esposa,

y su  deseo  de  Dios

(su  deseo  davídico  de  aquel   inmenso  misterio

que  veía  finalmente  realizado en  su  Casa)

hacían de  esta determinación   de  dejarla,

 una  agonía,

he  ahí  que  Dios  envía   su  ángel

( ese ángel  que  Dios  envía  siempre

 a  los  que  le  temen),  y

el  ángel  del  Señor,  el  ángel   de  laveh,

 se  le  apareció  en  sueños,   diciéndole:

-José  Hijo  de  David,

no  temas  recibir a  María  tu  esposa

porque  lo  en  ella  engendrado  es  del  Espíritu  Santo.

Recíbela,   he   ahí   que   ella   parirá  un  hijo

y  tú  llamarás  el  nombre de  él.

7

Así,  pues,  el  ángel   se  dirige  al  temor

que  sobrecoge  al  santo  delante  del  misterio,

 y  a  la  confusión  que   siente  de  sí  mismo,

y  a  su  determinación  de  apartarse  de  la  esposa,

y,  confirmándole  el  inventa  est,

la  persuasión  que  ya  tiene   de  Dios

de  la  concepción  virginal,

le dice  lo  que  habrá de  hacer él,

Hijo de  David,   esposo  de  la  Virgen,

en  lo  que  Dios  acaba   de  realizar.

Es cierto,

se  han   cumplido  las  escrituras:

la  virgen  ha  concebido,

la  virgen  lleva  fruto en  el  vientre,

pero   no  quieras   tú   separarte  de  ella

 ni temas  recibirla

porque  es  por obra  del  Espíritu Santo

 lo  en ella  engendrado:

en  este misterio

mira cuál  ha  de  ser  tu  ministerio:

la  virgen dará  a  luz  un hijo

y tú  llamarás  el  nombre de  él.

8

Recibir  a  la  Virgen

y dar  nombre al  Niño:

tal  es el  ministerio de  san  José

en  el  misterio  de  la  Encarnación.

No  disuelve  el  Señor  el  vínculo

 que   une   al  Hijo  de  David

con  la  Virgen Madre  de  Dios,

antes,  lo  confirma,

y,  por  esta  confirmación

le  da  entrada  legítima  y sacramental  en  el  misterio.

Y  lo  toma   para sí,

y le  ordena lo  que  ha  de  hacer:

Dará   nombre  al  Niño,   es  decir,

hará con  él  veces  de  padre,

pues  la  primera función y  acto de  autoridad de  un padre

después   de  engendrar  un hijo,   es  darle  nombre.

Y si   este  caso  único,   extraordinario,

ha   eximido   al  santo   de  la   comunicación   carnal,

ved  ahí  que   todos   los  otros  oficios

que   tienen  los  padres  con  sus  hijos

en  el orden natural,  civil  o  religioso,

le  están   determinadamente  mandados.

9

Tenemos ahora a  san  José

constituído  en  cabeza  de  familia.

Ya no  es el  Hijo de  David  -   Artesano,

ni  el  Apartado  a  quien  Dios mismo   llama   justo:

ahora  es Patriarca,

ahora es el  glorioso Patriarca  san  José,

el  elegido   a  quien  Dios  introduce  en  la  nube,

el  fiel  y  prudente  a  quien  Dios comunica  su  consejo.

Un  ángel   lo  ha  ordenado  para  sus  oficios  de  padre.

Y  ¡qué  oficios!

San  José  impone  al  Niño

el  nombre  sobre  todo  nombre,

 el  nombre   de  Jesús.

Esto  quiere  decir que  fué  él

quien  circuncidó y nombró  a  nuestro  Salvador.

El  también es  quien  le  transmite

 los  derechos  mesiánicos,

y  así,

por san  José Nuestro  Señor  recibe   su  genealogía humana

y  es legal  y legítimamente  llamado:  Jesús  Hijo de  David.

El  también lo  presenta  en  el  Templo

pagando por  el  primogénito  las  cinco  monedas

y en  verdad  que  san  José  rescató  aquel   día

de  mano   de  los  sacerdotes,

la  víctima  que  Judas  había de  venderles más  tarde.

Y él  es quien lo  lleva  a  Jerusalem cuando  cumple   la   edad   de  doce   años,

para  celebrar  allí  con  aquel  hijo,   y  con   la  esposa,

la  Pascua   de  la  liberación de  Egipto.

En fin,  que   san  José  cumplió

todos  los  actos  de  amor y autoridad

que  corresponden  a un padre,

y todos  los  ritos  que  en  ese  carácter  de  padre

 le  estaban  mandados  por la  Ley.

Y su  gloria  es  tan  grande  por  ese  gobierno  que   tuvo

 en las  acciones  exteriores  del  Hijo de  Dios,

que  ella  ha  pasado  a  nosotros

y  constituye  en  nuestros  días

el  misterio  manifiesto   de  su   Patrocinio sobre  la  Iglesia   Universal.

10

He  dicho,   pues,   lo  que   entiendo

 por el día  y la  noche

en  la  vida  de  san  José.

El  día  es ese  momento  en  que  al  tomar  esposa

queda manifiesta  la  luz  de  su  justicia,

pues,  dice  la  Escritura:

Casa  y  riquezas

las  dan   los  padres:

pero,  esposa,

el  Señor  solamente.

Y si  tal  es la  esposa

¿cómo  no  ver  la  justicia  del  santo?

¿Cómo  no  ver  su  rostro  iluminado

si  el  Señor  Dios  nos  lo  muestra

no  sólo  radioso  y en  sí  mismo

sino  también  en esa  claridad de  la  Virgen

que   es espejo   de  justicia?

Pero  la  justicia  que  resplandece  en  el  día

es  probada  en  las  tinieblas  de  la  noche.

Y  así,  la  prueba ele  su  justicia,

 la  prueba  de  su   humildad,

de  su  limpieza  ele  corazón,

de  su  temor   y reverencia, de  su  fe  y su  fidelidad,

la  tenemos   en  esa  lucha   de  su   alma

 cuando por  confusión  de  sí  mismo

se  determinó  a  dejar  a  la  Madre  de  Dios,

y sólo  por  obediencia  al  ángel

entró  en  aquel  misterio  que   Dios  daba  a  su   Casa.

11

Y,   naturalmente,   que

los  sentimientos  de  san  José  en  este  caso

están   tan   extraordinariamente   lejos

de   todo   cuanto   nosotros  estamos  habituados

 a  pensar  y sentir  en  nuestra vida,

aun en  los  momentos   de  mayor  lucidez   y humildad

de  nuestra vida,   que,

la  luz  de  este  día

y  las  angustias  de  su  noche

 nos  parecen,

no  algo   intenso  y  grande

 sino  como  cosas  de  nonada

y poco  menos  que   incomprensibles:

porque en  fin,   en  fin,  ¿qué  sabemos  nosotros

de  lo  que  es realmente el  temor de  Dios

y  el  amor puro   y  desnudo  de  Dios

y  la  proximidad  terrible y gloriosa  de  sus  misterios?

Y así,  difícil   nos  resulta  leer con sencillez

el relato que  hace  de  estas  cosas

el  sagrado  Evangelio,

y  en  esas  palabras  perfectamente  limpias

que  tal  como  suenan  parece que  podrían ser  leídas

 por  lo  menos   literalmente,

ponemos  (y  muchos  han   puesto)

 yo  no  sé  que  drama complicado

 de  tentación y sospechas,

como  si  el  santo  hubiera  dudado de  la  pureza  de  la  Virgen

y hubiera  triunfado luego  de  esa  duda,

o  como  si  sólo   hubiera  conocido   el  misterio   de  la  Encarnación

 por la  revelación del  ángel  en  sueños,

(siendo  así que  el  ángel

no le revela  nada,  y,  solamente

sobre  lo  que  ya  ha  entendido, le  quita el  temor

y le dice  lo  que  ha  de  hacer).

En  esa  lectura  del  Evangelio,

en  esa  lectura   triste  y complicada

(y  en  las   traducciones  del  sagrado   texto   que   la  suponen)

se  razona  con  un  grosero olvido

de  las  dos  condiciones  esenciales  del  alma   de  san  José,

es decir,  de  lo  que  significa  para él

como  espectación  espiritual

el  ser  Hijo  de  David,

y  de  lo  que  es posible   y no  posible

en  un caso  de  completa  limpieza  de  alma

que  es lo  propio del  varón  justo.

Creedme,

todo  eso es absurdo.

Si  san  José  era  Hijo   de  David

y  si  san  José  era  justo,

(y  esto  Dios  mismo  nos  lo  dice)

como  Hijo  de  David esperaba  misterios,

y  como  justo

su   tentación  no  podía   ser

una   tentación de  hombre  no  purificado.

No  hubo tentación en  san  José:

hubo agonía,  hubo una   lucha   de  su   alma,

 hubo dolor.

O  si  se  quiere, fué  tentado el  Patriarca

pero   como   fué  tentado  Abraham  nuestro  padre,

es  decir,  en  la  fe  y  la  obediencia

y  la  absoluta  negación  de  sí.

Y su  determinación de  dejar a  la  Virgen

 es lo  que   rigurosamente   podía  esperarse

de  la  santidad  de  su  alma,

pues   es  un  acto de  anonadamiento,

un  acto espiritual,

un  movimiento comparable  a  aquél  del  grito  de  san  Pedro

 cuando dice  al  Señor:

-¡Apártate  de  mí,  Señor,  que  soy  pecador!

12

Y  así,  pues,  si  es relativamente fácil

 indicar  aquellos  misterios  de  los  40  años:

es  decir,  el  despojo  y desnudez  del  santo

y las  gracias   de  la  Pasión   de  Cristo con  que   luego   lo  reviste  el  Señor,

difícil resulta  comprender

la  luz  tan  clara  de  este  día

y las  apretadas   tinieblas  y  dolor  de  su   noche,

y,  dificilísimo, dar  alguna  idea  de  lo  que  sigue  a  esto:

es  decir,  de  su  ministerio  con  el  Hijo   de  Dios,

de  la  conversación  y trato  de  su  vida

como  Patriarca que  lleva  de  la  mano   al  Niño:

de  eso que  me  he  atrevido a llamar los  3 viajes.

Y    TRES     VIAJES

1

Diré  lo  que  pueda aunque  confieso

que   no  entiende  estos  viajes

sino  quien  acompaña en  ellos  al  santo,

y que  lo  difícil   de  su  declaración

no  está  en  su   itinerario,

ni  en  los  puntos   de  partida  y  llegada

(que   de  eso  la  fe  ya  nos  ha  instruido  a  todos)

sino  en  el  camino  por donde  es preciso  ir.

Pues  el  primer viaje

es  de  completa  humillación  y  anonadamiento.

y  corresponde  a  la  vía  purgativa;

y el  segundo  viaje   es  una   gran   prueba

(la  prueba del  desierto  y  la  noche),

y corresponde  a  la  vía  iluminativa;

y  en  el  tercero  está  la  virtud  de  Dios

en  el  aniquilamiento  completo  de  la  criatura,

 según  son  dadas   estas  cosas  en  la  vía  unitiva.

El  primer viaje

es de  Nazareth  a  Bethleem;

el  segundo,   lo  que   llamamos la  huida a  Egipto;

y el  tercero  cuando  el  santo  sube  a  Jerusalem

para  sacrificar  la  Pascua.

En  los  tres  camina  san  José

como  cabeza  de  familia:

quiero decir  que  no  son  viajes

del  Hijo   de  David   o del  justo  solamente, sino  viajes    (o  gracias,   o  crecimientos) manifestaciones sobre  todo,

del  Patriarca.

Y en los  tres  viajes  va  por obediencia  (naturalmente),

 pero   hay  en  ellos  como  una  cierta  progresión.

Y así  en  el  primero,

obedece   a  los  hombres

y va  con  todos;

y  en  el segundo,

obedece   al  ángel  del  Señor

y sale  de  noche;

y  en  el  tercero, obedece   a  Dios

y sube  a  Jerusalem.

Y  estos  viajes   son  dolorosos   y gozosos  a  la  vez

y  con  diferentes   peligros,

y así  el  primero

es con  peligro de  honra;

y  el  segundo

con  peligro de  muerte;

y  el  tercero

con  peligro  de  perder  su  alma.

Y, como  ocurre  comúnmente   en  los  misterios  de  Dios,

probado el  santo  en  su  honra,

Dios  le  restituye  la  herencia,

y  probado en  la  muerte

Dios  lo  establece  en  tierra de  Israel

(que  es  tierra de  visión),

y  probado  tres días  en  la  separación  de  su  alma,

el  Señor  desciende  con  él

y le  da  nueva   vida.

2

He   aquí   el  primer  viaje.

En  aquellos días  emanó   del  César un  decreto

para que   todo   el  orbe  fuese  empadronado.

Y se  encaminaban  todos  a  empadronarse,

 cada  uno a  su  propia ciudad.

Y así  subió  también José,  de  Galilea,

desde la ciudad  de  N azareth, a  la  Judea,

a  la  ciudad  de  David,  que   se  llama  Bethleem,

por ser  él  de  la  Casa y línea paterna  de  David.

Va,  pues,  para  obedecer al César

y  sale  con  todos  a  cumplir  esta  obediencia,

 y  le  obliga  a  este  viaje  su  nombre,

su  nombre  de  Hijo  de   David

que es la  verdad primera  de  su  vida

y  lo  que   determina  siempre   todo

en  los  actos  de  san  José.

Y  va  a  la  ciudad  de  David,   con  María,   su  esposa,

pero  el motivo  del  viaje  no   puede  ser  más   humillante,

pues,   aunque  va por  razón  de  su  nombre,

va  a  hacer un acto que   es  en  cierto  modo

 como   la renuncia  y  negación  de   su   nombre,

pues  va a  ser  empadronado  y  capitado,

es  decir,  numerado  y  contado  como   esclavo

para que   el César cobre  luego un  impuesto

sobre  su  cabeza  y  su   Casa.

Y va  con  todos, pero,  allí,   en  Bethleem,

en  la ciudad  de  David,  su  padre,

ya  no  está  con  todos sino  solo,

pues no hay lugar para él

en la  posada.

Porque  por más    Hijo  de  David   que  sea  san  José,

san  José  era un  pobre)

y, cuando  un hombre es realmente  pobre

no se ha  oído  nunca que  haya  encontrado  lugar en  ningún lado.

Ni  en  su  pueblo,  ni  en  su  patria

y ni  en  su  propia  casa.

3

Llega,  pues,  a  Bethleem

y,  como  Dios  es fiel  en  sus  promesas,     

ved  ahí   que   en  la  ciudad  de  David         

restituye  el  Señor  al  príncipe la  herencia,

y el  nacimiento  de  Cristo

y   todos   aquellos   misterios  admirables  de  la Noche 

Buena, vienen  a  poner  en  los  brazos  del  Patriarca     

gloria  et  dioitiae, 

es decir,  toda  la  riqueza  y todo  el  bien   

que  es posible tener  en  este  mundo.        

4

Pero  notad que  el  término de  este  viaje,

sobre  la  paz  del  cielo

y el  himno  de  los  ángeles

y el  gozo  de  los  pobres,

no  está  en  Bethleem

mismo sino  en  Jerusalem.

Y es cuando  los  padres   llevan   al  Niño al  Templo

para  presentarlo   al  Señor,

y  quedan allí  admirados,  pues,

con  entera  prescindencia  de  aquel   rito

que   ellos  iban   a  cumplir,

el  anciano  Simeón  y Ana,   profetizan,

y teniendo en  sus  brazos  al  Niño

revelan públicamente

los  misterios  que  ya  llegan   de  nuestra redención.

5

De  Nazareth  a  Bethleem por  obediencia:

y de  Bethleem  al  Templo

por  perfección de  obediencia

sin  duda que  este  es el  viaje   real  del  Patriarca,

pues  lo  emprende  por razón  de  su  nombre real,

 y va  a la  ciudad de  David,   el  rey,

y allí  recibe   al  Rey  de  Dios prometido,

al  Hijo de  David,  Rey  de  los  cielos.

Mas  para   san  José  todo  esto  es como  el  coronamiento

 de  su  perfecta  obediencia

y  de  su  completa  humillación,

pues  no  tenía   otra  cosa  san  José  en  este  mundo

que ese  nombre  suyo  de  Hijo  de  David,

y el  censo  es el  acto  que  viene  como  a  privarlo

 de  lo  único   que  tenía,

poniéndolo  al  nivel de  todos,

y más  bajo  que  todos  - entre  los  esclavos,

con  este  agravio,   además,   que

no  solamente  el  mandato del  César  lo  reduce   a  nada,

 sino  que  aun   los  suyos  parece   como  que  lo  arrojan,

pues  para él  no  hay  lugar

y  tiene   que  ir  a  arrinconarse  en  un refugio de  animales.

Y    en  esa  completa   humillación  y  entero   desprecio

de  la  vía  purgativa,  es  cuando,

sometido  a  todos  y despreciado por  todos,

san  José  recibe   a  Cristo,   nuestra  herencia:

y  en  compañía  de  unos  pobres  animales

(de  un asno  y  ele  un  buey),

 oye  el  himno  de  los  ángeles,

adora  al  Cristo de  Dios,

ve las  milicias del  cielo

y lo  saludan  los  pobres.

Este  es,  pues,  el  fin  de  la  vía  purgativa:

la  paz,

la paz   que   es  abundancia  de   todo  bien,

la  paz que   es  restitución de  la herencia,

 la  paz  que   es  Cristo  que  nace.

6

El  segundo  viaje  tiene  por  fin

salvar  la  vida  de  Cristo  nacido.

Aquí   el  santo   obedece  al   ángel  del  Señor

y  se   levanta de  noche,

y  toma al  Niño y a  su  Madre,

y se  retira a  Egipto.

Este  VIaJe  está   lleno  de  misterios

 porque  la venida  de  Cristo

cumple  figuras  y  profecías  que   estaban   esperándole,

y que   a  su  vez  prefiguran  misterios   interiores

 propios  del  alma  que   adelanta  en la vida  espiritual

 y se  levanta de  noche, y entra  en  el desierto,

y se  retira  a  Egipto   (que   quiere  decir:   tinieblas).

7

Nos  dice  el Evangelio  que,

luego que   los  Magos se  partieron,

un  ángel del  Señor  se  le  apareció  a José,

 en  sueños, diciéndole:  -Levántate,

toma  al  Niño y a  su  Madre,

y  huye  a  Egipto:

y  estate  allí  hasta  que  yo  te  lo  diga:

porque  Herodes ha  de  buscar   al  Niño para acabar con  él.

El,  levantándose,   tomó   al  Niño   y  a  su  Madre,

de  noche,   y  se  retiró  a  Egipto:

y  estaba  allí

hasta  el  fallecimiento  de  Herodes.

Pues  este  Herodes  (cuyo  nombre se  interpreta

jactancioso  y  piloso)

obra  en   figura  del  hombre  bestial  y  soberbio,

 y busca  la  vida   del  Niño

destruyendo   toda   vida   de  Dios

que  haya  podido  nacer en  las  almas.

Y sólo  por esa  permanencia  en  las  tinieblas de  la  negación  de  sí,

en  ese  lugar del  cautiverio  y  de  la  inmolación

de  la  primera pascua,

puede salvarse  la  vida  de  Cristo

y  volver  el alma  de  nuevo   a la  tierra

 prometida, cuando,  fenecido Herodes,

el  ángel   del  Señor  se  aparece  al  Patriarca  en  Egipto

y le  dice:   -Levántate,

toma  al  Niño y a  su  Madre

y  encamínate  a tierra de  Israel:

porque  han   muerto

los  que  buscaban la  vida  del  Niño.

Así,  pues,  se  salva  en  el  alma

 la  vida   de  Cristo  nacido:

haciendo con  san  José  la  peregrinación  de  Jacob

y el  éxodo   de  Israel  de  Egipto,

y padeciendo esos misterios

del  desierto,  y  la  noche,  y  las  tinieblas,

hasta  que  el  ángel  ordena  volver  a:   tierra de  Israel,

es decir,  a la  tierra  de  la visión,

pues  Israel  quiere  decir:  el  que  ve  a  Dios.

8

Mas,  el  término de  este  viaje

no  es solamente  volver  a  la  Judea,  pues,

advertido  José

por  revelación  en  sueños,

 no  fué  a  la  Judea

sino  que  se  retiró a  las  partes de  Galilea.

Judea  quiere  decir,  confesión,

y  significa  la  fe  obscura.

Galilea  se   interpreta,   reuelacion,

y  ved  ahí  que  en  esta vía

la  noche   se  ilumina  para el  contemplativo

y  la  fe,  sin  dejar de  ser  obscura,

se  llena   de  inteligencia.

¡Admirable   camino,   admirables   misterios!

Va  el  alma de  noche   y con  peligro de  muerte porque  buscan   la  vida  del  Niño  nacido.

Va  por el  desierto

y  tiene  que  detenerse  en  Egipto,

donde   José  guarda el  pan

y  donde  por primera  vez  el  pueblo de  Israel

inmola  el  Cordero.

Y  cuando  vuelve de  este  viaje

con  que  Dios  prueba su  fe  y  su  fidelidad,

se  establece  en  las  partes  de  Galilea,

es decir,  en  la  revelación,

y se  avecina en  Nazareth  -

pues  la  contemplación  perfecta hace  florecer  el  alma

y produce,  por  sí  misma,

una  admirable soledad   y apartamiento.

Bien  puede,  pues,  este  segundo  viaje  del  Patriarca

 llamarse  el  viaje  profético,

ya  que  en  él  se  cumplen

aquellas  figuras  de  la  vida  espiritual

que   los  antiguos   Patriarcas   al  descender  a  Egipto

y luego   el  éxodo   de  Israel  de  Egipto

con  sus  cuarenta  y dos  mansiones  en  el  desierto,

anunciaron.

9

Y ahora,  notemos el  tercer víaje.

El  primero da  el señorío;

el  segundo,   la  visión.

¿Puede  haber algo  más  para el  hombre

que   tener a  Cristo  nacido

y ser  el  mismo   Israel,  es  decir,

 el  hombre  que   ve  a  Dios,

el  hombre príncipe  con  Dios?

Hay  algo  más,  porque el  Hijo se  ha  hecho  hombre

para que  el  hombre se  haga  Dios,

y   así,  el  término  del   señorío   y  la   iluminación

no  es  dejar  al  hombre  en  sí  mismo

 sino  hacerlo  uno   con  Dios

y Dios  por participación.

El  Patriarca sube  ahora

 de  Nazareth  a  Jerusalem

 para  celebrar  la  Pascua.

Va  con  María,  su  esposa,  y con  el Niño, pero  el  Niño

ya  no  es recién nacido.

Ha crecido  en  edad,   y en  sabiduría,  y en  gracia,

y ha  llegado   a  ser  de  doce  años.

Llegan,  pues,  a J erusalern,

y asisten  al  Templo,

y comen   del  sacrificio  del  Cordero.

Pero   como   José   es  justo

y María la  justicia misma,

aquel rito de  la  Pascua no  queda en  ellos  vacío.

Dios  le  da  algo  así  como  la  virtud  y gracia   de  ese rito

pues,  al  volverse  ellos  de  Jerusalem,

encuentran  que  han   perdido al  Niño Jesús

10

Esta  pérdida del  Niño es para san  José  y  la  Virgen

 como  la  realidad de  aquel rito  de  la  Pascua

que  acaban de  inmolar.

En la  privación y desamparo de  Dios

ellos  pueden  decir,  buscando  al  Niño,

como  decimos   nosotros  los  cristianos,   cada  año:

-Cristo,  nuestra Pascua,  ha  sido  inmolado.

Le  buscaron  camino  de  un día

y  al  cabo  de  tres días  lo  hallaron.

Pero  en  esa pasión  de  un día

y en  esa  muerte de  tres,

san  José  y la  Virgen padecieron un  dolor

 no  humano  solamente,  sino  dado por  Dios,

es  decir,

un  pregusto  del  misterio de  la  Cruz.

Y por eso  este  viaje

es el viaje  sacerdotal.

Porque  aquí  san  José sacrifica  el  Cordero,

y  él  y la  Virgen y el Niño

comen   de  este  Sacrificio,

y  de  una  manera  altísima  y enteramente   espiritual

participando  ellos  de  la  inmolación  figurativa

con  la  pérdida del Niño

ellos  mismos vienen  a  ser  como  inmolados.

Y así  el  camino  de  este  viaje

es  un camino  sin   camino.

De  nada   sirve  aquí correr,  ni  querer;

el que  busca  no  sabe  a dónde va.

Va,

pero   a  todas  partes o  a  ninguna:

este  camino  es un punto,  un ir  sin  ir

hasta  que  Dios hace  misericordia

y  por su  misma   ausencia y pérdida

la  criatura es reformada y  deificada.

11

Anduvieron  camino   de  un  día, nos  dice  el  Evangelio,  y,

no  habiéndolo  hallado,

se  volvieron a  Jerusalém  buscándole.

Y  sucedió  al  cabo  de  tres días

 que  lo  hallaron en  el  Templo,

sentado,

en  medio   de  los  doctores.

Es ésta la  primera vez que  el Evangelio

nos  muestra a  Cristo sentado,

es decir,  en  actitud de  enseñar.

¿Qué  irá a  decir?

La  Virgen  le  dice:   -Hijo,

¿por  qué  has  hecho   así  con  nosotros?

Mira  cómo  tu  padre  y yo

angustiados  te  buscábamos ...

Y el  Niño:  -¿Qué  razón   había

 para que  me  buscaseis?

Y  respondiendo  directamente a ese tu  padre

de  las  palabras  de  la  Virgen,  le  dice:

-¿No  sabíais   que   en  las  cosas  de  mi  Padre

a  mí  me  corresponde  estar?

Enorme  revelación.

Esta  es la  primera· palabra de  Cristo,

su  primera enseñanza:

la  revelación del  Padre.

Es la  primera -

y  la  última,   y la  única.

Y  todo   el  evangelio  no  será  sino  eso:

dar a  conocer  al  Padre.

Y toda  la  pasión  no  será  sino  eso:

obedecer  al  Padre, enseñar   a  ir  al  Padre.

Y cuando  expire  en  la  cruz,  dirá:  -Padre,

 en  tus  manos   encomiendo  mi  espíritu,

y  consumará  así,  con  esa  última  palabra

 de  su   sacrificio,

esta  primera palabra  suya  de  niño

de  doce  años.

Jesús  está  en  el  Padre.

Su  respuesta  a  la  Virgen  destruye  todo  el  sentido  humano

 de  ese  nombre  de  padre dado   a  san  José,

y  este  misterio  es  como  la  primera  llamarada

que  revela   la  vida  íntima  de  Dios.

Dice  el  Evangelio  que  ellos

 no  entendieron  la  palabra:

pues  en  la  vía  unitiva no  se  trata  de  entender

sino   de  recibir  y  guardar.

Y dice  luego  que  el  Niño  descendió  con ellos,

 y vino a  Nazareth,

y les  estaba  sujeto.

¡Admirable  unión  con  Dios!

Dios  está  sujeto  a  la  criatura.

El  cuchillo  sacerdotal,   el  cuchillo  del  sacrificador

de  tal  manera  ha   inmolado  la  voluntad  caída,

que  ya  no  hay  dos  voluntades,  sino  una,  la  de  Dios,

y  así,  es lo  mismo   decir

que  Dios  está  sujeto  al  hombre

o  que  el  hombre  está  sujeto  a  Dios.

Revelado  el  Padre,

mi  alimento  es  Cristo

y  yo  soy  alimento  de  Cristo:

Yo  en  Cristo

y  Cristo   en   mí:

como  Cristo  en  el  Padre

y el  Padre en  Cristo.

La  perfección  del  amor excede   al  entendimiento.

 La  palabra  puede  no  ser  entendida

con  tal  que  sea  guardada:

con  tal  que  sea  guardada  por María,

y  guardada en  el  corazón.

Descendió,  pues,   con  ellos,

y vino   a  Nazareth.

¿Qué  hará  ahora san  José  en  Nazareth? Lo  que  ha  hecho  siempre.

Callar,  obedecer,

buscar el  pan   de  cada  día.

La  vida  de  san  José  es toda  ella,  exteriormente,

 una vida   común.

Dios  reveló  a  su  Hijo  a  san  Juan  Bautista

 para  que  lo  señalara  con  el  dedo,

y a  san  Pablo

para que  lo  predicara a  todas  las  naciones.

Esos  santos  fueron  enviados,

tuvieron una  misión,

la  vida  de  ellos  fue  una  vida pública.

Pero   a  san  José  Dios  le  reveló   su  Hijo

 para que  lo  ocultara y guardara.

Aquellos  santos  predican, éste   calla:

aquéllos  luchan,

éste  crece.

San  José  crece  siempre ...

12

[Qué  gran   santo!   Por fuera,

en  la  obediencia de  las  ocupaciones

 diarias su  vida  es idéntica  a  la  nuestra.

Pero por dentro,  en  su  alma,

su  vida  es un abismo,

es  un  inmenso  océano.

Si  un  hombre quisiera recoger el  mar

y llevarlo en  el  hueco   de  sus  manos,

¿no  sería  ciertamente  un necio?

Pero   si  un hombre recoge  uno de  esos  caracoles

que  algunas  tormentas  suelen  arrojar a la  playa,

¿no  tiene   consigo   algo  del  mar,

y no  puede   oír, aplicándolo  al  oído,

algo  así  como  el  rumor de  las  olas?  Ciertamente:

La  vida  de  san  José  es la  vida  de  san  José.

Lo  que   fué  esa vida   en  sí  misma,   yo  no  lo  sé,

creo  que  nadie   puede   saberlo,

espero   que   lo  sabremos   todos   en  la  visión  de  Dios.

Pero,  de  lo  que  yo  sé,  es decir,

de  lo  que  enseña  la  Iglesia,

de  lo  que  de  ella  recibo   y  puedo yo  llevar,

ved  ahí  que   he  querido  hacer esta   tarde

algo  así  como  el  caracol  marino,  y,

con  ese  esquema  o  artificio  de  los  40  años,

y el  día,  y la  noche,  y  los  tres  viajes,

he  intentado  algo  como  una espiral,

algo  que  por  su   disposición  misma   va  siempre

 como  desenvolviéndose,

y  que,  puesto  en  el  oído,

nos  da  las  voces de  un  mar  -

 inmenso,  que  no  vemos,

que  solamente  lo  percibe el  oído,

 que  lo  creemos  lejos

y está  muy  cerca  de  nosotros.

Prope     est.

CARTA A UN ESCULTOR

Para hacer una imagen de San José1

Mi querido amigo: Me dice Ud. que le han encargado una imagen de San José para una iglesia y que no sabe si aceptar o no ese trabajo que considera difícil; considérelo imposible y luego acéptelo. No va Ud. por propia inspiración hacia San José (cosa que sería ir directamente a un fracaso, o a una obra falsa) sino que una circunstancia lo pone a Ud. delante del Santo. Ahora bien, yo creo que las circunstancias no existen y que delante de cada circunstancia debemos decir: Dominus est2, y negarnos. Negar nuestros gustos, negar nuestras virtudes, negar hasta esa idea que nos hemos formado de lo que somos capaces de hacer. ¿San Pedro era capaz de caminar sobre el agua? No, por cierto. Pero era capaz de echarse al agua. Y eso es lo importante. Lo demás lo obrará el Señor en nosotros.

Su imagen tiene un destino especial, será dedicada al culto. ¿Cuál es la función de una imagen expuesta a la veneración de los fieles? Una función doble: 1º, despertar la devoción; 2º, no estorbar la oración.

Vivimos in sensibus (en los sentidos). La imagen debe tomarnos en lo que estamos, en los sentidos y despertarnos, por los sentidos, a lo espiritual. Pero debe estar hecha en tal forma que no dé un deleite sensual al sentido; no debe ofrecerse con jugos de devoción sentimental, debe dejar pasar el alma a través de lo sensible.

Y para esto la imagen debe ser verídica. Debe ofrecer claramente, con la claridad que le es propia, una doctrina clara. Así, una Dolorosa, debe representarnos los dolores de María, y es una verdadera blasfemia (catalana) representar esos dolores con la imagen de una prima donna que se retuerce las manos. Patetismo bajo, de teatro, y de teatro malo.

La verdad de una imagen tiene un elemento intelectual "cifrado" y un elemento emocional que debe ser "templado". Los símbolos propios de la imagen deben dar la doctrina de la imagen, y el hieratismo (que no quiere decir tiesura sino majestad, presencia de Dios, temor) debe moderar lo humano, el calor humano que es necesario que exista en una imagen, pues una imagen es un homenaje a la Encarnación, y los santos fueron hombres como nosotros.

Despertar la devoción, no estorbar la oración. Para que la imagen no estorbe la oración debe estar construida con una unidad rigurosa. Podrá ser rica de sentido y detalles, pero es necesario que diga una sola cosa (así sea con mil detalles) y que tenga un solo movimiento o una sola quietud, como sea.

Un barroco hará girar todo en un solo movimiento; un romántico sosegará todo en una sola quietud, de admiración o de sorpresa o de revelación sublime y pacífica. De modo que la imagen quede como apagada (así sea brillantísima), porque apagada aquí ha de ser la intención de no brillar, de no distraer, de no deslumbrar. Una imagen no debe excitar los sentidos. Debe despertarnos de la vida sensible y tirarnos de adentro a sosiego. La Inmaculada de Murillo hace imposible el sosiego; la Dolorosa del Sagrario, en la Catedral, nos impone silencio. Evitemos a Murillo, que era mulato. Imitemos al que hizo la Dolorosa, que no sabemos quién era.

Los sentidos deben quedar en una imagen como la ropa en una percha: el oficio de la imagen después de despertar los sentidos a devoción es "dar paso", dejar el alma en libertad. Cuando la oración termine, el alma volverá a la imagen y recogerá de ella los sentidos que dejó sosegados en ella. Si una imagen cumple así su oficio, diremos de esa imagen que es devota; es decir, que no está desatada, sino sujeta (devoción, quiere decir sumisión amorosa) y produce sentimientos de humilde sumisión a Dios.

Veamos ahora el caso particular de la imagen de San José.

Para "cifrar" la imagen el artista dispone de ciertos símbolos que declaran la vida y los misterios de San José. Debe estudiarse en particular cada uno de esos símbolos, sin pensar en la imagen: la imagen será construida después con ellos. Estos símbolos son: La túnica, el manto, la corona, el martillo, la vara y la flor, la descalcez, el Espíritu Santo.

Luego debe estudiarse el "hieratismo", es decir, la actitud, el calor humano y la moderación divina de la estatua. En esto tendremos en cuenta: si estará de pie, si oye o mira, si lleva o presenta al niño, si se apoya en la vara, o la lleva, o la empuña.

Esta solución "concreta" de la imagen puede ser realizada de las más diversas maneras: yo supongo aquí una imagen que haría yo para mí, lo que no implica que no pueda ser hecha de otro modo, diferente y hasta mejor, es decir, en el que luzca con más claridad formal la doctrina de lo que debe ser una imagen y la verdad de lo que debe ser un San José.

La túnica: El santo debe estar vestido. Yo le pondría la túnica de muchos colores de José. No podemos, no debemos ni confundir ni separar a José de San José; y en José tenemos cantidad de cosas sensibles que dan luz sobre San José. Le visto, pues, la túnica polymita, de muchos colores, la túnica de zarzahán, que significa la variedad de las virtudes, y que es un regalo del Padre. ¿Hay algún inconveniente estético? Se resolverá por los medios propios de la escultura policromada cuyos recursos son muchos. Lo esencial es saber que queremos vestir a San José con la túnica de colores de José.

El manto: El manto debe ser la stolabyssina que Faraón vistió a José cuando fue exaltado. Yo le pongo, pues, un manto de un solo color, claro. El manto es la caridad perfecta que vincula, cubre y cumple todas las virtudes. Es la perfección del matrimonio espiritual del alma confirmada en gracia. La realización del manto queda librada al artista; lo único importante es querer realizar ese manto de una sola tela, de un solo color claro, por oposición a la túnica llena de variedad; lo importante es tener conciencia de que el manto éste es la cima de perfección del santo, donde una sola cosa es necesaria y esa sola cosa ha sido lograda y vivida hasta que nos ha transformado en ella. Así pues: el vestido tiene esa oposición, la variedad de la túnica y el color uno y simple del manto.

La corona: San José es príncipe y debe llevar una corona. Puede llevarla en la cabeza, pero eso resultará poco claro. Beuron3 pone la corona en el aire, atravesada por los rayos. El símbolo ahí es claro. Puede ponerse en otro lugar. Podría realizarse esta idea: "en San José el príncipe y el obrero uno al otro se anulan para que la carne no pueda envanecerse de ninguno". La corona y el martillo irían juntas, como fueron en su vida.

El martillo: Símbolo claro de que es "faber", carpintero o herrero. Pero ya se sabe la doctrina sobre esto: – es "faber" por imitación del Padre, Faber de toda la creación, Artesano del mundo - y carpintero por razón de la Cruz del Hijo. Yo sé que todo esto no sirve a un artista que ya tiene las manos puestas a la obra: pero si estas cosas se ponen bien adentro, Dios da, sin saber nosotros cómo, el modo de realizarlas. No es indiferente mientras ponemos el martillo pensar que es el martillo con que se desclava a Cristo: José de Arimatea también responde a San José, le es armónico.

La descalcez: Otro misterio: recordemos que no está descalzo porque le falten zapatos, sino porque se ha descalzado.

Está descalzo como Santa Teresa. Los pies descalzos son la base: la pobreza, la primera de las bienaventuranzas, puerta del Reino. ¿Cómo puede darse esa descalcez? Todos los pies descalzos, cualquiera sea el motivo de la descalcez no son idénticos. No. No son iguales los pies descalzos de una estatua griega que los de Cristo, puestos sobre el áspid y el basilisco. Entremos en esta doctrina, en esa luz de los pies descalzos y ya Dios nos dará cómo expresarlos.

La vara: Aquí tenemos el símbolo por excelencia de San José: su vara es el bastón alto del patriarca, vara de autoridad - porque es patriarca - y de peregrino - porque los patriarcas caminaron hacia una ciudad que no es de este mundo -. No me gustan ninguna de las dos varas de Beuron. Me gusta totalmente la vara del Greco: que sea un bastón así, todo un bastón.

Misterio de la flor: San Luis Gonzaga, San Antonio de Padua, tienen una azucena: símbolo de la pureza virginal. La azucena cortada larga, el chicote de lirio, es decir un tallo y una flor que sale del tallo: flor propia del tallo, tallo hecho para la flor. Nada de esto conviene a San José y es preciso evitarlo so pena de embarullar todo en una majadería de pureza sentimental. La flor que florece en la vara de San José es de puro milagro: es como la que floreció en la vara de Aarón. El bastón de San José, su bastón de patriarca, no debe tener proporción de tallo con la flor. El bastón es autoridad del marido: que sea fuerte. La flor es independiente de ese bastón: que sea pura. Y que se vea bien que la flor y el bastón van juntos no por consecuencia y proporción natural (como la que existe entre el tallo jugoso y las flores de una vara de nardo) sino por pura gracia de Dios "añadida" y no "exigida". La flor va en el bastón, pero no sale del bastón. El bastón que lleve la flor, pero no porque le haya sido dado al Santo para llevarla. Le ha sido dado el bastón para llevar el Niño, y la flor, esto es, la virginidad, es como un rocío de lo alto. Está unida al bastón: nada más. Insisto en esto porque en esto fallan las imágenes modernas de San José. Yo llegaría a poner la flor en la punta del bastón. La pondría un poquito antes, como un brote. La vara dice: es patriarca. La flor: es virgen. La dos cosas están juntas, pero no tienen relación de dependencia o consecuencia.

El Espíritu Santo: Debe llevar un símbolo del Espíritu Santo por haber tenido la plenitud de los dones a pesar de pertenecer al Antiguo Testamento. San José fue como los "hijos de Dios" que son "movidos" (accionados) por el Espíritu Santo. Unos ponen los siete rayos, como en Beuron. Otros la mano (el Padre) con el dedo (el Espíritu Santo) como en la otra estampa de Beuron. La idea debe ser ésta: Quien mire debe entender que este Santo es conducido personalmente por el Espíritu Santo. Dios lo conoce por su nombre, como a Moisés, y lo conduce con una providencia singularísima, indecible.

Tales son los símbolos para cifrar la imagen: esa es la doctrina. Veamos ahora el acto, la presencia simple que lleva todo eso, subordina todo eso, habla con y por todo eso y dice una sola cosa.

Actitud: de pie y presentando el Niño al pueblo fiel. Evitar que aparezca llevando el Niño, de niñero. Que empuñe bien la vara y presente el Niño: son dos cosas correlativas: son su misión, su "majestad". Y que la figura suya quede velada en la humildad: que dé la impresión de un hombre grave, que sabe lo que hace, que sabe quién es, que sabe para qué está ahí de pie, pero que no se produce ad extra4. Yo pondría la cabeza "oyendo" y los ojos mirando para dentro: una cabeza que hace atención, que presta atención. Presta atención al pueblo y al Niño, oye a los fieles y oye al Verbo.

La Virgen mirando al Niño ha sido toda la Edad Media: la relación de la Virgen y el Niño permiten eso y la ingenuidad filial de la Edad Media merecía expresar eso. Nuestra época es muy dura y San José está en medio del hambre5: presenta al Niño para aplacar a los monstruos y tiene esa actitud de oír para darnos calma. Que esté envuelto en silencio y contagie silencio. Que su actitud de presentar al Niño sea como para exorcizar el siglo.

El que trabaja para San José debe renunciar a ser "Artista". El Artista es una cosa del Renacimiento, del mundo. En la Iglesia se necesita un oficial artesano, es decir, un hombre que conozca su oficio y trabaje con manos puras. Para una imagen que va a ser objeto de culto conviene más un espíritu de obediencia que un espíritu de afirmación individual. Trabajemos en un San José por docilidad al Espíritu más que por inspiración propia que busca expresarse.

Rafael y los otros del Renacimiento hicieron cosas bellas con la Sagrada Familia, los Desposorios, etc. Pero la belleza es de ellos, no de los misterios. Los misterios son un pretexto, para expresar el alma del Artista. Aquí debemos proceder al revés: que las manos del oficial sean un pretexto para que pasen por ellas – con humildad y obediencia y negación de sí – los misterios de Dios. Evitemos a Rafael: evitemos también a Beuron. Una lectura exacta no es una cosa que canta. Beuron no estorba, pero no despierta. Beuron es un catecismo6. Cosa excelente, descanso del espíritu después de las locuras literarias. Pero no es un prefacio, no es una antífona, no despierta. Y la imagen debe "recordarnos"7.

Greco tiene de grande que precipita sobre San José esos ángeles, y le da el paso del patriarca extraño a este mundo, pero a Greco le falta el sentido trágico de San José: yo le hubiera pedido a Greco que pusiera no ángeles celestes, sino de tinieblas: en la misma forma que esos ángeles, los otros, "las potencias del aire" de que habla San Pablo, dominadoras del mundo moderno.

Que la imagen de San José tenga algo de grande, de simple: algo que detenga. Una imagen para ahuyentar las devociones interesadas. Que el "devoto josefino" entre a la iglesia con intención de pedir plata, o cosas temporales y egoístas, y sea detenido por la paz de San José y pida oración, conocimiento de sí y desprecio del mundo. Una imagen que detenga el corazón blando, sucio y sentimental de nuestra época. Yo quisiera poner en la peana del Santo esta palabra de las Letanías que resume, para mí, el misterio de iniquidad de nuestra época y el misterio de clemencia revelado a nuestra época en San José: Sancte Joseph, terror daemonum, ora pro nobis, San José, terror de los demonios, ruega por nosotros.

Miércoles, 5 de agosto de 1931

Nuestra Señora de las Nieves

1 Este escrito de Dimas Antuña es una buena iniciación a una teología de San José a partir de la contemplación de su imagen.Tomado de la revista Número (Buenos Aires) Vol. II (1931) Agosto, Nº 20, pp. 62-63. Se republicó en la Revista Gladius (Buenos Aires) Nº 28, pp. 73-79. Es posible que esta carta abierta sobre las imágenes de San José, refleje conversaciones de Dimas con artistas como Spotorno, Basaldúa, etc. También se han publicado en la revista Gladius (Buenos Aires) más conferencias y cartas de Dimas Antuña, entre otros, a su gran amigo el afamado artista sagrado e ilustrador de obras religiosas Juan Antonio Spotorno.

2 El Señor está ahí; es el Señor el que está delante de mí… lo que tengo ante mío no es obra mía sino obra de Dios.

3 La multicentenaria Archiabadía benedictina de Beuron, en la cuenca alta del Danubio, fue un centro de renovación de la espiritualidad católica, de la renovación litúrgica y del arte sagrado, que hizo escuela y fue punto de referencia no solamente del catolicismo alemán, sino europeo y mundial. La liturgia espiritual renovada de Beuron, vivida como una forma de contemplación mística hecha cuerpo, influyó profundamente en generaciones y generaciones del catolicismo alemán y marcó decisivamente el espíritu de algunos de sus grandes maestros, como Romano Guardini. Dice su discípulo Alfonso López Quintás: " Desde la noche en que asistió asombrado al rezo litúrgico de los benedictinos de Beuron, Guardini vivió la vida litúrgica con una profunda vibración interna"... "Cuando, a los 21 años, el joven estudiante de Teología en Tubinga se adentra en la iglesia abacial de Beuron y siente el 'aura de misterio santo y salvífico' que llena sus naves y asiste emocionado a los oficios divinos, vividos con la pureza y la hondura propias de los monasterios benedictinos, comprende que la Liturgia católica representa la manifestación más genuina de la oración de la Iglesia, 'esa misteriosa realidad que está tan profundamente dentro de la historia y, sin embargo, es garantía de lo eterno'". Guardini ha dicho al respecto que "siempre pensé que debía existir necesariamente otra mística en la que la intimidad del misterio estuviese unida a la grandeza de las formas objetivas, y ésta la encontré en Beuron y en su Liturgia". La Abadía de Beuron creó en relación con este movimiento litúrgico también un taller y escuela de arte litúrgico y sagrado.

4 No se produce ad extra. Producirse en sentido de fingir o aparentar, o presentar en público. Hoy, en tiempos del Foto-shop, hablamos de un personaje producido, es decir, editado para su presentación pública mediante el maquillaje, los cursos de actuación, la consejería mediática y publicitaria. No es un San José actuado, producido y no espontáneo, atractivo pero inauténtico. La idea prepara el desarrollo ulterior del escultor que es artesano hábil, iconógrafo, y no artista como los renacentistas que se lucen a sí mismos al presentar sus santos: producidos.

5 Tener en cuenta esta expresión ayudará a entender la clave inicial del libro El que crece, en el que el autor se presenta a sí mismo como un pobre que, en la solemnidad del Patrocinio universal sobre la Iglesia, tuvo pensamientos de hambre.

6 Importante distinción de Dimas Antuña entre lo que es instrucción, catequesis, instrucción nocional y lo que debe ser iniciación e incitación a un acto de religión, es decir de religación, vinculación creyente, por la fe, de inducción al vínculo, al diálogo interpersonal y al culto de doulía al santo.

7 Recordar en la tercera acepción que le da la Academia de la Lengua: ‘despertar al que está dormido’. En este caso, la imagen debe despertar en primer lugar la memoria histórica re-evocándonos los relatos bíblicos acerca del Patriarca José y de San José. Y en segundo lugar, despertar, reavivar o suscitar en el fiel que contempla la imagen, los actos propios del culto de doulía que en la Iglesia católica rendimos los fieles a los santos: hablar con ellos pidiendo su intercesión o agradeciendo gracias recibidas.

L O S D E S P O S O R I O S

De San José1

Este es el cuadro de los desposorios. A la derecha están los pretendientes rompiendo sus bastones, y hasta es posible que no haya habido pretendientes. A la izquierda los parientes miran y no ven: ¿quién ve menos que un pariente? Y en el centro, de pie, San José y la Virgen, y el Sacerdote.

El Sacerdote, tomando la mano derecha de la esposa, la entrega a la derecha del esposo, y dice: – El Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob sea con vosotros, y él os junte, y él cumpla en vosotros la bendición de él.

A lo lejos se ve el Templo como una gloria. El Templo resplandece, palidece – comprende.

Los pretendientes son pueriles; los parientes, amenos; el Sacerdote no sabe lo que hace. La realidad, toda la realidad de este cuadro está en el primer plano, en San José y la Virgen, y esa realidad, como con ímpetu de espíritu, repercute en el fondo: la figura del Templo la recibe.

Porque el Templo está en los Desposorios como el Coro en la liturgia o como el sol en el Calvario, para padecer el misterio, y, así como el Coro levanta el aleluya o como el sol se entenebrece, el Templo recibe aquí la acción de San José y la Virgen, y conoce su ocaso.

La Virgen es muy joven, casi niña.

La Virgen mira a San José como iluminándolo. Se ve la mirada pero no se pueden ver los ojos de la Virgen.

San José es un hombre, un hombre hecho, de cuarenta años. Está ligeramente inclinado hacia su esposa. No la mira. Tiene los ojos bajos. Todo lo que puede haber de temor, y de amor, y de reverencia en el hombre, está en esa actitud de San José.

La Virgen le tiende la mano. Él va a tomarla. Va a tomar la derecha de la Virgen en su propia mano derecha, y está atónito. Le parece increíble este momento de su vida. San José siente un gozo grandísimo, San José está como uno que se despierta o que se acuerda. San José dice:

“La amé y busqué desde mi juventud, y escogí tomármela por esposa. Me hice amador de su hermosura porque realza su nobleza la estrecha unión que ella tiene con Dios. Propuse, pues, traérmela para vivir en su compañía, sabiendo que ella comunicará conmigo sus bienes, y será el consuelo de mis pensamientos.

Por ella tendré gloria entre las gentes, y honra entre los ancianos siendo joven. Al entrar en mi casa con ella tendré descanso, porque ni su conversación tiene amargura, ni tedio su trato, sino alegría y gozo. Y pensando esto conmigo, y repasando en mi corazón:

Que se halla un placer santo en su amistad, y en las obras de sus manos, riquezas, y en el ejercicio de su plática, inteligencia: di vueltas buscando cómo traérmela conmigo. Y como llegué a entender que de otra manera no podría alcanzarla si Dios no me la daba, acudí al Señor, y le rogué, y dije de todo corazón:

¡Dios de mis padres, envíala de tus santos cielos para que esté conmigo y trabaje, y no me quieras desechar de entre tus siervos!

Y me vinieron juntamente todos los bienes con ella, y me alegré en todas las cosas”2.

Hasta aquí lo de San José. San José dice todo esto en su corazón, no con palabras. Lo dice con su silencio, con su reverencia, con su actitud. Estas palabras son el ritmo del cuadro, su movimiento de líneas, lo que entrega el misterio. Pero él no habla. Y, por otra parte, esas palabras no son suyas. Son palabras de la Sagrada Escritura, del Libro de la Sabiduría, es decir, palabras del Espíritu Santo; es decir que son palabras del justo que siente de la Sabiduría todo eso; es decir que son realmente las palabras de San José en este momento: cuando el Sacerdote (va a destruir el Templo, no sabe lo que hace), tomando la derecha de la Virgen la entrega a la derecha de su esposo.

Dimas Antuña.

La ilustración publicada en la revista Baluarte es la siguiente

1 DIMAS ANTUÑA, "Los Desposorios", Baluarte, Buenos Aires, Nº13, junio 1933, página 15.

Nota del digitalizador: La fiesta litúrgica de los desposorios de San José con María se celebra el 19 de marzo. Hay una imagen lineal que parece una alusión gráfica a algunas de las pinturas sobre este misterio de la vida de San José. La imagen publicada en la revista Baluarte puede verse al final de este artículo. Aquí se ha insertado la pintura de Rafael Sancio (1483 – 1520) que parece ser escena que describe Dimas Antuña.

2 Sabiduría 8, 2 y siguientes

Alguna Consulta?